Al leer el post de Omar Acha y los comentarios desperdigados por allá, aquí y más allá, recuerdo que las generaciones se mentan por un año ('37, '98, etc.) por sus pretensiones vanguardistas o por lo heterogéneas que resultan cuando se las mira de cerca.
Las tesis sobre el quehacer intelectual deslizan una idea y un presupuesto. El presupuesto es que existe una atmósfera, un color que tiñe al resto: socialismo genérico le dice ("una sensibilidad de izquierda, socialista en sentido genérico", tesis cuatro). Hasta allí habrá que ir porque sólo dándole forma a esa esperanza se puede horadar el sino elitista de todo programa que se asienta sobre un crimen. Para algunos ese término (crimen) sugiere parricidio y evoca el gesto con el que Contorno, una revista de diez números, más tarde fue imbuida. A mí me recuerda la sustitución dinástica a través de la violencia, a partir de la que Frazer escribió su "catálogo de la estupidez humana" llamdo La rama dorada. Contra toda pregunta plesbicitaria, el régimen de sucesión dinástica por asesinato implica que quien asesina pasa a ocupar el lugar de la víctima. No importa su procedencia o inquietud. Y este es un problema que la ilusión de una irrupción apenas puede sostener sobre bases verosímiles, puesto que ¿qué otra cosa lastima más a la meritocrática república de los sabios que la amenaza del evento y la deposición? y a la vez ¿qué otra impresión dan muchos eventos disruptivos sino el de una serie, el de un bajo continuo (expresión feliz que Pablo Semán usó como título para uno de sus libros)? De ese ciclo, el socialismo genérico nos libera. Es la brazada que nos saca del remanso, el golpe de timón que nos devuelve a la corriente madre. Pero no sabemos mucho de él.

Acha remueve los síntomas (del crack decembrino). Los pone en una bolsa, como un saco de huesos. Los agita y los lanza. Alea jacta est. De esos síntomas por el momento sólo puede decirse que nadie ha escrito o asentado síndrome alguno. El orden o la disposición de su número arroja distintas peripecias en nuestro futuro. Y sin embargo, con las tesis me identifico plenamente: entiendo que después del 2001, los problemas tramados por la literatura, la sociología, la historia y la antropología en torno a la pobreza, a las clases populares, etc. etc. son el mortero del que no pueden ya salir airosos un paquete de categorías liberales y/o republicanas, un atado de expectativas bruñidas, una pócima de la que beberían todas las clases y sectores. Esa fe se ha perdido, aunque como todo parece indicarlo, no hay sino en algunos ámbitos, más allá de la verborrea radicalizante, intelectuales abocados a leer en fragmentos, a horadar las nociones de sujetos indivisos, a devolverle al territorio lo que le pertenece, y nada más: y esto no se debe a aquellas fórmulas tan chispeantes y fatuas que acusaban al hacer intelectual de estar o haber estado en el olimpo, cuando diciembre, como si el incidente de vivir nos cediera la experiencia de sabernos en tal situación y ella, y sólo ella fuera combustible suficiente para pensar un poco distinto o mejor. Se trata, en cambio, de que un régimen de preguntas sobre la realidad fue brutalmente constratado con un régimen incipiente de representaciones (precarias o robustas) que no le ofrecían sino sombras numinosas a la interpelación setentista de la movilización o a la interpelación democrática que apostaba por una conciencia cívica, aún sin saber qué cosa podía parecerse a eso.

En los dos párrafos he mencionado la ignorancia como fundamento de la errancia que denuncia Acha en sus tesis. No sabemos qué es el "socialismo en sentido genérico", pero tampoco sabemos mucho sobre los dos mundos simbólicos que se acuñaron al calor de la línea de la pobreza. No conocemos el mundo que rompería las trabazones elitistas, aunque nos acerquemos a él, tal como sugieren las tesis. La línea de la pobreza es nuestra Maxon-Dixon, y la dinámica de ese mapa rasgado y bífido dependerá de lo bien que el conjunto de preguntas y enfoques reflexivos que ensayemos desplace la creencia de un derrame, de un fluir de zona a zona. Esa es la idea que comparto: ningún barquero para entrar al mundo del desierto, ningún lenguaraz autorizado. El proyecto colectivo que crece en un malestar está destinado a apagarse en el aire, como si se tratara de un amague (siendo como es: el cuerpo mismo, aquello que lo impulsa y las consecuencias que del golpe derivan), pero hay que encenderlo.
Me río porque en lugar de usar el término radiografía, Acha llama a su libro Somos. Ecografía de una nueva generación intelectual…quién sabe si por la idea de un nacimiento o por el término un tanto vago de ecomímesis o ecografía, complemento del término etnografías de acuerdo a Camilla Mortensen (forzándolo se puede decir que así se tratan cosas que son propias del oikos y/o que han sido escuchadas, rumoreadas, presentidas). No lo sé, pero pienso que radiografía hubiera sido también preciso porque para eso sirvieron las radiografías en sus comienzos: para atrapar fantasmas (Allen Grove dixit), cosas que se creían rondaban el mundo de los vivos.


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