Hace unos días, Lisa Spiro en su blog Digital Scholarship in the Humanities escribió un post (How many texts have been digitized?) en el que comenzó a mapear los usos que ella misma aplicó a los recursos digitales orientados a la investigación académica para hacer su dissertation. Este úlitmo texto puede leerse y comentarse, además, por aquí, bajo Commentpress.
La pregunta con la que comienza Spiro es básicamente esta: ¿en qué medida puede apoyarse una investigación con materiales online? Su respuesta es que puede hacerlo muy bien. Ella pudo acceder a más de la mitad de los documentos primarios y secundarios con los que trabajó entre 1996 y 2002. Si el idioma es una ventaja, el período de algún modo la compensa: entre el 2002 y la actualidad, esos recursos se han multiplicado nuevamente. Acabo de escribir "más de la mitad", pero las cifras son más específicas y controvertidas. En especial porque algunas decisiones con respecto a qué significa "acceder" pueden ser discutidas: un "snippet view" en Google Books, por ejemplo, ¿significa que hemos accedido al material? Tal vez no. Si ya es legítimo sospechar de los criterios de selección docente para tramar un paquete de fotocopias, ¿cómo no hemos de cuestionar las vistas parciales que nos cede Google? Por eso "más de la mitad" es una buena forma de decir que el resultado es estupendo.
Por mi parte, pese a lo que dice Arlette Farge en su libro La atracción del archivo, considero cualquier museo, biblioteca, cine, laboratorio, etc, pequeños cadalsos donde la vida se agosta y los márgenes del gran río burocrático crecen peor que el Paraná. Algunas cosas que pueden ayudar a la investigación (fumar, comer -pizza, pochoclos, lo que sea-, escuchar música, etc.) están, en esos submundos disciplinarios, absolutamente prohibidas. Hace falta citar algo más para completar ese credo hedonista con respecto al archivo específicamente: a diferencia de lo que comentaba Eugenio Cambaceres (era el siglo XIX), viajar cientos de kilómetros en tren -en nuestro caso para consultar un archivo- no es ninguna experiencia cautivante (son expediciones que harían posible nuevas partes a la saga de Nigel Barley -El antropólogo inocente- o la de Bruce Chatwin -El virrey de Ouidah-: una entrada menesterosa a un mundo de carroll-kafkiano del que probablemente salgamos vacíos). Entiendo que existen territorios en donde la recolección de materiales ha sido mistificada (he leído y escuchado algunas sobre el trabajo de campo arqueológico), pero no no ha sido así en el caso del archivo en condiciones latinoamericanas. Sigamos con los ejemplos: la integración de la cámara digital a los procedimientos de recolección de datos documentales ha permitido a) mantener una copia del material (algunos reservorios se parecen a Hogwarts, la escuela a la que asiste Harry Potter: allí aparecen y desaparecen documentos de tremebundo volumen), b) que buena parte del trabajo sobre las fuentes pueda hacerse en la oficina (esto se aplica para otros hemisferios) o en la casa (esto a veces también) o en algunas instalaciones comunes de la unidad académica de la que participa el investigador o la investigadora (ni hablar). Sin embargo, en algunos lugares el uso de esa herramienta no está permitido. Los argumentos son válidos, creo, si exageramos como vengo haciéndolo este último párrafo: la actividad fotográfica se vuelve tan extractiva que casi alcanza el plano del pillaje. Por otra parte todo argumento de naturaleza coercitiva se ajusta a la idea de control experto (del bibliotecario, del director, del especialista en general), y eso lo hace menos extemporáneo. En definitiva: todo apunta a que festejemos, creo, la proliferación de reservorios digitales. Spiro cita a varios. Tomemos 4 de ellos para aproximarnos al problema del acceso a esos archivos en condiciones latinoamericanas: Jstor, Project Muse, Netlibrary y Questia. El costo de subscripción anual al primero y al segundo de ellos es del orden de los miles de dólares (Argentina tiene algún descuento y de acuerdo al sitio, por intermedio de la Secretaria de Ciencia, Tecnología e Innovacion Productiva pueden consultar sus archivos de revistas académicas muchas universidades nacionales -en la que trabajo esa información debe haber sufrido algún retraso). Netlibrary es un tanto más barata, pero en esa biblioteca se paga por libro incluido en un paquete dedicado, así que su precio está en relación a la cantidad de material disponible. Questia acepta subscripciones individuales y cuesta unos 15 dólares por mes la subscricpión a toda la colección. Questia tiene libros y artículos. Netlibrary sólo libros. Ambas empresas poseen software propietario para leer sus materiales. Lo interesante no es acceder a uno sino a los cuatro (o a más: Sage, Ebsco, Ebrary…hay cientos y la mayoría no son gratuitas). Sólo con acceso a todos los reservorios es posible verificar las conclusiones a las que llega Lisa Spiro.
Mientras tanto se multiplican los grandes circuitos de mails para intercambios de passwords, las bolsas de indigentes reclamando claves, pizarras, foros, hangares donde el malandraje reclama acceso al conocimiento. Hasta ahora la doxa que da título a este post se impone: el encargo social es más rápido que la web 2.0.
El número de abril de The American Historical Review contiene, entre otras cosas, un debate a tres sobre una de las obras de Geoff Eley (A Crooked Line: From Cultural History to the History of Society, 2005) ) en el que intervienen Gabrielle Spiegel, William H. Sewell y Manu Goswami, dándoles respuesta el propio Eley. La presentación dice más o menos lo siguiente:
La manera que los historiadores tienen de acercarse al pasado ha experimentado una extraordinaria transformación en los últimos cuarenta años. La historia social de los años 60 y 70, insurgente al principio y triunfante después, ofreció un notable flujo de interesantes estudios que reacomodaron nuestro sentido del pasado. Sin embargo, a finales de los 80, muchos de sus oficiantes, por no decir la mayoría, habían girado hacia la historia cultural, que pronto devino hegemónica. Por supuesto, esta simplificación disfraza la existencia de múltiples metodologías, escuelas e influencias, intelectuales e ideológicas, que eran parte de estas transformaciones, sin mencionar la variedad de prácticas que escondía la historia cultural. Además, parece claro que la relación entre la historia social y la cultural era más dialéctica que secuencial, es decir, que la semilla de la aproximación cultural estaba presente en el trabajo crítico realizado por las figuras fundadoras del movimiento de la historia social. Recientemente, cierto número de historiadores han expresado su frustración en relación con las tendencias metodológicas actuales; algunos se lamentan de lo que se ha perdido con el eclipse de lo social en favor de la historia cultural. Muchos, por su parte, ven que hay una fuente de renovación para el pensamiento histórico en las perspectivas transnacionales o globales . Hay quien opina, en fin, que hemos tenido que mirar atrás para movernos hacia adelante.

El libro de Geoff Eley, A Crooked Line: From Cultural History to the History of Society (2005), es una notable contribución a nuestra comprensión de cómo ha cambiado la historia durante este período. También ofrece varias ideas en torno a cómo podemos ir más allá de la historia cultural, sin abandonar sus contribuciones, para recuperar algunas de las preocupaciones centrales que caracterizaron la historia social. Por último, es una mezcla inusual entre lo personal y lo historiográfico: Eley utiliza su propia biografía para ilustrar las transformaciones en la manera de hacer historia, transformaciones que él, como muchos otros de su generación, experimentaron no sólo como revelaciones intelectuales, sino en clave política y moral.
En el foro de la AHR tres historiadores reconocidos y con perspectivas distintas comentan el libro de Eley. William H. Sewell, cuyo trabajo se ha dedicado a Francia pero que también ha escrito sobre teoría y metodología históricas, critica a Eley por haber subestimado las fuerzas externas -en todo lo relacionado con la aparición de nuevas formas del capitalismo de posguerra-. Estas fuerzas, señala, tienen que ser entendidas si queremos captar los cambios en la forma de hacer historia durante ese período. Sewell advierte que el intento de recobrar las ambiciones totalizadoras que caracterizaron la historia social exigirían mucho más que ese simple “desafío historiográfico” por el que aboga Eley. Gabrielle M. Spiegel, una medievalista que también ha escrito extensamente sobre metodología histórica, incide sobre la cuestión planteada por Eley en torno a la aparición de la historia cultural, precisando algunas influencias teóricas importantes que proceden de Francia y que Eley descuida. También cuestiona lo que parece ser una llamada de Eley en favor del pluralismo metodológico, ofreciendo en su lugar la posibilidad de una “neo-fenomenología” centrada en el agente como medio para casar lo social y lo simbólico. Manu Goswami, que ha escrito sobre el sudeste asiático y sobre economía política, acentúa el coste deletéreo del triunfo de la historia cultural sobre la historia social. Más en concreto, ella observa que, en el contexto de la historia sudasiática, eso ha significado el abandono de modelos comparativos a gran escala, apartándose de las preocupaciones de la economía política y oscureciendo elementos claves del imperialismo y del capitalismo. En su respuesta, Eley expone y modifica algunos de los argumentos dominantes en su libro, explica las estrategias que escogió para reconocer las contingencias, las dificultades y las resistencias que caracterizaron la historia intelectual que estudia, y responde a las críticas de sus comentaristas. Finalmente, defiende y amplia su llamada en pro de “nuevas hibridaciones” y de un “pluralismo básico” para hacer historia hoy. Además, insiste en que eso no equivale a un abandono de la teoría ni supone apoyar un mero eclecticismo; más bien, es una argumento para “la posibilidad de una conversación fructífera a través de las diferencias, a veces irreducibles y con todo mutuamente respetuosas”.
The American Historical Review, vol. 113, núm. 2 (abril de 2008):
“Crooked Lines “, William H. Sewell, págs. 393-405.
“Comment on A Crooked Line”, Gabrielle M. Spiegel, págs. 406-416.
“Remembering the Future”, Manu Goswami, págs. 417-424.
“The Profane and Imperfect World of Historiography”, Geoff Eley, págs. 425-437.
El volumen contiene, además, una reseña del volumen de Richard Wigg: Churchill and Spain: The Survival of the Franco Regime, 1940-1945.

Mencionábamos hace poco el volumen de Gordon S. Wood, señalando sus prevenciones hacia las nuevas escrituras de la historia. Indicábamos algunos de sus ejemplos, entre los cuales sobresalía Jill Lepore, una prolífica historiadora de la Harvard University (que este año nos mostrará sus pinitos como novelista). Pues bien, curiosidades del destino, Lepore se refiere a la obra de Wood en New Yorker, en un interesante y amplio artículo titulado “Just the Facts, Ma’am. Fake memoirs, factual fictions, and the history of history”. Lepore señala que, en efecto, en 1991 “the eminent American historian Gordon Wood, writing in The New York Review of Books, warned that if things were to keep on this way historians would soon «put themselves out of business.» Reviewing Simon Schama’s «Dead Certainties (Unwarranted Speculations)» -a history book in which Schama indulged in flights of fancy, fully disclosed as such-Wood wrote, «His violation of the conventions of history writing actually puts the integrity of the discipline of history at risk». That review, along with twenty more (including one of a book of mine), appears in Wood’s new book”.
Pero Jill Lepore aprovecha para repasar otra novedad quizá más significativa, aunque en una onda parecida: A History of Histories: Epics, Chronicles, Romances and Inquiries from Herodotus and Thucydides to the Twentieth Century (Knopf ), volumen del que asegura es un “fascinating compendium”. Su autor es John Burrow, que no es ningún desconocido: profesor de historia intelectual en Sussex y de historia del pensamiento europeo en Oxford, recibe ahora sus réditos como docente en el Williams College de Massachusetts. Es autor de libros como Evolution and Society: a study in Victorian Social Theory (1966), el premiado A Liberal Descent: four Victorian Historians (1981), Gibbon (1984) o La crisis de la razón: el pensamiento europeo, 1848-1914 (Barcelona, Crítica, 2001), además de participar en volúmenes colectivos, como La política, ciencia noble: un estudio de la historia intelectual en el siglo XIX (México, Fondo de Cultura Económica, 1987).
Lo cierto es que esta History of Histories ha recibido una excelente acogida en el mercado americano, no sólo por parte de Lepore. Véase, por ejemplo, la reseña de Adam Kirsch, crítico literario del New York Sun.
Ahora bien, ya sucedió lo mismo cuando se editó la versión británica a finales de 2007 en el sello Allen Lane, uno de los de la casa Penguin. Así lo atestiguan los comentarios del helenista Paul Cartledge en The Independent, de Felipe Fernández-Armesto en el Times o de Keith Thomas en The Guardian. Les dejo con este último, el más elogioso:

An awareness that historical writing is as much a cultural activity as a developing science underpins John Burrow’s large and absorbing new book. Burrow is a leading authority on the intellectual history of the 18th and 19th centuries. Now in his retirement, he has ventured far beyond his usual territory in order to provide a survey of historical writing over the past two and a half thousand years. He makes things a little easier for himself by confining himself to historians in Europe and North America, and giving most attention to those who wrote in English or are available in translation. Even so, he has undertaken a herculean task which would have daunted most scholars. Inevitably there are some trivial slips on which the specialists will pounce. But he has turned his formidable assignment into a triumphant success. The result is a highly enjoyable book, based on a vast amount of reading, written with attractive simplicity, brimming with acute observations, and often very witty. Anyone who wants to know what historical writing has contributed to our culture should start here.

En algún lugar de su libro, la filósofa Bárbara Cassin usa una frase que nos viene bien: "un contra-torpedero es ante todo un torpedero". Si esa sentencia la aplicamos sobre Googléame… nos obliga a desmontar un dispositivo sobre el que muchos sólo han reparado en su manifiesta intención (este, otro, esteotro): cuestionar la empresa Google, a partir de algunos comentarios críticos sobre dos de sus principios más reconocidos: organizar la información y no ser malvado. Google y sus partidarios (?) pueden argumentar que tratamos con una empresa cultural y democrática; Cassin dice que Google que no es ni democrática ni cultural. El desenfreno consumista, la intratable metralla de clics y la ilusión del PageRank son temas que Cassin aborda para echar por tierra las aspiraciones que alguna vez los ex-jóvenes dueños de Google le contaron a Playboy (la autora sobreusa no intencionalmente esa entrevista). Su propuesta no es muy distinta a la que a menudo oímos por ahí: una vuelta a lo mejor del patrón letrado, a un mundo de evaluadores tangibles, con criterios cualitativos de ponderación, a una arcadia de expertos en la que la política consista en "ayudar de manera diferencial a escoger lo mejor". La frase del torpedero exige entonces que, aún si coincidimos con algunos de los argumentos de Cassin en este texto, nos detengamos a pensar la oferta que la autora nos hace para que dejemos de clickear por un segundo.
Después de leer el libro no es fácil decir si se trata de un manual de cuestiones ligadas a Google (tiene "recuadros" en donde se explican algunas cosas –no todas– que el lector imaginado tal vez desconozca) o de un catálogo de denuncias contra la empresa búsqueda-centrada. La duda obedece a que el pequeño libro está a mitad de camino de ambos destinos. Aquellos que hayan leído un par de libros sobre Google advertirán además que mucho ya ha sido dicho. El libro de John Batelle, Buscar, trata de manera más sistemática y con perficiencia muchos de los temas indicados por Cassin. Googléame… se pone mejor hacia el final, en donde la autora toca algunas cuestiones ligadas a proyectos europeas que compiten con Google y donde Cassin se explaya, un poco, sobre la comparación entre Google y la sofística. Sin embargo, las definiciones más "iluministas" de la autora aparecen en los últimos capítulos, en especial en el que trata sobre la "democracia cultural". Y es esa pócima, la infusión de la "obra", del lugar del "autor", de la "verdad", de la "calidad", de la "autoridad", etc., la que ya no se puede vender tan fácilmente, la que ya no podemos ingerir por ninguna vía de manera fluida. Las nuevas tecnologías, y entre ellas Internet y entre ellas la web, han hecho la ingesta un tanto más complicada. Cassin lo sabe.
Lo sabe tanto como conoce el hacer académico. Pero a la hora de hablar sobre las problemáticas implicadas en Googléame… (luego de decir que la primera misión es la Bush y la segunda misión a la que hace referencia el subtítulo del libro es la de Google) prefiere cuestionar al PageRank o a la Wikipedia sin haber citado ni una décima parte de la vastísima bibliografía existente sobre esos temas. Uno espera de un intelectual que si va a referir a la gallina araucana, conozca algo de su fisonomía. Máxime si se dedica a denostarla (Cassin critica a Wikipedia, pero una de sus fuentes principales es la propia Wikipedia).
Por otro lado, en el texto se escucha el rumor de un debate que no termina de emerger: una carga de profundidad que la autora arroja como al pasar sobre la cosa de Europa vs. Norteamérica. No sólo allí donde discute efectivamente cómo deberían estar pensados los proyectos de la CEE en competencia con proyectos americanos (redes, GPS, etc.), sino cuando Google aparece muy cerca de Bush y todo ello muy cerca del american way. También puede ligarse a eso la apelación a bibliografía en francés: nada revela más la encerrona francesa que la visión del francés en el aparato crítico de un libro que toca un tema multiplicado por la expansión de la anglofilia.
No tengo la menor duda que el sueño Google debe ser sometido a todo tipo de iconoclastias, pero no nos haremos aquí amigos de Platón por eso. Los mejores intelectuales –Cassin está entre ellos– deben ponerse a practicar, a leer, en fin a inteligir la cosa de la que hablan.
Hace tiempo escribí una reseña sobre el libro de John Batelle. Pensaba que el libro era demasiado festejante de la maravilla Google. Pero es bueno, muy bueno.

I
Para alguien que pasa mucho tiempo leyendo artículos, leer un libro en el tiempo que tardamos en terminar un paper es una actividad que pronto se descubre emocionante. El paper no paga. La íntima sensación de estar liquidando en dos horas un céntimo de las novedades editoriales puede incentivar nuevos embates al resto. La velocidad, sin embargo, puede hacer que la voz interior del lector se transforme en un berreo sincopado. Eso no es bueno,claro, pero el si texto que estamos asaltando con ese ritmo frenético se deja atrapar con esos trucos, o mejor, si se presta especialmente a ese tipo de trampas tácticas, entonces la glosolalia aumenta la sensación de poder acabar con lo nuevo.
Mientras leía el libro de Browne pensé en la nada descabellada posibilidad de desarrollar software del tipo lectores de texto a la medida de esa voz personal con la que cada uno de nosotros lee en silencio. Los que ya existen no son muy satisfactorios: cosas lentas y ferrosas, capaces de desactivar el goce vicario. Pero confío en que, en unos años, podamos escuchar el texto de Browne rápida y elocuentemente, mientras llenamos planillas o jugamos un bingo.
II
La divulgación escrita por especialistas, por científicos, es uno los mitos mejor pagados en la industria editorial; acaso consecuentemente es también un sueño que anima algunas nostálgicas fantasías de las sociales y las humanidades. No se trata sólo de un corolario del programa gnoselógico basado en el “derrame” de conocimiento de “arriba hacia abajo” sino en algo más modesto pero necesario: un modo vital de ser reconocido. Pero así como estamos a casi 150 años de la publicación de Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la existencia, también estamos lejos de los mineros lectores de Haeckel o los anarquistas fascinados por la argamasa de José Ingenieros. Además de la certera constancia de que el objeto libro se invoca cada vez menos (aún si los cánticos que lo promueven son cada vez más estridentes y autorizados), sabemos que la acaso ingenua aceptación de las colecciones de divulgación que proliferaron durante mucho tiempo (tipos grandes, abundantes párrafos y apartados, ilustraciones, etc.) hoy ya no se compran. Millones de lectores y lectoras finalmente se avivaron. En ese sentido, el libro de Janet Browne ofrece al lector urgido por los tiempos pero comprometido con el saber una buena batería paratextual: “agradecimientos”, “notas sobre las ediciones de El origen de las especies”, “Introducción”, “Bibliografía y lecturas complementarias”, y un índice onomástico que queda, irónicamente, a un paso del rigor de la ciencia. Este libro de “la estudiosa más importante de Darwin” [cita: lamentablemente no puedo confirmar ese juicio: sesenta solapas dicen otra cosa] viene acompañado de una tapa cautivante: unas hojas y unas caracolas en un tono, con un círculo verde sobreimpreso, de esos que en bajorrelieve y con distinta textura fueron pensados para ser acariciados.
III
Browne, en –justamente– los “agradecimientos”, agradece a los amigos del Wellcome Trust Centre for the History of the Medicine del University College de Londres por el asesoramiento que le prestaron para escribir el libro, pero también agradece a Kit y Evie: dos pequeños universitarios (“alumnos” les dice Browne, para forjar un crítptico homenaje a Charles Darwin utilizando terminología del S. XIX). Es notable la calidad de este libro para formar parte de un programa de una materia universitaria. Es muy conocida la resistencia de los adolescentes a leer materiales añejos y largos (el propio Darwin al parecer reconoció que algunos capítulos de su original libro eran pasmosamente lentos), y en especial la que aqueja a los estudiantes de biología que les evita todo contacto con el ilustre pero ya reconsiderado texto darwiniano. El libro de Browne viene a aliviar esa ausencia en el período formativo del grado universitario.
Si quitamos la introducción, las notas, la bibliografía complementaria y otros accesorios, las fotocopias del libro no superarán las 45 hojas doble faz. Kit y Evie se mostraron muy interesados por la vida y obra de Darwin en una sobremesa bien templada: tanto la autora como quien esto escribe suponen que ese interés se verá multiplicado por un trabajo práctico sobre el libro que partió al medio el siglo XIX, que tendrá como lectura obligatoria este libro de la Browne.

Gordon S. Wood, un docente universitario muy conocido por sus recensiones periodísticas, acaba de publicar un volumen sobre estos asuntos: The Purpose of the Past. Reflections on the Uses of History (Penguin Press). Una de las reseñas que ha merecido apareció hace unos días en el Washington Post.
Se trata de una colección de 21 ensayos que inciden en lo siguiente: ” El resultado de toda esta historia postmoderna, con su verborrea sobre “deconstrucción,” “descentramiento,” “textualidad” y “esencialismo” ha sido el de hacer que la escritura académica de la historia sea casi tan esotérica y cerrada como la que caracteriza a los eruditos literarios. Esto es francamente malo, puesto que la historia es un esfuerzo que necesita un amplio número de lectores para justificarse a sí misma”. En consecuencia, los historiadores académicos han estado preocupados por asuntos de raza, sexo y multiculturalismo, dejando un vacío que ha sido ocupado con éxito por historiadores populares sin respaldo ni empleo académicos, tales como David McCullough, Walter Isaacson, Ron Chernow, Thomas Fleming y Stacy Schiff. Por supuesto, Wood no les menosprecia: “Barbara Tuchman me merece todos los respetos, y lo mismo e incluso más siento por su sucesor, por el historiador popular más importante del país, David McCullough”. Así pues, acoge con satisfacción su trabajo, no sólo por sus méritos, sino como antídoto a la estrecha y a menudo pesada historia ideológica que sale de las universidades, a menudo escrita con ese “lenguage especial que los críticos literarios utilizan ahora para marcar distancias con la estructura de poder y con el grueso común de los lectores ordinarios”, con su meta por aquí y su meta por allá.
Este período “tumultoso” comenzó, señala Wood, con la ola de agitación política que barrió los departamentos de humanidades en los años 60 y así sigue. Wood deplora esa deriva y declara haberse formado en otra escuela, bajo la influencia en Harvard de Bernard Bailyn, “el más inspirado de los historiadores”, a quién dedica el libro. Pero también estuvo en la brecha (en la Brown University, sobre todo) como profesor durante este período de cambio, siendo testigo de primera mano de todo ello.

Una de las modas que discute con acritud es el presentismo, permitir que las sensibilidades modernas se usen para colorear y controlar nuestra opinión del pasado. Reconoce que “los problemas y las presiones del presente deben ser un estímulo para nuestras incursiones en el pasado”, pues ” es natural que queramos descubrir las fuentes, los orígenes, de nuestras actuales circunstancias”. Pero lo actual no debe ser el criterio único. “Nuestras percepciones y explicaciones sobre el pasado no se deben forjar con las urgencias y los problemas de nuestro propio tiempo. Los mejores y más serios historiadores siempre lo han sabido, incluso cuando su impulso original para escribir historia procediera de un problema presente, acuciante. Ser capaz de ver a los actores del pasado de manera comprensiva, verlos en el contexto de su propio tiempo, describir su ceguera y locura con simpatía, reconocer el grado en el que fueron alcanzados por circunstancias cambiantes sobre las que tenían poco control, darnos cuenta hasta qué punto obtuvieron resultados que nunca se propusieron — saber todo eso sobre el pasado y poder relatarlo sin distorsión anacrónica con nuestro presente es lo que significada tener un sentido histórico”.
Así, Wood elogia el temperamento de James Burns MacGregor y lamenta el presentismo de su The Vineyard of Liberty, lo mismo que admira a Jill Lepore y rechaza los dictados del presente que habría en su The Name of War, etc. Los historiadores, dice, “buscan estudiar los acontecimientos del pasado no para hacer generalizaciones transhistoricas sobre la conducta humana, sino para entender esos acontecimientos tal como realmente ocurrieron, en todos sus contextos y circunstancias”.
La clave: “A diferencia de la sociología o de la ciencia política, la historia es una disciplina conservadora — conservadora, por supuesto, no en el sentido político contemporáneo sino en el sentido de inculcar escepticismo sobre la capacidad de la gente de manipular y de controlar con éxito sus propios destinos. Demostrando que los mejores planes acaban generalmente mal, el estudio de la historia tiende a refrenar el entusiasmo juvenil y a contener el espíritu de conquista del futuro que mucha gente tiene”.
En fin, la cosa es discutible, pero como ha señalado el académico Douglas Brinkley (Rice University) en Los Angeles Times, es bueno saber que hay alguien como Wood ahí fuera, ejerciendo de nuestro particular perro guardián, evaluando los cambios a largo plazo en nuestra profesión y esperando que el número total de lectores de nuestro gremio continúe creciendo.
N.B.: Resulta que hace poco Livres Hebdo señalaba algo, en parte, similar. Al parecer, los editores galos demandan a los historiadores que ajusten su escritura para llegar a un público más amplio, sobre todo porque los libros de historia (de ese tipo) se venden muy bien, bastante por encima de la media general, aunque la producción no sea muy alta.
Un blog colectivo orientado a historia y ciencias sociales. En ocasiones, deshabitado e inhóspito.





