democracia

Cassin y Google

Bárbara Cassin. Googléame. La segunda misión de los Estados Unidos, CFE-Biblioteca Nacional, Buenos Aires, 2008, 159 páginas.
Googléame

En algún lugar de su libro, la filósofa Bárbara Cassin usa una frase que nos viene bien: "un contra-torpedero es ante todo un torpedero". Si esa sentencia la aplicamos sobre Googléame… nos obliga a desmontar un dispositivo sobre el que muchos sólo han reparado en su manifiesta intención (este, otro, esteotro): cuestionar la empresa Google, a partir de algunos comentarios críticos sobre dos de sus principios más reconocidos: organizar la información y no ser malvado. Google y sus partidarios (?) pueden argumentar que tratamos con una empresa cultural y democrática; Cassin dice que Google que no es ni democrática ni cultural. El desenfreno consumista, la intratable metralla de clics y la ilusión del PageRank son temas que Cassin aborda para echar por tierra las aspiraciones que alguna vez los ex-jóvenes dueños de Google le contaron a Playboy (la autora sobreusa no intencionalmente esa entrevista). Su propuesta no es muy distinta a la que a menudo oímos por ahí: una vuelta a lo mejor del patrón letrado, a un mundo de evaluadores tangibles, con criterios cualitativos de ponderación, a una arcadia de expertos en la que la política consista en "ayudar de manera diferencial a escoger lo mejor". La frase del torpedero exige entonces que, aún si coincidimos con algunos de los argumentos de Cassin en este texto, nos detengamos a pensar la oferta que la autora nos hace para que dejemos de clickear por un segundo.
Después de leer el libro no es fácil decir si se trata de un manual de cuestiones ligadas a Google (tiene "recuadros" en donde se explican algunas cosas –no todas– que el lector imaginado tal vez desconozca) o de un catálogo de denuncias contra la empresa búsqueda-centrada. La duda obedece a que el pequeño libro está a mitad de camino de ambos destinos. Aquellos que hayan leído un par de libros sobre Google advertirán además que mucho ya ha sido dicho. El libro de John Batelle, Buscar, trata de manera más sistemática y con perficiencia muchos de los temas indicados por Cassin. Googléame… se pone mejor hacia el final, en donde la autora toca algunas cuestiones ligadas a proyectos europeas que compiten con Google y donde Cassin se explaya, un poco, sobre la comparación entre Google y la sofística. Sin embargo, las definiciones más "iluministas" de la autora aparecen en los últimos capítulos, en especial en el que trata sobre la "democracia cultural". Y es esa pócima, la infusión de la "obra", del lugar del "autor", de la "verdad", de la "calidad", de la "autoridad", etc., la que ya no se puede vender tan fácilmente, la que ya no podemos ingerir por ninguna vía de manera fluida. Las nuevas tecnologías, y entre ellas Internet y entre ellas la web, han hecho la ingesta un tanto más complicada. Cassin lo sabe.
Lo sabe tanto como conoce el hacer académico. Pero a la hora de hablar sobre las problemáticas implicadas en Googléame… (luego de decir que la primera misión es la Bush y la segunda misión a la que hace referencia el subtítulo del libro es la de Google) prefiere cuestionar al PageRank o a la Wikipedia sin haber citado ni una décima parte de la vastísima bibliografía existente sobre esos temas. Uno espera de un intelectual que si va a referir a la gallina araucana, conozca algo de su fisonomía. Máxime si se dedica a denostarla (Cassin critica a Wikipedia, pero una de sus fuentes principales es la propia Wikipedia).
Por otro lado, en el texto se escucha el rumor de un debate que no termina de emerger: una carga de profundidad que la autora arroja como al pasar sobre la cosa de Europa vs. Norteamérica. No sólo allí donde discute efectivamente cómo deberían estar pensados los proyectos de la CEE en competencia con proyectos americanos (redes, GPS, etc.), sino cuando Google aparece muy cerca de Bush y todo ello muy cerca del american way. También puede ligarse a eso la apelación a bibliografía en francés: nada revela más la encerrona francesa que la visión del francés en el aparato crítico de un libro que toca un tema multiplicado por la expansión de la anglofilia.
No tengo la menor duda que el sueño Google debe ser sometido a todo tipo de iconoclastias, pero no nos haremos aquí amigos de Platón por eso. Los mejores intelectuales –Cassin está entre ellos– deben ponerse a practicar, a leer, en fin a inteligir la cosa de la que hablan.
Hace tiempo escribí una reseña sobre el libro de John Batelle. Pensaba que el libro era demasiado festejante de la maravilla Google. Pero es bueno, muy bueno.

democracia y universidad

desde la reforma del ´18, los integrantes de las universidades nacionales han tendido a sostener como criterios básicos de su accionar la “autonomía” y el “cogobierno” universitario. No es evidente que ambos postulados estén directamente relacionados; podría pensarse una universidad autónoma que no defienda el cogobierno, y del mismo modo una universidad cogobernada que no fuese autónoma. Una parte del problema deviene de la ambigüedad en torno a lo que deba entenderse por autonomía. Esta es una discusión de larga data, y sobre la cual tendremos que volver en otra oportunidad. Sin embargo, desde el retorno de la democracia en 1983 el sentido genérico que ha ido adoptando la palabra autonomía, referida al ámbito universitario, supone la no intromisión del poder político en la definición, interna a cada universidad, de los criterios académicos, pedagógicos, investigativos y de gestión interna que cada una adopte. En el marco de este sentido genérico, y de algún modo predominante, el cogobierno aparenta ser la garantía necesaria de la autonomía.
el cogobierno, por su parte, supone la representación de los “claustros” en los órganos colegiados de gobierno universitario. Estos órganos son de varios niveles, y adoptan nombres diferentes en las distintas universidades. El cogobierno no supone la representación de los claustros en los cargos de gestión (diríamos, los cargos ejecutivos) internos de la universidad. Ejemplifiquemos con la universidad nacional de mar del plata. Tenemos aquí los órganos y cargos de gobierno del conjunto de la universidad: asamblea universitaria, rector, consejo superior. Luego, los de cada facultad: consejo académico y decano. Luego, dentro de cada facultad, los de cada departamento: consejo departamental y director. En todos estos casos, los representantes de los claustros participan de los cuerpos colectivos; los cargos “ejecutivos” sólo pueden ejercerlos representantes del claustro docente.
desde la normalización universitaria de los años ochenta, los claustros que tienen representación son docentes, graduados y estudiantes. Aunque a veces se discute, el personal “no docente” hasta ahora no forma parte del gobierno de la universidad. Esos tres claustros no tienen una representación igualitaria: en general, los representantes docentes son más que los estudiantes, y éstos son más que los graduados. Los sistemas electorales que se utilizan son de dos tipos: elecciones directas, dentro de cada claustro, para seleccionar representantes a los órganos colegiados; elecciones indirectas para los cargos “ejecutivos”. Así, siguiendo con el ejemplo local, el rector es elegido por la asamblea universitaria, mientras que los decanos de cada facultad son electos por sus respectivos consejos académicos. Al mismo tiempo, el sistema electoral para definir los representantes de cada claustro, es una adaptación del denominado “lista incompleta”: la primera minoría se “lleva” la mayoría de la representación, y la segunda minoría –siempre que alcance un porcentaje de votos que suele establecerse en el 25%- la minoría de los cargos.
este largo relato era necesario, creo, para llegar a decir lo que iba a decir desde el comienzo: que estos sistemas electorales prevalecientes en las universidades nacionales son un completo anacronismo. Contrapongámoslos con aquellos que el estado argentino, en todos sus niveles –nacional, provincial, municipal- ha ido adoptando en las últimas décadas: sistemas de elección directa para cargos ejecutivos; sistemas de representación proporcional para los cuerpos legislativos. La constitución nacional reformada en 1994 eliminó, por fin, los colegios electorales para elegir presidente –retomando lo que ya la reforma de 1949 había establecido-: todos los ciudadanos votan para el cargo político más importante del país. Iguales sistemas existen en todas las provincias y, supongo, en los municipios. La denominada “lista incompleta” para cargos legislativos, adoptada originalmente en 1912, se ha ido dejando de lado, muy notablemente en el congreso nacional –en la cámara de diputados, sería mejor decir- y reemplazada por la representación proporcional.
mientras esto ocurre en el estado argentino, las universidades –que también son órganos del estado- insisten en mantener sistemas más propios de la democracia oligárquica que de la democracia de masas en que vivimos. Los resultados son característicos. Supongamos una elección de rector. En lugar de presentarse programas o propuestas de gobierno, debatidas por el conjunto de los integrantes de la universidad, lo que existen son larguísimas “trenzas” para “convencer” a unos pocos asambleístas; en rigor, a los pocos necesarios para obtener el número necesario para garantizar la elección de determinado candidato. Dicho sea de paso, en esta tarea de “alta” política se encuentran enfrascados los dos candidatos a rector de la universidad de mar del plata, cuya elección se verificará dentro de poco. El conjunto de integrantes de esta universidad ronda los 20.000, entre docentes, graduados y estudiantes. Para elegir un rector, lo que hace falta es asegurar la voluntad de 55 asambleístas.
aquellos que integramos alguna universidad nacional solemos ser muy afectos a declamar sobre la “democracia”, o sobre la falta de ella, en organizaciones o instituciones tanto del estado como de la sociedad civil; no faltan, sino más bien sobran, aquellos que emprenden enjundiosas críticas del “verticalismo” sindical, o del “autoritarismo” gubernamental. ¿y por casa, como andamos?

Democracia burguesa

Decía Ismael Viñas (Las izquierdas y el proceso político argentino, pág. 256), y quizá sea cierto, que “esa tendencia en la izquierda a la autocrítica y la revisión de posiciones, positiva en sí misma, corre riesgo de transformarse en un nuevo derechismo por la falta de una investigación sería y de una discusión objetiva y amplia”. Uno de los puntos donde sin duda esta presente esa carencia de debate, es en el terreno electoral: es perturbador, aunque no sorprendente al menos para mi, observar la performance de los representantes de la “izquierda marxista” en las últimas elecciones nacionales. Tomemos los ejemplos de las candidaturas presidenciales: La fórmula del Movimiento Socialista de los Trabajadores encabezada por Vilma Ripoll cosechó 138.601 votos (0,76%); Néstor Pitrola por el Partido Obrero, seguramente favorecido por algún tipo de “renunciamiento histórico” de Jorge Altamira a la candidatura presidencial, y secundado por Gabriela Arroyos obtuvo apenas 113.004 sufragios, sólo el 0,62% del total de positivos. Por su parte la alianza PTS-MAS obtuvo para sus candidatos José Montes y el “chino” Heberling 94.777 sufragios (0,52%). En tanto el Movimiento independiente de Jubilados y desocupados de Raúl Castells y su compañera Nina obtuvo 54.893 votos (0,30%). Ubiquemos a la fuerza de “Pino” Solanas más al centro, un filiperonista o algo así, y no lo contemos dentro de esta “izquierda marxista” que se vaporiza.
La sumatoria de los votos de estas cuatro fuerzas daría un total de 401.275 sufragios; o sea, casi el doble de los nulos (217. 744) y un poco menos de la mitad de los votos en blanco (934.739). Aproximadamente entre un 50% y un 60% de los “sufragios marxistas” se corresponden a Capital Federal y GBA. En síntesis, las cuatro fuerzas han sumado el 2,2% de los 18.265.050 votos positivos (93,90%). No se me ocurre pensar tampoco en que los votos nulos, blancos y recurridos (7,1%) sumados a los votos que no fueron, respondan a la iniciativa (votobloquista) del Partido Comunista Revolucionario, o el “vote a nadie” de algún grupúsculo de inspiración anarquista.
Estos números, ya recurrentes elección tras elección, invitan a pensar los por qué -tras estos magros resultados- se insiste una y otra vez en las mismas fórmulas e ideas, o se practican intentos de renovación y “alianzas” vacuas de contenidos prácticos. Es dable pensar que alguna de estas fuerzas persigan las dádivas que prevé la Ley 26.215 de Financiamiento de los Partidos Políticos (es lícito); también, que una y otra vez se caiga en un sectarismo, ya desquiciante, que impida, al menos, conformar alianzas más amplias, junto con discursos amplios, con el objetivo de – seriamente- sumar un diputado, algún edil municipal. La apuesta democrática implica aspiraciones: configurarse si se quiere como una fuerza testimonial, pero que pretende proyectarse y crecer. Parece mala la “táctica” de presentarse a elecciones para luego denostar la “democracia burguesa” como el causal de la derrota bochornosa. Habla de una total falta de tino, de una anquilosada y vetusta “izquierda marxista” indispuesta al cambio, que frente al reclamo indignado del “vecino” que no dispone de cloacas le responden con alguna frase célebre de Lenin. Tampoco hace falta hundirse en una especie de “complejo de culpa”, en una palinodia que la lleve a ignorar el papel positivo jugado por ella misma a pesar de sus errores.

kristina

Sólo una curiosidad. Un dato menor en medio de procesos más destacados o destacables.
Se trata de una serie inventada, en todo caso; de correlaciones espurias puestas al servicio de una curiosidad.
Varias voces hicieron circular sus impresiones del acto electoral. Desde antes del cierre de los comicios podían escucharse o leerse tales testimonios. No es algo excepcional, pero en esta ocasión el registro molar subrayó la anomalía, la incorrección. Llamémosle a esos relatos etnografías de la intemperancia, en la media lengua de la corrección; y citemos sólo dos para no caer prisioneros de ese idioma sibilante y melindroso.

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Todo el día de ayer fue un bochorno, una cachetada, una basura, una mentira, una porquería, estuve de fiscal y recorrí todo Malvinas Argentinas y no había escuelas donde no hubiera colectivos estacionados a dos cuadras, para el voto cadena, grupo de matones copando las escuelas en donde los gendarmes, apenas dos por escuela y muy niños, de apenas escasos 19 años, no podían contener a los mafiosos gordos del conurbano. Daba miedo, había escuelas donde cuando todavía eran las seis de la tarde y miles de personas esperando para votar, ya adentro cantaban “viva perón, viva perón”, tuve que hacerlos callar y los más de los 50 matones gordos típicos del conurbano se me vinieron encima y cuando le imploré al gendarme que pusiera orden este me amenazó, a lo cual yo a mi vez le dije que lo iba a denunciar, 60 matones bien gordos de tanto asado y vino, con sus panzas como ametralladoras relucientes y amenazantes se me venían encima a mi, una mina de escasos 55 kilos. Esa es la democracia argentina, la panza salida de los matones peronistas.

Hace muy bien Mariano, de El Buen Salvaje, en llamar a esta intensa narración El Matadero 2.0, porque como dice Jorge Y. de la G. en los comments, esa intensidad está en línea con la filigrana de la violencia política que fueron dibujando la refalosa y el matadero, la fiesta del monstruo, el fiord, y otros. (nota: ese texto fue citado en La Barbarie, y, al parecer, escrito como comentario en La Nación. No pude rastrearlo, pero no estaría mal intentarlo.) Me salgo de la vaina por continuar este hilo, pero es un trabajo que puede hacer bien Josefina Ludmer.
El otro texto apareció en Nación Apache, y lo firma Jorge Mayer. En él se narran las peripecias de un hombre que va a votar (uno más bien atento al lado fútil del comicio; más desganado que melancólico; más dominguero que shakespeareano) y que, en el momento de hacerlo, no halla boletas de su candidato favorito.

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Esta vez, precavido, no cierro del todo la puerta [del cuarto oscuro]. Miro las boletas. No está la que busco. Ahora me indigno. Me dan ganas de salir y gritarle a todo el mundo que no hay boletas de mi candidato. Es evidente que nadie va a llevarme el apunte. Si mi candidato tuviera un mísero fiscal, hubiera dejado su boleta. Pero no hay tal. Estoy apurado. No me gustan los escándalos. Me suben los calores en el rostro. Tengo el saco lleno de pelos rubios de gato. Tal vez me estén mirando. Me miran. Lo siento en la espalda. No me decido entre otros dos candidatos. No quiero votar en blanco. No quiero quejarme de que faltan boletas. No quiero estar un segundo más allí dentro. Sospecho que, al verme ir de pupitre en pupitre, el tipo que me está mirando dirá:
-Frío…. Frío… Cuidadito con lo que hacés.
Agarro cualquier boleta, menos ésa, la doblo en dos y la echo al sobre.
Estoy nervioso. Me tiembla la mano. El sobre se resiste a entrar en la boca de la urna. Imposto un saludo amable y ostensible para los garantes de la transparencia del acto electoral. Doy media vuelta y busco la puerta. Mastico rabia. Dos meses pensando a quien votar y vengo a tomar la decisión en el cuarto oscuro, por descarte, en menos de diez segundos.

Estas etnografías de la intemperancia denuncian -justamente como manda la Real Academia-, la incapacidad nativa de “moderar los apetitos y el uso excesivo de los sentidos, sujetándolos a la razón”. Y se trata de elementos que pueden ligarse a otros relatos, menos intimistas acaso, y que convierten a los primeros en testimonios ciertos de un complot, o alegatos que desde el fondo de la sensibilidad horadan las formas aciagas del poder. Esas otras narraciones no son etnografías, llamemosle gulagadas, en celebración del ejercicio solyenitsiano. Citemos sólo una para no abusar de esa entrelengua, ese alto-rumor paranoide y bífido:

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Periodista: -Pero, perdió la elección…
Elisa Carrió: -Debemos ser la fuerza de rescate de nuestros hermanos pobres aprisionados en la pobreza y la cárcel del clientelismo. A veces se gana perdiendo, y otros pueden perder ganando.
Periodista: -Ganó sólo en las grandes ciudades…
Elisa Carrió: -[Cortante] En el conurbano no es así. En La Matanza sacamos el 20 por ciento de los votos, y gracias a que se organizó el saqueo no llegamos al 30%. Era una elección competitiva en el conurbano bonaerense, algo que ellos no podían aceptar.
Periodista: -¿Dice que hubo fraude?
Elisa Carrió: -[Piensa] Influyó directamente en que no hubiera ballottage. Hubo tres puntos robados en el conurbano, sin dudas.

La misma dirigente expresó por distintos medios la naturaleza del voto de las ciudades (libre), atizando el fuego de los problemas de hoy con un viejo manual de Germani.
Así, una serie que desde las representaciones forjadas en los hornos kirchneristas no tenía modo de devenir “ideológica”, por el cruce de la media lengua batiente del kyplinguismo local, la media lengua asediada del hombre tomado, y la republicana lengua de la líder de la oposición, ahora, esa serie, descansa en una polarización que pone a Kristina al mando de “la panza salida de los matones peronistas” y como custodia del voto de los nativos. Artemio López ha intentado un hachazo sobre estas patrañas, pero habría que experimentar nuevas series hasta entender cuál será la fortuna de la imaginación política en este próximo tiempo.

coda: Si esa serie debe consolidarse, lo mejor será abandonar El matadero y recitar de Ascasubi, Isidora, la federala y mazorquera:


Sabrán que esta moza al fin,
no es porteña, es arroyera,
pitadora y guitarrera
y cantora del Tin tin.

Que vino de la otra banda
junto con los invasores,
y que sabe hacer primores
por todas partes donde anda;

el criador de gorilas, macri y jules romains

Un creciente malestar contra el grupo macri va decantando y en depósito, azuzado por el ahora no tan próximo balotaje porteño. El horizonte de las críticas se ha corrido un poco gracias a la intervención de Alejandro Rozitchner. Como quien no quiere la cosa, jugando al six degrees, el asunto derivó, vía cabecita negra, en aproximaciones al gorilismo, a las ideologías, al unanimismo, Para abreviar puedo citar como referencias dos posts en los que se cita (lobo) y se comenta (barbarie).
De todos esos temas me detengo en los que pensó el criador en uno de sus últimos posts: el unanimismo. En realidad, y lejos estoy de resumir lo que criador dice, el post discutía justamente con Rozitchner esa renga idea de que la eficacia en la gestión es la mejor ideología (claro que no está expresada de ese modo). Y, de yapa, criador sostenía lo siguiente:

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Y vamos a pegarle un palo más a Rozitchner, que quizás suene exagerado. Para el Criador, la visión del tipo peca de unanimismo: cree que se puede gestionar "bien", a secas, como si no hubiera diferentes intereses en la sociedad, o como si incluso todos los "bienes" del mundo fueran mutuamente compatibles. Y no es así. La libertad y la igualdad, el crecimiento y la distribución, la justicia y la paz social, etc., están muchas veces enfrentados. Y no hay gestión "eficaz" para conseguir todo eso junto. Hay elecciones políticas, ideológicas, sobre cuáles de esos bienes priorizar. Por eso la política no es técnica. La eficacia, en todo caso, es posterior a la decisión sobre qué objetivo buscar. Y la idea unanimista, de que se puede hacer todo el bien a todo el mundo, fue siempre el germen de los peores totalitarismos. Reemplazar "el gobierno sobre los hombres" por la (tecnocrática, eficientista, teóricamente a-ideológica) "administración sobre las cosas" (como querían Saint Simon y Marx) no trajo resultados que al Criador le gusten demasiado. Al respecto, le recomendamos a Rozitchner más Todorov y menos Osho.

El criador ya nos había cedido algunas definiciones de manual un tanto lisas. El mejor ejemplo: el de democracia.Acá. Pero aquí, no cuando habla de eficacia sino cuando habla de unanimismo, confunde.
Con respecto a eficacia, sólo para complicar un poco las cosas, recordemos lo que dice Rancière en su libro El desacuerdo: "la quiebra de los estados totalitarios es, en efecto, una quiebra con respecto a lo que era su legitimación última: el argumento de la eficacia, la capacidad del sistema para procurar las condiciones materiales de una nueva comunidad". Con esa quiebra, dice Rancière, pareció levantarse una hipoteca que pesa sobre la democracia (el carácter formal de los derechos que implantaba). Lo único tremendo del argumento de Rozitchner no es, claro, la posibilidad de que puede emparentarse con una lógica Pol Pot, sino el hecho de que no haya acusado recibo de esa quiebra y aún nos ceda esos argumentos añosos (la desolación que puede causar la más que aparente victoria de macri puede hacernos creer que el rabo mueve al perro).
Con respecto al unanimismo, eso que cito más arriba no se parece en nada. La gestión "a secas" es una declinación liberal. Por lo demás, inundada de una pedagogía unanimista si se quiere desde la misma declaración de los derechos del hombre y el Terror. Pero ese unanimismo no es el que el criador reconoce como una flecha hacia los totalitarismos. ¿Por qué la confusión? No lo sé, pero inmediatamente criador propone versiones liberales de la política, técnicas, aunque él, criador, diga que no: elecciones y bienes que priorizar, agendas. Y esa es una idea con la que no acuerdo. (El unanimista es un agonista: sabe que no tiene elección.) Sin embargo, entiendo que los clivajes políticos siempre debe leerse en clave amigo/enemigo, ¿es eso lo que decanta en el unanimismo? Si es así, vamos a por él.

el odio a la democracia

Jacques Rancière. El odio a la democracia, Amorrortu, Buenos Aires, 2006. 138 páginas.
Ranciére

I
El odio a la democracia comienza con un nudo conocido, aunque no por ello desatado: el doble bind de la democracia: por un lado el exceso de la vida pública, si no se controla la participación popular; y, por el otro, la deglución de las energías sociales por la vida privada, si no se promueve la actividad colectiva. La llamada “paradoja democrática” puede ser leída en distintos textos, aún si los intentos de su liquidación no son coincidentes. Miren por ejemplo el libro de Chantal Mouffe, La paradoja democrática, en donde tanto en el capítulo sobre Carl Schmitt y sus críticas a la democracia liberal, cuanto en el intitulado “Para un modelo agonístico de la democracia”, Mouffe no puede escapar de una propuesta que pretenda corregir, derivar, el sentido del doble vínculo. Así, dice de Schmitt que niega el pluralismo en el interior de la asociación política, lo que creo una certera indicación sobre Schmitt pero no sobre los límites de todo pluralismo, palabra que sin duda puede ser atacada con la misma batería schmittiana porque, en efecto, la noción de pluralismo no puede danzar en otras tablas que no sean las de la democracia liberal. Así también, en su versión del modelo agonístico democrático, Mouffe propone el paso del antagonismo al agonismo. Una versión, en definitiva, basada en pleonasmos, oxímoron (¿cuál es el plural de esta palabra?), términos encomillados, etc. “Pluralismo agonístico” con base en un “consenso conflictivo”. Me parece que el trabajo de Rancière en este texto será encontrar una dirección, un movimiento desde el doble vínculo hasta un proyecto o un raff de un proyecto afín a las fuerzas del pueblo (ojo! recordar que tengo que leer El desacuerdo).

II
Es divertido leer, esporádicamente, recordatorios de la condición periférica. No de la posición estructural de los países que trazados en un mapa imaginario se dibujan y desdibujan en los alrededores de otras naciones, o bajo distintos conglomerados tecno-ecónomicos. No. Sino más bien, camafeos, pins, que mentan la posición de aquel que intelige: un pez que, preso de corrientes oceánicas, pongamos, cálidas y morosas, intelige sobre otros peces en otras aguas, frías y rápidas, mientras cree percibir que su cadencia sufre o puede sufrir, en poco tiempo, un preciso movimiento que la acelera…Cuando Rancière remonta los debates entre los filósofos antiguos, correctores de una individualidad cada vez más desestabilizante, y los alegres sociólogos modernos, quienes con Lipovetsky, no conciben que bajo términos como hedonismo, narcisismo o consumismo, descansen los núcleos más peligrosos para la política, Rancière, entonces, recuerda que el festivo consumidor retratado es un pez que nada en otras aguas. Aquí, a estas alturas, lo que pone en riesgo los límites de la política es la gesta inconclusa de un proyecto liberal; aunque si considero aquello que dice Eduardo Elena en su tesis sobre el primer peronismo (que la dignidad del trabajador descansaba sobre una tensión: “combatir al capital” y el cumplimiento efectivo de sus derechos, en algún punto, una aspiración ilimitada de consumo), esta idea del exceso, de la inorganicidad, como nominación de un miedo o de un riesgo, expresada en la imposiblidad de stockear consumo, bien puede iluminar, como lo indicó alguna vez Dardo Scavino, la cada vez más superficialmente leída contradicción civilización/ barbarie.

III
Si existe una ligadura entre sociedad y política es, siguiendo a Rancière, una que no descansa en teleología alguna, ni sobrevive a su propia formulación: la política no es el lugar de la filiación sino su ruptura. Vuelve a La República y a Las Leyes de Platón: siete títulos para gobernar: el padre sobre el hijo; el viejo sobre el joven; el amo sobre el esclavo; el bien nacido sobre el insignificante; el sabio sobre el ignorante; el fuerte sobre el débil. Estos dos últimos ya se despegan de la filiación, pero el séptimo título lo hace definitivamente:

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el título de autoridad que lleva el nombre de «amado por los dioses», la elección del dios azar, el sorteo, que es el procedimiento democrático por le cual un pueblo de iguales decide la distribución de lugares.

Rancière habla aquí de un escándalo, de una desmesura, pero no a raíz del nervio consumista sino a partir de “la pérdida de la medida”, esa que ligaba a la naturaleza con la comunidad, vía las relaciones de autoridad que ordenan el cuerpo social. Vía el concierto invariable de la cosa social, el horizonte tramado de las tradiciones.

IV
Democracia y política como si se tratara de un haz de luz, corpúsculo y onda, piedra y aire. El odio a la democracia vuelve sobre esa indistinción para anularla, para olvidarla. Concibe un orden político y uno social como dos polos que se buscan, insiste en la eliminación de la contingencia como fundamento del buen gobierno. La democracia, dice Rancière que dice Platón, es un régimen político que no es tal. No posee una constitución, las posee a todas. Rancière lo dice con palabras terribles: "lo que el hombre democrático valora en la inmutabilidad de la ley no es lo universal de la idea, sino que sirva como instrumento a su capricho".
Las consecuencias de este dictum para universales como los derechos del hombre o el sufragio universal en tanto mecanismo regio de la elección democrática, pueden dar miedo, dice Rancière, o alegría. Son las dos lógicas esas que se enfrentan en la esfera pública: la policía, que remite a los seis primeros sellos platónicos, y la política, que se funda caprichosamente. Y ese batallar no persigue otra cosa que la reconfiguración de lo público y lo privado, que la lucha por modificar la distribución de lo particular y lo universal. Así se escribe la ley escrita y la no escrita, con las grafías del arrebatador, de la mechera, del punga. Ningún devenir insuflado desde el centro mismo de aquello contra lo que c ombate (y aquí Rancière discute con Imperio, pero no sólo con esa versión de las luchas populares); ninguna semilla social germinada en el laboratorio la política. Sólo un gesto jactancioso, un movimiento rápido, una escena bárbara. Lúmpenes! uníos por un rato.

V
Lo paradójico de la democracia, su fundamento ilegitimo, su topología elástica, tiene historicidad. La contingencia puede leerse como serie, pero ese saber no define una legitimidad, o bien, mejor, la define sólo hasta cuando ese instrumento deje a un costado su sentido. Nos hallamos en este punto, leyendo a Rancière, frente a algo que se parece a un borde pero también a un núcleo, una cosa rara: si no puede ser nombrada, si sólo puede ser interpelada, ¿se trata de un objeto verdaderamente o acaso esto es una voz que emerge de ese objeto, aún si en su misma emergencia ha perdido todo recuerdo de su ligadura?