debate

El primer peronismo: nombres para los conflictos culturales de la nación

El primer peronismo: nombres para los conflictos culturales de la nación.

Nicolás Quiroga

Publicado en Revista Acción. “Los nombres del conflicto”, sección Bicentenario, número 1055, 1era quincena, agosto de 2010.

Los principales acontecimientos durante el primer peronismo son bien conocidos y aquí sólo los recordaremos rápidamente: el 17 de octubre de 1945, distintas manifestaciones de trabajadores y trabajadoras se adelantaron a la huelga declarada por la CGT para el día 18, y reclamaron la libertad de Perón –quien había sido encarcelado por los sectores del gobierno de facto que se oponían a su creciente poderío político–. La movilización que ocupó la Plaza de Mayo fue, de todas, la más grande y reconocida. Más tarde Perón se postuló como candidato a la presidencia de la Nación y fue apoyado por el Partido Laborista, la Unión Cívica Radical Junta Renovadora y algunas fracciones del conservadurismo. El 24 de febrero de 1946 Perón triunfó sobre la Unión Democrática, una coalición de casi todos los partidos establecidos, desde la izquierda a la derecha. En 1951 Perón fue reelegido; sin embargo no terminó su segundo mandato y fue derrocado en septiembre de 1955. Dos meses antes la misma plaza que ocuparon los defensores de Perón en 1945 fue bombardeada por militares antiperonistas ocasionando decenas de muertos.
Fue una década de importantes cambios institucionales como la reforma constitucional de 1949 y el acceso de las mujeres al voto en 1947. Igual importancia tuvo el protagonismo del movimiento obrero sindicalizado como actor político. Un suceso notable –inesperado en 1946– fue la rápida consolidación de Eva Perón como líder popular. Su "política social", institucionalizada en la Fundación Eva Perón, la construcción del Partido Peronista Femenino y su discurso plebeyo añadieron una dimensión nueva a la lógica sobre todo estatal imaginada por Perón. La tendencia “unanimista” de las elites peronistas –control de los medios de comunicación, persecución de dirigentes opositores, vigilancia sobre los propios partidarios, entre otras políticas coercitivas– fue haciéndose más evidente desde mediados de la década peronista.
A menudo se suele sopesar las “virtudes” y “defectos” del primer peronismo, como si la comprensión de procesos históricos dependiera de balanzas morales. Sin embargo, el costado popular y la tendencia totalista –no totalitaria– del primer peronismo deben considerarse a la luz de los conflictos culturales a los que el peronismo puse nombre y modeló políticamente.
Se ha dicho, de diferentes maneras y con distinto énfasis, que el primer peronismo fue una “revolución social”. Pero si no sabemos qué quiere decir “revolución”, aún menos comprendemos qué significa el término “social” utilizado en el sintagma. Parece que “social” espera significar la inexistencia de una revolución “económica”, o de una “verdadera” revolución; una sin adjetivos. Pero fueron algunos hechos y algunos procesos ligados a estas dimensiones las que nos permiten conocer, a tientas, la situación del pueblo durante el primer peronismo. Al menos podemos reconocer, en su adhesión temprana a la gestión de Juan Domingo Perón en la Secretaría de Trabajo y Previsión, la existencia de muchas demandas insatisfechas para mediados de 1940 entre los sectores populares.
Argentina no era, por ese entonces, el país moderno que la elite letrada, principalmente porteña, concebía. El Censo Nacional de 1947, al poner el umbral de un “centro urbano” en las dos mil almas, había desplazado la “ruralidad” hacia zonas muy bajas de la demografía. Mientras tanto, muy pocas ciudades superaban los cien mil habitantes. La gran mayoría de las localidades del país tenían menos de cinco mil habitantes cada una.
Durante los años treinta y cuarenta, las migraciones internas volcaron sobre las ciudades vastas cantidades de inquietudes, necesidades e ilusiones que le debían al “campo”, a la pequeña aldea, muchas de sus versiones más logradas. Las relaciones entre esos pueblos y la ciudad imaginada por los sectores populares se cruzaron de muchos modos y produjeron sentidos que hasta ese momento las luchas sindicales y las arenas políticas no habían considerado. No se trató de una subcultura imponiéndose sobre otra: a mediados del siglo XX el país comenzó a vertebrarse, sólo que eso sucedió de modo conflictivo.
La ruptura entre un momento y otro, entre los años treinta y cuarenta, sin embargo, no fue tan marcada en cada una de las esferas de actividad que consideremos: pueden rastrearse desde mediados de los años treinta fuertes presiones para ampliar la actividad y la participación políticas, demandas por el cumplimiento y la ampliación de derechos de los trabajadores, nuevos dominios estatales, crecimiento del sector industrial, tasas crecientes de sindicalización (a partir de 1943 con más fuerza). Pero a medida que nos alejamos de Buenos Aires, esas trazas van haciéndose cada vez menos nítidas. En las provincias del Norte, en la región mesopotámica, en los territorios nacionales, la situación de los sectores subalternos era mucho más gravosa que en Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires, provincias estas en las que las pugnas políticas, la diversidad de intereses, la mayor complejidad demográfica y económica, y un más alto grado de desarrollo de las organizaciones sindicales, dibujaban grises en la condición de los sectores populares.
Un escritor y más tarde funcionario peronista, Luis Horacio Velázquez, podía pensar la época a partir de una oda al trabajador frigorífico como fue Pobres habrá siempre, pero también es posible leer una reflexión epocal en el libro de Julio Migno, Yerbagüena (el mielero) –acaso más local pero mucho menos insular que el de Velázquez–, o en las decenas de poemas gauchescos dedicados y enviados a Perón y a Evita. Se trata de marcas literarias de la desigualdad. Manuel Puig supo poner el deseo y el rechazo, la represión y las fantasías que giraban alrededor de antagonismos presentes en las distintas geografías culturales de la nación (“criollos” / “gringos”; “negros de alma”/ “gente bien”; “pelo duro” / “cogotudo”, etc.), en un diálogo en el que la que la frontera es un tapial y en el que la deferencia y el estigma de época se transforman en un código sexual. Lo hizo en Boquitas pintadas, en la escena que conversan y piensan Pancho y Mabel:

—Y usted también querrá escuchar, no diga que no… negro barato, le brillan el cuello y las orejas, se lava para blanquearse
—Para qué voy a decir que no… ¿Le saco los más maduros, nomás, o medio verdes también? mi uniforme de gabardina y botas que brillan […] —Yo sé que algunas chicas tienen debilidad por los uniformes. Cuando yo estaba pupila en Buenos Aires mis compañeras se enamoraban siem¬pre de los cadetes, un cadete, no un negro suboficial cualquiera
—¿Y usted no? sí, si, sí, sí
sí, yo también. No, yo me portaba bien, yo era una santa. Y no se preocupe porque yo tengo novio, y en serio, buen muchacho, un pigmeo comparado con un negro grandote

Esas marcas no son muy fuertes en las historias escritas sobre el primer peronismo pero nos permiten comprender mejor la tensión que enfrentó a peronistas y antiperonistas. Porque esa tensión se materializó sin tantos antecedentes, y tomó formas binarias de intelección política. Como suele suceder en procesos históricos rupturistas, un nombre se hizo cargo de muchos otros. Con el peronismo fue “trabajador” –y un poco menos “trabajadora”– el operador lógico de los contemporáneos.
Los sectores populares se ligaron a esa palabra de un modo que no podría comprender una mirada economicista u otra milagrera o condescendiente. Lo hicieron, por un lado, porque las políticas que el gobierno de Perón llevó adelante entre 1946 y 1955 repercutieron en la posición de los sectores populares durante el período: la ampliación de los derechos políticos (voto femenino, por ejemplo), la legislación sobre las relaciones de trabajo (derechos del trabajador –desde el Estatuto del Peón hasta el articulado de la Constitución de 1949; tribunales del trabajo, etc.), los controles de precios (alimentos, alquileres y arrendamientos), la asistencia social, los derechos previsionales, los aumentos de salarios, entre otras mejoras, modificaron el diagrama de las fuerzas sociales.
Los sectores populares abrazaron las implicancias del peronismo como el movimiento de los “trabajadores”, además, porque los intentos por quebrar ciertas “reglas” no escritas tramadas con la letra de la deferencia y la propiedad privada puso, a los que no eran “trabajadores”, del “otro lado” de la contradicción fundamental. Así, luchadores incansables por la libertad, líderes sindicales revolucionarios, intelectuales progresistas, y algunos políticos afectos al sentir popular se mezclaron con poderosos intereses corporativos y sectores pocos predispuestos a cualquier ampliación de beneficios, en el antiperonismo. De ese modo, “las fuerzas de la reacción” o la “rancia oligarquía” fueron sintagmas con una fuerte materialidad para nombrar todo lo que se oponía a las demandas de los que apoyaban a Perón y a Eva Perón, incluso cuando el gobierno de Perón no hizo sino poner freno a esos reclamos o directamente perseguir a trabajadores que presionaron durante el decenio por mayores beneficios.
“Oligarquía” y más tarde “gorila” fueron términos que taquigrafiaron una sensibilidad construida al ritmo del ninguneo de la “gente bien” y las estéticas de marcación social con la que los “grasas”, la “negrada”, los descamisados, habían sido signados por años. Cuando ese ritmo segregador se impone sobre otros tonos, incluso en la actualidad, es frecuente que palabras clave que se acuñaron para articular la relación entre los sectores populares y el peronismo se incorporen a la debacle, aparezcan de modo “natural”, como si ya no pudiéramos denominar de un modo distinto lo que oprime y excluye.
El ingreso de las masas a la vida moderna se dio en el marco de un rediseño de las relaciones entre las clases, y de las clases y el estado; una ampliación de beneficiarios de bienes materiales y simbólicos que alcanzó a gran parte de los sectores populares; una multiplicación de la actividad política –especialmente a través de las unidades básicas–; y una fuerte identificación entre Perón, Evita y la mayoría de la ciudadanía. Esto último signó las relaciones entre el peronismo naciente y las formas de representación democráticas: la tentación política del movimiento y su necesidad de legitimación por los votos, por un lado, y por el otro, el empuje plebiscitario, la marcada tendencia del peronismo a homologar su identidad de pueblo con la nación y con la sociedad. Estos procesos estuvieron atravesados por las relaciones conflictivas entre la cultura hegemónica y las culturas populares que se gestaron al calor de las contradicciones sumarísimas y cada vez más rubricadas por la violencia de los grupos que finalmente derrocaron a Perón en 1955 (asonadas, bombas, bombardeos y luego del golpe, fusilamientos, silenciamientos y persecuciones).
El anhelo peronista de abarcar la totalidad significativa del pueblo integró dificultosamente deseos diversos e incluso antagónicos, percepciones de la vida diferentes (algunas de ellas, como la del propio Perón, jerárquicas y disciplinantes). Pero la correspondencia del término “peronista” y el estigma “cabecita negra” fue ganando terreno conforme la denominada para unos “Revolución Libertadora” y, para otros, “Revolución Fusiladora”, avanzó sobre las posiciones que los sectores populares habían obtenido en el decenio previo. La fragua de los sueños de los pobres y el peronismo no significó la metamorfosis de un término en el otro, sino que desde mediados de siglo XX, los sectores populares afinaron sus instrumentos con el diapasón peronista y todos los proyectos políticos que aspiraron a incorporarlos debieron conocer un poco de esa música.
Fue considerable la diversidad de demandas que confluyeron en las consignas gestadas durante el primer peronismo. Desde las distintas regiones de nuestro país –muchas aún ni siquiera eran “provincias”– los peronistas pusieron en la escena política diferentes necesidades urgentes; muchas de ellas reclamos históricos de los sectores populares. Doscientos años después de la Gesta de Mayo, los sectores populares continúan soportando formas biologicistas y culturalistas de subordinación, marcaciones sociales de exclusión, imaginarios de miedos y furias. Esos conflictos culturales adquirieron nombres, colores y ligaduras durante el primer peronismo. Adquirieron sentidos que ya no abandonaron –aún si los sectores populares y el peronismo cambiaron varias veces su composición y sus proyectos de ese tiempo a esta parte–.

blogs otra vez

Unos días después del texto de Horacio González, largamente tratado en algunos blogs, el suplemento Ñ de Clarín publicó un texto de Christian Ferrer intitulado: "Blogs o el espectáculo del yo".
Los textos de Ferrer que leí son iluminadores. Lo mismo puede decirse de los de González. Pero si por ese motivo se hace necesario poner algunas balizas en el camino de la interpretación de sus escritos, aún más anotado deberá estar el circuito una vez que se ponen en serie. Y es probable que esa serie crezca. Vale decir: tendremos que viajar más lentamente; evitar ultimaciones y admoniciones. Aún queda mucho por discutir.
¿Y eso qué significa? Quiere decir que muchos de los participantes de ese debate aún no han consolidado un intercambio de conocimientos pertinentes: González y Ferrer rápidamente evidencian poca información acerca del debate que quieren dar. Y quienes pretendemos intervenir tenemos mucho que aprender de ellos acerca de los modos de pensar problemáticas más amplias que el estrecho pasillo blogspot. (Una digresión acá: el pudibundo lamento sobre la maledicencia de los personajes anónimos, sobre la perfidia de los embozados, sobre los trolls, etc., sobre el matonismo, es una versión diezmada y cobarde del reclamo de autoridad y jerarquía. Frente a la queja que esconde un argumento acerca de quién-puede-decir-algo-sobre-alguna cosa no hay nada que decir más que informarle al llorón o llorona de marras que preferiríamos no considerarla.) Acerca entonces del conocimiento: comparemos una reseña del NYRB sobre blogs con estos dos elementos de la serie que recién comienza. Mientras Sarah Boxer revela un manejo de las herramientas que discute, González y Ferrer deciden evitar su mención (me gusta más, sin embargo, la zona de debate y la pericia de los locales). Y aquí está el giro que provoca ciertas respuestas airadas y por momentos exultantes: poner a los blogs en el conjunto de tecnologías de la modernidad para luego hablar de la modernidad parece un sacrificio que vela toda posibilidad de discutir posibles diferencias. Pero sucede que para discutirlas hay que conocerlas.
Entre tantas cosas accesorias que podríamos discutir del texto de Ferrer -en su texto se pasa rápidamente de las intenciones a los efectos o al revés- , una se distingue entre todas: no haber comprendido que el asunto de los blogs no es un tema que pueda tratarse en singular (para un tratamiento alrededor de un tópico acorde con el texto de Ferrer, en torno a un blog fuerte [Kottke.org], puede consultarse el artículo Michael Keren, "Blogging and the Politics of Melancholy"). La lectura de blogs no halla en el post su unidad (por eso no se puede comparar, como lo hace Ferrer, el número de ensayos al año de los escritores del papel con el sistema de los diarios o las estrategias de los blogs; aunque tres ensayos por año también es una producción envidiable). La unidad de medida de la lectura de blogs ni siquiera es un blog. Su unidad es una red, más o menos densa, más o menos estable, alrededor de uno o dos hubs, con muchos alveolos y retículas débiles o fuertes. Su circuito está trazado por links, comments, posts, asides, archivos, páginas estáticas, twitter, facebook, cosas como delicious, googleos -desde la barra o desde el sitio-, libros de papel, mp3, radio, TV, etc. etc. Muchas personas con más expertise en ese tipo de lecturas se han dedicado a discutir las posibilidades de esos ejercicios antes que a creer que esa modalidad supere a la lectura de libros. (Gracias a David Mckenzie sabemos decir que el libro tampoco es una unidad ni sólo resultado del autor del texto.) Pero además de no competir con libros, la lectura de blogs se teje con distintas agujas y la urdimbre no es libertaria (y no lo es no porque se parezca a los discursos de sobremesa: cualquier género puede parecerse a un discurso de sobremesa, en algún momento de su historia). Pero sí se trata de un tejido con más modos de disponer la información. Y eso hay que celebrarlo discutiéndolos, leyendo claro también sus tremendas asimetrías y brechas.
Finalmente, el blog no es un juguete nuevo, aunque lo sea para Ferrer o para Clarín. Me enteró mientras estoy escribiendo esto (tengo que saltar de un lado a otro buscando referencias con google y cada tanto le doy un click al tab del firefox en donde aparecen los feeds de los blogs que leo) que InterLink HeadLine News 2.0 cumple 13 años. Qué bueno.

las jornadas interescuelas y la comunidad de historiadores

desde el retorno de la democracia hasta hoy, el avance más significativo en torno a la historia practicada en nuestro país ha sido la conformación de lo que puede denominarse una “comunidad de historiadores”. Este nombre puede ser un tanto confuso: comunidad tiene una connotación de armonía y ausencia de conflictos que no se condice con la realidad de que se trata. Hasta finales de los setenta, no podría siquiera pensarse que tal comunidad existiese; los intelectuales dedicados al conocimiento histórico provenían de diversos ámbitos, con tesituras de lo más disímiles, ideológicas, programáticas, metodológicas. Inclusive la historia académica –por entonces, apenas una más, entre revisionismos de diversa laya- mostraba profundas divergencias, que iban de la historia social acaudillada por romero (p) a la tradicional escuela referenciada en levene. Sin embargo, en los ochenta, el impulso normalizador en las universidades nacionales, y la democratización de otros ámbitos de definición del saber científico, otorgaron el marco preciso para que un programa de demarcación específica del contorno de una nueva historia se hiciera presente, y rápidamente, dominante. Ese programa no devino insensiblemente, por “la fuerza de las cosas”, sino que fue propuesto y perseguido por un conjunto de historiadores, que comenzaron a denominarse “profesionales”, concentrados en la universidad de buenos aires y cuyo principal impulsor parece haber sido romero (h). Este programa de demarcación pasó principalmente por la adopción de un conjunto de criterios que se reputaban indispensables para realizar sustantivas investigaciones históricas. Sintetizándolos, considero que esos criterios son básicamente tres: a) el rigor metodológico; b) la centralidad del “archivo”; y c) la –supuesta- ausencia de ideología en el análisis. Estos criterios definirían la nueva historia, asumida como “buena”, en contraposición a una historiografía “tradicional”, donde se incluía tanto a ciertas versiones positivistas de la explicación histórica, como a los historiadores denominados revisionistas, acusados tanto por tradicionales como por ideológicos.
la imposición/aceptación del nuevo paradigma fue visible en diversos lugares del quehacer historiográfico, y entre ellos, las jornadas interescuelas/departamentos de historia tuvieron un papel sino determinante altamente relevante. Desde sus primeras reuniones, a finales de los años ochenta, hasta hoy, el congreso se ha mostrado como un ámbito por demás apropiado para que los consagrados defensores de la nueva forma de hacer historia expongan públicamente los criterios de demarcación del campo, mientras los aprendices en ascenso se apropian y propagan los mismos criterios. Existen ciertas dudas acerca de las bondades de la nueva historia en torno a las temáticas tratadas, o si el tratamiento de las temáticas con las nuevas reglas del método han renovado perceptiblemente el saber sobre las mismas. Existen dudas también acerca de si la ausencia de ideología será un criterio real o apenas una ilusión ideológica. Lo que no parece estar en duda son las otras normas centrales de cualquier trabajo historiográfico: el rigor metodológico y la referencia a los datos empíricos –frecuentemente tomados de fuentes primarias- que demuestran las hipótesis pueden hallarse en papers del más novato de los historiadores.
así las cosas, resulta por demás sorprendente que los primeros impulsores de esta forma de hacer historia, hoy renieguen de las jornadas interescuelas, y arrastren consigo en tal reprobación a algunos de sus laderos más fieles. Parece que los símbolos humanos de la nueva historiografía son un tanto sensibles a alguna crítica áspera que les es endilgada; lo cual es claramente comprensible. Pero parece, también, que no han percibido el rotundo éxito de la empresa por ellos iniciada: porque todos los que trabajamos en historia, inclusive quienes nos consideramos críticos de los principales referentes de la comunidad de historiadores, hacemos historia como aquellos decían que había que hacerla. Probablemente no aceptemos la visión general acerca del devenir argentino, o latinoamericano, o mundial, que ellos tienen. Seguramente cuestionaremos acerbamente sus afirmaciones menos precisas, o el tratamiento que ellos les den a temáticas que nosotros pensamos conocer mejor. Pero indudablemente no escribimos nuestros artículos, o ponencias, o libros, como lo hacían abelardo ramos, o pepe rosa, o caillet-bois.
y será cuestión de pensar, en el futuro cercano, si esta forma de hacer historia que la comunidad de historiadores ha aceptado como su norma, no impedirá un pensamiento histórico más audaz: porque, como indicó hayden white, la forma también tiene un contenido.

el interescuelas

I
El interescuelas es un hecho social total.

II
Y como tal debería ser percibido. La implacable economía rentística de los que oponen cantidad y calidad de las ponencias olvida toda prudencia estadística y toda reflexión antropológica.
Es probable incluso que el intento de poner a la correlación “> cantidad < calidad” en el tapete sea un intento mesurado de cortarle el cuerno al unicornio.
Lo que revela el intento es notable: que las consecuencias previstas por las generaciones más experimentadas en esos rituales eran más bien inmediatas y circunscriptas, y que algunos sentidos de comunidad son tan precarios como sus pedagogías maximizantes.

III
La helicoidal economía de las jefaturas impone un circuito al conocimiento que nos deja bermejos de vergüenza. El último orejón del tarro debe escuchar al penúltimo. Éste será comentado por el siguiente, y así. Si pudiera hacerse un gráfico de dispersión de las conductas implicadas por ese formato, una mancha sería un largo rebaño y la otra una compuesta de breves e inquietas jaurías de cimarrones.
Pero en el interesecuelas no sólo exponen estudiantes y jóvenes graduados; no sólo pueden ellos escuchar a los más encumbrados investigadores. También debe decirse que allí pueden los mejores escuchar y discutir con los nuevos.
Es probable que para romper los hechizos del conjuro jerárquico las ganas de concebir al interescuelas como una noche de San Juan ganen terreno entre los novatos y los reticentes y los heresiarcas. Pero nadie va a quemar tu choza.

IV
A diferencias de algunas versiones anarquistas o cooperativistas, la idea federativa del interescuelas (el evento es organizado por un departamento o escuela de historia por vez) se parece más a una renuncia por discutir modos de organización que a un complejo organismo reticular. El mapa que dibujan los distintos nodos que ya organizaron los once eventos anteriores es, con todo, diverso en el mejor sentido del término. Hace viajar.
Otro fenómeno curioso –por imprevisto- es que a medida que el número de ponencias crece y la cantidad de asistentes también, se hace cada vez más difícil mapear mesas, ponencias, aulas, autores. La postal del ojo miope y el dedo marcando una línea imaginaria en una hoja A4 colgada de un pizarrón es una bien característica. Y sin embargo, esa impericia en fabricar buenas cartas de navegación permite que la gente se meta en cualquier parte, inunde los bares, convierse en los pasillos. El interescuelas es una (débil) amenaza para esas Baratarias que algunos hacen pasar como mesas en su interior: pequeños bastiones de acumulación de certificados, simulacros de tensión cognoscitiva. Y es una máquina de producir eventos de comunicación e intercambios.
Nada que Malinowski no haya entrevisto entre los pobladores de las islas Trobriand.

Reflexiones sobre las Jornadas Interescuelas de Historia

El desarrollo de las Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia plantea una serie de problemas para la política de producción y reproducción de nuevos planteles historiográficos. Las Interescuelas se dirigen al sector de estudiantes y jóvenes que se inician en la investigación, tanto para presentar primeros trabajos como para dialogar con quienes poseen un camino recorrido en la profesión. Su cariz federal añade otra peculiaridad. Las Jornadas pretenden conectar circuitos de investigación y lectura en un país orientado hacia la Capital Federal. Las Interescuelas permiten enlaces con el "centro" pero también estimulan vínculos entre los grupos de investigación del Interior del país.
Las once jornadas ocurridas hasta el momento presentan, no obstante, un panorama que debe ser examinado. Un primer problema es la dimensión, según se dice, es casi inmanejable, dada la cantidad de ponencias presentadas. Se afirma que con las 117 mesas y los más de 1.600 trabajos, tal como aconteció recientemente en las Interescuelas de Tucumán, se ha alcanzado una cifra límite. Habría una crisis en proceso de maduración. Un segundo problema se vincula con la calidad de las ponencias. Si bien el valor es inevitablemente desigual dado el carácter de las Jornadas, existe un comprensible temor por una licuación de la necesaria evaluación y selección que estimulase un mejoramiento del nivel de los trabajos presentados. En todo caso, al menos como percepción personal y testimonio de conversaciones con colegas, el tamaño actual de las Interescuelas no se ha mostrado incompatible con un aumento de la calidad intelectual. Por el contrario, si en Rosario se observó un repunte respecto al pasado, en Tucumán la tendencia se confirmó. En suma, los altibajos no impiden el mejoramiento de la solvencia historiográfica de las ponencias.
Los dos problemas esenciales, la expansión de la matricula de ponencias y la desigualdad de la calidad, son manejables. ¿Cuál es entonces la dificultad? La deflación que se observa de la validación académica de las Jornadas. Esto se verifica concretamente en la pérdida de valor evaluativo de las ponencias. En parte esto es comprensible por la razón de que la multiplicación del número de ponencias debe redundar en una reducción del valor académico asignado a cada una de ellas, dado que el reconocimiento institucional es un bien escaso. En otras palabras, si la misma cantidad de becas (o cargos para los que se cuentan los “papelitos”) debe dividirse por un número mayor de ponencias presentadas, el cociente correspondiente a cada paper disminuye. Sin embargo, el proceso fundamental parece ser otro. Y este es más debatible. A saber: que la pérdida de legitimidad académica de las Interescuelas se hace en beneficio de congresos especializados, limitados a especialistas con reconocimiento preexistente. Estos congresos poseen mayor validez porque ya están inscriptos en el circuito de legitimidades. Es más, se estructuran a partir de las posiciones establecidas como dominantes. Las aperturas se realizan a través de las puertas controladas por quienes ya disponen de recursos o capitales acumulados.
Frente a esta dinámica, coherente con la especialización en el campo historiográfico, es posible realizar una defensa de la vocación democrática, a la vez que intelectual y académica, de las Interescuelas. Las experiencias de intercambio y conocimiento constituyen su atributo más importante. Las Interescuelas contravienen la lógica excluyente que tiende a caracterizar a todo campo académico, que se construye como un subsistema autolegitimante y reproducible. Es cierto que también en la formulación de ponencias de Interescuelas se tiende a adoptar los modelos del campo. Sin embargo, la flexibilidad y la diversidad son decisivamente mayores que en cualquiera de los otros eventos de la profesión historiadora. Esa particularidad es la de su universalidad, donde emerge la posibilidad de novedades y disensos que de otro modo se acallan en la mansedumbre de los consensos o pequeñas luchas de capilla. ¿Qué allí se procrea a veces fenómenos de baja estofa como abucheos o difusión de volantes contra tal o cual figura? Puede ser que eso acontezca de manera marginal. Pero no altera la esencia intelectual y democrática de las Jornadas. Nada existe en la historiografía argentina de matriz universitaria que pueda reemplazar a las Interescuelas.
No quiero terminar esta intervención sin proponer un criterio de selección de ponencias que conjugue la evaluación y la apertura. Pienso que el sistema de mesas predefinidas es el que permite la mejor organización de afinidades en la exposición, y posibilita una selección idónea. Entonces la cuestión es cómo determinar el número de mesas y qué cantidad máxima de ponencias se aceptan por mesa. Me parece que 1.500 ponencias es un número razonable para el conjunto de las Interescuelas. Para asegurar un proceso de selección es necesario reducir la cantidad de ponencias aceptadas, que en mi opinión no debe pasar de 12, de modo tal que la mesa pueda ser realizada en un día, facilitando la organización general. Dado que el número de propuestas recibidas suele alcanzar el doble de la cantidad máxima, la selección sería inevitable. Por otra parte, debería ser aceptada una sola ponencia por persona, incluida en la contabilidad la presentación de ponencia en colaboración. De este modo se ampliaría el espacio para la cantidad de ponentes reales. Siguiendo este criterio, una cifra de 120 mesas tendría que ser el límite aproximado de la cantidad de mesas. Para impedir el monopolio de las ponencias por parte de graduados/as, pienso que un tercio o la mitad del total de las ponencias por mesa debería ser reservada a estudiantes. Naturalmente, la convocatoria debería ser abierta. Las mesas cerradas pertenecen a un tipo de congreso diferente.

Literatura de izquierda

Este post forma parte de distintos comentarios sobre el libro de Damián Tabarovsky, Literatura de izquierda

Literatura de izquierda me parece más interesante por lo que enuncia en su título que por lo que efectivamente logra establecer sobre su programa: por dónde y con qué humos podemos inventar hoy una obra intelectual que merezca llamarse “de izquierda”. Podemos coincidir con Nicolás Quiroga respecto de las limitaciones del ataque de Guillermo Martínez en “Un ejercicio de esgrima”. No digo limitaciones por la falsedad de muchas de sus acusaciones. Damián Tabarovsky no es inmune a ellas, y yo me resistiría a tomar partido, al menos dentro del espacio de debate que los dos textos construyen. Pienso que Nicolás acierta cuando recupera el aliento inquieto de Tabarovsky. Pero no veo que eso pueda ser sostenido sin un examen de lo propuesto en Literatura de izquierda. De ese folleto me interesa, más que la propuesta deconstruccionista de la relación de los sujetos escritores con el lenguaje (una posición poco original, hay que admitir), el intento de ligar ese proyecto con la crisis del 2001. ¿Es exitoso en el lance? Qué importa. Lo fundamental es que se trata, en mi opinión, de un vínculo para edificar, que instituye el ánimo de un espacio literario nuevo. Y es justamente lo que falta a la respuesta de Martínez: una apuesta por la refiguración del quehacer intelectual. Martínez también es “de izquierda”, en cuanto reivindica una crítica, por ejemplo, de las jerarquías académico-revisteriles que habitan entre los fuelles del pulmón argumentativo de Tabarovsky. Parece claro que hay dos tareas a realizar para constituir una obra intelectual y política de izquierda: repensar hoy qué es lo intelectual y qué es la izquierda. Y en ese plano de la cuestión que hallamos más problemas que soluciones. Es cierto que se podría decir que el ensayo de Tabarovsky cumple el servicio de enunciar el problema en estos tiempos que a pesar de todo se quieren desideologizados. Sin embargo, él ofrece sus respuestas, abstractas, transcendentales en el sentido kantiano (sus afirmaciones refieren a condiciones de posibilidad del ejercicio “de izquierda” de la literatura pos 2001), cuando es preciso poner carne humana en el asador del debate político-cultural. Lo interesante es que eso no sólo vale para la literatura. Podríamos decir sin dificultades que hoy es difícil mentar una sociología o una historia de izquierda. ¿Cuál sería el sujeto de esos proyectos habitados, en sus terrenos y más allá de ellos, donde campee el “deseo loco de cambio”? Yo diría que es una nueva generación intelectual de izquierda. No sólo el escritor solitario que se las arregla con las convenciones y las tradiciones, ni con el mercado y la academia. Y ese es el terreno del pensamiento de Literatura de izquierda. El fracaso de Martínez consiste en que persevera en el más acá del planteo tabarovskiano. Pero tampoco él está a la altura de sí mismo. Qué si Tabarovsky no avanza en lo provocativo de su título. Un título vale un libro, que será escrito por una comunidad intelectual, contradictoria y politizada, en formas que apenas entrevemos.