comunismo

La utopía de Prometeo

Ricardo Pasolini. La utopía de Prometeo. Juan Antonio Salceda del antifascismo al comunismo, Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, 2006, 203 páginas.
la utopia de prometeo

El estudio de Ricardo Pasolini se suma a la cadena de fértiles y renovadoras historias que han abordado el estudio de las izquierdas nacionales desde diferentes perspectivas en los últimos años. Ya sea desde la historia intelectual, social y política, los nuevos enfoques sobre los comunistas y los socialistas, como también los referidos al conglomerado antifascista nacional del período de entreguerras se han multiplicado, replanteando hipótesis pasadas o anexando nuevos interrogantes. Sin embargo sigue existiendo una carencia en el campo del estudio de las izquierdas nacionales que La utopía de Prometeo… comienza a saldar. En efecto los nuevos análisis no han podido romper completamente aun con una dimensión espacial que, con pocos matices, priorizó la actuación de las izquierdas en la Capital Federal y sus zonas de influencia inmediata. Pasolini en cambio hizo foco en la localidad bonaerense de Tandil, corriéndose así del tradicional eje metropolitano desde donde las izquierdas llevaron adelante buena parte de su actuación política.
En esencia se trata de la biografía de Juan Antonio Salceda, entendido por el autor como un “modelo de intelectual comprometido” en la encrucijada de un clima epocal donde liberalismo, antifascismo y comunismo marcan a fuego las inquietudes culturales y políticas del protagonista. Pero la obra no se agota sólo en el derrotero cultural de Salceda, ni en el análisis de sus escritos entre 1935 y 1976. El repaso de sus capítulos nos pone al tanto de toda una red de instituciones y de personas que interactúan junto él en el particular medio tandilense; también, el autor reconstruye, apoyado en los intercambios epistolares, los vínculos extra locales que posibilitaron a Salceda ocupar un rango mayor en el plano intelectual nacional a partir del reconocimiento que cosechó, básicamente, entre los comunistas vernáculos.
Ricardo Pasolini establece a lo largo del volumen “una relación entre proyecto de vida, relaciones personales e identidad política con el propósito de presentar una argumentación plausible del devenir social de Juan Antonio Salceda” (p.28). De fondo subyace como interrogante el peso del momento antifascista que se abrió a mediados de la década del ´30 en la constitución de una identidad política comunista. Es por ello que desde la introducción, el trabajo se detiene en sutiles detalles y explicaciones en torno a las características que tuvo el bloque antifascista nacional e internacional. Específicamente, el autor repasa las inquietudes de los antifascistas comunistas nucleados en la Asociación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores (A.I.A.P.E).
El papel que jugaron los órganos periodísticos y las asociaciones cobran fundamental relevancia en el estudio, ya que fueron las piezas claves que posibilitaron la circulación de los bienes culturales en Tandil. Pasolini detalla minuciosamente cada uno de los espacios institucionales que ligaron a Salceda con un importante universo de vínculos personales que le permitieron adquirir visibilidad en aquella sociedad provinciana pero inquieta. Así, el autor muestra como Salceda obtuvo un rango diferencial en tanto intelectual local, cuyo desarrollo es posibilitado por las buenas relaciones que estableció con los redactores de los diarios Nueva Era y El Eco de Tandil fundamentalmente. Ambos diarios, de manifiesta vocación liberal, posibilitaron una tribuna sólida para la difusión de las tendencias antifascistas a partir de dar espacio en sus columnas a nuevas plumas locales; otras, reconocidas del ámbito nacional. Sin embargo, durante la primera mitad del siglo XX el crecimiento y la inserción social de los intelectuales en Tandil se canalizó, básicamente, por intermedio de la Biblioteca Rivadavia, cuya experiencia es analizada en la obra a partir de un riguroso seguimiento de sus actividades que permite observar la centralidad de la institución en el mundo cultural local.
Al importante espacio que ocupó la Biblioteca Rivadavia en el ámbito tandilense se sumaron las actividades del Ateneo de Cultura Popular de Tandil, creado por el propio Salceda a mediados de la década del ´30. Esta institución sentó un tejido relacional a través del cual se articularán gran parte de las preocupaciones, de las prácticas y de las nociones que guiarán el mundo cultural de Tandil hasta 1960. Si bien la experiencia fue efímera (febrero de 1935- marzo de 1936) la asociación se convirtió, rápidamente, en la filial de la A.I.A.P.E en Tandil. El propósito de la asociación “era dinamizar la vida cultural provinciana a través de una amplia actividad intelectual que articulará personalidades locales con visitantes ilustres del mundo cultural de Buenos Aires.” (p.74). Desde entonces Salceda comenzó a cerrar su vínculo con las ideas comunistas identificándose nítidamente con el espectro de idealizaciones que daban a la Unión Soviética el rango de paraíso deseado. En esos años también, Salceda alcanzó definitivamente el status de intelectual del Partido Comunista.
Pero la definitiva integración Juan Antonio Salceda al mundo intelectual argentino como escritor, se concretizó a partir del fluido intercambio cultural que se desarrolló en el Ateneo Rivadavia (1942-1960). La construcción de su libro, Prometeo. El Humanismo del mito, maduró entre fuertes impugnaciones al peronismo, leído en clave codoviliana, y algunas prohibiciones provenientes del gobierno que imposibilitaron el normal funcionamiento del Ateneo Rivadavia durante varios períodos. El Prometeo… de Salceda es reinterpretado por Pasolini a partir de un minucioso desmenuzamiento. A su vez, el autor articula el discurso “prometeico” del escritor comunista con el particular medio en el que fue pensado y escrito. La obra, a la vez que redondeó el sesgo analítico de Salceda y lo desnudó frente a un público mayor aunque especializado, ensanchó su base relacional y lo catapultó a publicar -entre otros espacios- en la prestigiosa revista Cuadernos de Cultura dirigida por Héctor Agosti. A su vez, la difusión del Prometeo… posibilitó que su autor obtuviese el reconocimiento de intelectuales consagrados como Alfredo Palacios y Ezequiel Martínez Estrada, quienes no dudaron en ligar Salceda con la mejor tradición intelectual filocomunista inaugurada por Anibal Ponce.
Al mismo tiempo que el decenio peronista languideció bajo el ímpetu de sus detractores, se incorporó al debate intelectual de Tandil un arribado que contribuyó, desde una óptica particular, a enriquecer la oferta cultural del pueblo. El escritor polaco Witold Gombrowicz llegó a Tandil en 1957 buscando “el aire puro que reclamaban sus pulmones fatigados por el asma que lo persigue desde su niñez” (p.109). Pasolini recrea las polémicas entre Gombrowicz y Salceda, ya que ambos configuraron polos opuestos en la visión del devenir de la sociedad. Las ideas de Witold Gombrowicz representaron una suerte de anticlímax: el polaco consideraba absurdo pensar en un mundo feliz para la humanidad. “No parece extraño, entonces, que Gombrowicz prefiriera las reuniones de la Confitería Rex de Tandil, a las sesiones del Ateneo Rivadavia, donde se vería obligado a escuchar las bondades de la solidaridad universal que profesaba Juan Antonio Salceda.” (p.115). El escritor polaco se rodeó rápidamente de un grupo de aprendices jóvenes que dieron mayor prioridad a la faz estética del quehacer intelectual que al espíritu comprometido y pedagógico de orden salcediano; además, Gombrowicz potenció novedades en las prácticas culturales locales que no alcanzaron a cristalizarse en un proyecto alternativo a la hegemonía del grupo nucleado en el Ateneo Rivadavia, pero que lo ligaron a una cohorte de discípulos fieles que nunca dejaron de reivindicarlo.
Sin embargo, la proscripción del peronismo, y con él la de los trabajadores definió una escena ficticia, ilegítima y constitutivamente inestable que con el tiempo atentó contra algunos de los que también festejaron la deposición del “tirano prófugo”. Las noticias que llegaban de Cuba también contribuyeron a enrarecer la atmósfera política nacional. La clausura de la Biblioteca Rivadavia ocurrida en septiembre de 1960 a raíz del decreto que prohibía las actividades comunistas “representará no sólo la culminación definitiva de esa institución que permitió la modernización cultural de un espacio provinciano, sino también, la imposibilidad de Juan Antoni Salceda de mantenerse en tanto dirigente de un ámbito cultural local”(p.135). No obstante Pasolini visualiza los elementos que contribuyeron a la orfandad que sufrió el Ateneo Rivadavia frente a los atropellos de autoridades cada vez más reacias a tolerar actividades filocomunistas. Si bien el autor puede detectar cierta movilización en defensa de la obra de la tradicional asociación, sus prácticas culturales ya no son hegemónicas entre los jóvenes, cada vez más proclives a renegar del carácter militante de las prácticas culturales. En síntesis, el año 1960 mostró la fragmentación del discurso liberal-democrático en Tandil “no sólo porque se interrumpe definitivamente el mecanismo Ateneo-Diarios-Bibliotecas (…) sino porque se fractura la identificación político-cultural que la sustentaba” (p.155).
El impacto de la identidad comunista en la vida privada de Juan Antonio Salceda es otro de los puntos fuertes del estudio de Pasolini. El autor se apoya en libros de poemas, documentos personales, entrevistas y memorias familiares para problematizar el rol del ideario comunista de Salceda en sus prácticas cotidianas y en sus relaciones familiares. Empero Pasolini percibe una continuidad natural de aquel discurso optimista del Salceda de Prometeo… en el resto de sus obras y en la relación con los suyos. Tal vez, sus nociones ilustradas y su inquebrantable fe en la “utopía prometeica” hayan llevado a Salceda a persistir en un dogmatismo ideológico cada vez más arrinconado por las críticas, las costumbres y las presiones estatales.
En suma, el trabajo de Pasolini realiza una serie aportes al estudio de las izquierdas desde varios costados que se articulan armoniosamente en su libro. Por un lado el rescate biográfico de Juan Antonio Salceda cuya actuación intelectual es indivisible del particular medio en el cual forjó su ideario y su status de escritor. A la biografía de Salceda se suma, entonces, la descripción y el análisis de todo un complejo entramado de relaciones personales e instituciones que, en diálogo permanente, configuraron el mundo cultural de Tandil, al menos, hasta 1960. Por otro lado, la obra de Pasolini mensura el impacto del momento antifascista en general, y antifascista comunista en particular incorporando a La utopía de Prometeo… con éxito a un campo de estudios en franco crecimiento.

La Unión Soviética: los susurros de la gente corriente

post cruzado desde Grand Tour

Decía no hace muchos días mi admirado Manuel Rodríguez Rivero, ahora en El País: “el derrumbe de la ideología que informaba la práctica política en los países del "socialismo real" -es decir, en las burocracias (post)estalinistas realmente existentes-, y el sálvese quien pueda entonado con brío y mala conciencia por buena parte de los intelectuales de izquierda en la última década del siglo XX, ha dejado el vasto campo de estudio del Comunismo en manos casi exclusivas de historiadores liberales o sólidamente instalados en la derecha política, como Richard Pipes u Orlando Figes, particularmente eficaces en su empeño de pulverizar el mito del "buen" Lenin frente al "malvado" Stalin”. De este segundo autor citaba con acierto su “The Whisperers, private life in Stalin Russia, (…), cuyo trabajo en archivos familiares de la época estalinista le ha permitido reconstruir (a veces con cierta "creatividad") la historia -y el sufrimiento- de los que, sin hacer la Historia, se limitaron a padecerla, y de qué modo”.
Orlando Figes
Por supuesto, Figes es considerado un autor liberal o más bien uno de los máximos representantes de la historiografía antibolchevique, y esta última etiqueta que le cuelgan hace que sea bien visto por la derechona de toda la vida. Pero es un error caer en tal trampa, porque no responde totalmente a la realidad. Por su parte, la “creatividad” debe entenderse como voluntad narrativa bien llevada. Si alguien no tiene claro este concepto, remito como en otras ocasiones a Natalie Zemon Davis y, por citar un libro reciente, a su entrevista con Denis Crouzet (Pasión por la historia. Universitat de València, 2006)..
Para quien tenga dudas sobre la trampa antechicha, diré que podemos consultar todavía las palabras de Figes que reprodujo El País hace ahora unos seis años cuando la polémica generada por el libro del novelista británico Martin Amis sobre Stalin (Koba el temible: la risa y los veinte millones). En realidad, resumía las duras palabras que Figes le dedicó en The Telegraph unas semanas antes con el título de “A shocking lack of decorum”:

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"Un buen historiador necesita muchas cualidades (…), pero por encima de todo necesita humildad. No escribimos historia para llamar la atención sobre nosotros mismos”, “Amis nos entrega quizá las 100 mejores páginas que se han escrito sobre Stalin”, pero “de hecho, como pieza de escritura histórica, no es original y es de segunda categoría”. “Me recuerda a muchos de los ensayos de estudiantes pregraduados que he leído: charlatanería basada en los trabajos de otros, agudo e ingenioso (sobre todo con las palabras), precipitado en sus conclusiones y repleto de hechos confusos. Al no contar con ninguna fuente rusa -o al menos eso parece-, inevitablemente hay vacíos y distorsiones”. “Hay errores básicos en casi todas las páginas. Sin embargo, no es la sección histórica la que realmente huele mal, sino la egocéntrica manera en que vincula los hechos de la Rusia de Stalin con su propia experiencia en las secciones personales”, “Me refiero al pasaje en que compara la muerte de su hermana, por trágica que fuera, con el sufrimiento de millones en la Unión Soviética cuyos seres queridos fueron torturados y luego asesinados por unos sádicos en la celda de una prisión o, peor todavía, enviados como esclavos a un GULAG”. “El auténtico protagonista de su libro no es ni Stalin ni sus víctimas, sino Amis, el pretendido historiador: Amis cavilando sobre el sufrimiento del mundo desde la seguridad de su hogar”.

Vaya con el historiador antibolchevique!
El baile de Natacha
De Figes podemos decir que ha escrito libros magníficos, entre los que recomiendo vivamente el espléndido El baile de Natacha (Edhasa, 2006) o Interpretar la revolución rusa: El lenguaje y los símbolos de 1917, este último escrito con Boris Kolonitskii (Biblioteca Nueva-Universitat de València, 2001). Y el pasado octubre apareció The Whisperers, private life in Stalin Russia, que es un proyecto mayor si cabe. Dice Figes que, entre 2003 y 2006, tres equipos de investigadores de la Memorial Society de San Petersburgo, Moscú y Perm recuperaron varios centenares de archivos familiares (cartas, diarios, documentos personales, memorias, fotografías y enseres) que habían sido escondidos por los sobrevivientes del terror estalinista. Además, el grupo entrevistó extensamente a los familiares vivos, a las personas que podían explicar el contexto de estos documentos privados y relacionarlos con los antecedentes familiares. El proyecto estuvo encabezado por Figes, con el apoyo del Arts and Humanities Research Council y el Leverhulme Trust. En suma, una colección única de documentos y de testimonios sobre la vida privada soviética bajo el gobierno de Stalin, reflejando el mundo interior de las familias y de la gente común. A partir de todo ese material se configura su nuevo libro y la página web que lo acompaña. Digamos, eso sí, que la Memorial Society es una institución de signo liberal, nada más, en el contexto que ese término tiene en Occidente y sobre todo en la actual Rusia.
Sobre el libro poco hay que decir, pues ha tenido muy buena acogida y lleva meses en las librerías. La reseña para el New York Times, por ejemplo, la hizo Joshua Rubenstein, responsable de Amnistía Internacional, y señaló que, además de otras virtudes, el volumen resiste ese intento de Putin de reimponer la amnesia moral al pueblo ruso, una resistencia hecha desde la gente común y desde la historia cultural. Así empezaba Rubenstein su análisis:

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For many years, Orlando Figes observes, the memoirs of intellectual dissidents, like Eugenia Ginzburg and Nadezhda Mandelstam, and the work of Aleksandr Solzhenitsyn, “were widely greeted as the ‘authentic voice’ of ‘the silenced,’” telling us “what it had ‘been like’ to live through the Stalin Terror as an ordinary citizen.” Their books did indeed reflect the experience of people like themselves, who were “strongly committed to ideals of freedom and individualism.” But they did not represent what happened to millions of other people who were not opponents of the regime and did not engage in any kind of substantial dissent, but were still dispatched to labor camps, to exile in remote settlements or to summary execution. As Figes, a leading historian of the Soviet period, concludes in “The Whisperers,” his extraordinary book about the impact of the gulag on “the inner world of ordinary citizens,” a great many victims “silently accepted and internalized the system’s basic values” and “conformed to its public rules.” Behind highly documented episodes of persecution, famine and war lie quieter, desperate stories of individuals and families who did what they could to survive, to find one another and to come to terms with the burden of being physically and psychologically broken. But it was not only repression that tore families apart. The regime’s reliance on “mutual surveillance” complicated their moral burden, instilling feelings of shame and guilt that endured long after years of imprisonment and exile.

Y así empieza la introducción de su libro el propio Figes:

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Antonina Golovina tenía ocho años cuando la exiliaron con su madre y sus dos hermanos menores a la lejana región de Altai, en Siberia. Habían arrestado y condenado a su padre a tres años en un campo de trabajo por “kulak” o campesino “rico” durante la colectivización de su aldea, en el norte de Rusia, y la familia había perdido su propiedad, a manos de la granja colectiva para la que trabajaban. A la madre de Antonina apenas le dieron una hora para empaquetar algo de ropa para ese largo viaje. La casa en la que los Golovin había vivido durante generaciones fue destruida, y el resto de la familia se dispersó: la hermana y los hermanos mayores de Antonia, sus abuelos, tíos, tías y primos huyeron en todas direcciones para evitar ser detenidos, pero la policía acabó capturándolos, y se les envió a Siberia, o a faenas en los campos de trabajo del gulag, de modo que muchos de ellos no se reencontrarían jamás.
Antonina pasó tres años en un “establecimiento especial”, un campo de registro con cinco barracones de madera en la orilla de un río en donde se apilaban un millar de “kulaks” y sus familias. Después de que dos de los edificios fueran destruidos por unas fuertes nevadas en el primer invierno, algunos de los exiliados tuvieron que vivir en agujeros excavados en la tierra congelada. No llegaban alimentos, porque el establecimiento estuvo incomunicado por la nieve, de modo que la gente tuvo que sobrevivir con los que habían traído consigo de sus hogares. Murieron de hambre, de frío y de tifus, pero no podían enterrar todos los cuerpos, así fueron apilados hasta la primavera y entonces los lanzaron al río.
Antonina y su familia volvieron del exilio en diciembre de 1934 y, tras reunirse con su padre, se mudaron a una casa de una sólo habitación en Pestovo, una ciudad repleta de antiguos “kulaks” y sus familias. Pero el trauma que había sufrido dejó una profunda cicatriz en su conciencia, pero la herida más profunda era el estigma de su origen “kulak”. En una sociedad donde la clase social lo era todo, Antonina fue calificada como un “enemigo de clase”, se le impidió continuar estudiando o acceder a algunos trabajos y quedó expuesta a la persecución y a la detención en las oleadas de terror que barrieron el país durante el reinado de Stalin. Se crió con un sentimiento de inferioridad social qué ella misma describe como “una especie de miedo”, dado que “como éramos kulaks el régimen podía hacernos cualquier cosa, no teníamos ningún derecho, tuvimos que sufrir en silencio”. Tenía demasiado miedo como para defenderse de los niños que la tiranizaban en la escuela. En cierta ocasión, Antonina fue castigada por uno de sus profesores, que señaló ante toda el aula que “los suyos” eran “enemigos del pueblo, ¡despreciables kulaks. Desde luego, merecéis que os deportaran, sólo espero que aquí os exterminen!” Antonina sintió una injusticia y una cólera profundas y eso hizo que deseara lanzar un grito de protesta. Pero un miedo mucho más profundo la silenció.

Figes, Susurros...
En fin, para no alargar mucho esta entrada y aclarar el asunto, me permitiré reproducir la entrevista que Juana Libedinsky le realizó para La Nación de Argentina el 21/10/2007:

-Después de toda una vida profesional dedicada a estudiar Rusia, ¿hubo algo que lo sorprendiera al investigar la vida privada durante el comunismo?
-Los cinco años en los que trabajé en este proyecto fueron de una sorpresa constante. Desde que se abrieron los archivos, en los últimos diez o quince años, ya se había podido investigar mucho sobre la estructura del partido y la política. Sin embargo, nadie había logrado entender cómo el sistema de valores oficial había logrado entrar en la vida privada de la gente y cómo la población lo había interiorizado. Nuestro desafío fue hacer el primer estudio sistemático al respecto, y muchos de los hallazgos fueron totalmente inesperados. Primero de todo, fue sorprendente el nivel de miedo y ansiedad que todavía queda en la población al hablar sobre su vida personal y la de su familia. Una de las razones por las que no hice este trabajo a principios de los 90 fue que sentía que la gente no estaba lista para abrirse. Esta vez, en cambio, encontré que si bien había muchos que efectivamente no sólo querían, sino que necesitaban hablar de estos temas, les resultaba prácticamente imposible por el pánico a decir algo equivocado y que eso tuviera consecuencias. Y esto no sólo en el campo sino incluso entre la elite intelectual moscovita. Lo otro que me sorprendió fue una constante paradoja: la gente que más había sufrido por el régimen, era generalmente la que más profundamente creía en él.

-¿Cómo es eso?
-Por ejemplo, entrevisté al hijo de unos campesinos que habían sido enviados al Gulag en Siberia. Toda su vida había sido discriminado. Aun así, siempre trató de ser admitido en el partido y una de sus mayores alegrías fue cuando lo logró, en 1960. Tratamos de llegar a su estructura de creencias y nos dimos cuenta de que él realmente creía en Stalin y en los enemigos del pueblo, a pesar de haber sido declarado uno de ellos junto con su familia. El mismo no podía explicar esa aparente contradicción. Finalmente dijo que si uno creía en Stalin y creía en que había un objetivo ulterior para el bien de todos, era más soportable sufrir la represión. Es decir, el caso propio, la tragedia individual, se transformaba en algo necesario para el gran logro final. Es una mentalidad muy difícil de entender desde una perspectiva occidental, pero sirve para iluminar por qué muchas personas sienten todavía nostalgia por el período estalinista, incluso quienes personalmente sufrieron la represión.

-¿Diría que es un trabajo que sirve para entender la Rusia actual?
-Sí, creo que podemos extraer lecciones cruciales. La historia, por supuesto, siempre es tanto sobre el pasado como sobre el presente, porque es tanto sobre la memoria como sobre la construcción de la identidad actual, sobre la manera en la que una población se interpreta a sí misma. Con esta investigación pudimos aprender mucho sobre la naturaleza de la dictadura de Stalin y lo que le hizo a la vida de la gente, pero más importante aún es que sirve para entender lo que yo llamo la conformidad silenciosa que existe en Rusia hoy. ¿Cómo entender, si no, que el 80 por ciento de la población apoye a Putin? Lo que el pánico y la ansiedad de la gente pone al descubierto al hablar aún hoy es que se trata de una sociedad que ya no reflexiona sobre sí misma sino que se mueve por actos reflejos que la llevan a acallar las críticas personales y moverse con la mayoría.

-¿Cuál diría que es la gran lección que se puede extraer de su trabajo?
-Al terminar el proyecto me di cuenta de que la herencia de Stalin afectó a tres generaciones. Por eso la gran lección es que la represión que se ejerce contra una persona no sólo la afecta a ella y a su familia inmediata sino a muchas personas y a sus descendientes. En la última parte del trabajo nos enfocamos en los hijos y nietos de personas que habían sufrido la represión estalinista y encontramos un patrón común. En general sus padres y abuelos, para protegerlos, no les habían contado lo que habían vivido, pero los chicos instintivamente lo percibían y se autocensuraban, se ponían un límite interno a lo que se atrevían a hacer y decir. Por eso muchos hijos y nietos de las víctimas, aunque sus simpatías estuvieran del lado de los disidentes en los 60, no hacían nada al respecto. Esto para mí explica por qué el sistema soviético duró lo que duró. Ideológicamente, en las décadas del 60 y 70 el sistema estaba muerto, pero si bien nadie creía en él tampoco había una verdadera oposición. ¿Por qué no la había? Por lo que algunos de nuestros entrevistados llamaron un temor genético, que recibieron en la sangre de sus antepasados.

-¿La Rusia estalinista fue un ejemplo único o comparable con otros sistemas represivos?
-Muchas veces se hacen comparaciones morales con el régimen nazi pero eso creo que es un error. La Alemania nazi duró 12 años; el sistema estalinista soviético, 75, y de muchas maneras sigue vivo hoy. Cuando una dictadura permanece durante tanto tiempo prácticamente cambia la condición humana. Creo que la única comparación acertada es, obviamente, con China, pero quizá sirva para entender también a las culturas que han tenido regímenes autoritarios por un período muy prolongado y se puedan extraer lecciones sobre cómo condiciona a la gente ese tipo de atmósfera política. Al respecto, lo otro que me sorprendió fue cómo, en el medio de las historias terriblemente tristes, salían historias de gente de extraordinario valor. El terror sacó lo peor, pero en algunos casos, sacó lo mejor de la población, y esas historias sirven para recordarnos de lo que son capaces los seres humanos en condiciones imposibles, de los extremos a los que están dispuestos a ir para salvar a otros. Fue muy conmovedor.

-¿Pero cómo se explica que algunos obedecieran ciegamente y otros pusieran su vida en peligro por los demás?
-Me gusta creer que los seres humanos son capaces de hacer el bien tanto como son capaces de hacer el mal. Lo más interesante es cómo muchas veces una misma persona es capaz de ambas cosas. Encontré muchas historias que lo demuestran. Por ejemplo, la de un fiscal de Leningrado que, al enterarse de que los padres de una chica de 14 años habían sido arrestados y habían tenido que dejar a su hija a cargo de dos medio hermanos pequeños, fue y personalmente se ocupó de abrirle la casa (que había quedado sellada) para que sacara dinero y objetos para poder sobrevivir. Si alguien se enteraba de lo que había hecho, él hubiese sido enviado directo al Gulag. Es la historia de valentía de un hombre que a la vez era parte del sistema de represión. Los seres humanos somos animales complejos: si nos sueltan en un sistema político como el soviético podemos agachar la cabeza y cometer atrocidades, pero a veces nuestra humanidad igual puede resplandecer.

-Al cumplirse noventa años de la Revolución Rusa, ¿cómo cree que debería ser recordada?
-Es una pregunta difícil. Hoy todos vemos a la Revolución Rusa como lo que fue: un experimento utópico que salió mal y arruinó la vida de millones de personas. Lo que no podemos saber es, en el contexto del Armagedón que fue la Primera Guerra Mundial, si no fue acaso un experimento utópico que necesariamente debía intentarse. Lo que me parece peligroso es hacer juicios morales si no entendemos los tiempos que se vivían, como decir -desde nuestra distancia- que se trató sólo de un acto de maldad planeado por Lenin y sus seguidores. Simplemente, creo que fue uno de los momentos trágicos de la historia de la humanidad y que así es como debe recordarse.
Posdata: Concluida esta entrada y mientras reposa en espera de ser publicada, ha aparecido un artículo en El País titulado "Viaje al imperio de los susurros".

comunismo y clase obrera

Hernán Camarero. A la conquista de la clase obrera. Los comunistas y el mundo del trabajo en la Argentina, 1920-1935, Siglo Veintiuno Editora Iberoamericana, Buenos Aires, 2007, 397 páginas.
Camarero

El comunismo en la argentina sufriría, junto con otras tendencias que pretendieron tener ascendencia en la clase obrera, una incontrastable derrota frente a ese emergente social particularísimo que fue el movimiento encabezado por Perón. De eso no hay duda: el peronismo significó en muchos aspectos un parteaguas que arrasó con las identidades tradicionales de un actor que cobraba, en las postrimerías de la segunda guerra mundial, inusitada importancia. Donde había más dudas que certezas concretas era sobre la filiación de la clase obrera pre-peronista a partir de mediados de los años ´20, ya que en la etapa previa anarquistas, sindicalistas revolucionarios y en menor medida socialistas pugnaban por gozar del favor de una clase en constitución. Algunos adelantos historiográficos han constatado, por cierto, creciente importancia del comunismo en las luchas obreras durante la década del ´30. Así lo certificó Nicolás Iñigo Carrera en su análisis de la gran huelga de 1936; también Mirta Lobato en su estudio sobre los frigoríficos de Berisso. Sin embargo, más allá de los trabajos pioneros e incluso de quienes desde la crítica o el seguidismo abordaron el comunismo de entreguerras, no existían trabajos sistemáticos ni sobre el Partido Comunista, ni sobre la interacción de sus militantes con su objeto primero. El libro de Hernán Camarero viene a saldar esa deuda historiográfica. A partir de un muy exhaustivo relevamiento de fuentes, tanto partidarias como sindicales, el autor se interroga sobre la penetración del comunismo en el “mundo del trabajo” entre 1920 y 1935. El deliberado corte temporal corresponde al cambio del estrategia operado en el PC, acompañando, siempre acríticamente, los mandatos de Moscú. Desde 1928 y hasta 1935 los comunistas habían adoptado la estrategia de clase contra clase. El también denominado tercer período fue la etapa más sectaria de los liderados por el tándem Codovilla-Ghioldi, no obstante es allí donde más perceptibles son los frutos de los intentos por conquistar a la clase obrera a partir de esa exclusiva herramienta que significó la células de fábrica y calle para la implantación partidaria, sobre todo, en los enclaves manufactureros de Capital Federal y Gran Buenos Aires aunque sin desestimar otros centros urbanos de importancia como Rosario, La Plata y Córdoba donde también tuvieron presencia. El autor hace una aquí una significativa discriminación: los comunistas tuvieron éxito en su relación con el proletariado fabril, pero en el “sector servicios”, que en rubros como el ferrocarril y transportes marítimos nucleaba a buena parte de los trabajadores sindicalizados, los comunistas nunca pudieron desalojar a sindicalistas y socialistas. Pero Camarero no se queda solamente en el estudio del plano celular y sindical de los comunistas, releva profundamente las luchas diversas encabezadas por éstos y las persecuciones, torturas y proscripciones que sufrieron, fundamentalmente, a partir del golpe cívico-militar que derrocó al radicalismo en 1930. También, anexa otros caminos recorridos por los cominternistas: el intento de configurar una “cultura obrera” alternativa y a la vez doctrinal que lleva al autor a explorar experiencias culturales – muchas de ellas parangonables con las socialistas, aunque en menor escala y perdurabilidad- como también iniciativas de corte deportivo (como la fundación de clubs) que pretendían rivalizar con las “instituciones burguesas” en tiempos de la incipiente profesionalización del fútbol. Otro punto que trabaja el autor, y que enriquece la obra, es el tratamiento que los comunistas le dispensaron a los extranjeros y que los diferencia sustantivamente de socialistas y de otras corrientes. El carácter internacionalista de la doctrina de los soviets impulsó, por ejemplo, que muchas de sus publicaciones, folletos y volantes fuesen editados en diversos idiomas. Así muchos discursos de barricada eran ejecutados en húngaro, italiano, polaco, alemán, ruso, idish y por supuesto en español. Pero el dato sociológico que no hay que desdeñar aquí es que hasta 1930 persistió un predominio inmigrante sobre la masa de trabajadores industriales en Capital y en el Gran Buenos Aires.
Mucho queda aun por hacer en materia de estudio de las diversas tendencias de la izquierda en argentina. La obra de Hernán Camarero es un gran avance para quienes abordan el período de entreguerras y ya no podrán obviar, como actor importante aunque no excluyente, a quienes fueron los principales impulsores de la sindicalización única por rama y tuvieron una sólida presencia en la clase obrera industrial pre-peronista. Pero frente a tanto lauro, una crítica: bien es sabido que los comunistas aceptaron sin debate, aunque con fracturas por esa ausencia, todos los postulados que eran ordenados desde la dirección internacional; también sabemos por Camarero que a esta obediencia a los mandos moscovitas no se le correspondió con “el oro de Moscú”. Sin embargo, en su tratamiento del PCA como estructura Camarero parece caer en lo que Angelo Panebianco denominase prejuicio teleológico atribuyéndole previamente fines al partido que representarían su razón de ser, conduciendo a la definición de partido obrero mucho antes que el PCA se constituyese como tal durante los años ´30.

revolución

en las últimas décadas las reflexiones o discusiones acerca del controvertido concepto de “revolución” prácticamente han desaparecido del escenario público, inclusive del académico. Indudablemente, el colapso de los sistemas del socialismo real, en el marco de un fenomenal avance de la discursividad neoliberal, relegó a un oscuro rincón el análisis de la temática; hasta la propia palabra parece haber entrado en un estado de hibernación. Cabría indicar, como ejemplo, que el derrumbe de los regímenes comunistas fue interpretado, al calor de los acontecimientos, como una serie de “revoluciones democráticas”; concepto que, rápidamente, también ha pasado a mejor vida.
el desplome de los socialismos reales, o por lo menos de aquellos bajo influencia directa de la unión soviética, colocó severas dudas en torno al futuro probable de la revolución. En efecto, el despiadado retorno al capitalismo de regímenes que durante décadas se consideraron la plasmación práctica de la superación “necesaria” del sistema económico-social burgués, abrió gruesas hendiduras en las certezas que sostenían la praxis marxista; inclusive entre aquellas vertientes de ese pensamiento que no comulgaban con el comunismo soviético (exceptúo aquí aquellos para los que, al parecer, nada ha pasado, y siguen repitiendo como si tal cosa las palabras de lenin o trotsky). Entre esas dudas, la propia concepción del término “revolución” debió abrirse paso; aunque aún, hasta donde sé, no es eso lo que ha ocurrido. ¿Será posible seguir pensando la revolución como el resultado necesario de la contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción? ¿Tendrá alguna utilidad reiterar que las revoluciones ocurren “cuando los de abajo no quieren, y los de arriba no pueden” mantener el statu quo? ¿Cuál será, si es que existe alguna, la relación entre estructuras socio-económicas, grupos sociales y regímenes políticos que posibiliten una revolución? Pero antes de nada, ¿qué significará este término?
respuesta para esta última pregunta no tengo. Sin embargo, me gustaría compartir dos expresiones, vertidas por dos intelectuales latinoamericanos en contextos y momentos diferentes. Ellas no son “definiciones”. Pero a mí se me figura que pueden servir como disparadores de ulteriores reflexiones.
luis cabrera, un abogado mexicano, participante en la revolución iniciada en 1910 en aquél país, afirmó sin vacilaciones que

la revolución es la revolución

esta afirmación tiene un notable aire de familia con aquella otra del jacobino saint just: “la fuerza de las cosas nos lleva tal vez a resultados que no habíamos pensado”. cabrera, seguidor de madero y luego de carranza en la revolución mexicana, esto es, de las vertientes más moderadas e institucionalistas de tal proceso, parece compartir la misma óptica, o acaso, la misma comprobación, entre sorprendida y resignada, de la imposibilidad de mantener el curso de una revolución en los márgenes previamente concebidos por quienes se consideran sus iniciadores. Y me parece que este tipo de análisis nos abre la puerta hacia las modernas concepciones que insisten en el carácter radicalmente contingente de los procesos políticos.
la segunda expresión es debida al historiador, cientista social y ensayista boliviano rené zavaleta mercado. Para él,

la revolución es la fiesta de la plebe

no la violencia “necesaria” de los sometidos por injusticias permanentes; no la “necesaria” superación de tal o cual régimen social; no la toma del poder por una nueva clase; no la instauración de un nuevo sistema político. La fiesta; porque la fiesta, creo entender, es liberación. No es la dictadura del proletariado; no es la represión de los represores. Es la camaradería alegre; es, parafraseando a los quilapayún, un momento donde los hombres y las mujeres “se asignan el deber de la sonrisa”.
Independientemente del valor y el alcance que pueda asignársele a ambas expresiones, creo que el pensamiento sobre la revolución, si se quiere replantear, ganaría bastante si dejara de considerarla en términos de “necesidad” y “represión” y la entendiera en términos de “contingencia” y “liberación”.

propaganda y afiches

En un reciente post de Edwired se hace mención a varios recursos importantes para el estudio de la cultura material del comunismo. El ejemplo que el post recupera muestra dos pósteres: uno de 1972 que acusa, a quienes beben en el trabajo, de traicionar al estado y a los obreros; y el segundo, de 1988, que postula el carácter destructivo del consumo de drogas. El autor del post sostiene que puede verse en la contraposición de ambos afiches (ver abajo) diferencias en lo que respecta al tipo de control que se busca ejercer desde el régimen (el segundo afiche resulta menos ideológico: la falta de referencias a actores no directamente ligados al flagelo que se pretende combatir y la ausencia del color rojo, por mencionar dos indicios, parecen sugerirlo). Edwired promete más posts sobre el tema.

Imagen de 19721972
Imagen de 19871988

Es importante relevar este tipo de entradas en la medida que la multiplicación de imágenes ligadas a la propaganda estatal no implica que se multipliquen los análisis de las mismas. No abundan ni siquiera las indicaciones sobre el contexto de producción de las imágenes que se publican. Los casos más elocuentes son las dos series que bpx ha incluido en su sección Flickr (casi 1500 imágenes de pósteres de la URSS por un lado y más de 2800 pósteres de la segunda guerra mundial por el otro): no se trata de propaganda, no se trata de imágenes que nos hablan de las modalidades de control o recepción que informan a diversos estilos gráficos: son jpges atractivos, vistosos, variopintos. (El mejor lugar para ellos está en Coverpop). Contra la indiferenciación del arcón flickr -al que a menudo recurrimos-, el instigante estudio de Victoria Bonnell, Iconography of Power. Soviet Political Posters under Lenin and Stalin. Libro del cual pueden leerse fragmentos y pósteres en la página de la autora.