el tiempo está cerca

Otra reseña. Esta trata sobre un libro de Paul Virilio.No sé bien cómo llego (siempre) a emplazar en contigüidad a Paul Virilio y a J. G. Ballard. Una respuesta rápida sería Crash, porque después de todo el museo del accidente espectaculariza un poco la pavura que infecta el libro que reseñé hace tiempo. El museo del accidente tiene varias referencias (1 y 2)y algunas fotos desoladoras, pero no nos detendremos allí.
Una respuesta más reflexiva iría hasta Mitos del futuro próximo y luego a la increíble El día de la Creación. Con San Juan de Patmos como la bisagra. En esa clave un día de estos voy a terminar pensando Civilización o barbarie, Socialismo o barbarie guiado por la letra del santo morfón, caminando por la calle como rabdomante…pero es que la literatura que se desencaja, que se sale de la página es la que le dice algo al Fin, como el perro que ladra al auto que pasa.

Paul Virilio.: El cibermundo, la política de lo peor. Entrevista con Philippe Petit. Madrid: Editorial Cátedra, segunda edición, 1999. Traducción de Mónica Poole. 114 páginas.
virilio

Paul Virilio ha escrito ya sobre lo que en este libro se presenta en forma de reportaje. Muchas veces, indescifrable, hermético, pero con la misma dosis de perspicacia, Virilio ha sabido importunar los análisis menos agudos y más lineales con los que habitualmente se nos informa sobre los fenómenos de la comunicación y las nuevas tecnologías. El cibermundo… está tramado por las mismas temáticas pero enfoca con mayor precisión la cuestión de la informática en general y la de Internet en particular.
El título del libro hace referencia a una cita de Esopo: "La peor de las cosas es la lengua y la mejor es la lengua"; pero el libro no es una fábula. Es un apocalipsis. En su factura, la impronta de la actualidad se impone por el género. Para narrar la historia de lo que sobrevendrá San Juan escribió desde Isla de Patmos en corresponsalía, mientras que a Virilio lo interroga la prensa. La grilla de un cuestionario lo incita a hablar, lo obliga a crispar sus conceptos para que no excedan los límites tonales de una respuesta, lo sitúa en escenarios montados sólo para la pregunta inmediata, lo condena a una forma ignominiosa para decir un mensaje que por ser tan grave el santo de Patmos, en sus visiones, tuvo que devorar sus fuentes. "Es difícil de explicar", se queja Virilio y advierte: "más vale escribir que hablar sobre temas tan difíciles como éstos". El reportaje lo ciñe a veces tanto que, como San Juan, Virilio debe construir su genealogía y exponer sus tribulaciones en una misma sentencia: "hemos perdido a Jacques Ellul, acabamos de perder a Deleuze [...]; por tanto, el trabajo, para un «filósofo» y analista de la técnica como yo, se convierte en sobrehumano". Otras veces, las preguntas lo conminan a permanecer en los remansos de su fluido mensaje: Qué es el sexo para usted, qué es el amor, dónde le gustaría morir. La vigencia de esta forma narrativa discrimina también el tipo de lector que pretende y apenas finiquitada esta suerte de vulgata se nos presenta una lista de libros, un aparato crítico, para quienes deseen zambullirse en la interpretación de los fenómenos analizados; porque El cibermundo… es apenas un manifiesto, un reporte que anuncia la venida del ángel-máquina.

El ángel-máquina
En ciencias sociales, la configuración -rápida pero inestable- de un territorio de debate en torno a la llamada red de redes parece perpetuar algunas características que se le atribuyen al objeto de estudio: esquiva por su inmediatez, heterogénea por su amplitud, inexcusable por sus efectos en los hábitos de la humanidad. La legitimidad que este territorio tiene para sí encuentra sus raíces fundamentalmente en los debates que toman como tema principal -aunque no siempre central- el de la tecnologías. El impacto de las nuevas tecnologías en la sociedad hace las veces de poderoso imán tanto para aquellos que cifran en sus avatares el perficiente desarrollo del capitalismo y sus letales consecuencias, cuanto para los que no renuncian a columbrar, en cada pequeño descubrimiento científico, gigantescos pasos hacia una humanidad mejor. Desde el ancho espectro que tiene a estos protagonistas como extremos de una gradación, la munición gruesa de entendidos y prospectivistas no cesa de impactar en los suplementos de los periódicos, en los programas educativos de trasnoche y en las revistas especializadas. Apenas podemos citar aquí intentos como los de Virilio, más próximos a frecuencias académicas o, por tomar otro parámetro, tendientes a enfocar estos temas desde una perspectiva menos coyuntural, y resultaría de ello una lista engañosa dado que la estirpe de estos nombres es más fuerte que sus reflexiones sobre el tema. Appadurai, Clifford, Ribeiro, Searle, Rheingold, Lévy: momentáneamente enumeramos apellidos antes que precedentes académicos. Como sugiere James Clifford, Internet puede ser vista por los antropólogos como un campo, pero muy pocos dirigirían tesis de jóvenes inquietos que tuvieran como tema a la red de redes.
Las cosas no mejoran cuando se trata de relevar los interrogantes sobre los cuales batallan. Acicateados por un público representado menos como espectador que como protagonista, los análisis recogen toda la masa mítica que rodea al objeto e intentan maniobrar sobre los nuevos asuntos con las ya templadas herramientas analíticas de las ciencias sociales. ¿Existe el ciberespacio?, ¿la realidad virtual es la realidad del porvenir?, ¿Internet es democrática? No importa si las respuestas son afirmativas o negativas, lo definitivo está en el núcleo mítico desde el cual emergen las razones. Es posible que esta dificultad esté presente en todos los momentos en los que la fe y el descreimiento en el progreso tecnológico coagulan alrededor de un invento preciso (D. Wolton retoma esta idea para reflexionar sobre Internet). Los trabajos de Virilio —o los de P. Lévy, quien puede ser visto como su antagonista— están imbuidos de cierta fascinación por el objeto, de ese don de percibir un contexto alterado por lo que se supone un acontecimiento liminar. En el corazón de sus observaciones sobre la interactividad (eje del territorio que llamamos “red de redes”) está la definición del problema: “Estas dos poblaciones, la de los seres vivientes y la de los objetos técnicos, pueden, pues, entrar en conflicto”. La frase, a lo largo de El cibermundo…, funciona como guía de lectura. Se trata de una alarma, de una baliza, surgida desde el mundo de la filosofía, desde las inquietudes de una ética que resiste ser desplazada. Cada nueva tecnología posee su accidente específico. El tren, el teléfono, la energía eléctrica, la energía atómica, dice Virilio, poseen su accidente particular. La historia en general y la de estos accidentes en particular han tenido lugar en un tiempo local, “el tiempo local de Francia, el de América, el de Italia, el de París, o el de cualquier lugar”. Las amenazas, aun la que encierra la energía atómica por su carácter disuasorio, se cernían sobre lugares específicos. Pero con el desarrollo de la interconectividad, con el progreso de las redes digitales y las propuestas de interactividad, asistimos a la pérdida del espacio como registro de los acontecimientos humanos (“¡Ya no existe el aquí, todo es ahora!”), o mejor: a la fractura de la relación espacio-tiempo debido a la aceleración en fuga de los nuevos procesos. La velocidad es el tema del problema sobre la relación entre los seres vivientes y los objetos técnicos.
Virilio ha pensado y opinado sobre ella los últimos veinte años. “La velocidad proporciona qué ver [...] Ver, antaño con la fotografía y el cine, y concebir, hoy día, con la electrónica, la calculadora y el ordenador. La velocidad cambia la visión del mundo”. El mundo ya no es el mundo de la guerra fría, y muchos valores y productos culturales que tuvieron importancia hasta hoy, hoy corren peligro. El libro, la presencia física, la conciencia de sí, la lengua. La información, que es la mejor y la peor de las cosas para Virilio, nacida del complejo militar-informacional, “nos sitúa frente a un fenómeno de totalitarismo sin precedentes”, y define una era abisal, catastrófica: “Hoy en día, hemos puesto en práctica los tres atributos de lo divino: la ubicuidad, la instantaneidad y la inmediatez; la visión total y el poder total”. San Juan había sido advertido también sobre la sacralidad del libro donde figuran, gramaticalmente exactos, los acontecimientos del hombre. Virilio nos habla de la última tecnología como si la humanidad estuviera asumiendo el papel del rabino de Praga que creó un golem: tratando de alterar una coma en los planes de la creación, dando lugar al “accidente de los accidentes”, especie de “fenómeno temporal que sólo tiene referencia en la filosofía del tiempo”, suerte de moderno armagedón con efectos sobre los cuales ni siquiera Virilio se atreve a pronunciarse.
Mientras que a P. Lévy la sustantivación de lo virtual le ha permitido aventurar cambios en las relaciones humanas, en el cuerpo y en la economía, a Paul Virilio le impone la solitaria tarea de la prédica, de la advertencia. Mientras las legiones de programadores intentan construir un ecosistema digital (“seres vivientes y objetos técnicos”) en el que el comportamiento de los hombres no se impone como variable de análisis (por ejemplo, frente al problema de los virus de tipo gusano); mientras las revistas de alta divulgación y las empresas farmacéuticas aportan fuertes sumas de dinero a la investigación para asegurarse primicias (por ejemplo, el caso de Celera Genomics); mientras los diarios de mayor tirada en el mundo gustan de discutir los nuevos avances en la física quántica del mismo modo como cuando discutían sobre los efectos de la bomba de hidrógeno (por ejemplo, las caras páginas que el New York Times le dedicó a los experimentos con los strangelets); mientras que las policías globales desarrollan un aparato represor a la altura de las circunstancias (por ejemplo, el proyecto Echelon), mientras que una caterva de marketineros salen a la caza de internautas con tarjetas de crédito; y mientras que un ejército de docentes y promotores culturales desvaría a golpes de mouse sobre los beneficios de tener una computadora, Paul Virilio ha optado por desemsamblar su aparato erudito y manifestar llanamente sobre el futuro aciago que depara el mundo digital, profetizando sobre sus males y divulgando su programa antídoto: “Primero, recuperar la lengua. La salvación nos llegará por la escritura y por el lenguaje. Si reestructuramos la lengua podremos resistir. Si no, corremos el riesgo de perder la lengua y la escritura. Después, recuperar al otro para no perderlo, es decir, rechazar el divorcio. Si nuestras sociedades continúan encaminándose hacia una individualidad solitaria, a través de la pareja separada y la familia monoparental, no habrá resistencia posible”. Que esas palabras nos remitan a San Juan de Patmos y que la publicación de El cibermundo… condense un momento de síntesis en la producción de Paul Virilio no significan dos apuntes caprichosos. Vale más conjeturar un carácter reflexivo y decidido para estos pronunciamientos de Paul Virilio —dada su lúcida trayectoria—. Aunque, a la luz de otros trabajos en torno a las nuevas tecnologías, este libro gravemente actual parezca llevar la rúbrica de un monje atribulado y sólo.

[mediados de 2000]

graphos

Mientras buscaba una buena imagen que implicara una lectura de trayectorias (históricas como el gráfico de Uchronie, biográficas, genealógicas), y mientras pensaba secretamente encontrar una buena de una lógica asesina como el dibujo de Man Ray, volví a Visual Complexity, de donde saqué este diagrama radial de la eugenesia de The Nam Family: A Study in Cacogenics, de Estabrook, Arthur E., y Charles B. Davenport. El libro fue escrito a principios de siglo XX y la mirada de estos investigadores había remontado el curso de una familia (lo hicieron con muchas) en busca de marcas patológicas, clivajes de la degeneración.

eugenics

Más allá de este diagrama el sitio al que remito en este post no deja de sorprender: conviene mirarlo de a ratos. Cada mapa es una disposición, una forma distinta de tratar el espacio; y un espacio es tanto la traza de la casa de un hornero, como la casa que imaginaba Cicerón para hablar en público.

retazos de un pensamiento ya pensado

Poco a poco voy leyendo -y en algunos casos compartiendo- opiniones, consideraciones, aforismos, axiomas, etc. sobre las razones de un blog académico. Pensaba que podrían agruparse todas esas ars poética de cada uno de los bloggers ligados al mundo académico. Así, traduje parte de un post de Timothy Burke; cité algunos párrafos de Justo Serna (del que puede leerse además esta entrevista realizada por el blog Con ciencia y trabajo); comenté un post de J. Brunner. Es que considerar la existencia de blogs académicos nos obliga a tratar con un oxímoron. No por que los géneros académicos sean buenos y el género blog sea malo, ni por viceversa. Sino por la distancia de las formas que modelan los ejercicios.
El blog horada los límites consolidados de lo acádemico. Lo académico: algo tan lento, tan catedralicio, que ni siquiera le ha puesto una filmadora a los conciliábulos de los concursos de oposición; que ni siquiera ha intentado seriamente modificar el anonimato como método de evaluación entre pares. El cursus honorum de un académico se parece siempre a un camino en el que lentamente va librándose de ser testeado, y en el que las formas escriturales de la profesión van impregnando su propia escritura. Si en efecto, antes de devenir académico tenía algo que se parecía a esa entelequia denominada propia escritura, ya en el brete reconocerá más temprano que tarde la que inscribe con su cuerpo como suya. El blog es un máquina contra esa cooptación inmaterial. Como sucede en uno de los cuentos de Ph. Dick, el blog podría ser un conjunto de instrumentos, una caja de herramientas, que hemos dejado antes de grillarnos con el artículo, la ponencia, el informe y la tesis, para que en el futuro, cuando nada nos recuerde ciertas arrogancias de joven escritor, ciertas veleidades con la lengua, cierto desparpajo para con la autoridad, podamos encontrarnos con esa caja y a fuerza de postear, vuelva nuestro gesto de arrebato, nuestro terrible deseo de escribir.
Se usa con frecuencia la palabra vanidad para describir este ejercicio. Recuerdo el eclesiastés -libro que le gustaba leer a Juan Carlos Onetti-: si el sentido del término vanidad allí está bien expresado, entonces un hombre o una mujer en busca de su gesto creativo, crea o no que lo haya dejado en el pasado, operando una máquina de bloguear, no guarda relación con esa idea. [salud por el blog de Lucía Etxebarria]

estudiantes

Justo Serna, en su último post, discute con Ricardo Moreno Castillo sobre enseñanza (en la escuela media, en la escuela secundaria). Moreno Castillo ha escrito en el diario El País una suerte de programa para la erradicación de vagos, brutos, inmaduros y violentos de las aulas. Quiere un aula saneada, con un régimen disciplinario estricto, con acento en los contenidos. Moreno llama a todo esto "el saber". Dice cosas como:

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El desprecio por el conocimiento (se puede terminar la ESO sin saber la tabla de multiplicar ni distinguir un nombre de un verbo) y la falta de hábito de trabajo generan seres inmaduros, y en consecuencia, propensos a la violencia. Una persona madura no necesita agredir a un semejante para sentirse alguien.

Moreno hace gala de un verdadero esfuerzo y amor por el silogismo. Pero ¿qué es el conocimiento para él? No la pedagogía, no la didáctica aplicada, no las ciencias de la comunicación, etc. Si aceptamos que la fuente de conocimiento es el propio Moreno Castillo deberemos considerar nuestra absoluta inmadurez; si por el contrario persistimos en creer que las arenas de las disciplinas ligadas a la educación son canteras de conocimiento (mezcla éste de debate, desconcierto, ambigüedad, certezas y deseos de transformación social), alcanzaremos la conclusión que nos indica que el Sr. Moreno Castillo es un violento.
Está claro que así no vamos a ningún lado. El problema no es el autor de esos argumentos basados en el sentido común (con el peor concepto que se pueda tener de ese sentido); el problema es el diario El País, que le aplica un específico golpe de timón al debate y no otros. Que decide publicar esta variación sobre los estudiantes tan abtrusa, aún en pleno conocimiento de que en gran medida se basa en una reacción. Si Moreno especula con un aprendizaje para aprendidos, el debate sobre la educación debería abandonarlo en la primera parada.
Justo Serna cuestiona todo el artículo de Moreno indicándole que la metáfora que compara educación con un avión (piloto, tripulación, pasajeros, etc.) es desaconsejable. Buena parte de la Reacción contra los cambios educativos ha basado su intelección del mundo en metáforas descabelladas, y la escuela media ha sido un territorio testigo de ese forma de insultar a los adolescentes. Recuerdo cuando se nos decía que todos los conocimientos que debíamos aprender estaban pensados para comprender y transformar la realidad. Un amigo de ese entonces y de ahora, escribió en la gigantografía que los docentes colgaron en la pared explicándonos el sentido de la educación a la que nos sometían, justo debajo de la palabra estenografía: comprender la realidad mediante firuletes.
No creo que esa sea la respuesta a los muchos problemas de la escuela secundaria, pero es un elemento a considerar: a cualquier docente se le hace cada vez más difícil sostener un proyecto con un origen en el control social y tamañas ficciones eternas como el examen frente a personas que pueden estar en desacuerdo con esos cánones. Entonces, lección 1: Si nos dicen que hay que valorar el saber y la excelencia, como Moreno Castillo y el diario El País -puesto que entre miles de opiniones ha seleccionado ésta-, debemos preguntar ¿Qué es eso tan importante para guardar que no puede ser producido en las aulas para todos los que allí concurren? Moreno Castillo, está desaprobado: el avión son los estudiantes.

el che guevara de john berger

Como lo cuenta el propio fotógrafo, la imagen clásica de Che Guevara se "escapó" de la autoría de Alberto Korda y pasó al mundo de la reproducción en masa. Parece haber sucedido lo mismo con el texto en el que John Berger vinculaba magistralmente imágenes crísticas y fotos del che muerto:

Che, Alborta
Che, Alborta
las fotos del Che que sacó Freddy Alborta;
Cristo
la pintura de A. Mantegna, The Lamentation over the Dead Christ de ca. 1490;
Leccion de anatomia
y la pintura de Rembrandt, The Anatomy Lecture of Dr. Nicolaes Tulp, de 1632.

Ese texto, publicado la revista Aperture en 1968, se llama "Che Guevara Dead"; y parece ir borrándose, entregándose a segundas interpretaciones, diluyéndose en otras referencias del propio Berger y reapropiaciones. Tan cierto como que las conclusiones de la lectura de las imágenes se ha ido corrigiendo, desde un primer momento, a la comparación entre el propio Guevara y Cristo. A raíz de una intervención en la que hablaba sobre Cristo en la poesía, Monsiváis debió publicar una aclaración en una revista La Jornada de 1997, debido a que un cronista de la reunión acentuó ese deslizamiento ya impregnado en los debates sobre Guevara: su cristificación.
Uno de los primeros trabajos académicos sobre la bibliografía acerca del Che Guevara, publicado en la revista Latin American Research Review en 1970 y firmado por Robert Scauzillo (a la par de otro que relevaba la literatura sobre Fidel Castro) registraba dos textos tempranos de John Berger en los que el escritor hacía referencia a la muerte del Che, ambos publicados en la revista New Society; pero para el que salió en Aperture no hay caso.

wikipedia again

Tiempo atrás le dedicamos unos posts al tema Wikipedia, refiriendo (eso es lo que hacemos, esencialmente) otros trabajos de envergadura. Leo este post en Filosofitis, el sitio de Alejandro Piscitelli, acerca del mismo tema y me pregunto si la oposición que algunos, él entre otros, se esfuerzan en sostener (iluminismo/digitalismo? pantallismo? wikismo?) no está un tanto desfasada. Recuerdo el texto ya clásico de la catedral y el bazaar; invoco la avanzada wikipendium: ¿qué libera a las comunidades al estilo wikipedia de los diversos órdenes de elitismo que caracterizan a buena parte del proyecto iluminista? Y esta pregunta tiene como presupuesto un signo positivo. Supongo que sí, que existen algunos elementos que la diferencian. Pero no están claros. Y pienso que por lo demás, en cuanto al registro gnoselógico de wikipedia, no hay nada que discutir.
Sin embargo, como un gesto de choque, Piscitelli lleva la contradicción al plano lectura/(imagen?), y dice:

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Por todo ello le deseamos y auguramos larga vida a la Wikipedia, a la cultura popular y a cualquier formato audiovisual que nos ayude a decantar este presente y nos de herramientas y perspectivas para convertir este caos en algo de orden sin que para ello debamos negarlo y refugiarnos en atalayas nostálgicos pero sobretodo en conceptos romos e impotentes.

Más allá del llamativo emparejamiento de este tema con la cultura popular, diremos que ni siquiera la lectura se ha escapado de ese gesto óculocentrista (desplazando la voz y el gesto que la acompaña, ver si no el genial texto de Johannes Fabian, "Keep Listening"). Quiero decir: la lectura y la imagen surgen de un mismo programa, aunque como todo programa nunca es tan monolítico como pretende. Que actualmente lo audiovisual (en un nivel: una máquina, digamos con Marcel Mauss, como un arco y flecha o una enceradora) se cargue de sentido en oposición a lo diderotiano, creo que debe ser leído como Lévi-Strauss leía investigaciones ajenas sobre los Winnebago: más allá de los diferentes mapas que los indios dibujaban de su misma comunidad, y más allá del relativismo que considera única ley posible la ponderación del punto de vista del sujeto, el antropólogo francés se detenía a reflexionar sobre los límites de las interpretaciones acerca de las sociedades así llamadas dualistas, "antes que suene para ellas…la hora próxima de la desintegración". Si se trata de obtener herramientas (e instrumentos y máquinas) para decantar este presente, diremos entonces que el proyecto iluminista tiene mucho para ofrecer: no lo hemos de desechar; lo sabremos comer.
¿Lo sabremos comer?