Otra reseña. Esta trata sobre un libro de Paul Virilio.No sé bien cómo llego (siempre) a emplazar en contigüidad a Paul Virilio y a J. G. Ballard. Una respuesta rápida sería Crash, porque después de todo el museo del accidente espectaculariza un poco la pavura que infecta el libro que reseñé hace tiempo. El museo del accidente tiene varias referencias (1 y 2)y algunas fotos desoladoras, pero no nos detendremos allí.
Una respuesta más reflexiva iría hasta Mitos del futuro próximo y luego a la increíble El día de la Creación. Con San Juan de Patmos como la bisagra. En esa clave un día de estos voy a terminar pensando Civilización o barbarie, Socialismo o barbarie guiado por la letra del santo morfón, caminando por la calle como rabdomante…pero es que la literatura que se desencaja, que se sale de la página es la que le dice algo al Fin, como el perro que ladra al auto que pasa.

Paul Virilio ha escrito ya sobre lo que en este libro se presenta en forma de reportaje. Muchas veces, indescifrable, hermético, pero con la misma dosis de perspicacia, Virilio ha sabido importunar los análisis menos agudos y más lineales con los que habitualmente se nos informa sobre los fenómenos de la comunicación y las nuevas tecnologías. El cibermundo… está tramado por las mismas temáticas pero enfoca con mayor precisión la cuestión de la informática en general y la de Internet en particular.
El título del libro hace referencia a una cita de Esopo: "La peor de las cosas es la lengua y la mejor es la lengua"; pero el libro no es una fábula. Es un apocalipsis. En su factura, la impronta de la actualidad se impone por el género. Para narrar la historia de lo que sobrevendrá San Juan escribió desde Isla de Patmos en corresponsalía, mientras que a Virilio lo interroga la prensa. La grilla de un cuestionario lo incita a hablar, lo obliga a crispar sus conceptos para que no excedan los límites tonales de una respuesta, lo sitúa en escenarios montados sólo para la pregunta inmediata, lo condena a una forma ignominiosa para decir un mensaje que por ser tan grave el santo de Patmos, en sus visiones, tuvo que devorar sus fuentes. "Es difícil de explicar", se queja Virilio y advierte: "más vale escribir que hablar sobre temas tan difíciles como éstos". El reportaje lo ciñe a veces tanto que, como San Juan, Virilio debe construir su genealogía y exponer sus tribulaciones en una misma sentencia: "hemos perdido a Jacques Ellul, acabamos de perder a Deleuze [...]; por tanto, el trabajo, para un «filósofo» y analista de la técnica como yo, se convierte en sobrehumano". Otras veces, las preguntas lo conminan a permanecer en los remansos de su fluido mensaje: Qué es el sexo para usted, qué es el amor, dónde le gustaría morir. La vigencia de esta forma narrativa discrimina también el tipo de lector que pretende y apenas finiquitada esta suerte de vulgata se nos presenta una lista de libros, un aparato crítico, para quienes deseen zambullirse en la interpretación de los fenómenos analizados; porque El cibermundo… es apenas un manifiesto, un reporte que anuncia la venida del ángel-máquina.
El ángel-máquina
En ciencias sociales, la configuración -rápida pero inestable- de un territorio de debate en torno a la llamada red de redes parece perpetuar algunas características que se le atribuyen al objeto de estudio: esquiva por su inmediatez, heterogénea por su amplitud, inexcusable por sus efectos en los hábitos de la humanidad. La legitimidad que este territorio tiene para sí encuentra sus raíces fundamentalmente en los debates que toman como tema principal -aunque no siempre central- el de la tecnologías. El impacto de las nuevas tecnologías en la sociedad hace las veces de poderoso imán tanto para aquellos que cifran en sus avatares el perficiente desarrollo del capitalismo y sus letales consecuencias, cuanto para los que no renuncian a columbrar, en cada pequeño descubrimiento científico, gigantescos pasos hacia una humanidad mejor. Desde el ancho espectro que tiene a estos protagonistas como extremos de una gradación, la munición gruesa de entendidos y prospectivistas no cesa de impactar en los suplementos de los periódicos, en los programas educativos de trasnoche y en las revistas especializadas. Apenas podemos citar aquí intentos como los de Virilio, más próximos a frecuencias académicas o, por tomar otro parámetro, tendientes a enfocar estos temas desde una perspectiva menos coyuntural, y resultaría de ello una lista engañosa dado que la estirpe de estos nombres es más fuerte que sus reflexiones sobre el tema. Appadurai, Clifford, Ribeiro, Searle, Rheingold, Lévy: momentáneamente enumeramos apellidos antes que precedentes académicos. Como sugiere James Clifford, Internet puede ser vista por los antropólogos como un campo, pero muy pocos dirigirían tesis de jóvenes inquietos que tuvieran como tema a la red de redes.
Las cosas no mejoran cuando se trata de relevar los interrogantes sobre los cuales batallan. Acicateados por un público representado menos como espectador que como protagonista, los análisis recogen toda la masa mítica que rodea al objeto e intentan maniobrar sobre los nuevos asuntos con las ya templadas herramientas analíticas de las ciencias sociales. ¿Existe el ciberespacio?, ¿la realidad virtual es la realidad del porvenir?, ¿Internet es democrática? No importa si las respuestas son afirmativas o negativas, lo definitivo está en el núcleo mítico desde el cual emergen las razones. Es posible que esta dificultad esté presente en todos los momentos en los que la fe y el descreimiento en el progreso tecnológico coagulan alrededor de un invento preciso (D. Wolton retoma esta idea para reflexionar sobre Internet). Los trabajos de Virilio —o los de P. Lévy, quien puede ser visto como su antagonista— están imbuidos de cierta fascinación por el objeto, de ese don de percibir un contexto alterado por lo que se supone un acontecimiento liminar. En el corazón de sus observaciones sobre la interactividad (eje del territorio que llamamos “red de redes”) está la definición del problema: “Estas dos poblaciones, la de los seres vivientes y la de los objetos técnicos, pueden, pues, entrar en conflicto”. La frase, a lo largo de El cibermundo…, funciona como guía de lectura. Se trata de una alarma, de una baliza, surgida desde el mundo de la filosofía, desde las inquietudes de una ética que resiste ser desplazada. Cada nueva tecnología posee su accidente específico. El tren, el teléfono, la energía eléctrica, la energía atómica, dice Virilio, poseen su accidente particular. La historia en general y la de estos accidentes en particular han tenido lugar en un tiempo local, “el tiempo local de Francia, el de América, el de Italia, el de París, o el de cualquier lugar”. Las amenazas, aun la que encierra la energía atómica por su carácter disuasorio, se cernían sobre lugares específicos. Pero con el desarrollo de la interconectividad, con el progreso de las redes digitales y las propuestas de interactividad, asistimos a la pérdida del espacio como registro de los acontecimientos humanos (“¡Ya no existe el aquí, todo es ahora!”), o mejor: a la fractura de la relación espacio-tiempo debido a la aceleración en fuga de los nuevos procesos. La velocidad es el tema del problema sobre la relación entre los seres vivientes y los objetos técnicos.
Virilio ha pensado y opinado sobre ella los últimos veinte años. “La velocidad proporciona qué ver [...] Ver, antaño con la fotografía y el cine, y concebir, hoy día, con la electrónica, la calculadora y el ordenador. La velocidad cambia la visión del mundo”. El mundo ya no es el mundo de la guerra fría, y muchos valores y productos culturales que tuvieron importancia hasta hoy, hoy corren peligro. El libro, la presencia física, la conciencia de sí, la lengua. La información, que es la mejor y la peor de las cosas para Virilio, nacida del complejo militar-informacional, “nos sitúa frente a un fenómeno de totalitarismo sin precedentes”, y define una era abisal, catastrófica: “Hoy en día, hemos puesto en práctica los tres atributos de lo divino: la ubicuidad, la instantaneidad y la inmediatez; la visión total y el poder total”. San Juan había sido advertido también sobre la sacralidad del libro donde figuran, gramaticalmente exactos, los acontecimientos del hombre. Virilio nos habla de la última tecnología como si la humanidad estuviera asumiendo el papel del rabino de Praga que creó un golem: tratando de alterar una coma en los planes de la creación, dando lugar al “accidente de los accidentes”, especie de “fenómeno temporal que sólo tiene referencia en la filosofía del tiempo”, suerte de moderno armagedón con efectos sobre los cuales ni siquiera Virilio se atreve a pronunciarse.
Mientras que a P. Lévy la sustantivación de lo virtual le ha permitido aventurar cambios en las relaciones humanas, en el cuerpo y en la economía, a Paul Virilio le impone la solitaria tarea de la prédica, de la advertencia. Mientras las legiones de programadores intentan construir un ecosistema digital (“seres vivientes y objetos técnicos”) en el que el comportamiento de los hombres no se impone como variable de análisis (por ejemplo, frente al problema de los virus de tipo gusano); mientras las revistas de alta divulgación y las empresas farmacéuticas aportan fuertes sumas de dinero a la investigación para asegurarse primicias (por ejemplo, el caso de Celera Genomics); mientras los diarios de mayor tirada en el mundo gustan de discutir los nuevos avances en la física quántica del mismo modo como cuando discutían sobre los efectos de la bomba de hidrógeno (por ejemplo, las caras páginas que el New York Times le dedicó a los experimentos con los strangelets); mientras que las policías globales desarrollan un aparato represor a la altura de las circunstancias (por ejemplo, el proyecto Echelon), mientras que una caterva de marketineros salen a la caza de internautas con tarjetas de crédito; y mientras que un ejército de docentes y promotores culturales desvaría a golpes de mouse sobre los beneficios de tener una computadora, Paul Virilio ha optado por desemsamblar su aparato erudito y manifestar llanamente sobre el futuro aciago que depara el mundo digital, profetizando sobre sus males y divulgando su programa antídoto: “Primero, recuperar la lengua. La salvación nos llegará por la escritura y por el lenguaje. Si reestructuramos la lengua podremos resistir. Si no, corremos el riesgo de perder la lengua y la escritura. Después, recuperar al otro para no perderlo, es decir, rechazar el divorcio. Si nuestras sociedades continúan encaminándose hacia una individualidad solitaria, a través de la pareja separada y la familia monoparental, no habrá resistencia posible”. Que esas palabras nos remitan a San Juan de Patmos y que la publicación de El cibermundo… condense un momento de síntesis en la producción de Paul Virilio no significan dos apuntes caprichosos. Vale más conjeturar un carácter reflexivo y decidido para estos pronunciamientos de Paul Virilio —dada su lúcida trayectoria—. Aunque, a la luz de otros trabajos en torno a las nuevas tecnologías, este libro gravemente actual parezca llevar la rúbrica de un monje atribulado y sólo.





