Marx por Martí

“Un tal Carlos Marx amenaza a Europa con sus ideas incendiarias”. Así fue construyéndose la tardía fama del autor de El Capital en América latina por intermedio de las crónicas periodísticas que lo sindicaban como el líder de los comuneros franceses de 1871. Sin embargo, hasta que los exiliados de aquellas jornadas francesas no fueron arribando a América, fundamentalmente a Estados Unidos y Argentina, poco se supo de sus obras, de esas ideas incendiarias. Luego serían los exiliados alemanes que huían de las leyes antisocialistas del canciller Bismarck los encargados de discutir, y en menor medida difundir por el costo de la barrera idiomática, el ideario marxiano. Igualmente estos Alemanes cobraron algo de visibilidad recién a fines de los años ´80 del siglo XIX.
A la muerte de Marx en 1883, José Martí, un joven corresponsal del diario La Nación que vivía en Nueva York, publicó una columna describiendo un homenaje tributado a Marx en una asamblea obrera de aquella metrópoli:

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Ved esta gran sala. Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles, merece honor…Pero no hace bien el que señala el daño y arde en ansias temerosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blanco al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos hombres en provecho de otros. Ved esta sala; la preside, rodeado de hojas verdes, el retrato de aquel reformador ardiente, reunidor de hombres de diversos pueblos, y organizador incansable y pujante. La Internacional fue su obra: vienen a honrarlo hombres de todas las naciones. La multitud, que es de bravos braceros, cuya vista enternece y conforta, enseña más músculos que alhajas, y más caras honradas que paños sedosos (…) Karl Marx estudió los modos de enseñar al mundo sobre nuevas bases, y despertó a los dormidos, y les enseño el modo de echar a tierra los puntales rotos. Pero anduvo de prisa, y un tanto en la sombra, sin ver que no nacen viables, ni del seno de pueblos en la historia, ni de seno de mujer en el hogar (…) Y entre salvas y aplausos tronantes, y frenéticos hurras, pónese de pie, en unánime movimiento, la ardiente asamblea, en tanto que leen desde la plataforma en alemán y en inglés dos hombres de frente ancha y miradas de hoja de Toledo, las resoluciones de la junta magna acaba, en que Karl Marx es llamado el héroe más noble y el pensador más poderoso del mundo del trabajo. Suenan músicas; resuenan cantos; pero se nota que no son los de la paz.

De “Cartas de Martí. Honores a Karl Marx , que ha muerto” en La Nación, 13/5/1883, citado por Horacio Tarcus, Marx en Argentina. Sus primeros lectores obreros, intelectuales y científicos, Buenos Aires, 2007.

Según Tarcus, estamos frente al primer texto histórico- filosófico relevante sobre el marxismo en América Latina. Hay, no obstante el homenaje, algunas reservas que se trasuntan cuando Martí menta a Marx como aquel que “anduvo deprisa, y un tanto a la sombra.” Incluso su final en este sentido es desconcertante. Martí concluye: “suenan músicas, suenan cantos; pero se nota que no son de paz.” Las reservas de Martí en relación a la teoría social de Marx – según Raúl Fornet (José Martí y su crítica a la filosofía europea, 1995)- se refiere a la lucha de clases y están ligadas sin duda a su posición filosófica fuertemente influenciada por el krausismo. Partiendo de esta posición Martí se apoyó en la posibilidad del amor reconciliador y juzgó a la lucha de clases como un camino de dureza y odio, fatal para el desarrollo de las jóvenes repúblicas de América Latina.

polaroid kidd

Las fotos pueden apreciarse mejor en el sitio de Mike Brodie. Todas ellas son rights reserved.

7. brodie
Tiene veitipocos años. Usa una Polaroid SX-70 con película Time-Zero . La American Photo Magazine escribió sobre él una nota favorable. Habita en Polaroid Photography Collective. Muchos reportajes y comentarios en la web. No hay nada de interesante en este biografema.

6. Una cosa o la otra.
La deriva, el naufragio, el vagabundeo. El territorio, las fronteras. La disposición de los cuerpos. Son las primeras cosas en las que pienso cuando miro fotos de Brodie, The polaroid Kidd. La mugre es otra cosa.

Mike Brodie

Las uñas sucias, sobre todo, remiten a una zona de frontera en la que se nos presentan (como ausencias) las herramientas. Pero además dicen algo de la piel, esa otra frontera: la que puede ser vista como un órgano (de hecho, el más grande) y deducir de esa visión la impureza sobre la que giran las fotos de Brodie. O puede ser vista como un territorio (extenso e histórico), en el que se graban cosas. La mugre es un palimpsesto, y por ello una modulación más al momento de tocar una guitarra u hollar en cuerpos ansiosos. De esa otra visión, la sinestesia. Lo ominoso de las fotos de Brodie. El vagabundeo y las fronteras son fenómenos siniestros porque pueden hacer de los cuerpos y de los territorios una cosa o la otra.

Mike Brodie

1. El sueño americano
En el primer capítulo del primer tomo de sus memorias, Bob Dylan considera que aquello que lo distinguía de sus congéneres, del mundo que Dylan hace girar alrededor del café Wha? en sus Crónicas, era el repertorio de canciones. “Auténticas canciones folk, sin concesiones, con la base de un rasgueo incesante y estridente”. Mientras el resto se concentraba en tratar de conectar con el público, de Dylan brotaban Columbus Stockade y If I Lose, Let Me Lose. Hacia el final de ese capítulo, “Pulir la partitura”, dice Dylan que él venía “de muy lejos y de muy abajo” y que tenía la sensación de que el destino lo miraba a la cara.

Retengo ese rostro que el destino mira.

Más adelante, en el mismo libro, Dylan narra una conversación telefónica con su padre:

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Una vez llamé a casa para hablar con mis viejos, y mi padre se puso y preguntó dónde estaba. Le contesté que estaba en Nueva York, la capital del mundo. “Mirá cómo me río”, dijo. Pero yo no bromeaba. Nueva York era el imán, la fuerza que atraía los objetos, sin la cual todo se vendría abajo.

Retengo esa risa de padre y de pueblo, demoledora y agria.

Ese trío -del que contamos aquí apenas una anécdota- deja entrever una frontera. Una frontera hecha de miradas, de fulgores. Una primera impresión -errática, imprecisa, apresurada- nos intentará convencer de que se trata de una frontera territorial. De un interior, de un centro. Incluso podría apoyarse, esa lengua ligera, ese dictum imperioso, en las palabras del propio Dylan, de su profesión de fe, casi orteguiana, palito orteguiana. Pero esa idea no nos serviría ni para leer The Frontier in American History de F.J. Turner. Porque en el escathon dylaniano ya está escrito otro cierre de ciclo en la historia americana, y ese fin está grabado por la segunda posguerra y por la muerte de Woody Guthrie.

Mike Brodie

Dylan cree poder infectar New York con viejas canciones que un negro asesino tocaba con una guitarra de doce cuerdas, las que escuchó por radio en casa de una flaca en Hibbing. Trae para ello esa risa fatal de su padre. Tiene esa mirada de frontera: todo lo nuevo, en los pueblos, remite a algo conocido (como una lengua que a punto de morir van devorándose el mundo que la atenaza, nombrando las cosas inciertas como puede); pero el destino, el futuro, no mira al padre. Mira al hijo, que porta el envés de esa mirada: cierto desdén por la geografía, a menos que pueda cantarse aquí, no allí.

4. Miradas
Secreto en la montaña es una manera de volver a escribir Busco mi destino. Sólo que esos largos paneos de hippies en las montañas no tienen colectivos actuales donde reflejarse. Esas tentaciones de la era de la abundancia sólo pueden hallarse en las mazmorras de la sociedad americana, en los containers. Esa es otra frontera: no la territorial que pone la antisistematicidad fuera de las ciudades, sino la deliberativa, que descubre por medio de insights afectivos que la colectividad es un foco detectable, y el container es una estancia que se mueve. Asi que el viaje en tren vuelve a ponerse en otro sentido, vuelve a diversificarse en otros símbolos. Al final de su vida, uno de los personajes de Secreto en la montaña se guarda en una casa rodante. Sólo puede poner a andar su intimidad.

3. Miradas
Lawrence Levine escribió un texto sobre las fotografías que repararon en la crisis de los años treinta, especialmente sobre las que tomaron los fotógrafos de la FSA, con Roy Stryker a la cabeza. Ese texto se llama “El historiador y el ícono”. No sólo las fotos sino la vida misma está plagada de ambigüedades: contra las panorámicas de los campos de inmigrantes y las hoovervilles, las cifras crecientes de espectadores o el goce vicario de los que a capella le mostraban a Alan Lomax el runrún de sus pagos. Un mundo menos propenso a padecer, decía Levine, que lo que el ojo del fotógrafo estaba dispuesto a aceptar.

Lange

Entonces, Dorothea Lange haciendo una última parada entre refugiados, a punto de arrepentirse de hacerla, se encuentra con Florence Thompson, le hace unos cuantos tiros. Se va. Tal vez no hablan demasiado. A veces, la denuncia, como el estado, deben limar la heterogeneidad. Los archivos de la FSA no tenían peso por las almas que capturaron, sino por esa dimensión otra que produce la colección y el censo.
Pero las fotos de Brodie revelan mejor la distancia entre los parias de los años treinta y Lange o el propio Walker Evans (quién solía colgarse la cámara al cuello y gatillar sin ser percibido) que los dichos de Levine: ellas, cuando son retratos, nos reintegran esa familiaridad con la que Dylan pudo mirar Nueva York: no tengo modo de hablar de piedad o esperanza, parecen decirnos, porque esas cosas sólo crecen con la lejanía.

Mike Brodie

En las fotos de Brodie las taperas son arquitecturas conformadas por el azar y sus jinetes: legos de hallazgos y festejos. El sedimento de lo político, la rebarba de la doma del porvenir. En las fotos de los de la FSA, las taperas son los gargajos de una economía quebrada. Brodie, entonces, para discutir un poco la zona gris en la que políticamente Levine se pronunció. No para dar voz a los que no tienen voz, como reza ese grito estanciero, sino por que sí, por que es cercanía el otro nombre de la polaroid.

Mike Brodie

5. tabasco
Ahí está Patrick Reddy Heddy. Tiene en una mano una banana medio muerta y en la otra un frasco de una salsa. Dr. Frankestein hubiera hecho lo mismo con esa banana dudosa. Dr. Jeckill se la hubiera comido. Pero ninguna tendría esos ojos que Brodie halló en una mesa en una jungle temporaria y leve.

Mike Brodie

¿Patrick Reddy Heddy convida? ¿Expone? Los cuerpos en las fotos de Brodie no hacen lo que los cuerpos sociales acostumbran a hacer (a dividirse). Por afortunadas y recelosas causas, esos cuerpos están en síncopa con el ritmo vago de los vagones, con el ritmo cansino del silbido de Cambaceres, con un tempo que Brodie ha tratado de poner en las flexiones de los cuellos, las rodillas y los metatarsos. Solo Patrick, con esa mirada, puede tratar con el ícono picante del sueño americano. Pero nadie lo mira.

2. crotaje

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Absolute democracy reigns in the jungle. The color line has been drawn in some camps, but it is the general custom, and especially in the North, for Negroes, Mexicans, and whites to share the same jungle. The jungle is the melting pot of trampdom.

Poderosas analogías entre un modo de litigar y cada uno de los mil cortes imaginarios sobre el cuerpo de la nación. La línea de color, la maxon-dixon, la jungle. La cita es de Nels Anderson, de su clásico The Hobo; the Sociology of the Homeless Man (1923). Un universo cerrado, con reglas, con diversos tipos de outsiders. Una utopía científica en el laboratorio urbano.
Claudia Durst Johnson mapea territorios políticos. Losers of the American Dream, dice. Todd DePastino, fronteras técnicas: the wageworkers’ frontier. Marvin Harris, en el epílogo a There's No Place like Home (de Anna Lou Dehavenon), usa una metáfora satánica para hablar de los excluidos. Las gentes deben atravesar un puente y ese puente abre, randómicamente, una puerta en el piso y miles de personas se estrellan contra las rocas, allá abajo. No son las cualidades de los que caen las que cuentan, es la máquina. El sueño de Harry McClintock era una montaña (Big Rock Candy Mountain).
Las fotos de Brodie ponen ese lugar en los cuerpos. En los rituales del cuerpo. Escarificaciones, bijouterie, marcas delebles, pliegues experienciales que traman shelters, los sucedáneos orgánicos del cartón y la lata. Cyborgs que dialogan con Marvin Harris. Pero en las fotos de Brodie hay algo más: el testigo de esa conversación proteínica, esa charla de hambre, es un perro; siempre es un perro.

Mike Brodie

9. comodidad
No sería bueno hacer una comparación entre esa mujer en la-z-boy y algunos retratos de mujeres del XIX. Y todo es culpa de ese pie desnudo que arranca la intimidad del colchón-sillón y la sensualidad del corte bífido de la protagonista.

Mike Brodie

sobre revolución

Voy a retomar las reflexiones de Oscar Aelo en el post anterior. Sin duda, como el bien sostiene, el concepto de revolución ha perdido buena parte de la fuerza intrínseca que su sola mención contenía. Allá quedan los “anacrónicos puristas” que Aelo menciona; los “marxistas de derecha” sugiere Omar Acha en un provocativo post. Si bien perduró -lo suficientemente arraigada- hasta no hace mucho tiempo la idea leninista sobre el concepto, Aelo sumó un par de interesantes definiciones de raigambre latinoamericanista para seguir pensando el tópico, y acaso, para que sirvan de disparadores para reflexiones ulteriores.
Elías Palti (“Temporabilidad y refutabilidad de los conceptos políticos”, Revista Prismas Nº 9) reflexiona sobre la historia de los conceptos – desde sus aporías constitutivas-. Partiendo del apotegma de Nietzsche de que “sólo lo que no tiene historia es definible”, los sostenedores de dicha tesis aseguran que el sentido de los conceptos medulares del discurso político (revolución en este caso) nunca pueden fijarse de un modo definitivo. Desde esta perspectiva, ninguna teoría política podría afirmarse como superior o más verdadera que cualquier otra. Palti previene en el citado artículo sobre los riesgos (falacia metodológica dice él) que esta concepción tienen en sí: “Si los conceptos constitutivos del discurso político, y, por lo tanto, de la vida política, son efectivamente esencialmente refutables, entonces no podría haber lenguaje moral común o léxico cívico, y, por ende comunidad”. En última instancia, afirma, la tesis mencionada tiene consecuencias autoritarias. En caso de que surgieran desacuerdos respecto del sentido de conceptos tales como “poder”, “revolución”, “libertad”, “Justicia” el entendimiento mutuo se lograría por dos medios: “la conversión o la coerción.” Y es aquí donde Palti hace jugar la idea de “temporabilidad”, no negando la refutabilidad de los conceptos sino, más bien, cargándolos de sentido histórico; reconstruyéndolos desde sus aporías, en una compleja operación, que incluye desde la construcción de los contextos de debates de dichos conceptos hasta la indagación de los umbrales que determinan su historicidad. Es necesario estudiar, dice Palti, “cómo es que la temporalidad irrumpe eventualmente en el pensamiento político.”
Si entonces concluyéramos que la idea jacobino- leninista, por darle un nombre a esta formulación del concepto revolución, quedó perimida o fue cercenada del lenguaje político actual, debiéramos preguntarnos, siguiendo a Palti, si solamente fueron las crisis de los “socialismo reales” las que postraron la hegemonía del concepto; también si su primacía durante buena parte de los siglos XIX y XX no imposibilitó, y acaso imposibilita, el florecimiento de otras nociones sobre el concepto como la felizmente citada por Oscar Aelo. Cito algunas reflexiones más sobre la idea para seguir indagando o discutiendo:

El revolucionario no se revela contra los abusos, sino contra los usos.
José ortega y Gasset, El tema de nuestro tiempo.
Lo que necesitamos es la Revolución. Pero es absurdo creer que la Revolución la hacen los hombres que han heredado todos los vicios intelectuales y morales de la burguesía, hombres como los comunistas. La revolución será espiritual o no habrá revolución.
Waldo Frank, Nunca acabará el verano.

revolución

en las últimas décadas las reflexiones o discusiones acerca del controvertido concepto de “revolución” prácticamente han desaparecido del escenario público, inclusive del académico. Indudablemente, el colapso de los sistemas del socialismo real, en el marco de un fenomenal avance de la discursividad neoliberal, relegó a un oscuro rincón el análisis de la temática; hasta la propia palabra parece haber entrado en un estado de hibernación. Cabría indicar, como ejemplo, que el derrumbe de los regímenes comunistas fue interpretado, al calor de los acontecimientos, como una serie de “revoluciones democráticas”; concepto que, rápidamente, también ha pasado a mejor vida.
el desplome de los socialismos reales, o por lo menos de aquellos bajo influencia directa de la unión soviética, colocó severas dudas en torno al futuro probable de la revolución. En efecto, el despiadado retorno al capitalismo de regímenes que durante décadas se consideraron la plasmación práctica de la superación “necesaria” del sistema económico-social burgués, abrió gruesas hendiduras en las certezas que sostenían la praxis marxista; inclusive entre aquellas vertientes de ese pensamiento que no comulgaban con el comunismo soviético (exceptúo aquí aquellos para los que, al parecer, nada ha pasado, y siguen repitiendo como si tal cosa las palabras de lenin o trotsky). Entre esas dudas, la propia concepción del término “revolución” debió abrirse paso; aunque aún, hasta donde sé, no es eso lo que ha ocurrido. ¿Será posible seguir pensando la revolución como el resultado necesario de la contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción? ¿Tendrá alguna utilidad reiterar que las revoluciones ocurren “cuando los de abajo no quieren, y los de arriba no pueden” mantener el statu quo? ¿Cuál será, si es que existe alguna, la relación entre estructuras socio-económicas, grupos sociales y regímenes políticos que posibiliten una revolución? Pero antes de nada, ¿qué significará este término?
respuesta para esta última pregunta no tengo. Sin embargo, me gustaría compartir dos expresiones, vertidas por dos intelectuales latinoamericanos en contextos y momentos diferentes. Ellas no son “definiciones”. Pero a mí se me figura que pueden servir como disparadores de ulteriores reflexiones.
luis cabrera, un abogado mexicano, participante en la revolución iniciada en 1910 en aquél país, afirmó sin vacilaciones que

la revolución es la revolución

esta afirmación tiene un notable aire de familia con aquella otra del jacobino saint just: “la fuerza de las cosas nos lleva tal vez a resultados que no habíamos pensado”. cabrera, seguidor de madero y luego de carranza en la revolución mexicana, esto es, de las vertientes más moderadas e institucionalistas de tal proceso, parece compartir la misma óptica, o acaso, la misma comprobación, entre sorprendida y resignada, de la imposibilidad de mantener el curso de una revolución en los márgenes previamente concebidos por quienes se consideran sus iniciadores. Y me parece que este tipo de análisis nos abre la puerta hacia las modernas concepciones que insisten en el carácter radicalmente contingente de los procesos políticos.
la segunda expresión es debida al historiador, cientista social y ensayista boliviano rené zavaleta mercado. Para él,

la revolución es la fiesta de la plebe

no la violencia “necesaria” de los sometidos por injusticias permanentes; no la “necesaria” superación de tal o cual régimen social; no la toma del poder por una nueva clase; no la instauración de un nuevo sistema político. La fiesta; porque la fiesta, creo entender, es liberación. No es la dictadura del proletariado; no es la represión de los represores. Es la camaradería alegre; es, parafraseando a los quilapayún, un momento donde los hombres y las mujeres “se asignan el deber de la sonrisa”.
Independientemente del valor y el alcance que pueda asignársele a ambas expresiones, creo que el pensamiento sobre la revolución, si se quiere replantear, ganaría bastante si dejara de considerarla en términos de “necesidad” y “represión” y la entendiera en términos de “contingencia” y “liberación”.

el historiador y su oficio

E. P Thompson. Beyond the Frontier. The politics of a failed mission: Bulgaria 1944, Stanford University Press, 1997, 111 páginas.
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En 1985 E. P Thompson pretendía "volver a su oficio", el cual suponía haber abandonado por su militancia en el movimiento europeo antinuclear. Sin embargo ese abandono, o mejor dicho esta nueva militancia, nos dejó una tríada bibliográfica que ejemplifica la íntima relación entre el historiador y el polemista, entre el investigador y el ciudadano. Nos referimos a Zero Option, Star Wars y The Heavy Dancers.
Aún así, no cabe duda alguna, que Thompson pretendió durante los últimos años de su vida volver a ejercer su oficio de historiador. En tal sentido sostenía, como lo había dicho William Morris, que "la mejor forma de prolongar el resto de nuestros días, es terminar nuestras viejas cosas". Nuestro autor, de esta manera dio cuenta de sus propias "viejas cosas":

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Mi libro, escrito a medias, sobre William Blake; mi obra sobre los románticos en Inglaterra, en la década de 1790: el joven Wordsworth, el joven Coleridge, y la declaración y la derrota de la causa de los derechos de las mujeres; y también tengo un libro que espero hacer, acerca de un rincón perdido de los Balcanes durante la Segunda guerra Mundial.

Sin embargo sólo una, de esas deudas pendientes con la Historia, pudo ser saldada por el propio E. P Thompson. Dos años después de que apareciese Customs in Common, se editó el libro sobre William Blake titulado Witness against the Beast, precisamente en 1993, año de su fallecimiento. De esta forma parecía que deberíamos resignarnos a ver concluida la obra de uno de los mejores historiadores de la segunda mitad del siglo XX, que pretendió en sus últimos días no sólo "volver a su oficio", sino replantear un nuevo paradigma dentro de la Historia social que fuera superador del marxismo, desde el mismo marxismo pero abarcando una tradición radical mucho más amplia.
No obstante, así como parte de la obra inconclusa de Marx fuera revisada y editada por Engels luego de su muerte; las deudas pendientes de E. P Thompson han sido saldadas gracias al trabajo de Dorothy Thompson; la cual ha recopilado y editado los dos últimos proyectos de su marido. El estudio sobre los románticos en la Inglaterra de 1790, fue editado en 1997 con el titulo The Romantics. England in a Revolutionary Age; mientras que el proyecto acerca de "un rincón perdido de los Balcanes en la Segunda Guerra Mundial" dio origen al libro que pretendemos reseñar: Beyond the Frontier. The politics of a failed mission: Bulgaria 1944.
El mismo constituye no sólo una deuda con la Historia para E. P Thompson, sino más bien una deuda consigo mismo como miembro de una generación intelectual. Proyectado al calor del movimiento europeo antinuclear, el autor pretendió a través de este trabajo demostrar nuevamente el juego nefasto de la Guerra Fría y sus consecuencias para Europa. En tal sentido Beyond the Frontier…, pareciera responder afirmativamente a la vieja pregunta de Jürgen Habermas ¿ Puede aprehenderse en general de la Historia?
Estrictamente este libro póstumo de E. P Thompson, fue elaborado a partir de una serie de tres conferencias realizadas en la Universidad de Stanford en 1981; referidas todas ellas a una serie de eventos que en el marco de la Historia de la Segunda Guerra Mundial pueden ser considerados triviales o inclusive, según el propio autor, "una mera nota al pie de página" (P 14.).
A principios de 1944 una misión británica del SOE (Special Operations Executive) ingresó clandestinamente a Serbia para hacer contacto con un grupo de partisanos búlgaros que operaban en el área; y posteriormente asistirlo para desarrollar la guerra de guerrilla más allá de la frontera, dentro de la misma Bulgaria. Esta misión estuvo comandada en un inicio por el Mayor Mostyn Davies, quien tras su caída en combate, fuera reemplazado por el Capitán Frank Thompson; el cual finalmente a mediados de mayo dirigió a los partisanos hacia territorio búlgaro. Sin embargo las condiciones para la actuación de los partisanos eran muy diferentes a las que imperaban en el territorio yugoslavo; lo cual facilitó que para mediados de mayo la mayoría del grupo fuera capturado. Posteriormente, luego de un juicio público en la aldea de Litakovo, los partisanos y los miembros de la misión británica, incluyendo a su capitán, fueron finalmente ejecutados a mediados de junio.
Ahora bien, la coincidencia en los apellidos no es casual, Frank Thompson era el hermano mayor de nuestro autor, el cual por esa misma época se preparaba para participar en la batalla de Monte Casino. No obstante, esta narración no obedece a motivos familiares; sino más bien a un interés histórico genuino. Para E. P Thompson la vida de su hermano "ilustra las cualidades que muchos jóvenes mostraron en aquellos años, además de evidenciar la experiencia de los años de guerra y su tratamiento por políticos e historiadores en los siguientes cincuenta años" (P. 11)
De esta manera, Beyond the Frontier, se encuadra en la estructura narrativa clásica de E. P Thompson. Como lo hiciera con los románticos ingleses, nuestro autor pretende a partir del análisis del sujeto individual dar cuenta de toda una generación histórica. Respaldado por una serie de documentos oficiales, cartas y principalmente a través de la historia oral, el autor reconstruye y problematiza los acontecimientos a partir de tres niveles de análisis: la experiencia biográfica, la coyuntura política específica, y la "invención historiográfica" posterior.
La vida de Frank Thompson cobra relevancia en tanto muestra de una experiencia generacional mucho más amplia, la cual tiene como eje vertebrador la Guerra Civil Española y su espíritu antifascista. Como se muestra a lo largo del libro, el actor principal de este drama, constituye un ejemplo claro de la generación de intelectuales universitarios de los años 30′, que desarrollaron como valores morales la solidaridad política, el internacionalismo y el desarrollo de un pensamiento marxista, que en pleno apogeo del Stalinismo, estaba desarrollando cierto grado de heterodoxia teórica. A su vez, como en el caso de Frank Thompson, estos intelectuales tuvieron cierta relación con el Partido Comunista Británico, pero lo mismo no implicó en ellos una disciplina partidaria. Estos intelectuales, representaran las primeras herejías en la evolución del pensamiento de izquierda, las cuales se harán patentes en la intelectualidad inglesa de izquierda en los años de posguerra.
Por otro parte, los avatares de la misión del SOE, permiten a E. P Thompson dar muestra cabal de la perversidad del poder en una situación de guerra. Principalmente a través de documentos oficiales y bibliografía especializada demuestra cómo los intereses de Londres y Moscú, limitaron la posibilidad de éxito de los partisanos búlgaros.
Los soviéticos por su lado, resolvieron no apoyar el desarrollo de un movimiento de resistencia armada en Bulgaria, ya que el Partido Comunista dirigido desde el exilio por Dimitrov, no era capaz de articular un movimiento como el yugoslavo. Fue preferible esperar la rendición de los búlgaros a instigar una revolución popular, en la cual la obediencia a la URSS no estaba garantizada, además de ser apoyada por misiones militares de los aliados occidentales.
Asimismo los británicos abandonaron el apoyo táctico a la misión del SOE, luego de llegar a la conclusión de que los soviéticos pretendían anexar los países del sudeste europeo. En tal sentido el gobierno de Churchill había decidido concertar una alianza secreta con el gobierno búlgaro en contra de los partisanos, los cuales en todo caso hubieran facilitado la conquista soviética.
Por lo tanto existieron fuerte razones de Estado, tanto para los soviéticos como para los británicos, por las cuales "tanto los partisanos como la misión británica eran descartables" (P. 97). Evidentemente la coyuntura política de mediados de 1944, la cual ya anunciaba el conflicto entre Oriente y Occidente, facilitó el fin trágico del grupo de Frank Thompson.
En última instancia, abarcando un tercer nivel de análisis, E. P Thompson nos demuestra que, a pesar de la militancia antinuclear, el oficio del historiador se mantuvo intacto. En lucha con los "anti – historiadores" nuestro autor evidencia cuál es la función principal de la labor histórica.
Las interpretaciones pseudo históricas de los acontecimientos de Litakovo fueron usadas políticamente tanto por los búlgaros como por los británicos. Los últimos construyeron una versión monolítica de los hechos, acusando de traición a los partisanos y de espía soviético a Frank Thompson, la cual no varió en cincuenta años. Por otra parte, los búlgaros re inventaron los acontecimientos históricos a través de la elaboración de "mitos retrospectivos" en consonancia con los cambios políticos de su país (P. 37). De esta manera el grupo de ingleses y partisanos que dirigido Frank Thompson, fue considerado entre 1945 y 1948 como una escuadra de héroes nacionales. A partir de 1949 con la caída en desgracia de la vieja cúpula partisana del PCB, acusada de titoísta y desplazada por el sector pro soviético, los partisanos fueron considerados "agentes del imperialismo occidental". Un tercer cambio de la "Historia" se produjo durante la era Krushchev, en la cual luego de una nueva lucha interna por el poder dentro del Partido se produjo una rehabilitación de los ya épicos partisanos.
De esta forma, E. P Thompson ejemplifica cómo las anécdotas históricas, los mitos originarios e inclusive ciertos discursos historiográficos pueden ser simples artefactos de ciertas ideologías, y como las "razones de Estado están eternamente en guerra con el conocimiento histórico" (P. 105). Precisamente en ello creemos que reside la riqueza de este viejo trabajo, en una época en donde las modas "posmodernas" parecieran estar imponiéndose entre las distintas escuelas historiográficas, este trabajo podría recordarnos, así como lo hiciera Eric Hobsbawm, cuál es una de las obligaciones profesionales en el oficio del historiador: la deconstrucción de mitos sociales o políticos disfrazados de Historia.
Beyond the Frontier… constituye de esta manera, no sólo la obra póstuma de un marxista británico, sino más bien el legado de un militante radical cuyo oficio, el de historiador, pretendió ejercer respetando los más altos cánones de la modernidad. Sin embargo, cabe preguntarnos, si la reconstrucción de los valores de la juventud antifascista de los años 30′, su moral internacionalista, su lucha durante la Segunda Guerra Mundial, no obedece a un impulso frente a la apatía de los años 80′. Es claro que no podemos responder a este interrogante, aún así, si algo resulta evidente en este libro, es su función pedagógica. E. P Thompson pretende arrancar a la Historia una simple enseñanza; no importa el contexto internacional, la destrucción que impere, siempre quedará, cómo aconteció hace cincuenta años, un espacio para la resistencia.

vencedores vencidos

María Estela Spinelli. Los vencedores vencidos. El antiperonismo y la “revolución libertadora”, Biblos, Buenos Aires, 2005, 345 páginas.
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La literatura referida a la experiencia antiperonista durante la revolución libertadora es a la vez amplia y parcial. Amplia porque la problemática ha sido abordada desde múltiples enfoques, fundamentalmente en el espectro de las historias partidarias y en los relatos individuales de alguno de sus muchos protagonistas, ya sean civiles o militares, ya sea a favor o en contra de la coalición golpista. Concomitantemente parcial, porque la mayoría de los estudios académicos analiza solo alguna de las fracciones o actores que se constituyen dentro del bloque antiperonista.
María Estela Spinelli analiza en su libro la experiencia política de los dirigentes, partidos y gobiernos antiperonistas durante la revolución libertadora, explorando para ello en sus ideales, expectativas y proyectos, como también en sus fracasos, prejuicios y frustraciones, a partir de un registro temporal deliberadamente estrecho (1955-58) aunque apoyado en una mirada retrospectiva al propio objeto de estudio. Cruzando transversalmente el recorrido histórico, plantea también el debate sobre las dos nociones de democracia que serán esgrimidas como posibles salidas de cara al futuro durante aquellos convulsionados años.
El sugerente título Los vencedores vencidos… abona inmediatamente el diálogo crítico que sostiene la autora: “Bien pronto militares y políticos antiperonistas entablaron una confrontación para adueñarse de espacios, recursos y electorado, que a la postre condujo al desprestigio y la frustración del gobierno y de la revolución misma” (p.11)
El libro se divide en tres partes: En la primera denominada La revolución libertadora: expectativas y fracasos relata los entretelones de la sublevación antiperonista reconstruyendo las alternativas de lucha previas al golpe cívico-militar entre peronistas y antiperonistas. La mencionada reconstrucción, parte desde la conformación de la Unión democrática (UCR, Partido demócrata Progresista, Partido Socialista y el Partido Comunista). También repasa en el primer apartado los diferentes grupos de opinión, intelectuales y dirigentes que en el transcurso de los gobiernos peronistas comienzan a sumarse a la oposición siendo luego parte de la conspiración golpista.
Spinelli indaga a los grupos ligados a la iglesia católica, fuertemente reactivos al gobierno peronista. Estas fracciones aparecen como un foco aglutinante entre los antiperonistas durante la antesala de la revolución libertadora.
Resalta la autora en esta primera parte, los diferentes intentos fallidos de sublevación antiperonista (el primero encabezado por el general Benjamín Menéndez en septiembre de 1951); también las luchas callejeras entre los oponentes y el intento de asesinato de Perón a partir del accionar de la aviación naval; además de las reacciones diversas que generó el fallido acontecimiento magnicida.
Sostiene que la revolución está caracterizada por “un largo y accidentado período gestación” (p.21) En síntesis, interroga ¿Cuándo y bajo qué condiciones el antiperonismo estuvo maduro para triunfar?
Las dos experiencias ejecutivas que componen la etapa de transición revolucionaria aparecen analizadas en el libro con detalle.
La gestión de Eduardo Lonardi, la primera de la transición revolucionaria, ocupará un lugar singular el la evaluación de Spinelli por tratarse de un intento conciliador interrumpido. Algunos actores políticos de la época consideraron a Lonardi “el impulsor de un proyecto nacionalista que pretendió crear un peronismo sin Perón”. Sostiene la autora que la política de Lonardi se caracteriza por el intento de llevar adelante el lema “pacificación-desperonización” a partir de la pretendida colocación de su gobierno por encima de los bandos en conflicto.
La desperonización en tanto, es leit motiv de buena parte del amplio espectro que formaba la coalición triunfante en función, para algunos, de construir una nueva “república restrictiva”.
Spinelli muestra que el fracaso del gobierno de Lonardi radicó “En la imposibilidad de compatibilizar el objetivo de pacificación con las ambiciones desperonizadoras de importantes sectores civiles y militares” (p.63)
La gestión Aramburu-Rojas es contemplada por la autora como el momento de agudización en el conflicto peronismo-antiperonismo “El plan de acción del gobierno en esta nueva etapa se funda en una noción mucha más homogénea de lo que había sido el peronismo en la historia política Argentina, la manifestación vernácula del nazi-fascismo”(p.74).
Pone el acento en el interrogante que para los actores epocales significará la sublevación peronista abortada, y el castigo ejemplificador que suponen los deleznables fusilamientos posteriores.
Durante la segunda gestión revolucionaria queda claramente expuesta la intención de reconstruir un nuevo orden político sin el peronismo. La autora remarca el protagonismo que pretenden adquirir los partidos en esta etapa, además de los posicionamientos frente a este nuevo gobierno de transición, y la necesidad de una salida en el marco de las instituciones.
La segunda parte del libro Los partidos antiperonistas describe las tres diferentes fracciones del arco político que analíticamente forman la coalición triunfante en 1955.
La primera vertiente, el “antiperonismo radicalizado” descrito como “liberal y revanchista” según la visión recogida de sus críticos contemporáneos; está constituido por socialistas, demócratas progresistas, demócratas cristianos y algunos conservadores. Este grupo fue denominado al calor de los acontecimientos como “la revancha de las clases ilustradas sobre la plebe peronista”.
El revanchismo estuvo hegemonizado en el terreno de las ideas por las posiciones reformistas socialista y demócrata progresista. Su ideario tenía el objetivo de constituir “un reaseguro contra la dictadura de las mayorías” centrando su acción propagandística en su actuación en la Junta Consultiva Nacional. Desde el papel que los antiperonistas radicalizados desempeñaron dentro de este órgano, Spinelli seguirá gran parte de la trayectoria e ideas de la fracción política en cuestión.
El segundo grupo es identificado por Spinelli como “antiperonismo optimista”, allí describe a su principal componente, la UCR del Pueblo, que ofició de aliada y colaboradora del gobierno del general Aramburu.
Los optimistas serán los impulsores de la reforma constitucional de 1957 poniendo límites, rastreados por la autora, a las aspiraciones del antiperonismo radicalizado. Esta fracción aparece como creyente de la justicia social en democracia; es decir, abonan la teoría del engaño considerando que desaparecido el peronismo el electorado podría ser captado por los partidos verdaderamente democráticos.
Los “antiperonistas tolerantes” forman la tercera de las fracciones. Entendidos por Spinelli como los que construyeron una alternativa política al segundo gobierno de la revolución libertadora, el rasgo base de los tolerantes será aceptar la legitimidad y existencia de la identidad peronista.
Hace coincidir dentro de éste frente a radicales intransigentes, comunistas y también partidos nacionalistas (Unión Federal, Azul y Blanco) que aceptan en dar curso a la candidatura de Arturo Frondizi y Alejandro Gómez a las elecciones presidenciales de 1958.
Repasa y analiza la autora las ideas y proyectos del grupo frondizista en el marco de la Convención Constituyente de 1957, sin perder de vista los importantes intelectuales que acompañaron y fundamentaron estas propuestas. El frente nacional como también a sido considerado, desnuda la temprana vocación de los intransigentes por constituirse en opción electoral, acompañados de las particulares tomas de posición de sus compañeros de ruta, los comunistas.
La última parte, Por qué los vencedores fueron vencidos, focaliza en la búsqueda de respuestas al interrogante que titula el apartado, y a mayor escala el móvil de la pesquisa.
La autora va a analizar las propuestas antagónicas y las coincidencias que existen entre las tres tendencias antiperonistas descritas durante en la segunda parte, y que abarca temporalmente el último tramo del segundo gobierno provisional.
Las disputas respecto al nuevo orden político que debía instituirse, así como las diferentes imágenes que se construyeron del fenómeno peronista, ganan la escena en el tiempo transcurrido entre la elección de constituyentes y las elecciones de 1958 que consagrará la fórmula de la UCR intransigente.
Spinelli encuentra las claves del fracaso de la revolución libertadora, en los antagonismos ideológicos y los posicionamientos coyunturales que se dan entre los diferentes grupos políticos antiperonistas. El rasgo unitario que encuentra desde inaugurada la revolución, es que a partir de diferentes proyectos todo el antiperonismo pretendía una salida democrática.
La fuerza electoral del proscrito, se entendió tempranamente por algunos como un problema de difícil solución; extirpar bajo atisbos de legalidad y dosis coercitivas casi una década de historia social y política Argentina se presentaría casi como un camino sin retorno en las décadas subsiguientes.