el origen de las especies

Janet Browne. La Historia De El Origen De Las Especies de Charles Darwin, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2007, pp. 187.
Janet Browne

I

Para alguien que pasa mucho tiempo leyendo artículos, leer un libro en el tiempo que tardamos en terminar un paper es una actividad que pronto se descubre emocionante. El paper no paga. La íntima sensación de estar liquidando en dos horas un céntimo de las novedades editoriales puede incentivar nuevos embates al resto. La velocidad, sin embargo, puede hacer que la voz interior del lector se transforme en un berreo sincopado. Eso no es bueno,claro, pero el si texto que estamos asaltando con ese ritmo frenético se deja atrapar con esos trucos, o mejor, si se presta especialmente a ese tipo de trampas tácticas, entonces la glosolalia aumenta la sensación de poder acabar con lo nuevo.
Mientras leía el libro de Browne pensé en la nada descabellada posibilidad de desarrollar software del tipo lectores de texto a la medida de esa voz personal con la que cada uno de nosotros lee en silencio. Los que ya existen no son muy satisfactorios: cosas lentas y ferrosas, capaces de desactivar el goce vicario. Pero confío en que, en unos años, podamos escuchar el texto de Browne rápida y elocuentemente, mientras llenamos planillas o jugamos un bingo.

II

La divulgación escrita por especialistas, por científicos, es uno los mitos mejor pagados en la industria editorial; acaso consecuentemente es también un sueño que anima algunas nostálgicas fantasías de las sociales y las humanidades. No se trata sólo de un corolario del programa gnoselógico basado en el “derrame” de conocimiento de “arriba hacia abajo” sino en algo más modesto pero necesario: un modo vital de ser reconocido. Pero así como estamos a casi 150 años de la publicación de Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la existencia, también estamos lejos de los mineros lectores de Haeckel o los anarquistas fascinados por la argamasa de José Ingenieros. Además de la certera constancia de que el objeto libro se invoca cada vez menos (aún si los cánticos que lo promueven son cada vez más estridentes y autorizados), sabemos que la acaso ingenua aceptación de las colecciones de divulgación que proliferaron durante mucho tiempo (tipos grandes, abundantes párrafos y apartados, ilustraciones, etc.) hoy ya no se compran. Millones de lectores y lectoras finalmente se avivaron. En ese sentido, el libro de Janet Browne ofrece al lector urgido por los tiempos pero comprometido con el saber una buena batería paratextual: “agradecimientos”, “notas sobre las ediciones de El origen de las especies”, “Introducción”, “Bibliografía y lecturas complementarias”, y un índice onomástico que queda, irónicamente, a un paso del rigor de la ciencia. Este libro de “la estudiosa más importante de Darwin” [cita: lamentablemente no puedo confirmar ese juicio: sesenta solapas dicen otra cosa] viene acompañado de una tapa cautivante: unas hojas y unas caracolas en un tono, con un círculo verde sobreimpreso, de esos que en bajorrelieve y con distinta textura fueron pensados para ser acariciados.

III

Browne, en –justamente– los “agradecimientos”, agradece a los amigos del Wellcome Trust Centre for the History of the Medicine del University College de Londres por el asesoramiento que le prestaron para escribir el libro, pero también agradece a Kit y Evie: dos pequeños universitarios (“alumnos” les dice Browne, para forjar un crítptico homenaje a Charles Darwin utilizando terminología del S. XIX). Es notable la calidad de este libro para formar parte de un programa de una materia universitaria. Es muy conocida la resistencia de los adolescentes a leer materiales añejos y largos (el propio Darwin al parecer reconoció que algunos capítulos de su original libro eran pasmosamente lentos), y en especial la que aqueja a los estudiantes de biología que les evita todo contacto con el ilustre pero ya reconsiderado texto darwiniano. El libro de Browne viene a aliviar esa ausencia en el período formativo del grado universitario.
Si quitamos la introducción, las notas, la bibliografía complementaria y otros accesorios, las fotocopias del libro no superarán las 45 hojas doble faz. Kit y Evie se mostraron muy interesados por la vida y obra de Darwin en una sobremesa bien templada: tanto la autora como quien esto escribe suponen que ese interés se verá multiplicado por un trabajo práctico sobre el libro que partió al medio el siglo XIX, que tendrá como lectura obligatoria este libro de la Browne.

Los daños de la deriva posmoderna

post cruzado desde Clionauta

Gordon Wood
Gordon S. Wood, un docente universitario muy conocido por sus recensiones periodísticas, acaba de publicar un volumen sobre estos asuntos: The Purpose of the Past. Reflections on the Uses of History (Penguin Press). Una de las reseñas que ha merecido apareció hace unos días en el Washington Post.
Se trata de una colección de 21 ensayos que inciden en lo siguiente: ” El resultado de toda esta historia postmoderna, con su verborrea sobre “deconstrucción,” “descentramiento,” “textualidad” y “esencialismo” ha sido el de hacer que la escritura académica de la historia sea casi tan esotérica y cerrada como la que caracteriza a los eruditos literarios. Esto es francamente malo, puesto que la historia es un esfuerzo que necesita un amplio número de lectores para justificarse a sí misma”. En consecuencia, los historiadores académicos han estado preocupados por asuntos de raza, sexo y multiculturalismo, dejando un vacío que ha sido ocupado con éxito por historiadores populares sin respaldo ni empleo académicos, tales como David McCullough, Walter Isaacson, Ron Chernow, Thomas Fleming y Stacy Schiff. Por supuesto, Wood no les menosprecia: “Barbara Tuchman me merece todos los respetos, y lo mismo e incluso más siento por su sucesor, por el historiador popular más importante del país, David McCullough”. Así pues, acoge con satisfacción su trabajo, no sólo por sus méritos, sino como antídoto a la estrecha y a menudo pesada historia ideológica que sale de las universidades, a menudo escrita con ese “lenguage especial que los críticos literarios utilizan ahora para marcar distancias con la estructura de poder y con el grueso común de los lectores ordinarios”, con su meta por aquí y su meta por allá.
Este período “tumultoso” comenzó, señala Wood, con la ola de agitación política que barrió los departamentos de humanidades en los años 60 y así sigue. Wood deplora esa deriva y declara haberse formado en otra escuela, bajo la influencia en Harvard de Bernard Bailyn, “el más inspirado de los historiadores”, a quién dedica el libro. Pero también estuvo en la brecha (en la Brown University, sobre todo) como profesor durante este período de cambio, siendo testigo de primera mano de todo ello.
Gordon Wood
Una de las modas que discute con acritud es el presentismo, permitir que las sensibilidades modernas se usen para colorear y controlar nuestra opinión del pasado. Reconoce que “los problemas y las presiones del presente deben ser un estímulo para nuestras incursiones en el pasado”, pues ” es natural que queramos descubrir las fuentes, los orígenes, de nuestras actuales circunstancias”. Pero lo actual no debe ser el criterio único. “Nuestras percepciones y explicaciones sobre el pasado no se deben forjar con las urgencias y los problemas de nuestro propio tiempo. Los mejores y más serios historiadores siempre lo han sabido, incluso cuando su impulso original para escribir historia procediera de un problema presente, acuciante. Ser capaz de ver a los actores del pasado de manera comprensiva, verlos en el contexto de su propio tiempo, describir su ceguera y locura con simpatía, reconocer el grado en el que fueron alcanzados por circunstancias cambiantes sobre las que tenían poco control, darnos cuenta hasta qué punto obtuvieron resultados que nunca se propusieron — saber todo eso sobre el pasado y poder relatarlo sin distorsión anacrónica con nuestro presente es lo que significada tener un sentido histórico”.
Así, Wood elogia el temperamento de James Burns MacGregor y lamenta el presentismo de su The Vineyard of Liberty, lo mismo que admira a Jill Lepore y rechaza los dictados del presente que habría en su The Name of War, etc. Los historiadores, dice, “buscan estudiar los acontecimientos del pasado no para hacer generalizaciones transhistoricas sobre la conducta humana, sino para entender esos acontecimientos tal como realmente ocurrieron, en todos sus contextos y circunstancias”.
La clave: “A diferencia de la sociología o de la ciencia política, la historia es una disciplina conservadora — conservadora, por supuesto, no en el sentido político contemporáneo sino en el sentido de inculcar escepticismo sobre la capacidad de la gente de manipular y de controlar con éxito sus propios destinos. Demostrando que los mejores planes acaban generalmente mal, el estudio de la historia tiende a refrenar el entusiasmo juvenil y a contener el espíritu de conquista del futuro que mucha gente tiene”.
En fin, la cosa es discutible, pero como ha señalado el académico Douglas Brinkley (Rice University) en Los Angeles Times, es bueno saber que hay alguien como Wood ahí fuera, ejerciendo de nuestro particular perro guardián, evaluando los cambios a largo plazo en nuestra profesión y esperando que el número total de lectores de nuestro gremio continúe creciendo.

N.B.: Resulta que hace poco Livres Hebdo señalaba algo, en parte, similar. Al parecer, los editores galos demandan a los historiadores que ajusten su escritura para llegar a un público más amplio, sobre todo porque los libros de historia (de ese tipo) se venden muy bien, bastante por encima de la media general, aunque la producción no sea muy alta.

Piratería libresca (sector apocalíptico)

post cruzado desde Clionauta

El Times londinense publicó un artículo el 31 de marzo con el alarmante título de “La piratería de libros en internet hará que los autores dejen de escribir”. A mi me parece que en algunos casos sería un alivio, por supuesto, pero hay quien se toma la cosa en serio.
Al parecer, esa piratería tendrá efectos catastróficos a menos que se busquen métodos para compensar a los autores por la merma de ventas. Claro que este triste pronóstico procede en realidad de la Sociedad de Autores, que representa a más de 8.500 escritores profesionales en el Reino Unido y que cree que los estragos causados a la industria musical está empezando a llegar al comercio del libro. Internet estaría inundado de copias digitales gratuitas y no autorizadas de capítulos de libros y en algunos casos de volúmenes completos. Las víctimas más prominentes de la piratería del libro incluirían bombres como los de Jamie Oliver y J.K. Rowling, pero los escritores más vulnerables serían los poetas poco conocidos, los autores de narraciones breves y los escritores de libros de cocina.
Según recoge el Times, resultaría que algunos de los nombres más importantes de Internet se están convirtiendo en editores digitales, y no necesariamente con la ayuda de la industria del libro. Google se enmaraña en conflictos legales con autores y editores a propósito de sus planes de ofrecer copias electrónicas libres del mayor número posible de libros. Amazon ha descubierto que la función de “busca dentro/search inside”, que permite que los lectores ojeen unas cuantas páginas seleccionadas de los libros, ha incrementado sus ventas.

Tracy Chevalier

En ese sentido, el periódico recoge las declaraciones de la escritora norteamericana Tracy Chevalier (La Joven de la Perla), para quien el método tradicional por el que los autores obtienen sus ingresos (adelantos y derechos de autor) está desapareciendo: “It is a dam that’s cracking”, dice. "We are trying to plug the holes with legislation and litigation but we need to think radically. We have to evolve and create a very different pay system, possibly by making the content available free to all and finding a way to get paid separately. It’s hitting hardest the writers who write books that you dip in and out of: poetry, cookbooks, travel guides, short stories – books where you don’t have to read the whole thing. Although people still buy [books by] Nigella and Jamie Oliver and Delia it is because of their celebrity. Cookbook authors are really struggling. I do it myself – if I want a recipe I go online and get it for free. For a while it will be great for readers because they will pay less and less but in the long run it’s going to ruin the information. People will stop writing. There’s a lot of ‘wait and see what the technology brings’ but the trouble is if you wait and see too long then it’s gone. That’s what happened to the music industry.”
Como ya he indicado, esta posición me parece apocalíptica, pero no excluyamos su caracter instrumental. Canon por aquí, canon por allá. Quizá se nos está preparando el terreno para que, a no mucho tardar, tengamos que abonar un impuesto a cuenta del lucro cesante de los escritores hipotéticamente pirateados.

pirates

El redactor del Times, muy acertadamente, aprovecha la ocasión para recordar el caso de Daniel Defoe, uno de cuyos poemas satíricos ("El verdadero inglés") se convirtió en 1701 en un bestseller, tras haber conseguido distribuir (o vender) 80.000 copias no autorizadas. No se hizo rico, dice el periódico, pero se hizo famoso. Es más, en el prefacio de una edición posterior, fechada en 1703 con motivo de la edición de A True Collection of the Writings of the Author of the True-Born Englishman corrected by himself, Defoe se refirió con gratitud a los “piratas” que habían vendido su obra, lo cual pasa por ser la primera referencia conocida al pitareo de la propiedad intelectual. Así termina su An Explanatory Preface de 1703:

quotep

As to answers, banters, true English Billingsgate, I expect them till nobody will buy, and then the shop will be shut. Had I wrote it for the gain of the press, I should have been concerned at its being printed again and again by pirates, as they call them, and paragraph-men; but would they but do it justice and print it true according to the copy, they are welcome to sell it for a penny if they please. The pence indeed is the end of their works. I’ll engage, if nobody will buy, nobody will write. And not a patriot-poet of them all now will, in defence of his native country—which I have abused, they say—print an answer to it, and give it about for God’s sake.

Stefan Collini analiza a E.H.Carr

post cruzado desde Grand Tour

Stefan Collini pasa por ser un crítico feroz de los Cultural Studies (véase su “Grievance Studies: How not to do Cultural Criticism”, en su recopilación de artículos periodísticos English Pasts. Essays in History and Culture, Oxford, Oxford University Press, 1999, págs. 252-268). Es bien conocido por ello, además de por sus trabajos de historia intelectual, y por la larga polémica que sobre el particular mantuvo hace años con otro crítico, Francis Mulhern (Culture/Metaculture, Routledge, 2000) en la New Left Review.
Sirva lo anterior como breve preámbulo para dar cuenta de que Collini acaba de publicar Common Reading: Critics, historians, publics (OUP), que incluye una amplia reflexión sobre el historiador E. H. Carr.
Collini
El volumen ha sido bien recibido y, por ejemplo, fue seleccionado como libro de la semana por The Times Higher Education, donde se recogía una frase que Terry Eagleton le dedicó a propósito de su volumen Absent Minds y que resulta significativa para comprender su posición: “Collini has the air of the genial but apolitical don, with little sense of the power and oppression that underlie social relations; for him, society is just a delightfully diverse set of positions and opinions, with nothing as vulgar as a dominant power in view”. Digo esto porque entre los historiadores que aparecen en Common reading, y no muy bien parados, están E.P. Thompson y Perry Anderson.
Pero decíamos que analiza a Carr y como prueba de ello está el largo artículo que ha aparecido en The Times Literary Supplement como avance y difusión de ese Common reading: “E. H. Carr: historian of the future. An intellectual, a realist and an optimist, Carr respected power over all illusions of liberal morality”. Así empieza:

quotep

La carrera de E.H. Carr (1892-1982) proporciona una singular, y a menudo desconcertante, ilustración de las tensiones y paradojas que supone ser uno de los principales intelectuales de la Gran Bretaña del siglo XX. Mediante ese pequeño libro titulado ¿Qué es la historia? probablemente hizo tanto como cualquier otra figura para dar forma a una serie de reflexiones sobre la naturaleza del conocimiento histórico en la segunda mitad del siglo, especialmente entre estudiantes de instituto y universitarios, y más si tenemos en cuenta que no se había formado como historiador ni fue nombrado nunca como profesor de la materia. Fue el principal fundador británico de lo que acabaría convertiéndose en escuela dominante, la “realista”, en el estudio de las relaciones internacionales. Además, en la última parte de su larga y productiva vida desacreditó la disciplina y marcó distancias respecto a ella. Durante la guerra fría, mantuvo un aislamiento intelectual y político, defendiendo los logros de la revolución rusa y de la Unión Soviética, aunque en buena medida se antuvo indiferente a la teoría marxista.
Hay paradojas comparables si hablamos de la manera en la que Carr desempeñó sus variados papeles. Algunos de sus textos más notables tomaron la forma de artículos de fondo para la reconocible voz de la opinión establecida de mediados de siglo, The Times, del cual fue Assistant Editor entre 1941 y 1946; con todo, sus contribuciones fueron denunciadas regularmente por políticos y administradores en el poder, que las vieron como peligroso subversivo de la política nacional. En los años 60 y 70 lo proclamaron como una especie de líder perdido de la izquierda intelectual, aunque desdeñaba el “análisis abstracto de los textos marxistas” que caracterizaba a su parecer a la New Left Review de aquella época, prefiriendo publicar sus propias opiniones en el mucho más convencional Times Literary Supplement.
Carr era un escritor enérgico, con talento y gusto para la polémica, aunque mucha de su escritura más influyente se publicó de forma anónima (de todos modos, su profesión de escritor era a menudo conocida o ampliamente sospechada). Había también cierta calidad paradójica en muchas de sus opiniones características y de sus sensibilidades intelectuales. Defendió de forma vigorosa el progreso, contra todas las formas de conservadurismo y de nostalgia, aunque no fue de ninguna manera un liberal.

En fin, aquí lo dejo, porque tampoco es que haya nada realmente nuevo. Al menos nada fundamental que no estuviera en el volumen de Jonathan Haslam The Vices of Integrity The Vices of Integrity: E H Carr 1892-1982 (Verso, 2000) o en el editado por Michael Cox, E.H. Carr: a critical appraisal (Palgrave, 2000).