Una tarde sofocante de enero, hace ya once años, un falcon desvencijado se detuvo en la puerta de su casa y se vio bajar del auto, atravesar la polvareda, tocar su propio timbre. Soy tu hermano; el hijoeputa de la cuisa nos separó al nacer, se escuchó decir. El aturdimiento le duró unos días, y no pasaba mucho tiempo sin preguntar qué fue de la vida de ese nuevo pariente que brotó del calor, una tarde asfixiante de moscas y humedad.
Después, mientras el calor aún persistía insultante, pergeñaron una revancha. Barajaron nombres, coartadas, testigos.
Nunca los descubrieron. Su hermano se fue por un tiempo; viajó. Él ganó una profesión y veló el secreto.
Otro verano, una tarde de chicharras, un hombre tocó el fatídico timbre y a bocajarro: soy tu hermano. La cuisa nunca quiso que Martina nos volviera a juntar. No creyó un ápice de lo que el hombre decía pero se escuchó afirmar ya tengo uno, ahora somos tres. Y el tercero: No. Somos dos. El otro era hijo de Martina. La cuisa no tuvo nada que ver.
Cómo sabés, se oyó decir un tanto mecánicamente.
El me lo confesó, yo ahora lo sé, espetó el hombre que vino con la fresca.


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