academia

Doctorarse en historia (USA)

post cruzado desde Grand Tour

Hablamos hace unos días de la reunión anual que convoca a los historiadores americanos, los asociados a la American Historical Association. Mencioné entonces las salas en las que se reunían, las múltiples sesiones de trabajo e incluso los lujosos hoteles que tenían a su disposición. Pero hay otras cosas. Hay, por ejemplo, entrevistas de trabajo y, además, la organización aprovecha tales fechas para hacer balance de cómo le van las cosas a la profesión. Pero eso no sólo se trata allí, se publica en su revista Perspectives. En el número de enero de 2008, por ejemplo, hay un interesante artículo titulado “Number of History PhDs Rising Again, but Job Openings Keep Pace" que firma Robert Townsend (AHA’s assistant director for research and publications). Vamos a ello (y perdón por los errores)

El número de nuevos doctores en historia aumentó el 5.3 % en el curso académico 2005-2006, pasando de 924 a 973 nuevos graduados. Este aumento ha sido general en todos los campos, pero el crecimiento casi dobla al que se observa en las otras disciplinas del ramo de las humanidades. Afortunadamente, el número de puestos de trabajo que recoge la revista Perspectives es parejo a este aumento, pues los empleos ofrecidos crecen un 6.6 % (de 966 a 1.030) en el mismo período.
La información preliminar para el curso académico más reciente ofrece buenas noticias adicionales, como que el número de nuevos licenciados que anualmente publica el Directory of History Departments for 2006–07 cae modestamente, mientras que sube de nuevo el número de ofertas de trabajo (no obstante, apenas un 0.2 por ciento) (cuadro 1). Por supuesto, los cambios en el número de PhDs según ese directorio se reflejan en los resultados del correspondiente estudio federal sobre doctorados obtenidos. La caída del 3.5 por ciento en el número de PhDs según el directorio sugiere que las cifras de 2007 dejarán aproximadamente en 940 el número de nuevos doctores. Si esa estimación es exacta, ésta es la primera vez en los últimos 25 años en que durante tres años consecutivos el número de ofertas de trabajo excede el número de nuevos PhDs.

Cuadro 1

Datos demográficos de la cohorte de 2006 (doctorado)

El estudio anual del doctorado es preparado por el National Opinion Research Center (NORC) para cinco agencias federales y proporciona una medida exacta de los asuntos en los que se han doctorado (Doctorate Recipients from United States Universities: Summary Report 2006). A cada estudiante que se doctora se le pide que complete el estudio antes de graduarse (generalmente muy estímulados por su centro), así que proporciona la radiografía más comprensiva y detallada sobre quién está recibiendo el grado.
El estudio proporciona una excelente medida para saber cuánto tiempo les cuesta terminar un doctorado en historia en rtelación con otros campos, ofreciendo una clara evidencia de la larga trayectoria hasta el PhD. La nueva cohorte de los doctorados en historia lo acabó en promedio unos 12 años tras la licenciatura, y un promedio de 9.7 años después de empezar el doctorado. La edad mediana de la nueva cohorte era de 35.5 años -un aumento de más de un año en relación con la última década.
Sin embargo, el tiempo que cuesta coincide con el de las otras disciplinas humanísticas. En promedio, los estudiantes de doctorado en humanidades pasan 9.7 años matriculados. En comparación, en las disciplinas de ciencias sociales el promedio era apenas de 7.9 años. La edad media era de 35.0 años para los doctores en humanidades, pero de 32.9 para los doctorados en ciencias sociales.

Cuadro 2

La encuesta del NORC también permite obtener datos demográficos a largo plazo sobre los nuevos doctores. La proporción de mujeres en la nueva cohorte desciende por tercera vez en los últimos 10 años, del 41.6 al 40.9 por ciento (cuadro 2). La historia es marcadamente diferente de las otras humanidades y de las ciencias sociales en cuanto a la proporción de mujeres que se doctoran, pues las mujeres ganan respectivamente un promedio del 50.6 y 57.4 por ciento de los doctorados en esos campos.
Sin embargo, después de disminuir levemente el año pasado, la representación de las minorías dentro de la nueva cohorte ascendió del 13.3 al 14.1 por ciento. En números absolutos, 139 de los 807 ciudadanos de los E.E.U.U. que obtuvieron el doctorado en historia se clasificaron como miembros de una minoría racial o étnica. Entre los ciudadanos de los E.E.U.U. en las humanidades, el 13.6 por ciento pertenecían a esas minorías, por el 17.5 por ciento en ciencias sociales.
También hay un marcado aumento en el número de extranjeros que obtienen el título en historia respecto de los últimos dos años -que alcanzan el 13.5 por ciento. En 2006 la representación de estudiantes extranjeros casi alcanzó la paridad con la proporción de estudiantes de las minorías por primera vez en más de una década.

Cambios entre los campos

Los 45.596 grados de doctor concedidos por 417 universidades en 2006 representan el número más elevado de nuevos doctores conocido en los Estados Unidos. En términos relativos, la historia supone un 2.1 por ciento por segundo año consecutivo, por encima del punto bajo del 1.8 por ciento en 1992-93. Y la historia creció levemente entre las otras disciplinas de las humanidades, donde ahora supone el 17.4 por ciento de los doctorados, superando el punto bajo del 15.1 por ciento de 1989.

Cuadro 3

Aunque el número de nuevos doctores en historia ha estado por debajo del pico alcanzado en 2000, el aumento de 2005-06 coloca a la disciplina por encima de la mayor parte de las otras humanidades y ciencias sociales (el cuadro 3). Solamente la economía y la psicología consiguieron más doctores en 2006.
Ese claro aumento entre 2005 y 2006 parece absolutamente pronunciado, pero, visto a largo plazo, el número anual de nuevos doctores en historia ha sido relativamente estable durante los últimos seis años. Descendió de forma acusada a partir de comienzos de los años 70 y en los años 80, y después casi se dobló entre 1989 y 2000. Sin embargo, durante los últimos cuatro años, el número ha sido comparativamente constante, con alrededor de 950 doctores en historia por año.
Las otras humanidads y las ciencias sociales también parecen tener evoluciones similares durante los últimos años. Entre 2005 y 2006, el número de nuevos doctores en lengua y literatura inglesa y americana bajó el 0.6 por ciento, mientras que aumentaron el 0.6 por ciento los de lenguas extranjeras . Las otras humanidades (incluidos American studies, filosofía y religión) screcieron un 2.9 por ciento. El número de nuevos doctores en economía bajó el 0.2 por ciento, mientras que la ciencia política y la sociología aumentaron el 0.6 y el 8.0 por ciento respectivamente.
Dentro de la disciplina de la historia, la historia americana continúa siendo el campo de estudio más grande con un importante margen , abarcando el 40.2 por ciento de los doctores. Esto está debajo del punto álgido que el campo alcanzó cuatro años antes, cuando la historia americana suponía el 44.1 por ciento de los nuevos doctorados en historia, pero aún mantiene su distancia con los otros campos. El segundo en importancia, el de la historia europea, supone el 22.5 por ciento.
Los especialistas en otras regiones del mundo aumentaron su representación entre 2005 y 2006. El número de doctorados en historia asiática pasó del 6.9 al 8.2 por ciento, los dedicados a la historia latinoamericana del 4.9 a 5.0 por ciento y los especialistas en historia africana del 1.9 a 2.8 por ciento.
La imagen se complica un tanto con las otras categorías o campos que los nuevos doctores pueden seleccionar, incluyendo la historia de la ciencia y de la tecnología (el 5.8 por ciento), la “historia general" (el 6.1 por ciento), y la “otra historia" (el 9.8 por ciento). Éstos porcentajes podrían representar a los especialistas que decrecen en alguna de las otras categorías, caídas en áreas geográficas que no se representan (por ejemplo, Oriente Medio) o de un cierto tipo de historia transnacional.

Cuadro 4

La ambigüedad sobre las especializaciones que los nuevos doctores señalan en sus respuestas al estudio suponen una cierta ambigüedad en cualquier comparación entre los puestos de trabajo y el camino seguido por los nuevos doctores. Pero se puede realizar la comparación, que puede ser instructiva. La alineación entre las ofertas de trabajo listadas en Perspectives el año pasado y los nuevos doctores del año siguiente muestra algunos problemas entre oferta y demanda en el mercado de trabajo académico (cuadro 4).
Las relaciones de trabajos para las plazas de historia americana, por ejemplo, eran un tercio menos que el número de nuevos doctorados obtenidos el año antes. Y las ofertas en historia europea estuvieron un 13 por ciento por debajo del número de nuevos doctores. En comparación, el número de plazas en historia asiática y africana era más alto que el número de nuevos graduados, mientras que los listados de historia latinoamericana mantenían la paridad.
Tales comparaciones necesitan ser leídas con considerable cuidado, por supuesto. La correspondencia aparente entre entre temas específicos y especializaciones geográficas puede variar mucho dentro de esas amplias categorías. Así, los especialistas en cualquiera de los campos con un severo desequilibrio podrían encontrar oportunidades en plazas en otras áreas temáticas y abiertas, pero también podrían emplearse fuera de la academia.
Y como sabecualquier candidato de trabajo serio , los listados en Perspectives no abarcan todo el universo de las ofertas de trabajo que existen. También aparecen en otras publicaciones nacionales y locales, y ahora también se distribuyen a través de medios en línea. Sin embargo, los listados de empleos de Perspectives han proporcionado un buen barómetro de la relación que existe entre los puestos trabajos y los candidatos durante los últimos 33 años.

Cuadro 5

Una cierta confirmación de esto se puede encontrar en la proporción de nuevos doctores que indican haber obtenido un empleo definido el el momento de graduarse. En la cohorte 2006, el 54.4 por ciento de los doctorados indicó tener empleo “definido". Esto supone una leve caída en relación con el año anterior, pero sigue siendo mucho más alto que de lo que lo había sido durante los malos años 90 (cuadro 5). El 28.0 por ciento de los nuevos doctores que indicaban que seguían “buscando empleo " a la hora de graduarse marca una mejora positiva. El restante 17.7 por ciento se compone de quienes siguen algún tipo de estudio posdoctoral, están negociando un contrato o carecen de plan definido para un empleo futuro.
Las perspectivas de empleo entre hombres y mujeres aparecen ser semejantes (cuadro 5). En los últimos tres años, prácticamente la misma proporción de cada grupo indicó que que tenía empleo definido al doctorarse. Esto contrasta marcadadamente con lo ocurrido en los años 80 cuando los historiadores disfrutaban de una modesta ventaja modesta para encontrar empleo, o con lo sucedido en los años 90, cuando las historiadoras parecían tener una leve ventaja.
Más información en: AHA Data on the Historical Profession. De todo lo que allí se recoge, me permitiré mencionar los salarios (las becas y otros emolumentos van aparte):

Tabla 1

socialismo y café

Apenas dos menciones.
Me entero gracias a Cliopatria que Regis Debray ha publicado un pretencioso texto acerca de una nueva periodización en la historia de las ideas occidental ("Socialism: A Life-Cycle", New Left Review, 46, 2007). Básicamente sus estadios serían Logósfera, Grafósfera, Videósfera. El ciclo de vida socialista estaría de algún modo signado por el segundo estadio: sus comienzos y su crisis pertenecerían a los lindes de la clasificación. El mundo de lo escrito en rigor de verdad abarca desde 1448 (Gutenberg) hasta 1968. Para Debray este último año indica el ascenso de la TV, el año 1 de la videósfera. (Podría haberlo puesto en 1969 con la transmisión de la llegada del hombre a la luna pero Debray tiene debilidad por el mayo francés.)
Según Debray, el socialismo se debate entre relámpagos de su noche interminable, para usar una frase discepoliana, precisamente porque su dominio no pertenece al orden del espectáculo.
Además de su exagerado esquematismo, la novedad parece no querer abordar ninguno de los fenómenos "modernos" (el colonialismo es con todo el fundamental) que desdibujan ese modelo estadual. Sin duda esa zona de grises es refractaria a la idea de una sola revolución como a la idea de una sola dominación. En lugar de profundizar esas fronteras gnoseológicas, Debray hace este cuadrito:

Debray

Por otro lado, en Eurozine, Jakob Norberg publicó recientemente un texto ("No Coffee", Fronesis 24, 2007) que contrasta la idea habermasiana del café como territorio propicio para la construcción de una esfera pública burguesa, y la idea schmittiana que concibe al café como parte del decorado del burgués doméstico y recalcitrante. El texto de Norberg es muy bueno y la idea de discutir esas figuras también; en especial porque tal vez no se opongan de modo tajante.
Tanto el café como la palabra escrita forman parte de los imaginarios intelectuales y académicos, y puede que no sepamos con certeza lo que eso implica (no el café ni el grafo, sino su reificación). Como dice Ea, cuando comentamos sobre el texto de Norberg: "algunos toman café, yo lo pinto". Aquí están los mundos posibles del café que pintó Ea.

Eleonora Filippi

Literatura de izquierda

Dos notas (a partir del texto de Omar Acha sobre Literatura de Izquierda de Damián Tabarovsky)

I
Si se pudiera hacer una larga de lista de representaciones de lo indomable, de lo revulsivo –para usar un término que Tabarovsky utiliza-, muchas de esas figuras girarían alrededor de la idea del afuera. Literatura de izquierda nos provee de una ristra de ellas: comunidad inoperante; literatura diferente a democracia, a normatividad, a cultura, a jerarquías, al mundo. En el centro de las argumentaciones del libro, aprendida en las mazmorras universitarias y la albañilería de los papers, está la contestación del cuento de la buena pipa. Algo verdaderamente no falsable. Si se le interroga por el paradigma, no viene por un nuevo paradigma; si se le pregunta por la distancia entre teoría y práctica dirá que viene a desacoplar esa díada. Si le imputa al argumento su posible deterioro o mercantilización (lo hizo el propio Martínez, quien no parece haber reparado que ya Tabarovsky estaba advertido sobre ese argumento), dirá que como lugar o como línea, la literatura de izquierda ya, en el mismo momento de la encarnación pétrea o utilitarista, ya está en otro lado. Yo no dije dejá de contar el cuento de la buena pipa, sino si querés que te cuente el cuento de la buena pipa. Eso es un poco adolescente, como quiere Quintín. Pero también, advierto rápidamente, Tabarovsky podría reclamar en ese mismo plano un estado de disponibilidad que la literatura de mercado y la de la academia no podrían.

II
Alguna vez un increíble profesor y reconocido intelectual me explicó su recelo con Carlo Ginzburg. (Anótese algo aprendido en situación de estudiante: un excelente profesor asiste muy poco a clases. Y si alguien asiste mucho y resulta bueno, entonces es un paria.) Me dijo que veía mal eso de dejarse fotografiar para las solapas. Se podía, como él mismo lo había hecho, salir en gran angular con lo más perfilado del underground ochentoso pero no se pdía brillar en las mamposterías de un libro. Eso era el mercado. Esto último no lo dijo él, lo pensé yo. Tanto Tabarovsky como Martínez creen que el mercado es eso que está ahí, al costado. Eso que el editor manda a hacer. Eso es lo que lleva a Martínez a acusar a Tabarovsky de hacerse publicar por editoriales grandes, de surfear el merchandising de su novela Las hernias. De eso se trata una impostura: de algo verdadero y algo falso. El mercado para Martínez sigue siendo eso falso. La literatura transcurre entre unos miles de lectores anónimos y el escritor, pero sólo cuando el escritor no escribe Harry Potter. La literatura transcurre entre la academia y el escritor pero sólo cuando aquella no se parece a eso que Fogwill denominó sociedad de socorros mutuos (pero cuándo se dejará de citar a Fogwill solo por sus brulotes). Adentro y afuera, again. Sólo que el blanco de Martínez no es Literatura de izquierda, sino ese escritor que articuló los tres lugares para el propio Martínez (mercado, academia, medios) o los tres de Tabarovsky (mercado, academia, literatura de izquierda): César Aira.
En el caso de Tabarovsky la confusión sobre el mercado no es tan reconocible. Pero hay que indicar que el uso del tic posestructural (casilla vacía, casilla flotante) para analizar el lugar de la literatura de izquierda no puede aventurar nada, no sirve para hacer preceptiva. Si la literatura de izquierda siempre está trazada por el ánimo de “expandir la anomalía en el seno de las relaciones sociales”, se apele como se quiera a las voluntades de los hombres, eso es inmodificable. Así que no vale la pena andar pregonando la producción de anomalías si eso es lo que sucede, porque se corre el riesgo de postular cosas raras como aquello que sostenía Alejandro Dolina: “conformismo o muerte”. Esa gema que el mercado no puede asir es, por principio estructural, la literatura de izquierda. Lo que hagan los hombres que se sumen a esa buena nueva nos tiene sin cuidado, o mejor: la tiene sin cuidado.
Esas exclusiones (el sanctasanctórum del escritor para Martínez: el momento anterior al mercado, como si ese escritor con su resma no leyera nada o no se sintiera afectado por una foto de un intelectual italiano colgada de su fabuloso El queso y los gusanos; el foso de Tabarovsky, ese lugar del contradictor que en el momento en que la máquina de captura advierte sobre su existencia y se resignifica en tanto sistema, en ese mismo momento el contradictor cambia su composición y vuelta a empezar), esas exclusiones digo, atentan contra el polemos, que ambos textos tienen en muy buena consideración. El texto de Martínez lo hace argumentando de un modo más bien trivial acerca de la estrategias mercantiles de Tabarovsky; el de Tabarovsky estableciendo jerarquías y juicios de valor a partir de un principio que los niega, que los repone, mejor dicho, en su antagonismo constitutivo. Pienso que eso es lo bueno de Literatura de izquierda, que puede servirnos como baliza para advertir que, si es que estamos decididos a cuestionar algunas configuraciones intelectuales, hay que blanquear sin más que se lo hace para quedarse con un lugar, robarse algo, arrancarle un pedazo a los que más dicen o más tienen. Y esa certeza obliga a un relativismo que ataca de lleno a los argumentos finalistas, mecanicistas, etc. Porque se sabe que en todos ellos duerme un orden al que no fuimos invitados.

La “nueva generación intelectual”: una apostilla sobre el ambiente literario

[Este texto es un fragmento de Somos. Ecografía de una nueva generación intelectual, libro de Omar Acha del que ya habíamos adelantado, y discutido, su epílogo. A este post de Omar Acha le sigue otro de Nicolás Quiroga, y luego el retruque de Omar.]

La frágil reconstitución del orden liberal-capitalista de la Argentina posdictatorial, ya inocultablemente formateado por la intervención de los grandes medios de comunicación, proyecta la conformación de la nueva generación en un territorio que es otro que el de crisis. Quizás sea el de la imposibilidad de resolverla plenamente. No lo sé. Pero estoy convencido que reiterar el momento de la caída libre y la contemporánea experimentación democrática de 2001-2002 es insuficiente.
La crisis como fenómeno alimentó en parte uno de los escasos desacuerdos intelectuales de nuestros días. Sorprende poco que haya sido protagonizado por “jóvenes”. L*s viej*s nos han demostrado que nada tienen que decir de intelectualmente vivo. Quiero decir, que sea articulable con alguna especie de acción.
Fue otro el talante que rodeó al ensayo de Damián Tabarovsky en Literatura de izquierda (2004). Resumido en dos oraciones, su texto plantea que la crisis de 2001 reinstituyó la posibilidad de un “deseo loco de cambio” en la literatura argentina, es decir, una literatura de izquierda transida de ansias de ruptura y novedad incompatibles con la estética comunicable del mercado y los cánones castradores de la academia. La crisis cobijó un deseo de “comunidad inoperante”, invisible, negativa, que bucee contra y a través de la opresión del lenguaje, sin aspirar a un sentido reconocible, y que “corre por izquierda” a quienes serían los próceres de hoy (Héctor Libertella, Fogwill, César Aira).
Guillermo Martínez salió al cruce del argumento de Tabarovsky en “Un ejercicio de esgrima” (2005). Su indignación está animada por la sintonía del canon de Damián con las preferencias de la academia, la que por lo demás se articula con el mercado (“el mercado” es una expresión abstracta: hay editoriales, suplementos literarios, vidrieras de librerías). Fuera del canon, esto es, arrumbados en la tramoya antiliteraria mercantilizada, estarían, pretendió dictaminar Tabarovsky: Martínez, Gonzálo Garcés, Pablo de Santis, entre otros. Estos narradores se refugiarían en las formas del consumo masivo de la literatura. Construirían relatos con un mensaje, estructurados en la tríada pregunta-argumento-desenlace. Martínez defendió la producción de narraciones que provocasen el placer de la lectura en un público relativamente masivo con capacidad de disponer de un gusto propio. Frente a esa prueba, el ensayo de Tabarovsky pretendería un falso espacio para la auténtica literatura, sin embargo pronto desmentido por la participación de los rebeldes en los mecanismos mercantiles y académicos. Un puente con lo académico, continúa Guillermo, que se materializa en dones y contradones ligados a amistades, intercambios, y fidelidades políticas o sentimentales. Esta denuncia, que suscitó algún escándalo, es lo más endeble de su texto, más que por la falta de verdad en la delación de solidaridades que, es preciso admitir, deberían mantenerse al margen de las evaluaciones estéticas, por lo incólume que deja de las obras escritas. En mi opinión, la deficiencia de la estocada polémica no alcanza a neutralizar algunos agudos reparos a la prosa curiosamente ahistórica y asociológica de Tabarovsky (Quintín se tomó de esa superficialidad para echar una apolillada parrafada de Guerra Fría).
Leído desde las elaboraciones individuales, está claro que la polémica Tabarovsky-Martínez es bien pobre. Siento que su interpretación generacional es más rica. Me parece que su lectura revela problemas interesantes para pensar la producción de una nueva generación intelectual en el campo literario y, a fortiori, en nuestra época cultural.
En primer lugar por la eficacia de la crisis. Esto aparece con todas las letras en el escrito de Tabarovsky. Lo que se podría reprochar es que se atenga tan estrechamente a la época de la crisis y la extienda sin problematización al momento en que las estrías del bienio 2001-2002 ya se deshacían en la recuperación lavagno-kirchneriana. Incluso hay una correlación un poco ruda entre la “literatura de izquierda” y el derrumbe de sectores de la clase media en la pobreza que constata la sociología. ¿La elaboración de un espacio literario tras la crisis puede independizarse de la crisis empírica? Esta es una cuestión radical que a Martínez no le interesa, pero es el eje del ensayo de Tabarovsky, o debería serlo si Damián no se extraviara un poco en la lógica derridiana. El fuego a discreción de Martínez le impidió golpear en la desnudez de Tabarovsky.
En segundo lugar por la alusión al mercado, la academia y al canon literario. Tabarovsky concentra en Aira el límite todavía incognoscible de la literatura argentina actual. Dice que hay que correrlo por izquierda a la vez que se somete a su imperio. Es inconsistente y arbitrario. Porque Aira es muy desigual. En ocasiones, en un mismo libro, es avasallante y decepcionante. A tal punto que en no pocas de sus obras se suscita la pregunta impertinente: ¿Aira es o se hace? Martínez se muestra escéptico respecto al valor literario de títulos que aparecen maquínicamente y en ciertos casos -lo admite incluso un admirador como Link- son de calidad inferior a su estándar. Y eso es justamente lo que molesta a Martínez: que si Aira tiene un estilo, lo que fascina ya no es su ruptura con el realismo (o su reinvención interior al mundo novelístico) sino un asentimiento demasiado macizo. En otras palabras, que es moda de consumo a la vez que de crítica, horadando las jerarquías que se lanzan contra autores marginados por la academia. Una adoración de la crítica que se retacea a otros autores. La sutileza impiadosa que se abate sobre los autores ganadores de premios literarios no se aplica a autores canonizados, como Aira o Juan José Saer. Esto no solamente tendría efectos nocivos para las pretensiones académicas de regular el buen gusto literario (es decir, delimitar y vigilar el canon), sino para la idea misma de que la crítica universitaria es la soberana de la "buena literatura". El juicio del público lector -que de acuerdo a Guillermo opera después de la creación- constituiría un dictamen menos arbitrario que la cadena de favores y enemistades que articulan a la academia con los suplementos literarios. Está claro que la eficacia a posteriori del mercado es insostenible. Siempre se escribe bajo presiones.
En todo caso, insisto, la polémica trae a cuento estos elementos esenciales para pensar el futuro de la nueva generación, literaria y más ampliamente cultural. En historia sucede algo similar. El prestigio historiográfico varía con el acceso a amistades en casas de edición, suplementos culturales, revistas especializadas, programas televisivos, cátedras, conicets y ubas. También el mercado crea autorías historiadoras, como en Felipe Pigna, que son sistemáticamente atacadas por los guardianes de la "buena historia", que ¡oh casualidad! es la que esos guardianes hacen o mandan hacer.
En tercer lugar, la discusión es interpretable de modo fructífero por la figura intelectual que se dirime en el modo de posicionarse ante la necesidad de una nueva literatura después del 2001. El diferendo es más interesante que los textos elaborados por ambos contendientes. Esto no habla mal de la factura intelectual de sus escritos, sino muestra la producción en polifonía que da acceso al obrar generacional. Creo que un poco con su anuencia, el texto de Tabarovsky fue degradado presentándolo como la expresión de un autor “francotirador”, creo que con su anuencia. Las solidaridades tejidas por Tabarovsky (con el sobresaliente escritor que es Sergio Chejfec, por ejemplo) o las opuestas por Martínez en los nombres mencionados cuatro párrafos más arriba aparecieron como elencos de facciones más o menos reconocibles en los medios literarios. A nadie se le escapó que era aconsejable eludir las dicotomías propuestas, por mal estipuladas. Justamente por eso se destaca en el intercambio la carencia de una problemática generacional.
Pensar que en el campo literario es indispensable la apuesta por un reformateo generacional hubiera lubricado fricciones innecesarias y, quizás, estimulado otras más radicales. Porque una generación no debe ser inexorablemente homogénea. Puede articularse alrededor de una serie de temas comunes, sin por eso aspirar a posiciones unánimes. Otra cosa sería indeseable para la literatura. Por ejemplo, sería preciso que la nueva generación literaria discuta con seriedad lo que en el entrevero de Tabarovsky y Martínez aparece esbozado para el territorio de la narrativa: las relaciones recíprocas del mercado y la academia antes que una escisión imposible (¡vivimos en una sociedad capitalista!), las formas del pacto de lo literario, la política de la literatura, los efectos literarios del 2001.
Las preguntas relevantes son numerosas. Enuncio algunas: ¿qué posibilidades de venta mantienen las pequeñas editoriales? ¿Qué capacidad de ruptura e innovación habilita la influencia de la crítica literaria sobre el campo de la escritura? ¿Su función es sólo jerarquizante o puede ser también creadora? ¿Es pertinente la oposición entre crítica y producción literarias? ¿O casos como los de Ricardo Piglia demuestran que sus fronteras pueden ser ambiguas e incluso sus campos inseminarse recíprocamente? En fin, se trata de cuestiones que la nueva generación, en su diversidad, merece plantearse. Como lector que disfruta de la lectura y como intelectual politizado me encuentro dividido al pensar que una literatura deseable deba ser “de izquierda”. Una ligazón demasiado rígida entre innovación y sensibilidad de izquierda, en literatura, me parece controvertible. Quizás aquí muestre una hilacha “relativista”, pero creo que es necesaria. Al menos mientras se establezca una literatura de izquierda reconocible. La interrogación es de todos modos importante y recorre la posibilidad misma de nuestra generación, moldeada en este caso en la literatura pero, con sus entendibles desplazamientos, es traducible a los distintos campos del obrar intelectual.

pequeña zancadilla a la tesis cuatro

Al leer el post de Omar Acha y los comentarios desperdigados por allá, aquí y más allá, recuerdo que las generaciones se mentan por un año ('37, '98, etc.) por sus pretensiones vanguardistas o por lo heterogéneas que resultan cuando se las mira de cerca.
Las tesis sobre el quehacer intelectual deslizan una idea y un presupuesto. El presupuesto es que existe una atmósfera, un color que tiñe al resto: socialismo genérico le dice ("una sensibilidad de izquierda, socialista en sentido genérico", tesis cuatro). Hasta allí habrá que ir porque sólo dándole forma a esa esperanza se puede horadar el sino elitista de todo programa que se asienta sobre un crimen. Para algunos ese término (crimen) sugiere parricidio y evoca el gesto con el que Contorno, una revista de diez números, más tarde fue imbuida. A mí me recuerda la sustitución dinástica a través de la violencia, a partir de la que Frazer escribió su "catálogo de la estupidez humana" llamdo La rama dorada. Contra toda pregunta plesbicitaria, el régimen de sucesión dinástica por asesinato implica que quien asesina pasa a ocupar el lugar de la víctima. No importa su procedencia o inquietud. Y este es un problema que la ilusión de una irrupción apenas puede sostener sobre bases verosímiles, puesto que ¿qué otra cosa lastima más a la meritocrática república de los sabios que la amenaza del evento y la deposición? y a la vez ¿qué otra impresión dan muchos eventos disruptivos sino el de una serie, el de un bajo continuo (expresión feliz que Pablo Semán usó como título para uno de sus libros)? De ese ciclo, el socialismo genérico nos libera. Es la brazada que nos saca del remanso, el golpe de timón que nos devuelve a la corriente madre. Pero no sabemos mucho de él.

Acha remueve los síntomas (del crack decembrino). Los pone en una bolsa, como un saco de huesos. Los agita y los lanza. Alea jacta est. De esos síntomas por el momento sólo puede decirse que nadie ha escrito o asentado síndrome alguno. El orden o la disposición de su número arroja distintas peripecias en nuestro futuro. Y sin embargo, con las tesis me identifico plenamente: entiendo que después del 2001, los problemas tramados por la literatura, la sociología, la historia y la antropología en torno a la pobreza, a las clases populares, etc. etc. son el mortero del que no pueden ya salir airosos un paquete de categorías liberales y/o republicanas, un atado de expectativas bruñidas, una pócima de la que beberían todas las clases y sectores. Esa fe se ha perdido, aunque como todo parece indicarlo, no hay sino en algunos ámbitos, más allá de la verborrea radicalizante, intelectuales abocados a leer en fragmentos, a horadar las nociones de sujetos indivisos, a devolverle al territorio lo que le pertenece, y nada más: y esto no se debe a aquellas fórmulas tan chispeantes y fatuas que acusaban al hacer intelectual de estar o haber estado en el olimpo, cuando diciembre, como si el incidente de vivir nos cediera la experiencia de sabernos en tal situación y ella, y sólo ella fuera combustible suficiente para pensar un poco distinto o mejor. Se trata, en cambio, de que un régimen de preguntas sobre la realidad fue brutalmente constratado con un régimen incipiente de representaciones (precarias o robustas) que no le ofrecían sino sombras numinosas a la interpelación setentista de la movilización o a la interpelación democrática que apostaba por una conciencia cívica, aún sin saber qué cosa podía parecerse a eso.

En los dos párrafos he mencionado la ignorancia como fundamento de la errancia que denuncia Acha en sus tesis. No sabemos qué es el "socialismo en sentido genérico", pero tampoco sabemos mucho sobre los dos mundos simbólicos que se acuñaron al calor de la línea de la pobreza. No conocemos el mundo que rompería las trabazones elitistas, aunque nos acerquemos a él, tal como sugieren las tesis. La línea de la pobreza es nuestra Maxon-Dixon, y la dinámica de ese mapa rasgado y bífido dependerá de lo bien que el conjunto de preguntas y enfoques reflexivos que ensayemos desplace la creencia de un derrame, de un fluir de zona a zona. Esa es la idea que comparto: ningún barquero para entrar al mundo del desierto, ningún lenguaraz autorizado. El proyecto colectivo que crece en un malestar está destinado a apagarse en el aire, como si se tratara de un amague (siendo como es: el cuerpo mismo, aquello que lo impulsa y las consecuencias que del golpe derivan), pero hay que encenderlo.
Me río porque en lugar de usar el término radiografía, Acha llama a su libro Somos. Ecografía de una nueva generación intelectual…quién sabe si por la idea de un nacimiento o por el término un tanto vago de ecomímesis o ecografía, complemento del término etnografías de acuerdo a Camilla Mortensen (forzándolo se puede decir que así se tratan cosas que son propias del oikos y/o que han sido escuchadas, rumoreadas, presentidas). No lo sé, pero pienso que radiografía hubiera sido también preciso porque para eso sirvieron las radiografías en sus comienzos: para atrapar fantasmas (Allen Grove dixit), cosas que se creían rondaban el mundo de los vivos.

retazos de un pensamiento ya pensado

Poco a poco voy leyendo -y en algunos casos compartiendo- opiniones, consideraciones, aforismos, axiomas, etc. sobre las razones de un blog académico. Pensaba que podrían agruparse todas esas ars poética de cada uno de los bloggers ligados al mundo académico. Así, traduje parte de un post de Timothy Burke; cité algunos párrafos de Justo Serna (del que puede leerse además esta entrevista realizada por el blog Con ciencia y trabajo); comenté un post de J. Brunner. Es que considerar la existencia de blogs académicos nos obliga a tratar con un oxímoron. No por que los géneros académicos sean buenos y el género blog sea malo, ni por viceversa. Sino por la distancia de las formas que modelan los ejercicios.
El blog horada los límites consolidados de lo acádemico. Lo académico: algo tan lento, tan catedralicio, que ni siquiera le ha puesto una filmadora a los conciliábulos de los concursos de oposición; que ni siquiera ha intentado seriamente modificar el anonimato como método de evaluación entre pares. El cursus honorum de un académico se parece siempre a un camino en el que lentamente va librándose de ser testeado, y en el que las formas escriturales de la profesión van impregnando su propia escritura. Si en efecto, antes de devenir académico tenía algo que se parecía a esa entelequia denominada propia escritura, ya en el brete reconocerá más temprano que tarde la que inscribe con su cuerpo como suya. El blog es un máquina contra esa cooptación inmaterial. Como sucede en uno de los cuentos de Ph. Dick, el blog podría ser un conjunto de instrumentos, una caja de herramientas, que hemos dejado antes de grillarnos con el artículo, la ponencia, el informe y la tesis, para que en el futuro, cuando nada nos recuerde ciertas arrogancias de joven escritor, ciertas veleidades con la lengua, cierto desparpajo para con la autoridad, podamos encontrarnos con esa caja y a fuerza de postear, vuelva nuestro gesto de arrebato, nuestro terrible deseo de escribir.
Se usa con frecuencia la palabra vanidad para describir este ejercicio. Recuerdo el eclesiastés -libro que le gustaba leer a Juan Carlos Onetti-: si el sentido del término vanidad allí está bien expresado, entonces un hombre o una mujer en busca de su gesto creativo, crea o no que lo haya dejado en el pasado, operando una máquina de bloguear, no guarda relación con esa idea. [salud por el blog de Lucía Etxebarria]