26 de julio

los historiadores –y otros científicos sociales- hemos dado vueltas y vueltas intentando descubrir la “naturaleza del peronismo”. Aunque difícilmente la hallaremos, seguramente así seguiremos, buscando y buscando. Sin embargo, por un momento podríamos poner entre paréntesis la pesquisa, fría y racional, y dejar pasar el torrente de las multitudes hecho palabras y canción. Yo no sé si el peronismo es, o fue, exclusivamente “un sentimiento”. Pero aún cuando el futuro nos depare un cada vez mayor desencantamiento del mundo, tengo la plena convicción que sin “sentimiento” ninguna opción política popular podrá ser construida.
las palabras de la evita "del puño crispado":

quotep

peronismo es la fe popular hecha un partido en torno a una causa de esperanza que faltaba en la patria.
si el pueblo fuera feliz y la patria grande, ser peronista sería un derecho. En nuestros días, ser peronista es un deber. Por eso soy peronista.
soy peronista por conciencia nacional, por procedencia popular y por convicción personal…

la canción:

YouTube Preview Image

una justicia personal

quotep

Y tienen una santa: Eva Perón. “Recuerdo cuando estuve afligida por muchos días”, escribió ella en 1952 en La Razón de mi vida, “cuando descubrí que en el mundo había ricos y pobres; y lo extraño es que la existencia de pobres no me apenó tanto como saber que al mismo tiempo había ricos”. Ese fue el fundamento de su acción política. Predicó un simple odio y un simple amor. Odio para los ricos: “¿Quemaremos Barrio Norte?” le decía a las masas, “¿Tengo que darles el fuego?”. Y amor para la “gente común”, para el pueblo: usó esa palabra una y otra vez hasta hacerla parte del vocabulario peronista. Le cobró impuestos a todo el mundo para su Fundación Eva Perón; y se sentó hasta las tres, las cuatro, o las cinco de la mañana en el Ministerio de Trabajo, donando el dinero de la Fundación a los suplicantes, dispensando una justicia personal. Ese fue su “labor”: una infantil visión de poder, justicia y revancha.

V. S. Naipaul. "The Corpse at the Iron Gate", The New York Review of Books volumen 19, núm 2, 10 de Agosto de 1972.

Pancho Villa

Paco Ignacio Taibo II. Pancho Villa: Una biografía narrativa, Planeta, México, 2006, 854 páginas.
Paco Taibo

Otra biografía de Pancho Villa apareció a fines del año pasado. Se suma ésta, a la larga lista (no menos de veinte) que Paco Ignacio Taibo consulta, analiza, desmenuza y critica en la suya, junto a la muchísima literatura académica que el proceso revolucionario mexicano posibilitó, además de los innumerables mitos historiados que el autor interpela y combate. Paco Ignacio es un desmitificador confeso. De eso no queda duda.
Setenta y un capítulos, ochocientas cincuenta y cuatro páginas, que, sin embargo, se recorren con facilidad por amenas. Acompaña al volumen cuatrocientas fotos (de dispar calidad) que se complementan como fuentes al enorme corpus documental trabajado por el autor. Precisamente porque se trata de una reconstrucción de lo dicho (acá y allá, en la academia y en el cine) anexando interrogantes, fuentes, interpretaciones. Un Villa por etapas, y cada etapa diluida en la que le precede (Villa bandido, Villa arriero, Villa peón, Villa revolucionario, justiciero, general, agrarista, político; a veces ni siquiera Villa: La historia previllista de Doroteo Arango). Diversas querellas cruzadas trazan un puente para construir la historia del personaje principal. Pero hay otros: Aparecen, también, minibiografías de “los que no tienen historia” y que acompañan a Villa para construir la suya. Así los interrogantes ¿bandido o justiciero?, ¿Hijo de un indio o de un portugués?. Muchos nombres y lugares (a veces prisiones) “siempre a los tiros para cuidar la honra”, para lavar las ofensas o para atemperar los propios “vicios” de su temperamento.
Es este primer segmento, anterior al de “ser convencido y convidado” de participar en la lucha revolucionaria, el mejor logrado por el autor. Allí es donde, muy a su pesar, deberá reconocer que Doroteo Arango o Gorra Gacha (depende de donde se pregunte por él) gozaba de casi nulo reconocimiento social. Allí es donde polemiza con el Hobsbawm de Rebeldes primitivos y Bandidos mostrando hasta dónde llegan los límites documentales y analíticos del historiador inglés para retratar problemas latinoamericanos. “Villa, en la etapa de bandolero, nunca esgrimió un programa social, nunca trató de cambiar el mundo más allá de la distancia de su tiro de carabina, nunca capitaneó una gran banda” pero por ser generosos y amables, por repartir el dinero de sus robos, los historiadores (por Hobsbawm) lo perdonan. Pero si bien Arango no construye reconocimiento en esos años, si esboza una la red social más o menos sólida, y los odios a la oligarquía terrateniente que lo acompañarán hasta su muerte.
No obstante los fluidos contactos que rastrea Paco Ignacio Taibo en esa etapa que articula lo legal e ilegal del biografiado, es casi el azar el que lo acerca a la revolución. En efecto es un encuentro fortuito con el líder regional del levantamiento el que posibilita el ingreso de Villa a la lucha. Lucha que – sin programa ni sólidas convicciones- asume como parte del periplo de su vida; por sólo ser “convencido” sin grandes cavilaciones. Y es aquí, en el devenir de éste “carrusel de revoluciones”, cuando el biógrafo propone dar sustancia al peso de La división del Norte y su líder en la lógica rebelde, mas no consigue, por más que intente explicar, quizá, lo que la historiografía no ha podido claramente encontrar: La existencia de un programa propiamente villista que lo aleje de su inicial apego al maderismo muerto con su líder. Si John Womack mostró los alcances y límites de la insurrección de Emiliano Zapata dentro del mosaico revolucionario mexicano, en el norte villista las cosas no eran tan claras, y su “tosudez” y espíritu errático terminarán siendo un estorbo para la fracción legalista que finalmente se impuso.
Pero el enorme trabajo de reconstrucción del autor recupera su fuerza inicial sobre el final del libro: el asesinato y el nacimiento del mito. ¿Por qué Pancho Villa perdió la guerra y ganó la literatura?. Es bien sabido que durante muchos años el sistema priísta tuvo problemas para incorporar a Pancho Villa a la retórica y utilitaria versión oficial de la historia de la Revolución Mexicana. Sin embargo este personaje ambiguo, controversial, antisistémico de cualquier sistema pervive con sus matices y se reconcilia con ellos una y otra vez. La búsqueda de esta permanente resignificación moviliza el trabajo de Paco Ignacio Taibo, y junto a sus hallazgos en materia documental le permiten confeccionar un material de cuantía histórica. Una biografía narrativa como él la titula.

casi un año

tapera

Se sospecha que los blogs forman parte de algo llamado blogósfera y que allí, en la blogósfera, se bloguea. Unos bloggers bloguean más y otros menos. Algunos admiten gustosos ser rankeados y otros consolidan estrategias anti-ránkings para posicionarse mejor en los ránkings que se consolidan a despecho o en provecho de ellos.
La sola proliferación de sentencias como esa nos ha hecho pensar que el acto de bloguear es, básicamente, un ejercicio narcicista. Se considera que esas voluntades amantes de su propia voluntad conforman un submundo virtual leve y egocéntrico, tipo egósfera. Unos yoan más que otros. Algunos admiten de muy buen grado hacerlo y para ello tienen siempre a mano el término cagar para explicarlo. Otros compulsan con ese principio adocenando la matriz individualista, smithiando con la idea de lo colectivo como sumatoria de voluntades yoísticas.
La diseminación de consideraciones como la de la frase anterior nos ha llevado a pensar que lo colectivo radica en otra parte, o mejor, que la blogósfera está por fuera de la logósfera. De ese modo ha surgido la sospecha de que existe algo así, disperso, fugaz, hedonista, resultado de malquistar un hacer, de reificar un ejercicio.
Desde hace un año, acá, en Tapera, intentamos escribir sobre algunas cosas que están vedadas en otros formatos existentes, como el paper. Se trata de un ejercicio académico, aunque informal. Y aunque aceptamos el presupuesto que escande los géneros (pero hemos de operar en cada una de esas mitades para alguna vez discutir la lógica de la partición), pensamos que escribir en Tapera no ha sido para quienes lo ensayamos un procedimiento menor, en el sentido en que allí no puede aprovecharse sino una escasa cantidad de nuestras disposiciones de saber. Ha sido precisamente otro lugar en donde con distintos propósitos, restricciones y afinidades pudimos pensar lo que nos interesa rumiar. Y ese ejercicio que, hasta ese momento, se lograba por medio de sociabilidades congresísticas, cafecísticas, aulísticas, etc. se ha visto profundamente beneficiado con lecturas de otros blogs -sin duda no son sólo los que figuran en nuestro blogroll, pero lo actualizaremos-. Esas lecturas también han afectado nuestros modos de pensar este ámbito. Le llamemos como le llamemos el ámbito virtual es poco menos que inexistente para muchos de nuestros colegas argentinos (y con temor a no equivocarnos digamos latinoamericanos). Al escribir y discutir en Tapera no nos alienta ninguna vocación propagandística o pedagógica, pero festejamos que cientistas sociales e historiadores pueden intervenir por medio de este género. No nos desvela desmadejar los imaginarios sobre la blogósfera, pero nos interesa discutir eso como otros tantos imaginarios y celebramos que muchos compañeros del vasto mundo de las humanidades y las sociales (términos un tanto recalcitrantes) dejen de demonizar lo que desconocen, y se propongan conocerlo antes de pretender corregirlo o dirigirlo. Bloguear es un ejercicio humilde (en el sentido de que no aspira a reemplazar otros ejercicios) y curioso, y ha sido para muchos de nosotros un modo de conjurar las amaneradas formas del elitismo con el que nos movemos, el endomingado gesto de la superioridad intelectual. Sin embargo, aplaudimos a aquellos que no ven en esta práctica una política de divulgar o una modalidad de hablar con el subalterno. Aceptar ese tipo de propuestas nos obligaría a subvencionar estilos censitarios, en los que algo no puede ser dicho si no es dicho de algún modo. Y eso, claro, no es ningún ejercicio emancipador. Tampoco hacemos de Tapera un rizoma, pues tal vez eso pueda hacerse con una esponja de metal pero nada parecido a eso saldrá de un compacto de interrelaciones políticas.
En estos meses siguientes además de modificaciones en el diseño del blog, haremos cambios más importantes. Uno de esos cambios consiste en el ingreso de otros colaboradores. Serán por lo menos dos (Pablo, que viene de Polifemo, y Juan que viene de Uturunco).
Hemos pensado hacer extensiva la propuesta de escribir en Tapera a otros cientistas sociales y vecinos blogósferos. Estamos de acuerdo en que nuevos colaboradores o posteos cruzados convendrán a todos. Con el ingreso de nuevos autores sobrevendrán, es de temer, nuevas categorías (y decaerán otras).
Después de casi un año, gracias a todos: comentaristas, autores, lectores, linkeados, linkeantes.

los potter del pasado

En el blog del NYT, con el aviso del último Harry Potter -y la provinciana idea de que los niños del mundo no se aguantan por leerlo- viene la pregunta sobre los libros favoritos de cuando éramos pibes. Los centenares de comentarios podrían servirnos para armar alguna lista con los Bradbury, los señor de los anillos, los Chitty Chitty Bang Bang, los Roald Dahl, etc. pero bastará sin duda con advertir una curiosidad: la diversidad de lecturas allí grabadas no se condice con las poco diversas maneras de entender la lectura de Harry Potter que han congestionado algunos medios, desde la aparición del primer libro de Rowling, el de la piedra filosofal (o mágica), del '97. Se diría que, cosa que se dice bastante frecuentemente, algunos libros hacen mal pero no a todos los lectores, al menos no a quienes formulan esos juicios, los que pueden leerlos sin demora pues han sido inmunizados. La mejor imagen (y las mejores consecuencias pues considero a Mitológicas un libro fabuloso) de ese ejercicio es el Roland Barthes que se sienta por semanas a leer basura y mirar lucha libre por televisión para después escribirse un libro sobre el consumo de masas. Tengo otra lista para mostrar sobre la distancia entre la letra muerta de los textos y las interpretaciones de las comunidades interpretativas: la lista de autores preferidos por algunos de los primeros legisladores del Partido Laborista inglés a principios del siglo XX (1906). La tabla pertenece a un libro que tengo a medio leer y que ya comentaré, de Jonathan Rose, The Intellectual Life of the British Working Classes.

Autores favoritos de los laboristas en el parlamento, 1906
Nombre Menciones
John Ruskin 17
Charles Dickens 16
The Bible 14
Thomas Carlyle 13
Henry George 12
Walter Scott 11
John Stuart Mill 10
William Shakespeare 9
Robert Burns 8
John Bunyan 8
Lord Tennyson 6
Giuseppe Mazzini 6
Charles Kingsley 5
T. B. Macaulay 5
James Russell Lowell 5
Sidney/Beatrice Webb 4
Adam Smith 4
William Cobbett 4
W. M. Thackeray 4
J. R. Green 4
Charles Darwin 4
Henry Drummond 4

los tres demonios

desde hace cierto tiempo, una vertiente de la historiografía académica viene intentando ofrecer una pátina de respetabilidad a la envejecida y mojigata “teoría de los dos demonios”. Hemos comentado, en un post anterior, las sinuosas opiniones de beatriz sarlo sobre el asunto, las que, despojadas de la hojarasca, simplemente significan que no se puede condenar exclusivamente la violencia estatal. Hubo otra violencia, que también merece condena. No es, desde luego, esa una opinión exclusiva de la intelectual nombrada. Otros siguen el mismo rumbo, aún cuando públicamente digan no compartir la famosa teoría antedicha. Así, en algún caso se señala (críticamente, claro) la “frívola” aceptación de la violencia por parte de la “sociedad”; en otro, se indican las vertientes autoritarias que anidaban en la “sociedad” –nuevamente. (Esta “sociedad” parece el chivo expiatorio preferido). Otro caso, en fin, argumenta acerca de la “indiscriminada” y de algún modo incontrolable violencia de la dictadura militar, enfrascada en propinar un “escarmiento inolvidable” a una fracción de las clases medias. Todas estas opiniones (que pueden encontrarse en los libros de romero, cavarozzi y halperin donghi) no están, en mi entendimiento, demasiado alejadas de la cruda denuncia de las elites violentas, de derecha e izquierda, encerradas en un arduo enfrentamiento ante la mirada absorta del resto de la población, tal como en su momento la expresara un diputado radical cuyo nombre se me ha olvidado.
la opinión, como dirían los viejos periodistas, es libre. Cualquiera puede opinar lo que le plazca. Con todo, uno esperaría que historiadores al menos intenten ofrecer hechos que prueben, o que acompañen, la interpretación ofrecida. Este no es el caso. ¿Frívola aceptación de la violencia? ¿Qué quiere decir esto? Sin duda, la violencia estatal de fines de los sesenta no tenía punto de comparación con la que vendría después. Extraña, sin embargo, que historiadores pretendan endilgarles a los actores de la época (para quienes la violencia de la “revolución argentina” se había tornado insoportable) su falta de intuición para lo que vendría luego. ¿Cómo podrían saberlo?
¿tendencias autoritarias? ¿Qué explicará tal cosa? Hasta donde llega mi conocimiento, la sociedad norteamericana anida “tendencias autoritarias” bastante más consistentes que la nuestra. Con todo, represiones salvajes como las vividas aquí no se han hecho presentes (o tal vez sí. Habría que preguntarles a los negros, antes de hacer afirmaciones excesivas).
¿castigos inolvidables? ¿A las clases medias? Linda teoría, pero ocurre que una parte sustancial de los desaparecidos eran trabajadores. Analícese, si no se confía en los datos de las madres de plaza de mayo, los ofrecidos en el nunca más.
Sabemos que la historia tiene notorias dificultades para ser considerada una “ciencia”. Esas dificultades inevitablemente se agigantan cuando se pretende recubrir con una pátina científica lo que no es más que ideología. Se ganaría algo, creo, en el debate que entiendo necesario sobre la violencia política de los setenta, que los argumentos ideológicos se presenten como lo que son.