Cormac McCarthy. En la carretera, Barcelona, Mondadori, 2007, 210 páginas.
McCarthy

Hace tiempo escuché a un estudiante de medicina contar sobre su iniciática observación de una autopsia: esperaba que la caja toráxica de esa mujer comenzara a moverse de un momento a otro, decía entre otras cosas.
En la novela de Cormac McCarthy esperamos la aparición de hombres y mujeres porque en las visiones post-apocalípticas todo tiene sentido si esa derivación (no geológica, no bacteriana, sino humana) tiene chance.
En la carretera narra el viaje de un padre y un hijo por una ruta del sur estadounidense. Es un viaje mítico, un viaje hacia el sur, un éxodo de zonas frías. Algo ha pasado y el mundo se convirtió en cenizas, la atmósfera adquirió un tono oscuro y después de ciertos años, desde el macadam, puede verse caer a los árboles muertos todavía en pie, en dominó y atronadores. Estos dos personajes se cruzan con pocos hombres y escasas mujeres en su periplo. Por eso la espera del prójimo es ambigua, con él vendrá el miedo. ¿Cómo continuar la formación del alma del pequeño bajo esas circunstancias? (Encima: el pequeño es un kantiano irredento y el padre, un médico).
El viaje es mítico, además, porque se trata de la frontera, del pionero. En la carretera le habla al oído a Paul Auster y le dice que podría haberlo hecho mejor.
El conteo minucioso de los botines, el carrito de supermercado, las fechas de vencimiento de los envases, las cadenas de frío, las secuencias bromatológicas: el escenario cultual que reclama la humanidad frente a una góndola. La fiereza, el canto optimista, de la elección entre marcas líderes. Esa iteración que en un famoso texto de Ellis coaguló las fantasmagorías de un asesino serial, en Coetzee devino en la contigencia aventurera del encuentro del hombre y la naturaleza (clasificación de animales, paisajes, accidentes), como único modo de escapar de la ineluctable mecánica del poder humano. En el libro de McCarthy se respiran los sueños políticos de los hombres, los lobos y los corderos, y se buscan en un mapa mientras el frío demuele: a los productos el Desastre les ha devuelto su aura, no porque sean escasos como reza el manual de economía sino porque son los últimos, los últimos que el niño probará. Entre tanto misterios, cifras y enigmas, uno sólo de ellos es el importante. Y esa preocupación por la descendencia de un hombre que va a morir emparenta a En la carretera con el eclesiastés, molde y figura de las reflexiones aciagas. Por eso es que el título de este post recuerda a J.G. Ballard (y no a Von Däniken) porque en La sequía, sus paisajes sólo pueden ser leídos como huellas de lo humano. En En la carretera el padre se pregunta en un momento acerca de cómo narrar íntegramente el pasado cuando en ese relato ya está inscripta la desaparición de aquello de lo que se pretende hablar. No hace falta evocar, parece decirle el hijo.

Coda: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece cosas sobre el libro.


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Comments ( 2 )

[...] http://tapera.info/?p=356 Hay novelas que a uno lo dejan completamente indiferente, es más, pasados los días ya apenas sí recuerda de qué iba el asunto que proponían, y su atmósfera se ha perdido por completo en el interior del lector sin haber dejado ni siquiera el rastro de un mal perfume. Ese tipo de libros, con el tiempo, cuando uno va haciéndose mayor y parece que pierde la vergüenza de equivocarse ante sí mismo, es mejor dejarlos arrinconados cuanto antes, a las pocas páginas degustadas si uno presume que la cosa va a terminar en nada, o lo que es peor, en algo prescindible. [...]

“La carretera” de McCarthy « Loslibrosdecanteli’s Weblog added these pithy words on Jan 12 09 at 11:16 am

En Meridiano de sangre, la violencia domina la novela como su sino,y percibo que en la novela que reseñas, laviolencia, de hecho que está, mas allí, toda la trama va contracorriente. Incluso contra la fatalidad.

Rain added these pithy words on Nov 25 07 at 5:49 am

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