debates

Stefan Collini analiza a E.H.Carr

post cruzado desde Grand Tour

Stefan Collini pasa por ser un crítico feroz de los Cultural Studies (véase su “Grievance Studies: How not to do Cultural Criticism”, en su recopilación de artículos periodísticos English Pasts. Essays in History and Culture, Oxford, Oxford University Press, 1999, págs. 252-268). Es bien conocido por ello, además de por sus trabajos de historia intelectual, y por la larga polémica que sobre el particular mantuvo hace años con otro crítico, Francis Mulhern (Culture/Metaculture, Routledge, 2000) en la New Left Review.
Sirva lo anterior como breve preámbulo para dar cuenta de que Collini acaba de publicar Common Reading: Critics, historians, publics (OUP), que incluye una amplia reflexión sobre el historiador E. H. Carr.
Collini
El volumen ha sido bien recibido y, por ejemplo, fue seleccionado como libro de la semana por The Times Higher Education, donde se recogía una frase que Terry Eagleton le dedicó a propósito de su volumen Absent Minds y que resulta significativa para comprender su posición: “Collini has the air of the genial but apolitical don, with little sense of the power and oppression that underlie social relations; for him, society is just a delightfully diverse set of positions and opinions, with nothing as vulgar as a dominant power in view”. Digo esto porque entre los historiadores que aparecen en Common reading, y no muy bien parados, están E.P. Thompson y Perry Anderson.
Pero decíamos que analiza a Carr y como prueba de ello está el largo artículo que ha aparecido en The Times Literary Supplement como avance y difusión de ese Common reading: “E. H. Carr: historian of the future. An intellectual, a realist and an optimist, Carr respected power over all illusions of liberal morality”. Así empieza:

quotep

La carrera de E.H. Carr (1892-1982) proporciona una singular, y a menudo desconcertante, ilustración de las tensiones y paradojas que supone ser uno de los principales intelectuales de la Gran Bretaña del siglo XX. Mediante ese pequeño libro titulado ¿Qué es la historia? probablemente hizo tanto como cualquier otra figura para dar forma a una serie de reflexiones sobre la naturaleza del conocimiento histórico en la segunda mitad del siglo, especialmente entre estudiantes de instituto y universitarios, y más si tenemos en cuenta que no se había formado como historiador ni fue nombrado nunca como profesor de la materia. Fue el principal fundador británico de lo que acabaría convertiéndose en escuela dominante, la “realista”, en el estudio de las relaciones internacionales. Además, en la última parte de su larga y productiva vida desacreditó la disciplina y marcó distancias respecto a ella. Durante la guerra fría, mantuvo un aislamiento intelectual y político, defendiendo los logros de la revolución rusa y de la Unión Soviética, aunque en buena medida se antuvo indiferente a la teoría marxista.
Hay paradojas comparables si hablamos de la manera en la que Carr desempeñó sus variados papeles. Algunos de sus textos más notables tomaron la forma de artículos de fondo para la reconocible voz de la opinión establecida de mediados de siglo, The Times, del cual fue Assistant Editor entre 1941 y 1946; con todo, sus contribuciones fueron denunciadas regularmente por políticos y administradores en el poder, que las vieron como peligroso subversivo de la política nacional. En los años 60 y 70 lo proclamaron como una especie de líder perdido de la izquierda intelectual, aunque desdeñaba el “análisis abstracto de los textos marxistas” que caracterizaba a su parecer a la New Left Review de aquella época, prefiriendo publicar sus propias opiniones en el mucho más convencional Times Literary Supplement.
Carr era un escritor enérgico, con talento y gusto para la polémica, aunque mucha de su escritura más influyente se publicó de forma anónima (de todos modos, su profesión de escritor era a menudo conocida o ampliamente sospechada). Había también cierta calidad paradójica en muchas de sus opiniones características y de sus sensibilidades intelectuales. Defendió de forma vigorosa el progreso, contra todas las formas de conservadurismo y de nostalgia, aunque no fue de ninguna manera un liberal.

En fin, aquí lo dejo, porque tampoco es que haya nada realmente nuevo. Al menos nada fundamental que no estuviera en el volumen de Jonathan Haslam The Vices of Integrity The Vices of Integrity: E H Carr 1892-1982 (Verso, 2000) o en el editado por Michael Cox, E.H. Carr: a critical appraisal (Palgrave, 2000).

el campo y la plaza

Tres notas bien distintas y disconexas sobre el conflicto de las retenciones, escritas ni bien la presidenta finalizó su discurso de parque norte.

I
Desde distintos blogs han surgido numerosas y en algunos casos -en muchos, si lo comparo con la prensa escrita- muy inteligentes preguntas y argumentos sobre el conflicto que comenzó en el país a partir de la protesta de los ruralistas contra el gobierno nacional. (En mi opinión algunos posts de Ramble Tamble conforman un material indispensable para discusiones actuales y futuras [uno, dos, tres, cuatro].) Y aunque los temas que surgen intermitentemente en los posts y en los comentarios son legión me gustaría retener dos grandes líneas en ese debate, y algunos alvéolos que no por mínimos dejan de ser importantes. Por un lado las implicancias del conflicto mismo: las causas, los números, las chances, la polarización subsiguiente. Las tradiciones de esa polarización. Los imaginarios históricos implicados. Las relaciones de fuerza. Largo etcétera. (Y ahí agrego una ramificación que considero importante: no he podido saber qué es un “chacarero”, pese a recorrer páginas y páginas de cálculo y mini-etnografías. Presumo que conozco al tipo porque me crié en Santa Fe, pero ya hace mucho que dejé de confiar ciegamente en la experiencia y aún más en las experiencias ancladas a un pasado desesperado por ser reificado. Digo esto a raíz de lo que escribo más abajo sobre los dichos de Beatriz Sarlo en La Nación.)
Por otro lado: las preguntas sobre el modo de lograr que un enfrentamiento de esta naturaleza contribuya a concebir un proyecto más ambicioso en cuanto a beneficios ciertos y liquidadores de las desigualdades sociales, y acaso no tan pendientes de la urdimbre del cántico y la consigna (la "modestia" de los reclamos del primer peronismo fue su mejor carta: se revelaba de ese modo reductivo violentas asimetrías sociales, y casi como al pasar provocaron un aventino. Se quería "poco" pero nadie quería darlo). Diría que para escapar del juicio al primer discurso de la presidenta hay que preguntarse, como lo han hecho muchos en distintos blogs qué se construye a partir de cualquier resultado de este conflicto (me refiero al resultado imaginario del conflicto, al binario, al que cada "bando" concibe como tal): hasta donde he leído, si los ruralistas triunfan, su victoria reordena a duras penas una oposición flácida y macilenta. Además, con una victoria, sus ganancias aumentarán considerablemente. (Una vez más no sé qué le pasará al "chacarero": tampoco sé si el gobierno lo sabe. Reutemann dice saberlo en una nota del diario de Jorge Lanata, pero no le creo. Lo que sí sospecho es que los grupos que se definen como tales aún con mejoras relativas, con incentivos selectivos, seguirán apoyando borrosas formas ideológicas recalcitrantes. Y supongo que aún así esas políticas de incentivos deben ponerse en práctica.) Si es el gobierno quien vence en la compulsa, creo que habrá que preguntar insistentemente cuándo y de qué modo la redistribución que reclamó Cristina con su paráfrasis de Yupanqui se hará tangible, de qué modo habrá nuevos actores en juego que defiendan un proyecto con menos moratorias, con menos pedagogías de lo que es o debe ser la política, y más reparto. (Sobre el pedagogismo de Cristina en su ahora sí oportuno último discurso, sobre su insistente shhh docente habrá que escribir largo y tendido, o mejor: habrá que hacerlo sobre quienes hacen silencio para que la televisión transmita sin ruido ni banderas de fondo. Me doy cuenta de que he sido testigo de un acto peronista sin tomas aéreas, sin largos paneos; advierto que he visto a la presidenta hablar y algunas pocas banderas sacudirse sin viento: todo se parecía levemente a dogville.)

II

Por ese doble carrill me moví sobre algunos textos que leí en blogs.Por alguna razón (no puedo culpar a nadie) he tenido algunas dificultades para hacer una lectura más abarcativa, he alcanzado tardíamente muchos buenos textos, y sospecho que se me pasaron muchísimos: hay que indicar rápidamente que algunas tecnologías cercanas a los blogs deben activarse para acelerar la posibilidad de que muchos de los lectores de blogs en algún sentido "políticos" y masivos (Ramble Tamble y La Barbarie especialmente) podamos acceder a sus alrededores: excelentes comentaristas sin blogs, y muy buenos bloggers sin abultadas audiencias reducen notablemente sus chances de amplliar el campo de debate a raíz de la insuficiencia de los lectores de feeds para permitirnos un rápido acceso a la mayoría de los blogs vinculados temáticamente a los más grandes, y la poca densidad de los blogrolls de una posible comunidad ampliada, la que muchas veces ha sido mentada. La disposición de los comentarios (cronológica y en rollo) hace que luego de algunas decenas, remontar las trazas de múltiples debates se convierta en una tarea titánica. La decisión de no hacerlo nos quita la posibilidad de acceder a argumentos que sólo excepcionalmente se recuperan completamente (ni siquiera la lectura atenta de los autores del post o los autores del blog puede hacerlo). El límite cierto de los agregadores de blogs en subsanar esas dificultades se conjuga con la extendida práctica de los blogs personales (saludable práctica) y con ello se hacen cada vez más complicados idear emprendimientos que sin atentar contra los blogs pequeños, haga posible una comunidad imaginada más densa y aún más mordiente.
Para muchos de nosotros el debate es un hacer, y por eso reforzar los modos de compartir información y opinión siempre es un objetivo prioritario.

III

De todos los puntos suburbanos veíanse llegar grupos de proletarios; de los más pobres de entre los proletarios. Y pasaban debajo de nuestros balcones. Era la turba tan temida. Era –pensábamos– la gente descontenta… (¿Y cómo no estarlo? Después de habérsele despojado de la esperanza de una vida mejor, debía ella continuar en esta vida sometida a los más rudos trabajos y los peor remunerados). Con el antiguo temor, nuestro impulso fue el de cerrar los balcones. Pero al asomarnos a la calle quedábamos en suspenso… Pues he ahí que estas turbas se presentaban a nuestros ojos como trocadas por una milagrosa transformación. Su aspecto era bonachón y tranquilo. No había caras hostiles ni puños levantados, como los vimos hace poco. Y más aún nos sorprendieron sus gritos y estribillos: no se pedía la cabeza de nadie.

Delfina Bunge de Gálvez, “Una emoción nueva en Buenos Aires” en El Pueblo, 25/10/1945.


La Plaza estaba llena de gente que, por los motivos más diversos, se había sentido provocada por el discurso de Cristina Fernández de Kirchner. No había grupos organizados, sino caceroleros autoconvocados en una linda noche de verano; tampoco había mucha oligarquía, salvo que para ir a la Plaza hubieran tomado en préstamo la ropa de algún subalterno de sus prósperas empresas.
Hablé con gente de San Telmo y Barracas que, por lo general, no vende soja a futuro en los mercados internacionales. O hijos de chacareros que estudian en las universidades porteñas y no viven como aristócratas.

Beatriz Sarlo, “Fue una provocación”, La Nación, 27/03/2008.


Para Beatriz Sarlo el debate también es un hacer. Ella es una de los muchos intelectuales que de un modo u otro han dado forma al espacio en el que se discute en la actualidad. No quiero decir que sea la única forma (ahí está Quintín con su carta a los fachoprogresistas). De todos modos, aún si existen otras, Sarlo contribuyó a diseñar una notable, por no decir hegemónica. Nación Apache republicó una nota suya (escrita para La Nación), que prologa Omar Genovese (es divertido leer cuando Genovese en lugar de decir “un viejo se acercó a D’elia para putearlo” dice “Un señor de edad avanzada, mucho mayor que todos los que lo rodeaban se acercó amablemente para decirle: ¡Dejá de robar!”). El título de la nota pretende ser ambiguo: "Fue una provocación": no sabemos hasta ahí si se refiere a la entrada de D'elia a la plaza de mayo o al primer discurso de la presidenta. Más tarde descubrimos que si bien ambos hechos lo fueron, el primero es menos importante que el segundo. El peronismo tiene una tradición ligada a esa plaza y D'elia estuvo, según Sarlo -allí muy sutil-, atado a ese oráculo. La presidenta, sin embargo, dice Sarlo, no debió haber reactivado esas antinomias que persisten en estado de latencia en un "dispositivo político" capaz de reverberar al ritmo de la performatividad de Cristina. Sarlo arma su relato como una pequeña etnografía: cuenta lo que quienes estuvieron en la plaza no sabían de los símbolos de la plaza; habla de la lengua de la política de masas. Nos dice que ella sí la juna: un yo testifical al que podría ponérsele reparos, claro. Yo no los pongo, pero insisto en que el lugar que ocupaba Sarlo en esa plaza desmiente mucho de su pretendida sapiencia. Estaba allí, sí, pero caceroleaba. No quiero decir con eso que por su posición ella perdía capacidad analítica, sino que no hay capacidad analítica capaz de imponerse sobre formas específicas del hacer político. Leyendo el relato de Sarlo (un espejo invertido del texto que escribió Delfine Bunge sobre aquella otra plaza) queda claro que en esta plaza no hubo dos grupos que luchaban sino tres. Beatriz Sarlo lo dice expresamente cuando le explica a uno de los hombres de D’elia el sentido de lo que ellos hacen en la “tradición progresista”: una provocación. Es esa la tradición que también se arroga un dominio de esa plaza; esa tradición que los otros actores desconocen. A esa ignorancia el progresismo no la vive como destino sino como fundamento de origen: está con ella, cacerolea con ella, porque espera conquistarla. A la otra tradición, igual de ignorante pero malarriada, a la que ve bajar de los camiones, el progresismo gusta escribirla, detallarla con insistencia, pero no puede convencerla. Delfina Bunge y Beatriz Sarlo: no me sorprende que D'elia se ajuste tan bien a lo que la imaginación antiperonista concibe como "el peronista": pero ese "dispositivo político" del que habla Sarlo no se activó porque Cristina haya hecho pruebas con la palabra "propiedad". Es un dispositivo orgánico, viviente: un animal que pace por el campo y por la plaza, y duerme de parado. Lo mejor es seguir discutiéndolo.

Digital Humanities en el 2007 [parte 2]

Continuamos con la [desafortunada] traducción de los posts de Lisa Spiro de Digital Scholarship in the Humanities. Este es el segundo de tres.
***

En mi post previo, subrayé algunos de los mayores desarrollos en las digital humanities [en adelante DDHH] durante el 2007, haciendo hincapié en la creación de organizaciones como Centernet y Digital Americanists, en revistas como Digital Humanities Quarterly, y programas de financiamiento como la iniciativa de NEH Digital Humanities. Ahora voy a ampliar el alcance para mirar de qué modo se practica y disemina la investigación: digitalización masiva, el futuro de la lectura, literatura académica y nociones de autoridad y expertise en la Web 2.0.

Debates acerca de digitalización masiva. ¿Qué efectos producirán los proyectos de digitalización masiva como el de Google Books en la investigación, sobre la propiedad intelectual, en las prácticas de lectura, etc.? ¿Tendrán esos proyectos la calidad necesaria para la investigación?

* Aparentemente Google ya digitalizó más de un millón de libros, pero algunos observadores han criticado la calidad de los trabajos. Por ejemplo, el artículo de Robert Towsend, "Google Books: Is it Good for History?", describe tres problemas: "1) la calidad de los escaneos es decididamente heterogénea; 2) la información acerca de los libros (los «metadata» en infojerga) es a menudo inadecuada; y 3) el dominio público es estrecha y erróneamente entendido, restringiendo lamentablemente el acceso a materiales que podrían estar disponibles libremente". Paul Duguid se hace eco de tales asuntos en "Inheritance and Loss: a Brief Survey of Google Books", usando errores de dos versiones de Tristram Shandy en Google Books, para ilustrar problemas en la calidad del escaneo y en los metadata. Sin embargo, tal como Dan Cohen argumenta en "Google Books: Champagne or Sour Grapes?", Google está operando con un defendible equilibrio entre rapidez, digitalización masiva y control de calidad; los temas de calidad pueden mejorarse con medidas tales como permitir a los lectores que marquen errores y realizar reescaneos selectivos. Asimismo, en su intercambio con Duguid, Patrick Leary sostiene que los proyectos de digitalización masiva implican equilibrios de esa naturaleza y que la escala, la accesibilidad y la searchability de Google Books trasciende tales problemas de calidad. En "Google's Moonshot", Jeffrey Toobin trata otro tema, al sugerir que el futuro de los esfuerzos por la digitalización masiva pueden verse perjudicados si Google es obligado a renegociar con los editores a raíz de las demandas por violación de copyright. Aunque yo también he encontrado errores en Google Books y comparto la preocupación de que Google deba dar marcha atrás por cuestiones de derechos de autor [fair use], estoy sorprendida por el espectro de materiales que encontré en ese emprendimiento. Coincido con Cohen en que el principal desafío será el desarrollo de herramientas que faciliten la búsqueda, el análisis y la manipulación de datos en Google Books.

* Aunque es importante estar al tanto de las limitaciones de Google Books, esto no debería alejarnos de las reflexiones acerca del impacto que esos y otros proyectos de digilitalización masiva tienen sobre la investigación. ¿Cómo deberán lidiar los investigadores con el problema de la abundancia de la información? ¿Cómo cambiará la investigación con la disposición de buscar a través de un amplio espectro de recursos? En "Future Reading", Anthony Grafton proporciona una perspectiva histórica a la emergencia de "ecologías de la información" y sostiene que la digitalización nos brindará no una "librería universal" sino "un patchwork de interfases y bases de datos, algunas disponibles para cualquiera que posea una computadora y WiFi, otras cerradas para aquellos que no posean cuenta o dinero". En verdad, no hay una única base de datos o interfase del conocimiento universal, pero ¿hasta qué punto podremos desarrollar herramientas y métodos para buscar a través de distintas base de datos y encontrar lo que necesitamos?

Especulaciones acerca del futuro de la lectura. Si la cultura migra de la imprenta a la pantalla, ¿qué pasa con la lectura?

*El reporte de NEA, "To Read or Not To Read: A Question of National Consequence", sostiene que el ocio de lectura declinó (aún si el tiempo utilizado en mirar TV se incrementó) y, no es sorprendente, relaciona ese declive con los escasos resultados en tests de lectura. De acuerdo con NEA "los lectores de literatura poseen estilos de vida más saludables que los no lectores": aprecian más el voluntariado, el voto, prestan más atención a los eventos culturales y practican deportes. En tanto me reconozco avezada voluntaria y devota ratona de biblioteca no deseo menospreciar la importancia de la lectura. De todos modos, tal como Matt Kirschenbaum argumenta en su inteligente ensayo "How Reading Is Being Reimagined", el reporte NEA simplifica qué entendemos por lectura al hacer foco sólo en el ocio de lectura, pasando por alto modos de lectura como la lectura a vuelo de pájaro o las lecturas "oblicuas", y minimiza la importancia de la lectura online, donde lectura y escritura se dan al unísono como los lectores que comentan en los blogs, las anotaciones y links compartidos, etc.
Aún si el reporte cita a Neil Postman y a Sven Birkets acerca del valor de la lectura, ignora a quienes sostienen la screen literacy como es el caso de Henry Jenkins y Elizabeth Daley. Me pregunto además cuáles habilidades del S. XXI ligadas a la literacy no están midiendo los tests. Allí donde el reporte NEA encuentra que la lectura declina, el informe de OCLC acerca de "Sharing, Privacy & Trust in Our Networked World" alcanza conclusiones opuestas, acaso porque la encuesta de OCLC considera tanto encuestados online como encuestados vía papel. De acuerdo con OCLC, "Los encuestados leen e indican que la cantidad de lecturas se incrementó. Las actividades digitales no reemplazaron a la lectura sino que, tal vez, incrementaron las opciones para expandir la comunicación y compartir contenidos". Para un análisis fascinante del informe NEA y su relación con el libro de Maryanne Wolf, Proust and the Squid, puede consultarse "Twilight of the Books" de Caleb Crain. Crain sugiere que la lectura de libros de imprenta puede devenir un arcano hobby y especula con que los procesos mentales cambiarán a medida que migremos de la imprenta a la pantalla. Algunas de las conclusiones de Crain son debatibles, como la que reclama una mejor aproximación crítica a las comparaciones entre promociones de la lectura [?], pero se trata de un estimulante ensayo sin lugar a dudas.

* El lanzamiento del Amazon Kindle, lector de ebooks inalámbrico, desencadenó muchas especulaciones acerca del futuro de la lectura, incluyendo una nota de tapa en Newsweek. Citando a Kevin Kelly, a Peter Brantley y a Bob Stein, el artículo considera que la autoría devendrá en un proceso colaborativo con los lectores, y los libros serán -más que recipientes cerrados- portales abiertos para coligar información. Voy a esperar para hacer comentarios acerca del Kindle hasta que me haga con uno (el Iphone está bien alto en mi lista de gadgets deseables)

Cambios en las comunicaciones científicas

De modo creciente, los investigadores esperan encontrar online lo que necesitan y así nuevos ámbitos de investigación y publicación están surgiendo. Con todo, las editoriales universitarias con sus ajustados presupuestos se enfrentan con dificultades para sostener tales ámbitos.

* En "University Publishing In A Digital Age", Ithaka reconoce la crisis editorial en el ámbito universitario y convoca a las editoriales a reinventarse moviendo contenido a internet, colaborando con bibliotecas, alineándose con lo mejor de las universidades y adoptando una plataforma tecnológica común para promover los contenidos digitales. El informe apunta que las virtudes de las editoriales universitarias -expertise en reviewing, edición, promoción de trabajos académicos y difusión de la investigación en áreas muy específicas -donde el interés de las editoriales comerciales no llega-. Pese a que sufren la falta de recursos, las editoriales universitarias son más bien tradicionales y además a menudo se desvían de sus objetivos académicos en aras de obtener mayores ingresos. Desde mi punto de vista, la parte más interesante del informe es la predicción de que los investigadores querrán trabajar en ámbitos de investigación y publicación digitales, los que "les cederán las herramientas y recursos para dirigir investigaciones, colaborar con pares, compartir documentos de trabajo, publicar actas de congresos, manipular datasets, etc.". Algunas revistas como Digital Humanities ya están trtando de poner en práctica esta visión permitiendo comentarios, integrando herramientas de búsqueda y análisis, y poniendo a disposición borradores de los textos. Pero si esa idea alguna vez se realizará queda todavía mucho por hacer para ello. ¿En qué medida las revistas y otras instituciones apoyarán a los autores que trabajen con contenidos multimediáticos? ¿Podrán estos ambientes de investigación y publicación ser organizados en niveles como el de la disciplina, el universitario o el editorial? (Paul Di Maggio escribió un apremiante post acerca de por qué la universidad no es la mejor organización para planificar nuevas aproximaciones a las comunicaciones académicas.) ¿Cómo será preservado todo el dinamismo de los contenidos digitales? ¿Cómo manejaremos su perfeccionamiento?

* El informe Ithaka dio pié a un fascinante simposio online acerca de las comunicaciones académicas en el que se destacaron pensadores como Stan Katz, Paul DiMaggio, Ed Felten, Laura Brown y Peter Suber.
Ed Felten sostuvo que con la informática un "nuevo sistema" de comunicaciones académicas está surgiendo, en el cual un autor sube un paper, la comunidad lo comenta y luego el texto es enviado a una revista para su referato formal. Stan Katz señaló que las humanidades aún están circunscriptas a las "tradiciones del individualismo, la propiedad privada y el secreto". Pese a que considero que nuestras ideas sólo mejorarán y tendrán mayor impacto si nosotros las ponemos a disposición de debate público, confieso que yo también temo que si auto-publico algo online, eso lo hará menos publicable por una editorial del mainstream -aún si este asunto se alivia algo cuando busco SHERPA PROMEO y encuentro que revistas como American Literature, Critical Inquiry y New Literary History permiten self-archiving [ver referencia en wikipedia]. ¿Qué habrá que hacer para cambiar la cultura de las humanidades? ¿Serán necesarios más casos exitosos de investigadores que aceptaron un rol público más importante?, ¿un compromiso de los comités de evaluación? ¿Declaraciones y objetivos claros de las editoriales líderes para presentar borradores online? Espero que el MLA's report on tenure and promotion, previsto para fines del 2006 [2007?] mejore las perspectivas de legitimidad de la investigación digital.

* El movimiento open access se anotó una victoria hacia el final del año, cuando el presidente Bush aprobó un decreto por el cual el presupuesto del NIH depende de que el organismo exija que todos los artículos de revistas resultado de investigaciones estén disponibles como open access a través de PubMedCentral.

Debates sobre expertise y autoridad en la web 2.0

A raíz de las controversias acerca de la confiabilidad de Wikipedia y otros recursos 2.0, los comentaristas culturales están discutiendo qué constituye el expertise y la autoridad.

* Andrew Keen azuzó el debate con "The Cult of the Amateur: How Today’s Internet is Killing Our Culture", texto en el que condena el "amateurismo" de la web 2.0, el cual está reemplazando a los críticos "profesionales" por "monos" golpeando sus posts narcisistas y subiendo videos estúpidos a Youtube. En su respuesta, David Weinberger aseveró que la Web ha facilitado los procesos colaborativos en la construcción del conocimiento. Además señaló que la mayoría de los especialistas culturales son motivados por el lucro más que por la calidad, y argumentó que los amateurs desafían la ortodoxia y recaban información que a los expertos les resulta difícil obtener. Asimismo, Emily Bell sostuvo que internet facilita que trabajos originales y de alta calidad sean conocidos y que la gente puede discernir la autoridad ejercitando el juicio crítico sobre contenidos online, examinando comentarios en blogs y usando herramientas como el índice de autoridad de Technorati. El ataque de Keen al amateurismo deja de lado la historia de las valiosas contribuciones que los amateurs han hecho a las ciencias. Aunque pienso que Keen está totalmente equivocado, el debate recupera algunas cuestiones importantes: ¿Cómo evaluamos la calidad de la información?, ¿Cómo pueden los investigadores operar con las tecnologías de la Web 2.0 para conducir y dar a conocer la investigación? Dado que el tema de la convención de la MLA de este año era "The Humanities at Work in the World", ¿Qué podríamos ganar (o perder) relacionando a los académicos y a los amateurs a través de la web?
* ¿Hasta qué punto es confiable el enfoque colaborativo -Wikipedia es su epítome- para producir y difundir conocimiento? Tal como muestra el artículo de Virgill Griffith, Wikiscanner, algunas corporaciones y lobbies han perpretado flagrantes ediciones a distintas entradas de Wikipedia para promover sus propios objetivos. Los desarrolladores están creando herramientas, tales como WikiDashboard y WikiTrust, que revelan cuán confiable resulta una entrada, ponderando por ejemplo la "reputación" de un colaborador. Jonathan Dee muestra en "All the News That’s Fit to Print Out" que los administradores de Wikipedia borran rápidamente los contenidos "sesgados" porque persiguen un "punto de vista neutral" -pero no queda claro de qué modo esa objetividad se corresponde con la verdad o la comprensión.
Algunos proyectos -Scholarpedia y más recientemente, Knol de Google- tratan de mejorar el modelo de Wikipedia contando con entradas escritas por especialistas -prefiriendo asociar entradas con nombres de autor antes que con autores y editores anónimos-, y utilizando referatos. Pese a que Wikipedia puede poner en duda las prácticas académicas permitiendo que cualquiera realice una contribución anónimamente, es también un modelo de producción colaborativa del conocimiento y de openess, e instala importantes interrogantes acerca de la transparencia y la autoridad. Me pregunto si la comunidad académica puede adaptar sus herramientas y métodos para evaluar la confiabilidad de Wikipedia y otros proyectos similares.

*En el excelente ensayo de Michael Jensen, "The New Metrics of Scholarly Authority" el autor discute la abundancia de información y las tecnologías de la web den lugar a nuevas formas de medir la autoridad. Entre los indicadores de lo que él llama "Autoridad 3.0″ están: el prestigio del editor, los referatos, y los comentadores; el número de links y referencias del artículo; número y calidad de los comentarios; la reputación del autor; los tags y otros. De acuerdo con Jensen, para tener éxito en el mundo de la Autoridad 3.0 se requiere la "disponibilidad digital" del artículo para ser indexado, etiquetado, comentado, etc. Como él mismo dice, para estar seguro de que el trabajo es visible, un investigador puede "[a]lentar a sus amigos y colegas a linkear su documento online. Alentar el toma y daca con lectores interesados. Alentar el libre acceso a muchos o a todos sus trabajos académicos. Grabar y digitalizar todas sus actividades académicas. Referir otros trabajos vía links, citas y otros tipos de reconocimiento online. Aprovechar repositorios institucionales así como también la producción de las editoriales open access". Muchos de estos consejos se parecen a los que se hacen a un blogger que recién se inicia: para impactar haga sus asuntos de libre acceso y participe comunitariamente.

El próximo será el tercer y último post: realidad virtual, la base de datos como género, social networking, DDHH "verdes" (?), y las estadísticas de las menciones en delicious y referencias en blogs de los artículos y sitios web mencionados en esta serie de posts.

Jared Diamond: el factor 32

post cruzado desde Grand Tour

Una buena manera de empezar el año, para seguir con los propósitos de enmmienda, es este texto del magnífico geógrafo Jared Diamond, "What’s Your Consumption Factor?", aparecido en el New York Times, el 2 de enero de 2008.

Para los matemáticos, el 32 es un número interesante: es 2 elevado a la quinta potencia, es decir, 2 por 2 por 2 por 2 por 2. Para los economistas, el 32 es aún más especial, porque mide la diferencia de nivel de vida entre el primer mundo y los países en desarrollo. Los promedios de consumo de recursos como el petróleo y los metales, así como los índices de desechos generados como los plásticos y los gases de efecto invernadero, son 32 veces más altos en Norteamérica, Europa occidental, Japón y Australia de lo que lo son en el mundo en desarrollo. Ese factor 32 tiene consecuencias importantes.

Jared Diamond

Para entenderlas, consideremos nuestras preocupaciones con respecto a la población mundial. Hoy en día hay más de seis billones y medio de personas, y ese número puede ascender a nueve billones en medio siglo. Hace varias décadas, eran muchos los que consideraban que el aumento de la población constituía el principal desafío que la humanidad tenía ante sí. Ahora nos hemos dado cuenta que eso sólo importa si lo ponemos en relación con lo que la gente consume y produce. Si la mayor parte de las personas del mundo, esos 6.5 billones, estuvieran en hibernación y no metabolizaran ni consumieran, no habría problemas de recursos. Lo qué realmente importa es el consumo total del mundo, la suma de todos los consumos locales, cuyo cómputo es el resultado de multiplicar las poblaciones locales por el promedio del consumo local per capita.
El aproximadamente billón de personas que vive en países desarrollados tiene un índice de consumo per capita de 32. La mayor parte de los otros 5.5 billones de personas del mundo en desarrollo tiene niveles de consumo per capita por debajo de 32, de hecho se acerca a 1.
La población, especialmente en el mundo en desarrollo, continúa creciendo, y hay gente que sigue centrando su preocupación en eso. Lo que observan es que las poblaciones de países como Kenia están creciendo muy rápido, y dicen que se trata de un grave problema. Desde luego, es un problema para los más de 30 millones de habitantes de Kenia, pero no es una carga para el mundo en general, porque los keniatas consumen poco. (Su índice relativo per capita es 1). El problema real para el mundo es que cada uno de los 300 millones de norteamericanos consume tanto como 32 keniatas. Con diez veces su población, los Estados Unidos consumen 320 veces más recursos que Kenia.
La gente del Tercer mundo es consciente de esta diferencia en consumo per capita, aunque la mayoría no podría especificar que ese factor es de 32. A medida que crece su desesperanza, se sienten frustrados e indignados, y algunos se convierten en terroristas, o bien los toleran o los apoyan. Desde el 11-S de 2001, se ha puesto de manifiesto que los océanos que antes protegían a los Estados Unidos ya no sirven. Habrá más atentados terroristas contra nosotros y contra Europa, y quizás contra Japón y Australia, mientras persista esa diferencia de 32 en índices de consumo.
La gente que consume poco quiere disfrutar del estilo de vida propio de quienes consumen mucho. Los gobiernos de los países en vías de desarrollo hacen del aumento de los estándares de vida un objetivo fundamental de su política nacional. Y decenas de millones de personas en el mundo en desarrollo buscan el estilo de vida del primer mundo por sí mismos, emigrando, especialmente a los Estados Unidos, Europa occidental, Japón y Australia. Cada transferencia de una persona a un país de alto consumo hace que crezcan las tasas de consumo del mundo, aunque la mayoría de los inmigrantes no consiguen multiplicar su consumo por 32 de forma inmediata.
Entre los países en vías de desarrollo que están intentando aumentar el nivel de consumo per capita dentro del propio país, China ocupa un lugar destacado. Tiene la economía con el crecimiento más rápido del mundo, y hay 1.3 billones de chinos, cuatro veces la población de los Estados Unidos. El mundo ya está agotando los recursos disponibles, y lo hará aún más pronto si China alcanza los promedios de consumo norteamericanos. Ahora mismo, China está compitiendo con nosotros para conseguir petróleo y metales en los mercados mundiales.
Los índices de consumo per capita en China siguen siendo cerca de 11 veces menores que los nuestros, pero supongamos que se acercaran a ellos. También podríamos imaginar que no hubiera ningún otro aumento de consumo en el mundo – es decir, que ningún otro país aumentara su consumo, que todas las poblaciones nacionales (China incluida) permanecieran sin cambios y que cesara la inmigración. Pero sólo con que eso sucediera en la China veríamos que aproximadamente se doblarían los índices de consumo del mundo. El consumo de petróleo, por ejemplo, aumentaría un 106 por ciento y el de los metales un 94 por ciento. Si la India consiguiera también lo que la China, las tasas de consumo del mundo se triplicarían. Si todo el mundo en desarrollo lo consiguiera repentinamente, esos índices se elevarían once veces más. Sería como si la población del mundo se hinchara hasta alcanzar los 72 billones de personas (con los actuales niveles de consumo).
Algunos optimistas señalan que podríamos soportar un mundo con nueve billones de personas. Pero no he encontrado ninguna persona lo bastante loca como para defender que pudiéramos sostener 72 billones. Con todo, a menudo prometemos a países en vías de desarrollo que con sólo adoptar las políticas adecuadas – por ejemplo, instituir un gobierno honesto y una economía de mercado -, también podrán disfrutar de una forma de vida semejante a la del primer mundo. Esta promesa es imposible, una broma cruel: incluso ahora estamos teniendo dificultades para soportar la forma de vida del primer mundo, cuando solamente se trata de un billón de personas.

Mall of America

Los americanos podemos pensar en el crecimiento del consumo de China como un problema. Pero los chinos sólo están alcanzando el nivel de consumo que nosotros ya tenemos. Decirles que no lo intenten sería vano.La única propuesta que China y otros países en vías de desarrollo aceptarán es que vayamos hacia unas tasas de consumo y unos estándares de vida más iguales en todo el mundo. Pero el mundo no tiene bastantes recursos disponibles para que los índices de consumo de China sean como los nuestros, aún menos para que lo haga el resto del mundo. ¿Significa eso que vamos de cabeza al desastre?
No, podríamos conseguir un horizonte estable en el cual todos los países convergieran en niveles de consumo considerablemente por debajo de los más altos actuales. Los americanos podrían oponerse: de ninguna manera sacrificaríamos nuestros estándares de vida en beneficio del resto del mundo. Sin embargo, estemos o no dispuestos a ello, pronto tendremos tasas más bajas de la consumo, porque las actuales son insostenibles.
Sin embargo, no necesitaríamos hacer un gran sacrificio, porque los estándares de vida no se acoplan fielmente a las tasas de consumo. Buena parte del consumo americano es derrochador y contribuye poco o nada a la calidad de vida. Por ejemplo, el consumo de petróleo per capita en Europa occidental se sitúa sobre la mitad del nuestro, cuando el nivel de vida de Europa occidental es más alto desde cualquier punto de vista razonable, incluyendo la esperanza de vida, la salud, la mortalidad infantil, el acceso a la asistencia médica, las pensiones, los períodos de vacaciones, la calidad de las escuelas públicas y las subvenciones a las artes.
Preguntémonos si el uso derrochador que los americanos hacen de la gasolina contribuye positivamente a mejorar cualesquiera de esos índices. Hay otros aspectos de nuestro consumo que también son derrochadores. La mayor parte de las industrias pesqueras del mundo todavía funcionan de forma no sostenible, y muchas se han derrumbado o han disminuido sus rendimientos -incluso aunque sabemos cómo gestionarlas para preservar el medio ambiente y las pesquerías. Si todas las industrias pesqueras fueran sostenibles, podríamos extraer peces de los océanos consiguiendo que los índices de capturas estuvieran en sus cotas históricas máximas y continuar así indefinidamente.
Lo mismo ocurre con los bosques: ya sabemos cómo manejarlos de forma sostenible, y si lo hiciéramos así en todo el mundo podríamos extraer bastantes troncos para cubrir las necesidades de madera y del papel del mundo. Con todo, la mayoría de los bosques se gestionan de forma no sostenible, con los consiguientes descensos en la producción. Por tanto, al igual que es cierto que podemos mantener nuestro nivel de vida consumiendo menos de lo que ahora lo hacemos, también es cierto que llegará el día en que los índices de consumo per capita en muchos países en vías de desarrollo serán casi iguales a los nuestros. Son tendencias deseables, no perspectivas horribles.
De hecho, ya sabemos cómo mejorar las tendencias; lo que ha faltado principalmente ha sido voluntad política. Afortunadamente, el año pasado hubo algunos signos alentadores. Australia celebró unas elecciones en las que una gran mayoría de votantes le dieron la espalda a la política que su gobierno había seguido durante una década; el nuevo gobierno apoyó de inmediato el protocolo de Kyoto sobre el recorte emisiones de gases de efecto invernadero.
También el año pasado, la preocupación por el cambio climático aumentó considerablemente en los Estados Unidos. Incluso en China se están produciendo vivos debates sobre la política medioambiental, y las protestas públicas detuvieron recientemente la construcción de una inmensa fábrica de productos químicos cerca del centro de Xiamen. Por tanto, soy cautelosamente optimista. El mundo tiene problemas serios de consumo, pero podemos solucionarlos si elegimos hacerlo.

historiar la globalización

post cruzado desde Grand Tour
History Workshop Journal

El número de otoño de la revista History Workshop Journal incluye una sección que lleva por título Feature Global Times and Spaces: on Historizing the Global. Parece un signo de los tiempos, un momento en el que el denominado proceso de globalización está permitiendo que vuelva a tomar auge la historia a gran escala, como lo demuestran inumerables libros y artículos, así como distintas revistas especializadas. Sin embargo, en esta ocasión el motivo es más concreto. En el volumen anterior, el correspondiente a la pasada primavera (el 63), uno de los historiadores británicos más reputados, Geoff Eley, publicaba un artículo titulado Historicizing the Global, Politicizing Capital: Giving the Present a Name. El texto provocó ciertas discusiones y la revista aprovechó la ocasión para promover una especie de debate (el que aparece en el número 64) en el que se invitó a participar a Antoinette Burton, historiador de la University of Illinois, Urbana-Champaign, a Sanjay Subrahmanyam, de la UCLA (autor de una biografía de Vasco de Gama, Crítica, 1998), a Iain A. Boal, de Berkeley y, finalmente, a Maxine Berg, docente en la University of Warwick y autora especializada en la revolución industrial que, a su vez, dirige el recientemente creado Global History and Culture Centre en Warwick.
Para no alargar esta reseña nos centraremos en los dos textos fundamentales. Por un lado, el de Eley y, por otro, el de Berg.

Geoff Elley

La periodización a gran escala que propugna Eley significa, dice, estructurarla alrededor de las historias del desarrollo del capitalismo y de sus distintivas formaciones sociales tal como las encontramos a escala global. Pero, añade, quisiera construir ese marco no alrededor de la comprensión clásica de la industrialización y de la revolución industrial sobre las que reparamos normalmente, ni alrededor del conjunto de debates sobre el paso del feudalismo al capitalismo, sino apelando a otros planos del pensamiento contemporáneo. Uno de éstos abarca las cada vez más ricas historiografías de la esclavitud, de las sociedades de la postemancipación y del Atlántico negro, que continúan desafiándonos en la revisión de nuestras notaciones básicas sobre los orígenes del mundo moderno. El otro incide sobre lo que sabemos sobre las distintas condiciones de la acumulación y de la explotación que definen ahora las nuevas divisiones globalizadas del trabajo, particularmente con respecto a la deslocalización y a los mercados de trabajo transnacionales. En ese sentido, deseo precisar algunos contrastes con el modelo anterior de la acumulación, el establecido después de 1945 y que duró hasta cambios de mediados de los años 70. En resumen, observa Eley: de un lado, hay argumentos de peso para ver la servidumbre y la esclavitud como formas sociales de trabajo que fueron fundamentos de la modernidad capitalista forjada durante el siglo XVIII; y por otro, hay igualmente evidencias desde finales del XX de la formación de una nueva y radicalmente degradada versión del contrato de trabajo. Estas nuevas formas de la explotación del trabajo se han ido gestando alrededor del predominio cada vez mayor del salario mínimo, de un trabajo descualificado, desorganizado y desregulado, en un mercado de trabajo semilegal y deslocalizado, en el que los trabajadores son sistemáticamente despojados de la mayoría de las formas de seguridad y de protección organizadas. Esto es lo característico de la circulación del trabajo en las economías globalizadas y posfordistas del mundo capitalista actual, y es ahí donde debemos comenzar la tarea de especificar las peculiaridades del presente. Ya sea desde el punto de vista del futuro del capitalismo o desde el de sus orígenes, la comprensión más clásica del capitalismo y de sus formaciones sociales como algo que gira alrededor de la producción industrial de manufacturas comienza a parecer algo increíblemente parcial y potencialmente distorsionado, una fase que hallamos de forma aplastante en occidente, en formas que presuponen exactamente su ausencia en el resto del mundo y con una duración muy breve en el tiempo histórico.

Maxine Berg

Vayamos ahora a Maxine Berg (From Globalization to Global History). Su texto empieza examinando los referentes de Eley. Éste cita a Wallerstein, a Cooper y a Hobsbawm para abordar períodos anteriores en los que hubo un orden mundial, observando la carencia de globalización. A partir de ahí, intenta actualizar el análisis marxista de la acumulación capitalista con su propia “grand-scale periodization” acentuando la esclavitud y la servidumbre como fundamentales para el desarrollo del capitalismo. Las historias del capitalismo, señala, no han incorporado las formas de trabajo servil en sus relatos sobre el augue del trabajo asalariado y de la clase obrera. Tampoco han dado la significación debida a la producción industrial manufacturera como punto álgido del capitalismo. Intenta reafirmar el lugar de las interacciones globales en la primera industrialización occidental, fundado especialmente en esclavitud del mundo Atlántico. Finalmente, encuentra paralelismos contemporáneos en los mercados globalizados de trabajo del siglo XXI, sujetos a contratos de trabajo infames y a otras formas de coerción. Sin embargo, su análisis se centra sobre Occidente, con notable poca atención a una historia global más amplia. Eley pretende historizar la globalización, pero lo que realmente necesitamos es una aproximación histórica mucho más global. La globalización, tanto el proceso como el debate sobre el término, ha proporcionado gran ímpetu a la historia global entre los historiadores y sus estudiantes, lo cual está también relacionado con una mayor atención a nuestros orígenes multiculturales. La historia global ha desafiado las viejas historias y estudios nacionales, estimulando una modificación de la historia imperial, y más recientemente de la historia atlántica del mundo, que hasta este momento lo ha sido sobre Gran Bretaña y sus colonias norteamericanas y caribeñas. La escritura global de la historia tiene un viejo prestigio cuando se habla del antiguo mundo Greco-Romano, de los Han en la China o de las tradiciones árabes, persas e hindúes. En Europa, durante el siglo XX, es conocido que en los años de entreguerra se renovó el interés por la China y Japón. Asimismo, los objetos históricos globales volvieron en los años 70 con el sistema-mundo de Wallerstein. Wallerstein, los historiadores imperiales y los estudios postcoloniales describieron la reproducción de metrópolis y periferias. El colonialismo y el imperialismo proporcionaron el poder que reforzó la dominación del mundo por parte de Europa y de Norteamérica a partir del siglo XIX. Estas historias del mundo, sin embargo, proporcionaron diferentes narrativas de dominación y resistencia. La historia policéntrica todavía se centra sobre el edificio imperial y los estados-nación, que construyen la modernidad como proyecto global europeo. Nuestras historias globales todavía están limitadas en gran parte dentro del marco de la economía y de la política. Son historias comparadas del oeste y del este, por un lado, e historias de la globalización y el internacionalismo, por otra. Las grandes preguntas que nos hacemos, y que persigue la nueva periodización de Eley, se centran en las fuentes del auge occidental, los orígenes de la gran divergencia o la crisis de imperios. Pero, ¿no hay otras preguntas más amplias que podemos plantear sobre conexiones globales en temas tales como diásporas, transmisión de la cultura material y conocimiento útil, sobre historias conectadas de la vida urbana, de embajadas, misiones comerciales e ideologías religiosas?
Eley historiza la globalización para ligarla a las demandas de los E.E.U.U. y su voluntad de afirmar su poder sobre el mundo reordenando el Oriente Medio y conteniendo a la China. La modernidad capitalista del XIX, con la industrialización y el imperio, no cumplió en última instancia sus promesas de dominación mundial a largo plazo. La resistencia del Próximo Oriente y el resurgimiento económico chino e indio nos invitan a sus propias historias globales. Las historias de las conexiones chinas e indias con el mundo, así como entre el Islam y Europa o entre el Islam y África son historias que necesitamos conocer. Son también historias que sostienen, y no coinciden simplemente con, la historia de Occidente y de la modernidad capitalista. Planteo esto como historiadora, dice Berg, que ha escrito durante más de veinte años sobre muchos de los aspectos de la industrialización de Gran Bretaña y de Europa con poco conocimiento, y ciertamente ningún contrato directo, con las historias de la India, de la China o de África. Esto parece increíble, así que ahora estoy intentando aprender

interescuelas

Muchos de nosotros asistimos a las XI Jornadas Interesecuelas/Departamentos de Historia (19 al 22 de septiembre, Tucumán). Con la intención de discutir en futuros posts algunas consideraciones sobre tal evento, reproducimos aquí la nota de Marcela Ternavasio (una de las historiadoras argentinas actualmente más reconocidas), que publicó la Revista Ñ el sábado 15 de septiembre de 2007.
Aclaración: En la edición papel, la nota está acompañada por dos fotos: la de Roger Chartier -quien estuvo a cargo de la conferencia inaugural- y la de Tulio Halperin Donghi -quien no participó de esta edición de las Jornadas-.

Por un encuentro sobre la historia – Marcela Ternavasio
La semana próxima se realizan, en Tucumán, las XI Jornadas Interescuelas que, desde hace dos décadas, reúnen a cientos de historiadores del país. Pros y contras de un mega congreso.

En los últimos años, la mayoría de los alumnos que cursan la carrera de Historia espera asistir al evento académico más importante de la disciplina que se viene realizando en nuestro país desde hace dos décadas. Las Jornadas lnterescuelas/Departamentos de Historia reúnen, cada dos años, a cientos de historiadores -o aspirantes a serlo- en alguna sede universitaria nacional para presentar y discutir los avances de investigación producidos sobre muy diversos temas.
Con el regreso de la democracia y la renovación producida en los claustros universitarios surgió la idea de convocar a un congreso bianual de historiadores con el objeto de crear un espacio de debate académico en el que confluyeran colegas y alumnos de diversos puntos del país. Sus primeros impulsores -entre los que cabe destacar a Haydeé Gorostegui de Torres, José Panettieri, Luis Alberto Romero y Marta Bonaudo- trabajaron incansablemente para afianzar dicho espacio y consolidar así las carreras de Historia, la mayoría de ellas devastadas luego de los oscuros años de la última dictadura militar. Desde 1987. las Jornadas se realizaron ininterrumpidamente, rotando sus sedes en diferentes universidades nacionales e incluso en la Universidad de la República de la ciudad de Montevideo, Uruguay.
La cantidad de participantes fue creciendo sustancialmente en los últimos años. En las XI Jornadas, que se desarrollarán entre el 19 y el 22 de setiembre en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT), sesionarán 109 mesas temáticas. A las 1.500 ponencias presentadas se les debe sumar una significativa cantidad de asistentes, especialmente de estudiantes que hacen sus primeros contactos con el mundo académico.
En un comienzo, las Jornadas Interescuelas reproducían el formato clásico de los congresos. con mesas generales -cuyas propuestas temáticas eran muy amplias-, algunos paneles sobre temas específicos y conferencias de historiadores consagrados que, por lo general, abrían y cerraban el evento. En la dinámica de las mesas generales se perdía, sin duda, cierta especificidad y unidad temática, pero se ganaba en términos de los debates suscitados y de los intercambios producidos entre diferentes perspectivas de análisis. Con el crecimiento exponencial de participantes, esta modalidad fue gradualmente reemplazada por simposios sobre temas específicos en los que participan entre ocho y 20 ponentes. Este formato, mucho más fragmentado, presenta la ventaja de una mayor homogeneidad temática pero pierde, irremediablemente, la posibilidad de confrontar argumentos muchas veces discrepantes sobre un mismo objeto de investigación.
Los grandes ejes temáticos en los que se clasificó el centenar de mesas propuestas para las próximas jornadas, organizadas por el Departamento de Historia de UNT, dan cuenta de las Líneas de trabajo exploradas actualmente: actores sociales y relaciones de poder, debates historiográficos y cuestiones metodológicas, enseñanza de la historia e historia de la educación, historia cultural y de las ideas, problemas y perspectivas de la historia política. historia reciente, perspectivas de historia social, procesos económicos y sociales, nuevos es-pacios y temas de abordaje en la historiografía contemporánea.
Las Jornadas lnterescuelas contribuyeron, sin duda, a consolidar la disciplina en nuestro país y a reforzar los vínculos entre diferentes universidades, grupos de trabajo e investigadores. Poco a poco se fueron constituyendo en una experiencia de aprendizaje para todos, y muy especialmente para los recién graduados y estudiantes. En este último caso, el fenómeno es sumamente interesante. Durante los meses previos al evento los alumnos se organizan para el "viaje" esperado, recaudan fondos para solventar sus gastos y se contactan con los es-tudiantes de la sede organizadora en pos de encontrar alojamiento para todos los interesados. El entusiasmo de los más jóvenes por asistir a la gran “feria de la historia” se expresa también en manifestaciones que parecen reproducir la lógica del mundo artístico: muchos se afanan por fotografiarse con los historiadores más célebres o por conseguir, al menos, un autógrafo de ellos. Expresiones que exhiben la “identidad” del oficio de historiador, un dato novedoso en nuestro país y que las Jornadas contribuyeron a crear. Cabe aclarar, sin embargo, que este auspicioso clima se ha visto perturbado en los últimos años -en sintonía con lo que está ocurriendo en algunas universidades nacionales- por algunas manifestaciones agraviantes hacia prestigiosos historiadores, encabezadas por grupos minoritarios que lamentablemente oscurecen la vocación de la mayoría por debatir en un marco de tolerancia y respeto que exalte los valores de la excelencia académica. El desafío, entonces, es recuperar estos valores y rediscutir la dinámica y modalidad de las Jornadas con el objeto de evitar la excesiva fragmentación a la que conducen los “mega” congresos. Una tarea sin duda compleja que exige una reflexión colectiva sobre el futuro de nuestra disciplina y de nuestras carreras en el contexto de crisis que viven las universidades argentinas.