La historia de los sentidos

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¿Cómo afectan los cinco sentidos a nuestras experiencias y cómo han informado el curso de la historia? MarK M. Smith, historiador de University of South Carolina at Columbia, explora esas preguntas en su nuevo libro: Sensing the Past: Seeing, Hearing, Smelling, Tasting, and Touching in History (University of California Press/Berg Publishers, 2008). Nada menos que una descripción de la historia de los sentidos desde la antigüedad hasta presente, el último trabajo de Smith pretende profundizar en nuestra comprensión de la historia social y cultural fijando la atención en el sentir.
Sensing the past
Veamos una entrevista aparecida en el Chronicle of Higher Education.
Ante todo, ¿qué es la historia sensorial?
La historia sensorial aborda no sólo la historia de los sentidos sino también su construcción social y cultural, así como su papel al dar textura al pasado. Se ocupa de la manera en la que la gente piensa sobre los sentidos, el proceso cognoscitivo de sus percepciones sensitivas, pero tomando seriamente el contexto social y cultural de esas experiencias. La historia sensorial se esfuerza por enmarcar todo eso de la forma más amplia posible. Enfatiza el papel de los sentidos – incluyendo la vista y la visión – al formar las experiencias de la gente en el pasado y demuestra cómo las personas entendían sus mundos y por qué.
Enseñas en Carolina del Sur y buena parte de tu trabajo se ha centrado en la historia sureña de preguerra. ¿Es la historia sensorial particularmente relevante para esos tiempo y lugar? ¿Tu interés se acrecentó yendo más allá de esa época?
Mi interés particular, la esclavitud meridional de preguerra, va más allá de la historia de la raza, de la clase y de la economía política. De hecho, mi primer libro versaba sobre la historia de la conciencia del tiempo en el sur de preguerra (Mastered by the Clock: Time, Slavery, and Freedom in the American South, University of North Carolina Press, 1997). Mientras investigaba para el libro, pude apreciar no sólo la importancia que tenían los diversos tipos de relojes en la formación de la conciencia del tiempo en aquella zona, sino también el papel fundamental que jugó el sonido del tiempo en las plantaciones del sur.
Desde entonces, me hice mucho más sensible no sólo a la evidencia que indicaba cómo la gente vio el mundo, sino a la importancia de lo oído, lo olido, lo probado y lo tocado en la elaboración de toda clase de relaciones sociales en el sur. En cierto modo, dudo que me hubiera interesado por o estudiado la historia sensorial sino hubiera sido historiador de la esclavitud y del viejo sur en la Universidad de Carolina del Sur.
¿Cuál ha sido tu experiencia al estudiar la historia sensorial? ¿Encontraste referentes?
La historia sensorial – incluso aunque no siempre se la llamara así– tiene realmente una amplia y distinguida genealogía, una que me fue especialmente provechosa cuando comencé a indagar sobre este objeto. El trabajo de los primeros historiadores de la escuela de los Annales era muy práctico, y entre los recientes citaría a Alain Corbin, cuya investigación resulta imprescindible. Puede ser que también se observe la influencia de ciertos antropólogos con preocupaciones históricas, tanto en el desarrollo de este campo cuanto en mi trabajo. Por ejemplo, David Howes, de la Universidad de Concordia [en Montreal], era y continúa siendo un inmenso apoyo, así que los historiadores harían bien en leer su trabajo.
Algunos sentidos – pienso en el olor y el gusto y quizás en el tacto – parece que pueden presentar dificultades a la hora de estudiarlos. ¿Piensas que tales obstáculos son la probable razón de que hayan sido pasados por alto en buena medida en la investigación histórica, o piensas que es más debido a un fuerte prejuicio visual?
Pienso que esas dificultades son en gran parte un error, y la evidencia está en la creciente literatura. Como demuestro en Sensing the Past, tenemos, por ejemplo, un trabajo excelente sobre la historia del olor y del olfato desde la antigüedad hasta presente, y hay una creciente literatura histórica sobre el gusto y el tacto. La evidencia histórica de todos los sentidos está ahí – seguramente no siempre, pero está ahí en cualquier caso.
Has acentuado la importancia de " historizar los sentidos” – para frenar la tendencia a filtrar las experiencias sensoriales históricas con sensibilidades modernas. ¿Puedes explicarlo?
La historia sensorial, al menos a mi modo de ver, debe tener mucho cuidado de no asumir que los sentidos son una suerte de atributo "natural", pues de lo que se trata es de localizar su significado y su función en contextos históricos específicos. En general, pienso que la mayoría de los historiadores interesados en los sentidos están de acuerdo con esta aproximación, especialmente porque asumir que "nosotros" (quienquiera que sea ese "nosotros") podemos experimentar y entender los sentidos del mismo modo como, por ejemplo, un esclavo del siglo XVIII sentía su mundo hace enormemente importante el contexto.
¿El campo de estudio está creciendo?
"Creciendo" no es la palabra adecuada, por suave. Se está multiplicando, tanto que es difícil estar al tanto de lo que se hace. Los historiadores -como los especialistas en las disciplinas afines (especialmente la antropología)- están produciendo trabajos a un ritmo asombroso. El campo está más desarrollado en Europa y en Canadá, pero los historiadores de los Estados Unidos han producido algunos trabajos importantes en los últimos años. Los congresos sobre el asunto están proliferando, el objeto está recibiendo atención continua en las principales revistas – The Journal of American History, por ejemplo, presenta una muy buena sección sobre los sentidos en la historia americana que saldrá este septiembre – y hay también una revista interdisciplinaria, The Senses and Society, publicada por Berg en el Reino Unido. Especialmente atractivas son las Series in Sensory History, con distintos libros y monografías sobre la materia que la Universidad de Illinois publicará pronto.
Sensing the past
Algunos críticos se han preguntado si la historia sensorial es históricamente contingente, y si esa aproximación funciona mejor para el siglo XIX. ¿Qué desafíos predices que representa la era digital para el estudio sensorial?
Una vez más pienso que se equivoca quien sostiene que la historia sensorial es adecuada para un siglo en particular. Sólo en los últimos años los historiadores han producido trabajos fascinantes sobre el papel del olor en el cristianismo antiguo, los sentidos en la Inglaterra medieval o el olfato en el siglo XX en América, por señalar sólo algunos.
La era digital puede realzar algunos aspectos de la historia sensorial. Puedo pensar, por ejemplo, en los clips de audio en línea que capturan algo del pasado y, si están correctamente y rigurosamente contextualizados, pueden ayudar a entender algo sobre cómo la gente los entendía. Resulta bastante irónico que la evidencia impresa -concebida en tiempos como muy ocular- sea una muy buena fuente para capturar qué pensaba la gente sobre los sentidos, el significado que les daban y las maneras en las que cuestionaban esos significados.
PD: Un ejemplo del trabajo de Mark Smith: "The Touch of an Uncommon Man"

Tombstone blues

Hace unos días ví I'm not there. La película de Todd Haynes sobre Bob Dylan. Algo pegada al fragmento biográfico del propio Dylan, creo. Trata de avatares del cantante: un muchachito con un pasado más largo que su edad que dice llamarse Woody Guthrie; un tal Jack Rollins, poeta, místico, intérprete; un actor que interpreta a Rollins; un tal Jude Quinn, hereje, pastilla, conflictuado, amigo de Ginsberg; un tal Arthur Rimbaud y otro de nombre Billy the Kid. Por eso queda resto para pensar a partir de añicos, de astillas, los modos en que se trama una vida. Además, y no en este orden, está la música (y después está Kate Blanchett que hace de Jude Queen). Acá hay algo mejor dicho sobre la película.
Dejo acá la versión de Richie Havens de Tombstone Blues, uno de los nueve jinetes de Highway 61 Revisited. Conozco a Havens desde que escuché un tema suyo en Easy Rider. Dale con la mandolina:

El pasado como prólogo: el huracán Katrina y la historia

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Sirva como ejemplo, al menos para las distintas corporaciones nacionales de historiadores y sus revistas institucionales. El ejemplo es la edición especial que acaba de presentar la Journal of American History con el título de "Through the Eye of Katrina: The Past as Prologue?". Trata de ser una primera aproximación, desde la disciplina en cuestión, a todo aquello que rodeó y rodea el desastre provocado por el huracán Katrina y su impacto en New Orleans y en toda la costa de aquel golfo. Son veinte los artículos y ensayos preparados, escritos por distintos especialistas de las distintas áreas desee las que se puede abordar el asunto, en los que se discute el desastre a través de diversas ópticas, como la historia política, la urbana, la ambiental, la arquitectónica o la musical.
Además, se trata de un número al que se puede acceder libremente en línea, al que para la ocasión se han agregado imágenes, mapas, sonidos y vídeos relacionados con el suceso, tanto en el portal como en los artículos. A ello se añade un glosario que destaca los acontecimientos y lugares más importantes de la historia de New Orleans. Finalmente, los responsables indican que en semanas sucesivas irán agregando materiales a la página.
Katrina
Como ciudadanos informados que estudian el pasado, se lee en la presentación, los historiadores tenemos una oportunidad única, pero también una obligación concreta, de hacer comprensible el presente en términos de lo que lo ha precedido. Como cualquier otro suceso actual, el huracán Katrina deriva en parte su significado de circunstancias contemporáneas y en parte de opiniones que están formadas por la experiencia acumulada, o por lo eso que a veces llamamos memoria histórica. La relación entre Katrina y su contexto histórico es, por supuesto, dinámica y recíproca. Como los historiadores acostumbran a asumir desde antiguo, los acontecimientos del presente –especialmente los shocks traumáticos que interrumpen el statu quo- alteran nuestras opiniones del pasado. En la sombra de las catástrofes humanas, los especialistas se han visto impelidos a formular nuevas preguntas y a revisar viejas ortodoxias mientras sondean nuevos significados siguiendo lo que Robert Coles ha descrito como “ese flujo de asuntos humanos que finalmente denominados histori” (The Mind’s Fate: A Psychiatrist Looks at His Profession—Thirty Years of Writings. Boston, 1995)
congreso Katrina
La mayor parte de los ensayos que se incluyen fueron preparados inicialmente para el Howard Mahan Symposium, un congreso realizado en Mobile, Alabama, entre los días 7 y 10 de marzo de 2007, patrocinado por el Department of History at the University of South Alabama junto con la Journal of American History. El simposio de 2007 forma parte asimismo de una serie de conferencias y de eventos en curso que tienen lugar en la citada Universidad, todos ellos dedicados, en parte, a examinar la historia de esa región dentro de un contexto nacional y trasatlántico.

sobre el pensamiento poscolonial

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Esprit

La revista francesa Esprit ha tenido la gentileza de permitir que podamos acceder de forma libre y gratuita a uno de los artículos de su revista. No es la primera vez y hay que felicitarse por esta práctica, tan recomendable como escasa en otros lugares. La gracia se ha hecho obra a través de su propio portal y del de Eurozine, un proyecto de larga y brillante trayectoria dedicado a informarnos sobre lo que publican ciertas revistas europeas, todas ellas de excelente factura. En esta ocasión, el texto proviene del número de diciembre de 2006, en el cual se contenía un dossier dedicado a: "Pour comprendre la pensée postcoloniale". Se incluía allí un artículo de presentación (que también se puede leer completo libremente) seguido de otro espléndido del antropólogo belga Filip De Boeck (Instituut voor Antropologie in Afrika ) sobre la ciudad de Kinshasa como urbe poscolonial, un lugar al margen de cualquier categoría occidental, con un funcionamiento aparentemente irracional, que sólo parece sugerir destrucción y locura ("¿qué sentido –según una cita de Mike Davis que tenemos a mano– tiene una ciudad con una población estimada en seis millones de habitantes en la que casi no circula ningún automóvil ni ningún transporte público por la sencilla razón de que a menudo resulta imposible encontrar una gota de combustible durante semanas, incluso meses? ¿Para qué seguir manteniendo la convención social que lleva a denominar "dinero" a un billete de banco cuando cotidianamente resulta que sólo se trata de un pedazo de papel sin valor? ¿De qué sirve distinguir lo formal y lo informal o la economía paralela cuando lo informal se convirtió en norma y lo formal prácticamente dejó de existir?"). En fin, unas líneas que no hacen justicia al libro de De Boeck del que proceden en última instancia: Kinshasa. Tales of the invisible city (Ludion, Gante, 2004; y en francés en La Renaissance du Livre, Bruselas, 2005) que se acompaña, además, con unas magníficass imágenes de la fotógrafa belga Marie-Françoise Plissart.
Aquel número de Esprit también transcribía una entrevista con el reconocido filósofo y teólogo camerunés Fabien Eboussi Boulaga (La Crise du Muntu, 1977) sobre las maneras de pensar África por parte de los intelectuales de las antiguas colonias, sobre qué balance cabe hacer, pero no de forma complaciente, sobre las ambiciones y los reversos de los discursos de la independencia; un texto de Jean-François Bayart (Le gouvernement du monde. Une critique politique de la globalisation, Fayard, 2004) y Romain Bertrand (Mémoires d’empire. La controverse autour du "fait colonial", Editions du Croquant, 2006), investigadores del CNRS (Ceri-Sciences PO), en el que los autores escarbaban en el otro lado, en las herencias y las responsabilidades de los colonizadores, analizando la memoria de la colonización, la forma en que se transmitió el poder y las repercusiones de la cultura colonial en las metrópolis; otra entrevista, en este caso con Philippe Roussin, otro investigador del CNRS (Misère de la littérature, terreur de l’histoire. Céline et la littérature contemporaine, Gallimard, 2005), sobre la literatura, con el descentramiento (occidental) a la hora de definir las jerarquías culturales sobre las que tradicionalmente se ha hecho literatura, con el nacimiento de nuevas corrientes estéticas y la emergencia de críticas trasnacionales; y finalmente, el texto que ahora paso a mencionar.

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Se trata de otra entrevista, en este caso con el historiador camerunés Achille Mbembe, que lleva el título de "Qu'est-ce que la pensée postcoloniale?". Mbembe es profesor de historia y política e investigador en el Wits Institute for Social and Economic Research (WISER) de la Universidad Witswatervand de Johannesburgo y ha impartido docencia en diversas universidades americanas, además de dirigir el Consejo para el Desarrollo de la Investigación en Ciencias Sociales en África (CODESRIA), con sede en Dakar. Es, por otra parte, un autor más conocido entre nosotros, tanto por sus artículos en las versiones castellanas de Le Monde Diplomatique como por sus contribuciones en los libros coordinados por Gilles Kepel, Las políticas de Dios ("La proliferación de lo divino en el Africa subsahariana"), Jérôme Bindé, ¿Adónde van los valores?: coloquios de siglo XXI ("Del racismo como práctica de la imaginación"), Fernando López Castellano, Desarrollo: Crónica de un desafío permanente ("Poder, violencia y acumulación") y Okwui Enwezor, Lo desacogedor. Escenas fantasmas en la sociedad global ("Necropolítica").
Un autor que, además, escribe continua y afiladamente sobre el asunto del pensamiento poscolonial, uno de cuyos más recientes textos apareció en el último número (el 165) de la revista Cultures Sud, que se dedica a "Retours sur la question coloniale". Aunque, ciertamente, su texto más conocido, sobre todo tras la versión inglesa, continúa siendo De la postcolonie. Essai sur l’imagination politique dans l’Afrique contemporaine (Paris, Karthala, 2000), volumen del que se publicó una buena reseña en la revista mexicana Estudios de Asia y África en 2005. En fin, uno de los referentes de las teorías poscoloniales.Pues bien, dicho lo anterior, remito a la lectura en inglés o francés de ese texto, que así se ofrece para los (envidiados) políglotas. Mi buena acción para empezar el año debería ser la de verter este breve texto al castellano, pero he de renunciar a la empresa. Paciencia, hermanos, porque el texto merece la pena, empeño mi palabra en ello.
POSDATA
"El drama de África es que el hombre africano no ha entrado lo suficiente en la historia. (…). El problema de África es que vive demasiado el presente con nostalgia del paraíso perdido de su infancia.(…) En este imaginario donde siempre todo vuelve a empezar, no hay sitio ni para la aventura humana, ni para las ideas de progreso" (Nicolas Sarkozy, "Discurso", Dakar, julio de 2007)
sarkozy
"En la actualidad, el prisma cultural e intelectual con el que las nuevas élites dirigentes francesas observan a África, la juzgan o le dispensan lecciones no sólo es anticuada. Es que no permite unas relaciones de amistad que serían una señal de libertad en coexistencia con relaciones basadas en la justicia y el respeto. De momento, y tratándose de África, lo que ocurre es que Francia carece del crédito moral que le permitiría hablar con certeza y autoridad" (Achille Mbembe, "L’Afrique de Nicolas Sarkozy", agosto de 2007)

La Unión Soviética: los susurros de la gente corriente

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Decía no hace muchos días mi admirado Manuel Rodríguez Rivero, ahora en El País: “el derrumbe de la ideología que informaba la práctica política en los países del "socialismo real" -es decir, en las burocracias (post)estalinistas realmente existentes-, y el sálvese quien pueda entonado con brío y mala conciencia por buena parte de los intelectuales de izquierda en la última década del siglo XX, ha dejado el vasto campo de estudio del Comunismo en manos casi exclusivas de historiadores liberales o sólidamente instalados en la derecha política, como Richard Pipes u Orlando Figes, particularmente eficaces en su empeño de pulverizar el mito del "buen" Lenin frente al "malvado" Stalin”. De este segundo autor citaba con acierto su “The Whisperers, private life in Stalin Russia, (…), cuyo trabajo en archivos familiares de la época estalinista le ha permitido reconstruir (a veces con cierta "creatividad") la historia -y el sufrimiento- de los que, sin hacer la Historia, se limitaron a padecerla, y de qué modo”.
Orlando Figes
Por supuesto, Figes es considerado un autor liberal o más bien uno de los máximos representantes de la historiografía antibolchevique, y esta última etiqueta que le cuelgan hace que sea bien visto por la derechona de toda la vida. Pero es un error caer en tal trampa, porque no responde totalmente a la realidad. Por su parte, la “creatividad” debe entenderse como voluntad narrativa bien llevada. Si alguien no tiene claro este concepto, remito como en otras ocasiones a Natalie Zemon Davis y, por citar un libro reciente, a su entrevista con Denis Crouzet (Pasión por la historia. Universitat de València, 2006)..
Para quien tenga dudas sobre la trampa antechicha, diré que podemos consultar todavía las palabras de Figes que reprodujo El País hace ahora unos seis años cuando la polémica generada por el libro del novelista británico Martin Amis sobre Stalin (Koba el temible: la risa y los veinte millones). En realidad, resumía las duras palabras que Figes le dedicó en The Telegraph unas semanas antes con el título de “A shocking lack of decorum”:

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"Un buen historiador necesita muchas cualidades (…), pero por encima de todo necesita humildad. No escribimos historia para llamar la atención sobre nosotros mismos”, “Amis nos entrega quizá las 100 mejores páginas que se han escrito sobre Stalin”, pero “de hecho, como pieza de escritura histórica, no es original y es de segunda categoría”. “Me recuerda a muchos de los ensayos de estudiantes pregraduados que he leído: charlatanería basada en los trabajos de otros, agudo e ingenioso (sobre todo con las palabras), precipitado en sus conclusiones y repleto de hechos confusos. Al no contar con ninguna fuente rusa -o al menos eso parece-, inevitablemente hay vacíos y distorsiones”. “Hay errores básicos en casi todas las páginas. Sin embargo, no es la sección histórica la que realmente huele mal, sino la egocéntrica manera en que vincula los hechos de la Rusia de Stalin con su propia experiencia en las secciones personales”, “Me refiero al pasaje en que compara la muerte de su hermana, por trágica que fuera, con el sufrimiento de millones en la Unión Soviética cuyos seres queridos fueron torturados y luego asesinados por unos sádicos en la celda de una prisión o, peor todavía, enviados como esclavos a un GULAG”. “El auténtico protagonista de su libro no es ni Stalin ni sus víctimas, sino Amis, el pretendido historiador: Amis cavilando sobre el sufrimiento del mundo desde la seguridad de su hogar”.

Vaya con el historiador antibolchevique!
El baile de Natacha
De Figes podemos decir que ha escrito libros magníficos, entre los que recomiendo vivamente el espléndido El baile de Natacha (Edhasa, 2006) o Interpretar la revolución rusa: El lenguaje y los símbolos de 1917, este último escrito con Boris Kolonitskii (Biblioteca Nueva-Universitat de València, 2001). Y el pasado octubre apareció The Whisperers, private life in Stalin Russia, que es un proyecto mayor si cabe. Dice Figes que, entre 2003 y 2006, tres equipos de investigadores de la Memorial Society de San Petersburgo, Moscú y Perm recuperaron varios centenares de archivos familiares (cartas, diarios, documentos personales, memorias, fotografías y enseres) que habían sido escondidos por los sobrevivientes del terror estalinista. Además, el grupo entrevistó extensamente a los familiares vivos, a las personas que podían explicar el contexto de estos documentos privados y relacionarlos con los antecedentes familiares. El proyecto estuvo encabezado por Figes, con el apoyo del Arts and Humanities Research Council y el Leverhulme Trust. En suma, una colección única de documentos y de testimonios sobre la vida privada soviética bajo el gobierno de Stalin, reflejando el mundo interior de las familias y de la gente común. A partir de todo ese material se configura su nuevo libro y la página web que lo acompaña. Digamos, eso sí, que la Memorial Society es una institución de signo liberal, nada más, en el contexto que ese término tiene en Occidente y sobre todo en la actual Rusia.
Sobre el libro poco hay que decir, pues ha tenido muy buena acogida y lleva meses en las librerías. La reseña para el New York Times, por ejemplo, la hizo Joshua Rubenstein, responsable de Amnistía Internacional, y señaló que, además de otras virtudes, el volumen resiste ese intento de Putin de reimponer la amnesia moral al pueblo ruso, una resistencia hecha desde la gente común y desde la historia cultural. Así empezaba Rubenstein su análisis:

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For many years, Orlando Figes observes, the memoirs of intellectual dissidents, like Eugenia Ginzburg and Nadezhda Mandelstam, and the work of Aleksandr Solzhenitsyn, “were widely greeted as the ‘authentic voice’ of ‘the silenced,’” telling us “what it had ‘been like’ to live through the Stalin Terror as an ordinary citizen.” Their books did indeed reflect the experience of people like themselves, who were “strongly committed to ideals of freedom and individualism.” But they did not represent what happened to millions of other people who were not opponents of the regime and did not engage in any kind of substantial dissent, but were still dispatched to labor camps, to exile in remote settlements or to summary execution. As Figes, a leading historian of the Soviet period, concludes in “The Whisperers,” his extraordinary book about the impact of the gulag on “the inner world of ordinary citizens,” a great many victims “silently accepted and internalized the system’s basic values” and “conformed to its public rules.” Behind highly documented episodes of persecution, famine and war lie quieter, desperate stories of individuals and families who did what they could to survive, to find one another and to come to terms with the burden of being physically and psychologically broken. But it was not only repression that tore families apart. The regime’s reliance on “mutual surveillance” complicated their moral burden, instilling feelings of shame and guilt that endured long after years of imprisonment and exile.

Y así empieza la introducción de su libro el propio Figes:

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Antonina Golovina tenía ocho años cuando la exiliaron con su madre y sus dos hermanos menores a la lejana región de Altai, en Siberia. Habían arrestado y condenado a su padre a tres años en un campo de trabajo por “kulak” o campesino “rico” durante la colectivización de su aldea, en el norte de Rusia, y la familia había perdido su propiedad, a manos de la granja colectiva para la que trabajaban. A la madre de Antonina apenas le dieron una hora para empaquetar algo de ropa para ese largo viaje. La casa en la que los Golovin había vivido durante generaciones fue destruida, y el resto de la familia se dispersó: la hermana y los hermanos mayores de Antonia, sus abuelos, tíos, tías y primos huyeron en todas direcciones para evitar ser detenidos, pero la policía acabó capturándolos, y se les envió a Siberia, o a faenas en los campos de trabajo del gulag, de modo que muchos de ellos no se reencontrarían jamás.
Antonina pasó tres años en un “establecimiento especial”, un campo de registro con cinco barracones de madera en la orilla de un río en donde se apilaban un millar de “kulaks” y sus familias. Después de que dos de los edificios fueran destruidos por unas fuertes nevadas en el primer invierno, algunos de los exiliados tuvieron que vivir en agujeros excavados en la tierra congelada. No llegaban alimentos, porque el establecimiento estuvo incomunicado por la nieve, de modo que la gente tuvo que sobrevivir con los que habían traído consigo de sus hogares. Murieron de hambre, de frío y de tifus, pero no podían enterrar todos los cuerpos, así fueron apilados hasta la primavera y entonces los lanzaron al río.
Antonina y su familia volvieron del exilio en diciembre de 1934 y, tras reunirse con su padre, se mudaron a una casa de una sólo habitación en Pestovo, una ciudad repleta de antiguos “kulaks” y sus familias. Pero el trauma que había sufrido dejó una profunda cicatriz en su conciencia, pero la herida más profunda era el estigma de su origen “kulak”. En una sociedad donde la clase social lo era todo, Antonina fue calificada como un “enemigo de clase”, se le impidió continuar estudiando o acceder a algunos trabajos y quedó expuesta a la persecución y a la detención en las oleadas de terror que barrieron el país durante el reinado de Stalin. Se crió con un sentimiento de inferioridad social qué ella misma describe como “una especie de miedo”, dado que “como éramos kulaks el régimen podía hacernos cualquier cosa, no teníamos ningún derecho, tuvimos que sufrir en silencio”. Tenía demasiado miedo como para defenderse de los niños que la tiranizaban en la escuela. En cierta ocasión, Antonina fue castigada por uno de sus profesores, que señaló ante toda el aula que “los suyos” eran “enemigos del pueblo, ¡despreciables kulaks. Desde luego, merecéis que os deportaran, sólo espero que aquí os exterminen!” Antonina sintió una injusticia y una cólera profundas y eso hizo que deseara lanzar un grito de protesta. Pero un miedo mucho más profundo la silenció.

Figes, Susurros...
En fin, para no alargar mucho esta entrada y aclarar el asunto, me permitiré reproducir la entrevista que Juana Libedinsky le realizó para La Nación de Argentina el 21/10/2007:

-Después de toda una vida profesional dedicada a estudiar Rusia, ¿hubo algo que lo sorprendiera al investigar la vida privada durante el comunismo?
-Los cinco años en los que trabajé en este proyecto fueron de una sorpresa constante. Desde que se abrieron los archivos, en los últimos diez o quince años, ya se había podido investigar mucho sobre la estructura del partido y la política. Sin embargo, nadie había logrado entender cómo el sistema de valores oficial había logrado entrar en la vida privada de la gente y cómo la población lo había interiorizado. Nuestro desafío fue hacer el primer estudio sistemático al respecto, y muchos de los hallazgos fueron totalmente inesperados. Primero de todo, fue sorprendente el nivel de miedo y ansiedad que todavía queda en la población al hablar sobre su vida personal y la de su familia. Una de las razones por las que no hice este trabajo a principios de los 90 fue que sentía que la gente no estaba lista para abrirse. Esta vez, en cambio, encontré que si bien había muchos que efectivamente no sólo querían, sino que necesitaban hablar de estos temas, les resultaba prácticamente imposible por el pánico a decir algo equivocado y que eso tuviera consecuencias. Y esto no sólo en el campo sino incluso entre la elite intelectual moscovita. Lo otro que me sorprendió fue una constante paradoja: la gente que más había sufrido por el régimen, era generalmente la que más profundamente creía en él.

-¿Cómo es eso?
-Por ejemplo, entrevisté al hijo de unos campesinos que habían sido enviados al Gulag en Siberia. Toda su vida había sido discriminado. Aun así, siempre trató de ser admitido en el partido y una de sus mayores alegrías fue cuando lo logró, en 1960. Tratamos de llegar a su estructura de creencias y nos dimos cuenta de que él realmente creía en Stalin y en los enemigos del pueblo, a pesar de haber sido declarado uno de ellos junto con su familia. El mismo no podía explicar esa aparente contradicción. Finalmente dijo que si uno creía en Stalin y creía en que había un objetivo ulterior para el bien de todos, era más soportable sufrir la represión. Es decir, el caso propio, la tragedia individual, se transformaba en algo necesario para el gran logro final. Es una mentalidad muy difícil de entender desde una perspectiva occidental, pero sirve para iluminar por qué muchas personas sienten todavía nostalgia por el período estalinista, incluso quienes personalmente sufrieron la represión.

-¿Diría que es un trabajo que sirve para entender la Rusia actual?
-Sí, creo que podemos extraer lecciones cruciales. La historia, por supuesto, siempre es tanto sobre el pasado como sobre el presente, porque es tanto sobre la memoria como sobre la construcción de la identidad actual, sobre la manera en la que una población se interpreta a sí misma. Con esta investigación pudimos aprender mucho sobre la naturaleza de la dictadura de Stalin y lo que le hizo a la vida de la gente, pero más importante aún es que sirve para entender lo que yo llamo la conformidad silenciosa que existe en Rusia hoy. ¿Cómo entender, si no, que el 80 por ciento de la población apoye a Putin? Lo que el pánico y la ansiedad de la gente pone al descubierto al hablar aún hoy es que se trata de una sociedad que ya no reflexiona sobre sí misma sino que se mueve por actos reflejos que la llevan a acallar las críticas personales y moverse con la mayoría.

-¿Cuál diría que es la gran lección que se puede extraer de su trabajo?
-Al terminar el proyecto me di cuenta de que la herencia de Stalin afectó a tres generaciones. Por eso la gran lección es que la represión que se ejerce contra una persona no sólo la afecta a ella y a su familia inmediata sino a muchas personas y a sus descendientes. En la última parte del trabajo nos enfocamos en los hijos y nietos de personas que habían sufrido la represión estalinista y encontramos un patrón común. En general sus padres y abuelos, para protegerlos, no les habían contado lo que habían vivido, pero los chicos instintivamente lo percibían y se autocensuraban, se ponían un límite interno a lo que se atrevían a hacer y decir. Por eso muchos hijos y nietos de las víctimas, aunque sus simpatías estuvieran del lado de los disidentes en los 60, no hacían nada al respecto. Esto para mí explica por qué el sistema soviético duró lo que duró. Ideológicamente, en las décadas del 60 y 70 el sistema estaba muerto, pero si bien nadie creía en él tampoco había una verdadera oposición. ¿Por qué no la había? Por lo que algunos de nuestros entrevistados llamaron un temor genético, que recibieron en la sangre de sus antepasados.

-¿La Rusia estalinista fue un ejemplo único o comparable con otros sistemas represivos?
-Muchas veces se hacen comparaciones morales con el régimen nazi pero eso creo que es un error. La Alemania nazi duró 12 años; el sistema estalinista soviético, 75, y de muchas maneras sigue vivo hoy. Cuando una dictadura permanece durante tanto tiempo prácticamente cambia la condición humana. Creo que la única comparación acertada es, obviamente, con China, pero quizá sirva para entender también a las culturas que han tenido regímenes autoritarios por un período muy prolongado y se puedan extraer lecciones sobre cómo condiciona a la gente ese tipo de atmósfera política. Al respecto, lo otro que me sorprendió fue cómo, en el medio de las historias terriblemente tristes, salían historias de gente de extraordinario valor. El terror sacó lo peor, pero en algunos casos, sacó lo mejor de la población, y esas historias sirven para recordarnos de lo que son capaces los seres humanos en condiciones imposibles, de los extremos a los que están dispuestos a ir para salvar a otros. Fue muy conmovedor.

-¿Pero cómo se explica que algunos obedecieran ciegamente y otros pusieran su vida en peligro por los demás?
-Me gusta creer que los seres humanos son capaces de hacer el bien tanto como son capaces de hacer el mal. Lo más interesante es cómo muchas veces una misma persona es capaz de ambas cosas. Encontré muchas historias que lo demuestran. Por ejemplo, la de un fiscal de Leningrado que, al enterarse de que los padres de una chica de 14 años habían sido arrestados y habían tenido que dejar a su hija a cargo de dos medio hermanos pequeños, fue y personalmente se ocupó de abrirle la casa (que había quedado sellada) para que sacara dinero y objetos para poder sobrevivir. Si alguien se enteraba de lo que había hecho, él hubiese sido enviado directo al Gulag. Es la historia de valentía de un hombre que a la vez era parte del sistema de represión. Los seres humanos somos animales complejos: si nos sueltan en un sistema político como el soviético podemos agachar la cabeza y cometer atrocidades, pero a veces nuestra humanidad igual puede resplandecer.

-Al cumplirse noventa años de la Revolución Rusa, ¿cómo cree que debería ser recordada?
-Es una pregunta difícil. Hoy todos vemos a la Revolución Rusa como lo que fue: un experimento utópico que salió mal y arruinó la vida de millones de personas. Lo que no podemos saber es, en el contexto del Armagedón que fue la Primera Guerra Mundial, si no fue acaso un experimento utópico que necesariamente debía intentarse. Lo que me parece peligroso es hacer juicios morales si no entendemos los tiempos que se vivían, como decir -desde nuestra distancia- que se trató sólo de un acto de maldad planeado por Lenin y sus seguidores. Simplemente, creo que fue uno de los momentos trágicos de la historia de la humanidad y que así es como debe recordarse.
Posdata: Concluida esta entrada y mientras reposa en espera de ser publicada, ha aparecido un artículo en El País titulado "Viaje al imperio de los susurros".