
Irremediablemente ha llegado la hora. La construcción de la memoria sobre la década del 70’ y particularmente sobre el terrorismo de Estado, ha llegado a un punto en donde la aguas de la discusión parecieran rebasar los diques que imponía la lucha por los derechos humanos y la edificación de una vocación democrática. La derogación de las leyes de “obediencia debida” y “punto final” y el juzgamiento efectivo, aunque sorprendentemente lento, de los dinosaurios de la represión indudablemente reaviva la discusión y el debate.
Hace unas pocas semanas, a raíz de la condena efectiva al represor Benjamín Menéndez, se abrió un nuevo capítulo del debate. El periodista Martín Caparrós escribió una polémica columna de opinión en el diario Crítica, titulada “El Peor acuerdo”, en la cual exponía provocativamente una reflexión histórica por demás interesante: los desaparecidos no eran luchadores por la “democracia”. Eran, a pesar de los matices, una generación de militantes comprometidos con la construcción de una sociedad distinta, orientada al socialismo y muy lejana al gobierno que dice estar reconstruyendo el proyecto interrumpido por la última dictadura. Las críticas no se hicieron esperar y el lector las puede observar en la edición digital del diario, en donde una sucesiva serie de comentarios se empeñan en ubicar al autor de La Voluntad, uno de los libros más valiosos para recuperar la memoria de la década del 70’, en el campo de los “enemigos y los traidores”.
En tal sentido, este tipo de debate lamentablemente pareciera no dar cuenta de la importante, aunque en cierto sentido marginal, producción académica que desde la historiografía argentina pretende problematizar la cuestión.
El libro escrito en 2007 por Ana Longoni pareciera haberse adelantado al debate. A través de una profunda reflexión sobre la literatura testimonial escrita durante las tres últimas décadas, Longoni deconstruye la figura del “traidor y la traidora” que se ha realizado a partir de esos escritos. Concretado a través de un complejo análisis del discurso, centrado en las novelas testimoniales Recuerdos de la Muerte de Miguel Bonasso, Los Compañeros de Rolo Diez y El fin de la Historia de Liliana Heder; la autora reflexiona sobre la construcción de la figura del sobreviviente de los centros clandestinos. A través del mantenimiento de la ética “militarista” estas novelas reconstruyen la experiencia concentracionaria como un escenario en donde “héroes/mártires” son contrapuesto a los “traidores/sobrevivientes”, lo cual permite a los autores evitar reflexionar sobre las causas profundas de la derrota de los proyectos políticos revolucionarios, ubicando la “traición” como un elemento sustantivo pero superficial para entender dicho fracaso.
Muñida de una aguda mirada y de un sólido aparato teórico Longoni demuestra sucesivamente cómo la literatura testimonial se erige, particularmente en el caso de El fin de la Historia, en una suerte de tribunal histórico en donde se invita al lector a juzgar la actitud de los militantes. De esta forma se reafirma el estigma del “traidor” del sobreviviente mientras que los autores, aunque no abiertamente, se ubican en el costado de los héroes. Esta lógica binaria, propia de una forma de la política – pero profundamente problematizada en la literatura argentina a través de la obra de Borges y Arlt- impide, según Longoni, la comprensión de las amplias zonas grises de las cuales se nutre la vida y nuestra propia experiencia. No obstante cabe preguntarse, cuestionando en parte los argumentos de Longoni ¿podemos reclamarle a la literatura testimonial que evite la construcción de este tipo de visión maniquea? ¿La “traición” es sólo una operación discursiva o fue también una realidad de la experiencia concentracionaria? ¿Debemos, o mejor dicho, podremos abstraernos – como reclamaba Carlo Ginzburg – alguna vez de cumplir el papel de jueces a la hora de revisar el pasado? Sinceramente, no lo sabemos.
A pesar de esto compartimos finalmente con la autora el reclamo de una nueva revisión del pasado que sólo será posible “cuando el estigma de la traición deje de inhabilitarlos, cuando la sociedad alcance a concebir los alcances del terror y de la derrota, y la militancia se atreva a encarar una autocrítica en torno a las formas de hacer política” . Las reflexiones de Caparrós, especialmente las reacciones que las mismas generaron, aparentemente demuestran que la situación reclamada, si bien no ha llegado, pareciera tener un incipiente principio.
Che, qué bueno esto. Siempre pensé que este tema era muy necesario en el debate de los 70 y que todavía estaba pendiente.
Saludos
Estimado:
En mi opinión, Caparrós vuelve con el mismo tipo de discurso que hace un tiempo expuso Beatriz Sarlo: “Yo estuve ahí, no éramos inocentes, luchábamos por el socialismo y la dictadura del proletariado”, etc. Lo cual equívocamente reduce la tragedia de los ’70 a la guerrilla y a su represión por el Proceso. La desarticulación de todo tipo de resistencia al modelo que éste quiso implantar, empezando por la prisión y desaparición de miles de simples trabajadores, delegados obreros y comisiones internas de fábrica íntegras, en esa visión es totalmente ignorada. Lo cual tiende a deslegitimar los juicios y es funcional a los defensores del terrorismo de Estado, y de paso sirve para hacer antikirchnerismo barato abonando la cháchara del “montonerismo”. Yo a Caparrós no lo calificaría de traidor ni nada por el estilo, simplemente es un manipulador.
Por supuesto que es ineludible el debate sobre el rol y la génesis de la violencia ejercida por la guerrilla y las actitudes de sus integrantes incluyendo la mentada “traición”. Aquí se reseña otro libro que no leí pero que parece encarar el tema con bastante seriedad:
http://www.pagina12.com.ar/diario/escrito/22-107797-2008-07-14.html
Una aclaración: la autora de El fin de la historia es Liliana Heker. Y acá hay otra nota sobre el libro de Ana Longoni que salió en Radar hace un tiempo:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-2514-2007-04-22.html
Muchos saludos.
Un sitio de un nivel superlativo. Si bien no coincido con algunas opiniones, creo que el nivel con que están expresadas resulta un aporte sumemente enriquecedor.
Es el tipo de links que me interesa tener en “Qué sabés de Buenos Aires?” .
Mis sinceras felicitaciones.