Citas

una justicia personal

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Y tienen una santa: Eva Perón. “Recuerdo cuando estuve afligida por muchos días”, escribió ella en 1952 en La Razón de mi vida, “cuando descubrí que en el mundo había ricos y pobres; y lo extraño es que la existencia de pobres no me apenó tanto como saber que al mismo tiempo había ricos”. Ese fue el fundamento de su acción política. Predicó un simple odio y un simple amor. Odio para los ricos: “¿Quemaremos Barrio Norte?” le decía a las masas, “¿Tengo que darles el fuego?”. Y amor para la “gente común”, para el pueblo: usó esa palabra una y otra vez hasta hacerla parte del vocabulario peronista. Le cobró impuestos a todo el mundo para su Fundación Eva Perón; y se sentó hasta las tres, las cuatro, o las cinco de la mañana en el Ministerio de Trabajo, donando el dinero de la Fundación a los suplicantes, dispensando una justicia personal. Ese fue su “labor”: una infantil visión de poder, justicia y revancha.

V. S. Naipaul. "The Corpse at the Iron Gate", The New York Review of Books volumen 19, núm 2, 10 de Agosto de 1972.

es necesario invertir la lógica del sistema explicador

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El editor de Jacotot tenía un hijo débil mental. Se desesperaba al no poder hacer nada con él. Jacotot le enseñó el hebreo. Después el niño se convirtió en un excelente litógrafo. El hebreo, eso es evidente, no le sirvió nunca para nada -tan solo para saber lo que ignorarían siempre las inteligencias mejor dotadas y más informadas: no se trataba del hebreo.

Declaró [Jacotot] que se puede enseñar lo que se ignora y que un padre de familia, pobre e ignorante, puede, si está emancipado, realizar la educación de sus hijos, sin la ayuda de ningún maestro explicador. E indicó el medio de esta enseñanza universal: aprender alguna cosa y relacionar con ella todo el resto según este principio: todos los hombres tienen una inteligencia igual.

Jacques Rancière, El maestro ignorante.

240376

En la ciudad se nota que el despliegue policial para atrapar al asesino de caballos es muy grande: a cada momento parten contingentes hacia el camino de la costa. Me pregunto, cruzándome con uno de esos contingentes, si pasarán por la casa. De todos modos, la encontrarán cerrada. Para mostrar, por las dudas, mi inocencia —segundo error—le digo a un oficial que encuentro en el bar de la galería que trate de avisar de que no vale la pena ir a casa, si es que piensan pasar para interrogarme, como supongo que han de hacer con todos los habitantes de la zona, porque yo pasaré dos o tres días en la ciudad y la casa de Rincón estará vacía. Me he atrevido a dirigirle la palabra al oficial porque es un conocido de mamá. El oficial considera, a juzgar por su expresión, que he cometido no sé qué infracción: "Déjese de chiquilinadas, amigo", me dice. La palabra chiquilinadas, particularmente, me llena de perplejidad. ¿El oficial considera como una chiquilinada el hecho de haber abandonado la casa de Rincón —a causa del bayo amarillo—, o bien el de haberle dirigido la palabra para advertírselo? Después se pone a conversar con dos o tres hombres que toman cerveza en grandes vasos transparentes: la cerveza amarilla está coronada, en la superficie, por una capa de espuma blanca. Como de vez en cuando me dirigen miradas más o menos discretas tengo la impresión, no muy agradable, de que hablan de mí. Tengo el deseo, dos o tres veces, de decirle algo al oficial, recordarle el respeto que le debe a mi madre, pero al fin de cuentas me digo que no vale la pena porque, de todos modos, mi madre no debe sentir por él mucha con-sideración, ya que no se trata más que de un simple oficial de policía. Cuando llego a casa, compruebo que mamá está acostada; otra de sus manías: ha vendido el aparato de televisión, ha hecho arreglar un viejo aparato de radio —un aparato que debe tener por lo menos treinta años— y ha decidido pasarse el tiempo en la cama, escuchando la radio. El aparato produce unas descargas terribles, de modo que al hombre que habla apenas si se le entiende lo que dice. Mamá tiene sobre la mesa de luz una carta de Pichón: "tu hermano está inquieto por las noticias sobre los caballos que le llegan a Francia", dice mamá.

Juan José Saer, Nadie Nada Nunca

ocupar una blancura

- ¿Quiere usted decir que el desierto sería el verdadero lugar de la palabra?
- Sí. La palabra tiene permiso de residencia únicamente en el silencio de las demás palabras. En primer lugar, hablar es apoyarse sobre una metáfora del desierto, es ocupar una blancura, un espacio de polvo o de ceniza, donde la palabra victoriosa se ofrece en su desnudez liberada

Edmond Jabés. Del desierto al libro. Entrevista con Marcel Cohen.

la eventualidad del error

Nietzsche decía de la verdad que era la mentira más profunda. Canguilhem diría quizás -él, que está muy lejano y muy próximo de Nietzsche al mismo tiempo-, que ella es, en el enorme calendario de la vida, el error más reciente; o, más exactamente, diría que la separación entre lo verdadero y lo falso, al igual que el valor otorgado a la verdad, constituyen la manera más singular de vivir que haya podido inventar una vida que, desde el fondo de su origen, llevaba en sí misma la eventualidad del error.

Michel Foucault (leído en Roger Chartier, Escribir las prácticas)

imaginación y dinero

Quien haya leído las páginas de este libro que están antes que ésta, se habrá formado, sin duda, la idea de que soy un soñador. Se habrá engañado si se la formó. Para ser soñador me falta el dinero.
Las grandes melancolías, las tristezas llenas de tedio, no pueden existir sino en un ambiente de comodidad y sobrio lujo. Por eso, al Egeus de Poe, concentrado horas y horas en una absorción morbosa, lo hace un castillo antiguo, abolengo, donde, más allá de las puertas de la gran sala donde yace la vida, mayordomos invisibles administran la casa y la comida.
El gran sueño requiere ciertas circunstancias sociales. Un día que, embebecido por cierto movimiento rítmico triste de lo que había escrito, me acordé de Chateaubriand, no tardé en acordarme de que yo no era vizconde, ni siquiera bretón. Otra vez que creí sentir, en el sentido de lo que había dicho, una semejanza con Rousseau, no tardó, tampoco, en ocurrírseme que no [habiendo] tenido el privilegio de ser hidalgo y castellano, tampoco había tenido el de ser suizo y vagabundo.
Pero, en fin, también hay universo en la Calle de los Doradores. También concede Dios aquí que no falte el enigma de vivir. Y por eso, si son pobres, como el paisaje de carros y cajones, los sueños que consigo extraer de entre las ruedas y las tablas, aun así son para mí lo que tengo, lo que puedo ser.
En otro lugar, sin duda, es donde se producen los ocasos. Pero hasta desde este cuarto piso sobre la ciudad se puede pensar en el infinito. Un infinito con almacenes abajo, es cierto, pero con estrellas al final… Es lo que pienso, en este acabarse de la tarde, junto a la ventana alta, con la insatisfacción del burgués que no soy y con la tristeza del poeta que nunca podré ser.

Bernardo Soares, Libro del desasosiego