
El comunismo en la argentina sufriría, junto con otras tendencias que pretendieron tener ascendencia en la clase obrera, una incontrastable derrota frente a ese emergente social particularísimo que fue el movimiento encabezado por Perón. De eso no hay duda: el peronismo significó en muchos aspectos un parteaguas que arrasó con las identidades tradicionales de un actor que cobraba, en las postrimerías de la segunda guerra mundial, inusitada importancia. Donde había más dudas que certezas concretas era sobre la filiación de la clase obrera pre-peronista a partir de mediados de los años ´20, ya que en la etapa previa anarquistas, sindicalistas revolucionarios y en menor medida socialistas pugnaban por gozar del favor de una clase en constitución. Algunos adelantos historiográficos han constatado, por cierto, creciente importancia del comunismo en las luchas obreras durante la década del ´30. Así lo certificó Nicolás Iñigo Carrera en su análisis de la gran huelga de 1936; también Mirta Lobato en su estudio sobre los frigoríficos de Berisso. Sin embargo, más allá de los trabajos pioneros e incluso de quienes desde la crítica o el seguidismo abordaron el comunismo de entreguerras, no existían trabajos sistemáticos ni sobre el Partido Comunista, ni sobre la interacción de sus militantes con su objeto primero. El libro de Hernán Camarero viene a saldar esa deuda historiográfica. A partir de un muy exhaustivo relevamiento de fuentes, tanto partidarias como sindicales, el autor se interroga sobre la penetración del comunismo en el “mundo del trabajo” entre 1920 y 1935. El deliberado corte temporal corresponde al cambio del estrategia operado en el PC, acompañando, siempre acríticamente, los mandatos de Moscú. Desde 1928 y hasta 1935 los comunistas habían adoptado la estrategia de clase contra clase. El también denominado tercer período fue la etapa más sectaria de los liderados por el tándem Codovilla-Ghioldi, no obstante es allí donde más perceptibles son los frutos de los intentos por conquistar a la clase obrera a partir de esa exclusiva herramienta que significó la células de fábrica y calle para la implantación partidaria, sobre todo, en los enclaves manufactureros de Capital Federal y Gran Buenos Aires aunque sin desestimar otros centros urbanos de importancia como Rosario, La Plata y Córdoba donde también tuvieron presencia. El autor hace una aquí una significativa discriminación: los comunistas tuvieron éxito en su relación con el proletariado fabril, pero en el “sector servicios”, que en rubros como el ferrocarril y transportes marítimos nucleaba a buena parte de los trabajadores sindicalizados, los comunistas nunca pudieron desalojar a sindicalistas y socialistas. Pero Camarero no se queda solamente en el estudio del plano celular y sindical de los comunistas, releva profundamente las luchas diversas encabezadas por éstos y las persecuciones, torturas y proscripciones que sufrieron, fundamentalmente, a partir del golpe cívico-militar que derrocó al radicalismo en 1930. También, anexa otros caminos recorridos por los cominternistas: el intento de configurar una “cultura obrera” alternativa y a la vez doctrinal que lleva al autor a explorar experiencias culturales – muchas de ellas parangonables con las socialistas, aunque en menor escala y perdurabilidad- como también iniciativas de corte deportivo (como la fundación de clubs) que pretendían rivalizar con las “instituciones burguesas” en tiempos de la incipiente profesionalización del fútbol. Otro punto que trabaja el autor, y que enriquece la obra, es el tratamiento que los comunistas le dispensaron a los extranjeros y que los diferencia sustantivamente de socialistas y de otras corrientes. El carácter internacionalista de la doctrina de los soviets impulsó, por ejemplo, que muchas de sus publicaciones, folletos y volantes fuesen editados en diversos idiomas. Así muchos discursos de barricada eran ejecutados en húngaro, italiano, polaco, alemán, ruso, idish y por supuesto en español. Pero el dato sociológico que no hay que desdeñar aquí es que hasta 1930 persistió un predominio inmigrante sobre la masa de trabajadores industriales en Capital y en el Gran Buenos Aires.
Mucho queda aun por hacer en materia de estudio de las diversas tendencias de la izquierda en argentina. La obra de Hernán Camarero es un gran avance para quienes abordan el período de entreguerras y ya no podrán obviar, como actor importante aunque no excluyente, a quienes fueron los principales impulsores de la sindicalización única por rama y tuvieron una sólida presencia en la clase obrera industrial pre-peronista. Pero frente a tanto lauro, una crítica: bien es sabido que los comunistas aceptaron sin debate, aunque con fracturas por esa ausencia, todos los postulados que eran ordenados desde la dirección internacional; también sabemos por Camarero que a esta obediencia a los mandos moscovitas no se le correspondió con “el oro de Moscú”. Sin embargo, en su tratamiento del PCA como estructura Camarero parece caer en lo que Angelo Panebianco denominase prejuicio teleológico atribuyéndole previamente fines al partido que representarían su razón de ser, conduciendo a la definición de partido obrero mucho antes que el PCA se constituyese como tal durante los años ´30.