Smokers Outside The Hospital Doors

Hace tiempo que busco una nota de Anthony Burgess sobre el acto de fumar que alguna vez publicó el Página/12. Se decían allí muchas cosas que ennoblecían a esa práctica, acaso una de las más humanas y reflexivas empresas que ha encarado parte de la humanidad (si alguien tiene esa nota, avise). Hace un tiempo, Rodrigo Fresán, hablando de los Editors, decía que el tema este que ponemos acá, Smokers Outside The Hospital Doors, tenía un título muy bueno. Y sí, tenía razón nomás.

Diarios de viajes

Bernard-Henri Lévy. American Vertigo. Un viaje por Estados Unidos tras los pasos de Tocqueville. España, Ariel, 2007.
y
José Emilio Burucúa. Cartas norteamericanas. Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2008.

American Vertigo
Cartas norteamericanas

El Atlantic Monthly le paga un viaje a BHL. La propuesta tenía algo de honroso: ir por la huella de Tocqueville, tocar algunos puntos en el mapa que él tocó. Algo comercial: American Vértigo, el libro que BHL escribe a partir de sus textos publicados en el diario, tiene de fondo tantos reportajes como un programa de entrevistas. Algo de europeo: BHL está convencido de que Europa es la cuna de muchas cosas, y que el ejercicio permanente de contrastación –mitigado, exacerbado o negado: como sea que aparezca– le devuelve siempre una certeza. Así se propone BHL: un tanto intelectual, un poco reportero, algo turista. El libro tiene un epílogo, que más que trabajar conclusiones, fija ideas previas, trae debates que a una idea de Europa le siguen pareciendo importes. Algunas nociones sobre norteamérica son precisadas allí mismo: acaso distantes de Tocqueville, seguro lejos del maoísmo que según BHL hizo que él no significara intensamente al autor de La democracia en América, muy íntimas de una idea de democracia reactiva a la desmesura (es esa la obesidad que perturba a BHL, no la de los cuerpos gordos). Entonces sí, esa democracia está en crisis. Pero el modelo no ha caído. Algunas alarmas bien francesas enciende BHL en torno a las debilidades y fortalezas del comunitarismo, alrededor de la dictadura de las minorías, sobre los desboblamientos del eje de coordenadas izquierda-derecha y los del eje social: demandas étnicas, éticas. Igualdad y puritanismo: grandes nombres que BHL siempre está testeando (en las rutas, en los edificios, en los reportajes). Su visita a algunas cárceles (Rikers Island al comienzo del viaje, Guantánamo hacia el final) no parece haber sido explotada lo suficiente. Parece haber más pistas del futuro de norteamérica en la observación de las dirigencias que en reflexión sobre las instituciones disciplinantes o en el crecimiento de la pobreza. Parece haber más datos sobre el futuro de la democracia en américa en las estrategias de las asociaciones civiles ligadas a cubanos y mexicanos que en muros y bloqueos.

Mapa del viaje de BHL

Cuando la naturaleza que el autor observa desmadrarse desde la ruta amenaza con ahogar todo relato posible, BHL la somete con unas metrallas barrocas que todo turista siempre lleva consigo. Esas mazas no sirven para derribar un mall como el de Minneapolis, lo mejor allí es comprar. Pero hay que decir que las ideas fuertes de BHL apagan muy bien aquellos hachazos barrocos. Este museo es falso, este dirigente, esta ciudad. Tal cosa es europea; esta es mi lista de ciudades donde viviría; esta es mi epifanía. (Por cierto, la epifanía de BHL es la visión desde la ruta del Space Needle en Seattle.)
Tantas puntas para discutir y tanta impericia para reseñarlo. Un síntoma de que hubiera sido mejor leer American Vértigo como columna en el Atlantic Monthly.
BHL cita a varias otras personas que escribieron sobre su viaje a América. Su modelo es Kerouac. En el camino. Pero no hay nada de eso en este libro. Acaso el viaje de Alvar Nuñez Cabeza de Vaca se parezca más en todo a American Vértigo. Sólo que BHL parece haberla pasado mejor.

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También parece haber disfrutado del viaje José E. Burucúa. Su libro es en todo sentido más artesanal. El autor recopila mails enviados desde Estados Unidos a un conocido historiador argentino: sus impresiones de viaje. También Burucúa es un poco turista y algo intelectual, pero, a diferencia de BHL, el argentino es espectador. La distancia entre la américa vista en cinerama y la que sus textos describen es el territorio de sus sensaciones (y estas son de gozo: si estaba allí en los ciencuenta, el racismo lo hubiera descorazonado; ahora primero está el desencanto, después la celebración).
Europa para BHL era una buena cosa, una cosa con tradición. Todo una idea. Argentina es para Burucúa una zona hecha con residuos y balbuceos de un futuro trunco. La argentina de Perón, el país de nombre Perolandia. Podemos mirar a Sarmiento para dar cuenta de sus comparaciones, pero se parecen mucho más a esa distancia que el turismo de clase excelsa gusta poner entre ellos y ese país de origen que no los comprende ni cautiva. Pero como el libro de Burucúa es un diario de viaje a través de museos y galerías, esa incompresión siempre nos es probada: hay una especie de autoridad etnográfica en la base de este proyecto.
Mapa del viaje de Burucúa
Motivos académicos se llevan buena parte del viaje de Burucúa. Todo es un poco así: una larga e inteligente conversación sobre cosas de arte. Mucho menos Sarmiento, mucho menos política; por momentos el espejo de Cartas norteamericanas es el cuento de A. Sillitoe, “La soledad del corredor de fondo”. No hay demasiados interlocutores para Burucúa y por eso no hay interrogación pero si admiración y furia. Tampoco hay un Atlantic Monthly.