el campo y la plaza

Tres notas bien distintas y disconexas sobre el conflicto de las retenciones, escritas ni bien la presidenta finalizó su discurso de parque norte.

I
Desde distintos blogs han surgido numerosas y en algunos casos -en muchos, si lo comparo con la prensa escrita- muy inteligentes preguntas y argumentos sobre el conflicto que comenzó en el país a partir de la protesta de los ruralistas contra el gobierno nacional. (En mi opinión algunos posts de Ramble Tamble conforman un material indispensable para discusiones actuales y futuras [uno, dos, tres, cuatro].) Y aunque los temas que surgen intermitentemente en los posts y en los comentarios son legión me gustaría retener dos grandes líneas en ese debate, y algunos alvéolos que no por mínimos dejan de ser importantes. Por un lado las implicancias del conflicto mismo: las causas, los números, las chances, la polarización subsiguiente. Las tradiciones de esa polarización. Los imaginarios históricos implicados. Las relaciones de fuerza. Largo etcétera. (Y ahí agrego una ramificación que considero importante: no he podido saber qué es un “chacarero”, pese a recorrer páginas y páginas de cálculo y mini-etnografías. Presumo que conozco al tipo porque me crié en Santa Fe, pero ya hace mucho que dejé de confiar ciegamente en la experiencia y aún más en las experiencias ancladas a un pasado desesperado por ser reificado. Digo esto a raíz de lo que escribo más abajo sobre los dichos de Beatriz Sarlo en La Nación.)
Por otro lado: las preguntas sobre el modo de lograr que un enfrentamiento de esta naturaleza contribuya a concebir un proyecto más ambicioso en cuanto a beneficios ciertos y liquidadores de las desigualdades sociales, y acaso no tan pendientes de la urdimbre del cántico y la consigna (la "modestia" de los reclamos del primer peronismo fue su mejor carta: se revelaba de ese modo reductivo violentas asimetrías sociales, y casi como al pasar provocaron un aventino. Se quería "poco" pero nadie quería darlo). Diría que para escapar del juicio al primer discurso de la presidenta hay que preguntarse, como lo han hecho muchos en distintos blogs qué se construye a partir de cualquier resultado de este conflicto (me refiero al resultado imaginario del conflicto, al binario, al que cada "bando" concibe como tal): hasta donde he leído, si los ruralistas triunfan, su victoria reordena a duras penas una oposición flácida y macilenta. Además, con una victoria, sus ganancias aumentarán considerablemente. (Una vez más no sé qué le pasará al "chacarero": tampoco sé si el gobierno lo sabe. Reutemann dice saberlo en una nota del diario de Jorge Lanata, pero no le creo. Lo que sí sospecho es que los grupos que se definen como tales aún con mejoras relativas, con incentivos selectivos, seguirán apoyando borrosas formas ideológicas recalcitrantes. Y supongo que aún así esas políticas de incentivos deben ponerse en práctica.) Si es el gobierno quien vence en la compulsa, creo que habrá que preguntar insistentemente cuándo y de qué modo la redistribución que reclamó Cristina con su paráfrasis de Yupanqui se hará tangible, de qué modo habrá nuevos actores en juego que defiendan un proyecto con menos moratorias, con menos pedagogías de lo que es o debe ser la política, y más reparto. (Sobre el pedagogismo de Cristina en su ahora sí oportuno último discurso, sobre su insistente shhh docente habrá que escribir largo y tendido, o mejor: habrá que hacerlo sobre quienes hacen silencio para que la televisión transmita sin ruido ni banderas de fondo. Me doy cuenta de que he sido testigo de un acto peronista sin tomas aéreas, sin largos paneos; advierto que he visto a la presidenta hablar y algunas pocas banderas sacudirse sin viento: todo se parecía levemente a dogville.)

II

Por ese doble carrill me moví sobre algunos textos que leí en blogs.Por alguna razón (no puedo culpar a nadie) he tenido algunas dificultades para hacer una lectura más abarcativa, he alcanzado tardíamente muchos buenos textos, y sospecho que se me pasaron muchísimos: hay que indicar rápidamente que algunas tecnologías cercanas a los blogs deben activarse para acelerar la posibilidad de que muchos de los lectores de blogs en algún sentido "políticos" y masivos (Ramble Tamble y La Barbarie especialmente) podamos acceder a sus alrededores: excelentes comentaristas sin blogs, y muy buenos bloggers sin abultadas audiencias reducen notablemente sus chances de amplliar el campo de debate a raíz de la insuficiencia de los lectores de feeds para permitirnos un rápido acceso a la mayoría de los blogs vinculados temáticamente a los más grandes, y la poca densidad de los blogrolls de una posible comunidad ampliada, la que muchas veces ha sido mentada. La disposición de los comentarios (cronológica y en rollo) hace que luego de algunas decenas, remontar las trazas de múltiples debates se convierta en una tarea titánica. La decisión de no hacerlo nos quita la posibilidad de acceder a argumentos que sólo excepcionalmente se recuperan completamente (ni siquiera la lectura atenta de los autores del post o los autores del blog puede hacerlo). El límite cierto de los agregadores de blogs en subsanar esas dificultades se conjuga con la extendida práctica de los blogs personales (saludable práctica) y con ello se hacen cada vez más complicados idear emprendimientos que sin atentar contra los blogs pequeños, haga posible una comunidad imaginada más densa y aún más mordiente.
Para muchos de nosotros el debate es un hacer, y por eso reforzar los modos de compartir información y opinión siempre es un objetivo prioritario.

III

De todos los puntos suburbanos veíanse llegar grupos de proletarios; de los más pobres de entre los proletarios. Y pasaban debajo de nuestros balcones. Era la turba tan temida. Era –pensábamos– la gente descontenta… (¿Y cómo no estarlo? Después de habérsele despojado de la esperanza de una vida mejor, debía ella continuar en esta vida sometida a los más rudos trabajos y los peor remunerados). Con el antiguo temor, nuestro impulso fue el de cerrar los balcones. Pero al asomarnos a la calle quedábamos en suspenso… Pues he ahí que estas turbas se presentaban a nuestros ojos como trocadas por una milagrosa transformación. Su aspecto era bonachón y tranquilo. No había caras hostiles ni puños levantados, como los vimos hace poco. Y más aún nos sorprendieron sus gritos y estribillos: no se pedía la cabeza de nadie.

Delfina Bunge de Gálvez, “Una emoción nueva en Buenos Aires” en El Pueblo, 25/10/1945.


La Plaza estaba llena de gente que, por los motivos más diversos, se había sentido provocada por el discurso de Cristina Fernández de Kirchner. No había grupos organizados, sino caceroleros autoconvocados en una linda noche de verano; tampoco había mucha oligarquía, salvo que para ir a la Plaza hubieran tomado en préstamo la ropa de algún subalterno de sus prósperas empresas.
Hablé con gente de San Telmo y Barracas que, por lo general, no vende soja a futuro en los mercados internacionales. O hijos de chacareros que estudian en las universidades porteñas y no viven como aristócratas.

Beatriz Sarlo, “Fue una provocación”, La Nación, 27/03/2008.


Para Beatriz Sarlo el debate también es un hacer. Ella es una de los muchos intelectuales que de un modo u otro han dado forma al espacio en el que se discute en la actualidad. No quiero decir que sea la única forma (ahí está Quintín con su carta a los fachoprogresistas). De todos modos, aún si existen otras, Sarlo contribuyó a diseñar una notable, por no decir hegemónica. Nación Apache republicó una nota suya (escrita para La Nación), que prologa Omar Genovese (es divertido leer cuando Genovese en lugar de decir “un viejo se acercó a D’elia para putearlo” dice “Un señor de edad avanzada, mucho mayor que todos los que lo rodeaban se acercó amablemente para decirle: ¡Dejá de robar!”). El título de la nota pretende ser ambiguo: "Fue una provocación": no sabemos hasta ahí si se refiere a la entrada de D'elia a la plaza de mayo o al primer discurso de la presidenta. Más tarde descubrimos que si bien ambos hechos lo fueron, el primero es menos importante que el segundo. El peronismo tiene una tradición ligada a esa plaza y D'elia estuvo, según Sarlo -allí muy sutil-, atado a ese oráculo. La presidenta, sin embargo, dice Sarlo, no debió haber reactivado esas antinomias que persisten en estado de latencia en un "dispositivo político" capaz de reverberar al ritmo de la performatividad de Cristina. Sarlo arma su relato como una pequeña etnografía: cuenta lo que quienes estuvieron en la plaza no sabían de los símbolos de la plaza; habla de la lengua de la política de masas. Nos dice que ella sí la juna: un yo testifical al que podría ponérsele reparos, claro. Yo no los pongo, pero insisto en que el lugar que ocupaba Sarlo en esa plaza desmiente mucho de su pretendida sapiencia. Estaba allí, sí, pero caceroleaba. No quiero decir con eso que por su posición ella perdía capacidad analítica, sino que no hay capacidad analítica capaz de imponerse sobre formas específicas del hacer político. Leyendo el relato de Sarlo (un espejo invertido del texto que escribió Delfine Bunge sobre aquella otra plaza) queda claro que en esta plaza no hubo dos grupos que luchaban sino tres. Beatriz Sarlo lo dice expresamente cuando le explica a uno de los hombres de D’elia el sentido de lo que ellos hacen en la “tradición progresista”: una provocación. Es esa la tradición que también se arroga un dominio de esa plaza; esa tradición que los otros actores desconocen. A esa ignorancia el progresismo no la vive como destino sino como fundamento de origen: está con ella, cacerolea con ella, porque espera conquistarla. A la otra tradición, igual de ignorante pero malarriada, a la que ve bajar de los camiones, el progresismo gusta escribirla, detallarla con insistencia, pero no puede convencerla. Delfina Bunge y Beatriz Sarlo: no me sorprende que D'elia se ajuste tan bien a lo que la imaginación antiperonista concibe como "el peronista": pero ese "dispositivo político" del que habla Sarlo no se activó porque Cristina haya hecho pruebas con la palabra "propiedad". Es un dispositivo orgánico, viviente: un animal que pace por el campo y por la plaza, y duerme de parado. Lo mejor es seguir discutiéndolo.

Ingresar a la universidad (con un pan debajo del brazo)

post cruzado desde Grand Tour

En el verano de 2004 la Duke University hizo un anuncio sorprendente. Había tomado la decisión (y de eso hace casi cuatro años) de obsequiar con un iPod a sus nuevos egresados, que eran para aquel nuevo curso unas 1600 almas, más otros 150 aparatitos para los correspondientes profesores, con el fin de que los utilizaran en sus cursos. En total, se suponía un gasto aproximado de medio millón de dólares, cuando el billete verde no era lo que ahora es y no estaba por los suelos, sino todo lo contrario. Desde entonces ha llovido mucho y la Duke ha refrenado esa ansia dadivosa en beneficio de los ajustes contables y gracias a que la difusión privada del invento entre los nuevos alumnos hace innecesaria la amplitud de la medida. En todo caso, no sabemos cómo los estudiantes utilizaron el obsequio.
Señalo lo anterior porque parece que los responsables académicos norteamericanos vuelven a la carga. En febrero fue la Abilene Christian University, un pequeño centro de unos cinco mil estudiantes, con un plan consistente en ofrecer iPhones o iPods a sus nuevos alumnos (unos 900), tal como consta en su página. Se acompaña el proyecto con un video promocional y una clara filosofía:

quotep

What might a university look like with a fully deployed program of converged devices like the iPhone? Connected is one possible vision. This fictional day-in-the-life account highlights some of the potential benefits in a higher education setting when ever student, faculty, and staff member is “connected.” Though the applications and functions portrayed in the film are purely speculative, they’re based on needs and ideas uncovered by our research – and we’ve already been making strides to transform this vision of mobile learning (mLearning) into reality.

Por si lo anterior les parece excepcional, sepan que a la subasta se suma ahora mismo la Oklahoma Christian University, otro centro confesional, que ofrece ese iPod (o un Ipod Touch) y añade un portatil Apple. ¿Quién da más? Su portal también nos explica el por qué: “The vision of incorporating instructional technology tools into teaching and learning is critical to our future success and the success of our graduates. We are excited about this new phase of mobile learning at Oklahoma Christian University and will continue to search for ways to enhance teaching and learning”.
No digo más, porque estoy gestionando los papeles para formalizar la matrícula en Oklahoma. Siempre he dicho que es una de las mejores, cien por cien cristiana y muy familiar, con apenas unos dos mil quinientos parroquianos. Hasta luego.

democracia y universidad

desde la reforma del ´18, los integrantes de las universidades nacionales han tendido a sostener como criterios básicos de su accionar la “autonomía” y el “cogobierno” universitario. No es evidente que ambos postulados estén directamente relacionados; podría pensarse una universidad autónoma que no defienda el cogobierno, y del mismo modo una universidad cogobernada que no fuese autónoma. Una parte del problema deviene de la ambigüedad en torno a lo que deba entenderse por autonomía. Esta es una discusión de larga data, y sobre la cual tendremos que volver en otra oportunidad. Sin embargo, desde el retorno de la democracia en 1983 el sentido genérico que ha ido adoptando la palabra autonomía, referida al ámbito universitario, supone la no intromisión del poder político en la definición, interna a cada universidad, de los criterios académicos, pedagógicos, investigativos y de gestión interna que cada una adopte. En el marco de este sentido genérico, y de algún modo predominante, el cogobierno aparenta ser la garantía necesaria de la autonomía.
el cogobierno, por su parte, supone la representación de los “claustros” en los órganos colegiados de gobierno universitario. Estos órganos son de varios niveles, y adoptan nombres diferentes en las distintas universidades. El cogobierno no supone la representación de los claustros en los cargos de gestión (diríamos, los cargos ejecutivos) internos de la universidad. Ejemplifiquemos con la universidad nacional de mar del plata. Tenemos aquí los órganos y cargos de gobierno del conjunto de la universidad: asamblea universitaria, rector, consejo superior. Luego, los de cada facultad: consejo académico y decano. Luego, dentro de cada facultad, los de cada departamento: consejo departamental y director. En todos estos casos, los representantes de los claustros participan de los cuerpos colectivos; los cargos “ejecutivos” sólo pueden ejercerlos representantes del claustro docente.
desde la normalización universitaria de los años ochenta, los claustros que tienen representación son docentes, graduados y estudiantes. Aunque a veces se discute, el personal “no docente” hasta ahora no forma parte del gobierno de la universidad. Esos tres claustros no tienen una representación igualitaria: en general, los representantes docentes son más que los estudiantes, y éstos son más que los graduados. Los sistemas electorales que se utilizan son de dos tipos: elecciones directas, dentro de cada claustro, para seleccionar representantes a los órganos colegiados; elecciones indirectas para los cargos “ejecutivos”. Así, siguiendo con el ejemplo local, el rector es elegido por la asamblea universitaria, mientras que los decanos de cada facultad son electos por sus respectivos consejos académicos. Al mismo tiempo, el sistema electoral para definir los representantes de cada claustro, es una adaptación del denominado “lista incompleta”: la primera minoría se “lleva” la mayoría de la representación, y la segunda minoría –siempre que alcance un porcentaje de votos que suele establecerse en el 25%- la minoría de los cargos.
este largo relato era necesario, creo, para llegar a decir lo que iba a decir desde el comienzo: que estos sistemas electorales prevalecientes en las universidades nacionales son un completo anacronismo. Contrapongámoslos con aquellos que el estado argentino, en todos sus niveles –nacional, provincial, municipal- ha ido adoptando en las últimas décadas: sistemas de elección directa para cargos ejecutivos; sistemas de representación proporcional para los cuerpos legislativos. La constitución nacional reformada en 1994 eliminó, por fin, los colegios electorales para elegir presidente –retomando lo que ya la reforma de 1949 había establecido-: todos los ciudadanos votan para el cargo político más importante del país. Iguales sistemas existen en todas las provincias y, supongo, en los municipios. La denominada “lista incompleta” para cargos legislativos, adoptada originalmente en 1912, se ha ido dejando de lado, muy notablemente en el congreso nacional –en la cámara de diputados, sería mejor decir- y reemplazada por la representación proporcional.
mientras esto ocurre en el estado argentino, las universidades –que también son órganos del estado- insisten en mantener sistemas más propios de la democracia oligárquica que de la democracia de masas en que vivimos. Los resultados son característicos. Supongamos una elección de rector. En lugar de presentarse programas o propuestas de gobierno, debatidas por el conjunto de los integrantes de la universidad, lo que existen son larguísimas “trenzas” para “convencer” a unos pocos asambleístas; en rigor, a los pocos necesarios para obtener el número necesario para garantizar la elección de determinado candidato. Dicho sea de paso, en esta tarea de “alta” política se encuentran enfrascados los dos candidatos a rector de la universidad de mar del plata, cuya elección se verificará dentro de poco. El conjunto de integrantes de esta universidad ronda los 20.000, entre docentes, graduados y estudiantes. Para elegir un rector, lo que hace falta es asegurar la voluntad de 55 asambleístas.
aquellos que integramos alguna universidad nacional solemos ser muy afectos a declamar sobre la “democracia”, o sobre la falta de ella, en organizaciones o instituciones tanto del estado como de la sociedad civil; no faltan, sino más bien sobran, aquellos que emprenden enjundiosas críticas del “verticalismo” sindical, o del “autoritarismo” gubernamental. ¿y por casa, como andamos?

los viajes de Bartolomé

Miguel Alberto Bartolomé. Librar el camino. Relatos sobre antropología y alteridad, Editorial Antropofagia, Buenos Aires, 2007, pp. 192.
Bartolomé

Hace unos días pude ver la película de Sean Penn, Into The Wild. Se narra en ella la vida del joven Christopher McCandless, alias Alexander Supertramp, quien a principios de los noventa abandonó un buen pasar para recorrer la geografía americana, hasta adentrarse en la Alaska salvaje. Allí murió de desnutrición, unos meses después de haber llegado. Es una película plagada de gestos románticos y tributaria de la cristianización del héroe trágico (el protagonista deviene en una suerte de che guevara -en Bolivia-). Su narración se quiebra por momentos para hablarle al espectador por medio de una escritura a mano alzada o zooms de fragmentos de libros que despegan la pantalla de la trama. Su régimen de citas es arcaico, setentista (Jack London, por ejemplo). Su aspiración es poner a McCandless como el último de los vagabundos (así lo pretendió Jon Krakauer, quien al escribir el libro que dio pie a la película sugirió un circuito que se inició con la autobiografía de William Davies de 1908-que no leí). Si le preguntan a los guardaparques de la zona en que el muchacho murió, claro, no dirán lo mismo. Pero no es discutir el carácter de una aventura lo que trae esa referencia a esta reseña. Sucede que, casualmente, terminaba de leer Librar el camino… y no pude dejar de pensar que también el libro de Bartolomé puede ser leído como un bildungsroman. Ambos protagonistas poseen aproximadamente la misma edad cuando comienzan a viajar, ambos han tratado con universidadades y han entrevisto la profunda grieta que existe entre la experiencia del campo y la teorización libresca (si existe un lector dañino, ese diría que el que ha tratado con la academia antropológica escribe años más tarde relatos de cruces y diálogos interculturales, mientras que quien se enredó con los cultural studies acabó atrapado por las fuerzas que buscó invocar). Aún si en Librar el camino… se narran brevemente etnografías "fallidas", intentos corajudos de comunicación intercultural, el libro de Bartolomé dibuja entrelíneas la forma del pacto que el joven estudiante rápidamente selló con su compromiso etnográfico. Esa forma se mira en el Lévi-Strauss de Tristes trópicos y en la comunicación por momentos paniaguada con grupos ayoreo, mayas, aché-guayakí, entre otros. Bartolomé narra su propia forja (y la de su familia) en las escenas de campo, desde fines de los años sesenta; en contrapunto, en clave de silencio, podemos percibir los golpes que la historia de la sociedad nacional le asesta a las rutas que el protagonista va recorriendo. Como se sabe una autobiografía es como un laberinto: para saber cómo se llega al centro se comienza a recorrer desde el centro mismo, esto es, desde el momento de la escritura autobiográfica. Leído de ese modo, Librar el camino… es un libro que se funda en la autoridad etnográfica (dice Bartolomé que sus relatos deberían poder argumentar por sí solos su posición en el debate contemporáneo sobre el papel de la etnografía) y que pretende hacer caso omiso de las variaciones "posmodernas". Siempre se puede hacer de un relato autobiográfico un manual. Librar el camino… no es una excepción pero tengo para mí que resulta mucho más legible gracias a los embates de las corrientes últimas de la antropología -que sólo por pereza pueden agruparse bajo el rótulo de "posmodernas"-, y que en ese sentido, los relatos que integran el libro no pueden decirnos nada por sí mismos. El más puro de los vagabundeos (la huida, el desencanto, que en la película de Penn hacen que lo whitmaniano se parezca a una travesura de Heidi) no habla por sí mismo, aunque desea brutalmente ser the only game in town. Los relatos de un antropólogo sí porque su núcleo consiste precisamente en escuchar lo ajeno, y porque una vez que la curiosidad juvenil descubre una pregunta para pensar la alteridad, la hace propia y la reescribe. Sólo leyendo las referencias bio-bibliográficas escritas al fondo del libro de Bartolomé estamos dispuestos a aceptar que ese muchacho que en sus comienzos le daba por nombrar todas las cosas (como le sucede a los mccandless), debido a la experiencia etnográfica y a la construcción de cuestionarios antropológicos, en el momento de la escritura ya se sabe extraño en cualquier parte. Su memoria es vasta y por eso agresiva: la inocencia es un lujo.

Vidas desarregladas: los médicos y las pacientes

post cruzado desde Grand Tour

Según parece, el volumen reciente que mayores elogios concita es la última obra de Lisa Appignanesi, puesto a la venta a mediados de febrero con el título de Mad, Bad and Sad: A History of Women and the Mind Doctors from 1800 to the Present (Virago). Appignanesi tiene un notable historial como novelista y estudiosa de las ideas. De ascendencia polaca y ciudadanía canadiense, quizá alguien la recuerde por Los muertos perdidos (Península, 2007), la única de sus novelas vertida al castellano. En esa obra nos ofrece una crónica autobiográfica sobre el periplo de su propia familia, la huida de unos judíos polacos de la barbarie europea. Pero quizá sea tanto o más conocida por su estudio sobre Simone de Beauvoir o por su Freud’s Women, que escribió con John Forrester, en el que abordaba el asunto que se explora con mayor profundidad en Mad, Bad and Sad: el desconcierto y el lugar, a menudo inquietante, de las mujeres en la comprensión y el tratamiento de la aflicción mental. Un libro que, por ejemplo, la escritora Salley Vickers ha calificado en The Guardian como soberbio, ambicioso y, además, bien escrito y entretenido. La prosa de Appignanesi, nos dice, es lúcida y modesta, libre de la jerga habitual en este género. Es un libro largo pero nunca aburrido, que nos deja con la sensación de querer más. Un volumen, añadiría por mi parte, que también tiene algo de autobiográfico, al menos en el sentido de que la madre de Lisa Appignanesi también sufrió el drama de la demencia.
Mad, Bad...

La obra tiene dos objetivos confesos (sigo a Vickers): hacer un examen histórico de la evolución del “mind doctoring”; y considerar si hay algo que distinga la mente femenina de la del varón –y si es social o inherente a la psique femenina lo que hace que cada sexo sea tratado de forma distinta. Así, el núcleo del libro contiene una investigación feminista, pero realizada sin estridencia -de hecho, con un equilibrio que admite evidencias contradictorias y otorga el peso debido al hecho de que todos los informes están culturalmente influenciados y son parciales. De la forma más elocuente posible, Appignanesi intenta exhumar e iluminar las presunciones ocultas que combinan salud moral y mental, y confunden afecto y sentimientos naturales con patología. ¿Es la locura mala o triste? ¿Es la tristeza locura, o la locura mera tristeza? ¿Es peor estar enojado o triste? ¿O es mejor ser simplemente malo?
Las evidencias citadas en el libro son numerosas, extraídas de documentos históricos, muchos de ellos literarios. El libro comienza con uno de los casos más famosos de la historia literaria de la aberración mental: el comportamiento repentino, violento y extraño de Mary Lamb (hermana del conocido Charles Lamb, con quien escribió los Tales from Shakespeare) que la llevó a apuñalar fatalmente a su madre en 1796. Esta historia es un paradigma para el conjunto del libro: Mary, la hija intelectualmente precoz y emocionalmente descuidada de una madre lisiada que favoreció a su primogénito, un hermano menor brillante pero frágil –ese Charles, una persona propensa a la melancolía- devino el principal sostén de su acorralada familia gracias a su trabajo como modista. Un trabajo duro, que la llevaba a un agotamiento físico extremo, junto con una historia de privación emocional, parecen haber provocado un matricidio poco acorde con el carácter que los conocidos le atribuían a Mary.
La historia del ” sereno” y ” sensible” arrebato asesino de Mary – con todo, enteramente comprensible – y su eventual regreso a la comunidad resultan instructivos. Gracias a la rápida acción de Charles, fue confinada en una institución, que sirvió como protección inmediata y, dado que se diagnosticó su locura, como salvaguardia contra cualquier castigo judicial. Como precisa Appignanesi, el caso fue tratado con una clemencia que en épocas posteriores, incluida la nuestra, no habría tenido lugar. De ese modo, Mary retomó una vida de equilibrio desigual. Vivió al cuidado de su alcohólico hermano y tuvo un trabajo creativo fuera del hospital, cuando su estado aconsejaba la salida, lo cual le permitió imaginar un objetivo más allá de los límites de la costura.
Tres factores parecen especialmente relevantes en la crisis inicial de Maria y su recuperación tentativa. El grado de tensión que soportaba, causado por sus responsabilidades y largas horas del trabajo ingrato; el trato despectivo que había recibido desde niñez por parte de su madre; y la intervención crucial de su hermano. Que quien la atormentaba, a su vez víctima de su “locura”, desapareciera -por su propia acción- y que ella recibiera la atención y la preocupación de su querido hermano pudo haber sido suficiente para restaurar su ” cordura”, aunque temporalmente. Parece probable que el daño inflingido en la niñez fuera el factor principal de su malestar. Durante el resto de su vida quedó sujeta a agitados “desarreglos”, y ella y su hermano tuvieron siempre a mano una camisa de. Hay una ilustración conmovedora de ellos llorando cuando van caminando haciala institución donde Maria iba a ser confinada, llevando con ellos las prendas de vestir que allí se requerían.
Appignanesi describe las numerosas e impactantes brutalidades a las que se sometía a quienes eran señalados como insanos. Es especialmente escalofriante cuando aborda las técnicas de la alimentación forzosa, que llevaban a la pérdida de dientes y, con frecuencia, a mandíbulas rotas. Hay ejemplos terribles de los asaltos quirúrgicos realizados en nombre de la curación. Un diabólico “cuidador”, el Superintendente Henry Cotton del asilo estatal de Trenton en los E.E.U.U, “realizó una obscena campaña de cirugía de amígdalas, estómago, colon y útero de los pacientes [del psiquiátrico femenino], además de arrancarles los dientes. En el proceso, mutiló y mató a miles”.
Pero Mary Lamb no es el único caso donde la amabilidad y el escape de las presiones del mundo probaron ser modestamente eficaces. La propia Maria ofrece este sabio consejo a un amigo cuya madre se ha convertido en demente: ” Dedica todo tu empeño a estar seguro de que la tratan con dulzura… que es algo a lo que la gente en su estado es con frecuencia susceptible”. Uno de sus médicos prescribió una terapia eficaz consistente en agua, paz y guardar cama.
Appignanesi
Uno de los placeres del texto de Appignanesi es su voluntad de contemplar la posibilidad de que tales simples reconstituyentes pudieran ser efectivos. El dicho según el cual ” la naturaleza cura y el médico cobra” no es simple cinismo. La disposición de un asilo seguro, a salvo de tensiones cotidianas, la calma y la amabilidad pueden ser mejores remedios, en última instancia, que las drogas o la intervención humana especializada. Un hecho sobresale claramente a través del libro: el trato y la atención sensible de otra alma humana es la única característica constante en cualquier tratamiento acertado. Y hay también el reconocimiento, hostil a nuestra forma de ver las cosas, de que ” las curaciones raramente son absolutas o para siempre”.
Appignanesi también subraya que el desarraigado y el trastornado fueron socialmente más aceptables cuando aún no se habían convertido en objetos médicos, pues eso obligó a estigmatizarlos. Y con este cambio ocurre el extraño y bien documentado fenómeno del acuerdo, reconocido o tratado raramente entonces, entre cualquier teoría dominante y la naturaleza de los síntomas manifestados. Así tenemos la superabundancia de parálisis histérica a fines del siglo diecinueve y principios del veinte, una condición inusual hoy pero habitual para Freud y sus contemporáneos; en los sesenta, con el profeta Laing, los estados mentales conflictivos fueron representados como un aumento de “voces” incorpóreas ; más recientemente, ha habido múltiples personalidades remiten su origen a los abusos sexuales (aunque Appignanesi presenta casos históricos donde nunca fue un factor); y ahora estamos sitiados por los desordenes de atención de nuestros niños, una plaga para profesores y a padres distraídos.
El ejemplo de Mary Lamb es solamente una entre muchas historias crueles y fascinantes. La última parte del libro contiene de forma clara y comprensiva un recuento de las principales contribuciones psicológicas del siglo pasado. Pero el latido del libro está en las arrolladoras lecturas de las vidas desordenadas de Théroigne de Méricourt (el revolucionario francés rescatado por el Marqués De Sade de una tertulia de mujeres chillonas), de Alice James (hermana de Henry y de William), de Virginia Woolf, de Sabina Spielrein (paciente de Jung, amante y analista temprana), de Zelda Fitzgerald, de Sylvia Plath, de Virginia Woolf, de Lucia Joyce, de Jane Fonda y de Marilyn Monroe. Appignanesi resiste la tentación de darle un toque romántico a la locura, pero ejemplos como éstos demuestran una correlación entre un talento inusual, o sensibilidad, y susceptibilidad a desestabilizarse.
El caso de Celia Branden es particularmente fascinante. La experiencia de Branden, la corrección física que padeció siendo niña, se convirtió en la fantasía demoníaca predominante en sus preferencias sexuales posteriores (el libro demuestra por qué la amabilidad cariñosa para con los niños es esencial para el bienestar del individuo adulto y para el de la sociedad). Branden proporcionó sus propias confesiones, muy inteligentes, revelando una perspicacia freudiana. Ella había leído y comprendido a Freud y podía aplicar sus teorías incluso aunque, confinada con sus propios demonios sexuales, nunca recibió las ventajas potenciales de esa “cura oral”.
Por supuesto, no sólo aparecen están célebres mujeres desordenadas. También aparece Philippe Pinel (1745-1826), encargado de los manicomios del París revolucionario, con el hospital de Salpêtrière como bandera, donde pudo clasificar la alienación mental en cuatro tipos: manía, melancolía, demencia e imbecilidad. Y aparece Sigmund Freud cuando es un joven neurólogo que estudia en París y sigue las técnicas de Jean-Martin Charcot, en particular el uso del hipnotismo para tratar esa enfermedad tan femenina, la “histeria”. Y está el Freíd que vuelve a Viena e idea su “talking cure”, su terapia oral. Y Jung y Lacan y, por supuesto, la anti-psiquiatría de R.D. Laing.
Muchos estudios anteriores han enfatizado a menudo los aspectos misóginos y coactivos de estos médicos, de sus diagnósticos y tratamientos. En cambio, Appignanesi modera la perspectiva, acentuando las complejidades de esa relación terapéutica recíproca y colusoria, la gama de emociones experimentadas por ambos lados, el médico y la paciente, así como la benevolencia de muchos doctores. Sugiere incluso que las pacientes tuvieron sus propios y sutiles métodos para obtener ciertas ventajas dentro de esa relación. De todos modos, ¿por qué centrarse en pacientes femeninas? ¿No supone eso repetir las viejas ideas sobre las mujeres como seres más frágiles? Appignanesi ofrece varias respuestas, que habremos de leerle y explorar. Digamos de entrada que las estadísticas contemporáneas acentúan la mayor propensión de las mujeres a sufrir tristeza o locura, pero el balance histórico de esa enfermedad femenina incluye muy a menudo a mujeres oprimidas que luchan por articular su cólera y que son tildadas de neuróticas o algo peor.
Appignanesi es demasiado cauta para intentar establecer ninguna teoría sobre el lugar de la feminidad en la historia de la enfermedad mental, pero insinúa que, por educación y por razones genéticas de procreación, las mujeres generalmente se adaptan mejor. Son mejores a la hora de captar las pistas, tanto sobre lo que se les pregunta como sobre lo que es aceptable. Imagina, entonces, que las mujeres pueden concebir y entregar cualquier estrategia que dé a sus supuestos descontentos la forma necesaria para que quepan en las teorías que existen en la conciencia colectiva. Appignanesi no es una feminista pero el libro sugiere que las mujeres son a menudo los heraldos dramáticos, incluso trágicos, de las nuevas y radicales teorías de los varones.