Opinión

contratapas raras, contratapas malas


Trampa 22

Quería leer Trampa 22 (Catch-22) de Joseph Heller desde hace rato. Encontré un ejemplar, lo compré.
La novela es imperdible. Pero el ejemplar que compré (de la editorial RBA Libros, 2007) es también impar.
En la tapa y en el lomo dice que el libro es de Joseph Heller (bien), en el frontis la cosa cambia y Trampa 22 se le atribuye a Joseph Keller. Este Keller, según la wikipedia, es un matemático conocido por su teoría geométrica de la difracción.
En la contratapa el panorama se enrarece aún más. Allí se dice que el libro fue escrito por Val McDermid. Este sí es un escritor. Según su página web publicó recientemente The Fever of the Bone, y hasta donde leí, nunca publicó una novela que se llama Trampa 22 o fue teniente de las fuerzas aéreas estadounidenses en Córcega (como aparentemente sí fue Heller y/o Keller).
Se trata de dos o tres errores o dos o tres casos de suplantación de identidad. Es entendible.
Lo que no es para nada comprensible es el resumen de la novela en la contratapa.
Se me ocurrió que podría hacerse (¿o ya está hecho?) un cuaderno o un blog con las más increíbles (por peores o extravagantes) reseñas de contratapa jamás leídas. La de esta edición de Trampa 22 es parte de esa lista imaginaria, y lo es por mala.

quotep

La acción se desarrolla durante los últimos mese de la Segunda Guerra Mundial y se centra en una escuadrilla de bombarderos estadounidense. El coronel Cathcart, jefe de la cuadrilla, quiere ser ascendido a general. Y no encuentra mejor manera que enviar a sus hombres a realizar las misiones más peligrosas.
Con una lógica siniestra, Yossarian, un piloto subordinado de Cathcart que intenta ser eximido del servicio alegando enfermedad mental, recibe por respuesta que sólo los locos aceptan misiones aéreas y que su disgusto demuestra que está sano y, por tanto, es apto para volar. La evolución psicológica de Yossarian refleja la aguda crítica que hace Joseph Heller de un patriotismo mal entendido, que exige sacrificios inadmisibles.



En la página web de la editorial RBA, el asunto se arregla un poco con una oración que allí aparece pero en el libro no.
¿Quién conoce otros casos para la lista?

100 % Lucha: la gran estafa de la intelectualidad argentina

En un estadio repleto de niños que oscilan entre los 4 y los 12 años, se abre una compuerta. Entre un humo blanco y azul emerge la figura de Rotwailer, el Hombre Perro de 112 kilogramos, ataviado con un bozal, pero con tachas mortíferas alrededor del cuello. Rotwailer, “el luchado más rabioso que hay”, sube al ring haciendo aspaviento de sus músculos, prometiendo sufrimientos sin igual.

Rotwailer

Pero luego aparece otro grandote, La Masa, de 130 kilos, asustando con igual celo a los infantes, y prometiendo dolores inauditos a su contrincante. Cuando ambos luchadores se traban en combate, los manotazos que no llegan a destino producen vuelos acrobáticos. Golpes no dados son recibidos con muecas horribles. La Masa aplica su famoso “mandoble descendente”, y el Rotwailer replica con su topetazo atroz.

La masa

Pero la batalla que rompería los huesos de cualquier mortal tiene aun otro condimento. Locutores que sabe del oficio relatan, como si hiciera falta, la violencia, las trampas, la furia desatada entre las cuerdas. Los golpes que destruyen hígados y quijadas, en la voz de los comentaristas, tienen la fuerza para aniquilar ejércitos enteros. Un tiranosaurio huiría despavorido ante los dientes apretados de Rotwailer. Más o menos así es el programa 100% Lucha, uno entre otros de los espectáculos infantiles de lucha libre.
Pues bien, así es también la máscara de debate en la intelectualidad de izquierda en la Argentina. Ahora parece que el conflicto agrario despertó los sentidos dormidos de los intelectuales radicales locales, que se conservaban en el formol de sus revistas, retozando en las querellas del pasado, para ver si tal o cual publicación estaba más a tono con los tiempos, o a destiempo con los tonos, pero sin proponer ninguna crítica radical de la sociedad, ni de la configuración actual del quehacer intelectual que pudiera conectar con los dilemas del cambio social.
Asistimos a un intento de lifting semimediático de la “intervención” de los intelectuales de izquierda en el tema del “campo” y el “gobierno”. La Carta Abierta de 1500 ó 1600 parece haber elevado el humor cazador de las publicaciones que lucran (dinero o prestigio) con alguna novedad intelectual, pues parece que hemos asistido a importantes debates, que permitieron aflorar los caudales profundos del amor crítico al saber. En efecto, también se supone que desde otras veredas, antikirchneristas, también se pronunciaron perspectivas que se quisieron críticas. Pero basta recorrer los textos proclamados, las notas periodísticas publicadas, los diálogos entablados, para notar, sin dificultad, que las actitudes intelectuales fueron y son incapaces de evitar posicionarse en la dicotomía en que coinciden tanto el gobierno kirchnerista como “el campo”. La ausencia de una posición crítica que abra el juego político-intelectual, sin asumir las dicotomías de los contendientes, pero tampoco sin lavarse las manos en una batalla cuyo destino no es indiferente para el bienestar del pueblo, delata la superficialidad de la situación intelectual contemporánea.
No creo que sea importante notar esta desolación sólo para revelar la franciscana pobreza de los análisis intelectuales, ni señalar la senilidad ilevantable que atraviesa las presuntas polémicas. Lo lamentable es que la juventud intelectual no logre instalar sus voces en un diferendo a la altura de las dramáticas épocas que venimos de vivir (me refiero a la historia reciente y no únicamente al post marzo de 2008) y, sobre todo, de las que vendrán.
Impidamos que las revistas –esas relatoras de nuestros Rotwailer y La Masa culturales– inventen vigores intelectuales que no existen, esa gran estafa en curso que se desarrolla antes nuestros ojos. Pero hagamos más que sonreír ante tanta agua en los tendones de nuestra intelectualidad, para preguntarse si ese panorama mercantil articulado alrededor de las momias merece un protagonismo que, quizás, tampoco estemos en condiciones de superar.
Mientras la intelectualidad de la Argentina prepara sus vituallas, suena como una letanía el himno de La Masa: “La Masa / Mirá lo que te pasa / Te agarra / Te acogota y despedaza”. Pero no crean que todo terminó. Todavía vendrán Megabite Fighter y Rulo Verde. La intelectualidad argentina no se da por vencida, ni aun muerta.

la revolución impensable

entre 1791 y 1804 la por entonces colonia francesa de santo domingo, hoy república de haití, fue el escenario de la más radical de las revoluciones. santo domingo era en la época la “joya de la corona” (francesa), la más rica colonia entre las colonias europeas en el caribe. Una economía de plantación, exportadora de azúcar, ubicada en una compleja red de tráfico mercantil que la unía con europa, las 13 colonias (luego ee.uu.), áfrica y américa del sur. Una economía basada en el trabajo de los esclavos; una clase de personas –aunque tratadas como no-personas- que desde los siglos xvi en adelante (probablemente antes también) estaba básicamente constituida por negros. La revolución haitiana fue el único caso conocido en que una masa oprimida de esclavos negros se elevó hasta la constitución de un estado independiente, arrasando el poder de la clase dominante de plantadores blancos y mulatos y de sus apoyaturas metropolitanas; la única revolución conocida en que la clase dominada se auto-emancipó de sus dominadores. Y sin embargo, esta portentosa revolución se transformó, como dice el historiador-antropólogo michel-rolph trouillot, en un “no-evento”, donde “lo que pasó” y el “conocimiento” de lo que pasó se unen en un singular silencio.
así como recientemente domenico losurdo señalaba que la historia del liberalismo es indisociable de la historia de la esclavitud, la historia de la “configuración” de occidente es indisociable del colonialismo. En esa configuración, una cierta idea del hombre fue tomando consistencia: esto es, “hombre” se fue haciendo sinónimo de “blanco” “europeo” “colonizador”, y los demás fueron convirtiéndose en “gentes de color”. En una gradación, pensada por filósofos, literatos, científicos y etc. donde los negros, para su desgracia, fueron quedando bien abajo. Y para el siglo xviii, si había dudas sobre si ellos eran o no otra especie, había pocas de que la enorme diferencia “cultural” con el paradigmático europeo lo colocaba en la situación de ser “esclavo por naturaleza”. En ese marco, hasta quienes, para finales de ese siglo, comenzaron a cuestionar la esclavitud, los negros no eran seres capaces de actividades autónomas. Si la esclavitud era una “mala institución” y había que eliminarla, había que hacerlo gradualmente, llevando a los negros a la civilización. Para los que no cuestionaban la esclavitud, desde luego, lo mejor para los negros era continuar bajo el dominio de sus amos, que sabían lo que era bueno para ellos, mejor que ellos mismos. De este modo, al suceder los hechos revolucionarios en haití, el pensamiento dominante no podía siquiera pensarlos, no ya creerlos. ¿negros luchando por su libertad? Imposible; a lo sumo, se trataría de alguna conspiración, inspirada por realistas, o por jacobinos, o por extranjeros. Los sucesos haitianos ocurrían al mismo tiempo que la “gran revolución”. Pero esta no se preocupó mayormente por la suerte de los negros; en todo caso, las declaraciones del hombre y del ciudadano no habían sido concebidas para incluirlos. Finalmente, el heredero imperial de la revolución francesa envió tropas de elite para recolonizar santo domingo, las que fueron totalmente derrotadas por los negros sublevados.
y luego, el silencio. Las naciones occidentales aceptaron a regañadientes la existencia de un estado negro independiente; un siglo de penuria diplomática para que el joven estado fuera “reconocido”, lo cual no fue sinónimo del restablecimiento de relaciones comerciales con el país.
¿y ahora, que nos dice la historia de esta revolución? Un paso rápido, una nota al pie, un nombre entre comillas: un desconocimiento absurdo. Citando nuevamente a trouillot, el problema con haití es que su revolución se liga a tres temas específicos: racismo, esclavitud y colonialismo, ninguno de los cuales ha sido, ni es, central en la historiografía occidental. Y no se piense que la historiografía latinoamericana es muy diferente: el peso de las “tradiciones” europeas es tan fuerte entre nosotros que los mismos vacíos, olvidos, silencios, pueden ser notados.
Acaso esté llegando la hora de repensar la historia “occidental” desde otras coordenadas. En primer lugar, desde acá. Pero no pienso sólo en el lugar en que nos ha tocado nacer. Pienso en las categorías desde las cuales pretendemos entender la historia. Acaso esté llegando la hora de abandonar el “efecto deslumbramiento” que las luces europeas provocan en nosotros. Pero tal vez una historiografía anti-colonial o pos-colonial no nos alcance. A la manera de walter mignolo, acaso habrá que avanzar hacia una historiografía “des-colonial”, liberados del “peso de las generaciones” que nos “oprime como una pesadilla”. Y hasta con el autor de estas últimas frases entrecomilladas habrá que saldar cuentas.

Eurocopa: Fútbol e identidades

post cruzado desde Clionauta

No es la primera vez que hablamos de fútbol, pero ahora será desde otra perspectiva. En mi descargo diré que tenía pensado un extra bloguero para atender a lo que se avecina en los próximos días, pero mis colaboradores más cercanos han huido despavoridos. Así las cosas, esto es lo que hay.
Tras su Sport, politiques et sociétés en Europe centrale et orientale (Éditions de l’Université de Bruxelles, 2005), los belgas Jean-Michel De Waele y Alexandre Husting editan ahora en la misma editorial un nuevo volumen titulado Football et identités. El libro recoge las aportaciones más relevantes presentadas al coloquio “L’adhésion identitaire aux clubs sportifs” que tuvo lugar en Bruselas hace ahora tres años en el Institut d’Etudes Européennes de la Université Libre de Bruxelles.
Fútbol
La obra se plantea problemas tales como qué hemos de entender por “identidad deportiva” y cuáles son hoy los resortes de los procesos de identificación deportiva. Las respuestas a estas cuestiones son a menudo superficiales y lo habitual es que se use el concepto de identidad deportiva de manera reductora o partidaria, pero sabemos que la identificación del espectador con un equipo no sólo es un componente clásico del espectáculo deportivo sino también un fundamento del “nacionalismo deportivo”. Así pues, señalan los autores, la adhesión a un equipo o a un deportista tiene múltiples implicaciones. ¿Los hinchas se mueven exclusivamente por el arraigo local de su equipo? ¿cuentan otros parámetros como el estilo de juego del equipo, sus resultados, sus orígenes sociales o históricos, sus afinidades ideológicas, su composición o incluso su localización? En épocas de globalización, dónde se supone que se borran las fronteras nacionales, los referentes identitarios tradicionales se debilitan y se impone el deporte-espectáculo ¿cómo entender las identificaciones individuales y colectivas de los hinchas con un club? La adhesión a un equipo de fútbol ¿constituye un sustituto a los referentes identitarios tradicionales en declive (iglesias, sindicatos,…)?
Estas cuestiones son las que abordan los distintos autores. Unos, desde una perspectiva teórica, explorando la dialéctica entre lo particular y lo colectivo, intentando entender los mecanismos por los cuales un colectivo de once jugadores materializa esa entidad imaginaria que es la nación, encarnando lo invisible. Otros son más descriptivos y abordan casos concretos, distintas formas de expresar esa identificación. Aparecen así ejemplos opuestos, como el modelo portugués (con adhesiones arbitrarias) y el corso o el argelino (muy complejos y asociados en parte al nacionalismo).
En fin, la lástima es que nadie se haya ocupado del caso español.

Índice:
Introduction. Football et identités du «Je» au «Nous» en passant par «les Autres», de Jean-Michel DE WAELE y Alexandre HUSTING (Université libre de Bruxelles); Composants de l’identité, mécanismes de l’identification, de Paul YONNET; Le supportérisme: identification, distinction et égotisme, de William NUYTENS (Université d’Artois); La bataille pour la reconnaissance : le soutien des supporters après la fusion de deux équipes de football, de Filip BOEN y Norbert VANBESELAERE (Katholieke Universiteit Leuven); «De quel club êtes-vous ?»: identité footballistique au Portugal, de Emmanuel SALESSE (Université de Paris IV); Football corse et identitarisme, de Didier REY (Université de Corse) y Thierry DOMINICI (Université de Bordeaux IV); Sport postcolonial algérien et résistance des «supporters» au changement des marqueurs identitaires des clubs de football, de Youcef FATÈS (Université de Paris X-Nanterre); L’Union européenne contre les identités du football ?, de Alexandre HUSTING (Université libre de Bruxelles); «Fiers d’être… »: la mobilisation d’une identité locale ou régionale dans la construction d’une cause par les supporters ultras français, de Nicolas HOURCADE (Ecole centrale de Lyon): Le supportérisme à distance. Réflexions sur les attachements territoriaux et les formes de l’apparence communautaire dans le football contemporain, de Ludovic LESTRELIN (Université de Caen).
Fútbol
Y, en fin, a quienes mi particular contribución al evento futbolístico les parezca escasa, les recomiendo:
“Joga Bonito”, la reseña del crítico televisivo (y futbolístico) del periódico canadiense Globe and Mail a propósito del volumen de su multifacético colega Alan Twigg: Full-Time: A Soccer Story (Ramdom House). Se puede consultar en la Literary Review of Canada, vol. 16, núm. 5, junio de 2008.
“Murder in Mexico”, del periodista Brian Glanville, en Index on Censorship, vol. 37, núm. 2, mayo de 2008, que trata sobre la olimpiada mexicana y las protestas estudiantiles (la masacre de Tlatelolco)
El texto que Benedict Seymour, editor de la revista Mute, publica en su último número: “Blurred Boundaries: Sport, Art and Activity", sobre la convergencia de arte y deporte, así como su potencial utópico.
Para quienes, deseando mantenerse en el terreno deportivo, deploren la pelota, tienen al teórico del arte Max Ryynänen, que alaba las virtudes estéticas del hockey sobre hielo en el suplemento literario Kontur. Claro que, y el que avisa no es traidor, el texto está en sueco. A ver quién se atreve!
Pues eso, que el "fútbol es así". De nada…

Darnton y la digitalización

Robert Darton publicó un texto en la edición de junio de este año de la revista The New York Review of Books. "The Library in the New Age" se ocupa inequívocamente del lugar de las bibliotecas y de los especialistas ligados a esa institución en la actualidad. El texto sigue el rastro de otro que escribió Anthony Grafton hace un tiempo en The New Yorker. Ambos dan cuenta de cierto malestar: la pérdida de un tipo de autoridad en el trabajo académico que representa la caída de una institución como la biblioteca (no el éxodo de lectores -retirada que ya podía vertificarse antes del surgimiento de las nuevas tecnologías de la información-, sino el desplazamiento de su lugar en las coordenadas de la investigación). Y aunque Darnton no es un enemigo de las nuevas tecnologías, en el texto el espectro asolador se llama Google. El historiador discutirá en 8 puntos algunos problemas vinculados a la digitalización masiva de documentos. No nos detendremos en cada uno de ellos pero conviene revisar una idea del artículo.

Su argumento comienza con una certeza: la inestabilidad del Texto. Pero esa inestabilidad remite a un control, a un lugar de autoridad que la conjure, en lugar de ser intrínseca a un registro que poseyó históricamente -pero para algunos ya lo tiene por naturaleza- un diferencial de poder (y eso hace, pienso, que no tenga mucho sentido decir cosas como, por ejemplo, que todas las épocas son eras de la información). El lugar del bibliotecario es lo que pone en juego esa sentencia de apariencia posmo (según Darnton Google nunca contrató uno, pero si lo hiciera, pienso, la discusión seguiría en pie: si Coca-Cola contrata antropólogos, ¿significa eso que sus estrategias comerciales son más elogiables?) Hacia el final, Darnton dirá que la tinta sobre papel es el mejor lugar para los textos. Y allí la idea de texto adquiere un sentido único que el propio Darnton se encargó de corroer en otros escritos.
El debate se enrarece con este tipo de fórmulas: nadie parece apostar por una utopía de último párrafo en la que Google conviva con bibliotecarios del tipo Jorge (El nombre de la Rosa). Y eso no se debe a que consideremos que Google es fabuloso o a que las bibliotecas huelan a viejo: obedece a que no hay lugar para la utopía una vez que se nos ha planteado la disyuntiva entre dos tecnologías. Y eso no sucede sólo porque el espectro Google posea un afán de poder inescrutable e inextinguible, sino porque se enfrenta a una usina de asimetrías fenomenal y hegemónica: la ilustrada idea de que hay algo que subyace en los textos que puede ser extraído; la idea de que hay un texto en clase. Hay algo de necesario en las instituciones que fundamentan la investigación, y hay algo de "necesario" en la naturalización de sus sentidos menos igualitarios, pero cuando esos sentidos se postulan como fundamentos que tienen su origen en la naturaleza de los materiales con los que se trabaja, el debate se vuelve sobre sí, nos obliga a repensar el sentido mismo de proponer ese tipo de discusiones, de tensiones.
¿Existen diferencias absolutas y radicales entre un documento digital y otro en soporte papel? La pregunta ya las presupone. Y le inventa un aura al soporte papel que se lleva mal incluso con el propio desarrollo de las tecnologías ligadas al proyecto ilustrado, en la medida en que la reproducción mecánica debe aliviar la idea de que una copia de la Biblia, por ejemplo, comprada en Liverpool difiere de otra adquirida en Accra. Para distinguir un soporte de otro, Darnton sugiere que al leer un documento en soporte digital no podemos conocer su tamaño. Es un argumento un tanto rebuscado: entiendo que eso es importante para quienes quieran conocer ese tipo de cuestiones, pero si nos interesara conocer la composición quimíca de la tinta de color rojo aplicada sobre determinados ex-libris, no podríamos decir que el mejor lugar para esos libros es un laboratorio de análisis. Existen, sin embargo durísimos problemas en torno a la digitalización, a los aspectos comerciales ligados a esta última, etc, que Darton revisa. Podría haber continuado su comparación y tratar los problemas de larga duración que aquejan al mundo de las bibliotecas. Pero no: la consigna es cuidar las bibliotecas. Y no se puede estar en desacuerdo con ese principio.

pobres pero honrados

Hace unos días, Lisa Spiro en su blog Digital Scholarship in the Humanities escribió un post (How many texts have been digitized?) en el que comenzó a mapear los usos que ella misma aplicó a los recursos digitales orientados a la investigación académica para hacer su dissertation. Este úlitmo texto puede leerse y comentarse, además, por aquí, bajo Commentpress.
La pregunta con la que comienza Spiro es básicamente esta: ¿en qué medida puede apoyarse una investigación con materiales online? Su respuesta es que puede hacerlo muy bien. Ella pudo acceder a más de la mitad de los documentos primarios y secundarios con los que trabajó entre 1996 y 2002. Si el idioma es una ventaja, el período de algún modo la compensa: entre el 2002 y la actualidad, esos recursos se han multiplicado nuevamente. Acabo de escribir "más de la mitad", pero las cifras son más específicas y controvertidas. En especial porque algunas decisiones con respecto a qué significa "acceder" pueden ser discutidas: un "snippet view" en Google Books, por ejemplo, ¿significa que hemos accedido al material? Tal vez no. Si ya es legítimo sospechar de los criterios de selección docente para tramar un paquete de fotocopias, ¿cómo no hemos de cuestionar las vistas parciales que nos cede Google? Por eso "más de la mitad" es una buena forma de decir que el resultado es estupendo.
Por mi parte, pese a lo que dice Arlette Farge en su libro La atracción del archivo, considero cualquier museo, biblioteca, cine, laboratorio, etc, pequeños cadalsos donde la vida se agosta y los márgenes del gran río burocrático crecen peor que el Paraná. Algunas cosas que pueden ayudar a la investigación (fumar, comer -pizza, pochoclos, lo que sea-, escuchar música, etc.) están, en esos submundos disciplinarios, absolutamente prohibidas. Hace falta citar algo más para completar ese credo hedonista con respecto al archivo específicamente: a diferencia de lo que comentaba Eugenio Cambaceres (era el siglo XIX), viajar cientos de kilómetros en tren -en nuestro caso para consultar un archivo- no es ninguna experiencia cautivante (son expediciones que harían posible nuevas partes a la saga de Nigel Barley -El antropólogo inocente- o la de Bruce Chatwin -El virrey de Ouidah-: una entrada menesterosa a un mundo de carroll-kafkiano del que probablemente salgamos vacíos). Entiendo que existen territorios en donde la recolección de materiales ha sido mistificada (he leído y escuchado algunas sobre el trabajo de campo arqueológico), pero no no ha sido así en el caso del archivo en condiciones latinoamericanas. Sigamos con los ejemplos: la integración de la cámara digital a los procedimientos de recolección de datos documentales ha permitido a) mantener una copia del material (algunos reservorios se parecen a Hogwarts, la escuela a la que asiste Harry Potter: allí aparecen y desaparecen documentos de tremebundo volumen), b) que buena parte del trabajo sobre las fuentes pueda hacerse en la oficina (esto se aplica para otros hemisferios) o en la casa (esto a veces también) o en algunas instalaciones comunes de la unidad académica de la que participa el investigador o la investigadora (ni hablar). Sin embargo, en algunos lugares el uso de esa herramienta no está permitido. Los argumentos son válidos, creo, si exageramos como vengo haciéndolo este último párrafo: la actividad fotográfica se vuelve tan extractiva que casi alcanza el plano del pillaje. Por otra parte todo argumento de naturaleza coercitiva se ajusta a la idea de control experto (del bibliotecario, del director, del especialista en general), y eso lo hace menos extemporáneo. En definitiva: todo apunta a que festejemos, creo, la proliferación de reservorios digitales. Spiro cita a varios. Tomemos 4 de ellos para aproximarnos al problema del acceso a esos archivos en condiciones latinoamericanas: Jstor, Project Muse, Netlibrary y Questia. El costo de subscripción anual al primero y al segundo de ellos es del orden de los miles de dólares (Argentina tiene algún descuento y de acuerdo al sitio, por intermedio de la Secretaria de Ciencia, Tecnología e Innovacion Productiva pueden consultar sus archivos de revistas académicas muchas universidades nacionales -en la que trabajo esa información debe haber sufrido algún retraso). Netlibrary es un tanto más barata, pero en esa biblioteca se paga por libro incluido en un paquete dedicado, así que su precio está en relación a la cantidad de material disponible. Questia acepta subscripciones individuales y cuesta unos 15 dólares por mes la subscricpión a toda la colección. Questia tiene libros y artículos. Netlibrary sólo libros. Ambas empresas poseen software propietario para leer sus materiales. Lo interesante no es acceder a uno sino a los cuatro (o a más: Sage, Ebsco, Ebrary…hay cientos y la mayoría no son gratuitas). Sólo con acceso a todos los reservorios es posible verificar las conclusiones a las que llega Lisa Spiro.
Mientras tanto se multiplican los grandes circuitos de mails para intercambios de passwords, las bolsas de indigentes reclamando claves, pizarras, foros, hangares donde el malandraje reclama acceso al conocimiento. Hasta ahora la doxa que da título a este post se impone: el encargo social es más rápido que la web 2.0.