es necesario invertir la lógica del sistema explicador

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El editor de Jacotot tenía un hijo débil mental. Se desesperaba al no poder hacer nada con él. Jacotot le enseñó el hebreo. Después el niño se convirtió en un excelente litógrafo. El hebreo, eso es evidente, no le sirvió nunca para nada -tan solo para saber lo que ignorarían siempre las inteligencias mejor dotadas y más informadas: no se trataba del hebreo.

Declaró [Jacotot] que se puede enseñar lo que se ignora y que un padre de familia, pobre e ignorante, puede, si está emancipado, realizar la educación de sus hijos, sin la ayuda de ningún maestro explicador. E indicó el medio de esta enseñanza universal: aprender alguna cosa y relacionar con ella todo el resto según este principio: todos los hombres tienen una inteligencia igual.

Jacques Rancière, El maestro ignorante.

la nación futura

Omar Acha. La nación futura. Rodolfo Puiggrós en las encrucijadas argentinas del siglo XX, Eudeba, Buenos Aires, 2006. 330 páginas.
Puiggros

I

La biografía que escribió Omar sobre Rodolfo Puiggrós es, digamos, en principio, clásica. Forma parte de esa tradición que delinea en los títulos mismos de las obras la pretensión de escapar de las miradas que oponen individuo y sociedad. La cita aquí es el Kracauer que Omar refiere: Jacques Offenbach y el París de su época, pero también el texto de Janik y Toulmin, La Viena de Wittgenstein, o incluso, de modo más oblicuo, el Coetzee, Vida y época de Michael K. En distintos lugares de La nación futura… está escrita la apuesta por devolverle a la práctica (política) su raíz agónica, esto es, citando, la incertidumbre como momento capital de la política: el pasaje a la acción. Y también ha sido delineado un modo específico de pensar esa acción en la moldura sociológica que en su mayor expresión dictamina que Rabelais no pudo ser ateo.
Pero además de su faz clásica, la apuesta de Omar es moderna y actual. Y aunque esto parezca una mala consigna, su actualidad radica en la apuesta de la introducción: el mejor hacer de la historiografía es proveer información para un debate posible. Su lado moderno es que a partir de las preguntas humildes el texto se remite a lo colectivo como modo de inteligir.

II
Había un clivaje en el Puiggrós con el que fui a leer esta biografía. Ese momento está datado en La nación futura…en 1957. Puiggrós resigna su identidad partidaria. La consigna que cinceló previamente sus aseveraciones políticas (armas, masas y teoría) se modificó en un término: armas masas teoría y líder. El libro de Omar malogra ese corte con el que yo entendía más bien una oposición entre identidades políticas. Esa fórmula no hace sino detener los embates con los que Puiggrós ordenó una realidad cambiante: tenentismo, ideología argentina, estalinismo. Se lee mejor así las cosas: no como resultados, como tesoros de una identidad (desde ese momento condenada a la heterogeneidad) sino como aquellos trazos que una vez arrancados a la acción vuelven a ella.
Se puede pensar, de todos modos, que el tratamiento de una biografía de un intelectual bajo la consigna histórica de la incertidumbre como momento capital de la política insiste en reconsiderar lo que hacen los intelectuales. Y aquí, creo, la cara “clásica” del modo biográfico da sus frutos: logra destronar una pregunta que decantaba todos los desplazamientos de Puiggrós en su pasaje al peronismo, y leer ese pasaje no como un rito de conversión sino como una marca de un conflicto intelectual que excede los nombres de la historia (peronismo, estalinismo, y sus versiones). La nación futura… puede ser leída como una reflexión sobre los viajes de Puiggrós, y no ya sobre su pensamiento, sobre su obra, con todo lo rajante y acabado que proponen estas últimas fórmulas. El viaje iniciático a la URSS pero también el del exilio, el viaje a la disidencia, el viaje al peronismo y al peronismo revolucionario. Ya no varios Puiggrós. Sino la trayectoria de un intelectual, como un registro que se quiere agónico, aunque no especulativo.
Quizá el mejor de esos viajes son las reescrituras puiggrosianas. Los cambios que reedición tras reedición se le imponen a la letra muerta de sus libros. No el palimpsesto que forman, sino el acto performativo de la corrección.

III
Pero además de una corrección, lo que la mirada de Omar modifica en esa escena con la que yo abordé este libro es que está presente también un ejercicio constante de traducción. ¿La gramática puiggrosiana es su etapismo? ¿Es su estalinismo? La tradición de izquierda de alojar la nación en el futuro encuentra en ese debate su más pronunciado cono de sombra. Y se expresa bien, creo, en ese momento luminoso de Puiggrós y del libro de Omar, en donde se lee la disidencia, se formulan las preguntas más inspiradas (Puiggrós y Acha) sobre el comunismo frente al peronismo y frente al codovilismo. Pero también se trata de ese momento en el esta misma disidencia, que percibe la fidelidad de la clase a la que representa y la fidelidad del partido al que cuestiona, decide su propia fe.

IV
Lo que queda de esa matriz comunismo/peronismo o de los más recurrentes tópicos en Puiggrós, nación y revolución, una de las cosas que quedan, es el debate de las expresiones que Acha ha puesto barradas en la distinción entre la gesta revolucionaria y la gesta plebeya. Es inquietante considerar la autonomía relativa de la que goza el epílogo del libro. Se discuten allí no sólo las formas en que fue vivido el peronismo por el héroe sino también algunos aspectos y lecturas del peronismo propiamente dicho. El cuello de botella que reescribe la matriz revolucionaria de Puiggrós en el peronismo como expresión reformista. Hay un “más allá” en ese pronunciamiento y es que la conflictividad no se llama peronismo, la conflictividad es inherente a la sociedad. La expresión peronista posee bases sociales con objetivos más modestos, dice Omar: mayor consumo, ascenso social, perón por siempre. De allí se podrá extraer prácticas de resistencia parciales pero en modo alguno una voluntad político independiente. Y este juicio presupone una dimensión diferente del orden contingente de la política, del modo ranciére de la política: la dimensión radical no puede ser alcanzada por la multiplicación y condensación de demandas modestas (aunque habrá que decir en clave retrospectiva que esas demandas no eran nada modestas). Y esto tal vez es un ademán eleático: al trazar el límite del populismo se le niega también su movimiento. Dice Omar:

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la peronización de Puiggrós asemejaba una refutación eleática del movimiento: siempre parecía haber un trecho ideológico hasta alcanzar el “objeto” peronista. El historiador de los pies ligeros era más veloz que la tortuga peronista, pero esa tortuga siempre conservaba una ventaja. Quizás esa fuera la verdadera diferencia con Cooke y Hernández Arregui, quienes creían estar parados sobre la tortuga.

Y habrá que oponer a esa figura otra que tenga a Puiggrós como la tortuga y al peronismo encarnado en Aquiles. Esa tortuga, entonces, que imagino, avanza hacia atrás, mira hacia Aquiles, por el carácter pedagógico de la revolución.
Sin dudas, el debate sobre populismo y comunismo halla uno de sus filos en el concepto mismo de revolución, en donde la tradición marxista no ha hecho sino escandir los tiempos de una realidad, asignando al futuro el grado sumo pero también el previsible. El conjuro de la contingencia se da de bruces con ese animal que cree vencer por sucesivas aproximaciones infinitesimales.
Hay que ver si se puede escapar de los límites que trazan los conceptos mismos. Hay que ver si hay modo de tratar ese amor por perón, sus difuminadas expresiones históricas (que a veces son también expresiones políticas, en el sentido menos interesante de esa palabra). También los conceptos para leer una vida intelectual están al límite de sus capacidades: leía el texto de Neil Lazarus sobre Edward Said, en el que el autor luego de analizar la bifurcación de lecturas entre quienes consideraban Las representaciones del intelectual en clave materialista y quienes lo hacían en clave postcolonial, argumenta a favor de un intento por unificar ambas perspectivas, y me preguntaba si no será mejor escapar de la pretensión de unir, de ordenar, de dar con una congruencia, de retornar al cauce, etc. , y en lugar de ello, tomar partido por los postcoloniales o los materialistas. Apostar por la fractura, por la reflexión sobre la paradoja, en el mismo sentido de estar sobre la tortuga. Surfeando la ola, con todo lo superficial que esto indica. Y pensaba que quizás era eso lo que Omar después de todo ha querido debatir en su triple proyecto (la biografía de José Luis Romero en La trama profunda, esta de Puiggrós y su también excelente trabajo sobre peronismo).

el arte (?) de la infamia

populismo es un término, a veces un concepto, complejo. En américa latina, fue recreado por intelectuales para referir a ciertos liderazgos, movimientos o regímenes con fuerte respaldo de masas; intelectuales, bueno es indicar, que los observaron desde una posición fuertemente crítica, cuando no opositora. Con todo, esa intelectualidad, al menos en sus mejores exponentes, ofreció líneas, trazos, indicios, que nos permiten aproximarnos a situaciones históricas que se resisten a ser explicadas en formas simples. Adicionalmente, el populismo parece trascender su vinculación originaria (peronismo, varguismo) y permanecer, o volver cada tanto, al escenario político de la región. Como indicaba alan knight, si un fantasma recorre américa latina, ese es el del populismo. Es difícil establecer con precisión si algunos de los regímenes actuales latinoamericanos podría ser comprendido como populista: si el término ha merecido un amplio rango de definiciones, es bastante obvio que, dependiendo de cual se adopte, se podrá o no. Eso no obsta, me parece, para que un intento de análisis explicativo de la política continental, utilizando el concepto, pueda ofrecer alguna pista para entender las experiencias de chávez, o evo morales, u otra, incluida la de la argentina actual.
El problema reside cuando populismo no se usa como una herramienta para iniciar la exploración de la realidad empírica, sino apenas como una palabra desdeñosa que indica lo que al hablante –exceso sería decir analista- le molesta. Tal cosa es la que insiste en hacer marcos aguinis, intelectual que parece tener un prestigio excesivo para sus opacas luces. Hace un par de días, tal persona publicó una nota en la muy venida a menos “tribuna de doctrina”, tratando de mostrar las miserias del populismo. Inútil es esperar algún gesto analítico: párrafo tras párrafo, el autor se afana en mostrar las miserias de su bilis.

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Ningún régimen populista ha logrado (o ha querido seriamente) acabar a fondo con la pobreza, estimular una educación abierta ni desmontar el fanatismo. Sus programas no apuntan a un desarrollo sostenido y firme. No le interesan los derechos individuales ni la majestad de las instituciones republicanas. Por el contrario, exageran el asistencialismo mendicante, imponen doctrinas tendenciosas y exaltan diversos tipos de animosidad para conseguir la adhesión de multitudes carenciadas, explotadas, resentidas o enturbiadas por la confusión…El sistema populista no se sustenta en ideas, por eso es pragmático y cambia según los vientos. …Los casos de Getulio Vargas, Perón, Nasser, Chávez, Menem o Kirchner son botones de una innumerable muestra. El líder es un demagogo, porque se acomoda, miente, halaga y desacredita según convenga al crecimiento de su poder…No hay régimen populista que tolere la absoluta libertad de prensa…El modelo populista identifica fondos del Estado con fondos del gobierno o -peor aún- fondos de quien tiene el mango del poder. Los usa a discreción para someter opositores, cooptar voluntades y hacerse propaganda…Lo cierto es que el culto de la personalidad -en torno de la cual se construye casi todo-, la ausencia de controles republicanos, la inestabilidad jurídica, la falta de visión estratégica, la creciente crispación del odio y el objetivo excluyente de mantenerse en el poder a toda costa sabotean el progreso real.

Luego de tan intensa perorata, el autor se desgarra las vestiduras por el “modelo socialista democrático” de chile, brasil y uruguay, llorando, supongo, porque no hay uno así en nuestro país. Bueno, esto último es lo único que yo no le critico a aguinis: me parece bien que cada quien diga cuál modelo político es de su gusto. Pero queda muy fuera de lugar que un autotitulado intelectual muestre tan profunda ignorancia del tema que dice tratar, pase por alto toda la bibliografía sobre el asunto (citando tres o cuatro autores que no tienen nada que decir sobre el populismo, y uno –krauze- que, claro, es igual que aguinis) y, para peor, no muestre la más mínima intención de preguntarse por qué, si el populismo es tan malo, siempre cuenta con apoyo popular.

el criador de gorilas, macri y jules romains

Un creciente malestar contra el grupo macri va decantando y en depósito, azuzado por el ahora no tan próximo balotaje porteño. El horizonte de las críticas se ha corrido un poco gracias a la intervención de Alejandro Rozitchner. Como quien no quiere la cosa, jugando al six degrees, el asunto derivó, vía cabecita negra, en aproximaciones al gorilismo, a las ideologías, al unanimismo, Para abreviar puedo citar como referencias dos posts en los que se cita (lobo) y se comenta (barbarie).
De todos esos temas me detengo en los que pensó el criador en uno de sus últimos posts: el unanimismo. En realidad, y lejos estoy de resumir lo que criador dice, el post discutía justamente con Rozitchner esa renga idea de que la eficacia en la gestión es la mejor ideología (claro que no está expresada de ese modo). Y, de yapa, criador sostenía lo siguiente:

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Y vamos a pegarle un palo más a Rozitchner, que quizás suene exagerado. Para el Criador, la visión del tipo peca de unanimismo: cree que se puede gestionar "bien", a secas, como si no hubiera diferentes intereses en la sociedad, o como si incluso todos los "bienes" del mundo fueran mutuamente compatibles. Y no es así. La libertad y la igualdad, el crecimiento y la distribución, la justicia y la paz social, etc., están muchas veces enfrentados. Y no hay gestión "eficaz" para conseguir todo eso junto. Hay elecciones políticas, ideológicas, sobre cuáles de esos bienes priorizar. Por eso la política no es técnica. La eficacia, en todo caso, es posterior a la decisión sobre qué objetivo buscar. Y la idea unanimista, de que se puede hacer todo el bien a todo el mundo, fue siempre el germen de los peores totalitarismos. Reemplazar "el gobierno sobre los hombres" por la (tecnocrática, eficientista, teóricamente a-ideológica) "administración sobre las cosas" (como querían Saint Simon y Marx) no trajo resultados que al Criador le gusten demasiado. Al respecto, le recomendamos a Rozitchner más Todorov y menos Osho.

El criador ya nos había cedido algunas definiciones de manual un tanto lisas. El mejor ejemplo: el de democracia.Acá. Pero aquí, no cuando habla de eficacia sino cuando habla de unanimismo, confunde.
Con respecto a eficacia, sólo para complicar un poco las cosas, recordemos lo que dice Rancière en su libro El desacuerdo: "la quiebra de los estados totalitarios es, en efecto, una quiebra con respecto a lo que era su legitimación última: el argumento de la eficacia, la capacidad del sistema para procurar las condiciones materiales de una nueva comunidad". Con esa quiebra, dice Rancière, pareció levantarse una hipoteca que pesa sobre la democracia (el carácter formal de los derechos que implantaba). Lo único tremendo del argumento de Rozitchner no es, claro, la posibilidad de que puede emparentarse con una lógica Pol Pot, sino el hecho de que no haya acusado recibo de esa quiebra y aún nos ceda esos argumentos añosos (la desolación que puede causar la más que aparente victoria de macri puede hacernos creer que el rabo mueve al perro).
Con respecto al unanimismo, eso que cito más arriba no se parece en nada. La gestión "a secas" es una declinación liberal. Por lo demás, inundada de una pedagogía unanimista si se quiere desde la misma declaración de los derechos del hombre y el Terror. Pero ese unanimismo no es el que el criador reconoce como una flecha hacia los totalitarismos. ¿Por qué la confusión? No lo sé, pero inmediatamente criador propone versiones liberales de la política, técnicas, aunque él, criador, diga que no: elecciones y bienes que priorizar, agendas. Y esa es una idea con la que no acuerdo. (El unanimista es un agonista: sabe que no tiene elección.) Sin embargo, entiendo que los clivajes políticos siempre debe leerse en clave amigo/enemigo, ¿es eso lo que decanta en el unanimismo? Si es así, vamos a por él.

el partido cristiano

Las palabras de Bergoglio durante la misa de Corpus Christi, escuchadas o leídas de modo condescendiente, son palabras innobles: el cardenal tiene que cortar el entelado político y social argentino para pescar fieles que estén dispuestos a considerar la posibilidad de que los crímenes del pasado reciente han dejado de serlo o nunca lo fueron. "Gracias por marchar desde los cuatro puntos cardinales de la ciudad sin pertenecer a ningún partido político o ideología, sino por el simple hecho de amar" cita la nota de Página/12 de hoy, acaso el mejor intento por dar cuenta de una institución que se repite año tras año (misa de Corpus Christi) y la que, aún si sólo la indagamos temáticamente a través del google, nos daría una pista del programa del partido cristiano. Este pescador, Bergoglio, a diferencia de otros, lleva un pan rancio y maloliente; propone una comunión que la feligresía rechazó ya en reiteradas oportunidades. Se entiende su momentáneo éxtasis cuando la locutora del acto pronunció: "¡Viva Jesús sacramentado!": el flautista había convertido un ramo de cicuta en uno de mandrágora y la plebe se lo estaba comiendo.
Esto último que sólo puede ser tolerado como mal chiste, fue lo que se creyó Aníbal Fernández. El dirigente salió a dar batalla con el argumento más inoperante y sibilino posible: la iglesia que hace polítíca no es la iglesia de cristo, dijo más o menos Fernández, aceptando el juego rabdomante que le propone el cardenal. Cualquiera podría decir que, justamente, esa es la iglesia que cristo propuso o, más sensatamente, así es la iglesia. Que la réplica de un hombre de gobierno haya sido esa y no otra, más dura, más populista en el mejor sentido del término, parece indicar a las claras, además de la incomprensión de la que hacemos gala para con los fenómenos religiosos contemporáneos, que Bergoglio y Fernández pescan en el mismo río, y con la misma red.

graphos

En uno de los textos que conforman Un gigante en convulsiones, intitulado "Maleficium: el fetichismo del Estado", Michael Taussig trabaja sobre la E gigante de la palabra estado y sus relaciones con la razón (hegel) y la violencia (weber). El estado como máscara que oculta las prácticas políticas. El estado como un concepto que obliga a rastrear su formación y no sus expresiones empíricas. El viaje lo llevará por caminos de la sociología y la antropología. En uno de los apartados, al tratar sobre el tótem, Taussig quiere sostener a partir del ejemplo. Recurre para eso a un dibujo de un diseño de un tótem de un sapo, publicado en un texto de Spencer y Guillen de 1899, a raíz de su trabajo entre comunidades indígenas australianas. Así está presentado en la versión en español:

En este espacio vacío me hubiera gustado presentar el dibujo de Spencer y Guillen del tótem del sapo, porque me parece a mí casi imposible transmitir los temas que tratan sobre la representación sin la ayuda de esta imagen asombrosa.Pero mi amiga, la profesora Annette Hamilton, de la Universidad de Macquarie, de Sydney, me dice que los aborígenes considerarían un sacrilegio la reproducción de esta ilustración, lo cual no sólo reivindica el poder del diseño, sino también las prohibiciones para que no sea visto, que son señaladas pero no obedecidas por Spencer y Gillen mismos.