Interescuelas

Debate sobre las jornadas interescuelas/departamentos de historia

Jornadas interescuelas. Una propuesta simple.

Ya es lugar común escuchar tanto a algunos de los historiadores que han ido como a los que no, sostener que las Jornadas Interescuelas están desvirtuadas, ya no valen la pena. Y no lo dicen sólo por el encuentro de este año: desde hace ya un lustro atrás se viene generando y reproduciendo una “crítica sorda”, se ha instalado cierta desconfianza en torno a los resultados de ese encuentro de historiador*s. Los argumentos, muchos de ellos discutibles, sostienen la pérdida de seriedad, de provecho; consideran que la caótica camaradería que el mitin posibilita no alcanza para construir “lo académico”: en las muchas mesas temáticas se mezclan estudiantes, recién graduados, nóveles investigadores y aquellos consagrados o más experimentados que miran con algo de desconfianza a los primeros, quienes, en una especie de diálogo de sordos, mezclan varios registros sin resultados.
Vale la pena decir algo sobre el provecho de la reunión, fundamentalmente, porque el carácter masivo del congreso, en esencia, no garantiza una participación y comprensión también masiva en los debates de quienes –como estudiantes, graduados o asistentes en general- concurren a las diferentes mesas. Y esto se debe en gran medida a la búsqueda de especificidad que se viene operando en la disciplina. Y no está mal, no es nociva dicha especificidad sino todo lo contrario: más mesas, mayor precisión, atomización temática, debates circunscriptos; por consiguiente vuelo historiográfico. Pero si bien esto redunda en estrechos y fecundos circuitos de especialistas (peronólogos del primer peronismo, religiosidad del siglo XIX , historia de las izquierdas en la primera mitad del siglo XX, etc. etc.), parece también que entender más o menos las coordenadas de cada “campo” queda reducido a esos grupos de especialistas y nada se puede hacer. ¿Qué puede inteligir o aportar aquel oyente a la presentación y “debate sobre tablas” sin siquiera haber leído previamente un abstract, sólo guiado por la exposición de 15 o 20 minutos de un trabajo al que sólo accederá –si es que forma parte de un CD de actas- luego, cuando todo ya haya terminado? Ni siquiera, como sería esperable, en todas las mesas se reparten las ponencias entre sus propios participantes para agilizar los debates, las preguntas. Supongamos que de alguna forma se instara a todos los coordinadores a distribuir las ponencias entre los expositores. Todavía nos quedarían afuera –insisto- los oyentes. Creo que en el marco de unas jornadas cada vez más concurridas no podemos perder de vista estos detalles que, a su vez, podrían solucionarse.
Propuesta simple: Considerando la díada especificidad y masividad, se podría evaluar la necesidad de desarrollar una página web de las Jornadas (ya una institución) donde no sólo figure toda la información necesaria para agilizar la siempre problemática y costosa concurrencia al cónclave (hoteles, mapas, aulas, organigrama etc.), sino también las mesas con sus respectivas ponencias de manera tal que permita al público en general -coordinadores, ponentes y asistentes- hacer más provechosa su participación, agilizando los debates sobre la base de lecturas específicas.
Arreglo: Es evidente que la implementación de una medida tal debe requerir un importante grado de consenso entre los responsables de la “organización federal” del Congreso. Desconozco la autonomía en la toma de decisiones que cada departamento de historia organizador ostenta cuando le toca ser cede. Supongo que a esta estructura federal que componen los distintos Departamentos de Historia, habría que agregarle otra, digamos “municipal”, que compondrían las distintas mesas, sus coordinadores. Todos sabemos la dificultad que supone conseguir voluntades suficientes y necesarias en tal sentido, por el motivo que fuese. Con todo, creo que significaría un giro copernicano en la calidad del debate, en la calidad de las preguntas y también las respuestas; también, en la calidad de las ponencias. Las Jornadas Interescuelas crecieron por la confluencia de los diferentes registros que integran sus mesas, quizá sea el momento de articularlos, difundirlos y buscar los resultados.

las jornadas interescuelas y la comunidad de historiadores

desde el retorno de la democracia hasta hoy, el avance más significativo en torno a la historia practicada en nuestro país ha sido la conformación de lo que puede denominarse una “comunidad de historiadores”. Este nombre puede ser un tanto confuso: comunidad tiene una connotación de armonía y ausencia de conflictos que no se condice con la realidad de que se trata. Hasta finales de los setenta, no podría siquiera pensarse que tal comunidad existiese; los intelectuales dedicados al conocimiento histórico provenían de diversos ámbitos, con tesituras de lo más disímiles, ideológicas, programáticas, metodológicas. Inclusive la historia académica –por entonces, apenas una más, entre revisionismos de diversa laya- mostraba profundas divergencias, que iban de la historia social acaudillada por romero (p) a la tradicional escuela referenciada en levene. Sin embargo, en los ochenta, el impulso normalizador en las universidades nacionales, y la democratización de otros ámbitos de definición del saber científico, otorgaron el marco preciso para que un programa de demarcación específica del contorno de una nueva historia se hiciera presente, y rápidamente, dominante. Ese programa no devino insensiblemente, por “la fuerza de las cosas”, sino que fue propuesto y perseguido por un conjunto de historiadores, que comenzaron a denominarse “profesionales”, concentrados en la universidad de buenos aires y cuyo principal impulsor parece haber sido romero (h). Este programa de demarcación pasó principalmente por la adopción de un conjunto de criterios que se reputaban indispensables para realizar sustantivas investigaciones históricas. Sintetizándolos, considero que esos criterios son básicamente tres: a) el rigor metodológico; b) la centralidad del “archivo”; y c) la –supuesta- ausencia de ideología en el análisis. Estos criterios definirían la nueva historia, asumida como “buena”, en contraposición a una historiografía “tradicional”, donde se incluía tanto a ciertas versiones positivistas de la explicación histórica, como a los historiadores denominados revisionistas, acusados tanto por tradicionales como por ideológicos.
la imposición/aceptación del nuevo paradigma fue visible en diversos lugares del quehacer historiográfico, y entre ellos, las jornadas interescuelas/departamentos de historia tuvieron un papel sino determinante altamente relevante. Desde sus primeras reuniones, a finales de los años ochenta, hasta hoy, el congreso se ha mostrado como un ámbito por demás apropiado para que los consagrados defensores de la nueva forma de hacer historia expongan públicamente los criterios de demarcación del campo, mientras los aprendices en ascenso se apropian y propagan los mismos criterios. Existen ciertas dudas acerca de las bondades de la nueva historia en torno a las temáticas tratadas, o si el tratamiento de las temáticas con las nuevas reglas del método han renovado perceptiblemente el saber sobre las mismas. Existen dudas también acerca de si la ausencia de ideología será un criterio real o apenas una ilusión ideológica. Lo que no parece estar en duda son las otras normas centrales de cualquier trabajo historiográfico: el rigor metodológico y la referencia a los datos empíricos –frecuentemente tomados de fuentes primarias- que demuestran las hipótesis pueden hallarse en papers del más novato de los historiadores.
así las cosas, resulta por demás sorprendente que los primeros impulsores de esta forma de hacer historia, hoy renieguen de las jornadas interescuelas, y arrastren consigo en tal reprobación a algunos de sus laderos más fieles. Parece que los símbolos humanos de la nueva historiografía son un tanto sensibles a alguna crítica áspera que les es endilgada; lo cual es claramente comprensible. Pero parece, también, que no han percibido el rotundo éxito de la empresa por ellos iniciada: porque todos los que trabajamos en historia, inclusive quienes nos consideramos críticos de los principales referentes de la comunidad de historiadores, hacemos historia como aquellos decían que había que hacerla. Probablemente no aceptemos la visión general acerca del devenir argentino, o latinoamericano, o mundial, que ellos tienen. Seguramente cuestionaremos acerbamente sus afirmaciones menos precisas, o el tratamiento que ellos les den a temáticas que nosotros pensamos conocer mejor. Pero indudablemente no escribimos nuestros artículos, o ponencias, o libros, como lo hacían abelardo ramos, o pepe rosa, o caillet-bois.
y será cuestión de pensar, en el futuro cercano, si esta forma de hacer historia que la comunidad de historiadores ha aceptado como su norma, no impedirá un pensamiento histórico más audaz: porque, como indicó hayden white, la forma también tiene un contenido.

el interescuelas

I
El interescuelas es un hecho social total.

II
Y como tal debería ser percibido. La implacable economía rentística de los que oponen cantidad y calidad de las ponencias olvida toda prudencia estadística y toda reflexión antropológica.
Es probable incluso que el intento de poner a la correlación “> cantidad < calidad” en el tapete sea un intento mesurado de cortarle el cuerno al unicornio.
Lo que revela el intento es notable: que las consecuencias previstas por las generaciones más experimentadas en esos rituales eran más bien inmediatas y circunscriptas, y que algunos sentidos de comunidad son tan precarios como sus pedagogías maximizantes.

III
La helicoidal economía de las jefaturas impone un circuito al conocimiento que nos deja bermejos de vergüenza. El último orejón del tarro debe escuchar al penúltimo. Éste será comentado por el siguiente, y así. Si pudiera hacerse un gráfico de dispersión de las conductas implicadas por ese formato, una mancha sería un largo rebaño y la otra una compuesta de breves e inquietas jaurías de cimarrones.
Pero en el interesecuelas no sólo exponen estudiantes y jóvenes graduados; no sólo pueden ellos escuchar a los más encumbrados investigadores. También debe decirse que allí pueden los mejores escuchar y discutir con los nuevos.
Es probable que para romper los hechizos del conjuro jerárquico las ganas de concebir al interescuelas como una noche de San Juan ganen terreno entre los novatos y los reticentes y los heresiarcas. Pero nadie va a quemar tu choza.

IV
A diferencias de algunas versiones anarquistas o cooperativistas, la idea federativa del interescuelas (el evento es organizado por un departamento o escuela de historia por vez) se parece más a una renuncia por discutir modos de organización que a un complejo organismo reticular. El mapa que dibujan los distintos nodos que ya organizaron los once eventos anteriores es, con todo, diverso en el mejor sentido del término. Hace viajar.
Otro fenómeno curioso –por imprevisto- es que a medida que el número de ponencias crece y la cantidad de asistentes también, se hace cada vez más difícil mapear mesas, ponencias, aulas, autores. La postal del ojo miope y el dedo marcando una línea imaginaria en una hoja A4 colgada de un pizarrón es una bien característica. Y sin embargo, esa impericia en fabricar buenas cartas de navegación permite que la gente se meta en cualquier parte, inunde los bares, convierse en los pasillos. El interescuelas es una (débil) amenaza para esas Baratarias que algunos hacen pasar como mesas en su interior: pequeños bastiones de acumulación de certificados, simulacros de tensión cognoscitiva. Y es una máquina de producir eventos de comunicación e intercambios.
Nada que Malinowski no haya entrevisto entre los pobladores de las islas Trobriand.

Reflexiones sobre las Jornadas Interescuelas de Historia

El desarrollo de las Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia plantea una serie de problemas para la política de producción y reproducción de nuevos planteles historiográficos. Las Interescuelas se dirigen al sector de estudiantes y jóvenes que se inician en la investigación, tanto para presentar primeros trabajos como para dialogar con quienes poseen un camino recorrido en la profesión. Su cariz federal añade otra peculiaridad. Las Jornadas pretenden conectar circuitos de investigación y lectura en un país orientado hacia la Capital Federal. Las Interescuelas permiten enlaces con el "centro" pero también estimulan vínculos entre los grupos de investigación del Interior del país.
Las once jornadas ocurridas hasta el momento presentan, no obstante, un panorama que debe ser examinado. Un primer problema es la dimensión, según se dice, es casi inmanejable, dada la cantidad de ponencias presentadas. Se afirma que con las 117 mesas y los más de 1.600 trabajos, tal como aconteció recientemente en las Interescuelas de Tucumán, se ha alcanzado una cifra límite. Habría una crisis en proceso de maduración. Un segundo problema se vincula con la calidad de las ponencias. Si bien el valor es inevitablemente desigual dado el carácter de las Jornadas, existe un comprensible temor por una licuación de la necesaria evaluación y selección que estimulase un mejoramiento del nivel de los trabajos presentados. En todo caso, al menos como percepción personal y testimonio de conversaciones con colegas, el tamaño actual de las Interescuelas no se ha mostrado incompatible con un aumento de la calidad intelectual. Por el contrario, si en Rosario se observó un repunte respecto al pasado, en Tucumán la tendencia se confirmó. En suma, los altibajos no impiden el mejoramiento de la solvencia historiográfica de las ponencias.
Los dos problemas esenciales, la expansión de la matricula de ponencias y la desigualdad de la calidad, son manejables. ¿Cuál es entonces la dificultad? La deflación que se observa de la validación académica de las Jornadas. Esto se verifica concretamente en la pérdida de valor evaluativo de las ponencias. En parte esto es comprensible por la razón de que la multiplicación del número de ponencias debe redundar en una reducción del valor académico asignado a cada una de ellas, dado que el reconocimiento institucional es un bien escaso. En otras palabras, si la misma cantidad de becas (o cargos para los que se cuentan los “papelitos”) debe dividirse por un número mayor de ponencias presentadas, el cociente correspondiente a cada paper disminuye. Sin embargo, el proceso fundamental parece ser otro. Y este es más debatible. A saber: que la pérdida de legitimidad académica de las Interescuelas se hace en beneficio de congresos especializados, limitados a especialistas con reconocimiento preexistente. Estos congresos poseen mayor validez porque ya están inscriptos en el circuito de legitimidades. Es más, se estructuran a partir de las posiciones establecidas como dominantes. Las aperturas se realizan a través de las puertas controladas por quienes ya disponen de recursos o capitales acumulados.
Frente a esta dinámica, coherente con la especialización en el campo historiográfico, es posible realizar una defensa de la vocación democrática, a la vez que intelectual y académica, de las Interescuelas. Las experiencias de intercambio y conocimiento constituyen su atributo más importante. Las Interescuelas contravienen la lógica excluyente que tiende a caracterizar a todo campo académico, que se construye como un subsistema autolegitimante y reproducible. Es cierto que también en la formulación de ponencias de Interescuelas se tiende a adoptar los modelos del campo. Sin embargo, la flexibilidad y la diversidad son decisivamente mayores que en cualquiera de los otros eventos de la profesión historiadora. Esa particularidad es la de su universalidad, donde emerge la posibilidad de novedades y disensos que de otro modo se acallan en la mansedumbre de los consensos o pequeñas luchas de capilla. ¿Qué allí se procrea a veces fenómenos de baja estofa como abucheos o difusión de volantes contra tal o cual figura? Puede ser que eso acontezca de manera marginal. Pero no altera la esencia intelectual y democrática de las Jornadas. Nada existe en la historiografía argentina de matriz universitaria que pueda reemplazar a las Interescuelas.
No quiero terminar esta intervención sin proponer un criterio de selección de ponencias que conjugue la evaluación y la apertura. Pienso que el sistema de mesas predefinidas es el que permite la mejor organización de afinidades en la exposición, y posibilita una selección idónea. Entonces la cuestión es cómo determinar el número de mesas y qué cantidad máxima de ponencias se aceptan por mesa. Me parece que 1.500 ponencias es un número razonable para el conjunto de las Interescuelas. Para asegurar un proceso de selección es necesario reducir la cantidad de ponencias aceptadas, que en mi opinión no debe pasar de 12, de modo tal que la mesa pueda ser realizada en un día, facilitando la organización general. Dado que el número de propuestas recibidas suele alcanzar el doble de la cantidad máxima, la selección sería inevitable. Por otra parte, debería ser aceptada una sola ponencia por persona, incluida en la contabilidad la presentación de ponencia en colaboración. De este modo se ampliaría el espacio para la cantidad de ponentes reales. Siguiendo este criterio, una cifra de 120 mesas tendría que ser el límite aproximado de la cantidad de mesas. Para impedir el monopolio de las ponencias por parte de graduados/as, pienso que un tercio o la mitad del total de las ponencias por mesa debería ser reservada a estudiantes. Naturalmente, la convocatoria debería ser abierta. Las mesas cerradas pertenecen a un tipo de congreso diferente.

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Muchos de nosotros asistimos a las XI Jornadas Interesecuelas/Departamentos de Historia (19 al 22 de septiembre, Tucumán). Con la intención de discutir en futuros posts algunas consideraciones sobre tal evento, reproducimos aquí la nota de Marcela Ternavasio (una de las historiadoras argentinas actualmente más reconocidas), que publicó la Revista Ñ el sábado 15 de septiembre de 2007.
Aclaración: En la edición papel, la nota está acompañada por dos fotos: la de Roger Chartier -quien estuvo a cargo de la conferencia inaugural- y la de Tulio Halperin Donghi -quien no participó de esta edición de las Jornadas-.

Por un encuentro sobre la historia – Marcela Ternavasio
La semana próxima se realizan, en Tucumán, las XI Jornadas Interescuelas que, desde hace dos décadas, reúnen a cientos de historiadores del país. Pros y contras de un mega congreso.

En los últimos años, la mayoría de los alumnos que cursan la carrera de Historia espera asistir al evento académico más importante de la disciplina que se viene realizando en nuestro país desde hace dos décadas. Las Jornadas lnterescuelas/Departamentos de Historia reúnen, cada dos años, a cientos de historiadores -o aspirantes a serlo- en alguna sede universitaria nacional para presentar y discutir los avances de investigación producidos sobre muy diversos temas.
Con el regreso de la democracia y la renovación producida en los claustros universitarios surgió la idea de convocar a un congreso bianual de historiadores con el objeto de crear un espacio de debate académico en el que confluyeran colegas y alumnos de diversos puntos del país. Sus primeros impulsores -entre los que cabe destacar a Haydeé Gorostegui de Torres, José Panettieri, Luis Alberto Romero y Marta Bonaudo- trabajaron incansablemente para afianzar dicho espacio y consolidar así las carreras de Historia, la mayoría de ellas devastadas luego de los oscuros años de la última dictadura militar. Desde 1987. las Jornadas se realizaron ininterrumpidamente, rotando sus sedes en diferentes universidades nacionales e incluso en la Universidad de la República de la ciudad de Montevideo, Uruguay.
La cantidad de participantes fue creciendo sustancialmente en los últimos años. En las XI Jornadas, que se desarrollarán entre el 19 y el 22 de setiembre en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT), sesionarán 109 mesas temáticas. A las 1.500 ponencias presentadas se les debe sumar una significativa cantidad de asistentes, especialmente de estudiantes que hacen sus primeros contactos con el mundo académico.
En un comienzo, las Jornadas Interescuelas reproducían el formato clásico de los congresos. con mesas generales -cuyas propuestas temáticas eran muy amplias-, algunos paneles sobre temas específicos y conferencias de historiadores consagrados que, por lo general, abrían y cerraban el evento. En la dinámica de las mesas generales se perdía, sin duda, cierta especificidad y unidad temática, pero se ganaba en términos de los debates suscitados y de los intercambios producidos entre diferentes perspectivas de análisis. Con el crecimiento exponencial de participantes, esta modalidad fue gradualmente reemplazada por simposios sobre temas específicos en los que participan entre ocho y 20 ponentes. Este formato, mucho más fragmentado, presenta la ventaja de una mayor homogeneidad temática pero pierde, irremediablemente, la posibilidad de confrontar argumentos muchas veces discrepantes sobre un mismo objeto de investigación.
Los grandes ejes temáticos en los que se clasificó el centenar de mesas propuestas para las próximas jornadas, organizadas por el Departamento de Historia de UNT, dan cuenta de las Líneas de trabajo exploradas actualmente: actores sociales y relaciones de poder, debates historiográficos y cuestiones metodológicas, enseñanza de la historia e historia de la educación, historia cultural y de las ideas, problemas y perspectivas de la historia política. historia reciente, perspectivas de historia social, procesos económicos y sociales, nuevos es-pacios y temas de abordaje en la historiografía contemporánea.
Las Jornadas lnterescuelas contribuyeron, sin duda, a consolidar la disciplina en nuestro país y a reforzar los vínculos entre diferentes universidades, grupos de trabajo e investigadores. Poco a poco se fueron constituyendo en una experiencia de aprendizaje para todos, y muy especialmente para los recién graduados y estudiantes. En este último caso, el fenómeno es sumamente interesante. Durante los meses previos al evento los alumnos se organizan para el "viaje" esperado, recaudan fondos para solventar sus gastos y se contactan con los es-tudiantes de la sede organizadora en pos de encontrar alojamiento para todos los interesados. El entusiasmo de los más jóvenes por asistir a la gran “feria de la historia” se expresa también en manifestaciones que parecen reproducir la lógica del mundo artístico: muchos se afanan por fotografiarse con los historiadores más célebres o por conseguir, al menos, un autógrafo de ellos. Expresiones que exhiben la “identidad” del oficio de historiador, un dato novedoso en nuestro país y que las Jornadas contribuyeron a crear. Cabe aclarar, sin embargo, que este auspicioso clima se ha visto perturbado en los últimos años -en sintonía con lo que está ocurriendo en algunas universidades nacionales- por algunas manifestaciones agraviantes hacia prestigiosos historiadores, encabezadas por grupos minoritarios que lamentablemente oscurecen la vocación de la mayoría por debatir en un marco de tolerancia y respeto que exalte los valores de la excelencia académica. El desafío, entonces, es recuperar estos valores y rediscutir la dinámica y modalidad de las Jornadas con el objeto de evitar la excesiva fragmentación a la que conducen los “mega” congresos. Una tarea sin duda compleja que exige una reflexión colectiva sobre el futuro de nuestra disciplina y de nuestras carreras en el contexto de crisis que viven las universidades argentinas.