El simulador académico

Existen los impostores académicos dice Mario Bunge en una nota de opinión que publicó La Nación con el título de “La simulación de la lucha por la cátedra”. En efecto, el autor sostiene que en su larga carrera universitaria ha conocido a muchos simuladores universitarios. Dice el físico que los hay de dos tipos: los que simulan a sabiendas (especie de farsantes), y los tontos e ignorantes que no tienen idea de serlo. Unos y otros ocupan espacios en las cátedras, dirigen departamentos o investigan. Aprovecha Bunge para dar un ejemplo de cada especie, y, como era esperable, recalca el caso de un físico afiliado al peronismo “designado director del Instituto de Física de la Universidad Nacional de La Plata (rebautizada Eva Perón). De la noche a la mañana, el minúsculo personaje se transformó en un energúmeno que gritaba a sus colegas y tomaba decisiones absurdas”.
Mario Bunge se introduce en la problemática a partir de un trabajo pionero: La simulación en la lucha por la vida. No obstante el físico, epistemólogo, filósofo y ensayista le adjudica la obra a José María Ramos Mejía, cuando quizá hasta algún farsante o ignorante académico sabe que fue escrita por José Ingenieros.

Traiciones

Ana Longoni. Traiciones. La figura del traidor en los relatos acerca de los sobrevivientes de la represión, Editorial Norma, Buenos Aires, 2007.
Traiciones

Irremediablemente ha llegado la hora. La construcción de la memoria sobre la década del 70’ y particularmente sobre el terrorismo de Estado, ha llegado a un punto en donde la aguas de la discusión parecieran rebasar los diques que imponía la lucha por los derechos humanos y la edificación de una vocación democrática. La derogación de las leyes de “obediencia debida” y “punto final” y el juzgamiento efectivo, aunque sorprendentemente lento, de los dinosaurios de la represión indudablemente reaviva la discusión y el debate.
Hace unas pocas semanas, a raíz de la condena efectiva al represor Benjamín Menéndez, se abrió un nuevo capítulo del debate. El periodista Martín Caparrós escribió una polémica columna de opinión en el diario Crítica, titulada “El Peor acuerdo”, en la cual exponía provocativamente una reflexión histórica por demás interesante: los desaparecidos no eran luchadores por la “democracia”. Eran, a pesar de los matices, una generación de militantes comprometidos con la construcción de una sociedad distinta, orientada al socialismo y muy lejana al gobierno que dice estar reconstruyendo el proyecto interrumpido por la última dictadura. Las críticas no se hicieron esperar y el lector las puede observar en la edición digital del diario, en donde una sucesiva serie de comentarios se empeñan en ubicar al autor de La Voluntad, uno de los libros más valiosos para recuperar la memoria de la década del 70’, en el campo de los “enemigos y los traidores”.
En tal sentido, este tipo de debate lamentablemente pareciera no dar cuenta de la importante, aunque en cierto sentido marginal, producción académica que desde la historiografía argentina pretende problematizar la cuestión.
El libro escrito en 2007 por Ana Longoni pareciera haberse adelantado al debate. A través de una profunda reflexión sobre la literatura testimonial escrita durante las tres últimas décadas, Longoni deconstruye la figura del “traidor y la traidora” que se ha realizado a partir de esos escritos. Concretado a través de un complejo análisis del discurso, centrado en las novelas testimoniales Recuerdos de la Muerte de Miguel Bonasso, Los Compañeros de Rolo Diez y El fin de la Historia de Liliana Heder; la autora reflexiona sobre la construcción de la figura del sobreviviente de los centros clandestinos. A través del mantenimiento de la ética “militarista” estas novelas reconstruyen la experiencia concentracionaria como un escenario en donde “héroes/mártires” son contrapuesto a los “traidores/sobrevivientes”, lo cual permite a los autores evitar reflexionar sobre las causas profundas de la derrota de los proyectos políticos revolucionarios, ubicando la “traición” como un elemento sustantivo pero superficial para entender dicho fracaso.
Muñida de una aguda mirada y de un sólido aparato teórico Longoni demuestra sucesivamente cómo la literatura testimonial se erige, particularmente en el caso de El fin de la Historia, en una suerte de tribunal histórico en donde se invita al lector a juzgar la actitud de los militantes. De esta forma se reafirma el estigma del “traidor” del sobreviviente mientras que los autores, aunque no abiertamente, se ubican en el costado de los héroes. Esta lógica binaria, propia de una forma de la política – pero profundamente problematizada en la literatura argentina a través de la obra de Borges y Arlt- impide, según Longoni, la comprensión de las amplias zonas grises de las cuales se nutre la vida y nuestra propia experiencia. No obstante cabe preguntarse, cuestionando en parte los argumentos de Longoni ¿podemos reclamarle a la literatura testimonial que evite la construcción de este tipo de visión maniquea? ¿La “traición” es sólo una operación discursiva o fue también una realidad de la experiencia concentracionaria? ¿Debemos, o mejor dicho, podremos abstraernos – como reclamaba Carlo Ginzburg – alguna vez de cumplir el papel de jueces a la hora de revisar el pasado? Sinceramente, no lo sabemos.
A pesar de esto compartimos finalmente con la autora el reclamo de una nueva revisión del pasado que sólo será posible “cuando el estigma de la traición deje de inhabilitarlos, cuando la sociedad alcance a concebir los alcances del terror y de la derrota, y la militancia se atreva a encarar una autocrítica en torno a las formas de hacer política” . Las reflexiones de Caparrós, especialmente las reacciones que las mismas generaron, aparentemente demuestran que la situación reclamada, si bien no ha llegado, pareciera tener un incipiente principio.

100 % Lucha: la gran estafa de la intelectualidad argentina

En un estadio repleto de niños que oscilan entre los 4 y los 12 años, se abre una compuerta. Entre un humo blanco y azul emerge la figura de Rotwailer, el Hombre Perro de 112 kilogramos, ataviado con un bozal, pero con tachas mortíferas alrededor del cuello. Rotwailer, “el luchado más rabioso que hay”, sube al ring haciendo aspaviento de sus músculos, prometiendo sufrimientos sin igual.

Rotwailer

Pero luego aparece otro grandote, La Masa, de 130 kilos, asustando con igual celo a los infantes, y prometiendo dolores inauditos a su contrincante. Cuando ambos luchadores se traban en combate, los manotazos que no llegan a destino producen vuelos acrobáticos. Golpes no dados son recibidos con muecas horribles. La Masa aplica su famoso “mandoble descendente”, y el Rotwailer replica con su topetazo atroz.

La masa

Pero la batalla que rompería los huesos de cualquier mortal tiene aun otro condimento. Locutores que sabe del oficio relatan, como si hiciera falta, la violencia, las trampas, la furia desatada entre las cuerdas. Los golpes que destruyen hígados y quijadas, en la voz de los comentaristas, tienen la fuerza para aniquilar ejércitos enteros. Un tiranosaurio huiría despavorido ante los dientes apretados de Rotwailer. Más o menos así es el programa 100% Lucha, uno entre otros de los espectáculos infantiles de lucha libre.
Pues bien, así es también la máscara de debate en la intelectualidad de izquierda en la Argentina. Ahora parece que el conflicto agrario despertó los sentidos dormidos de los intelectuales radicales locales, que se conservaban en el formol de sus revistas, retozando en las querellas del pasado, para ver si tal o cual publicación estaba más a tono con los tiempos, o a destiempo con los tonos, pero sin proponer ninguna crítica radical de la sociedad, ni de la configuración actual del quehacer intelectual que pudiera conectar con los dilemas del cambio social.
Asistimos a un intento de lifting semimediático de la “intervención” de los intelectuales de izquierda en el tema del “campo” y el “gobierno”. La Carta Abierta de 1500 ó 1600 parece haber elevado el humor cazador de las publicaciones que lucran (dinero o prestigio) con alguna novedad intelectual, pues parece que hemos asistido a importantes debates, que permitieron aflorar los caudales profundos del amor crítico al saber. En efecto, también se supone que desde otras veredas, antikirchneristas, también se pronunciaron perspectivas que se quisieron críticas. Pero basta recorrer los textos proclamados, las notas periodísticas publicadas, los diálogos entablados, para notar, sin dificultad, que las actitudes intelectuales fueron y son incapaces de evitar posicionarse en la dicotomía en que coinciden tanto el gobierno kirchnerista como “el campo”. La ausencia de una posición crítica que abra el juego político-intelectual, sin asumir las dicotomías de los contendientes, pero tampoco sin lavarse las manos en una batalla cuyo destino no es indiferente para el bienestar del pueblo, delata la superficialidad de la situación intelectual contemporánea.
No creo que sea importante notar esta desolación sólo para revelar la franciscana pobreza de los análisis intelectuales, ni señalar la senilidad ilevantable que atraviesa las presuntas polémicas. Lo lamentable es que la juventud intelectual no logre instalar sus voces en un diferendo a la altura de las dramáticas épocas que venimos de vivir (me refiero a la historia reciente y no únicamente al post marzo de 2008) y, sobre todo, de las que vendrán.
Impidamos que las revistas –esas relatoras de nuestros Rotwailer y La Masa culturales– inventen vigores intelectuales que no existen, esa gran estafa en curso que se desarrolla antes nuestros ojos. Pero hagamos más que sonreír ante tanta agua en los tendones de nuestra intelectualidad, para preguntarse si ese panorama mercantil articulado alrededor de las momias merece un protagonismo que, quizás, tampoco estemos en condiciones de superar.
Mientras la intelectualidad de la Argentina prepara sus vituallas, suena como una letanía el himno de La Masa: “La Masa / Mirá lo que te pasa / Te agarra / Te acogota y despedaza”. Pero no crean que todo terminó. Todavía vendrán Megabite Fighter y Rulo Verde. La intelectualidad argentina no se da por vencida, ni aun muerta.

cambios

taperaEn estos días se cumplen dos años de Tapera. Todo viene bien, pero escribimos menos de lo que nos imaginábamos. Después de algunas conversaciones (pero podríamos haber comido algo!), se vienen cambios, variaciones. De respiración sobre todo: de diario a periódico, de urgente a veremos. Habrá invitados, habrá colaciones. El cambio de diseño apunta en el mismo sentido. Ojalá sea del agrado de los que andan por acá.

la revolución impensable

entre 1791 y 1804 la por entonces colonia francesa de santo domingo, hoy república de haití, fue el escenario de la más radical de las revoluciones. santo domingo era en la época la “joya de la corona” (francesa), la más rica colonia entre las colonias europeas en el caribe. Una economía de plantación, exportadora de azúcar, ubicada en una compleja red de tráfico mercantil que la unía con europa, las 13 colonias (luego ee.uu.), áfrica y américa del sur. Una economía basada en el trabajo de los esclavos; una clase de personas –aunque tratadas como no-personas- que desde los siglos xvi en adelante (probablemente antes también) estaba básicamente constituida por negros. La revolución haitiana fue el único caso conocido en que una masa oprimida de esclavos negros se elevó hasta la constitución de un estado independiente, arrasando el poder de la clase dominante de plantadores blancos y mulatos y de sus apoyaturas metropolitanas; la única revolución conocida en que la clase dominada se auto-emancipó de sus dominadores. Y sin embargo, esta portentosa revolución se transformó, como dice el historiador-antropólogo michel-rolph trouillot, en un “no-evento”, donde “lo que pasó” y el “conocimiento” de lo que pasó se unen en un singular silencio.
así como recientemente domenico losurdo señalaba que la historia del liberalismo es indisociable de la historia de la esclavitud, la historia de la “configuración” de occidente es indisociable del colonialismo. En esa configuración, una cierta idea del hombre fue tomando consistencia: esto es, “hombre” se fue haciendo sinónimo de “blanco” “europeo” “colonizador”, y los demás fueron convirtiéndose en “gentes de color”. En una gradación, pensada por filósofos, literatos, científicos y etc. donde los negros, para su desgracia, fueron quedando bien abajo. Y para el siglo xviii, si había dudas sobre si ellos eran o no otra especie, había pocas de que la enorme diferencia “cultural” con el paradigmático europeo lo colocaba en la situación de ser “esclavo por naturaleza”. En ese marco, hasta quienes, para finales de ese siglo, comenzaron a cuestionar la esclavitud, los negros no eran seres capaces de actividades autónomas. Si la esclavitud era una “mala institución” y había que eliminarla, había que hacerlo gradualmente, llevando a los negros a la civilización. Para los que no cuestionaban la esclavitud, desde luego, lo mejor para los negros era continuar bajo el dominio de sus amos, que sabían lo que era bueno para ellos, mejor que ellos mismos. De este modo, al suceder los hechos revolucionarios en haití, el pensamiento dominante no podía siquiera pensarlos, no ya creerlos. ¿negros luchando por su libertad? Imposible; a lo sumo, se trataría de alguna conspiración, inspirada por realistas, o por jacobinos, o por extranjeros. Los sucesos haitianos ocurrían al mismo tiempo que la “gran revolución”. Pero esta no se preocupó mayormente por la suerte de los negros; en todo caso, las declaraciones del hombre y del ciudadano no habían sido concebidas para incluirlos. Finalmente, el heredero imperial de la revolución francesa envió tropas de elite para recolonizar santo domingo, las que fueron totalmente derrotadas por los negros sublevados.
y luego, el silencio. Las naciones occidentales aceptaron a regañadientes la existencia de un estado negro independiente; un siglo de penuria diplomática para que el joven estado fuera “reconocido”, lo cual no fue sinónimo del restablecimiento de relaciones comerciales con el país.
¿y ahora, que nos dice la historia de esta revolución? Un paso rápido, una nota al pie, un nombre entre comillas: un desconocimiento absurdo. Citando nuevamente a trouillot, el problema con haití es que su revolución se liga a tres temas específicos: racismo, esclavitud y colonialismo, ninguno de los cuales ha sido, ni es, central en la historiografía occidental. Y no se piense que la historiografía latinoamericana es muy diferente: el peso de las “tradiciones” europeas es tan fuerte entre nosotros que los mismos vacíos, olvidos, silencios, pueden ser notados.
Acaso esté llegando la hora de repensar la historia “occidental” desde otras coordenadas. En primer lugar, desde acá. Pero no pienso sólo en el lugar en que nos ha tocado nacer. Pienso en las categorías desde las cuales pretendemos entender la historia. Acaso esté llegando la hora de abandonar el “efecto deslumbramiento” que las luces europeas provocan en nosotros. Pero tal vez una historiografía anti-colonial o pos-colonial no nos alcance. A la manera de walter mignolo, acaso habrá que avanzar hacia una historiografía “des-colonial”, liberados del “peso de las generaciones” que nos “oprime como una pesadilla”. Y hasta con el autor de estas últimas frases entrecomilladas habrá que saldar cuentas.

los bárbaros

Alessandro Baricco. Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación. España, Anagrama, 2008.

Los bárbaros

Hay varios tipos de barbarie. Todos se parecen. Si no fuera así, algunos quedarían fuera de la clasificación.
Incluso puede decirse algo más: el intento por tipificar modos de ser bárbaro no borra o desdibuja una frontera sino que la corre hacia afuera, y hace de las barbaries de extramuros formas ininteligibles. Por ejemplo, en el libro Ciudad de Dios de Paulo Lins (e incluso en la película homónima, la que me gustó más), el narrador nos dibuja una villa miseria (una favela) cada vez menos borrosa, cada vez más predecible. En ese pago hay una banda de niños incodificados, primitivos, anormados, anómalos, etc. Seres difíciles de seguir, inmorales. Bueno, ahí está otra vez, el centro negro de la barbarie.
Pero esos tipos ideales también adquieren sentidos no a través de lo que separan sino de lo que amontonan: sus audiencias. Hay un público para cada definición de bárbaro y el más curioso y extravagante de todos ellos es aquel al que lo bárbaro le gusta. Sin embargo, aún ese público es heterogéneo. Podríamos dividirlo en dos grandes grupos: a algunos sólo le gusta la barbarie política. Simpatizan con aquella modulación que altera las relaciones de poder, que se queda con él o al menos lo reclama (consciente o inconscientemente, hay ahí otra división celular). Y, hay que aclarar, no es cuestión de gustos. Ese grupo que prefiere la barbarie política no presentará demasiadas objeciones si se marchara contra la clase civilizada, se le arrancara el gobierno de las manos, se tomaran drásticas medidas contra los enemigos y y se convirtiera toda la comarca en una pira. Pero si en medio de ese carnaval de "fuego en los castillos" ardieran cien años de tradiciones pictóricas y se mearan quinientos años de cerámica, voces desde el grupo empezarán a preguntar si todo eso es necesario…
En Los bárbaros… Alessandro Baricco manifiesta una profunda curiosidad por la mutación social contemporánea. El novelista italiano pertenece a la sección de los que gustan de una barbarie "no política" (ya sé, no sirve de nada ese nombre). Podría poner varios ejemplos de los límites de ese tipo de simpatía por el demonio, pero tal vez todo pueda resumirse en la increíble ausencia en las excelentes reflexiones de Baricco de la violencia como procedimiento bárbaro. Pero veamos (hay dos posts de Alejandro Piscitelli que son inexcusables para acompañar la lectura de Baricco -de hecho me enteré de la existencia del libro por el primero de ellos-: uno y dos).
Baricco parte del vago sentimiento generalizado en la comunidad intelectual y sus alrededores acerca del saqueo, del empobrecimiento cultural, de la metralla de los reality shows, los fast food, las larguísimas ediciones de la autoyuda ("una especie de declive de la cultura burguesa occidental"). Sus ensayos están pensados para escapar del sentido común culturalista y para comprender al monstruo (uno con branquias detrás de las orejas, que será acuático aunque ahora sea anfibio). Baricco escribió un libro por entregas (en principio Los Bárbaros… fue columnas en La Repubblica, publicadas durante el 2006); y ese libro trata acerca de lo que él considera un cambio radical en la concepción de la experiencia y el sentido. Y para considerar los síntomas de esa metamorfosis (superficie en lugar de profundidad, velocidad por reflexión, multitasking en lugar de especialización, etc.) Baricco se detiene en tres objetos culturales magníficos: el vino, el fútbol y los libros. Compara este momento con el contexto del ascenso de la burguesía, y considera que esta mutación es una carga antiromántica y, en cierto modo, contra la ilustración. Sin embargo, como su audiencia es civilizada los acentos no están puestos en los más revulsivo de la batería bárbara sino en las preguntas que liberan en su ataque a la noción de espíritu, noción que rodea asfixiantemente también a muchos civilizados. Y a cada paso, Walter Benjamin. Un Benjamin "disminuido" podríamos decir si nos diera por hacernos los civilizados, en la medida en que esas comparaciones se hacen a marchas forzadas (toda la culpa, dice Baricco, la tienen estas branquias que han empezado a salirme), pero un benjamin al fin. Cada tanto, el escritor consigue hacernos creer que estamos leyendo un tratado, porque sus intuiciones son fenomenales: por ejemplo cuando reflexiona sobre las admoniciones contra Google y se pregunta "¿Qué clase de criterio de calidad es este que está dispuesto a trocar un poco de verdad a cambio de una cuota de comunicación?" Y es que el costo de la verdad es altísimo, dice Baricco. El esfuerzo que implicaba entender La Novena ya no rinde sus frutos (además, como bien dice Lévi-Strauss, ya muy pocos leen música), ya no da placer. Sólo parece haber necesidades. Dice Baricco:

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…con la complicidad de una determinada innovación tecnológica, un grupo humano esencialmente alineado con el modelo cultural del Imperio accede a un gesto que le estaba vedado, lo lleva de forma instintiva a una espectacularidad más inmediata y a un universo lingüístico moderno, y consigue así darle un éxito comercial asombroso…

Los límites de este libro son lo mejor que tiene porque dan lugar a preguntas y discusiones: en la cita, la noción de Imperio es casi tan discutible como el término ese de "forma instintiva". Es que Baricco enmudece frente a las hordas que pueblan Europa y frente a las variaciones violentas con las que se expresan algunos clanes bárbaros. Y habla la lengua sapiente de la razón para que los civilizados lo acompañen. Tomando como metáfora a la Muralla China les habla a los burgueses del espíritu para que comiencen a comprender, para escapar de la figura ominosa del monstruo. Por momentos mutante, por momentos pensante, Baricco no sabe cómo rematar sus analogías y metáforas porque no quiere hablar del expediente político de la mutación. Prefiere decir que todos estamos mutando. ¿Es eso?, ¿eso es lo que pasa?