revolución

sobre revolución

Voy a retomar las reflexiones de Oscar Aelo en el post anterior. Sin duda, como el bien sostiene, el concepto de revolución ha perdido buena parte de la fuerza intrínseca que su sola mención contenía. Allá quedan los “anacrónicos puristas” que Aelo menciona; los “marxistas de derecha” sugiere Omar Acha en un provocativo post. Si bien perduró -lo suficientemente arraigada- hasta no hace mucho tiempo la idea leninista sobre el concepto, Aelo sumó un par de interesantes definiciones de raigambre latinoamericanista para seguir pensando el tópico, y acaso, para que sirvan de disparadores para reflexiones ulteriores.
Elías Palti (“Temporabilidad y refutabilidad de los conceptos políticos”, Revista Prismas Nº 9) reflexiona sobre la historia de los conceptos – desde sus aporías constitutivas-. Partiendo del apotegma de Nietzsche de que “sólo lo que no tiene historia es definible”, los sostenedores de dicha tesis aseguran que el sentido de los conceptos medulares del discurso político (revolución en este caso) nunca pueden fijarse de un modo definitivo. Desde esta perspectiva, ninguna teoría política podría afirmarse como superior o más verdadera que cualquier otra. Palti previene en el citado artículo sobre los riesgos (falacia metodológica dice él) que esta concepción tienen en sí: “Si los conceptos constitutivos del discurso político, y, por lo tanto, de la vida política, son efectivamente esencialmente refutables, entonces no podría haber lenguaje moral común o léxico cívico, y, por ende comunidad”. En última instancia, afirma, la tesis mencionada tiene consecuencias autoritarias. En caso de que surgieran desacuerdos respecto del sentido de conceptos tales como “poder”, “revolución”, “libertad”, “Justicia” el entendimiento mutuo se lograría por dos medios: “la conversión o la coerción.” Y es aquí donde Palti hace jugar la idea de “temporabilidad”, no negando la refutabilidad de los conceptos sino, más bien, cargándolos de sentido histórico; reconstruyéndolos desde sus aporías, en una compleja operación, que incluye desde la construcción de los contextos de debates de dichos conceptos hasta la indagación de los umbrales que determinan su historicidad. Es necesario estudiar, dice Palti, “cómo es que la temporalidad irrumpe eventualmente en el pensamiento político.”
Si entonces concluyéramos que la idea jacobino- leninista, por darle un nombre a esta formulación del concepto revolución, quedó perimida o fue cercenada del lenguaje político actual, debiéramos preguntarnos, siguiendo a Palti, si solamente fueron las crisis de los “socialismo reales” las que postraron la hegemonía del concepto; también si su primacía durante buena parte de los siglos XIX y XX no imposibilitó, y acaso imposibilita, el florecimiento de otras nociones sobre el concepto como la felizmente citada por Oscar Aelo. Cito algunas reflexiones más sobre la idea para seguir indagando o discutiendo:

El revolucionario no se revela contra los abusos, sino contra los usos.
José ortega y Gasset, El tema de nuestro tiempo.
Lo que necesitamos es la Revolución. Pero es absurdo creer que la Revolución la hacen los hombres que han heredado todos los vicios intelectuales y morales de la burguesía, hombres como los comunistas. La revolución será espiritual o no habrá revolución.
Waldo Frank, Nunca acabará el verano.

revolución

en las últimas décadas las reflexiones o discusiones acerca del controvertido concepto de “revolución” prácticamente han desaparecido del escenario público, inclusive del académico. Indudablemente, el colapso de los sistemas del socialismo real, en el marco de un fenomenal avance de la discursividad neoliberal, relegó a un oscuro rincón el análisis de la temática; hasta la propia palabra parece haber entrado en un estado de hibernación. Cabría indicar, como ejemplo, que el derrumbe de los regímenes comunistas fue interpretado, al calor de los acontecimientos, como una serie de “revoluciones democráticas”; concepto que, rápidamente, también ha pasado a mejor vida.
el desplome de los socialismos reales, o por lo menos de aquellos bajo influencia directa de la unión soviética, colocó severas dudas en torno al futuro probable de la revolución. En efecto, el despiadado retorno al capitalismo de regímenes que durante décadas se consideraron la plasmación práctica de la superación “necesaria” del sistema económico-social burgués, abrió gruesas hendiduras en las certezas que sostenían la praxis marxista; inclusive entre aquellas vertientes de ese pensamiento que no comulgaban con el comunismo soviético (exceptúo aquí aquellos para los que, al parecer, nada ha pasado, y siguen repitiendo como si tal cosa las palabras de lenin o trotsky). Entre esas dudas, la propia concepción del término “revolución” debió abrirse paso; aunque aún, hasta donde sé, no es eso lo que ha ocurrido. ¿Será posible seguir pensando la revolución como el resultado necesario de la contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción? ¿Tendrá alguna utilidad reiterar que las revoluciones ocurren “cuando los de abajo no quieren, y los de arriba no pueden” mantener el statu quo? ¿Cuál será, si es que existe alguna, la relación entre estructuras socio-económicas, grupos sociales y regímenes políticos que posibiliten una revolución? Pero antes de nada, ¿qué significará este término?
respuesta para esta última pregunta no tengo. Sin embargo, me gustaría compartir dos expresiones, vertidas por dos intelectuales latinoamericanos en contextos y momentos diferentes. Ellas no son “definiciones”. Pero a mí se me figura que pueden servir como disparadores de ulteriores reflexiones.
luis cabrera, un abogado mexicano, participante en la revolución iniciada en 1910 en aquél país, afirmó sin vacilaciones que

la revolución es la revolución

esta afirmación tiene un notable aire de familia con aquella otra del jacobino saint just: “la fuerza de las cosas nos lleva tal vez a resultados que no habíamos pensado”. cabrera, seguidor de madero y luego de carranza en la revolución mexicana, esto es, de las vertientes más moderadas e institucionalistas de tal proceso, parece compartir la misma óptica, o acaso, la misma comprobación, entre sorprendida y resignada, de la imposibilidad de mantener el curso de una revolución en los márgenes previamente concebidos por quienes se consideran sus iniciadores. Y me parece que este tipo de análisis nos abre la puerta hacia las modernas concepciones que insisten en el carácter radicalmente contingente de los procesos políticos.
la segunda expresión es debida al historiador, cientista social y ensayista boliviano rené zavaleta mercado. Para él,

la revolución es la fiesta de la plebe

no la violencia “necesaria” de los sometidos por injusticias permanentes; no la “necesaria” superación de tal o cual régimen social; no la toma del poder por una nueva clase; no la instauración de un nuevo sistema político. La fiesta; porque la fiesta, creo entender, es liberación. No es la dictadura del proletariado; no es la represión de los represores. Es la camaradería alegre; es, parafraseando a los quilapayún, un momento donde los hombres y las mujeres “se asignan el deber de la sonrisa”.
Independientemente del valor y el alcance que pueda asignársele a ambas expresiones, creo que el pensamiento sobre la revolución, si se quiere replantear, ganaría bastante si dejara de considerarla en términos de “necesidad” y “represión” y la entendiera en términos de “contingencia” y “liberación”.