La etnografía como comentario

Johannes Fabian. Ethnography as Commentary. Writing from the Virtual Archive, Duke University Press, 2008.
ethnography as commentary

A principios de los setenta, Johannes Fabian conversó con Kahenga, en Zaire. Fabian es hoy un reconocido antropólogo. Kahenga en aquel entonces era un médico herbalista. Fabian conversó con él, grabó la charla. Ahora aquello es un texto que comienza con Kahenga protegiendo la casa del antropólogo y se extiende por distintos temas ligados al oficio del nativo. Mucho tiempo después, más de treinta años, Fabian vuelve a escuchar su entrevista, la lee desgrabada. La memoria, la traducción, el archivo virtual lo desestabilizan, le provocan algunas preguntas. Ethnography as Commentary… es un comentario al texto que cuelga de internet. Una etnografía texto-centrada. El comentario en tanto género implica la presencia incondicional de un texto. Pero ese ejercicio acerca de la forma al que se nos invita se sostiene sobre un intenso y largamente discutido trabajo de campo. No se trata de poner el comment a nivel del trabajo erudito, pero sí de "explorar una alternativa a la monografía con su rúbrica enciclopédica" a través de comentarios a los textos de una etnografía. Sin embargo, esos textos etnográficos no son literatura, no son historiografía: no habitan un canon ni un archivo. Aunque,claro, sus relaciones con otras disciplinas sean extensas y variadas. Son escritos en la tensión de un evento pasado y un texto presente, exacerbada por la disponibilidad del texto, por su accesibilidad. Los escritos que resultan de esa interacción, los comentarios, son memoranda, apuntes de un reflexividad tardía. Problematizados por una etnografía de transgresión (el médico protege la casa del antropólogo, este es el cliente de aquel), por cuestiones ligadas a la traslación y traducción (varias lenguas, varios usos, muchos textos de Fabian entre la enteevista y este libro acerca de esos grandes temas), su escritura también es confrontativa: no agota el texto que comentan, sino que lo confrontan.
Etnography as commentary… es un libro breve y singular. Una pieza humilde pero de previsible densidad. Un comentario de J. Fabian. Un homenaje a la razón hermenéutica pero también a la entrevista con el médico brujo. El índice nos lleva por el esquema de esas anotaciones y nos invita a leerlas rápidamente: un evento, un texto, el trabajo de Kahenga, el mundo de Kahenga, el pensamiento de Kahenga. Encerrados por una introducción y unas palabras finales con las que Fabian articula el problema de los géneros académicos en los tiempos globalizados y poscoloniales con los archivos virtuales, esos escritos parecen esperar otros comentarios, parecen estar hechos para el debate: transitorios y humildes, sapientes de que su forma es mediación. Piedras, sí, pero sin forma todavía.

coda: Otras reseñas al texto acá, aquí, y allá, en el excelente blog Reading the Archives.

La nueva generación intelectual

Omar Acha. La nueva generación intelectual. Incitaciones y ensayosEditorial Herramienta, Buenos Aires, 2008.
Nueva Generacion

¿Se ha convertido el paisaje intelectual argentino en una zona inocua, costumbrista, plagada de imposturas? ¿Deberían las nuevas camadas de intelectuales redefinirse como tales, con independencia de los datos de la cultura política donde están insertos? ¿Es realmente una pretensión de los intelectuales intervenir críticamente en la arena política? Estas preguntas surgen de la lectura de la primera parte del último libro de Omar Acha “La nueva generación intelectual. Insinuaciones y ensayos.” Su autor intenta estimular la emergencia de una nueva generación intelectual presentando el escenario que la hace posible y augurando que en ella anida un brío “socialista”, pero de corte plebeyo y cooperativo.
En este comentario haré foco en esa primera parte, fundamentalmente en algunas de las máximas que ofician de epílogo al volumen y que resumen dónde estriba hoy la cuestión intelectual para el autor. En la segunda parte del libro titulada “Tres ensayos sobre el cambio intelectual”, Acha presenta tres artículos más ligados a la profesión del historiador que del ensayista y que, de alguna manera, se ensamblan al tramo inicial por intermedio de canales de preguntas novedosas y un formato que no por histórico, deja de recoger los problemas actuales a partir de intervenciones incisivas (Se trata de los artículos titulados “Grande historia e historia normal (en torno al fracaso de Groussac); “Revistas de las afueras del peronismo: Contorno e Imago Mundo entre la renovación historiográfica y el proyecto generacional”; “Las narrativas contemporáneas de la historia nacional y sus vicisitudes.”).

Nota a la primera tesis
La obra, como recalca su autor, es un libro para intelectuales ya que recorre muchas de sus posibles inquietudes contemporáneas y por ende, se presenta como una útil plataforma desde donde comenzar a discutir cuál debería ser la agenda de la nueva generación y quienes son o serían estos intelectuales renovadores. Sin embargo, el ejercicio de discusión comenzó hace ya un tiempo para quienes tenemos contacto con su trabajo: en efecto Acha inició “las hostilidades” anticipando su libro con la publicación del controvertido epílogo del volumen que costa de LINK“Diez tesis sobre el obrar intelectual contemporáneo.” Aquellos primeros escarceos supusieron poner a prueba las máximas achianas, que de la primera a la décima, no dejan de abrir interrogantes. La primera por caso, contiene un fuerte anclaje histórico-político y marca a fuego todas las posteriores:

quotep

la crisis Argentina de 2001-2002 quebrantó la ideóloga de la democracia liberal-capitalista como único y mejor continente de la coexistencia social. Conmovió el sueño progresista de 1983. Las respuestas populares a la debacle agitaron el espacio de una expansión democrática diferente. Sus efectos fueron heterogéneos y precarios. Uno de ellos concierne al quehacer intelectual. El despliegue de la crisis inauguró la posibilidad de una ruptura generacional en el ámbito de la cultura. (p. 195)

Inmediatamente a la afirmación subyace la duda: ¿Fue la crisis reciente un parteaguas claramente identificable o más bien se trató de arrestos, gestos y guiños cuyos resultados aun nos cuesta percibir? En lo personal la afirmación me resulta un tanto apresurada ya que los resultados de la crisis están plagados de contradicciones. Aunque se puede considerar que hubo un reacomodamiento de viejos actores e ideas -junto a la aparición de algunos nuevos protagonistas sociales- cuyas consecuencias me cuesta mensurar en sus alcances.
Pero en la respuesta más certera reside, quizá, el nudo gordiano de las expectativas del autor. Sobre todo porque para él, la crisis supuso una parálisis en las voces y plumas que debían explicarla, y es por ello que terminan de languidecer las tres generaciones intelectuales que aun viven de los virajes de 1955, 1970 y 1983. En palabras del autor: ellas “entraron en un crepúsculo definitivo” (p.25). Vivimos entonces una etapa de orfandad intelectual. Ya no hay padres a quienes rendirle tributo, en realidad están, pero nada o poco representan.
Omar Acha pretende alejarse también de aquellas imágenes que únicamente retratan a los intelectuales de manera convencional; es decir, aquella percepción que deja afuera a quienes no escriben libros o llenan columnas de revistas y diarios, o discuten -café y cigarrillo mediante- hasta altas horas de la noche, o bien forman parte de la cátedra universitaria. Sostiene que “probablemente el armado de una murga demande mayor esfuerzo intelectual que la escritura de un libro académico” (p.17). El argumento requiere el reconocimiento de innumerables quehaceres intelectuales actuando mancomunadamente para construir la nueva generación de espaldas a las precedentes. Considero en este punto que Acha nos advierte contra las distorsiones provocadas por un enfoque (hasta ahora dominante) que esta demasiado centrado en los individuos excepcionales. Aquellos a los que hay que seguir o seguir; nuestros tutores obligados. Aunque todavía me cueste creer que el autor, finalmente, no nos este hablando solamente a nosotros, a los que escribimos libros o pretendemos escribirlos, a quienes estamos insertos en el circuito universitarios y participamos de las cátedras, de los congresos y simposios. ¿Será quizá que la “materia prima universitaria” es menos proclive a la emergencia del cambió? ¿Estaremos nosotros tan íntimamente ligados a nuestros padres intelectuales convalecientes, que nos solidarizamos con ellos e incluso necesitamos prolongar sus vidas? Tal vez seamos, a decir de Eric Hobsbawm, “Gente poco corriente”, pero a diferencia de los “zapateros políticos” del siglo XIX retratados por el historiador inglés, nuestra característica saliente no parece ser la rebelión por inconformismo, sino, que a veces, parece todo lo contrario.

Nota a la segunda tesis
La segunda tesis del epílogo rompe lanzas definitivamente con las generaciones intelectuales precedentes y marca el vacío actual en la crítica y en la creación. Como Marx, Acha busca la poesía en el futuro. Se abriría así la posibilidad de una época donde primen las “herejías eclécticas” en un tiempo en que las ortodoxias están caducas. Es en esta tesis donde taxativamente señala que “no existe la necesidad de un parricidio de la generación precedente” como ha ocurrido en otras oportunidades, ya que ésta defeccionó de “su responsabilidad de producir una política de la cultura” (p.196). También reclama un urgente examen sin concesiones de la generación de 1970 cuyo exponente emblemático sería hoy Horacio González que, al frente al numéricamente amplio espacio Carta Abierta, parece dar menos sustento intelectual que crédito abierto al kirchnerismo. Si bien no esta en el afán del autor discutir la “primavera” kirchnerista, tiende a mirar el fenómeno neopopulista con cierta indulgencia, y en parte -creo- la experiencia lo contraría. Es decir, en el espacio intelectual de apoyo al oficialismo se percibe el recupero de un cierto grado de compromiso de los intelectuales con la política, independientemente de que Omar Acha considere a ese espacio como parte del pasado; casi una suerte de seguidismo crítico inconducente ya que fuera de lo retórico, se le hace muy difícil al autor diferenciar entre kirchneristas y antikirchneristas.
En este panorama de la cultura política poco halagüeño, el autor tampoco encuentra en el marxismo partidario, del tinte que fuese, demasiados estímulos. Más bien algunas rémoras de nostálgicos referentes negados al cambio y a la autocrítica. Agregaría también que en muchos casos, la situación de los exégetas de Marx, Lenin y Trotsky exige que reconozcan definitivamente la derrota que supuso la última dictadura militar y sus consecuencias, la caída de los socialismos realmente existentes, e inclusive se animen a impulsar una necesaria relectura del peronismo concebido ya no como una contrarrevolución implacable, sino como el gran fenómeno popular y político de los últimos sesenta años en Argentina. En indudable, pese a ello, que para Omar Acha “el marxismo sigue siendo el gran horizonte de nuestra época”, y los setenta, hoy reivindicados por algunos sectores, están jugando más en su sentido nostálgico que ideológico, si por ideológico entendemos algo que realmente informa una práctica política, y por mitología, algo que sublima.

Nota a la quinta tesis
El diagnóstico sobre la existencia de un desierto intelectual entonces, abre la puerta para el desafío de devenir en generación. La quinta tesis del epílogo de la obra se adentra en este terreno dificultoso:

quotep

la generación intelectual contemporánea no se define por el año o la década de nacimiento. Su comunidad imaginada se establece en el horizonte de una nueva problemática cultural y política. Es recorrida por la interrogación existencial de la activación de una cultura comprometida. La nueva generación corre el peligro de la disolución si no logra coagular un proyecto colectivo. Las adscripciones a las tribus intelectuales de las viejas generaciones constituyen un obstáculo para la edificación de una praxis intelectual original. Lo concluido parasita lo naciente (p. 196)

Aquí el derrotero se hace más nebuloso e intrigante. Sobre todo porque nos cuesta imaginarnos no formando parte de alguna tribu o no queriendo participar de alguna de las tantas que están a nuestro alcance. Al parecer existe una necesidad de creer en un proyecto ya instituido y he aquí una gran dificultad: ¿No estaremos demasiado parasitados como para intentar llevar adelante tamaña emancipación sin necesidad de “matar” a los caciques de esas tribus caducas? Creo que al menos deberíamos pensarlo. No obstante de iniciar el dificultoso camino de construirnos, debemos cuidar de no caer en la tentación de pretender erigirnos como una nueva elite, como vanguardia, que finalmente reconstituya la figura del intelectual tradicional (aquel de los libros, la barba y la pipa) pero ahora con una nueva agenda de problemas y con una “base” ampliada de seguidores. Este inconveniente elitista puede terminar extirpando el sesgo plebeyo (reivindicado por Acha) de la necesaria creación. Tendremos que ponernos a examinar cuánto hay de crítico y reflexivo, cuánto de resistencia y rebelión subyace en los directores de cine, en las murgas, en el teatro callejero y en el sin fin de expresiones que podrían intelectualizarse.

Balance
La obra de Omar Acha es sumamente estimulante a raíz de que apunta a que reflexionemos sobre el opaco quietismo de la reflexión intelectual en nuestro país, que favorecería -según su hipótesis- a la emergencia de una nuevo colectivo aun difuso, soslayado, o quizá, todavía inexistente. El trabajo llama a despojarnos de la impronta de aquellas generaciones que ya nada tienen para ofrecer, a partir del intensivo buceo sobre un abanico de interrogantes y afirmaciones que el autor intenta desandar en tono ensayístico, aunque sin despojarse de la aleación académica en la que esta forjado. Y es ese tono libresco el que le da definitivamente potencia a la reflexión en un ida y vuelta constante en las actuaciones y límites de las generaciones intelectuales pasadas, en sus vicios y en sus virtudes. Sin lugar a dudas este tipo de ejercicios “desprejuiciados” estimulan a que empecemos pensar sobre el rol de los intelectuales en nuestras sociedades latinoamericanas, a que pensemos el papel que nosotros pretendemos jugar si es que nos reivindicamos como intelectuales críticos.

La cultura de la pregunta: la Googlización

Post cruzado desde Clionauta 1 y Clionauta 2.

En el variadísimo último número (el 81, de 2008) de Lettre International apareció un artículo de Geert Lovink que ahora acaba de traducirse al inglés en Eurozine. Para los curiosos, quede constancia de que el origen del texto de Lovink está en una entrada que puso en su blog el pasado año.

A tribute to Joseph Weizenbaum

Un espectro obsesiona al mundo intelectual de las elites: la sobrecarga de información. Ciudadanos de a pie tienen secuestrados los recursos estratégicos y obstruyen lo que una vez fueron medios de comunicación cuidadosamente vigilados. Antes de Internet, los mandarines mantenían la idea de que podrían separar la “cháchara” del “conocimiento”. Con el auge de los motores de búsqueda de Internet ya no es posible distinguir entre iluminaciones patricias y chismes plebeyos. La distinción entre lo alto y lo bajo, y sus alternancias en ocasiones como el carnaval, pertenecen a una época pasada y ya no deberían preocuparnos. Hoy en día, está causando alarma un fenómeno totalmente nuevo: motores de búsqueda que confeccionan un listado de sitios según su popularidad, no su verdad. Ahora vivimos buscando. Con el aumento espectacular del acceso a la información, nos hemos enganchado a las herramientas que la recuperan. Buscamos números de teléfono, direcciones, horarios de apertura, el nombre de una persona, los detalles de un vuelo, las mejores ofertas y, de mala manera, declaramos que la proporción de material gris (”datos basura”) es cada vez mayor. Pronto nos pondremos a a buscar y sólo nos sentiremos perdidos. Las antiguas jerarquías de la comunicación no sólo han estallado, la propia comunicación ha asumido el estado de un derrame cerebral. No sólo ha aumentado el ruido popular a niveles insoportables, sino que ya no podemos atender otra petición de nuestros colegas, incluso un amable saludo de los amigos o de la familia ha adquirido la condición de una tarea cuya expectativa es que respondamos. La clase educada deplora el hecho de que la cháchara haya entrado en el hasta ahora protegido recinto de la ciencia y la filosofía, cuando más bien le debería preocupar quién va a controlar la cada vez más centralizada red informática.
Hay algo que los actuales administradores de noble sencillez y tranquila grandeza no puede expresar, algo que deberíamos indicarles: hay un creciente descontento con Google y con la manera en que Internet organiza la recuperación de la información. La corporación científica ha perdido el control sobre uno de sus principales proyectos de investigación: el diseño y la propiedad de las redes de ordenadores, utilizados ahora por miles de millones de personas. ¿Cómo es que tantas personas han acabado por depender de un único motor de búsqueda? ¿Por qué vamos a repetir la historia de Microsoft una vez más? Parece aburrido quejarse de este tipo de monopolio cuando cualquier usuario de Internet tiene a su disposición una multitud de herramientas para distribuir el poder. Una posible forma de superar esta situación sería redefinir positivamente el concepto de Gerede (habladuría, charlatanería) de Heidegger. En lugar de una cultura de la queja que sueña con una tranquila vida desconectada (offline) y medidas radicales para filtrar el ruido, es el momento de enfrentarse abiertamente a las formas triviales de Dasein (”ser-aquí”, “ser-en-el-mundo”) que encontramos en los blogs, los mensajes de texto y los juegos de ordenador. Los intelectuales ya no deberían ver a los usuarios de Internet como aficionados de segunda fila, aislados de una relación primaria y primordial con el mundo. Hay una cuestión más importante sobre la mesa y requiere adentrarse en la política de la vida informática. Es el momento de hacer frente a la aparición de un nuevo tipo de corporación que rápidamente está trascendiendo Internet: Google.
La World Wide Web, que debería haber hecho realidad la infinita biblioteca que Borges describe en su relato La Biblioteca de Babel (1941), es vista por muchos de sus críticos como una simple variación de El Gran Hermano (1948) de Orwell. El gobernante, en este caso, ha convertido un monstruo diabólico en una ristra de jovencitos guay cuya responsabilidad corporativa se resume en la consigna: “No seas malvado”. Guiados por una mucho más antigua y experimentada generación de gurús de las tecnologías de la información (Eric Schmidt), pioneros de Internet (Vint Cerf) y economistas (Hal Varian), Google se ha expandido de modo tan rápido, y en una variedad de campos tan amplia , que prácticamente no hay analista, académico o periodista financiero que haya sido capaz de seguir el alcance y la velocidad con la que Google se ha desarrollado en los últimos años. Nuevas aplicaciones y servicios se acumulan como regalos navideños no deseados. Google acaba de añadir el servicio de correo electrónico gratuito Gmail, la plataforma para compartir vídeos YouTube, la de redes sociales Orkut, Google Maps y GoogleEarth, su principal servicio de pago, el AdWords con los anuncios Pay-Per-Click, aplicaciones de oficina, tales como Calendar, Talks y Docs. Google no sólo compite con Microsoft y Yahoo, sino también con empresas de entretenimiento, bibliotecas públicas (a través de su masivo programa de digitalización de libros) e incluso con empresas de telecomunicaciones. Lo creamos o no, el Teléfono de Google estará disponible muy pronto [ya lo está]. Recientemente escuché a una chica poco metida en los círculos tecnológicos decir que había escuchado que Google era mucho mejor y más fácil de usar que Internet. Sonaba bien, pero es que ella tenía razón. No sólo es que Google se ha convertido en el mejor Internet, está asumiendo tareas del software de nuestro propio ordenador para que podamos acceder a esos datos desde cualquier terminal o dispositivo portátil. Apple MacBook Air es el último ejemplo de la migración de datos a búnkers de almacenamiento controlado privadamente. La seguridad y la privacidad de la información se están convirtiendo rápidamente en la nueva economía y en la tecnología de control. Y la mayoría de los usuarios, y por supuesto las compañías, están abandonando alegremente el poder a la autoregulación de sus recursos informativos.

El arte de hacer la pregunta correcta

Mi interés por los conceptos que hay tras los motores de búsqueda se me planteó de nuevo al leer un libro de entrevistas [Joseph Weizenbaum entrevistado por Gunna Wendt, Wo sind sie, die Inseln der Vernunft im Cyberstrom, Auswege aus der programmierten Gesellschaft. Herder Verlag, Freiburg, 2006.] con el profesor del MIT y crítico informático Joseph Weizenbaum, conocido por su ELIZA, un programa de tratamiento automático creado en 1966, y por su libro de 1976 Computer Power and Human Reason. Weizenbaum murió el 5 de marzo de 2008 a la edad de 84 años. Hace unos años, Weizenbaum se trasladó de Boston a Berlín, la ciudad donde se crió antes de que, en 1935, sus padres salieran huyendo de los nazis. Especialmente interesantes son las historias de Weizenbaum sobre su juventud en Berlín, el exilio a los EE.UU. y la forma en que se vio inmerso en el mundo de la computación durante la década de 1950. El libro se lee como un resumen de su crítica a la ciencia informática, según la cual los ordenadores imponen a sus usuarios un punto de vista mecanicista. Lo que me interesa especialmente es la forma en que el “hereje” Weizenbaum da forma a sus argumentos como un informado y respetado insider: lo cual representa una posición similar a la “net criticism” que Pit Schultz y yo hemos hemos venido desarrollando desde que comenzamos el proyecto “nettime” en 1995.
El título y el subtítulo del libro parecen intrigantes: “¿Dónde están las islas de la razón en el océano cibernético? Salidas de la sociedad programada”. El sistema de creencias de Weizenbaumse puede resumir en algo así como: “No todos los aspectos de la realidad son predecibles”. La crítica de Weizenbaum a Internet es genérica. Evita ser específico, y eso es algo que hemos de tener en cuenta. Sus observaciones sobre Internet no son nada nuevo para quienes están familiarizados con la obra Weizenbaum: Internet es un gran montón de basura, un medio de comunicación de masas cuyo contenido es disparatado en un 95 por ciento de los casos, como el medio televisivo, que es la dirección en la que la Web se está desarrollando de forma inevitable. La llamada revolución de la información se ha convertido en una avalancha de desinformación. La razón es la ausencia de un editor o de un principio editorial. El libro no aborda por qué no se estableció este principio fundamental de los medios de comunicación en la primera generación de programadores, de los que Weizenbaum fue un miembro prominente. La respuesta probablemente esté en el uso inicial del ordenador como una calculadora. El determinismo tecnológico que impera en la berlinesa Sophienstraße y en otras partes insiste en que el cálculo matemático sigue siendo la esencia misma de la informática. El (mal)uso de las computadoras para fines mediáticos no fue previsto por los matemáticos, y no deberíamos culpar a quienes diseñaron el primer ordenador por las torpes interfaces y la gestión de la información que tenemos hoy en día. Fue en tiempos una máquina de guerra, pero ahora nos queda un largo y serpenteante camino hasta conseguir que la calculadora digital se readapte y sea un dispositivo humano universal que sirva a nuestros infinitamente ricos y diversos propósitos de información y comunicación.
En varias ocasiones he formulado una crítica de la “ecología de los medios” cuya intención es filtrar la información “útil” para el consumo individual. El volumen de Hubert Dreyfus On the Internet (2001) es uno de los principales culpables. No creo que corresponda a ningún profesor, editor o codificador decidir por nosotros lo que es y lo que no es una tontería. Debe ser un esfuerzo compartido, incorporado en una cultura que facilite y respete las diferencias de opinión. Deberíamos elogiar la riqueza y hacer de las nuevas técnicas de búsqueda parte de nuestra cultura general. Un camino a recorrer sería el de revolucionar las herramientas de búsqueda y aumentar el nivel general de alfabetización mediática. Nuestra cultura nos ha enseñado a navegar a través de los miles de títulos que hallamos al entrar en una librería o en una biblioteca. En lugar de quejarnos a los bibliotecarios o decirles a los libreros que tienen demasiados volúmenes, les pedimos asistencia o nos las arreglamos por nuestra cuenta. A Weizenbaum le gustaría que desconfiáramos de lo que vemos en nuestras pantallas, ya sea en la televisión o en Internet. Weizenbaum no menciona qué va a aconsejarnos, en qué hemos de confiar, qué es verdadero y qué no lo es, ni cómo discriminar la información que obtenemos. En resumen, la función del mediador es abandonar, favoreciendo el cultivo de la sospecha general.
Olvidémonos de la info-ansiedad de Weizenbaum. Lo qué hace que la lectura de una entrevista sea tan interesante es su insistencia en el arte de hacer las preguntas correctas. Weizenbaum nos advierte contra un uso acrítico de la palabra “información”. “Las señales que aparecen en el interior del ordenador no son información. No son más que señales. Sólo hay una manera de convertir las señales en información, y es a través de la interpretación”. Para ello dependemos del trabajo del cerebro humano. El problema de Internet, según Weizenbaum, es que nos invita a que la veamos como si fuera el oráculo de Delfos. Internet nos facilitará respuesta a todas nuestras preguntas y problemas. Pero Internet no es una máquina expendedora en la que uno echa una moneda y, de inmediato, obtiene lo que queremos. La clave está aquí es la adquisición de una formación adecuada pata formular la consulta correcta. Todo gira en torno a eso, a plantear la pregunta adecuada. Para ello se necesita educación y experiencia. No se consiguen niveles más altos de educación por el simple hecho de que algo sea más fácil de publicar. Weizenbaum: “El hecho de que cualquiera pueda poner cualquier cosa en línea no significa mucho. Lanzar algo aleatoriamente sólo permite pescar algo al azar”. La comunicación por sí mismo no nos conducirá a un conocimiento útil y sostenible.
Weizenbaum relaciona la indiscutible confianza en la (herramienta de) búsqueda al auge discursivo del término “problema”. Los ordenadores se han presentado como “solucionadores de problemas generales” y su objetivo sería proporcionar una solución para todo. Se invita a la gente a que delegue sus vidas en el ordenador. “Tenemos un problema”, sostiene Weizenbaum, “y el problema exige una respuesta”. Pero las tensiones personales y sociales no se pueden resolver señalando que son un problema. En lugar de Google y la Wikipedia, lo que necesitamos es “la capacidad de analizar y pensar críticamente”. Weizenbaum lo ilustra mostrando la diferencia que hay entre oír y escuchar. Una comprensión crítica requiere en primer lugar sentarse y escuchar. Es decir, tenemos que leer, no sólo descifrar, y aprender a interpretar y a comprender.
Como se podría esperar, la llamada Web 3.0 se anuncia como la respuesta tecnócrata a la crítica de Weizenbaum. En lugar de los algoritmos de Google basados en palabras clave y en la obtención de resultados según su ranking, pronto vamos a poder hacer preguntas a la siguiente generación de motores de búsqueda que siguen los patrones del “lenguaje natural”, como Powerset [que fue adquirida el pasado julio por Microsoft, algo que Lovink no pudo saber cuando escribió este texto]. Sin embargo, podemos suponer que los lingüistas computacionales serán cautos a la hora de actuar como una “fuerza policial de contenidos” que decide qué es y qué no es basura en Internet. Y lo mismo se puede decir para las iniciativas de la Web Semántica y tecnologías similares de inteligencia artificial. Estamos atrapados en la era de la web de recuperación de información. Dado que el paradigma de Google es el análisis de enlaces y el Page Rank, la próxima generación de motores de búsqueda será visual y empezará indexando la imagen del mundo, pero esta vez no se basará en las etiquetas que los usuarios hayan añadido, sino en la “calidad” de las imágenes en sí mismas. Bienvenidos a la jerarquización de lo real. Los próximos manuales de usuario de los ordenadores introducirán a los chiflados de la programación en la cultura estética. El club de entusiastas convertidos en codificadores serán los nuevos agentes de mal gusto.
Desde el surgimiento de los motores de búsqueda en el decenio de 1990 hemos estado viviendo en la “sociedad de la pregunta”, que, como indica Weizenbaum, no está muy lejos de la “sociedad del espectáculo”. Escribiendo a finales del decenio de 1960, el análisis situacionista de Guy Debord se basaba en el auge de las industrias del cine, la televisión y la publicidad. La principal diferencia es que hoy se nos pide explícitamente que interactuemos. Ya no somos interpelados como una masa anónima de consumidores pasivos, sino que somos “agentes distribuidores” que estamos presentes en una multitud de canales. La crítica de Debord a la mercantilización ya no es revolucionaria. El placer del consumismo está tan generalizado que ha llegado al punto de convertirse en un derecho humano universal. Todos amamos el fetiche de la mercancía, las marcas, y nos puede el glamour por esa suerte de celebridad mundial que exclama en nuestro nombre. No hay ningún movimiento social ni práctica cultural, ni siquiera radical, que pueda escapar a la lógica del consumo. No se ha ideado ninguna estrategia para vivir en la edad del post-espectáculo. En cambio, las preocupaciones se han centrado sobre la vida privada, o sobre lo que queda de ella. La capacidad que tiene el capitalismo para absorber a sus adversarios es tal que, a menos que todas las conversaciones telefónicas privadas y el tráfico de Internet pasen a ser públicamente disponibles, es casi imposible argumentar por qué necesitamos todavía la crítica -en este caso sobre Internet. Incluso en ese caso, la crítica se parecería a una “democracia de accionistas” en acción. En efecto, la delicada cuestión de la intimidad se convertiría en el catalizador de una mayor conciencia acerca de los intereses corporativos, pero sus participantes serían cuidadosamente separados: la entrada a la masa accionarial se limita a las clases medias y superiores. Esto sólo subraya la necesidad de un dominio público animado y variado sobre el que ni la vigilancia estatal ni los intereses mercantiles tienen una opinión sustantiva.

Paremos de buscar, empezamos a cuestionar

En 2005, el presidente de los Biblioteca Nacional de Francia, Jean-Noël Jeanneney, publicó un texto en el que advertía de la voluntad de Google de “organizar la información del mundo” (Google desafía a Europa. El mito del conocimiento universal. PUV, 2007). Este volumen sigue siendo uno de los pocos documentos que ha desafiado abiertamente la indiscutible hegemonía de Google. El objetivo de Jeanneney es sólo un proyecto concreto, Book Search, mediante el cual están siendo escaneados millones de libros de las bibliotecas universitarias americanas. Su argumento es muy francés, muy europeo. Dado que Google no selecciona los libros según un patrón de edición ni sigue una pauta sistemática, el archivo resultante no representa adecuadamente a los gigantes de la literatura nacional, como Hugo, Cervantes o Goethe. El proyecto de Google está claramente sesgado en favor del inglés, de modo que no es el socio adecuado para construir un archivo público del patrimonio cultural del mundo. “La elección de los libros a digitalizar quedará impregnada por la atmósfera anglosajona”, escribe Jeanneney.
Si bien es un argumento legítimo en sí mismo, la cuestión es que el interés primordial de Google no es crear y administrar un archivo en línea. Google sufre un tipo de obesidad, la causada por los datos, y es indiferente a las demandas en pro de una preservación cuidadosa. Sería ingenuo pedir que tuviera conciencia cultural. Se trata de una empresa cínica cuyo objetivo principal es vigilar la conducta de los usuarios con el fin de vender los datos del tráfico y los erfiles a terceros que estén interesados. Google no quiere hacerse con Emile Zola; su intención es engatusar al amante de Proust y que vaya a su archivo. Mientras para los franceses las obras de Balzac son la epifanía de su lengua y su cultura, para Google son un montón de datos abstractos, recursos en bruto cuya única finalidad es obtener beneficios. Queda como una cuestión abierta la de si el proyecto europeo de respuesta a Google, el motor de búsqueda multimedia Quaero, estará alguna vez en funcionamiento, y eso por no hablar de si encarnará los valores defendidos por Jeanneney. Cuando aparezca Quaero, el mercado de los motores de búsqueda estará ya una generación por delante del propio Quaero en capacidades creativas y mediáticas, y algunos sostienen que Jacques Chirac estaba más interesado en mantener el orgullo francés que en el avance mundial de Internet [como se señala en la Wikipedia].
No es ninguna sorpresa que los críticos más feroces de Google sean norteamericanos. Hasta la fecha, Europa ha invertido muy pocos recursos en comprender conceptualmente y cartografiar la nueva cultura de los media. En el mejor de los casos, se puede decir que la UE es el primer adaptador de estándares y productos técnicos procedentes de otros lugares. Pero lo que cuenta en la nueva investigación sobre los media es la supremacía conceptual. La investigación tecnológica por sí sola no hace el trabajo, no importa cuánto dinero invierta la UE en el futuro en la investigación sobre Internet. Mientras se reproduzca la brecha entre la cultura de los nuevos medios, por un lado, y los principales gobiernos y las instituciones culturales y privadas, por otro, no habrá una floreciente cultura tecnológica. En resumen, debemos dejar de ver la ópera y las otras beaux artes como compensación por la insoportable levedad del ciberespacio. Además de la imaginación, la voluntad colectiva y una buena dosis de creatividad, los europeos podrían movilizar su particular costumbre de quejarse transformándola en una forma productiva de negatividad. La pasión colectiva por la reflexión y la crítica podrían ser utilizadas para superar el síndrome de outsider que muchos creen tener asignado en su papel de simples usuarios y consumidores.
Jaron Lanier escribió en el obituario de Weizenbaum : “No dejaríamos que un estudiante se conviertiera en un investigador profesional de la medicina sin que antes hubiera experimentado con la doble bind (doble coacción), los grupos de control, los placebos y la reproducción de resultados. ¿Por qué damos con la informática ese paso único que nos permite ser indulgentes con nosotros mismos? Todo estudiante de ciencias de la computación debe estar entrenado en el escepticismo de Weizenbaumian y debería tratar de introducir esa preciosa disciplina entre los usuarios de nuestros inventos”. Tenemos que preguntarnos: ¿por qué los críticos norteamericanos de internet son mejores y más radicales? Ya no podemos utilizar el argumento de que están mejor informados. Mis dos ejemplos, que trabajan en la senda de Weizenbaum, son Nicholas Carr y Siva Vaidhyanathan.
Carr proviene de la industria (Harvard Business Review) y es el perfecto crítico desde dentro. Su reciente libro, The Big Switch. Rewiring the World, From Edison to Google (W.W.Norton, 2008), describe la estrategia de Google para centralizar, y así controlar, la infraestructura de Internet a través de su centro de datos. Los ordenadores son cada vez más pequeños, más baratos y más rápidos. Esta economía de escala permite externalizar el almacenamiento y las aplicaciones con poco o ningún costo. Las empresas están pasando de los departamentos físicos de tecnologías de la información a los servicios de red. Hay un giro irónico aquí. Los gurús de moda en el mundo de las tecnologías de la información solían hacer chistes en el pasado sobre el responsable de IBM Thomas Watson y sobre su predicción de que el mundo sólo necesitaba cinco ordenadores -sin embargo, ésta es exactamente la tendencia. En lugar de mayor descentralización, el uso de Internet se concentra en unos pocos centros de datos, con un consumo de energía enorme. Carr ignora la codicia de las puntocom convertidas a la Web 2.0 y en su lugar se centra en los aspectos amorales de la tecnología. El proyecto de Siva Vaidhyanathan, The Googlization of Everything, tiene por objeto sintetizar la investigación crítica sobre Google en un libro que aparecerá en 2009. En el interín, la materia prima está expuesta en uno de sus blogs.
Por el momento, seguiremos estando obsesionados con la disminución de la calidad de las respuestas que obtenemos a nuestras preguntas – y no con el problema subyacente, es decir, la mala calidad de nuestra educación y la decreciente capacidad de pensar de una manera crítica. Tengo curiosidad por ver si las futuras generaciones personificarán -o quizá debería decir diseñarán- esas “islas de la razón” de las que hablaba Weizenbaum. Lo que necesitamos es reapropiarnos del tiempo. En este momento ya no basta con pasear como un flaneur. Toda la información, cualquier objeto o experiencia está instantáneamente al alcance de la mano. Nuestro defecto tecno-cultural es la intolerancia temporal. Nuestras máquinas registran el software con una superfluidad y una impaciencia cada vez mayores, exigiéndonos que instalemos la siguiente actualización. Y todos estamos demasiado dispuestos, movilizados por el temor a que empeore el rendimiento. Los expertos en usabilidad miden las fracciones de segundo en las que decidimos si la información que aparece en la pantalla es lo que estamos buscando. Si estamos insatisfechos, le damos al ratón y nos vamos. Descrubrir algo por azar requiere mucho tiempo. Podemos alabar la aleatoriedad, pero difícilmente practicamos esta virtud con nosotros mismos. Si ya no podemos tropezar con las islas de la razón a través de nuestras consultas, podemos construirlas nosotros mismos.
Junto con Lev Manovich y otros colegas, yo sostengo que tenemos que inventar nuevas maneras de interactuar con la información, nuevas formas para representarla y nuevas formas para hacerla significativa. ¿Cómo están respondiendo a estos retos los artistas, los diseñadores y los arquitectos? Paremos de buscar. Comencemos a cuestionar. En lugar de tratar de defendernos a nosotros mismos contra el “exceso de información”, podemos abordar esta situación de forma creativa, como la oportunidad de inventar nuevas formas que sean apropiadas para un mundo tan rico en información.

(Thanks to Ned Rossiter for his editorial assistance and ideas)

Críticas. Entrevista; Otra.

El futuro americano. La apologética y Simon Schama

Post cruzado desde Clionauta.

Hay muchos tipos de historiadores, de modo que sería posible clasificarlos de modos muy diversos. Entre el lector común, sin embargo, todo se reduce a dividirlos según sean o no conocidos y leídos. Y en ese punto ya hemos insistido aquí en que nuestros colegas del Reino Unido tienen la fama y cortan la lana. Unos más que otros, claro está. Por ejemplo, el escocés Niall Ferguson, una celebridad donde las haya, profesor en Harvard, con una magnífica página web, con libros, artículos y programas de televisión que hacen las delicias de millones de espectadores y lectores. O el londinense Simon Schama, Caballero de la Orden del Imperio Británico, profesor en Columbia, asiduo en ciertos documentales de la BBC, crítico de arte en The New Yorker y autor de libros muy reconocidos, desde el polémico Certezas Absolutas (Anagrama, 1993), hasta los más académicos Los ojos de Rembrandt (Plaza, 2002), Auge y caída del Imperio Británico (Crítica, 2004), El desnudo de Rembandt (Península, 2006) o el excelente El poder del arte (Crítica, 2007).
Pues bien, Schama acaba de presentar The American Future: A History, un volumen que Simon Jenkins reseñó para el TLS del pasado 28 de septiembre, unos días antes de que hiciera su aparición oficial en las librerías. En realidad, el volumen, como el que escribió sobre el Imperio británico o sobre el poder del arte, tiene como origen un documental en cuatro episodios para la BBC-2, empresa que le ha permitido seguir parte de la campaña americana. Un documental que ya está dando rendimientos, como esa conferencia que impartió el 16 de octubre en Berlín, en la American Academy, con el título de The American Future: A History — The Campaign in the Light of the Past.
Dice Jenkins que el libro es un brillante antídoto para el antiamericanismo. Escrito quizá con la esperanza de que la elección de Barack Obama, a quien apoya, pueda transformar la imagen de los Estados Unidos en el mundo, es una amplia mirada sobre el horizonte de su historia americana, una historia que es abiertamente elogiada. La América de Schama está construida sobre cuatro sustantivos abstractos – beligerancia, fervor, etnicidad y abundancia. La beligerancia de su Guerra Civil, de los enfrentamientos entre Hamilton y Jefferson, el militarismo que va desde las luchas contra franceses, británicos, indios y mexicanos en los primeros tiempos hasta la nueva frontera de Kennedy y Bush.Es decir, América ama las banderas, los uniformes y las bases del ejército, con una reverencia casi religiosa por las virtudes militares.
Luego viene el fervor, el que mostró el colono Roger Williams, fundador de Providence, un fervor intolerante que condujo al proceso de Salem, el de los abolicionistas y el de los esclavistas, pero tambien el que muestran los predicadores evangelistas o el que impone Obama en sus más famosos mítines. En fin, el fervor que comparten todos aquellos que se sientes integrantes de una nación elegida. Por eso, por ejemplo, Benjamin Franklin puede ser el ideal de ilustrado, pero es también el “padre fundador de la paranoia americana”, la que veía en la inmigración incontrolada las semilla de la auto-destrucción de América. Y por eso Andrew Jackson pudo defender antes que nadie el exterminio étnico de los indios, con la expulsión del pueblo Cherokee.
Para cada uno de estos defectos, señala Jenkins, Schama tiene un antídoto, como si la historia de América fuero una paradoja. El racismo es la inevitable consecuencia de ser un crisol de culturas y, a pesar de lo que se dijera, “la inmigración triunfó y fue uno de los grandes elementos de la historia americana”. Sigue siendo el sueño de los oprimidos de todo el mundo. Como dice Schama, la totalidad de la población de Myanmar se presentaría mañana en el puerto de Nueva York si su gobierno lo permitiera. Lo mismo puede decirse, hasta hace poco, de China, por no hablar de América Latina.
Schama puede ser irritante. Su descripción incluye saltos en el tiempo y muestra cierta aversión a la cronología, lo cual deja bastante que desear. Por otra parte, su vanidad, jactándose de sus reuniones con primeros ministros y presidentes, invade incómodamente el relato. Pero su prosa es muy entretenida. Su héroe, América, es reivindicado para la historia como un lugar de eterno optimismo. Para Schama, como para Tom Paine, sigue siendo “el asilo para los perseguidos, amantes de los derechos civiles y la libertad religiosa”, donde quien está “asolado por la miseria del mundo ya no será una criatura indefensa frente a los poderosos”.
Y no tengo ninguna duda, concluye Jenkins, de que cuando hayan pasado los monstruosos errores de la guerra contra el terror, mis amigos pakistaníes volverán a enviar a sus hijos a las universidades norteamericanas, leerán libros americanos, verán películas americanas y esperarán que el poder americano les rescate de la última locura que ellos mismos hayan cometido.
Ya puestos, añado yo mismo, sólo nos queda añadir aquello de: God Bless America.