relatos

historiadores locales

En el blog La curiosa sociedad de los carnotistas, Ulschmidt escribió este post sobre Armando P. Soler, historiador en Gaboto. El "en" ese, entre el oficio y la localidad es mío: hay enormes diferencias entre los historiadores nativos y los historiadores huincas. Una de esas diferencias radica, precisamente, en la concepción que se tiene de ese pueblo. Mientras que para el historiador cosmopolita, ecuménico, citadino, urbano, extralocal, etc. ese pueblo es como otros miles de pueblos, y por lo tanto está sujeto a la durkhemiana crueldad de los porcentajes, para el historiador local resulta inconcebible su desaparición. Él puede narrar decadencia, perigeos, situaciones críticas. Pero no puede concebir que la aldea se extinga.
Ulschmidt dice que la historia es incierta hacia el futuro y hacia el pasado. Podría suscribir con Piglia esa idea de la historia como visión retrospectiva de los mundos posibles. Para un historiador local, sin embargo, la historia, allende los umbrales de la incertidumbre, se guarda un respiro. Un hálito. Armando P. Soler no dejó de considerar de ese modo la historia de Gaboto. ¿Pero cuál es ese viento que insufla, que nombra, la larga historia de Puerto Gaboto? Se trata de una ventisca más bien molesta, breves ráfagas de arenilla, semillas de camalotes y escamas de sábalos. Y se monta sobre una apreciación de la historia muy apropiada: las culturas cambian, la pureza no es parte de ese mundo. Dice Renée Gracian, una historiadora local en una localidad cercana a Puerto Gaboto, San Julián, luego llamada Monje:
"Un gabotero dice que su cuchillo predilecto posee treinta años. Se conoce que le ha cambiado cabo y hoja en varias oportunidades. ¿Es el mismo cuchillo?" (Aportes para la historia de San Julián, 1991)
Y Fernando Ginés dice lo mismo con otro ejemplo:
"¿Por qué han de atribuir una misma historia a griegos, etruscos y antillanos, si eso que llaman historia occidental no ha cesado de sufrir grandes quiebres y rupturas a lo largo del tiempo? ¿Por qué no podemos hacerlo nosotros, aquí, en Bombal?" (Bombal, pasado y presente, 1990)
Bombal no tiene río, pero Gaboto sí. El río es, sin duda, una línea de sutura. Pero mirando esa línea no está Soler solo: "historia de Coronda", "historia de Barrancas", "historia de Maciel", "historia de Santo Tomé". Cientos de pueblos cosidos en la geografía plana de Santa Fe, con dos agujas: el río y el ferrocarril. Todos ellos tienen un historiador o historiadora local. Argumentan que la historia de los pueblos no comenzó con la fundación de la adea sino que comenzó con la entrada de algunas canoas y barcos al río. Parados en alguna barranca, hombres y mujeres como Soler pudieron mirar la insípida biografía del río, su estampa. La imaginación se abre paso de ese modo, entre la molesta ventisca que trae el olor de unas grasas quemándose en las parrillas, y permite acceder con inspiración collingwoodiana a los sucesos que en el pasado no pudieron ser pensados por nadie pero que sin embargo sucedieron: una nave con unos pocos tripulantes empobrece de arribada; una pareja de timbúes deja de carajearse para ver pasar un amargo navío; una chajá más bien grande chilla. En Gaboto algunos que desembarcan fundan un fuerte, en Barrancas una capilla. En el makahiki hawaiano alguien hace de Lono y los nativos confunden al capitán Cook con un dios; aquí los indios no paran de practicar lo que Daniel James también entrevió surgir cientos de años más tarde entre la indiada peronista: iconoclasia laica. Los salvajes tiran piedras, coprolitos, cañas envenenadas con bosta de carpinchos contra los troncos de espinillo con los que algunos españoles imaginaron paredes. Pero es tarde y el olor que trae el viento crepuscular ya huele a sobras de pescado, a espinas y limón: Soler, u otro/a historiador/a, ha superado la primera fase en la historia local y con el último peninsular que se tranquiliza en cubierta mientras la nave, de abajada, se raja, se adhiere al viento que despeina a ese mozo aindiado que trabaja bajo las órdenes de Don Lisandro, a quien nunca vio pero a quien adivinaría con solo tenerlo a varias leguas. Ahora la pampa está teselada con alambres y caminos reales… Se escuchan voces azogadas, el perfume vano del tinto malo se adivina en los cuerpos: Soler, u otro, se pregunta entonces si esa línea la ha inventado él o ya fue contada por otros…no recuerda haberla leído. Es el río, es el río, grita un tero. Soler, cualquiera, con todo, se calla.

río Coronda

(Ulschmidt rastreó al Soler y olvidó a Vicente Del Pópolo, historiador barranqueño y compositor de cumbias: él también rebuscando en Gandía y Schmidl, entre tanta mitomanía, supo parecerse a un cuadro de Friedrich, cuando enhiesto en alguna barranca o, por lo menos, parado en algún albardón, reordenó el pasado de su pueblo, cuatrocientos años y un gesto: los indios gritones; el bicho canasto; la barca de la corona; el hambre; el quirúrgico mosquito.)
Ulschmidt rastreó al Soler y se fue a Puerto Gaboto, donde mejor se hubiera comido unos pescados. Un pacú con suerte, con mucha suerte. Para hacer etnografía o historia de un historiador, de un modo de mirar el pasado, en ese pueblo, hubiera tenido que irse hasta las islas, pescar un poco, echarse sobre la canoa mientras la corriente la empuja, asomar la cabeza de vez en cuando, gritar Aguirre! Aguirre! contra las orillas.

second life

¿Por qué no existe, no se ha creado aún, una codificación para fenómenos habituales? ¿Por qué no podemos, todavía, listar una serie de acontecimientos específicos por medio de fórmulas? Una estenografía para sucesos que quienes traman el circuito de la comunicación conocen o creen conocer: un aprendizaje del pidgin SMS y de los lenguajes más lacónicos. Ingresar a zonas en las que basta que el lampazo del mouse (a:hover en CSS) o que el veloz recorrido de unos anteojos especiales, surque algún término, para activar otra ventana del explorador o una ventana temporal en el mouse u otra sobre el cuadrante derecho del vidrio derecho de esos lentes futuros, en las que se nos muestre otras fórmulas, a la manera de las pantallas de Matrix –que no es sino la manera más extrema de decirnos cuán aritmética es aún nuesta escritura y cuán contingente.
Gracias a esa formalización futura podría yo contarles con un ritmo lacerante, con pretensiones poéticas, que entré a Second Life. Sabía gracias a Puck que restos de historias sin escribirse cintilaban en algunos rincones de ese mundo, como piezas de un juego de rol nunca todavía inventado. Lo había leído en Los anillos de Saturno. Allí Sebald, casi como caminando, utilizando el código de la crítica literaria, haciéndose el Susan Sontag de las letras inglesas, menciona un relato de Borges y Bioy Casares. Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Pero leída bajo otra cifra, esa mención indica un punto en un mapa. Es un mapa en el que un Rexford Tugwell, el cófrade de Roosevelt, fotografiado por Walker Evans, hace las veces de entrada a la esfinge Hawthorne Abdensen. Hace tiempo que busco el modo de llegar hasta ella (o hasta él) y responder alguna de sus siempre ineficaces charadas. Desde los más remotos orígenes del juego he estado allí. Desde la página de Second Life ingresé a Second Life y una vez allí fui hasta sus oficinas y logré un contrato. Más tarde, fui renovado.
Hace años soy el encargado del sector en V de una parcela de esa botella incesante. En V es una forma de denominarlo: para algunos es un número, para otros una casilla de email. Hubo largos períodos de tedio y sopor. Hubo algunas anécdotas, como aquella vez que vi pasar un insecto gigante con las letras GS en su caparazón de ceniza y llanto. Hubo momentos en los que olvidé las razones de mi aventura. Pero traía en mi bolsillo un poema de Ritchie Kernighan:

main
{
struct love *root, *tree;
char lambs (earth);
int t;
root = NULL;
while t = getword(lambs, earth) !=EOF
if t==life
root = tree(root, lambs);
print(root)
}

Tomé coraje entonces, y hace unos días, entre a seconde life. Sabía gracias a Flatland, ese desquiciada manera de flagerarse que tuvo Abbott, que mi puesto de trabajo no estaba en riesgo, y que nadie advertiría mis viajes hacia el cuadrante en D.
Me gustaría poder contarles ese viaje. Espero el tiempo en que poetas como Kernighan sean mejor considerados. Momentos en los que siete proposiciones basten para explicar el mundo.

filia

Una tarde sofocante de enero, hace ya once años, un falcon desvencijado se detuvo en la puerta de su casa y se vio bajar del auto, atravesar la polvareda, tocar su propio timbre. Soy tu hermano; el hijoeputa de la cuisa nos separó al nacer, se escuchó decir. El aturdimiento le duró unos días, y no pasaba mucho tiempo sin preguntar qué fue de la vida de ese nuevo pariente que brotó del calor, una tarde asfixiante de moscas y humedad.
Después, mientras el calor aún persistía insultante, pergeñaron una revancha. Barajaron nombres, coartadas, testigos.
Nunca los descubrieron. Su hermano se fue por un tiempo; viajó. Él ganó una profesión y veló el secreto.
Otro verano, una tarde de chicharras, un hombre tocó el fatídico timbre y a bocajarro: soy tu hermano. La cuisa nunca quiso que Martina nos volviera a juntar. No creyó un ápice de lo que el hombre decía pero se escuchó afirmar ya tengo uno, ahora somos tres. Y el tercero: No. Somos dos. El otro era hijo de Martina. La cuisa no tuvo nada que ver.
Cómo sabés, se oyó decir un tanto mecánicamente.
El me lo confesó, yo ahora lo sé, espetó el hombre que vino con la fresca.

la historia de los perros

En 1918, un oficial del ejército francés salvó un pequeño libro de uno de los últimos incendios de la guerra; se llamaba Flavio Dectós y el libro que halló se titulaba Mensaje Divino. Unos meses después del hallazgo, Dectós lo guardó en su biblioteca, creyendo que se trataba de uno más entre tantos libros de pesares que se publicaron en Francia por aquellos años. Dectós atesoraba algunos de ellos: A la salida del café, La pasión en tinieblas, Aires de olvido. Eran libros que condensaban en historias anodinas las impresiones que una guerra sedimenta en el carácter de los hombres pero que en la escritura no aparecían sino veladas, ocluidas por una casi infantil búsqueda de trivialidad y desasosiego. Mensaje Divino trataba sobre el destino de las almas cuando la gente muere. Citaba a algunos clásicos y rebuscaba entre las pocas chances de un muerto, una que diera sentido a ese último episodio. En los capítulos finales arriesgaba la hipótesis que Dectós, más tarde, defendería como si fuera suya: las almas de los hombres y mujeres que mueren transmigran a cuerpos animales. La metempsicosis es inmediata a la muerte y nada puede impedirlo: ni el fuego ni el agua.
Tiempo después de archivarlo, movido por un infortunio familiar, Dectós volvió al libro y olvidó la clave paternal con la que antes lo había leído. Leyó, entonces, acerca de la preferencia de las almas por los perros y cómo un perro puede apresar un alma tantos y tantos años hasta que ya el ánima deja de ser humana y no hay nada más que hacer por ella. Aprendió el breve y hermético capítulo donde se decía cómo atisbar la presencia de un alma en esa especie de prisión animal con la que, de pronto, Dectós comparaba a los perros. Supo además por qué las almas jamás conviven con felinos y cómo fue que el autor -quien dictó el texto al copista que humildemente prestó su nombre- había logrado huir de su prisión cuadrúpeda.
Tocado, el oficial francés volvió al lugar donde había hallado el libro para indagar sobre su antiguo propietario. En esos días, toda Francia derramaba ríos de olvido sobre acontecimientos públicos pero huidizos, por lo que a Dectós no le fue posible averiguar más que una breve semblanza del muerto: alto, fusiforme, cerrado. Un extranjero -dijeron sus vecinos- que no hacía más que arreglar su casa y recibir correspondencia. Mientras tanto Dectós había ensayado muchas veces las prácticas que recomendaba Mensaje Divino. Comenzó en su finca, con su propio perro. Luego, sobornó a un par de cuzcos callejeros para encerrarlos; finalmente intentó cada instrucción con todos los perros que encontró a su paso.
En 1942, soportando los primeros amagues de un parkinson que nadie pudo diagnosticarle, Dectós entregó una carpeta con los originales de su primer y único libro a José Gómez Durero, un imprentero español que había escapado azarosamente del azote franquista. Nombró a su opúsculo Animales, pese a la reconvención del peninsular quien le advirtió sobre la economía del título.
No fue Dectós quien supo el destino de los pocos ejemplares que un grupo de colaboracionistas expropió del antro clandestino del republicano entonces extinto: el viejo oficial escapó de este mundo y se enroscó en una siesta sollozante y hambrienta.

Blanq

El pájaro no lo miraba pero él creía lo contrario.
Mientras más se prolongaba ese tiempo muerto, balsámico, en el que la quinesis desalojada del animal se confundía con una modalidad de la conducta humana, más convencido parecía Blanq de que todo aquello iba en un sentido, o en otro; pero que no erraba, no pacía, no se ahogaba en la casualidad de una mañana en la que el rocío y el calor no habían impedido aún el movimiento sublunar de guanqueros, cascarudos y pequeñas lombrices. Si entonces hubiera recordado a Poe, al mediodía ya habría logrado escapar con postas de ironía de esa avanzada crepuscular. No era cuervo sino negrucho.
En cambio trajo de la noche anterior el asíncrono movimiento de una mano izquierda, un aleteo sin piano, un tic sin impaciencia.
Justo cuando el parpadeo de la memoria se resistía a positivar Blanq se llevó por última vez la taza a la boca. Quiso decir algo como así será o no podría, pero pestañeó y el pájaro pareció advertir que toda la escena se derrumbaba.
Con todo, tardó un tiempo en partir.

insert coin

Hace mil millones de años, los flippers no eran gran cosa. En uno de los polos de la línea evolutiva estaba, por ejemplo, el mata hari, con su hoyo ciclópeo y el contador de puntos tableteando como un surtidor de nafta. En el otro, admirado y sutil, el caballero negro hacía gala de sus imanes y sus dos pisos. El increíble hulk, por su parte, a duras penas había logrado adaptarse, pequeño y verde como era, para ir a parar al lugar de los animales impuros: nadie le ponía fichas.
Un día vimos al flipper de Playboy, desemsamblado, en la caja de la camioneta de la empresa que traía los pinballs al pueblo. Una extraña e indecible sensación nos siguió esa tarde. Quizás entre esas pequeñas anécdotas haya que buscar la clave que explique porque nos vamos de los pueblos chicos, de los lugares a los que jamás nos cansaremos de elogiar. Lo llevan a Rosario, dijo un amigo. Un día de estos vamos a ir a la sala que está por la calle San Luis, y van a ver, decía este amigo, la cantidad de flippers que tienen. Vamos, vamos, decíamos, ¿viste como le pegan los rosarinos?: quiebran la muñeca y con los cuatro dedos cachetean los botones, como hace T. A lo pingüino, decíamos. Y criticábamos a unos tipos borrosos que tendrían mucho tiempo para entrenarse, antes de que llegáramos nosotros a darle vuelta los tableros de las máquinas de la calle San Luis.
En pleno paleolítico superior, los flippers nunca dejaron de asociarse a los locales en donde funcionaban. Privilegios de la sociabilidad cara-a-cara. A nadie se le hubiera ocurrido llevarse un flipper a la casa, porque nadie quería realmente cansarse de un sueño carcelario que arrancaba a eso de las 2 de la tarde y se negaba a morir cerca de las ocho de la noche. Una doble identidad los colocaba en el mundo: aquello que los hacía únicos y el lugar donde se instalaban. En lo de M., en lo de G.A., en lo de Charles Gaim. Si vencías, vencías dos veces: te cargabas la máquina y al explotador.
Pero competíamos contra otros hombres, o mejor, interactuábamos con las máquinas y con los hombres. De esas escaramuzas -más serias que el metegol, el que definitivamente podía manipularse- estaban grilladas las biografías de los grandes hombres. De C. me quedó la marca de cigarrillos que fumé durante mucho tiempo: había que verlo ganar una y otra vez, hasta que en la base del vidrio una mancha ámbar se hacía cada vez más notable. Efecto de depósito que sólo podíamos recrear dejando el pucho en el mismo lugar, o quitando sus iniciales de los records. 9999990, para que ya no hubiera chances de borrar nuestras iniciales, aunque tuviéramos que sacrificar la vuelta de tablero. Tildala, tildala, decíamos. Y el terrible dilema nos inundaba durante toda la semana. De N. la sed de Coca. Fumar, tomar coca-cola, poner una ficha. Una misma y única actividad. De T. quedaron unas cuantas habilidades inefables: darle al Star Trek un golpe al costado, justo cuando la bola -habiéndose ido por el corredor- amenazaba con perderse en el hoyo interno, para luego levantar la paleta con la mano contraria y golpear. Extra ball, decíamos. Mover rápidamente todo el flipper hacia un costado. Alevosamente. Un mecanismo de ingeniería dactilar. Tilt, decíamos; extra ball.
La lista nominal crecía y nos hacía sabios. Máquinas y máquinas que registrábamos como predicadores de una religión adventicia. Cada nombre, asociado a un lugar y a una persona, nos mapeaba como si hubiéramos leído a Chatwin y el tableteo de los hongos fuera también para nosotros los trazos de una canción.
Pero mi amigo de los flippers fue siempre G. La universidad no pudo quitarnos ese sueño de tarde prolongada. Primero es un juego, después un vicio, finalmente una terapia, decíamos, ensayando para nosotros mismos una línea de estadios progresivos, y una justificación casi jesuítica. La ambición de todo jugador de flipper es un flipper difícil. Algo así como una máquina de IA, amenazándonos eternamente. Hay que diseñar el mejor, decíamos. Combinábamos características. Ensayo-Error. Hasta que un día dimos con el mejor modelo. Consistía en un flipper-esfinge, el que a medida que avanzabas te retaba a empresas más difíciles: si vencías se destartalaba paulatinamente; si perdías, te pateaba.