Geert Lovink. La cultura de la pregunta: la Googlización

El texto original de Lovink puede leerse en en su blog.

A tribute to Joseph Weizenbaum

Un espectro obsesiona al mundo intelectual de las elites: la sobrecarga de información. Ciudadanos de a pie tienen secuestrados los recursos estratégicos y obstruyen lo que una vez fueron medios de comunicación cuidadosamente vigilados. Antes de Internet, los mandarines mantenían la idea de que podrían separar la “cháchara” del “conocimiento”. Con el auge de los motores de búsqueda de Internet ya no es posible distinguir entre iluminaciones patricias y chismes plebeyos. La distinción entre lo alto y lo bajo, y sus alternancias en ocasiones como el carnaval, pertenecen a una época pasada y ya no deberían preocuparnos. Hoy en día, está causando alarma un fenómeno totalmente nuevo: motores de búsqueda que confeccionan un listado de sitios según su popularidad, no su verdad. Ahora vivimos buscando. Con el aumento espectacular del acceso a la información, nos hemos enganchado a las herramientas que la recuperan. Buscamos números de teléfono, direcciones, horarios de apertura, el nombre de una persona, los detalles de un vuelo, las mejores ofertas y, de mala manera, declaramos que la proporción de material gris (”datos basura”) es cada vez mayor. Pronto nos pondremos a a buscar y sólo nos sentiremos perdidos. Las antiguas jerarquías de la comunicación no sólo han estallado, la propia comunicación ha asumido el estado de un derrame cerebral. No sólo ha aumentado el ruido popular a niveles insoportables, sino que ya no podemos atender otra petición de nuestros colegas, incluso un amable saludo de los amigos o de la familia ha adquirido la condición de una tarea cuya expectativa es que respondamos. La clase educada deplora el hecho de que la cháchara haya entrado en el hasta ahora protegido recinto de la ciencia y la filosofía, cuando más bien le debería preocupar quién va a controlar la cada vez más centralizada red informática.
Hay algo que los actuales administradores de noble sencillez y tranquila grandeza no puede expresar, algo que deberíamos indicarles: hay un creciente descontento con Google y con la manera en que Internet organiza la recuperación de la información. La corporación científica ha perdido el control sobre uno de sus principales proyectos de investigación: el diseño y la propiedad de las redes de ordenadores, utilizados ahora por miles de millones de personas. ¿Cómo es que tantas personas han acabado por depender de un único motor de búsqueda? ¿Por qué vamos a repetir la historia de Microsoft una vez más? Parece aburrido quejarse de este tipo de monopolio cuando cualquier usuario de Internet tiene a su disposición una multitud de herramientas para distribuir el poder. Una posible forma de superar esta situación sería redefinir positivamente el concepto de Gerede (habladuría, charlatanería) de Heidegger. En lugar de una cultura de la queja que sueña con una tranquila vida desconectada (offline) y medidas radicales para filtrar el ruido, es el momento de enfrentarse abiertamente a las formas triviales de Dasein (”ser-aquí”, “ser-en-el-mundo”) que encontramos en los blogs, los mensajes de texto y los juegos de ordenador. Los intelectuales ya no deberían ver a los usuarios de Internet como aficionados de segunda fila, aislados de una relación primaria y primordial con el mundo. Hay una cuestión más importante sobre la mesa y requiere adentrarse en la política de la vida informática. Es el momento de hacer frente a la aparición de un nuevo tipo de corporación que rápidamente está trascendiendo Internet: Google.
La World Wide Web, que debería haber hecho realidad la infinita biblioteca que Borges describe en su relato La Biblioteca de Babel (1941), es vista por muchos de sus críticos como una simple variación de El Gran Hermano (1948) de Orwell. El gobernante, en este caso, ha convertido un monstruo diabólico en una ristra de jovencitos guay cuya responsabilidad corporativa se resume en la consigna: “No seas malvado”. Guiados por una mucho más antigua y experimentada generación de gurús de las tecnologías de la información (Eric Schmidt), pioneros de Internet (Vint Cerf) y economistas (Hal Varian), Google se ha expandido de modo tan rápido, y en una variedad de campos tan amplia , que prácticamente no hay analista, académico o periodista financiero que haya sido capaz de seguir el alcance y la velocidad con la que Google se ha desarrollado en los últimos años. Nuevas aplicaciones y servicios se acumulan como regalos navideños no deseados. Google acaba de añadir el servicio de correo electrónico gratuito Gmail, la plataforma para compartir vídeos YouTube, la de redes sociales Orkut, Google Maps y GoogleEarth, su principal servicio de pago, el AdWords con los anuncios Pay-Per-Click, aplicaciones de oficina, tales como Calendar, Talks y Docs. Google no sólo compite con Microsoft y Yahoo, sino también con empresas de entretenimiento, bibliotecas públicas (a través de su masivo programa de digitalización de libros) e incluso con empresas de telecomunicaciones. Lo creamos o no, el Teléfono de Google estará disponible muy pronto [ya lo está]. Recientemente escuché a una chica poco metida en los círculos tecnológicos decir que había escuchado que Google era mucho mejor y más fácil de usar que Internet. Sonaba bien, pero es que ella tenía razón. No sólo es que Google se ha convertido en el mejor Internet, está asumiendo tareas del software de nuestro propio ordenador para que podamos acceder a esos datos desde cualquier terminal o dispositivo portátil. Apple MacBook Air es el último ejemplo de la migración de datos a búnkers de almacenamiento controlado privadamente. La seguridad y la privacidad de la información se están convirtiendo rápidamente en la nueva economía y en la tecnología de control. Y la mayoría de los usuarios, y por supuesto las compañías, están abandonando alegremente el poder a la autoregulación de sus recursos informativos.

El arte de hacer la pregunta correcta

Mi interés por los conceptos que hay tras los motores de búsqueda se me planteó de nuevo al leer un libro de entrevistas [Joseph Weizenbaum entrevistado por Gunna Wendt, Wo sind sie, die Inseln der Vernunft im Cyberstrom, Auswege aus der programmierten Gesellschaft. Herder Verlag, Freiburg, 2006.] con el profesor del MIT y crítico informático Joseph Weizenbaum, conocido por su ELIZA, un programa de tratamiento automático creado en 1966, y por su libro de 1976 Computer Power and Human Reason. Weizenbaum murió el 5 de marzo de 2008 a la edad de 84 años. Hace unos años, Weizenbaum se trasladó de Boston a Berlín, la ciudad donde se crió antes de que, en 1935, sus padres salieran huyendo de los nazis. Especialmente interesantes son las historias de Weizenbaum sobre su juventud en Berlín, el exilio a los EE.UU. y la forma en que se vio inmerso en el mundo de la computación durante la década de 1950. El libro se lee como un resumen de su crítica a la ciencia informática, según la cual los ordenadores imponen a sus usuarios un punto de vista mecanicista. Lo que me interesa especialmente es la forma en que el “hereje” Weizenbaum da forma a sus argumentos como un informado y respetado insider: lo cual representa una posición similar a la “net criticism” que Pit Schultz y yo hemos hemos venido desarrollando desde que comenzamos el proyecto “nettime” en 1995.
El título y el subtítulo del libro parecen intrigantes: “¿Dónde están las islas de la razón en el océano cibernético? Salidas de la sociedad programada”. El sistema de creencias de Weizenbaumse puede resumir en algo así como: “No todos los aspectos de la realidad son predecibles”. La crítica de Weizenbaum a Internet es genérica. Evita ser específico, y eso es algo que hemos de tener en cuenta. Sus observaciones sobre Internet no son nada nuevo para quienes están familiarizados con la obra Weizenbaum: Internet es un gran montón de basura, un medio de comunicación de masas cuyo contenido es disparatado en un 95 por ciento de los casos, como el medio televisivo, que es la dirección en la que la Web se está desarrollando de forma inevitable. La llamada revolución de la información se ha convertido en una avalancha de desinformación. La razón es la ausencia de un editor o de un principio editorial. El libro no aborda por qué no se estableció este principio fundamental de los medios de comunicación en la primera generación de programadores, de los que Weizenbaum fue un miembro prominente. La respuesta probablemente esté en el uso inicial del ordenador como una calculadora. El determinismo tecnológico que impera en la berlinesa Sophienstraße y en otras partes insiste en que el cálculo matemático sigue siendo la esencia misma de la informática. El (mal)uso de las computadoras para fines mediáticos no fue previsto por los matemáticos, y no deberíamos culpar a quienes diseñaron el primer ordenador por las torpes interfaces y la gestión de la información que tenemos hoy en día. Fue en tiempos una máquina de guerra, pero ahora nos queda un largo y serpenteante camino hasta conseguir que la calculadora digital se readapte y sea un dispositivo humano universal que sirva a nuestros infinitamente ricos y diversos propósitos de información y comunicación.
En varias ocasiones he formulado una crítica de la “ecología de los medios” cuya intención es filtrar la información “útil” para el consumo individual. El volumen de Hubert Dreyfus On the Internet (2001) es uno de los principales culpables. No creo que corresponda a ningún profesor, editor o codificador decidir por nosotros lo que es y lo que no es una tontería. Debe ser un esfuerzo compartido, incorporado en una cultura que facilite y respete las diferencias de opinión. Deberíamos elogiar la riqueza y hacer de las nuevas técnicas de búsqueda parte de nuestra cultura general. Un camino a recorrer sería el de revolucionar las herramientas de búsqueda y aumentar el nivel general de alfabetización mediática. Nuestra cultura nos ha enseñado a navegar a través de los miles de títulos que hallamos al entrar en una librería o en una biblioteca. En lugar de quejarnos a los bibliotecarios o decirles a los libreros que tienen demasiados volúmenes, les pedimos asistencia o nos las arreglamos por nuestra cuenta. A Weizenbaum le gustaría que desconfiáramos de lo que vemos en nuestras pantallas, ya sea en la televisión o en Internet. Weizenbaum no menciona qué va a aconsejarnos, en qué hemos de confiar, qué es verdadero y qué no lo es, ni cómo discriminar la información que obtenemos. En resumen, la función del mediador es abandonar, favoreciendo el cultivo de la sospecha general.
Olvidémonos de la info-ansiedad de Weizenbaum. Lo qué hace que la lectura de una entrevista sea tan interesante es su insistencia en el arte de hacer las preguntas correctas. Weizenbaum nos advierte contra un uso acrítico de la palabra “información”. “Las señales que aparecen en el interior del ordenador no son información. No son más que señales. Sólo hay una manera de convertir las señales en información, y es a través de la interpretación”. Para ello dependemos del trabajo del cerebro humano. El problema de Internet, según Weizenbaum, es que nos invita a que la veamos como si fuera el oráculo de Delfos. Internet nos facilitará respuesta a todas nuestras preguntas y problemas. Pero Internet no es una máquina expendedora en la que uno echa una moneda y, de inmediato, obtiene lo que queremos. La clave está aquí es la adquisición de una formación adecuada pata formular la consulta correcta. Todo gira en torno a eso, a plantear la pregunta adecuada. Para ello se necesita educación y experiencia. No se consiguen niveles más altos de educación por el simple hecho de que algo sea más fácil de publicar. Weizenbaum: “El hecho de que cualquiera pueda poner cualquier cosa en línea no significa mucho. Lanzar algo aleatoriamente sólo permite pescar algo al azar”. La comunicación por sí mismo no nos conducirá a un conocimiento útil y sostenible.
Weizenbaum relaciona la indiscutible confianza en la (herramienta de) búsqueda al auge discursivo del término “problema”. Los ordenadores se han presentado como “solucionadores de problemas generales” y su objetivo sería proporcionar una solución para todo. Se invita a la gente a que delegue sus vidas en el ordenador. “Tenemos un problema”, sostiene Weizenbaum, “y el problema exige una respuesta”. Pero las tensiones personales y sociales no se pueden resolver señalando que son un problema. En lugar de Google y la Wikipedia, lo que necesitamos es “la capacidad de analizar y pensar críticamente”. Weizenbaum lo ilustra mostrando la diferencia que hay entre oír y escuchar. Una comprensión crítica requiere en primer lugar sentarse y escuchar. Es decir, tenemos que leer, no sólo descifrar, y aprender a interpretar y a comprender.
Como se podría esperar, la llamada Web 3.0 se anuncia como la respuesta tecnócrata a la crítica de Weizenbaum. En lugar de los algoritmos de Google basados en palabras clave y en la obtención de resultados según su ranking, pronto vamos a poder hacer preguntas a la siguiente generación de motores de búsqueda que siguen los patrones del “lenguaje natural”, como Powerset [que fue adquirida el pasado julio por Microsoft, algo que Lovink no pudo saber cuando escribió este texto]. Sin embargo, podemos suponer que los lingüistas computacionales serán cautos a la hora de actuar como una “fuerza policial de contenidos” que decide qué es y qué no es basura en Internet. Y lo mismo se puede decir para las iniciativas de la Web Semántica y tecnologías similares de inteligencia artificial. Estamos atrapados en la era de la web de recuperación de información. Dado que el paradigma de Google es el análisis de enlaces y el Page Rank, la próxima generación de motores de búsqueda será visual y empezará indexando la imagen del mundo, pero esta vez no se basará en las etiquetas que los usuarios hayan añadido, sino en la “calidad” de las imágenes en sí mismas. Bienvenidos a la jerarquización de lo real. Los próximos manuales de usuario de los ordenadores introducirán a los chiflados de la programación en la cultura estética. El club de entusiastas convertidos en codificadores serán los nuevos agentes de mal gusto.
Desde el surgimiento de los motores de búsqueda en el decenio de 1990 hemos estado viviendo en la “sociedad de la pregunta”, que, como indica Weizenbaum, no está muy lejos de la “sociedad del espectáculo”. Escribiendo a finales del decenio de 1960, el análisis situacionista de Guy Debord se basaba en el auge de las industrias del cine, la televisión y la publicidad. La principal diferencia es que hoy se nos pide explícitamente que interactuemos. Ya no somos interpelados como una masa anónima de consumidores pasivos, sino que somos “agentes distribuidores” que estamos presentes en una multitud de canales. La crítica de Debord a la mercantilización ya no es revolucionaria. El placer del consumismo está tan generalizado que ha llegado al punto de convertirse en un derecho humano universal. Todos amamos el fetiche de la mercancía, las marcas, y nos puede el glamour por esa suerte de celebridad mundial que exclama en nuestro nombre. No hay ningún movimiento social ni práctica cultural, ni siquiera radical, que pueda escapar a la lógica del consumo. No se ha ideado ninguna estrategia para vivir en la edad del post-espectáculo. En cambio, las preocupaciones se han centrado sobre la vida privada, o sobre lo que queda de ella. La capacidad que tiene el capitalismo para absorber a sus adversarios es tal que, a menos que todas las conversaciones telefónicas privadas y el tráfico de Internet pasen a ser públicamente disponibles, es casi imposible argumentar por qué necesitamos todavía la crítica -en este caso sobre Internet. Incluso en ese caso, la crítica se parecería a una “democracia de accionistas” en acción. En efecto, la delicada cuestión de la intimidad se convertiría en el catalizador de una mayor conciencia acerca de los intereses corporativos, pero sus participantes serían cuidadosamente separados: la entrada a la masa accionarial se limita a las clases medias y superiores. Esto sólo subraya la necesidad de un dominio público animado y variado sobre el que ni la vigilancia estatal ni los intereses mercantiles tienen una opinión sustantiva.

Paremos de buscar, empezamos a cuestionar

En 2005, el presidente de los Biblioteca Nacional de Francia, Jean-Noël Jeanneney, publicó un texto en el que advertía de la voluntad de Google de “organizar la información del mundo” (Google desafía a Europa. El mito del conocimiento universal. PUV, 2007). Este volumen sigue siendo uno de los pocos documentos que ha desafiado abiertamente la indiscutible hegemonía de Google. El objetivo de Jeanneney es sólo un proyecto concreto, Book Search, mediante el cual están siendo escaneados millones de libros de las bibliotecas universitarias americanas. Su argumento es muy francés, muy europeo. Dado que Google no selecciona los libros según un patrón de edición ni sigue una pauta sistemática, el archivo resultante no representa adecuadamente a los gigantes de la literatura nacional, como Hugo, Cervantes o Goethe. El proyecto de Google está claramente sesgado en favor del inglés, de modo que no es el socio adecuado para construir un archivo público del patrimonio cultural del mundo. “La elección de los libros a digitalizar quedará impregnada por la atmósfera anglosajona”, escribe Jeanneney.
Si bien es un argumento legítimo en sí mismo, la cuestión es que el interés primordial de Google no es crear y administrar un archivo en línea. Google sufre un tipo de obesidad, la causada por los datos, y es indiferente a las demandas en pro de una preservación cuidadosa. Sería ingenuo pedir que tuviera conciencia cultural. Se trata de una empresa cínica cuyo objetivo principal es vigilar la conducta de los usuarios con el fin de vender los datos del tráfico y los erfiles a terceros que estén interesados. Google no quiere hacerse con Emile Zola; su intención es engatusar al amante de Proust y que vaya a su archivo. Mientras para los franceses las obras de Balzac son la epifanía de su lengua y su cultura, para Google son un montón de datos abstractos, recursos en bruto cuya única finalidad es obtener beneficios. Queda como una cuestión abierta la de si el proyecto europeo de respuesta a Google, el motor de búsqueda multimedia Quaero, estará alguna vez en funcionamiento, y eso por no hablar de si encarnará los valores defendidos por Jeanneney. Cuando aparezca Quaero, el mercado de los motores de búsqueda estará ya una generación por delante del propio Quaero en capacidades creativas y mediáticas, y algunos sostienen que Jacques Chirac estaba más interesado en mantener el orgullo francés que en el avance mundial de Internet [como se señala en la Wikipedia].
No es ninguna sorpresa que los críticos más feroces de Google sean norteamericanos. Hasta la fecha, Europa ha invertido muy pocos recursos en comprender conceptualmente y cartografiar la nueva cultura de los media. En el mejor de los casos, se puede decir que la UE es el primer adaptador de estándares y productos técnicos procedentes de otros lugares. Pero lo que cuenta en la nueva investigación sobre los media es la supremacía conceptual. La investigación tecnológica por sí sola no hace el trabajo, no importa cuánto dinero invierta la UE en el futuro en la investigación sobre Internet. Mientras se reproduzca la brecha entre la cultura de los nuevos medios, por un lado, y los principales gobiernos y las instituciones culturales y privadas, por otro, no habrá una floreciente cultura tecnológica. En resumen, debemos dejar de ver la ópera y las otras beaux artes como compensación por la insoportable levedad del ciberespacio. Además de la imaginación, la voluntad colectiva y una buena dosis de creatividad, los europeos podrían movilizar su particular costumbre de quejarse transformándola en una forma productiva de negatividad. La pasión colectiva por la reflexión y la crítica podrían ser utilizadas para superar el síndrome de outsider que muchos creen tener asignado en su papel de simples usuarios y consumidores.
Jaron Lanier escribió en el obituario de Weizenbaum : “No dejaríamos que un estudiante se conviertiera en un investigador profesional de la medicina sin que antes hubiera experimentado con la doble bind (doble coacción), los grupos de control, los placebos y la reproducción de resultados. ¿Por qué damos con la informática ese paso único que nos permite ser indulgentes con nosotros mismos? Todo estudiante de ciencias de la computación debe estar entrenado en el escepticismo de Weizenbaumian y debería tratar de introducir esa preciosa disciplina entre los usuarios de nuestros inventos”. Tenemos que preguntarnos: ¿por qué los críticos norteamericanos de internet son mejores y más radicales? Ya no podemos utilizar el argumento de que están mejor informados. Mis dos ejemplos, que trabajan en la senda de Weizenbaum, son Nicholas Carr y Siva Vaidhyanathan.
Carr proviene de la industria (Harvard Business Review) y es el perfecto crítico desde dentro. Su reciente libro, The Big Switch. Rewiring the World, From Edison to Google (W.W.Norton, 2008), describe la estrategia de Google para centralizar, y así controlar, la infraestructura de Internet a través de su centro de datos. Los ordenadores son cada vez más pequeños, más baratos y más rápidos. Esta economía de escala permite externalizar el almacenamiento y las aplicaciones con poco o ningún costo. Las empresas están pasando de los departamentos físicos de tecnologías de la información a los servicios de red. Hay un giro irónico aquí. Los gurús de moda en el mundo de las tecnologías de la información solían hacer chistes en el pasado sobre el responsable de IBM Thomas Watson y sobre su predicción de que el mundo sólo necesitaba cinco ordenadores -sin embargo, ésta es exactamente la tendencia. En lugar de mayor descentralización, el uso de Internet se concentra en unos pocos centros de datos, con un consumo de energía enorme. Carr ignora la codicia de las puntocom convertidas a la Web 2.0 y en su lugar se centra en los aspectos amorales de la tecnología. El proyecto de Siva Vaidhyanathan, The Googlization of Everything, tiene por objeto sintetizar la investigación crítica sobre Google en un libro que aparecerá en 2009. En el interín, la materia prima está expuesta en uno de sus blogs.
Por el momento, seguiremos estando obsesionados con la disminución de la calidad de las respuestas que obtenemos a nuestras preguntas – y no con el problema subyacente, es decir, la mala calidad de nuestra educación y la decreciente capacidad de pensar de una manera crítica. Tengo curiosidad por ver si las futuras generaciones personificarán -o quizá debería decir diseñarán- esas “islas de la razón” de las que hablaba Weizenbaum. Lo que necesitamos es reapropiarnos del tiempo. En este momento ya no basta con pasear como un flaneur. Toda la información, cualquier objeto o experiencia está instantáneamente al alcance de la mano. Nuestro defecto tecno-cultural es la intolerancia temporal. Nuestras máquinas registran el software con una superfluidad y una impaciencia cada vez mayores, exigiéndonos que instalemos la siguiente actualización. Y todos estamos demasiado dispuestos, movilizados por el temor a que empeore el rendimiento. Los expertos en usabilidad miden las fracciones de segundo en las que decidimos si la información que aparece en la pantalla es lo que estamos buscando. Si estamos insatisfechos, le damos al ratón y nos vamos. Descrubrir algo por azar requiere mucho tiempo. Podemos alabar la aleatoriedad, pero difícilmente practicamos esta virtud con nosotros mismos. Si ya no podemos tropezar con las islas de la razón a través de nuestras consultas, podemos construirlas nosotros mismos.
Junto con Lev Manovich y otros colegas, yo sostengo que tenemos que inventar nuevas maneras de interactuar con la información, nuevas formas para representarla y nuevas formas para hacerla significativa. ¿Cómo están respondiendo a estos retos los artistas, los diseñadores y los arquitectos? Paremos de buscar. Comencemos a cuestionar. En lugar de tratar de defendernos a nosotros mismos contra el “exceso de información”, podemos abordar esta situación de forma creativa, como la oportunidad de inventar nuevas formas que sean apropiadas para un mundo tan rico en información.

(Thanks to Ned Rossiter for his editorial assistance and ideas)

Traducción de Anaclet Pons en su blog Clionauta y reproducido en Tapera.

One Comment

  1. Oscar

    Yo creo que la información como tal nunca será mala, lo que tenemos que ser capaces de distinguir es la buena información de la mala, pero eso no sólo pasa en el mundo digital. Respecto a la nueva forma de buscar tenemos que recordar que Google lleva ya mucho tiempo detrás de la web semántica y se van realizando grandes avances.

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