10 tesis

las 10 tesis de Omar y el debate.

Literatura de izquierda

Este post forma parte de distintos comentarios sobre el libro de Damián Tabarovsky, Literatura de izquierda

Literatura de izquierda me parece más interesante por lo que enuncia en su título que por lo que efectivamente logra establecer sobre su programa: por dónde y con qué humos podemos inventar hoy una obra intelectual que merezca llamarse “de izquierda”. Podemos coincidir con Nicolás Quiroga respecto de las limitaciones del ataque de Guillermo Martínez en “Un ejercicio de esgrima”. No digo limitaciones por la falsedad de muchas de sus acusaciones. Damián Tabarovsky no es inmune a ellas, y yo me resistiría a tomar partido, al menos dentro del espacio de debate que los dos textos construyen. Pienso que Nicolás acierta cuando recupera el aliento inquieto de Tabarovsky. Pero no veo que eso pueda ser sostenido sin un examen de lo propuesto en Literatura de izquierda. De ese folleto me interesa, más que la propuesta deconstruccionista de la relación de los sujetos escritores con el lenguaje (una posición poco original, hay que admitir), el intento de ligar ese proyecto con la crisis del 2001. ¿Es exitoso en el lance? Qué importa. Lo fundamental es que se trata, en mi opinión, de un vínculo para edificar, que instituye el ánimo de un espacio literario nuevo. Y es justamente lo que falta a la respuesta de Martínez: una apuesta por la refiguración del quehacer intelectual. Martínez también es “de izquierda”, en cuanto reivindica una crítica, por ejemplo, de las jerarquías académico-revisteriles que habitan entre los fuelles del pulmón argumentativo de Tabarovsky. Parece claro que hay dos tareas a realizar para constituir una obra intelectual y política de izquierda: repensar hoy qué es lo intelectual y qué es la izquierda. Y en ese plano de la cuestión que hallamos más problemas que soluciones. Es cierto que se podría decir que el ensayo de Tabarovsky cumple el servicio de enunciar el problema en estos tiempos que a pesar de todo se quieren desideologizados. Sin embargo, él ofrece sus respuestas, abstractas, transcendentales en el sentido kantiano (sus afirmaciones refieren a condiciones de posibilidad del ejercicio “de izquierda” de la literatura pos 2001), cuando es preciso poner carne humana en el asador del debate político-cultural. Lo interesante es que eso no sólo vale para la literatura. Podríamos decir sin dificultades que hoy es difícil mentar una sociología o una historia de izquierda. ¿Cuál sería el sujeto de esos proyectos habitados, en sus terrenos y más allá de ellos, donde campee el “deseo loco de cambio”? Yo diría que es una nueva generación intelectual de izquierda. No sólo el escritor solitario que se las arregla con las convenciones y las tradiciones, ni con el mercado y la academia. Y ese es el terreno del pensamiento de Literatura de izquierda. El fracaso de Martínez consiste en que persevera en el más acá del planteo tabarovskiano. Pero tampoco él está a la altura de sí mismo. Qué si Tabarovsky no avanza en lo provocativo de su título. Un título vale un libro, que será escrito por una comunidad intelectual, contradictoria y politizada, en formas que apenas entrevemos.

Literatura de izquierda

Dos notas (a partir del texto de Omar Acha sobre Literatura de Izquierda de Damián Tabarovsky)

I
Si se pudiera hacer una larga de lista de representaciones de lo indomable, de lo revulsivo –para usar un término que Tabarovsky utiliza-, muchas de esas figuras girarían alrededor de la idea del afuera. Literatura de izquierda nos provee de una ristra de ellas: comunidad inoperante; literatura diferente a democracia, a normatividad, a cultura, a jerarquías, al mundo. En el centro de las argumentaciones del libro, aprendida en las mazmorras universitarias y la albañilería de los papers, está la contestación del cuento de la buena pipa. Algo verdaderamente no falsable. Si se le interroga por el paradigma, no viene por un nuevo paradigma; si se le pregunta por la distancia entre teoría y práctica dirá que viene a desacoplar esa díada. Si le imputa al argumento su posible deterioro o mercantilización (lo hizo el propio Martínez, quien no parece haber reparado que ya Tabarovsky estaba advertido sobre ese argumento), dirá que como lugar o como línea, la literatura de izquierda ya, en el mismo momento de la encarnación pétrea o utilitarista, ya está en otro lado. Yo no dije dejá de contar el cuento de la buena pipa, sino si querés que te cuente el cuento de la buena pipa. Eso es un poco adolescente, como quiere Quintín. Pero también, advierto rápidamente, Tabarovsky podría reclamar en ese mismo plano un estado de disponibilidad que la literatura de mercado y la de la academia no podrían.

II
Alguna vez un increíble profesor y reconocido intelectual me explicó su recelo con Carlo Ginzburg. (Anótese algo aprendido en situación de estudiante: un excelente profesor asiste muy poco a clases. Y si alguien asiste mucho y resulta bueno, entonces es un paria.) Me dijo que veía mal eso de dejarse fotografiar para las solapas. Se podía, como él mismo lo había hecho, salir en gran angular con lo más perfilado del underground ochentoso pero no se pdía brillar en las mamposterías de un libro. Eso era el mercado. Esto último no lo dijo él, lo pensé yo. Tanto Tabarovsky como Martínez creen que el mercado es eso que está ahí, al costado. Eso que el editor manda a hacer. Eso es lo que lleva a Martínez a acusar a Tabarovsky de hacerse publicar por editoriales grandes, de surfear el merchandising de su novela Las hernias. De eso se trata una impostura: de algo verdadero y algo falso. El mercado para Martínez sigue siendo eso falso. La literatura transcurre entre unos miles de lectores anónimos y el escritor, pero sólo cuando el escritor no escribe Harry Potter. La literatura transcurre entre la academia y el escritor pero sólo cuando aquella no se parece a eso que Fogwill denominó sociedad de socorros mutuos (pero cuándo se dejará de citar a Fogwill solo por sus brulotes). Adentro y afuera, again. Sólo que el blanco de Martínez no es Literatura de izquierda, sino ese escritor que articuló los tres lugares para el propio Martínez (mercado, academia, medios) o los tres de Tabarovsky (mercado, academia, literatura de izquierda): César Aira.
En el caso de Tabarovsky la confusión sobre el mercado no es tan reconocible. Pero hay que indicar que el uso del tic posestructural (casilla vacía, casilla flotante) para analizar el lugar de la literatura de izquierda no puede aventurar nada, no sirve para hacer preceptiva. Si la literatura de izquierda siempre está trazada por el ánimo de “expandir la anomalía en el seno de las relaciones sociales”, se apele como se quiera a las voluntades de los hombres, eso es inmodificable. Así que no vale la pena andar pregonando la producción de anomalías si eso es lo que sucede, porque se corre el riesgo de postular cosas raras como aquello que sostenía Alejandro Dolina: “conformismo o muerte”. Esa gema que el mercado no puede asir es, por principio estructural, la literatura de izquierda. Lo que hagan los hombres que se sumen a esa buena nueva nos tiene sin cuidado, o mejor: la tiene sin cuidado.
Esas exclusiones (el sanctasanctórum del escritor para Martínez: el momento anterior al mercado, como si ese escritor con su resma no leyera nada o no se sintiera afectado por una foto de un intelectual italiano colgada de su fabuloso El queso y los gusanos; el foso de Tabarovsky, ese lugar del contradictor que en el momento en que la máquina de captura advierte sobre su existencia y se resignifica en tanto sistema, en ese mismo momento el contradictor cambia su composición y vuelta a empezar), esas exclusiones digo, atentan contra el polemos, que ambos textos tienen en muy buena consideración. El texto de Martínez lo hace argumentando de un modo más bien trivial acerca de la estrategias mercantiles de Tabarovsky; el de Tabarovsky estableciendo jerarquías y juicios de valor a partir de un principio que los niega, que los repone, mejor dicho, en su antagonismo constitutivo. Pienso que eso es lo bueno de Literatura de izquierda, que puede servirnos como baliza para advertir que, si es que estamos decididos a cuestionar algunas configuraciones intelectuales, hay que blanquear sin más que se lo hace para quedarse con un lugar, robarse algo, arrancarle un pedazo a los que más dicen o más tienen. Y esa certeza obliga a un relativismo que ataca de lleno a los argumentos finalistas, mecanicistas, etc. Porque se sabe que en todos ellos duerme un orden al que no fuimos invitados.

La “nueva generación intelectual”: una apostilla sobre el ambiente literario

[Este texto es un fragmento de Somos. Ecografía de una nueva generación intelectual, libro de Omar Acha del que ya habíamos adelantado, y discutido, su epílogo. A este post de Omar Acha le sigue otro de Nicolás Quiroga, y luego el retruque de Omar.]

La frágil reconstitución del orden liberal-capitalista de la Argentina posdictatorial, ya inocultablemente formateado por la intervención de los grandes medios de comunicación, proyecta la conformación de la nueva generación en un territorio que es otro que el de crisis. Quizás sea el de la imposibilidad de resolverla plenamente. No lo sé. Pero estoy convencido que reiterar el momento de la caída libre y la contemporánea experimentación democrática de 2001-2002 es insuficiente.
La crisis como fenómeno alimentó en parte uno de los escasos desacuerdos intelectuales de nuestros días. Sorprende poco que haya sido protagonizado por “jóvenes”. L*s viej*s nos han demostrado que nada tienen que decir de intelectualmente vivo. Quiero decir, que sea articulable con alguna especie de acción.
Fue otro el talante que rodeó al ensayo de Damián Tabarovsky en Literatura de izquierda (2004). Resumido en dos oraciones, su texto plantea que la crisis de 2001 reinstituyó la posibilidad de un “deseo loco de cambio” en la literatura argentina, es decir, una literatura de izquierda transida de ansias de ruptura y novedad incompatibles con la estética comunicable del mercado y los cánones castradores de la academia. La crisis cobijó un deseo de “comunidad inoperante”, invisible, negativa, que bucee contra y a través de la opresión del lenguaje, sin aspirar a un sentido reconocible, y que “corre por izquierda” a quienes serían los próceres de hoy (Héctor Libertella, Fogwill, César Aira).
Guillermo Martínez salió al cruce del argumento de Tabarovsky en “Un ejercicio de esgrima” (2005). Su indignación está animada por la sintonía del canon de Damián con las preferencias de la academia, la que por lo demás se articula con el mercado (“el mercado” es una expresión abstracta: hay editoriales, suplementos literarios, vidrieras de librerías). Fuera del canon, esto es, arrumbados en la tramoya antiliteraria mercantilizada, estarían, pretendió dictaminar Tabarovsky: Martínez, Gonzálo Garcés, Pablo de Santis, entre otros. Estos narradores se refugiarían en las formas del consumo masivo de la literatura. Construirían relatos con un mensaje, estructurados en la tríada pregunta-argumento-desenlace. Martínez defendió la producción de narraciones que provocasen el placer de la lectura en un público relativamente masivo con capacidad de disponer de un gusto propio. Frente a esa prueba, el ensayo de Tabarovsky pretendería un falso espacio para la auténtica literatura, sin embargo pronto desmentido por la participación de los rebeldes en los mecanismos mercantiles y académicos. Un puente con lo académico, continúa Guillermo, que se materializa en dones y contradones ligados a amistades, intercambios, y fidelidades políticas o sentimentales. Esta denuncia, que suscitó algún escándalo, es lo más endeble de su texto, más que por la falta de verdad en la delación de solidaridades que, es preciso admitir, deberían mantenerse al margen de las evaluaciones estéticas, por lo incólume que deja de las obras escritas. En mi opinión, la deficiencia de la estocada polémica no alcanza a neutralizar algunos agudos reparos a la prosa curiosamente ahistórica y asociológica de Tabarovsky (Quintín se tomó de esa superficialidad para echar una apolillada parrafada de Guerra Fría).
Leído desde las elaboraciones individuales, está claro que la polémica Tabarovsky-Martínez es bien pobre. Siento que su interpretación generacional es más rica. Me parece que su lectura revela problemas interesantes para pensar la producción de una nueva generación intelectual en el campo literario y, a fortiori, en nuestra época cultural.
En primer lugar por la eficacia de la crisis. Esto aparece con todas las letras en el escrito de Tabarovsky. Lo que se podría reprochar es que se atenga tan estrechamente a la época de la crisis y la extienda sin problematización al momento en que las estrías del bienio 2001-2002 ya se deshacían en la recuperación lavagno-kirchneriana. Incluso hay una correlación un poco ruda entre la “literatura de izquierda” y el derrumbe de sectores de la clase media en la pobreza que constata la sociología. ¿La elaboración de un espacio literario tras la crisis puede independizarse de la crisis empírica? Esta es una cuestión radical que a Martínez no le interesa, pero es el eje del ensayo de Tabarovsky, o debería serlo si Damián no se extraviara un poco en la lógica derridiana. El fuego a discreción de Martínez le impidió golpear en la desnudez de Tabarovsky.
En segundo lugar por la alusión al mercado, la academia y al canon literario. Tabarovsky concentra en Aira el límite todavía incognoscible de la literatura argentina actual. Dice que hay que correrlo por izquierda a la vez que se somete a su imperio. Es inconsistente y arbitrario. Porque Aira es muy desigual. En ocasiones, en un mismo libro, es avasallante y decepcionante. A tal punto que en no pocas de sus obras se suscita la pregunta impertinente: ¿Aira es o se hace? Martínez se muestra escéptico respecto al valor literario de títulos que aparecen maquínicamente y en ciertos casos -lo admite incluso un admirador como Link- son de calidad inferior a su estándar. Y eso es justamente lo que molesta a Martínez: que si Aira tiene un estilo, lo que fascina ya no es su ruptura con el realismo (o su reinvención interior al mundo novelístico) sino un asentimiento demasiado macizo. En otras palabras, que es moda de consumo a la vez que de crítica, horadando las jerarquías que se lanzan contra autores marginados por la academia. Una adoración de la crítica que se retacea a otros autores. La sutileza impiadosa que se abate sobre los autores ganadores de premios literarios no se aplica a autores canonizados, como Aira o Juan José Saer. Esto no solamente tendría efectos nocivos para las pretensiones académicas de regular el buen gusto literario (es decir, delimitar y vigilar el canon), sino para la idea misma de que la crítica universitaria es la soberana de la "buena literatura". El juicio del público lector -que de acuerdo a Guillermo opera después de la creación- constituiría un dictamen menos arbitrario que la cadena de favores y enemistades que articulan a la academia con los suplementos literarios. Está claro que la eficacia a posteriori del mercado es insostenible. Siempre se escribe bajo presiones.
En todo caso, insisto, la polémica trae a cuento estos elementos esenciales para pensar el futuro de la nueva generación, literaria y más ampliamente cultural. En historia sucede algo similar. El prestigio historiográfico varía con el acceso a amistades en casas de edición, suplementos culturales, revistas especializadas, programas televisivos, cátedras, conicets y ubas. También el mercado crea autorías historiadoras, como en Felipe Pigna, que son sistemáticamente atacadas por los guardianes de la "buena historia", que ¡oh casualidad! es la que esos guardianes hacen o mandan hacer.
En tercer lugar, la discusión es interpretable de modo fructífero por la figura intelectual que se dirime en el modo de posicionarse ante la necesidad de una nueva literatura después del 2001. El diferendo es más interesante que los textos elaborados por ambos contendientes. Esto no habla mal de la factura intelectual de sus escritos, sino muestra la producción en polifonía que da acceso al obrar generacional. Creo que un poco con su anuencia, el texto de Tabarovsky fue degradado presentándolo como la expresión de un autor “francotirador”, creo que con su anuencia. Las solidaridades tejidas por Tabarovsky (con el sobresaliente escritor que es Sergio Chejfec, por ejemplo) o las opuestas por Martínez en los nombres mencionados cuatro párrafos más arriba aparecieron como elencos de facciones más o menos reconocibles en los medios literarios. A nadie se le escapó que era aconsejable eludir las dicotomías propuestas, por mal estipuladas. Justamente por eso se destaca en el intercambio la carencia de una problemática generacional.
Pensar que en el campo literario es indispensable la apuesta por un reformateo generacional hubiera lubricado fricciones innecesarias y, quizás, estimulado otras más radicales. Porque una generación no debe ser inexorablemente homogénea. Puede articularse alrededor de una serie de temas comunes, sin por eso aspirar a posiciones unánimes. Otra cosa sería indeseable para la literatura. Por ejemplo, sería preciso que la nueva generación literaria discuta con seriedad lo que en el entrevero de Tabarovsky y Martínez aparece esbozado para el territorio de la narrativa: las relaciones recíprocas del mercado y la academia antes que una escisión imposible (¡vivimos en una sociedad capitalista!), las formas del pacto de lo literario, la política de la literatura, los efectos literarios del 2001.
Las preguntas relevantes son numerosas. Enuncio algunas: ¿qué posibilidades de venta mantienen las pequeñas editoriales? ¿Qué capacidad de ruptura e innovación habilita la influencia de la crítica literaria sobre el campo de la escritura? ¿Su función es sólo jerarquizante o puede ser también creadora? ¿Es pertinente la oposición entre crítica y producción literarias? ¿O casos como los de Ricardo Piglia demuestran que sus fronteras pueden ser ambiguas e incluso sus campos inseminarse recíprocamente? En fin, se trata de cuestiones que la nueva generación, en su diversidad, merece plantearse. Como lector que disfruta de la lectura y como intelectual politizado me encuentro dividido al pensar que una literatura deseable deba ser “de izquierda”. Una ligazón demasiado rígida entre innovación y sensibilidad de izquierda, en literatura, me parece controvertible. Quizás aquí muestre una hilacha “relativista”, pero creo que es necesaria. Al menos mientras se establezca una literatura de izquierda reconocible. La interrogación es de todos modos importante y recorre la posibilidad misma de nuestra generación, moldeada en este caso en la literatura pero, con sus entendibles desplazamientos, es traducible a los distintos campos del obrar intelectual.

repercusiones de las 10 tesis

Copio y pego otras voces alrededor de las tesis de omar:

Dice DF en los comentarios del post con el que Jorge Aulicino refirió a las tesis:

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Parece el mito del eterno retorno. Es conmovedora la inocencia con que cada tanto vuelve a escribirse más o menos lo mismo –cambiando algunas palabras, dando mayor o menor importancia a tal o cual cuestión, agregando un elemento nuevo o quitando algo– que uno ya había leído en manifiestos igualmente renovadores y rupturistas de los años setenta, los sesenta, los cuarenta, los veinte, los diez. Tal vez, efectivamente, todo tenga que volver a ser propuesto una vez y otra, tal vez cada época deba volver a encarar el mismo camino, aunque no lleve a ninguna parte. Pero no importa si no lleva: obligar a pensar las cosas, hacer que se pongan en movimiento las mentes ya es bastante. Antes y ahora, en todo caso, el punto endeble, la rueda que gira en falso, está en la idea de “generación intelectual”, esa entelequia iluminista que más obnubila que hace ver, por más que permita sentirse parte de algo y embarcado en algo, o precisamente por eso.

Preciado, más lacónicamente, advirtió en los comentarios del so pra contrariar:

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En lo personal, considero que Omar Acha sobrestima los efectos (“el despliegue”) de la crisis en la materia tratada. Es indudable que un nuevo repertorio de problemas (no tan nuevos creo, allá por el 2001-2002) revolcó a los tal vez últimos coletazos de aquellos sumidos en paradigmas ochentosos (engañados consientes o inconscientes por los “sueños progresistas” a los que Acha refiere). ¿No es aquella gerontocracia intelectual la que instala la nueva agenda de preguntas?. Si la ideología democrática liberal-capitalista fisuró – démoslo como cierto- ¿No es muy pequeña su fisura (y muy poderosos los fontaneros) como para pensar en un emergente incontaminado?

¿Será todo?

10 tesis. Continúa la conversación.

Anotaciones al post de Quiroga

Debo decir que "radiografía" es un término que yo no podría emplear sin cierta vergüenza, sobre todo sobre una entidad que no existe, como sucede con "nuestra generación". Lo que percibo es que hay una "necesidad" de ser. De dejar la moral de los esclavos de la reproducción de lo mismo, que en muchos casos tiene rostro de universidad o institución estatal; que tienen muchos aspectos valorables (y masticables, hay que decirlo) pero no nos satisfacen.
Había una necesidad tras el fracaso de los unitarios (para Sarmiento y Alberdi), y tras la caída del primer peronismo (para los contornistas). Pero en 1830 y en 1955 eran todos unos pichis. ¿Qué había escrito David Viñas en 1953 para vérselas con Lugones? Nada. Otros casi no escribieron, como Carlos Correas. Es que una generación intelectual (y sobre este término habrá que discutir) existe tras una enunciación. Y como decía Trucham, "puede fallar". Pero vale la pena. Sobre todo, hay una caída (la de diciembre de 2001) que nos deja un vacío para la inteligencia del que nadie quiso hacerse cargo. Esto es, el derrumbe de una legibilidad de lo real.
¿Parricidio? No, justamente, lo que hay es un vacío intelectual. Hoy no se discute. Y eso es un problema. Si no tenemos padres o madres qué matar, ¿cómo nos reconoceremos en tanto hij*s criminales pero cómplices? ¿La falta de mentores a desbancar nos condena a la indigencia intelectual? Ojalá tuvieramos que destruir simbólicamente a Ingenieros o a Martínez Estrada. A los pies del cadáver cultural seríamos grandes. ¿Nos nutre desbancar a Horacio González o a Beatriz Sarlo? ¿Para qué, si ya no dicen nada viviente?
"Socialismo". Nicolás se ríe. ¿Y si no qué? Si quieren socialismo como incluso antes de Marx, que es colectividad. Yo soy revisionista, así que tomaría otras propuestas. Serán bienvenidas, porque yo no estoy llamado a fundar nada. Sólo para tirar una botella con un mensajito a la mar.

pequeña zancadilla a la tesis cuatro

Al leer el post de Omar Acha y los comentarios desperdigados por allá, aquí y más allá, recuerdo que las generaciones se mentan por un año ('37, '98, etc.) por sus pretensiones vanguardistas o por lo heterogéneas que resultan cuando se las mira de cerca.
Las tesis sobre el quehacer intelectual deslizan una idea y un presupuesto. El presupuesto es que existe una atmósfera, un color que tiñe al resto: socialismo genérico le dice ("una sensibilidad de izquierda, socialista en sentido genérico", tesis cuatro). Hasta allí habrá que ir porque sólo dándole forma a esa esperanza se puede horadar el sino elitista de todo programa que se asienta sobre un crimen. Para algunos ese término (crimen) sugiere parricidio y evoca el gesto con el que Contorno, una revista de diez números, más tarde fue imbuida. A mí me recuerda la sustitución dinástica a través de la violencia, a partir de la que Frazer escribió su "catálogo de la estupidez humana" llamdo La rama dorada. Contra toda pregunta plesbicitaria, el régimen de sucesión dinástica por asesinato implica que quien asesina pasa a ocupar el lugar de la víctima. No importa su procedencia o inquietud. Y este es un problema que la ilusión de una irrupción apenas puede sostener sobre bases verosímiles, puesto que ¿qué otra cosa lastima más a la meritocrática república de los sabios que la amenaza del evento y la deposición? y a la vez ¿qué otra impresión dan muchos eventos disruptivos sino el de una serie, el de un bajo continuo (expresión feliz que Pablo Semán usó como título para uno de sus libros)? De ese ciclo, el socialismo genérico nos libera. Es la brazada que nos saca del remanso, el golpe de timón que nos devuelve a la corriente madre. Pero no sabemos mucho de él.

Acha remueve los síntomas (del crack decembrino). Los pone en una bolsa, como un saco de huesos. Los agita y los lanza. Alea jacta est. De esos síntomas por el momento sólo puede decirse que nadie ha escrito o asentado síndrome alguno. El orden o la disposición de su número arroja distintas peripecias en nuestro futuro. Y sin embargo, con las tesis me identifico plenamente: entiendo que después del 2001, los problemas tramados por la literatura, la sociología, la historia y la antropología en torno a la pobreza, a las clases populares, etc. etc. son el mortero del que no pueden ya salir airosos un paquete de categorías liberales y/o republicanas, un atado de expectativas bruñidas, una pócima de la que beberían todas las clases y sectores. Esa fe se ha perdido, aunque como todo parece indicarlo, no hay sino en algunos ámbitos, más allá de la verborrea radicalizante, intelectuales abocados a leer en fragmentos, a horadar las nociones de sujetos indivisos, a devolverle al territorio lo que le pertenece, y nada más: y esto no se debe a aquellas fórmulas tan chispeantes y fatuas que acusaban al hacer intelectual de estar o haber estado en el olimpo, cuando diciembre, como si el incidente de vivir nos cediera la experiencia de sabernos en tal situación y ella, y sólo ella fuera combustible suficiente para pensar un poco distinto o mejor. Se trata, en cambio, de que un régimen de preguntas sobre la realidad fue brutalmente constratado con un régimen incipiente de representaciones (precarias o robustas) que no le ofrecían sino sombras numinosas a la interpelación setentista de la movilización o a la interpelación democrática que apostaba por una conciencia cívica, aún sin saber qué cosa podía parecerse a eso.

En los dos párrafos he mencionado la ignorancia como fundamento de la errancia que denuncia Acha en sus tesis. No sabemos qué es el "socialismo en sentido genérico", pero tampoco sabemos mucho sobre los dos mundos simbólicos que se acuñaron al calor de la línea de la pobreza. No conocemos el mundo que rompería las trabazones elitistas, aunque nos acerquemos a él, tal como sugieren las tesis. La línea de la pobreza es nuestra Maxon-Dixon, y la dinámica de ese mapa rasgado y bífido dependerá de lo bien que el conjunto de preguntas y enfoques reflexivos que ensayemos desplace la creencia de un derrame, de un fluir de zona a zona. Esa es la idea que comparto: ningún barquero para entrar al mundo del desierto, ningún lenguaraz autorizado. El proyecto colectivo que crece en un malestar está destinado a apagarse en el aire, como si se tratara de un amague (siendo como es: el cuerpo mismo, aquello que lo impulsa y las consecuencias que del golpe derivan), pero hay que encenderlo.
Me río porque en lugar de usar el término radiografía, Acha llama a su libro Somos. Ecografía de una nueva generación intelectual…quién sabe si por la idea de un nacimiento o por el término un tanto vago de ecomímesis o ecografía, complemento del término etnografías de acuerdo a Camilla Mortensen (forzándolo se puede decir que así se tratan cosas que son propias del oikos y/o que han sido escuchadas, rumoreadas, presentidas). No lo sé, pero pienso que radiografía hubiera sido también preciso porque para eso sirvieron las radiografías en sus comienzos: para atrapar fantasmas (Allen Grove dixit), cosas que se creían rondaban el mundo de los vivos.