Sontag, Fenton y Morris

Errol Morris publicó un extenso trabajo en el NYT (en tres partes, una, dos, tres) en el que a partir de lo escrito por Sontag sobre dos fotografías de Fenton en el Valle de las sombras de la muerte (en una no hay balas de cañon en el camino; en la otra sí), el autor se pregunta cómo es posible pensar que la secuencia de las dos fotos es primero SIN y luego CON balas de cañon. Para ello consulta a especialistas en Fenton, viaje al valle, trata con expertos en imágenes, luz, etc. Además del texto, hay cerca de mil comentarios. (Lo dijo Cliopatria.)

Fenton

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kristina

Sólo una curiosidad. Un dato menor en medio de procesos más destacados o destacables.
Se trata de una serie inventada, en todo caso; de correlaciones espurias puestas al servicio de una curiosidad.
Varias voces hicieron circular sus impresiones del acto electoral. Desde antes del cierre de los comicios podían escucharse o leerse tales testimonios. No es algo excepcional, pero en esta ocasión el registro molar subrayó la anomalía, la incorrección. Llamémosle a esos relatos etnografías de la intemperancia, en la media lengua de la corrección; y citemos sólo dos para no caer prisioneros de ese idioma sibilante y melindroso.

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Todo el día de ayer fue un bochorno, una cachetada, una basura, una mentira, una porquería, estuve de fiscal y recorrí todo Malvinas Argentinas y no había escuelas donde no hubiera colectivos estacionados a dos cuadras, para el voto cadena, grupo de matones copando las escuelas en donde los gendarmes, apenas dos por escuela y muy niños, de apenas escasos 19 años, no podían contener a los mafiosos gordos del conurbano. Daba miedo, había escuelas donde cuando todavía eran las seis de la tarde y miles de personas esperando para votar, ya adentro cantaban “viva perón, viva perón”, tuve que hacerlos callar y los más de los 50 matones gordos típicos del conurbano se me vinieron encima y cuando le imploré al gendarme que pusiera orden este me amenazó, a lo cual yo a mi vez le dije que lo iba a denunciar, 60 matones bien gordos de tanto asado y vino, con sus panzas como ametralladoras relucientes y amenazantes se me venían encima a mi, una mina de escasos 55 kilos. Esa es la democracia argentina, la panza salida de los matones peronistas.

Hace muy bien Mariano, de El Buen Salvaje, en llamar a esta intensa narración El Matadero 2.0, porque como dice Jorge Y. de la G. en los comments, esa intensidad está en línea con la filigrana de la violencia política que fueron dibujando la refalosa y el matadero, la fiesta del monstruo, el fiord, y otros. (nota: ese texto fue citado en La Barbarie, y, al parecer, escrito como comentario en La Nación. No pude rastrearlo, pero no estaría mal intentarlo.) Me salgo de la vaina por continuar este hilo, pero es un trabajo que puede hacer bien Josefina Ludmer.
El otro texto apareció en Nación Apache, y lo firma Jorge Mayer. En él se narran las peripecias de un hombre que va a votar (uno más bien atento al lado fútil del comicio; más desganado que melancólico; más dominguero que shakespeareano) y que, en el momento de hacerlo, no halla boletas de su candidato favorito.

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Esta vez, precavido, no cierro del todo la puerta [del cuarto oscuro]. Miro las boletas. No está la que busco. Ahora me indigno. Me dan ganas de salir y gritarle a todo el mundo que no hay boletas de mi candidato. Es evidente que nadie va a llevarme el apunte. Si mi candidato tuviera un mísero fiscal, hubiera dejado su boleta. Pero no hay tal. Estoy apurado. No me gustan los escándalos. Me suben los calores en el rostro. Tengo el saco lleno de pelos rubios de gato. Tal vez me estén mirando. Me miran. Lo siento en la espalda. No me decido entre otros dos candidatos. No quiero votar en blanco. No quiero quejarme de que faltan boletas. No quiero estar un segundo más allí dentro. Sospecho que, al verme ir de pupitre en pupitre, el tipo que me está mirando dirá:
-Frío…. Frío… Cuidadito con lo que hacés.
Agarro cualquier boleta, menos ésa, la doblo en dos y la echo al sobre.
Estoy nervioso. Me tiembla la mano. El sobre se resiste a entrar en la boca de la urna. Imposto un saludo amable y ostensible para los garantes de la transparencia del acto electoral. Doy media vuelta y busco la puerta. Mastico rabia. Dos meses pensando a quien votar y vengo a tomar la decisión en el cuarto oscuro, por descarte, en menos de diez segundos.

Estas etnografías de la intemperancia denuncian -justamente como manda la Real Academia-, la incapacidad nativa de “moderar los apetitos y el uso excesivo de los sentidos, sujetándolos a la razón”. Y se trata de elementos que pueden ligarse a otros relatos, menos intimistas acaso, y que convierten a los primeros en testimonios ciertos de un complot, o alegatos que desde el fondo de la sensibilidad horadan las formas aciagas del poder. Esas otras narraciones no son etnografías, llamemosle gulagadas, en celebración del ejercicio solyenitsiano. Citemos sólo una para no abusar de esa entrelengua, ese alto-rumor paranoide y bífido:

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Periodista: -Pero, perdió la elección…
Elisa Carrió: -Debemos ser la fuerza de rescate de nuestros hermanos pobres aprisionados en la pobreza y la cárcel del clientelismo. A veces se gana perdiendo, y otros pueden perder ganando.
Periodista: -Ganó sólo en las grandes ciudades…
Elisa Carrió: -[Cortante] En el conurbano no es así. En La Matanza sacamos el 20 por ciento de los votos, y gracias a que se organizó el saqueo no llegamos al 30%. Era una elección competitiva en el conurbano bonaerense, algo que ellos no podían aceptar.
Periodista: -¿Dice que hubo fraude?
Elisa Carrió: -[Piensa] Influyó directamente en que no hubiera ballottage. Hubo tres puntos robados en el conurbano, sin dudas.

La misma dirigente expresó por distintos medios la naturaleza del voto de las ciudades (libre), atizando el fuego de los problemas de hoy con un viejo manual de Germani.
Así, una serie que desde las representaciones forjadas en los hornos kirchneristas no tenía modo de devenir “ideológica”, por el cruce de la media lengua batiente del kyplinguismo local, la media lengua asediada del hombre tomado, y la republicana lengua de la líder de la oposición, ahora, esa serie, descansa en una polarización que pone a Kristina al mando de “la panza salida de los matones peronistas” y como custodia del voto de los nativos. Artemio López ha intentado un hachazo sobre estas patrañas, pero habría que experimentar nuevas series hasta entender cuál será la fortuna de la imaginación política en este próximo tiempo.

coda: Si esa serie debe consolidarse, lo mejor será abandonar El matadero y recitar de Ascasubi, Isidora, la federala y mazorquera:


Sabrán que esta moza al fin,
no es porteña, es arroyera,
pitadora y guitarrera
y cantora del Tin tin.

Que vino de la otra banda
junto con los invasores,
y que sabe hacer primores
por todas partes donde anda;

somos todos

cuando quería, el general perón podía ser gracioso. En una reunión con una delegación sindical, durante sus primeras presidencias, don juan domingo les contó un chiste que, en esencia, era como sigue:

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un observador extranjero intentaba saber cuales eran las preferencias políticas de la población argentina. Para eso, entró en contacto con un informante local:
-y bien, dígame, ¿con que partidos se identifican los argentinos?
- y, mire, es más o menos así: tenemos un 40% de radicales, un 30% de conservadores, un 20% de socialistas y un 10% de comunistas.
el observador, un tanto sobresaltado, repreguntó:
-¿pero cómo? ¿y los peronistas?
-ah, no, peronistas somos todos.

no tengo la intención, en esta oportunidad, de analizar el trasfondo del cuentito; el lector percibirá, sin embargo, que en él se trasluce una cierta visión del general en relación a la “naturaleza” del peronismo, entendido como la doctrina nacional (y no la ideología de una parcialidad política).
el chiste viene a colación porque estaba observando las candidaturas presidenciales que se enfrentarán el próximo domingo. ¿y que se ve? Que tenemos, por una parte, a cristina, que es peronista; por otra, a lavagna, que es peronista; más allá, al alberto, que es peronista; más acá, a lilita que, singularmente, es “peronista republicana”; por acullá, al pino, que es peronista.
Así, finalmente el chiste del general se ha hecho realidad: peronistas, dirían estos candidatos, somos todos.