un festejo local

El uso de las herramientas vinculadas a la web (o a internet en general) permitió que los mundos locales inscribieran algunas de sus cosas en zonas virtuales (y leyera otras, crítica o acríticamente). (Pensaba en eso a raíz de un post particularmente notable que fue construyéndose lentamente aquí en este blog.) Un ejemplo de esas apariciones lo informan los registros de locos de pueblo que circulan por internet (nadie escribe, sin embargo, del mudito de monje). Ese personaje-llave que aparece en películas (Cinema Paradiso, por ejemplo) o en relatos ("El coco" de Arturo Carrera es un relato que si bien aparece en la sección crónicas del tomo 3 de Historia de la vida privada en la Argentina, puede ser leído como una narración de implacable antropología) surge ahora en youtube, en blogs cuasi íntimos o en reconocidos, en fotologs, etc. Incluso he leído por ahí la noticia sin confirmar que en Colombia ya no se los podrá llamar así, y que su caracterización patológica quedará en manos de notarios. En fin, son voces desperdigadas que "corrigen" el curso avasallante de los trends y los rankings. Algo de eso encuentro también en ese post notable al que hice referencia en un paréntesis de más arriba. El post sobre Tarragó Ros.
Durante meses, los comentarios al post que presenta un tema interpretado por Tarragó Ros fueron invirtiendo el sentido de la estructura del post: el texto que dio origen a esos comentarios si alguna vez tuvo sentido rápidamente se hizo innecesario, incluso algo torpe. Los comentarios, al contrario, fueron llamando a otros, actuaron como marcas territoriales en un mapa ajeno o casi ajeno: búsquedas de google, recuerdos, jerga, mayúsculas: las herramientas de un homenaje que no deja de asombrarme.
No sé bien qué hacer con esos comentarios y me gustaría que fueran agregándose otros. Son anécdotas, en su mayoría, momentos en la vida de Tarragó, en la vida del artista (pero hay que ver si con ese hombre la división arte/vida podía interpretarse del mismo modo que con otras trayectorias) y cuentan sobre un modo específico de uso del blog en particular, y de la red en general. Dejé un mensaje en el sitio de Antonio Tarragó Ros con la intención de que conozca más opiniones sobre su padre y que lea esos juegos de memoria aldeana, pero me temo que mi mensaje no le ha llegado. Como sea, esas historias de Tarragó son increíbles y a los nostálgicos nos emocionan. Un día, sin embargo, deberemos escribir sobre la melancolía no en el sentido que la considera como un deseo del pasado, sino teniendo presente aquel temperamento sanguíneo, bilioso, del que hablaba Walter Benjamin y que le cabía tanto a un rey inglés como al capitán que dio caza a la ballena blanca. Un día vamos a tener que, además de usar la técnica, hablarle directamente a la lengua para probar desbocarla.
Un saludo especial para esos comentaristas: un tema muy conocido del rey .

blogs otra vez

Después de unas breves polémicas que tuvieron como centro los textos de Birmajer y González sobre los blogs -ambos artículos publicados en el suplemento Ñ de Clarín-, dos cuestiones puedo sumar a una larga lista de asuntos ligados a los blogs que tengo pendiente de revisión. Por un lado el tema de la escritura: muchos de los argumentos vertidos como respuesta al texto de Horacio González se detuvieron en su modo de escribir (lo ha dicho mejor Artemio López de Ramble Tamble en un comentario a un post de La Barbarie: HG es nuestro Góngora). Sólo una duda (además de una certeza: me gusta leer los escritos de HG, él escribe con precisión lo que otros escribimos confusamente): ¿no se esgrime un canon de dudosa armadura cuando se cuestiona el uso de ciertas palabras o giros en reemplazo de otros más llanos o accesibles? ¿No nos pone a todos frente a esa razón móvil, la que una vez pone el límite allí y otra más acá y otra aún más, etc.? ¿Cómo puede ser dicho ese cuestionamiento a la "prosa alambicada" sin hacer uso de un criterio de autoridad? En fin, esa es una. La otra es más interesante, creo. Tiene que ver con el post de Julián Gallo en Mirá, acerca de la respuesta de Quintín en el diario Perfil. Gallo dice en su post que Quintín "pone las cosas en su lugar", a diferencia de otras respuestas "tan desacertadas como los propios textos que se critican". Me llevo un chasco: el artículo de Quintín no es un texto muy sesudo (tiene otros textos sobre blogs y sobre otros temas más densos, más elaborados) y me molesto un poco: ¿a quiénes ubica Julián Gallo bajo el marbete de las respuestas equivocadas? (Además: Quintín en su texto parece decir lo contrario, parece indicar que desde los blogs hubo respuestas rápidas y consistentes). Me preocupa el siguiente asunto: que uno de los mejores blogs de habla hispana -me refiero a Mirá-, desde el que se mapea permanentemente la web para mostrarnos pequeñas maravillas, flaquee en el ejercicio de revisar intensamente los blogs en el tema tratado aquí; y en lugar de abrir el juego, se detenga en un texto que más bien antologa argumentos expuestos en muchos otros medios. Se sabe mucho sobre el poder concentrador de los blogs mejor rankeados (los ganadores se llevan todo) después de los argumentos de Barabási, pero debe ser discutida la práctica de citar sin precisión y con centro en un texto breve de un diario casi tan concentrador sobre un tema tan propio de las comunidades desconsideradas en el texto de HG y en el de Birmajer: bien puede ser que dicha práctica sea resultado de cuestiones ligadas al tiempo y a la organización de un blog muy activo, pero aún así es un problema que afecta al sentido mismo de las argumentaciones contra esos dos brulotes anti-blogs.

blogs y culturas; calefones y plomeros

Cuatro notas en el último número del suplemento Ñ de Clarín comparten tres tópicos muy vistos ya: literatura, nuevas tecnologías de la comunicación (dos sobre blogs, una sobre archivos digitales y audiobooks y una más sobre la "sociedad del conocimiento") y mercado.
Horacio González en "El blog no tiene futuro" escribe sobre blogs (claro). ¿Qué le opone González a la práctica bloguera que "crea habitáculos para el yo cortajeado por sus nuevos fonemas balbuceantes", qué argumenta González como alternativa a la "época en que terminó de instalarse la disolución del perfil autoral y la responsabilidad del multi-secular sujeto escribiente"? Una era posblog, "una reconstrucción de la lengua democrática popular"; "la escritura pública (sobre todo el periodismo) refrescando como de costumbre sus fuentes en la infinita conversación humana, pero levantando las nuevas articulaciones entre la objetividad del texto –lo que incluye la responsabilidad de los autores– y el comentario de opinión o glosa, que sigue como estela al navío, necesario coletazo que no se confunde con él".
Es probable que HG deba mejorar sus remanidas consideraciones sobre los comentarios, el anonimato y las parafernalias sintácticas de los bloggers. Pero es seguro que él parte de una idea de la carta de lectores por demás de idealista. Si HG va a cuestionar el comment a partir del ejercicio ilustre de la carta de lectores, más le convendría leer a David Paul Nord ("Reading the Newspaper: Strategies and Politics of Reader Response, Chicago, 1912-1917″). Revisar esa idea tan blanda de la cosa pública, del compromiso con la letra, etc. Nord estudia un cuerpo de cartas de lectores a principios del siglo XX (otra vez: a principios del siglo XX) dirigidas a los editores del Chicago Herald y el Chicago Tribune y observa que quienes escriben participan de ese circuito que HG imagina sin mácula pertecenen a comunidades interpretativas ligadas a partidos políticos (digamos así, la sección carta de lectores no fue nunca una escuela para la formación de las almas).
El párrafo final en la nota de HG es revelador: ¿el blog tiene "el mediocre papel de convertirse en el ente empírico de una moral que unifica lectura y mercadotecnia"? Pero: ¿no era ese el papel del diario desde que Michael Schudson pensó el paso del diario de partido a la empresa periodística, a partir de construir un sentido específico de objetividad? Sí, era ese. Vendría bien entonces una revisión de los presupuestos del post escrito de González, y vendría bien también menos discepolín disfrazado de una revisión de la moral fideísta del poeta.
Por otro lado, y finalmente, volviendo a la cuestión de los blogs, ¿quién les hizo creer que el género blog carece de edición, de artificio, que está teñido de automatismos? ¿Son muy diferentes los containers de basura que procesa el akismet y los filtros humanos a las bolsas de celulosa que los diarios armaban con cartas de lectores por cierto nada ilustres? ¿esas llamadas insultantesy paranoicas a las redacciones que alimentan los anecdotarios son distintas al texto entrecortado del comentador anónimo? Durante mucho tiempo se agitó la comparación del burgués asustado para referir a un tipo especial de fascismo, pero la distopía sangrante del progresismo demonizante de las nuevas tecnologías es la nueva figura para sacudir: vino con el movicom y la internet, se quedó para las causeries del sábado por la mañana y ahora se escribe en los suplementos online.
"Yo siento que la gente mala vive, dios, mejor que yo" es una buena frase discepoliana, sintácticamente democrática, que pinta ese ejercicio gonzaliano.
La columna que Marcelo Birmajer escribe en este número habla de un tipo especial de blogs, de aquellos escritos por "resentidos virtuales". La nota está cargada, en un ejercicio literario de finísima hechura, de un resentimiento manifiesto. Para dar cuenta de ese despreciable sujeto Birmajer defiende al género epistolar (debido a que, de acuerdo con Birmajer, entre la escritura y el envío media un tiempo en el que quien escribe puede reflexionar: así de un plumazo irreflexivo Birmajer liquida la débil razón del telegrama, la del telefonograma y la del telégrafo, entre muchísimas otras); ataca al mercado y revaloriza al papel (en realidad, haciendo uso de un no-saber sobre blogs, lo que defiende es el control sobre la escritura suponiendo que eso sucede en el papel y no en los mundos "virtuales" -y aquí el guión trata sobre un retruécano: Birmajer nos habla de lo virtual pese a que esa palabra no le gusta mucho). Finalmente, Birmajer acusa a los resentidos de tirar cifras de audiencias poco creíbles pero nos hace un preciso identikit de los autores del tipo de blogs de los que se ocupa en su columna que, a menos que esté sustentado con información restringida, se parece a una excusa para cargarse a alguien de su vecindario. Es una pena que ese maligno ser no esté citado.
Gamerro escribe unas notas muy perspicaces acerca de los discursos recalcitrantes sobre el lugar del libro en la cultura, y sobre las posibilidades del ebook y del audiobook. Pero justo ese texto no se puede linkear porque no está online.
García Canclini, unas páginas antes que el texto de HG, nos entrega un artículo que revisita las nuevos modos de considerar debates que tienen como tópicos a las nuevas tecnologías, a la educación, al patrón letrado, etc.
De los cuatro textos, los de Gamerro y García Canclini son los que exhiben un manejo sobre las materias que tratan más adecuado para expresar ideas que, como las de los otros textos, merecen ser discutidas pero no a partir de principios de autoridad. No creo que debamos reclamar a los intelectuales el uso de las herramientas o el ejercicio concreto de las prácticas que discuten (así como no se espera de alguien monografías sobre temas históricos sino que comprenda la especificidad de la reflexión histórica), pero no estaría mal que ampliaran el horizonte de conocimientos sobre territorios de los que nunca cesan de opinar. Blogueando.

pd: Villegas escribe sobre esto, Genovese también, Pablo en La Barbarie, Bardamu en varios de Mínimas, Alberto de Viviendo en ningún lugar.

comunismo y clase obrera

Hernán Camarero. A la conquista de la clase obrera. Los comunistas y el mundo del trabajo en la Argentina, 1920-1935, Siglo Veintiuno Editora Iberoamericana, Buenos Aires, 2007, 397 páginas.
Camarero

El comunismo en la argentina sufriría, junto con otras tendencias que pretendieron tener ascendencia en la clase obrera, una incontrastable derrota frente a ese emergente social particularísimo que fue el movimiento encabezado por Perón. De eso no hay duda: el peronismo significó en muchos aspectos un parteaguas que arrasó con las identidades tradicionales de un actor que cobraba, en las postrimerías de la segunda guerra mundial, inusitada importancia. Donde había más dudas que certezas concretas era sobre la filiación de la clase obrera pre-peronista a partir de mediados de los años ´20, ya que en la etapa previa anarquistas, sindicalistas revolucionarios y en menor medida socialistas pugnaban por gozar del favor de una clase en constitución. Algunos adelantos historiográficos han constatado, por cierto, creciente importancia del comunismo en las luchas obreras durante la década del ´30. Así lo certificó Nicolás Iñigo Carrera en su análisis de la gran huelga de 1936; también Mirta Lobato en su estudio sobre los frigoríficos de Berisso. Sin embargo, más allá de los trabajos pioneros e incluso de quienes desde la crítica o el seguidismo abordaron el comunismo de entreguerras, no existían trabajos sistemáticos ni sobre el Partido Comunista, ni sobre la interacción de sus militantes con su objeto primero. El libro de Hernán Camarero viene a saldar esa deuda historiográfica. A partir de un muy exhaustivo relevamiento de fuentes, tanto partidarias como sindicales, el autor se interroga sobre la penetración del comunismo en el “mundo del trabajo” entre 1920 y 1935. El deliberado corte temporal corresponde al cambio del estrategia operado en el PC, acompañando, siempre acríticamente, los mandatos de Moscú. Desde 1928 y hasta 1935 los comunistas habían adoptado la estrategia de clase contra clase. El también denominado tercer período fue la etapa más sectaria de los liderados por el tándem Codovilla-Ghioldi, no obstante es allí donde más perceptibles son los frutos de los intentos por conquistar a la clase obrera a partir de esa exclusiva herramienta que significó la células de fábrica y calle para la implantación partidaria, sobre todo, en los enclaves manufactureros de Capital Federal y Gran Buenos Aires aunque sin desestimar otros centros urbanos de importancia como Rosario, La Plata y Córdoba donde también tuvieron presencia. El autor hace una aquí una significativa discriminación: los comunistas tuvieron éxito en su relación con el proletariado fabril, pero en el “sector servicios”, que en rubros como el ferrocarril y transportes marítimos nucleaba a buena parte de los trabajadores sindicalizados, los comunistas nunca pudieron desalojar a sindicalistas y socialistas. Pero Camarero no se queda solamente en el estudio del plano celular y sindical de los comunistas, releva profundamente las luchas diversas encabezadas por éstos y las persecuciones, torturas y proscripciones que sufrieron, fundamentalmente, a partir del golpe cívico-militar que derrocó al radicalismo en 1930. También, anexa otros caminos recorridos por los cominternistas: el intento de configurar una “cultura obrera” alternativa y a la vez doctrinal que lleva al autor a explorar experiencias culturales – muchas de ellas parangonables con las socialistas, aunque en menor escala y perdurabilidad- como también iniciativas de corte deportivo (como la fundación de clubs) que pretendían rivalizar con las “instituciones burguesas” en tiempos de la incipiente profesionalización del fútbol. Otro punto que trabaja el autor, y que enriquece la obra, es el tratamiento que los comunistas le dispensaron a los extranjeros y que los diferencia sustantivamente de socialistas y de otras corrientes. El carácter internacionalista de la doctrina de los soviets impulsó, por ejemplo, que muchas de sus publicaciones, folletos y volantes fuesen editados en diversos idiomas. Así muchos discursos de barricada eran ejecutados en húngaro, italiano, polaco, alemán, ruso, idish y por supuesto en español. Pero el dato sociológico que no hay que desdeñar aquí es que hasta 1930 persistió un predominio inmigrante sobre la masa de trabajadores industriales en Capital y en el Gran Buenos Aires.
Mucho queda aun por hacer en materia de estudio de las diversas tendencias de la izquierda en argentina. La obra de Hernán Camarero es un gran avance para quienes abordan el período de entreguerras y ya no podrán obviar, como actor importante aunque no excluyente, a quienes fueron los principales impulsores de la sindicalización única por rama y tuvieron una sólida presencia en la clase obrera industrial pre-peronista. Pero frente a tanto lauro, una crítica: bien es sabido que los comunistas aceptaron sin debate, aunque con fracturas por esa ausencia, todos los postulados que eran ordenados desde la dirección internacional; también sabemos por Camarero que a esta obediencia a los mandos moscovitas no se le correspondió con “el oro de Moscú”. Sin embargo, en su tratamiento del PCA como estructura Camarero parece caer en lo que Angelo Panebianco denominase prejuicio teleológico atribuyéndole previamente fines al partido que representarían su razón de ser, conduciendo a la definición de partido obrero mucho antes que el PCA se constituyese como tal durante los años ´30.

Peter Gay: el modernismo

post cruzado desde Grand Tour
Peter Gay

Los amantes de la historia cultural están de enhorabuena. Lo están porque acaba de aparecer un nuevo libro de un magnífico oficiante del ramo. Peter Gay ha publicado en noviembre The Lure of Heresy: From Baudelaire to Beckett and Beyond (W.W. Norton, 610 págs, 35$).
Como siempre, Gay recupera la mirada freudiana para penetrar en lo más profundo del modernismo, que presenta a través de sus diferentes manifestaciones: literatura, música y danza, pintura y escultura, arquitectura y cine. Todo ello definido por un doble rasgo: "primero, la atracción de la herejía, que empuja a que las acciones (de los artistas) desafíen la sensibilidad convencional; segundo, un compromiso con los principios de la introspección". Con todo, la parte nuclear del trabajo de Gay se centra en la verbalización de todo eso, en la escritura, en la literatura. En Leopold Bloom, por ejemplo, uno de los héroes del registro abierto por Baudelaire:

"Puede que sea un humilde agente publicitario con esposa y amantes, pero tiene cierta formación — Molly desde luego la aprecia –, así como valor y curiosidad propias. Y estas cualidades le hacen un compañero moral y emocional digno para Stephen Dedalus. …. Pero, para Joyce, Ulises es más que eso: es el ser humano completo en literatura… es hijo, padre, amante, amigo, guerrero, compañero de armas, una persona con sabiduría y un buen hombre en el trato. Joyce, en busca de la subjetividad desinteresada, hace desfilar antes sus lectores una de las invenciones trascendentes de la literatura modernista. Su Bloom, como abota de forma ocasional, es Cualquiera (Everyman)…"

O en el diálogo imaginado, cómo no, entre Freud y Kafka: "El veredicto de Freud sobre el animal humano, era severo", nos dice. "A su juicio, el conflicto se construye en la historia del desarrollo de todo niño, incluso en el mejor. Pero Freud, de principios pesimistas, creía que los psicoanalistas podrían aliviar algunas fijaciones y ensanchar el alcance de la racionalidad. …. Por su parte, Kafka habría tomado este severo realismo sólo como otro caso de autoengaño, algo demasiado humano. Incómodamente cercano a la desesperación del nihilista, entendió la vida misma como una villanía. El conflicto entre el firme desconsuelo de Kafka y la actitud de otros escritores modernistas no podía ser mayor. Recuerdo la última palabra del «Ulises», la más positiva en en lenguaje, que Joyce concedió a Molly Bloom: «Sí». La última palabra de Kafka en todas sus formas fue «No»".
En cambio, Gay es poco compasivo con otros autores, léase Beckett o Eliot, y tampoco lo es con las pasadas veleidades totalitarias ni, en otro sentido, con la tecnología del entretenimiento que nos invade. “No es, como los críticos culturales conservadores han mantenido, que la cultura se haga comercial: siempre ha mostrado ese ángulo, incluso entre los griegos clásicos y los romanos. Pero la sofisticación de los intercambios culturales, la facilidad y la velocidad de las comunicaciones que interesan particularmente a las clases medias, ha animado un tipo de compromisos que no hacen sino favorecer la marginalización de las vanguardias futuras. Vivimos en una edad de comedias musicales”.
Pero no todo es condenable. Gay comienza su capítulo final relatando de nuevo el “entusiamo” que sentió hace algunos años al contemplar el magnífico museo Guggenheim de Frank Gehry en Bilbao. Contrasta, por un lado, la relación estrecha del arquitecto de Los Ángeles con sus clientes y otros artistas con, por otro, la condescendencia y el desprecio que los grandes modernistas sentían hacia aquéllos para quienes trabajaron. En Bilbao, Gay encontró no sólo integridad estética sino un modernismo “agradable”.
En todo caso, concluye, aunque el héroe haya muerto, no hay que derramar muchas lágrimas. El modernismo, esa revolución artística que empezó con el poeta Charles Baudelaire y concluyó hace unas décadas con Warhol, disfrutó de una larga y placentera vida. RIP.

Críticas:

Bookforum: “Gay has an expansive definition of modernism, and as his book progresses, it becomes more and more a study of the fate of high culture in the twentieth century. In his effort to survey every field of activity, Gay perhaps spreads himself thin, but his overview provides a good starting point for a finer scrutiny of modernism’s emblematic works. So download Moses und Aron for your iPod, pick up that copy of Ulysses you’ve been meaning to read, and get to work”.

The Independent: “Gay’s prose is erudite and lucid, his range of example wide. Even its subsidiary thesis, that not only Modernism’s currency but art’s in general was devalued by the advent of Pop and Conceptualism in the 1960s is leavened by a final chapter in which Gay evinces a qualified hope for the future of this recumbent movement. Whether it lies with Frank Gehry and Gabriel García Márquez is open to debate; but so is a good deal else in this absorbing, occasionally maddening book”.

The Guardian: “I am happy to allow him this self-indulgent detour. After all, many hundreds of pages before, he remarks in his account of Baudelaire that Modernism began ‘not with a whimper but a thrill’. Isms are dispensable. If a work of art excites us, the thrill makes it modern“.

Los Angeles Times: “Peter Gay is perhaps our leading historian of culture and ideas, and in “Modernism: The Lure of Heresy: From Baudelaire to Beckett and Beyond,” he sets himself an interesting — personally felt — task. It is not, as he writes in his introduction, to give a comprehensive history of the movement. Rather, Gay undertakes a reconstruction of modernism’s origins in the lives and work of various seminal artists — Charles Baudelaire, Oscar Wilde, Claude Monet, Paul Cézanne, their supporters and friends. Then he moves through a series of essay-like chapters devoted to modernism’s workings in each of the arts — painting, sculpture, literature, music, dance, architecture and so on“.

New York Times: “A graceful writer, he leads the reader on a pleasant ramble through a well-traveled landscape, pointing right and left to the prominent features along the way and, like a superbly informed guide, offers his thoughts and comments. From seminal figures like Baudelaire and Flaubert, he moves right along to the Impressionists and then, taking the various art forms in turn, advances chronologically through the great debacle wrought by fascism and World War II before wrapping up with such postwar phenomena as Abstract Expressionism and Pop Art”.

Como leve contrapunto, The Spectator: “There are some contentious omissions — Man Ray, Borges, Boulez, Bacon and Gertrude Stein are altogether invisible, while Webern, Rilke and Brecht are barely mentioned. The dubious concept of post-modernism is not addressed, and significant art forms such as opera and photography get less than their due. In other respects this is a sound floorplan, and one could recommend the book wholeheartedly to a bright A-level student or undergraduate in search of a broader picture“.

N.B: Ha ocurrido lo de otras veces. Una entrada compuesta hace algunas semanas, y demorada en exceso, ha perdido parte de su utilidad. Lo digo porque el volumen ha aparecido también en castellano. Marta Pino lo ha traducido para Paidós, que ofrece 592 páginas por 40 euros. Una cifra nada despreciable, aunque Amazon vende la versión original por 20 dólares, que vienen a ser unos 14 €.