digitalización

Anthony Grafton: “Codex in Crisis”, el mundo del libro tiembla

post cruzado desde Clionauta

A finales de 2007, el historiador de Princeton Anthony Grafton publicó un artículo en The New Yorker sobre la digitalización y sus descontentos. En este blog dimos cumplida cuenta de todo ello, traduciendo parte de esa reflexión a los pocos días. Quienes deseen conocer aquella contribución al completo están, por otra parte, de suerte, pues la revista Pasajes publicará ese mismo ensayo después del verano en un número dedicado a internet, número que editaremos mi compañero Justo Serna y un servidor de ustedes.
Grafton, Codex
Lo que no apareció en la anterior entrada sobre el asunto, ni podremos calibrar en esa revista, es el éxito que Grafton consechó con ese breve texto, como tampoco las discusiones suscitadas con posterioridad. Quede, pues, constancia de ello. Sólo así se entenderá que este historiador haya decidido ampliar aquellas digresiones hasta convertirlas en un libro, cuyo título es el mentado Codex in Crisis (Nueva York, The Crumpled Press, 2008). Además, es una rareza. Grafton apenas ha aumentado su escrito, pasando de cuatro mil a dieciséis mil palabras que caben en unas escasas 53 páginas, pero el volumen se ha beneficiado de una edición exquisita, cosida a mano, y con una tirada única y definitiva de 250 ejemplares. La casa editorial, de nombre elocuente, jura y perjura que ahí se acaba todo y que la obra no gozará de posteriores reimpresiones o reediciones.
Dice Grafton en ese volumen hablando de las grandes bibliotecas y la digitalización:

quotep

Durante la última década, más o menos… las ciudades del libro han sido de todo excepto tranquilas. El ordenador e internet han transformado la lectura de forma más profunda que cualquier otra cosa desde la aparición de la imprenta. En las grandes bibliotecas, de Stanford a Oxford, se pasan las páginas, los escáners resuenan, las bases de datos crecen -y el mundo de los libros, el de la información protegida por los derechos de autor y el de los depósitos de ejemplares, tiembla.

Quienes deseen más tienen tres opciones. Una (dejemos al chiquilicuatre al magen), adquirir el nuevo libro por unos escasos treinta dólares. Dos, reservar un ejemplar del número sobre intenet que publicará Pasajes a la vuelta del verano. Y tres, seguir la columna quincenal que el propio Grafton escribe para el periódico de su Universidad, el Daily Princetonian.

Darnton y la digitalización

Robert Darton publicó un texto en la edición de junio de este año de la revista The New York Review of Books. "The Library in the New Age" se ocupa inequívocamente del lugar de las bibliotecas y de los especialistas ligados a esa institución en la actualidad. El texto sigue el rastro de otro que escribió Anthony Grafton hace un tiempo en The New Yorker. Ambos dan cuenta de cierto malestar: la pérdida de un tipo de autoridad en el trabajo académico que representa la caída de una institución como la biblioteca (no el éxodo de lectores -retirada que ya podía vertificarse antes del surgimiento de las nuevas tecnologías de la información-, sino el desplazamiento de su lugar en las coordenadas de la investigación). Y aunque Darnton no es un enemigo de las nuevas tecnologías, en el texto el espectro asolador se llama Google. El historiador discutirá en 8 puntos algunos problemas vinculados a la digitalización masiva de documentos. No nos detendremos en cada uno de ellos pero conviene revisar una idea del artículo.

Su argumento comienza con una certeza: la inestabilidad del Texto. Pero esa inestabilidad remite a un control, a un lugar de autoridad que la conjure, en lugar de ser intrínseca a un registro que poseyó históricamente -pero para algunos ya lo tiene por naturaleza- un diferencial de poder (y eso hace, pienso, que no tenga mucho sentido decir cosas como, por ejemplo, que todas las épocas son eras de la información). El lugar del bibliotecario es lo que pone en juego esa sentencia de apariencia posmo (según Darnton Google nunca contrató uno, pero si lo hiciera, pienso, la discusión seguiría en pie: si Coca-Cola contrata antropólogos, ¿significa eso que sus estrategias comerciales son más elogiables?) Hacia el final, Darnton dirá que la tinta sobre papel es el mejor lugar para los textos. Y allí la idea de texto adquiere un sentido único que el propio Darnton se encargó de corroer en otros escritos.
El debate se enrarece con este tipo de fórmulas: nadie parece apostar por una utopía de último párrafo en la que Google conviva con bibliotecarios del tipo Jorge (El nombre de la Rosa). Y eso no se debe a que consideremos que Google es fabuloso o a que las bibliotecas huelan a viejo: obedece a que no hay lugar para la utopía una vez que se nos ha planteado la disyuntiva entre dos tecnologías. Y eso no sucede sólo porque el espectro Google posea un afán de poder inescrutable e inextinguible, sino porque se enfrenta a una usina de asimetrías fenomenal y hegemónica: la ilustrada idea de que hay algo que subyace en los textos que puede ser extraído; la idea de que hay un texto en clase. Hay algo de necesario en las instituciones que fundamentan la investigación, y hay algo de "necesario" en la naturalización de sus sentidos menos igualitarios, pero cuando esos sentidos se postulan como fundamentos que tienen su origen en la naturaleza de los materiales con los que se trabaja, el debate se vuelve sobre sí, nos obliga a repensar el sentido mismo de proponer ese tipo de discusiones, de tensiones.
¿Existen diferencias absolutas y radicales entre un documento digital y otro en soporte papel? La pregunta ya las presupone. Y le inventa un aura al soporte papel que se lleva mal incluso con el propio desarrollo de las tecnologías ligadas al proyecto ilustrado, en la medida en que la reproducción mecánica debe aliviar la idea de que una copia de la Biblia, por ejemplo, comprada en Liverpool difiere de otra adquirida en Accra. Para distinguir un soporte de otro, Darnton sugiere que al leer un documento en soporte digital no podemos conocer su tamaño. Es un argumento un tanto rebuscado: entiendo que eso es importante para quienes quieran conocer ese tipo de cuestiones, pero si nos interesara conocer la composición quimíca de la tinta de color rojo aplicada sobre determinados ex-libris, no podríamos decir que el mejor lugar para esos libros es un laboratorio de análisis. Existen, sin embargo durísimos problemas en torno a la digitalización, a los aspectos comerciales ligados a esta última, etc, que Darton revisa. Podría haber continuado su comparación y tratar los problemas de larga duración que aquejan al mundo de las bibliotecas. Pero no: la consigna es cuidar las bibliotecas. Y no se puede estar en desacuerdo con ese principio.

pobres pero honrados

Hace unos días, Lisa Spiro en su blog Digital Scholarship in the Humanities escribió un post (How many texts have been digitized?) en el que comenzó a mapear los usos que ella misma aplicó a los recursos digitales orientados a la investigación académica para hacer su dissertation. Este úlitmo texto puede leerse y comentarse, además, por aquí, bajo Commentpress.
La pregunta con la que comienza Spiro es básicamente esta: ¿en qué medida puede apoyarse una investigación con materiales online? Su respuesta es que puede hacerlo muy bien. Ella pudo acceder a más de la mitad de los documentos primarios y secundarios con los que trabajó entre 1996 y 2002. Si el idioma es una ventaja, el período de algún modo la compensa: entre el 2002 y la actualidad, esos recursos se han multiplicado nuevamente. Acabo de escribir "más de la mitad", pero las cifras son más específicas y controvertidas. En especial porque algunas decisiones con respecto a qué significa "acceder" pueden ser discutidas: un "snippet view" en Google Books, por ejemplo, ¿significa que hemos accedido al material? Tal vez no. Si ya es legítimo sospechar de los criterios de selección docente para tramar un paquete de fotocopias, ¿cómo no hemos de cuestionar las vistas parciales que nos cede Google? Por eso "más de la mitad" es una buena forma de decir que el resultado es estupendo.
Por mi parte, pese a lo que dice Arlette Farge en su libro La atracción del archivo, considero cualquier museo, biblioteca, cine, laboratorio, etc, pequeños cadalsos donde la vida se agosta y los márgenes del gran río burocrático crecen peor que el Paraná. Algunas cosas que pueden ayudar a la investigación (fumar, comer -pizza, pochoclos, lo que sea-, escuchar música, etc.) están, en esos submundos disciplinarios, absolutamente prohibidas. Hace falta citar algo más para completar ese credo hedonista con respecto al archivo específicamente: a diferencia de lo que comentaba Eugenio Cambaceres (era el siglo XIX), viajar cientos de kilómetros en tren -en nuestro caso para consultar un archivo- no es ninguna experiencia cautivante (son expediciones que harían posible nuevas partes a la saga de Nigel Barley -El antropólogo inocente- o la de Bruce Chatwin -El virrey de Ouidah-: una entrada menesterosa a un mundo de carroll-kafkiano del que probablemente salgamos vacíos). Entiendo que existen territorios en donde la recolección de materiales ha sido mistificada (he leído y escuchado algunas sobre el trabajo de campo arqueológico), pero no no ha sido así en el caso del archivo en condiciones latinoamericanas. Sigamos con los ejemplos: la integración de la cámara digital a los procedimientos de recolección de datos documentales ha permitido a) mantener una copia del material (algunos reservorios se parecen a Hogwarts, la escuela a la que asiste Harry Potter: allí aparecen y desaparecen documentos de tremebundo volumen), b) que buena parte del trabajo sobre las fuentes pueda hacerse en la oficina (esto se aplica para otros hemisferios) o en la casa (esto a veces también) o en algunas instalaciones comunes de la unidad académica de la que participa el investigador o la investigadora (ni hablar). Sin embargo, en algunos lugares el uso de esa herramienta no está permitido. Los argumentos son válidos, creo, si exageramos como vengo haciéndolo este último párrafo: la actividad fotográfica se vuelve tan extractiva que casi alcanza el plano del pillaje. Por otra parte todo argumento de naturaleza coercitiva se ajusta a la idea de control experto (del bibliotecario, del director, del especialista en general), y eso lo hace menos extemporáneo. En definitiva: todo apunta a que festejemos, creo, la proliferación de reservorios digitales. Spiro cita a varios. Tomemos 4 de ellos para aproximarnos al problema del acceso a esos archivos en condiciones latinoamericanas: Jstor, Project Muse, Netlibrary y Questia. El costo de subscripción anual al primero y al segundo de ellos es del orden de los miles de dólares (Argentina tiene algún descuento y de acuerdo al sitio, por intermedio de la Secretaria de Ciencia, Tecnología e Innovacion Productiva pueden consultar sus archivos de revistas académicas muchas universidades nacionales -en la que trabajo esa información debe haber sufrido algún retraso). Netlibrary es un tanto más barata, pero en esa biblioteca se paga por libro incluido en un paquete dedicado, así que su precio está en relación a la cantidad de material disponible. Questia acepta subscripciones individuales y cuesta unos 15 dólares por mes la subscricpión a toda la colección. Questia tiene libros y artículos. Netlibrary sólo libros. Ambas empresas poseen software propietario para leer sus materiales. Lo interesante no es acceder a uno sino a los cuatro (o a más: Sage, Ebsco, Ebrary…hay cientos y la mayoría no son gratuitas). Sólo con acceso a todos los reservorios es posible verificar las conclusiones a las que llega Lisa Spiro.
Mientras tanto se multiplican los grandes circuitos de mails para intercambios de passwords, las bolsas de indigentes reclamando claves, pizarras, foros, hangares donde el malandraje reclama acceso al conocimiento. Hasta ahora la doxa que da título a este post se impone: el encargo social es más rápido que la web 2.0.

Del archivo

Seguimos vía feeds a Richard J. Cox, del blog Reading Archives, en sus intervenciones acerca de la literatura sobre archivos, archivística, bibliotecología, ciencias de la información, etc., largo etc. Este mes publicó, en coautoría con estudiantes de Pittsburgh, un artículo en First Monday: "Machines in the archives: Technology and the coming transformation of archival reference". Vale la pena leer ese texto.

Reading Archives

linea

La historia digitalizada: El País de Jauja

post cruzado desde Grand Tour
Brueghel

Por estas tierras se tiene por costumbre que los grandes almacenes, en su afán de perseguir al incauto consumidor, organicen de vez en cuando "la semana de…". La pretensión no es tanto promocionar los productos de un determinado país o cultura, sino aligerar los bolsillos de los parroquianos. Pues bien, voy a hacer lo mismo. Declaro abierta la semana de Anthony Grafton, y conste que no deseo masacrar a ningún lector, sino sólo honrar a este excelente historiador. He tenido esta imaginativa ocurrencia tras leer dos artículos que ha publicado en New Yorker, una publicación que, dicho sea de paso, nunca decepciona. Grafton ha escrito un texto bastante largo sobre el futuro de la lectura, en la senda de los que no hace mucho redactaba su colega de Princeton, ahora ya emérito, Robert Darnton. Este primer ensayo ha aparecido en papel, en las páginas de la citada revista, y viene acompañado por otro más corto que lo complementa para los usuarios de internet. En realidad, viene a mostrar la esquizofrenia de la historia digital. Se escribe sobre ella en un medio clásico (textual) con referencias a un mundo nuevo (hipertextual) que no caben en el primero. Por eso, tales notas o citas se omiten en la primera versión y acaban convirtiéndose en una segunda a través de la cual se puede seguir toda la argumentación (¿me he explicado bien?, es que tengo el día tonto). Sea como fuere, es de este reverso del que voy a hablar, dejando el primero para una futura e hipotética entrada (o post).

New Yorker

Aventuras en el país de las maravillas

Anthony Grafton, The New Yorker, 5 de noviembre de 2007

Son muchos los caminos que conducen al mundo real –y utópico—de las colecciones digitales que están cobrando forma a través de la Web. Lo lógico es empezar con el más ancho: Google está lanzando el Partners Program y el Library Project; Microsoft ha empezado su Live Search Books Publisher Program; y la Bibliothèque Nationale de France desarrolla una guía colorista con su proyecto Gallica. Pero también vale la pena detenerse a revisar viejas iniciativas, como la del Project Gutenberg, que ofrece una amplia información sobre collateral projects, e-book readers, y otras cosas. O el Internet Archive, donde uno puede hallar un ecléctico bazar electrónico que permite escuchar a Phil Lesh o a Matisyahu, disfrutar con los clásicos Betty Boop Cartoons o leer el manuscrito original de lo que luego se convertiría en Alicia en el país de las maravillas. Además, patrocina la Open Library, una iniciativa elegante e idealista "to get catalog information for every book" de todo el mundo, cuya finalidad es ser compilada en una wiki con la ayuda de los lectores.

Grafton

Si el que está leyendo esto lo hace en el ordenador de una gran biblioteca, entonces podrá explorar recursos digitales del tipo de JSTOR, una base de datos que proporciona miles de artículos de revistas académicas en un formato electrónico fiable, así como el Early English Books Online; Eighteenth-Century Collections Online, que retoma el proyecto inacabado de E.E.B.O., o también lo que proporciona Alexander Street Press. Hay muchas otras librerías accesibles en la web, desde los depósitos virtuales patrocinados por las Great National Collections en todo el mundo (la Library of Congress acaba de firmar su asociación a la World Digital Library) hasta otras peculiares colecciones destinadas a aquellos a quienes les gustan los Thomas Nast’s political cartoons o las English music-hall songs. Para los interesados, la revista D-Lib evalúa todas esas colecciones, además de mantener un archivo con sus comentarios críticos.
Los documentos históricos también están creciendo en la Web, a medida que los archivos nacionales de todo el mundo van digitalizando partes sustanciales de sus fondos. Los historiadores interesados, por ejemplo, en los documentos que de forma obsesiva produjo la monarquía española, podrán consultar miles de ellos en el Archivo General de Indias y en otras colecciones recogidas en el Portal de Archivos Españoles o, en algunos casos, en los ordenadores dispuestos al efecto en los propios archivos. Hoy en día, cualquier historiador se puede crear su propio archivo, gracias a las cámaras digitales, y son muchas las bibliotecas y los archivos que animan a los lectores a que empleen ese método. En los British National Archives de Kew, uno puedo ver largas colas de historiadores haciendo click y procurándose copias digitales que luego estudiarán tranquilamente en su casa. Dado que los documentos se reproducen al por mayor, resulta difícil hoy en día asegurar que el investigador no haga el trabajo en balde porque ya exista una reproducción disponible en algún lugar.
Una de las mejores maneras de que nos echen una mano en el proceloso mundo de las fuentes digitales es a través del Center for History and New Media de la la George Mason University, creado en 1994 y en funcionamiento desde hace años bajo el impulso del desaparecido Roy Rosenzweig. Este lugar nos muestra cómo hacer y usar la historia digital, pero también nos conduce a través de algunos excelentes sitios sobre la Revolución francesa, el 11 de Septiembre o Jamestown, así como la recreación digital del P. T. Barnum’s American Museum, albergado por la American Social History Project/Center for Media and Learning, en la City University of New York. Pronto ha quedado claro que el mundo digital es una especie de País de Jauja para los académicos —un lugar donde podemos echarnos plácidamente y alimentarnos a voluntad durante todo el día sin tener que movernos, un lugar donde el mayor peligro es reventar.
Ciertamente, cabe preguntase qué significa todo esto para bibliotecas y lectores: el prototipo de Mapamundi del Online Computer Library Center revela con todo detalle que son pocos los libros que se guardan en las bibliotecas, incluso en países como India o Argentina; en la tierra de Borges sólo hay un libro por cada seis habitantes depositado en los centros académicos o en las bibliotecas públicas. Esta situación subraya la necesidad de los recursos electrónicos. La simplicidad de. Google y su rápida interfaz contribuirán en buena medida a hacer que los libros sean rápidamente accesibles, incluso en países pobres con ordenadores desfasados y conexiones poco fiables.
Aún así, quedan algunas dudas. Hace algunos meses, estuve con un grupo de historiadores que trabajan con el apoyo del Centre for History and Economics, en Harvard y en el King’s Collage de Cambridge, y que están investigando el impacto de la historia digital en las bibliotecas y archivos de todo el mundo. Los resultados del grupo están empezando a estar disponibles online. Por ahora, no obstante, la mejor manera de comprender cómo los académicos y bibliotecarios están faenando para obtener algunas pepitas de oro de la ganga de pirita es visitar algunos de los blogs que han creado esos expertos. Como ejemplo, sirva la entrada que escribió el historiador Robert Townsend con el título de "Google Books: What’s Not to Like?," así como la discusión que suscitó.

Congress Library

Para terminar: si alguien quiere echar un vistazo a alguna de las herramientas que los bibliotecarios crearon en el distante pasado predigital — las Eusebius’s "canon tables," por ejemplo, o el aviso que te habría indicado qué libros estaban encadenados a una mesa en particular en la Biblioteca Vaticana— se puede visitar la exposición "Rome Reborn: The Vatican Library and Renaissance Culture". Este conjunto de libros y manuscritos fueron exhibidos en 1993 en la Library of Congress y hace tiempo que volvieron al Vaticano, cuya biblioteca está cerrada por reformas. Pero, de momento, uno puede ver imágenes de cada una de las piezas expuestas —y se puede acceder a otras exposiciones anteriores de libros y de documentos— en la Web.

archivo Google

chapati mystery adviritió hoy sobre la exangüe existencia en la sección News de Google de una búsqueda en archivos históricos. La fiebre de la megaempresa por escanear en grandes cantidades le permite introducir esta novedad en su tienda. El post de chapati… sostiene que al buscar información sobre "India" en el nuevo instrumento no obtuvo mucho: ni siquiera tras las cortinas de las subscripciones pagas.
Hice búsquedas sobre dos o tres temas de historia argentina (en inglés: ni Google se anima con los archivos locales) y no hay caso. Dos o tres notas del New York Times (consulté esos arhivos y la información no es escasa), bajo el dominio de Proquest, la empresa que vende el servicio de consulta online del diario; dos o tres notas de revistas; algún artículo más cercano en el tiempo.
chapati… indicaba que Google sólo tiene eficacia cuando se dirige a públicos no académicos, mientras que para quienes trabajan de eso último tiene poco para ofrecer. Creo que la disyuntiva es desafortunada: en este blog venimos discutiendo sobre la posibilidad de producir conocimiento escapando de la "autoridad" universitaria ("escapando" es el término lamentablemente: no es "afuera" y no es "desconociendo" o "ignorando") y para eso, además de las herramientas al servicio de las comunidades y de las que permiten la interacción entre distintos grupos (incluso bajo un pidgin english cada más errabundo), existe Google. Si la información se anuncia como vasta, galáctica, y durante (mucho) tiempo se presentan una docena de documentos escaneados, aislados de sus contextos de producción, recepción y archivo, entonces Google hace lo siguiente: prefigura los espacios históricos (que son los de la lectura de "restos" del pasado) como plausibles de ser "llenados", de ser minuciosamente escaneados y, luego, a esos espacios que llama "revisados" los compone de unas pocas voces, unos pocos escritos.
Pero no, dirán algunos, están las imágenes!