Post cruzado desde Clionauta

Rocío G. Davis, profesora de Lingüística hispánica y Lenguas modernas de la Universidad de Navarra introduce el último número de la revista Rethinking History. Aunque no excepcional, tampoco es común que un universitario español tenga el honor de encabezar proyectos internacionales como éste.

Destaca la profesora Davis el creciente número de académicos de todos los campos que han publicado autobiografías en los últimos años, lo cual ha generado interesantes debates sobre el papel de la escritura de vida en el desarrollo de los discursos disciplinarios. Por ejemplo, textos como Mirror to America (2005), de John Hope Franklin, The Politics of Memory (1996), de Raul Hilberg, Interesting Times (Años interesantes, 2003), de Eric Hobsbawm, Among the White Moon Faces (1997), de Shirley Geok-lin Lim o Crossing Ocean Parkway (1997), de Marianna de Marco Torgovnick, entre otros, sirven de inspiración para examinar críticamente la manera en que lo autobiográfico y lo académico se complementan entre sí, a la vez que nos permite preguntarnos si se puede leer la escritura autobiográfica desde una perspectiva profesional o, alternativamente, hasta qué punto lo académico crece a partir de experiencias personales. En la década de 1960, E. H. Carr sugirió que, al evaluar un trabajo de historia, hay que “estudiar al historiador antes de ponerse a estudiar los hechos “, para revelar el punto de vista o posición a partir de la cual desarrolla su trabajo.

Evidentemente, las autobiografías son un recurso privilegiado para emprender este tipo de examen. En ese sentido, el proyecto de egohistoria de Pierre Nora de la década de los ochenta impulsó nuestra conciencia acerca de la manera en la que funciona la escritura de vida en un momento de renovada conciencia histórica. La propuesta de Nora transformaba la relación existencial del historiador con su objeto, como «un instrumento analítico capaz de documentar y demostrar algunos de los procedimientos básicos de la escritura de la historia. Era posible y necesario tematizar la relación entre la historia que uno hace y la historia que nos hace ” (Passerini y Geppert, “Historians in flux: The concept, task and challenge of ego-histoire”, Historein, 2001, 3: 7–18). Esta aproximación al acto autobiográfico enlaza nuestras nociones sobre los procesos de auto-inscripción con nuestra comprensión sobre las formas bajo las cuales son producidos el conocimiento histórico y cultural y el discurso.

En ese sentido, en su History, Historians, and Autobiography (2005), Jeremy D. Popkin ofrece un análisis sistemático de un amplio corpus de autobiografías de historiadores examinando las conexiones teóricas entre la historia y la escritura de vida. Lee las autobiografías de los historiadores para examinar sus experiencias y sus posiciones profesionales, una propuesta que puede ser ampliada. Rocío G. Davis sostiene que estos mismos textos autobiográficos nos permiten adentrarnos en la historiográfica y en las tendencias intelectuales del siglo XX. De hecho, los trabajos más recientes (véase Historical representation, de Frank. F. Ankersmit; On the future of history: The postmodernist challenge and its aftermath, de Ernst Breisach; Refiguring history: New thoughts on an old discipline, de Keith Jenkins; o el más reciente Narrative and history, de Allan Munslow) sitúan en primer plano la dimensión narrativa de lo histórico y, por extensión, el escrito autobiográfico. Comprendemos con ellos que la función de los académicos incluye no sólo ser profesionales comprometidos con la realidad objetiva, sino autores que de alguna manera se proyectan en sus textos. De modo que éstos pueden verse como una negociación entre la personalidad y la posición intelectual de cada uno.

Por tanto, es necesario ampliar las perspectivas desde las que que vemos los proyectos autobiográficos de los académicos – leerlos, por ejemplo, como fuente de la historia intelectual o como representación de una determinada posición ideológica o racial. La cuestión esencial ya no es la «objetividad», sino cómo el proceso autobiográfico hace que el propio autor sea una fuente de información válida. Como señala Jaume Aurell (”Autobiographical texts as historiographical sources: Rereading Fernand Braudel and Annie Kriegel”, Biography 29, núm. 3: 433–50), “los vínculos prácticos y metodológicos entre la historia y la autobiografía son importantes: comparten formulaciones estructurales que nos invitan a leerlas conjuntamente, descifrando hasta qué punto pueden ser semejantes sus formas de reformular los acontecimientos”. El nuevo panorama epistemológico desdibuja la distinción entre el autor «científico» y el «literario», reconociendo un vínculo esencial entre los dos, basado en el proceso narrativo que estructura sus proyectos. En este contexto, la validez del académico radica tanto en su posición de autor como en las pruebas documentales presentadas.

En fin, este número especial de Rethinking History plantea una serie de cuestiones relacionadas con estos procesos tan polémicos. Además de la citada introducción, incluye distintos artículos, todos ellos muy sugerentes bajo el título de Academic Autobiography and/in the Discourses of History:

Gary Y. Okihiro: “Self and history”
Robert A. Rosenstone: “What’s a nice historian like you doing in a place like this?”
Jeremy D. Popkin: “The origins of modern academic autobiography: Felix Meiner’s Die Wissenschaft der Gegenwart in Selbstdarstellungen, 1921-1929?
Matthew Hollow: “Introducing the historian to history: Autobiographical performances in historical texts”
Jaume Aurell: “Performative academic careers: Gabrielle Spiegel and Natalie Davis”
Siobhan O’Flynn: “Challenging the Cartesian Self: Autobiography as an intertextual/interrelational discourse in the works of Aritha van Herk and Kristjana Gunnars”
Ioana Luca: “Post-Communist life writing and the discourses of history: Vesna Goldsworthy’s Chernobyl Strawberries”
Nicola King: “Uses of the past: Hindsight and the representation of childhood in some recent British academic autobiography”
Rocío G. Davis: “Academic autobiography as women’s history: Jill Ker Conway’s True North and Leila Ahmed’s A Border Passage”

Colofón: Lamento verdaderamente que no pudieran acudir ustedes al animado debate que hace meses tuvo lugar entre Frank. F. Ankersmit y Carlo Ginzburg a propósito de algunos de estos asuntos. En todo caso, pueden recuperar un fragmento que se incluye en su obra Il filo e le tracce (Feltrinelli, 2006, págs. 264-265), donde viene a rechazar la atribución de historiador posmoderno que el holandés le concede: “Para aclarar su punto de vista, Ankersmit se sirve de una metáfora vegetal (que en realidad remite a Namier y quizá a Tolstoi). En el pasado, los historiadores se ocupaban del tronco del árbol o de las ramas; sus sucesores posmodernos se ocupan sólo de las hojas, es decir, de fragmentos minúsculos del pasado que investigan de forma aislada, independientemente del contexto más o menos amplio (las ramas del tronco) del que formaban parte. Ankersmit, que se adhiere a las posiciones escépticas formuladas por Hayden White a principios de los setenta, ve con gran complacencia este cambio de dirección hacia el fragmento. Esto supone, a su juicio, una actitud anti-esencialista o anti-fundacionalista que ilumina (a Ankersmit no le preocupan mucho las contradicciones formales) la naturaleza `fundamentalmente posmoderna de la historiografía’: una actividad de tipo artístico que produce narraciones inconmensurables entre sí”. Carlo Ginzburg entiende que eso significa reducir la historiografía a su valor textual, privándola de su parte congnoscitiva. Y, para colmo, entre los ejemplos aportados por Ankersmit está el Montaillou, El Domingo de Bouvines, El retorno de Martin Guerre y, por supuesto, El queso y los gusanos. Por eso lamento que se perdieran aquel combate en directo entre el holandés y el italiano.

Posdata: Interesante artículo aparecido en la última entrega de la European History Quarterly: “Early Francoism and Economic Paralysis in Catalonia, 1939–1951? de Joseph Harrison (núm. 39, 2009, págs. 197-216)