Murió Bobby Fischer y con su muerte muchos recordaron el match del siglo en 1972. Ese recuerdo no es uno de inspiración geopolítica: pese a la cantidad de libros o artículos que han tratado de "profundizar" en la relación entre guerra fría, distensión y el match Spassky-Fischer, lo que queda es un clima de época, una respiración, un drama (lo mejor sigue estando en las páginas que escribieron Pachman y Steiner). El recuerdo se parece al que escribió García Márquez en Cien años de soledad, en donde alguien evoca el momento en que su padre lo llevó a contemplar el hielo. Así, en muchas de las notas que reparan en la muerte del genial ajedrecista, los autores rememoran su iniciación al ajedrez de la mano paterna (paterna en un sentido amplio, digamos, el ajedrez por entonces era aún más machista que en la actualidad). Es probable que la muerte de Fischer -en la medida en que Fischer alcanzó cimas heroicas en un juego que amenazaba por aquellos días en convertirse en un ejercicio de genios, en una ciencia, en un arte y una filosofía- pueda ser vista como la clausura de un período en el que la herencia social derramaba el patrón letrado (de padres a hijos) a través de los juegos de tableros como el ajedrez y el dominó (las damas siempre fueron ninguneadas) o la hechura alquímica de los crucigramas.
Por mi parte siempre pensé que Fischer lo había hecho sin padre y sin dinero. Cuando leí que algunos creían entrever en la formación de Viswanathan Anand su estilo ajedrecístico (se la pasaba jugando rápidas y debía esmerarse para no perder el puesto en el tablero), pensé en que tal vez había en los juegos de algunos grandes maestros un fuego de infancia pobre que no se apagaba nunca (con iguales frecuencias de fortaleza y miedo). Pero después se me pasó.

Otras noticias en: uno, dos (buen texto el de Guillermo Piro), tres, cuatro -otro bueno-, cinco, seis -próximas partidas comentadas-, siete -otro buen relato-, ocho.