
I
Para alguien que pasa mucho tiempo leyendo artículos, leer un libro en el tiempo que tardamos en terminar un paper es una actividad que pronto se descubre emocionante. El paper no paga. La íntima sensación de estar liquidando en dos horas un céntimo de las novedades editoriales puede incentivar nuevos embates al resto. La velocidad, sin embargo, puede hacer que la voz interior del lector se transforme en un berreo sincopado. Eso no es bueno,claro, pero el si texto que estamos asaltando con ese ritmo frenético se deja atrapar con esos trucos, o mejor, si se presta especialmente a ese tipo de trampas tácticas, entonces la glosolalia aumenta la sensación de poder acabar con lo nuevo.
Mientras leía el libro de Browne pensé en la nada descabellada posibilidad de desarrollar software del tipo lectores de texto a la medida de esa voz personal con la que cada uno de nosotros lee en silencio. Los que ya existen no son muy satisfactorios: cosas lentas y ferrosas, capaces de desactivar el goce vicario. Pero confío en que, en unos años, podamos escuchar el texto de Browne rápida y elocuentemente, mientras llenamos planillas o jugamos un bingo.
II
La divulgación escrita por especialistas, por científicos, es uno los mitos mejor pagados en la industria editorial; acaso consecuentemente es también un sueño que anima algunas nostálgicas fantasías de las sociales y las humanidades. No se trata sólo de un corolario del programa gnoselógico basado en el “derrame” de conocimiento de “arriba hacia abajo” sino en algo más modesto pero necesario: un modo vital de ser reconocido. Pero así como estamos a casi 150 años de la publicación de Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la existencia, también estamos lejos de los mineros lectores de Haeckel o los anarquistas fascinados por la argamasa de José Ingenieros. Además de la certera constancia de que el objeto libro se invoca cada vez menos (aún si los cánticos que lo promueven son cada vez más estridentes y autorizados), sabemos que la acaso ingenua aceptación de las colecciones de divulgación que proliferaron durante mucho tiempo (tipos grandes, abundantes párrafos y apartados, ilustraciones, etc.) hoy ya no se compran. Millones de lectores y lectoras finalmente se avivaron. En ese sentido, el libro de Janet Browne ofrece al lector urgido por los tiempos pero comprometido con el saber una buena batería paratextual: “agradecimientos”, “notas sobre las ediciones de El origen de las especies”, “Introducción”, “Bibliografía y lecturas complementarias”, y un índice onomástico que queda, irónicamente, a un paso del rigor de la ciencia. Este libro de “la estudiosa más importante de Darwin” [cita: lamentablemente no puedo confirmar ese juicio: sesenta solapas dicen otra cosa] viene acompañado de una tapa cautivante: unas hojas y unas caracolas en un tono, con un círculo verde sobreimpreso, de esos que en bajorrelieve y con distinta textura fueron pensados para ser acariciados.
III
Browne, en –justamente– los “agradecimientos”, agradece a los amigos del Wellcome Trust Centre for the History of the Medicine del University College de Londres por el asesoramiento que le prestaron para escribir el libro, pero también agradece a Kit y Evie: dos pequeños universitarios (“alumnos” les dice Browne, para forjar un crítptico homenaje a Charles Darwin utilizando terminología del S. XIX). Es notable la calidad de este libro para formar parte de un programa de una materia universitaria. Es muy conocida la resistencia de los adolescentes a leer materiales añejos y largos (el propio Darwin al parecer reconoció que algunos capítulos de su original libro eran pasmosamente lentos), y en especial la que aqueja a los estudiantes de biología que les evita todo contacto con el ilustre pero ya reconsiderado texto darwiniano. El libro de Browne viene a aliviar esa ausencia en el período formativo del grado universitario.
Si quitamos la introducción, las notas, la bibliografía complementaria y otros accesorios, las fotocopias del libro no superarán las 45 hojas doble faz. Kit y Evie se mostraron muy interesados por la vida y obra de Darwin en una sobremesa bien templada: tanto la autora como quien esto escribe suponen que ese interés se verá multiplicado por un trabajo práctico sobre el libro que partió al medio el siglo XIX, que tendrá como lectura obligatoria este libro de la Browne.









