Post cruzado desde La curiosa sociedad de los carnotistas

Norte de Santa Fe

Fue La Forestal una companía de capitales ingleses que desembarcó en el Chaco austral entre fines del 19 y mitad del 20 para explotar el tanino del quebracho, químico utilizado en el curtido del cuero. Para ello construyó factorias, puertos, vías ferreas, caminos, obrajes, levantó poblados. En el momento de su mayor expansión señoreaba millones de hectáreas a la vera del Paraná y regía los destinos de miles de personas. Los movimientos migratorios de la región se organizaban según su necesidad: oleadas de empobrecidos correntinos cruzaron el río para ofrecerle sus brazos como hacheros. Gente hubo que nació, vivió y murió en terreno de la Forestal, sin salir jamás de su influjo. En sus dominios circulaba su moneda – yo he visto unas de hierro forjado: "Vale por un kilo de carne", carne que se vendía en sus propias carnicerías desde luego – y se imponía su ley, aplicada por un cuerpo policial volante, "los cardenales", que a falta de cárceles – o porque estas eran costosas – castigaban el robo de vacunos de la Companía marcando a fuego con el hierro del ganado a los ladrones. Todos los comisarios y los jueces de paz a la redonda – y varios políticos en Santa Fe y en Buenos Aires – estaban en la nómina de pagos de La Forestal. Fueron, ciertamente, un factor de progreso: Los asentamientos de la empresa gozaron de luz eléctrica o agua corriente antes que la capital provincial, provistas por los generadores y las bombas de las tanineras al entorno de casas estilo colonial inglés, techos rojos a dos aguas y galería circundando la construcción de paredes blancas con amplias aberturas.
Por eso ir a Villa Ana ahora, en estas décadas, es un raro turismo. Acabado el quebracho y retirada ya la Companía, sus antiguas dependencias – sus oficinas, sus depósitos, las viviendas de sus administradores y técnicos – pasaron al Estado Provincial que no tuvo mejor idea que distribuírlas generosamente entre las dependencias oficiales. En Villa Ana la gente es pobre pero el Jardín de Infantes tiene un edificio propio, apto para albergar a diez veces más niños de los que educa. La Escuela Primaria, otro tanto. En las enormes aulas rebota y se pierde la voz de la maestra frente a un puñado de niños. En el Dispensario la dependiente se queja por la extensión del piso que debe barrer a diario – mantener mínimamente limpios y funcionando esos espacios es el agobio de sus servidores, mucho más que la atención del puñado de ciudadanos que concurren a ser atendidos. Villa Ana abunda en empleados públicos, en jubilados, en niños criados por abuelas mientras los padres emigran.
Durante la jornada laboral moran los servidores públicos en estos caserones pero luego vuelven a su mas modestas casas, a menudo ranchos de adobe, mezcla de barro y paja que las lluvias van destruyendo. La Fábrica fue desguazada por ellos, hace mucho, y a alguien se le ocurrió mejorar su vivienda con una protección metálica: los planchones remachados de la factoría fueron cortados a soplete y trasladados y amurados en torno a los ranchos para protegerlos de los aguaceros. Luego los pintaron de colores vivos: verdes, azules, rojos. Rápidamente los bautizamos "los ranchos blindados"; rara cruza entre vivienda rural y tanque de la Primera Guerra y conformando un colorido barrio con remembranzas de La Boca.
Y cualquier viejo, si Ud. le da charla, le contará sobre las glorias de antaño.