Congreso de estudios sobre el peronismo

Primer Congreso de Estudios sobre el Peronismo: La Primera Década
Organizador: Red de Estudios sobre el Peronismo
Correo: congreso@redesperonismo.com.ar

Co-organizador local: Grupo de Investigación Movimientos sociales y sistemas políticos de la Argentina moderna (Facultad de Humanidades – UNMdP).

Fecha: 6 y 7 de noviembre de 2008
Lugar: Facultad de Humanidades-UNMdP, Funes 3350 – ADUM, Guido 3256
Mar del Plata

CRONOGRAMA

Lovink sobre Google

En Eurozine, Geert Lovink escribe sobre Google. El texto insiste en una de las constantes de uno de los máximos exponentes del net criticism: que el mejor hacer crítico implica una mirada "desde adentro", exploratoria de nuevas perspectivas en materia de las tecnologías de la red, pero a la vez consustanciada de las viejas armas de la crítica pre-mouse. Con ese enfoque, Lovink nos habla de Google. Su propuesta, en este texto, es más declarativa que programática ("dejar de buscar, comenzar a cuestionar") pero los debates que revisita son fundamentales. También cita a The Googlization of everything, un blog al que siempre estamos espiando.

Legislar la historia

Post cruzado desde Clionauta.

Le Nouvel Observateur acaba de publicar un diálogo que incide sobre algunos aspectos ya mencionados aquí. Tres son los intervinientes. Pregunta Jacques Julliard, historiador de formación, impulsor de Liberté pour l’histoire, que trabaja desde hace años para Le Nouvel Observateur, aunque también dirige la revista Mil neuf cent. Revue d’histoire intellectuelle. Responde Pierre Nora, que dirige la revista le Débat, aunque su fama se debe sobre todo a los tres tomos dedicados a los Lieux de mémoire. Y contesta también Claude Lanzmann, conocido por su película Shoah, a la que siguió Sobibor, 14 de octubre de 1943, 16 horas. Así mismo, está al frente de les Temps modernes.

Jacques Julliard.En los últimos años, los historiadores se quejan de una intervención creciente de los poderes públicos en un dominio que, en su opinión, corresponde exclusivamente a la ciencia y la investigación. Varios episodios nos vienen en mente: la ley Gayssot contra la negación del Holocausto (1990); ley sobre el reconocimiento del genocidio armenio (2001); la ley Taubira sobre la esclavitud y la trata de esclavos (2001); la enmienda Vanneste sobre los beneficios de la colonización ( 2005). Es evidente la doble pretensión del Estado de calificar lo que ha sucedido y decirle a los maestros qué enseñar.
Tenemos con nosotros a Claude Lanzmann y Pierre Nora, ambos estudiosos de la memoria y del creciente papel que ocupa en nuestra conciencia y en la propia historia, uno con
Shoah, el otro con los Lieux de mémoire. Ustedes se han mostrado contrarios a la legislación sobre la memoria. Pierre Nora, presidente de la asociación Liberté pour l’Histoire, no está de acuerdo con estas leyes denominadas “mémorielles” y acaba de firmar con Françoise Chandemagor el libro Liberté pour l’histoire publicado por CNRS Editions. Claude Lanzmann, primero en un editorial de Temps modernes y luego en Libération, ha criticado firmemente esta posición. Pierre Nora, ¿nos puede recordar el punto de vista de los historiadores?

Pierre Nora. – En primer lugar, estamos contra el principio de una legislación que describa los acontecimientos del pasado, no ya contemporáneo, como la Ley Gayssot, sino una cada vez más distantes, como la esclavitud, lo cual conduce gradualmente a una penalización retrospectiva de la la historia. Se han presentado veinte propuestas en los últimos dos años sobre temas que van desde la guerra de la Vendée a la masacre de Saint-Barthelemy, pasando por Ucrania. Esta deriva legislativa, exclusivamente francesa, ha sido muy debatida por la comisión para la reforma de la Constitución, que acabó admitiendo in extremis que se podría abandonar la legislación de este tipo y volver al tipo de resoluciones que existían en la Constitución de la Cuarta República.

Claude Lanzmann. – En el primer manifiesto de Liberté pour l’Histoire, se pedía la derogación de todas las leyes llamadas “mémorielles”, incluyendo en particular la Ley Gayssot, que es la única que realmente me importa. Usted parece haber cambiado, haber aguado la petición, lo cual acojo con satisfacción. Hice mi propia autocrítica en Temps modernes y en Libération por la escalada que condujo a la proliferación de leyes sobre la memoria.

P. Nora. – En realidad, pedíamos la abolición de los artículos que en estas leyes suponían una limitación para los historiadores. Por ejemplo, en el caso de la Ley Gayssot, sólo estamos poniendo en tela de juicio su artículo noveno, que crea un nuevo delito: el de “contestation” del genocidio. Dado que no remite a una ley que lo defina, esta definición se deja a la arbitrariedad del juez. La Ley Gayssot, que es probablemente la mejor de estas leyes y que entendemos bien a qué responde, no se dirige contra los historiadores, sino contra los falsificadores de la historia, los “negacionistas”. Pero tenía un efecto perverso porque actúa como matriz para todas las demás.

C. Lanzmann. – En parte estoy de acuerdo con Pierre Nora y en parte no. Para empezar, los “falsificadores de la historia” se reclaman siempre parte de la historia, se presentan como portadores de la verdad, no como ideólogos locos. He leído en el texto de su manifiesto de 2005 que usted solicita “la derogación de estas leyes indignas de un régimen democrático”.

P. Nora. – Sí, de “esas disposiciones”, no de la propia ley! Se trata de modificar el artículo noveno.

C. Lanzmann. – Pero es el artículo fundamental de la ley! Pierre Arpaillange, ex Ministro de Justicia, lo dijo cuando se presentó: completa la Ley de 1972, porque nos dimos cuenta de que esta ley, que castiga la incitación al odio Racial, a la difamación, etc., no había previsto que la gente viniera y dijera: “eso no existió”. Entonces, ¿por qué he apoyado la Ley Gayssot? En primer lugar, no me imagino entrar en una librería y ver un estante con libros relacionados con el Holocausto y al lado otro con volúmenes que aseguran que “no existió”. Si este fuera el caso, decir que “no existió” pasaría a convertirse en una opinión. Entre quienes sostienen que el Holocausto existió y quienes sostienen lo contrario sería una simple cuestión de opinión; todas las opiniones, los gustos y los colores son aceptables en una democracia. Pero yo me formé con las Reflexiones sobre la cuestión judía de Sartre, quien dijo que el antisemitismo no es una opinión sino un delito. Pierre Nora lo sabe tan bien como yo. Eso fue en 1946. Me ayudó a vivir en Francia y a mantener alta la cabeza. Según la lógica “democrática” de Pierre Nora, habría sido normal que no me indignara cuando a Rivarol, el semanario antisemita, se le permitió reaparecer cinco años más tarde. Entonces manifesté mi repulsa en Temps modernes. Cuando uno va al monumento al mártir judío desconocido y ve las paredes marcadas por la presencia masiva de los nombres de 76.000 Judios deportados y gaseados en Francia, a uno sólo le queda apoyar la Ley Gayssot.

P. Nora. – Pero no es eso! Se trata de decir que si el artículo se hubiera referido específicamente a los negacionistas del Holocausto y no hubiera creado un delito de contestación de una verdad histórica, habría limitado el alcance del delito a la negación del genocidio en sus intenciones antihistoricas y puramente políticas. Esto habría evitado que más tarde Francia presentara una decisión-marco en Bruselas que va más allá del crimen de “contestation” y pasa al de “banalisation grossière” y al de “complicité de banalisation” , aplicables a todo hecho histórico calificado como crímen de guerra, genocidio o crímen contra la humanidad por cualquier autoridad política, administrativa o judicial. Esto lleva a una especie de glaciación de la historia. La amenaza es tal que historiadores como Henry Rousso y Annette Wieviorka, que no se han sumado a la Liberté pour l’Histoire por lo de la Ley Gayssot, ahora se hayan unido a nosotros.

C. Lanzmann. – No entiendo la diferencia que Pierre Nora establece entre el delito de negación del Holocausto y la contestación de una verdad histórica. Es lo mismo. Repito que los negacionistas apelan siempre a la historia, alegan determinados hechos y, sin la Ley Gayssot, podrían seguir siendo honorables profesores universitarios, directores de tesis … Usted parece decir que a los negacionistas se les percibe de inmediato como una especie aparte, simples chiflados, y que la diferencia entre ellos y los historiadores “serios” se impone por sí misma. Si ese fuera el caso, ningún negacionista hubiera ido más allá de sus cuatro paredes, ni estaría en en una Universidad, ni habría alcanzado un puesto de responsabilidad.

J. Julliard. – Usted escribió en el artículo ya mencionado algo que ciertamente no entenderá quien no sea judío: “La ley Gayssot es una garantía de protección para todas las víctimas”. Los armenios no sienten las cosas del mismo modo y consideran que es chocante esa excepcionalidad de los judíos.

C. Lanzmann. – Bueno, estaban equivocados! Estoy totalmente en contra de la idea de la competencia de las víctimas, que me disgusta. Deseo por el contrario que haya una universalidad de víctimas y de verdugos, porque no tiene sentido comparar los crímenes. Los japoneses que cometieron la masacre de Nanjing en 1937 son como los verdugos nazis, como todos los verdugos del mundo, y las víctimas son igual que las víctimas judías.

J. Julliard.-¿Imagina que esta ley se refiera a otros casos particulares diferentes el Holocausto?

C. Lanzmann. – La voluntad de los armenios de que se reconozcan las masacres de 1915 como genocidio comenzó mucho antes de la Ley Gayssot. Estoy de acuerdo cuando Pierre Nora defiende a historiadores como Bernard Lewis y Gilles Veinstein y denuncio el “terrorismo intelectual” de que son objeto. Pero no estoy de acuerdo cuando dice en una entrevista: “Como han muerto todas víctimas y todos los verdugos, se culpa a los historiadores.” No, esto no es cierto.

P. Nora. – No se trata de los historiadores a título personal, sino de ver lo que un enfoque histórico del pasado puede tener de provechoso para toda una comunidad. Como tal, la libertad que defienden los historiadores es la de de todos. En sí, estoy dispuesto a concederle a Claude Lanzmann la universalidad de las víctimas y la de los verdugos, pero eso me aporta poco como historiador. Lo que me interesa es que la historia no sea reescrita ni por las víctimas ni por los verdugos y que no haya una incriminación retroactiva. Eso es lo que está sucediendo con la historia. El concepto de crímenes contra la humanidad se estableció en 1945 y en Francia en 1964. Es una locura querer ir más allá del plano moral y aplicarlo de otro modo al conjunto de la historia. Me rebelo contra este espíritu de los tiempos que conduce a una criminalización general del pasado. Es insalubre para la comunidad, inadmisible intelectualmente y peligroso jurídicamente.

C. Lanzmann. – No me opongo a este análisis, y es por eso que sólo me refiero a la Ley Gayssot.

J. Julliard.Pero esta ley, por justificada que esté, ¿no supone a la postre entrar en esa avalancha de reclamaciones de todas las demás víctimas?

P. Nora. – Los mismos que la han redactado han generado un efecto inesperado. Hemos llegado al punto en que, en última instancia, un historiador ya no puede trabajar sobre la historia de la colonización, ni de Armenia ni, si pasaran las veinte leyes que acabo mencionar, de la historia de Francia en su conjunto, ni siquiera del mundo. De hecho, ¿por qué detenerse ahí y no condenar a los americanos por el genocidio indio?

C. Lanzmann. – Soy consciente de lo grotesco de estas derivas. En algún lugar, Pierre me ha culpado de confundir memoria e historia y de negarme a comprender la segunda, poniéndose él del lado de la comprensión. Creo que no me ha leído o lo ha hecho mal. En un texto publicado en la Nouvelle Revue de psychanalyse, decía, a propósito del porqué, que bastaba con rebajar la cuestión a un nivel muy simple: “¿Por qué Judios han sido asesinados?”, pues la pregunta pone de manifiesto de entrada su obscenidad. La negativa a responder a ese porqué no entra en conflicto con la inteligibilidad. Siempre he dicho que el Holocausto fue un acontecimiento histórico rotundo, pero que el rechazo del porqué había sido operativo para mí, pues me permitía mantener el asombro, desnudo, radical, dirigir al horror una mirada frontal.

P. Nora. – Admiro evidentemente los resultados de ese enfoque, la película Shoah, pero no tiene nada que ver con la historia.

C. Lanzmann. – Cierto! Nunca he pretendido trabajar como un historiador. Sin embargo, he aprendido muchas cosas de los historiadores. Puesto que usted menciona a Henry Rousso, citaré a Pierre Vidal-Naquet, quien dijo, después de ver Shoah en un coloquio en la Sorbona organizado por François Furet, que “la historia es demasiado seria para dejarla en manos de los historiadores”.

J. Julliard.Volviendo a la cuestión de la verdad de Estado, ¿creen ustedes aceptable que el Estado profese oficialmente una verdad? La democracia se basa en el hecho de que el Estado no tiene religión, y tampoco metafísica. En 1825, todos los liberales protestaron contra una ley sobre el sacrilegio. ¿Qué decía esta ley? Que era sacrílego y condenable la profanación de las hostias, suponiendo que la presencia divina en las hostias era una verdad de Estado. Es evidente que era incompatible con el pluralismo democrático. Si el Estado protege la idea de que el Holocausto es un hecho innegable, en consecuencia, y frente a otras formas de contestación y negacionismo, ¿no tiene el deber de fijar otros acontecimientos como hechos y convertirse en el brazo armado de una historia oficial?

C. Lanzmann. – El Estado protege de todos modos: se enseña en las escuelas. Se ha combatido bastante la manera escandalosa en que los libros de texto hablaban del Holocausto!

P. Nora. – Debemos reconocer el derecho y el deber de los políticos a dirigir la memoria colectiva, a ser custodios del ritual del ser colectivo y, por tanto, a establecer fiestas, conmemoraciones, homenajes, a organizar la enseñanza, pero de ninguna manera por via legislativa o autoritaria. Para la enseñanza, se ha de pasar por la vía administrativa clásica, como las comisiones pedagógicas, no a través de la ley. No conozco ninguna democracia en la que la ley establezca una verdad oficial del Estado.

J. Julliard.-¿Tiene la impresión de que en el uso que ha hecho Nicolas Sarkozy de la historia –pienso en Guy Moquet, pero también en Jean Jaurès y Léon Blum – hay algo nuevo o peligroso?

C. Lanzmann. – La historia es un gran vivero y, como Pierre Vidal-Naquet, no veo ninguna razón para dejarla sólo en manos de los historiadores.

P. Nora. – Esto no es nuevo del todo, y no es muy importante. Ha habido períodos mucho más dramáticos a la hora de rehacer la historia, la de la Revolución y la Iglesia, el caso Dreyfus, la Resistencia, Vichy … Hacer historia como Henri Guaino hace discursos, mezclando referencias con una lírica soberanono-gaullista, es sin duda simpático, pero sin gran alcance. Liberté pour l’Histoire reaccionó ante el asunto de Guy Moquet, porque hubo un malentendido sobre el papel histórico de Moquet en la Resistencia. En cuanto a la propuesta de Nicolas Sarkozy de que cada alumno adoptara una joven víctima del Holocausto, es inapropiada. Claude Lanzmann dijo todo lo que tenía que decir.

C. Lanzmann. – Creo que este mundo ya no sabe adónde va. Como no halla puntos de referencia en el futuro, los busca en el pasado, un pasado que pretende conocer y al que uno va para tranquilizarse. Es por ello que, a pesar de todo el respeto que tengo por los historiadores y por la historia, creo que va demasiado lejos diciendo siempre aquello de que “la historia juzgará”, “los historiadores decidirán”, etc . Simone Veil lo dice muy a menudo. Le diría a Pierre Nora que eso les hace llevar una carga un poco pesada. Se sacraliza su disciplina, y no pueden dejar de sentir una cierta embriaguez. Anteriormente, fue la filosofía la que desempeñó ese papel. Ahora la historia ha tomado el relevo al completo, incluida la filosofía.

P. Nora. – El historiador ha perdido su papel como intérprete del pasado y profeta del futuro, un papel al tiempo de notario y predicador. Compite con muchos otros interesados en la historia: el testigo, la víctima, el periodista, el magistrado, el legislador. En este sentido, se le priva del magisterio de la interpretación que tuvo en tiempos de Lavisse. Como contrapartida, se le reclama en todas las partes, y estoy de acuerdo con Claude Lanzmann en eso. El historiador no está en una posición fácil. Además de las presiones de la memoria, que también son en cierto modo apelaciones a la historia, es solicitado por magistrados, por jueces …, incluso por los novelistas, ya que la historia es uno de los grandes recursos de la novela contemporánea. Pero lo que se les pide que adopten es el papel de un experto, con lo que ese papel tiene de inferioridad y, sin embargo, de indispensable. Ya no es el juez del pasado, como quería Michelet . Queremos que desempeñe el papel de juez del presente.

J. Julliard .- En otras palabras, y para concluir, si su profesión es la de buscar la verdad, debe de guardarse, como si del diablo se tratara, de pretender poseerla.

© Le Nouvel Observateur

Villa Celina

Juan Diego Incardona. Villa Celina, ilustraciones de Daniel Santoro, Editorial La otra orilla, Buenos Aires, 2008.
Villa Celina

I

Villa Celina son veinte relatos numerados de Juan Diego Incardona y algunas ilustraciones de Daniel Santoro. Los cuentos y las ilustraciones pueden ser pensados –de hecho ya se ha hecho– como un viaje al conurbano bonaerense. Su narrador es hijo de una maestra y un tornero, y ya no vive allí. Estos últimos datos tientan a ensayar otra aproximación.

II

De una hojeada el libro de Incardona se parece a Seres sobrenaturales de la Cultura Popular Argentina de Adolfo Colombres, con sus relatos y dibujos que tematizan bestias y duendes de un territorio difuso pero actual en la imaginación ilustrada. Es esta imaginación una muy turística. De pibe vi a mi vieja correr hacia el fondo de casa para tirar unos huevos recién comprados al grito de "basilisco, basilisco". Recién después de conocer el libro de Colombres se me apagó la desilusión que me agarré al contraponer la definición de "basilisco" leída en el Sopena y el relato que mi vieja ensayó para sus hijos aquella vez. En su lugar sobrevino una emoción que sólo más tarde trataría de aplacar toda vez que emergía. Es la emoción populista-ilustrada: la de leer en un libro (la naturaleza del ilustrado) lo que en el pueblo acaece a diario (el saber del nativo). Se podría decir que tengo mucho para decir sobre esa sensibilidad: mi pueblo natal es tan pequeño que cabe en cualquiera de esos palomares de ciudad. Mi abuela, tucumana de principios de siglo, insistía en que el duende de la siesta (está dibujado en el libro de Colombres) sólo se arredra frente a la mierda. Mi tío decía haber visto varias veces a un Familiar, el perro de los ingenios (también está en Colombres), en la mismísima Laferrere, donde casi todos mis parientes maternos murieron o morirán. Pero se podría decir también que la apuesta por la entronización de esas experiencias –que la imaginación populista-ilustrada concibe como una comunión, como un reencuentro– reifica ambos registros de intelección y frente a la inabordable tarea simbiótica sólo puede cedernos el bestiario, la ímproba pedagogía del diccionario y el dibujo, la desabrida celebración del monstruo sin el miedo, del duende sin la mierda.

III

La cosa pueblerina está en el corazón del texto de Incardona. Si Villa Celina tratara al barrio bajo el signo del barrio citadino, de ese barrio con códigos reo-ilustrados, del barrio de la merienda y del baldío, estaría un paso más cerca del libro de Alejandro Dolina sobre Flores (otro libro de seres sobrenaturales, con dibujos y todo) y un paso más lejos de Adán Buenosayres. El problema con tratar la cosa magmática del pueblo es algo que todos los cientistas sociales populista-ilustrados reconocen: si se subraya el abolengo del interior (como lo hacía B. Verbitsky en Villa miseria también es América) el asunto se vuelve folklórico; si se insiste en el aguante, la falopa, los redonditos y los celulares, toda la cuestión huele a consumo. En fin, nada que García Canclini no haya dicho ya. Los textos de Incardona no se salvan de caer en uno y otro polo, pero como esos vuelcos se celebran, habrá que ver en sus relatos todo un intento vitalista por sobrevivir a la contradicción. A cada paso podemos leer la inestabilidad a la que el narrador se somete para escapar de las imposturas del folklore colucciano y de la ironía airana: él es el hijo de la maestra y se le nota. El hijo de la maestra es el lugar del homenaje y la deferencia pero también de la distancia: dice "aplaudir" en lugar de "golpear las manos"; dice "medios de transporte"; dice "en el transcurso de mi vida"; habla de obreros como pinturas de Berni, de peleas como escenas dantescas; propone personajes que no saben pronunciar la palabra "impedir"; delinea de a tramos una pedagogía del pobring ( "como siempre, para que te den, tenés que dar algo a cambio"; "el odio en un barrio, como en un pueblo, puede ser infinito") con un programa de no se agota en el clientelismo y el intercambio shamánico sino que refiere cuestiones ligadas al lugar del narrador y explicita hipótesis que ligan la circulación de historias y las esquinas como lugares de ocio. Pero esa voz inestable al adherir a las tradiciones festejantes y nostálgicas del mundo paisano, del pago chico, se galvaniza de ternura y se distancia de la ironía post y del recato derechoso del landriscinismo. Puede que haya un mapa de lectura para recibir a Villa Celina, una forma de interpretar estos relatos. Se concibe como una modulación politizada pero de ningún modo politizante. Una onda que empezó por desechar las metáforas edificantes de la geología marxista, continuó sacándose de encima a Deleuze y se detuvo en la contemplación desafiante de la iconografía peronista. ¡Basilisco, basilisco! Lo político está ahí, la literatura lo sacude. Así, a la clave de sentido que puede hacer de Villa Celina un elemento seriado, le basta con leer "unidad básica" o "cumbia" para saber que anida allí el guiño de los sumergidos. Hace falta muy poco para saber si hemos comprendido -parece sugerir la cifra-, y esa sapiencia puede decirse también cantando (o bailando).

IV

Hay muchas batallas en Villa Celina. Bandas, barrios, equipos combaten entre sí maravillosamente. Sin embargo esas gestas no son sino excusas para tratar epifanías, secretos y complicidades que fecundan el barrio. La violencia entonces corre el riesgo de ritualizarse, de decir algo que no dice (o que los subalternos no quieren decir). Villa Celina escapa de esa ilusión de hallar etnografías en letras de chamamé y cuartetos, de descubrir nihilismo en el basural, o existencialismo en el uso del gerundio. Pero al tratar la violencia como si fuese el camello borgiano (ese que supuestamente no figura en el Corán) si bien resulta fácil superar el umbral tilingo de la preocupación y la sorpresa, es harto complicado superar los límites del realismo. Es durísima la tarea de fundar el anti-antirrealismo. Pero si ese trabajo lo encara alguien que siempre se está yendo, como es el caso del narrador del libro de Incardona, puede generar sentidos nuevos que remuevan un poco más las aporías de la imaginación ilustrada. Entiendo que "Metales", uno de los relatos más breves y menos jocosos de Villa Celina, puede servirnos como puerta de entrada al libro: en él se traza la vida social del cobre y la alpaca, el maná de los intercambios y las oraciones, los simbolismos de la masculinidad y la plusvalía. Así de vacía, de seca, de pelada es la mirada del que vuelve al barrio como el narrador de Villa Celina. La sensibilidad populista-ilustrada debería saber que hay algo destructor, sádico y contencioso en las evocaciones del hijo de la maestra y que todo puede volverse ominoso no sólo para tilingos sino también para guarangos. El lector deberá repensar que al considerar a este libro como un boleto para viajar al país matancero no sólo no se encuentre allí con Humpty Dumpty sino que además resulte larga e insultantemente ignorado. Lejos de la fascinación del turista, el hijo de la maestra escribe su nostalgia como una memoria de migrante sobre la que vale la pena recalar.

Publicado en Bazaramericano.com

posdata: buenas reseñas del libro en La lectora Provisoria, en Perfil y en TP.

Marx en Argentina

Horacio Tarcus. Marx en la Argentina. Sus primeros lectores obreros, intelectuales y científicos, Siglo XXI editores, Buenos Aires, 2007.
Marx en la Argentina

El estudio de Horacio Tarcus tiene como objetivo analizar la recepción y difusión local del marxismo. El autor organiza la penetración del ideario de Marx en la Argentina a partir de cuatro momentos de acogida que abarcan más de treinta años de la historia de nuestro país entre 1870 y el centenario. Es en ese tramo donde las recién llegadas ideas de Marx se entroncan con las historias vitales de sus primeros difusores, algunas organizaciones, como también con la joven clase obrera nacional más proclive, en general, a refugiarse en la combativa sencillez que proponía el anarquismo.
El primer estadio que construye Tarcus se extiende entre los años 1871 y 1880. Durante esos años fueron los franceses, refugiados en Argentina tras la derrota de la Comuna de París, quienes intentaron, sin demasiado éxito, hacer circular la obra de Marx. En el recorrido también el autor rescata el derrotero de personajes olvidados como el naturalista belga Raymond Wilmart quien fuera enviado por la Primera Internacional a la Argentina para poner freno al crecimiento del anarquismo.
El segundo momento se desarrolla entre 1880 a 1890. En esta etapa serán los alemanes que huyeron de la persecución “antisocialista” Bismarckiana quienes tomaron la posta en la tarea de difusión. Nucleados en la asociación Verein Vorwärts, la actuación de los socialistas alemanes, cuyo referente central fue el ingeniero Ave-Lallemant, había sido estudiada en un trabajo pionero por Ricardo Falcón a principios de la década de 1980. No obstante Tarcus profundiza aun más, a partir de un casi obsesivo relevamiento de fuentes, siendo ésto último una de las características salientes de todo su estudio.
La tercera etapa coincide con el último decenio del siglo XIX y tiene como hitos la fundación del Partido Socialista Argentino en 1896 y la traducción al castellano que realizó Juan B. Justo de parte de ElCapital. El momento se caracterizó también por la fallida intención de minar la hegemonía anarquista dentro del movimiento obrero. Sin embargo la insistente vocación de que los preceptos de la Segunda Internacional fueran las balizas que guiaran los pasos a seguir por el movimiento socialista, supuso la construcción de una subcultura en crecimiento con pretensiones “científicas” que marcará las características de la última de las etapas descrita por Tarcus. En efecto, el último momento implica la asimilación del pensamiento marxista en la Argentina y se extiende aproximadamente hasta 1910. Allí, el autor destaca cómo la doctrina de Marx va ganando status académico y seguidores. Para ejemplificar el momento Tarcus rescata las figuras de Alfredo Palacios, Enrique del Valle Iberlucea y José Ingenieros como los promotores notables. Sin embargo el autor nota como las ideas de Marx se articularon con los conceptos positivistas dominantes en la época, dándole así al marxismo local un sello distintivo.
La historia de la recepción de Marx en la Argentina que nos ofrece Horacio Tarcus es la más completa escrita hasta el momento. Cimentada en un enorme corpus documental, la obra se incorpora exitosamente al buen número de historias de las izquierdas nacionales que han aparecido en los últimos años, ya sea para ampliar estudios pasados o para incorporar nuevos interrogantes. Sin duda Marx en la Argentina… es más que una historia de ideas, y abre la puerta a nuevos desafíos investigativos que seguramente serán retomados para seguir dando forma a un campo de estudios que se ha renovado sustantivamente.

Los historiadores británicos: la depresión y la euforia

post cruzado desde Clionauta

David Cannadine se pregunta cómo los británicos han escrito la historia en un volumen veraniego, aparecido a finales de agosto: Making History Now and Then: Discoveries, Controversies and Explorations (Palgrave Macmillan). En realidad, se trata de una recopilación de los artículos y conferencias que elaboró a lo largo de una década como director del Institute of Historical Research. Parece que, en su tónica habitual, el libro se lee con agrado, gracias a sus buenas dosis de ingenio y cierta mordacidad. En el apéndice nos dice, por ejemplo, que la tarea de reseñar libros suele ser a menudo un ejercicio de envidia y resentimiento académicos, en el que un estudioso corto de miras y gruñón reprende a otro con mayores méritos (esperemos que no sea el caso). De ahí que nos proponga cuatro reglas para los críticos: “Léete el libro, sitúalo, descríbelo y júzgalo”. Por otro lado, y para quien sufre el comentario, recomienda que si la reseña es simplemente crítica u hostil o antagónica, pero no un agravio, es mucho más prudente y decente sufrirla en silencio. Y ello porque, como señala Cannadine, hay pocas cosas que hagan tan feliz a un reseñista como saber que su crítica ha tenido efecto.

Cannadine

De todos modos, dice otras muchas cosas de interés. Como, por ejemplo, que la profesión histórica británica, más numerosa y productiva que nunca, tiene la moral por los suelos (”a depressed professoriate”). En parte, ello se debería a que su influencia sobre la vida pública y cultural de Gran Bretaña es mucho menor de lo que lo ha sido en el último cuarto de siglo. Sin embargo, esta opinión dista mucho de ser compartida por sus colegas. Así al menos lo señaló la historiadora Juliet Gardiner el The Times a finales de julio.

Según Gardiner, si se preguntara a los europeos del Continente, la respuesta sería que la reputación de sus colegas británicos está más alta que nunca. Fijémonos en el éxito de Ian Kershaw, a quien incluso los alemanes tinen por el más reputado biógrafo de Hitler. Y ahora preguntémonos, añade el propio Kershaw, si el público británico daría la misma calurosa bienvenida a un historiador alemán que emprendiera la biografía de Churchill. De hecho, remacha Gardiner, ningún historiador europeo ha tenido impacto significativo en el mercado editorial de aquellas islas (al menos desde Montaillou y El Queso y los gusanos). En cambio, como dice el especialista en el nazismo Richard Evans, ningún estudioso alemán puede ignorar el trabajo de Ian Kershaw, ningún ruso el de Robert Service o Geoffrey Hoskins, ningún español el de Paul Preston, ningún italiano el de Denis Mack Smith o Lucy Riall, y ningún franccés el de Theodore Zeldin, por citar algunos casos representativos. Todos ellos, y otros como Lisa Jardine, Linda Colley, Simon Schama o Orlando Figes son referentes universales (”a los historiadores británicos se los reconoce como los mejores del mundo”, dice este último).

¿Por qué? Para Evans la razón está clara. En el Continente, la historia forma parte de las ciencias sociales, de modo que se escribe con gran academicismo, con un estilo teórico que puede llegar a ser impenetrable; en el Reino Unido, la disciplina es vista casi como una rama de la literatura, además de contar con una larga tradición de historia empírica y narrativa que hace de ella un relato vivo, en parte por el cultivo de la biografía.

En cambio, para Paul Preston la clave hay que buscarla en el “factor de la distancia”, al menos en el caso español. De hecho, en el setenta aniversario de la guerra civil, cuando la editorial Crítica tuvo que buscar a un autor para publicar un volumen sobre la contienda escogió a Beevor, que realizó una nueva versión de su libro de 1982 y cosechó un gran éxito de ventas. Arabella Pike, editora de Preston en HarperCollins, anuncia además que el siguiente (y tiempo ha anunciado) libro de Preston versará sobre el “holocausto español” – las víctimas del genocidio de Franco – utilizando para ello distintos testimonios. Es un tema que todavía sería difícil para un español, pero Preston ya ha conseguido editor para los USA (Norton), Italia y, por supuesto, España (Mondadori).

La pregunta sería, pues, por qué no sucede lo contrario. La respuesta, en parte, es que los ingleses son algo parroquianos, poco interesados en lo que los otros puedan decir de ellos. De hecho, como apunta Gardiner, ni siquiera se traduce mucha literatura. Pero, claro está, se lo pueden permitir. Hace una década, añade, pocos historiadores tenían agentes literarios, pero ahora todas las agencias tienen en cartera un pequeño pero lucrativo grupo de historiadores, cuyos libros saben que pueden vender en todo el mundo.

¿Durante cuánto tiempo se mantendrá esta situación? Linda Colley, una historiadora británica que ejerce en Princeton y cuyos últimos libros (Captives y The Ordeal of Elizabeth Marsh) han tenido un gran impacto, es pesimista. “Dado el declive de la enseñanza de idiomas en la escuela”, cabe preguntarse “cuántos estudiantes de tercer ciclo tendrán capacidad lingüística para sumergirse en los archivos extranjeros” ¿Cómo modificará eso la hegemonía de Gran Bretaña en la escritura de la historia del mundo? …

Índice del libro de Cannadine:

Preface
Inaugural: Making History Now!
Perspectives: One Hundred Years of Doing History in Britain
Monarchy: Crowns and Contexts, Thrones and Dominations
Parliament: Past History, Present History and Future History
Economy: The Growth and Fluctuations of the Industrial Revolution
Heritage: The Historic Environment in Historical Perspective
Tradition: Inventing and Re-Inventing the ‘Last Night of the Proms’
Nation: British Politics, British History and British-ness
Dominion: Britain’s Imperial Past in Canada’s Imperial Past
Empire: Some Anglo-American Ironies and Challenges
Recessional: Two Historians, the Sixties and Beyond
Valedictory: Making History, Then?
Appendix: On Reviewing and Being Reviewed