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los bárbaros

Alessandro Baricco. Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación. España, Anagrama, 2008.

Los bárbaros

Hay varios tipos de barbarie. Todos se parecen. Si no fuera así, algunos quedarían fuera de la clasificación.
Incluso puede decirse algo más: el intento por tipificar modos de ser bárbaro no borra o desdibuja una frontera sino que la corre hacia afuera, y hace de las barbaries de extramuros formas ininteligibles. Por ejemplo, en el libro Ciudad de Dios de Paulo Lins (e incluso en la película homónima, la que me gustó más), el narrador nos dibuja una villa miseria (una favela) cada vez menos borrosa, cada vez más predecible. En ese pago hay una banda de niños incodificados, primitivos, anormados, anómalos, etc. Seres difíciles de seguir, inmorales. Bueno, ahí está otra vez, el centro negro de la barbarie.
Pero esos tipos ideales también adquieren sentidos no a través de lo que separan sino de lo que amontonan: sus audiencias. Hay un público para cada definición de bárbaro y el más curioso y extravagante de todos ellos es aquel al que lo bárbaro le gusta. Sin embargo, aún ese público es heterogéneo. Podríamos dividirlo en dos grandes grupos: a algunos sólo le gusta la barbarie política. Simpatizan con aquella modulación que altera las relaciones de poder, que se queda con él o al menos lo reclama (consciente o inconscientemente, hay ahí otra división celular). Y, hay que aclarar, no es cuestión de gustos. Ese grupo que prefiere la barbarie política no presentará demasiadas objeciones si se marchara contra la clase civilizada, se le arrancara el gobierno de las manos, se tomaran drásticas medidas contra los enemigos y y se convirtiera toda la comarca en una pira. Pero si en medio de ese carnaval de "fuego en los castillos" ardieran cien años de tradiciones pictóricas y se mearan quinientos años de cerámica, voces desde el grupo empezarán a preguntar si todo eso es necesario…
En Los bárbaros… Alessandro Baricco manifiesta una profunda curiosidad por la mutación social contemporánea. El novelista italiano pertenece a la sección de los que gustan de una barbarie "no política" (ya sé, no sirve de nada ese nombre). Podría poner varios ejemplos de los límites de ese tipo de simpatía por el demonio, pero tal vez todo pueda resumirse en la increíble ausencia en las excelentes reflexiones de Baricco de la violencia como procedimiento bárbaro. Pero veamos (hay dos posts de Alejandro Piscitelli que son inexcusables para acompañar la lectura de Baricco -de hecho me enteré de la existencia del libro por el primero de ellos-: uno y dos).
Baricco parte del vago sentimiento generalizado en la comunidad intelectual y sus alrededores acerca del saqueo, del empobrecimiento cultural, de la metralla de los reality shows, los fast food, las larguísimas ediciones de la autoyuda ("una especie de declive de la cultura burguesa occidental"). Sus ensayos están pensados para escapar del sentido común culturalista y para comprender al monstruo (uno con branquias detrás de las orejas, que será acuático aunque ahora sea anfibio). Baricco escribió un libro por entregas (en principio Los Bárbaros… fue columnas en La Repubblica, publicadas durante el 2006); y ese libro trata acerca de lo que él considera un cambio radical en la concepción de la experiencia y el sentido. Y para considerar los síntomas de esa metamorfosis (superficie en lugar de profundidad, velocidad por reflexión, multitasking en lugar de especialización, etc.) Baricco se detiene en tres objetos culturales magníficos: el vino, el fútbol y los libros. Compara este momento con el contexto del ascenso de la burguesía, y considera que esta mutación es una carga antiromántica y, en cierto modo, contra la ilustración. Sin embargo, como su audiencia es civilizada los acentos no están puestos en los más revulsivo de la batería bárbara sino en las preguntas que liberan en su ataque a la noción de espíritu, noción que rodea asfixiantemente también a muchos civilizados. Y a cada paso, Walter Benjamin. Un Benjamin "disminuido" podríamos decir si nos diera por hacernos los civilizados, en la medida en que esas comparaciones se hacen a marchas forzadas (toda la culpa, dice Baricco, la tienen estas branquias que han empezado a salirme), pero un benjamin al fin. Cada tanto, el escritor consigue hacernos creer que estamos leyendo un tratado, porque sus intuiciones son fenomenales: por ejemplo cuando reflexiona sobre las admoniciones contra Google y se pregunta "¿Qué clase de criterio de calidad es este que está dispuesto a trocar un poco de verdad a cambio de una cuota de comunicación?" Y es que el costo de la verdad es altísimo, dice Baricco. El esfuerzo que implicaba entender La Novena ya no rinde sus frutos (además, como bien dice Lévi-Strauss, ya muy pocos leen música), ya no da placer. Sólo parece haber necesidades. Dice Baricco:

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…con la complicidad de una determinada innovación tecnológica, un grupo humano esencialmente alineado con el modelo cultural del Imperio accede a un gesto que le estaba vedado, lo lleva de forma instintiva a una espectacularidad más inmediata y a un universo lingüístico moderno, y consigue así darle un éxito comercial asombroso…

Los límites de este libro son lo mejor que tiene porque dan lugar a preguntas y discusiones: en la cita, la noción de Imperio es casi tan discutible como el término ese de "forma instintiva". Es que Baricco enmudece frente a las hordas que pueblan Europa y frente a las variaciones violentas con las que se expresan algunos clanes bárbaros. Y habla la lengua sapiente de la razón para que los civilizados lo acompañen. Tomando como metáfora a la Muralla China les habla a los burgueses del espíritu para que comiencen a comprender, para escapar de la figura ominosa del monstruo. Por momentos mutante, por momentos pensante, Baricco no sabe cómo rematar sus analogías y metáforas porque no quiere hablar del expediente político de la mutación. Prefiere decir que todos estamos mutando. ¿Es eso?, ¿eso es lo que pasa?

Eurocopa: Fútbol e identidades

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No es la primera vez que hablamos de fútbol, pero ahora será desde otra perspectiva. En mi descargo diré que tenía pensado un extra bloguero para atender a lo que se avecina en los próximos días, pero mis colaboradores más cercanos han huido despavoridos. Así las cosas, esto es lo que hay.
Tras su Sport, politiques et sociétés en Europe centrale et orientale (Éditions de l’Université de Bruxelles, 2005), los belgas Jean-Michel De Waele y Alexandre Husting editan ahora en la misma editorial un nuevo volumen titulado Football et identités. El libro recoge las aportaciones más relevantes presentadas al coloquio “L’adhésion identitaire aux clubs sportifs” que tuvo lugar en Bruselas hace ahora tres años en el Institut d’Etudes Européennes de la Université Libre de Bruxelles.
Fútbol
La obra se plantea problemas tales como qué hemos de entender por “identidad deportiva” y cuáles son hoy los resortes de los procesos de identificación deportiva. Las respuestas a estas cuestiones son a menudo superficiales y lo habitual es que se use el concepto de identidad deportiva de manera reductora o partidaria, pero sabemos que la identificación del espectador con un equipo no sólo es un componente clásico del espectáculo deportivo sino también un fundamento del “nacionalismo deportivo”. Así pues, señalan los autores, la adhesión a un equipo o a un deportista tiene múltiples implicaciones. ¿Los hinchas se mueven exclusivamente por el arraigo local de su equipo? ¿cuentan otros parámetros como el estilo de juego del equipo, sus resultados, sus orígenes sociales o históricos, sus afinidades ideológicas, su composición o incluso su localización? En épocas de globalización, dónde se supone que se borran las fronteras nacionales, los referentes identitarios tradicionales se debilitan y se impone el deporte-espectáculo ¿cómo entender las identificaciones individuales y colectivas de los hinchas con un club? La adhesión a un equipo de fútbol ¿constituye un sustituto a los referentes identitarios tradicionales en declive (iglesias, sindicatos,…)?
Estas cuestiones son las que abordan los distintos autores. Unos, desde una perspectiva teórica, explorando la dialéctica entre lo particular y lo colectivo, intentando entender los mecanismos por los cuales un colectivo de once jugadores materializa esa entidad imaginaria que es la nación, encarnando lo invisible. Otros son más descriptivos y abordan casos concretos, distintas formas de expresar esa identificación. Aparecen así ejemplos opuestos, como el modelo portugués (con adhesiones arbitrarias) y el corso o el argelino (muy complejos y asociados en parte al nacionalismo).
En fin, la lástima es que nadie se haya ocupado del caso español.

Índice:
Introduction. Football et identités du «Je» au «Nous» en passant par «les Autres», de Jean-Michel DE WAELE y Alexandre HUSTING (Université libre de Bruxelles); Composants de l’identité, mécanismes de l’identification, de Paul YONNET; Le supportérisme: identification, distinction et égotisme, de William NUYTENS (Université d’Artois); La bataille pour la reconnaissance : le soutien des supporters après la fusion de deux équipes de football, de Filip BOEN y Norbert VANBESELAERE (Katholieke Universiteit Leuven); «De quel club êtes-vous ?»: identité footballistique au Portugal, de Emmanuel SALESSE (Université de Paris IV); Football corse et identitarisme, de Didier REY (Université de Corse) y Thierry DOMINICI (Université de Bordeaux IV); Sport postcolonial algérien et résistance des «supporters» au changement des marqueurs identitaires des clubs de football, de Youcef FATÈS (Université de Paris X-Nanterre); L’Union européenne contre les identités du football ?, de Alexandre HUSTING (Université libre de Bruxelles); «Fiers d’être… »: la mobilisation d’une identité locale ou régionale dans la construction d’une cause par les supporters ultras français, de Nicolas HOURCADE (Ecole centrale de Lyon): Le supportérisme à distance. Réflexions sur les attachements territoriaux et les formes de l’apparence communautaire dans le football contemporain, de Ludovic LESTRELIN (Université de Caen).
Fútbol
Y, en fin, a quienes mi particular contribución al evento futbolístico les parezca escasa, les recomiendo:
“Joga Bonito”, la reseña del crítico televisivo (y futbolístico) del periódico canadiense Globe and Mail a propósito del volumen de su multifacético colega Alan Twigg: Full-Time: A Soccer Story (Ramdom House). Se puede consultar en la Literary Review of Canada, vol. 16, núm. 5, junio de 2008.
“Murder in Mexico”, del periodista Brian Glanville, en Index on Censorship, vol. 37, núm. 2, mayo de 2008, que trata sobre la olimpiada mexicana y las protestas estudiantiles (la masacre de Tlatelolco)
El texto que Benedict Seymour, editor de la revista Mute, publica en su último número: “Blurred Boundaries: Sport, Art and Activity", sobre la convergencia de arte y deporte, así como su potencial utópico.
Para quienes, deseando mantenerse en el terreno deportivo, deploren la pelota, tienen al teórico del arte Max Ryynänen, que alaba las virtudes estéticas del hockey sobre hielo en el suplemento literario Kontur. Claro que, y el que avisa no es traidor, el texto está en sueco. A ver quién se atreve!
Pues eso, que el "fútbol es así". De nada…

“La historia, arma de desposesión”

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Podemos decir que todos los lugares están saturados de historia, pero que los hay en los que ésta rezuma sin compasión. Entre estos últimos está, sin duda, Palestina. Tomemos un caso concreto, el de Silwan, un barrio de Jerusalén donde los arqueólogos israelíes han empezado a excavar, con la amenaza de que tal actividad suponga la expulsión de sus habitantes palestinos. Para hacerle frente, los ciudadanos del lugar han emprendido una campaña de movilización a la que se han sumado prestigiosos académicos, además de acudir a los tribunales, que paralizaron momentáneamente las obras. En cuanto al manifiesto de apoyo, han firmado destacados estudiosos, como Thomas W. Laqueur, Marshall Sahlins o Natalie Zemon Davis, pero la recogida de firmas está aún abierta.
Los interesados pueden leer la noticia en counterpunch o en Rebelión, donde se dice, entre otras cosas:

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Hace cuatro décadas Israel ocupó Jerusalén Este durante la Guerra de los Seis Días y desde entonces los arqueólogos israelíes no han cesado de intentar (infructuosamente) obtener pruebas de la presencia del rey David en ese área. Ocasionalmente han llegado incluso a abstenerse da documentar la arraigada presencia musulmana, que constituye el legado cultural de los habitantes palestinos. Y, en cualquier caso, el hecho de que ni una sola estructura musulmana haya sido preservada en todo el parque nacional que se ha creado en Silwan delata claramente esta estrategia de arrasamiento. Al concentrarse casi exclusivamente en desenterrar los restos del reino de Judea, ignorando los ulteriores 3.000 años de historia, los arqueólogos israelíes han violado varias de las reglas éticas establecidas por el Congreso Arqueológico Mundial. Entre ellas se encuentran el reconocimiento del “legado cultural indígena, incluyendo sitios, lugares, objetos, artefactos, restos humanos”, así como el estableciendo de “colaboraciones y relaciones equitativas” entre arqueólogos y poblaciones indígenas cuya herencia cultural aquellos investigan.
In 1998 la organización Elad recibió un espaldarazo decisivo cuando la Autoridad Israelí de Protección de la Naturaleza y Parques Nacionales y el Ayuntamiento de Jerusalén contrataron los servicios de la organización de colonos como subcontratista encargado de gestionar “La Ciudad de David”, el parque nacional situado en Silwan. Posteriormente Elad, que recibió fondos gubernamentales y un permiso para realizar excavaciones arqueológicas en el área, subcontrató esos trabajos a una agencia estatal, la Autoridad Israelí de Antigüedades.
Revestida de la autoridad que le confieren diversos brazos del gobierno israelí, la organización Elad aceleró sus esfuerzos para judaizar Jerusalén Este. El grupo cabildeó con éxito para que el ayuntamiento decretara el derribo de 88 hogares palestinos con la intención de construir un parque arqueológico en el vecindario, un plan que ha sido momentáneamente suspendido debido a la presión internacional.
Más recientemente la Autoridad Israelí de Antigüedades comenzó a excavar bajo los hogares de algunos vecinos de Silwan sin informales previamente. Temiendo que las excavaciones acabaran destruyendo los cimientos de sus viviendas los vecinos apelaron a la Corte Suprema Israelí. La misma noche en la que dieron registro de entrada a su apelación la policía israelí asaltó sus viviendas y arrestó a cinco personas.

De todos modos, la cosa ya viene de lejos, con reiteradas denuncias de que Elad estaría intentanto judaizar Jerusalén Este con la compra de inmuebles y con las mencionadas excavaciones

Cassin y Google

Bárbara Cassin. Googléame. La segunda misión de los Estados Unidos, CFE-Biblioteca Nacional, Buenos Aires, 2008, 159 páginas.
Googléame

En algún lugar de su libro, la filósofa Bárbara Cassin usa una frase que nos viene bien: "un contra-torpedero es ante todo un torpedero". Si esa sentencia la aplicamos sobre Googléame… nos obliga a desmontar un dispositivo sobre el que muchos sólo han reparado en su manifiesta intención (este, otro, esteotro): cuestionar la empresa Google, a partir de algunos comentarios críticos sobre dos de sus principios más reconocidos: organizar la información y no ser malvado. Google y sus partidarios (?) pueden argumentar que tratamos con una empresa cultural y democrática; Cassin dice que Google que no es ni democrática ni cultural. El desenfreno consumista, la intratable metralla de clics y la ilusión del PageRank son temas que Cassin aborda para echar por tierra las aspiraciones que alguna vez los ex-jóvenes dueños de Google le contaron a Playboy (la autora sobreusa no intencionalmente esa entrevista). Su propuesta no es muy distinta a la que a menudo oímos por ahí: una vuelta a lo mejor del patrón letrado, a un mundo de evaluadores tangibles, con criterios cualitativos de ponderación, a una arcadia de expertos en la que la política consista en "ayudar de manera diferencial a escoger lo mejor". La frase del torpedero exige entonces que, aún si coincidimos con algunos de los argumentos de Cassin en este texto, nos detengamos a pensar la oferta que la autora nos hace para que dejemos de clickear por un segundo.
Después de leer el libro no es fácil decir si se trata de un manual de cuestiones ligadas a Google (tiene "recuadros" en donde se explican algunas cosas –no todas– que el lector imaginado tal vez desconozca) o de un catálogo de denuncias contra la empresa búsqueda-centrada. La duda obedece a que el pequeño libro está a mitad de camino de ambos destinos. Aquellos que hayan leído un par de libros sobre Google advertirán además que mucho ya ha sido dicho. El libro de John Batelle, Buscar, trata de manera más sistemática y con perficiencia muchos de los temas indicados por Cassin. Googléame… se pone mejor hacia el final, en donde la autora toca algunas cuestiones ligadas a proyectos europeas que compiten con Google y donde Cassin se explaya, un poco, sobre la comparación entre Google y la sofística. Sin embargo, las definiciones más "iluministas" de la autora aparecen en los últimos capítulos, en especial en el que trata sobre la "democracia cultural". Y es esa pócima, la infusión de la "obra", del lugar del "autor", de la "verdad", de la "calidad", de la "autoridad", etc., la que ya no se puede vender tan fácilmente, la que ya no podemos ingerir por ninguna vía de manera fluida. Las nuevas tecnologías, y entre ellas Internet y entre ellas la web, han hecho la ingesta un tanto más complicada. Cassin lo sabe.
Lo sabe tanto como conoce el hacer académico. Pero a la hora de hablar sobre las problemáticas implicadas en Googléame… (luego de decir que la primera misión es la Bush y la segunda misión a la que hace referencia el subtítulo del libro es la de Google) prefiere cuestionar al PageRank o a la Wikipedia sin haber citado ni una décima parte de la vastísima bibliografía existente sobre esos temas. Uno espera de un intelectual que si va a referir a la gallina araucana, conozca algo de su fisonomía. Máxime si se dedica a denostarla (Cassin critica a Wikipedia, pero una de sus fuentes principales es la propia Wikipedia).
Por otro lado, en el texto se escucha el rumor de un debate que no termina de emerger: una carga de profundidad que la autora arroja como al pasar sobre la cosa de Europa vs. Norteamérica. No sólo allí donde discute efectivamente cómo deberían estar pensados los proyectos de la CEE en competencia con proyectos americanos (redes, GPS, etc.), sino cuando Google aparece muy cerca de Bush y todo ello muy cerca del american way. También puede ligarse a eso la apelación a bibliografía en francés: nada revela más la encerrona francesa que la visión del francés en el aparato crítico de un libro que toca un tema multiplicado por la expansión de la anglofilia.
No tengo la menor duda que el sueño Google debe ser sometido a todo tipo de iconoclastias, pero no nos haremos aquí amigos de Platón por eso. Los mejores intelectuales –Cassin está entre ellos– deben ponerse a practicar, a leer, en fin a inteligir la cosa de la que hablan.
Hace tiempo escribí una reseña sobre el libro de John Batelle. Pensaba que el libro era demasiado festejante de la maravilla Google. Pero es bueno, muy bueno.

La historia de los sentidos

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¿Cómo afectan los cinco sentidos a nuestras experiencias y cómo han informado el curso de la historia? MarK M. Smith, historiador de University of South Carolina at Columbia, explora esas preguntas en su nuevo libro: Sensing the Past: Seeing, Hearing, Smelling, Tasting, and Touching in History (University of California Press/Berg Publishers, 2008). Nada menos que una descripción de la historia de los sentidos desde la antigüedad hasta presente, el último trabajo de Smith pretende profundizar en nuestra comprensión de la historia social y cultural fijando la atención en el sentir.
Sensing the past
Veamos una entrevista aparecida en el Chronicle of Higher Education.
Ante todo, ¿qué es la historia sensorial?
La historia sensorial aborda no sólo la historia de los sentidos sino también su construcción social y cultural, así como su papel al dar textura al pasado. Se ocupa de la manera en la que la gente piensa sobre los sentidos, el proceso cognoscitivo de sus percepciones sensitivas, pero tomando seriamente el contexto social y cultural de esas experiencias. La historia sensorial se esfuerza por enmarcar todo eso de la forma más amplia posible. Enfatiza el papel de los sentidos – incluyendo la vista y la visión – al formar las experiencias de la gente en el pasado y demuestra cómo las personas entendían sus mundos y por qué.
Enseñas en Carolina del Sur y buena parte de tu trabajo se ha centrado en la historia sureña de preguerra. ¿Es la historia sensorial particularmente relevante para esos tiempo y lugar? ¿Tu interés se acrecentó yendo más allá de esa época?
Mi interés particular, la esclavitud meridional de preguerra, va más allá de la historia de la raza, de la clase y de la economía política. De hecho, mi primer libro versaba sobre la historia de la conciencia del tiempo en el sur de preguerra (Mastered by the Clock: Time, Slavery, and Freedom in the American South, University of North Carolina Press, 1997). Mientras investigaba para el libro, pude apreciar no sólo la importancia que tenían los diversos tipos de relojes en la formación de la conciencia del tiempo en aquella zona, sino también el papel fundamental que jugó el sonido del tiempo en las plantaciones del sur.
Desde entonces, me hice mucho más sensible no sólo a la evidencia que indicaba cómo la gente vio el mundo, sino a la importancia de lo oído, lo olido, lo probado y lo tocado en la elaboración de toda clase de relaciones sociales en el sur. En cierto modo, dudo que me hubiera interesado por o estudiado la historia sensorial sino hubiera sido historiador de la esclavitud y del viejo sur en la Universidad de Carolina del Sur.
¿Cuál ha sido tu experiencia al estudiar la historia sensorial? ¿Encontraste referentes?
La historia sensorial – incluso aunque no siempre se la llamara así– tiene realmente una amplia y distinguida genealogía, una que me fue especialmente provechosa cuando comencé a indagar sobre este objeto. El trabajo de los primeros historiadores de la escuela de los Annales era muy práctico, y entre los recientes citaría a Alain Corbin, cuya investigación resulta imprescindible. Puede ser que también se observe la influencia de ciertos antropólogos con preocupaciones históricas, tanto en el desarrollo de este campo cuanto en mi trabajo. Por ejemplo, David Howes, de la Universidad de Concordia [en Montreal], era y continúa siendo un inmenso apoyo, así que los historiadores harían bien en leer su trabajo.
Algunos sentidos – pienso en el olor y el gusto y quizás en el tacto – parece que pueden presentar dificultades a la hora de estudiarlos. ¿Piensas que tales obstáculos son la probable razón de que hayan sido pasados por alto en buena medida en la investigación histórica, o piensas que es más debido a un fuerte prejuicio visual?
Pienso que esas dificultades son en gran parte un error, y la evidencia está en la creciente literatura. Como demuestro en Sensing the Past, tenemos, por ejemplo, un trabajo excelente sobre la historia del olor y del olfato desde la antigüedad hasta presente, y hay una creciente literatura histórica sobre el gusto y el tacto. La evidencia histórica de todos los sentidos está ahí – seguramente no siempre, pero está ahí en cualquier caso.
Has acentuado la importancia de " historizar los sentidos” – para frenar la tendencia a filtrar las experiencias sensoriales históricas con sensibilidades modernas. ¿Puedes explicarlo?
La historia sensorial, al menos a mi modo de ver, debe tener mucho cuidado de no asumir que los sentidos son una suerte de atributo "natural", pues de lo que se trata es de localizar su significado y su función en contextos históricos específicos. En general, pienso que la mayoría de los historiadores interesados en los sentidos están de acuerdo con esta aproximación, especialmente porque asumir que "nosotros" (quienquiera que sea ese "nosotros") podemos experimentar y entender los sentidos del mismo modo como, por ejemplo, un esclavo del siglo XVIII sentía su mundo hace enormemente importante el contexto.
¿El campo de estudio está creciendo?
"Creciendo" no es la palabra adecuada, por suave. Se está multiplicando, tanto que es difícil estar al tanto de lo que se hace. Los historiadores -como los especialistas en las disciplinas afines (especialmente la antropología)- están produciendo trabajos a un ritmo asombroso. El campo está más desarrollado en Europa y en Canadá, pero los historiadores de los Estados Unidos han producido algunos trabajos importantes en los últimos años. Los congresos sobre el asunto están proliferando, el objeto está recibiendo atención continua en las principales revistas – The Journal of American History, por ejemplo, presenta una muy buena sección sobre los sentidos en la historia americana que saldrá este septiembre – y hay también una revista interdisciplinaria, The Senses and Society, publicada por Berg en el Reino Unido. Especialmente atractivas son las Series in Sensory History, con distintos libros y monografías sobre la materia que la Universidad de Illinois publicará pronto.
Sensing the past
Algunos críticos se han preguntado si la historia sensorial es históricamente contingente, y si esa aproximación funciona mejor para el siglo XIX. ¿Qué desafíos predices que representa la era digital para el estudio sensorial?
Una vez más pienso que se equivoca quien sostiene que la historia sensorial es adecuada para un siglo en particular. Sólo en los últimos años los historiadores han producido trabajos fascinantes sobre el papel del olor en el cristianismo antiguo, los sentidos en la Inglaterra medieval o el olfato en el siglo XX en América, por señalar sólo algunos.
La era digital puede realzar algunos aspectos de la historia sensorial. Puedo pensar, por ejemplo, en los clips de audio en línea que capturan algo del pasado y, si están correctamente y rigurosamente contextualizados, pueden ayudar a entender algo sobre cómo la gente los entendía. Resulta bastante irónico que la evidencia impresa -concebida en tiempos como muy ocular- sea una muy buena fuente para capturar qué pensaba la gente sobre los sentidos, el significado que les daban y las maneras en las que cuestionaban esos significados.
PD: Un ejemplo del trabajo de Mark Smith: "The Touch of an Uncommon Man"

Un siglo de atonalidad

post cruzado desde Grand Tour

Lo leí en el National Post, de Canadá. Este año marca el centenario del glutamato monosódico, de la máquina de café expreso, del FBI y – lo más importante para dicho diario— de la atonalidad. Yo añadiría, sin querer molestar, que el bicentenario de Darwin no va a ser moco de pavo y que lo del famoso cuerpo policial es cosa aparte.
Pero es cierto, en 1908, el compositor vienés Arnold Schoenberg apartó la tradición clásica de su audiencia. Alejó una de otra, literal y figuradamente, y al hacer eso creó algunas de las piezas de la mejor música de la cultura occidental, dando un giro a la tradición. Schoenberg comenzó a componer siendo un niño, en los ochenta del siglo XIX. Para entonces, la opinión pública europea estaba dividida entre dos monstruos. Brahms, el supuesto reaccionario, que no obstante escribió piezas emáticas cada una de las cuales se relacionaba con la melodía principal. Wagner tenido por progresista, con sus tonalidades, poco dado a apreciar el mundo melódico de su oponente.

Arnold Schoenberg

No obstante, Schoenberg unió esos mundos separados en una noche de 1899 al componer el sexteto para cuerda Noche transfigurada, cuando tenía 25 años. No sólo era música hermosa y sofisticada, eran treinta minutos de música conmovedora que el citado Post sitúa al mismo nivel que lo mejor de Mahler o Richard Strauss. La diferencia es que Schoenberg no quería entretener, porque se sentía un guerrero cultural, alguien que se atrevía a decir aquello de “He descubierto una técnica que garantizará la supremacía de la música alemana durante los mil años siguientes” (la pantonal, la llamaba). Cierto es, indica John Keillor en el Nacional Post, que la mayoría de artistas estaban visitando el diván psicoanalista. Así que no son de extrañar las manifestaciones grandilocuentes, ni que unos u otros escarbaran en el envés de ese sujeto racional ilustrado que ahora se agotaba. Schoenberg estaba en ello y compartía intereses con Egon Shiele y Oskar Kokoschka, con Klimt, Klee y Kandinsky. Cuerpos y paisajes sólo tenían sentido si el artista revelaba la verdad, aunque pareciera horrible, y así el expresionismo se dejaba llevar por la impronta espiritual, instintiva.
Es lo mismo que hizo Schoenberg con la música. De Mozart a Mahler, el mundo clásico clásica transitó un recorrido cada vez más disonante, con más notas cromáticas. Schoenberg sacó la conclusión de que, dado que esas notas iban ocupando el primero plano de las composiciones, en ese tipo de escritura estaba el futuro. Pero, como suele ocurrir, al público no le complacía una música difícil y la crítica fue demoledora. Las cosas han cambiado, pero tampoco en exceso.
Schoenberg no fue un showman o un oportunista, como lo fue Beethoven, a juicio de John Keillor. Era la clase de persona dispuesta a afirmar en público su judaísmo el mismo día que Hitler asumía la cancillería, y en Berlín. Su valor y sinceridad absolutos se extendieron a todas sus acciones. En el verano de 1908, se encontraba de vacaciones en Grunden con su familia mientras escribía el ciclo de canciones de El Libro de los jardines colgantes. En aquellos días, su esposa Matilde le dejó para marcharse con su profesor de pintura, Richard Gerstl. Durante los meses en los que su esposa estuvo ausente, Schoenberg terminó la composición con dos piezas carentes de cadencia ni acorde primario. Suspendió las resoluciones tradicionales en su música, reflejando el trastorno de la crisis matrimonial. Los discípulos del maestro mantuvieron contactos regulares con Matilde hasta que la convencieron para que volviera, cosa a la que accedió aquel otoño. Gerstl quemó todas sus pinturas y después se apuñaló.
La siguiente obra la concluyó Schoenberg en Navidad, su segundo cuarteto de cuerda. Estaba dedicado a su esposa, y el centro tonal era otra vez imperceptible en los movimientos finales. En su lugar había una soprano que cantaba un poema de Stefan George que empezaba con aquello de “Siento aire de otros planetas” y que discurre con cuatro acordes tonales aislados entre sí. De todos modos, el término atonalidad no será utilizado hasta 1912, cuando estrenó con moderado éxito su Pierrot Lunaire en Berlín, el 16 de octubre de 1912, con Albertine Zehme como solista vocal y el propio Arnold Schönberg tomando la batuta. Los mismos protagonistas que en la representación que tuvo lugar en Praga en febrero de 1913, cuya crónica ha pasado a los anales:

Pierrot Lunaire

“Cuando por fin estaba a punto de acabar el último poema se oyó gritar a una sola persona: “¡Se acabó!”. Y aquí sí que se desencadenó la batalla de las opiniones encontradas, en el curso de la cual quedaron ahogados los últimos tonos de la composición. No sólo la juventud entusiasta, sino también la parte del público de orientación más musical se encontraba al final de la representación del lado de los que aplaudían. Sólo que también la oposición se había acorazado. Empezaron a oírse silbidos estridentes, y las llaves hicieron valer sus incultos derechos como instrumentos de crítica. Gritos de “¡Fuera!” intentaban atronar a los de “¡Bravo!” y la pugna entre los partidos se mantuvo sin interrupción hasta que apagaron las luces y el tumulto quedó reducido al silencio. Nada más terminar la representación Schönberg había dejado la batuta sacudiendo la cabeza en señal de visible disgusto y se había retirado. Reapareció sin embargo varias veces, llamado y saludado por el júbilo de sus partidarios, y pudo agradecer el homenaje, no por contestado menos sincero, con una sonrisa. Los sectores que aplaudían habían logrado sin duda una victoria moral. Era la victoria de los amigos del progreso y del esfuerzo intelectual. La victoria de cuantos son lo bastante jóvenes como para dejarse arrastrar y lo bastante inteligentes como para dejar al menos que los demás se expliquen”.
Nunca volvió a la tonalidad. Su convicción influenció a generaciones de compositores que sentían que regresar a la tonalidad armoniosa era un paso atrás, incluso fascista. Así se inició un siglo de música vanguardista.