17 de octubre

La invención del peronismo y el nuevo consenso historiográfico. Conversación en torno de El día que se inventó el peronismo, de Mariano Plotkin.

Plotkin
Mariano Plotkin propone en un breve volumen publicado en la colección de alta divulgación, Nudos de la Historia Argentina, un conjunto de conceptos sobre la génesis del peronismo. Sus argumentos poseen una considerable aceptación por parte de la comunidad historiográfica.
El día que se inventó el peronismo aborda una pregunta: ¿cómo entender el 17 de octubre? Y a partir de ella narra los acontecimientos e interpretaciones más importantes en torno a esa fecha. El relato gana en intensidad a medida que arribamos a las estaciones que llevaron hacia la manifestación popular de octubre de 1945. Plotkin sigue la “construcción” peronista del 17, esto es, revisa cómo “un episodio múltiple y complejo se convierte en un hecho único”. El autor retoma en buena medida una de las tesis desarrolladas en su libro Mañana es San Perón (2007a): la consolidación de una tradición monolítica en torno a esa fecha de alto valor simbólico en aras de “poner a Perón en el centro de los acontecimientos”. Explica cómo, a través de diversas estrategias, el Estado peronista “domesticó” las distintas versiones que circularon sobre el 17 en los primeros años de la primera presidencia de Perón, convirtiendo sus celebraciones periódicas en rituales de refuerzo.

NQ. Hay que notar que esa pregunta, ¿cómo entender el 17 de octubre?, que Mariano Plotkin consideró fundacional de lo que él denominó la “visión patológica” en los estudios sobre el primer peronismo (esto es, preguntarse sobre los orígenes del peronismo supondría su condición extra-ordinaria), vuelve otra vez a escena y ahora traída por el propio Plotkin. Incluso podríamos suponer, exagerando un poco, que esa pregunta es como una especie de corazón delator de los estudios sobre el primer peronismo. Esa constante puede leerse también en la recepción de los trabajos previos de Plotkin –textos que retoma El día que se inventó el peronismo–. Se me ocurre algo para leer esos quince años entre Mañana es San Perón y este libro.
César Aira en Las tres fechas precisa un “método” para acercarse a la obra de Denton Welch, un modo de historizar los textos de ese escritor del siglo XIX; un método que es, para Aira, uno propio de los lectores. Este consiste en pensar en tres fechas: la de la escritura, la de la publicación y la de los sucesos que cuenta el texto a pensar. El propio Aira se encarga de corregir esa fórmula frente a otros textos, otros autores, otros géneros. Por ejemplo, ante Flatland de Abbott, un texto precámbrico de divulgación. En ese caso, dice Aira, hay también un juego de fechas en tanto el objetivo del género es “cerrar o disminuir la brecha entre el presente de los desarrollos últimos de la ciencia y el atraso en que se presupone al público lego”. El ejercicio airano podría servirnos también a nosotros para ensayar un modo de lectura del libro de Plotkin. Y he aquí una particularidad de ese modo de leerlo: hay entre la fecha de escritura de este texto y la de su publicación una cantidad de años. ¿Son los “desarrollos últimos” historiográficos los que se cuentan entonces en El día que se inventó el peronismo? Es evidente que no: más de una década de historiografía sobre peronismo ha modificado el estado del área. En esto al menos coinciden todos quienes ponen en consideración los aportes a medida en que estos surgen. Sin embargo, Mañana es San Perón, en algún sentido, ha sido poco discutido (Plotkin se sorprende en el “Prólogo a la segunda edición” de que aún hoy surjan algunas –pocas– voces que lo evoquen para discutirlo). Ese texto forma parte del sentido común historiográfico. Es una referencia insistente en los trabajos académicos, en especial en artículos y ponencias (y tal vez sea esa una razón para que determinados trabajos sobre el primer peronismo hayan sido reeditados en los últimos años sólo con pequeñas modificaciones). Ese lugar que ocupa Mañana es San Perón en los aparatos críticos habilita, creo, una doble lectura de El día que se inventó el peronismo. Por un lado, la que remarca el acierto profesional de escribir una narración que prescinde de balbuceos y ambages, que no tropieza con los potenciales, las comillas y los circunstanciales de duda que se siembran en las exploraciones, en las avanzadas. Y por el otro, la que señala la inquietante estagnación que propone la publicación de El día que se inventó el peronismo al recuperar de la masa de textos dedicada a cuestiones relacionadas con el libro (siempre en torno al primer peronismo) no más de tres o cuatro trabajos publicados con posterioridad a Mañana es San Perón. Hay un fuerte criterio de selección bibliográfica que no se explica sólo por la primera lectura que propongo. Lo que excluye la lista de materiales sugeridos en las últimas páginas de El día que se inventó el peronismo no se explica a partir del estatus condicional, de la “inestabilidad” de los aportes en torno a las representaciones alrededor del 17 de octubre escritos en el último quindenio, sino porque esa lista no es discutida por el lector académico. Y si el sentido común historiográfico trabaja con una serie de preguntas que se estabilizan en lo producido en el área hacia mediados de los noventa, ¿no hay algo de extraño en que algunas de las líneas de investigación propuestas en el mismo Mañana es San Perón no hayan sido desarrolladas intensivamente? Pienso en los estudios sobre la prensa peronista, sobre la recepción de los bienes que la maquinaria de propaganda del régimen se encargó de producir, aspectos sobre los cuales Mañana es San Perón reclamaba en voz alta un control, una profundización, un conocimiento, en fin, de los materiales con los que tempranamente trabajó.

OA. Bueno, pero el prólogo a la reedición de ese volumen en 2007 confirma la creencia del autor sobre la validez de su interpretación del primer peronismo. La postura es defendible en base a dos rasgos de la investigación prevalecientes en el campo historiográfico: la superficialidad de la historia sociocultural del primer peronismo y la compatibilidad con un modelo ejemplar impuesto posteriormente.
El primer rasgo refiere la dificultad para avanzar con mayor profundidad sobre la vía ciega de Mañana es San Perón, que como se ha dicho reiteradamente y reconoce el autor, es la recepción de los discursos y dispositivos propagandísticos peronistas, pero principalmente –esto se ha dicho menos– sobre la autoactividad de las “masas peronistas” aún después de 1946 y todavía después de 1949. Una historia que sea a la vez “desde arriba” y “desde abajo” sigue siendo un capítulo no escrito del primer peronismo, y es inseguro que esa narración deje incólume la imagen de los mecanismos del “consenso”. Mientras no se ofrezca ese saber, insuficiente en el excelente trabajo de Daniel James, Plotkin podrá decir sin equivocarse que su método es defendible como uno entre otros. Habrá que ver si sobrevive, en cambio, a una historia realmente compleja del peronismo.
El segundo rasgo historiográfico es la coexistencia pacífica con la estructura narrativa propuesta por Juan Carlos Torre y Elisa Pastoriza (2002) en un artículo de alta divulgación que se ha convertido, con justos méritos, en el hilo conductor de las más respetadas de las lecturas recientes del peronismo (dejemos de lado el análisis à la Bourdieu que esto habilita). En la actualización de la bibliografía de Mañana es San Perón, Plotkin demuestra una precisa comprensión del hecho. Allí se observa un recorte quirúrgico de toda lectura incompatible con su perspectiva, como notaste, pero donde ese bisturí sutil deja indemne a la estela bibliográfica abierta por el artículo de Torre y Pastoriza.
¿Cuál es la estructura conceptual que enhebra la interpretación académica del primer peronismo, que propongo denominar el nuevo consenso? Ella establece una continuidad con los años treinta, sobre todo, en la intervención estatal en lo social y lo económico. La migración interna es un tema importante, aunque despojado de la teoría de la modernización germaniana. El gran problema que encuentra el momento de gestación del peronismo sería la inclusión social y política de los contingentes populares (viejos y nuevos). Así las cosas, la tarea del Estado peronista realiza con eficacia el reconocimiento de la clase obrera, permite una ampliación del consumo y posibilita su organización como actor social. Sin embargo, las contrariedades entre ese programa y la construcción populista del poder introducen obstáculos internos. Por ejemplo, dificultando la concreción de obras públicas debido a la ingerencia de la Fundación Eva Perón. Pero la inclusión peronista también suscita reacciones adversas de las clases y sectores que reciben mal el lugar que se asigna al “pueblo”. Este es el momento problemático, que emerge en la lectura de Torre y Pastoriza, y que con algunos matices se reitera en la bibliografía que suscita. Es lo que sucede con los muy buenos estudios de Aboy (2005), Ballent (2005) y Cosse (2006).

NQ. Sin embargo, ese registro que aparece con fuerza en el texto de Torre y Pastoriza, esa línea poco explorada, no se prolonga en El día que se inventó el peronismo.

OA. En efecto, desde el punto de vista del nuevo consenso el peronismo constituye una etapa de integración social y política de las clases populares, que encuentra trabado su desarrollo por problemas internos y por resistencias (sobre todo externas) ante la reforma peronista. Se afirma que la cultura popular peronista era menos rupturista de lo que las interpretaciones peronistas suponen. El proceso de reconocimiento estatal vertido en discurso, derechos y redistribución, no lograrían un cauce propio sino que serían matrizados por la cultura del ascenso propio de las clases medias. El problema es que las clases medias reaccionan ante la “invasión”. Es en este punto que la interpretación de Plotkin, quizás menos sofisticada, puede coexistir con la nueva producción, aunque no en la explicación del proceso global. Lo común a ambas perspectivas es la ausencia de una investigación sobre esa cultura popular sobre la que se postulan enunciados históricos. Creo que la excepción es Aboy. Una discusión posible es si la pesquisa por hacer permitiría leer de otro modo el proceso de integración y las fuertes conmociones que acompañaron a la primera década peronista.

NQ. Leer una conmoción. Grandes y muy buenas líneas de investigación estaban sugeridas para ese objetivo en Mañana es San Perón, pero los usos de ese libro en los aparatos críticos de los últimos quince años han sido más bien férreos: se lo pondera a raíz de sus argumentos sobre los intentos de construir una religión laica, más que por sus anclajes antropológicos, su mirada sobre aspectos por entonces no considerados, etc. Y eso tal vez porque hay un zócalo común entre Mañana es San Perón y los modos actuales de responder a la pregunta sobre cómo entender el 17. En ese sentido, la postulación del 17 de octubre como hecho histórico y como mito es, tal vez, una de las más graves aseveraciones que puede formularse para el análisis del primer peronismo en particular y del peronismo en general. Apenas conocemos algunas implicancias de esa disyuntiva basal que nos presenta la sentencia. Las podemos leer. Aceptar ese dictum exige una toma de posición. (Esto puede seguirse en algunos dichos de Horacio González, por ejemplo. Fijate en los debates en los que interviene donde hay interrogación sobre la tradición peronista y su lugar en los acontecimientos de actualidad, o en algunos textos donde piensa la estética de Daniel Santoro y la de Favio: González toma partido por el mito.) Plotkin postula una razón para el trabajo del historiador, que propone básicamente devolver al mito su naturaleza histórica. Esa razón restitutiva para la disciplina se lleva muy bien con otro argumento acerca de la honestidad del hacer historiográfico. Dice Plotkin que el historiador honesto (está leyendo a Félix Luna, El 45) somete sus furias (y eso recuerda al Ulises de Dialéctica del Iluminismo que actualmente José Pablo Feinmann divulga por el canal Encuentro). Esa razón, sin embargo, en su ataque a la naturaleza ahistórica del mito, a la fortificada reproducción del mismo, se carga de sentidos políticos de la hora. El sistema de las tres fechas de César Aira nos asiste una vez más para poner en un contexto de lecturas a El día que se inventó el peronismo: Plotkin, Luna, González, Feinmann, Santoro, como avatares de una razón más sutil y vivaz. No creo que El día que se inventó el peronismo se embeba de sentidos hormados en las arenas de lo político por causas exógenas; el libro de Plotkin no padece la época en que es publicado sino que participa en ella. Y esa toma de posición es, consecuentemente, honesta. En El día que se inventó el peronismo el 17 de octubre es un mito, la libertad no (la Marcha de la Constitución y la Libertad, dice Plotkin, “sin forzar demasiado los términos” pudo reclamar el carácter de “pueblo”, pero esa invocación a nuestro sentido común no es importante frente al dato cierto de que en efecto así fue postulada por sus concurrentes; si aparece allí es precisamente porque esas rápidas matemáticas nos permiten “sobrevolar” las pasiones de los contemporáneos). La distancia entre el hecho histórico y el mito es, precisamente, el territorio arrancado a la libertad. Por eso buena parte del libro está dedicada a analizar cómo el hecho histórico, complejo, deviene mito. El análisis, sin embargo, nos cuenta menos de los lenguajes políticos de la época que de la astucia del líder por construir un consenso para el régimen. Por momentos el trabajo sobre las fuentes se convierte en una denuncia, en un ejercicio de guerrilla semiológica. El carácter “construido” del carisma, que Plotkin subraya, de a ratos parece pergeñado más que resultado de las tremendas fuerzas que se ponen en juego en sus apariciones: hay una voluntad entre las masas que produjeron un 17 y, distantes, los sentidos de otros 17s promovidos desde el estado. Hacia 1948, dice Plotkin, el 17 de octubre era una cosa de Perón, “pertenecía definitivamente a Perón” (aún con espontáneas excepciones, la liturgia giraba alrededor de su preponderante rol en los sucesos). Y en este punto la noción de complejidad se hace difícil.

OA. Es cierto que la complejidad de que habla Plotkin es una multiplicidad causal, por ejemplo, para explicar la parte de la CGT en la gestación de la movilización, la parte de autoactividad popular, la parte de Cipriano Reyes, la parte de la abstención de la policía, la parte de la duda del General Ávalos en reprimir. En otras palabras, es una complejidad –de complexus, “tejido junto”– que no pone en vilo las facultades cognitivas, ni amenaza con un desacople entre el entendimiento y el objeto. Acordate que Freud también hablaba de desentramar la “complejidad” del sueño, aunque tenía la prudencia de aceptar que había un “ombligo” indescifrable. En lacanés, se diría que lo crucial no reside justamente en algo que está presente en la superficie del hecho histórico, llamémoslo la contundencia del evento. Pero es sobre esa opacidad justamente sobre lo que versa la multiplicidad de lo real (por ejemplo, una movilización multitudinaria que, a pesar de que se pueda debatir su “número”, sostiene incluso si la plaza estaba al tercio de su capacidad, la sensación de que “todo lo sólido se desvanece en el aire”). Frente a eso, Plotkin cumple un deber profesional. Sigue “las reglas del oficio”. Y también lo hacen a su modo, diferente, González y Santoro, que se mueven en otro plano de enunciación, y que fácilmente reprocharían a la historiografía perder de vista lo más importante, a saber, la densidad de la vida colectiva que el peronismo potenció, y de la cual es tanto autor como producto. Yo psicoanalizaría el título de Plotkin para construir la tensión entre “el día en que se inventó el peronismo” y “el día que el peronismo se inventó”, como razón estatal, para edificar un consenso. Justamente, la historia del peronismo muestra que esa tensión carece de simplicidad. Otra vez oteando el horizonte bibliográfico prevaleciente, mi duda es cuánto de una cultura irreductible al Estado, pero sin duda en vínculo estrecho con él, se recupera en los análisis “culturales” de esa visión, más compleja, que plantean Torre y Pastoriza.

NQ. Hay un uso común del término “complejidad” que, si tuviéramos que recurrir a nuestro escaso arsenal para definirlo, diríamos que es un uso… complejo. Cómo saber si asistimos a procesos complejos si no podemos ajustar ambas partes de ese pleonasmo. Sólo para contrastar, recordemos la idea que M. Baxandall escribió al comienzo de su libro sobre el Quattrocento: reconocía los distintos elementos de lo que él llamó estilo cognoscitivo de la pintura del período (“un depósito de patterns, categorías y métodos de inferencia”) pero esa serie no lograba descular el modo en que esos elementos se ordenaban, se ponían en funcionamiento en la práctica (“el proceso es indescriptiblemente complejo y todavía oscuro en su detalle fisiológico”). Esa noción de complejidad se presenta con un desplazamiento en el libro de Plotkin. La complejidad es la forma que adopta el 17 de octubre ante los ojos del historiador. Y aquí el término no está pensado desde la multicausalidad, sino desde la polisemia. El 17 de octubre posee muchos sentidos y poseyó aún más hasta 1948. Hay, claro, otra connotación más: la concurrencia de elementos en el hecho. Y, además, el doble espesor de esas complejidades se superponen y el palimpsesto es esa forma que obliga a leer distintos códigos, a atravesarlos para devolverle la naturaleza histórica al mito, para reconstruir a través de la mediación discursiva (por medio de y atravesándola) un proceso histórico. Plotkin nos advierte que tratará al mito como lo tratan los antropólogos… sin embargo las intensidades nativas que pugnan sobre esa representación son poco tratadas: hacia el final de El día que se inventó el peronismo dice que “la gente se reunía en la Plaza de Mayo no tanto para conmemorar un acontecimiento relevante para la clase obrera como para rendir públicamente un homenaje a Perón…” La distancia que traza el autor entre Perón y la clase obrera, entre las formas litúrgicas del Estado y las significaciones primigenias sobre el 17 de octubre, desatan el nudo gordiano de los conflictos en torno a las diversas representaciones que surgieron luego de la experiencia del 17 y el juego tenso de la construcción de sus sentidos. Y en esa versión el proceso ha dejado de ser, como decía Baxandall, oscuro. En El día que se inventó el peronismo no sólo se despejan los procedimientos del líder por hacerse con el control de la situación (aunque aquí la palabra no es despejar sino simplificar, como se hace con las fracciones, reducir lo complejo a lo indivisible) sino que, consecuentemente, se revelan los rituales de refuerzo a los que, año tras año, asistían los obreros y obreras en salutación a Perón: al 17 del 45 fueron con traje a la plaza, dice Plotkin; a los 17s de propiedad de Perón fueron con ropa de trabajo. Plotkin parece sugerirnos que quien estaba más cerca de continuar haciendo de los 17s rituales de inversión era el laborismo disidente, con Reyes a la cabeza. Pero es el propio Cipriano el que pronuncia un “ellos” más abarcativo (p. 169), un “ellos” que agrupa a la oligarquía y a Perón. ¡Ese “ellos” se parece mucho al de Carl Schmitt! Y esa posición hace que el traje y las alpargatas naden en una sopa de significantes. La complejidad no está en el traje mismo, y una vez más, como sucede con Mañana es San Perón, los postulados sobre lo que usa o sueña la clase obrera reclama una pragmática, más que un elaboración semiológica a partir de presupuestos acerca de la vestimenta de las culturas populares en la Argentina de mediados del XX.

OA. Creo que podemos acordar que el problema planteado por Plotkin no exige “completar” su manera de pensar el peronismo, como si hiciera falta la mitad de la historia, aprendida en Chartier o Ginzburg: la de cómo se reinterpretaron los mensajes y rituales estatales posteriores a 1946. Es que no está para nada claro que el Estado peronista avanzara unívocamente hacia esa reducción a la unidad, sin duda presente en el deseo peroniano de organizar la sociedad. Y allí es donde quiero volver sobre la imagen de Torre, que es muy próxima a la de Luis Alberto Romero (2006). Este historiador, al reseñar algunos libros del nuevo consenso indicó, con una claridad que no encontré en otro lugar, que el éxito del peronismo residía en que sabía cabalgar en la tensión, por él mismo estimulada, entre su momento plebeyo y su vocación integradora. Pienso que ésta es la mejor síntesis del nuevo consenso, frente al que la perspectiva de la construcción de un consenso pasivo aparece como una imagen demasiado compacta. Y no estoy seguro que desde las perspectivas que emergieron en nuestras consideraciones actúe una imagen igualmente dialéctica.

Bibliografía

Rosa Aboy, Viviendas para el pueblo. Espacio urbano y sociabilidad en el barrio Los Perales (1946-1955) . Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2005.

César Aira, Las tres fechas. Rosario, Beatriz Viterbo Editora, 2001.

Anahí Ballent, Las huellas de la política. Vivienda, ciudad, peronismo en Buenos Aires. Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes-Prometeo Libros, 2005.

Michael Baxandall, Pintura y vida cotidiana en el Renacimiento. Arte y experiencia en el Quattrocento. Barcelona, Gustavo Gili, 1978.

Isabella Cosse, Estigmas de nacimiento. Peronismo y orden familiar, 1946-1955. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2006.

Juan Carlos Torre y Elisa Pastoriza, “La democratización del bienestar”, en J. C. Torre, dir., Los años peronistas (1943-1955), Nueva Historia Argentina, vol. 8, Buenos Aires, Sudamericana, 2002.

Mariano Ben Plotkin, Mañana es San Perón. Propaganda, rituales políticos y educación en el régimen peronista (1946-1955) . Caseros, Eduntref, 2007a.

————————, El día que se inventó el peronismo. La construcción del 17 de octubre. Buenos Aires, Sudamericana, 2007b.

Luis Alberto Romero, “Dinámica de la inclusión”, en La Nación, 14 de abril de 2006.

Enseñar e investigar en la era digital: History Engine

post cruzado desde Clionauta
History Engine

Según anuncian sus autores el History Engine es una herramienta educativa que ofrece a los estudiantes la oportunidad de aprender historia haciéndola, como si de profesionales se tratara (investigar, escribir, publicar). El resultado, añaden, es una creciente recopilación de artículos históricos (”episodios”) con los que se traza una imagen de la vida norteamericana a lo largo de su historia. Todo ello a disposición de profesores, alumnos y público en general.
El director del proyecto, Andrew Torget, presenta unas magníficas credenciales. Es el máximo responsable del Digital Scholarship Lab (University of Richmond), a donde llegó el pasado año procedente del Virginia Center for Digital History, uno de cuyos fundadores fue Edward L. Ayers. Resulta que este último fue nombrado President de la Universidad de Richmond en julio de 2007 y, al trasladarse, se llevó consigo a Torget. Por eso, el propio Ayers es Consulting Editor del History Engine. Por eso y por su reputada trayectoria como historiador digital (fue National Professor of the Year de la Carnegie Foundation for the Advancement of Teaching en 2003). De hecho, en Virginia estuvo a cargo de uno de los proyectos más afamados de la red, el celebérrimo Valley of the Shadow, mientras que Torget desarrolló allí la Southern History Database, una página precursora de la que ahora acaba de presentarse.
¡Magífica iniciativa!
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castrismo y peronismo

en sus primeros años, la revolución cubana fue un proceso difícil de descifrar para los analistas u observadores contemporáneos. El tránsito de una revolución democrática, “verde como las palmeras” –fidel dixit- a otra socialista aún intriga a los historiadores. Pero justamente en esos tiempos iniciales, podríamos decir de transición, cuando el “modelo” cubano todavía no era el ejemplo acabado de “revolución en la revolución” según entendía régis debray, equívocos simpatizantes o fervientes detractores creían descubrir en el caso cubano curiosos aires de familia con el nunca bien ponderado peronismo. Entre muchos otros, stefan baciu, redactor de política internacional del diario brasileño tribuna da imprensa, aunque enrolado en una vertiente críticamente anticomunista de la revolución cubana afirmaba en 1961 lo siguiente:

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Juan Domingo Perón, tenemos que reconocerlo, era más inteligente que Odría y más culto que Pérez Jiménez, y dentro de su demagogia política y social, era humano con los pobres; pero los lanzaba inhumanamente contra los ricos y, más tarde, los lanzó también contra sus adversarios políticos. Fue así como nació el “justicialismo”, que, ahora, bajo la dirección de los que fueron colaboradores de Perón, los líderes “nacionalistas” Juan Cook y Angel Gabriel Borlenghi, está trasplantándose a la revolución cubana, donde se alía, en extraña composición, con el comunismo. Por esta causa, no debe extrañarnos el hecho de que, además de Cook y Borlenghi, otros peronistas o ex peronistas argentinos, como Jorge Ricardo Masetti, dictador de la prensa cubana, y Ernesto “Che” Guevara, dictador de la vida económica en Cuba, ejerzan poderosa influencia sobre la revolución castrista, prestando a ciertos sectores, un aire nítidamente peronista.

Desde luego, no hemos de juzgar la supuesta “influencia” del peronismo sobre la revolución cubana a partir de dichos de esta naturaleza. Pero la cita puede ser representativa de una variante del pensamiento conservador latinoamericano de la época, que encontraba –en esos primeros años un tanto indefinidos de la revolución cubana- elementos que le hacían pensar en las similitudes o parecidos entre castrismo y peronismo. Pero tales similitudes –reales o imaginadas- no se limitaron al pensamiento conservador. Poco tiempo después (1965), en un análisis que se ha tornado un “clásico” en los estudios del denominado “populismo latinoamericano”, torcuato di tella entendía al castrismo como una variante radical de populismo, colocándolo por lo tanto, dentro del mismo “tipo” de movimientos políticos que integraba el peronismo. Finalmente, es por demás llamativo que aunque los peronistas, especialmente por boca de su jefe, se habían mostrado ruidosamente anticomunistas en su discurso político, los analistas de la época solían encontrar muestras inequívocas de “colaboración” entre comunistas y peronistas. A mí me parece que estos son tópicos que merecen ser investigados con mayor detenimiento; en particular, desde que hoy en día se piensa que las identidades políticas no son, diríamos, autogeneradas: como nos ven los “otros” parece tener relevancia en la definición del “nosotros”. ¿Habrá influido algo de esto en la identidad peronista de los sesenta?