escritura

Sobre cómo hacer historia digital (y sus problemas)

post cruzado desde Clionauta

Una cosa y la otra se pueden apreciar, por ejemplo, en el ensayo de Jeremi Suri: “The Nukes of October: Richard Nixon’s Secret Plan to Bring Peace to Vietnam”. Suri es profesor de historia en la Wisconsin-Madison y en 2003 publicó en International Security un artículo junto a Scott D. Sagan, politólogo de Stanford, titulado "The Madman Nuclear Alert: Secrecy, Signaling, and Safety in the October 1969 Crisis". Además, Suri es autor de Henry Kissinger and the American Century (Harvard University Press, 2007).
Pues bien, ahora nos presenta en cuatro páginas una especie de resumen de aquel texto académico de algo más de treinta folios que firmó junto a Sagan. Con una sustancial diferencia: el lector puede acceder directamente a las fuentes y recorrer de inmediato el proceso de verificación de lo relatado. La transparecia es radical, como ha selalado Trevor Owens, y sus implicaciones, también.
No sabemos cuándo ocurrirá, pero no es descabellado pensar que algún día las revistas académicas permitirán este nuevo tipo de escritura.

N.B.: Si leen el artículo de Suri, no olviden repasar los comentarios.

Los daños de la deriva posmoderna

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Gordon Wood
Gordon S. Wood, un docente universitario muy conocido por sus recensiones periodísticas, acaba de publicar un volumen sobre estos asuntos: The Purpose of the Past. Reflections on the Uses of History (Penguin Press). Una de las reseñas que ha merecido apareció hace unos días en el Washington Post.
Se trata de una colección de 21 ensayos que inciden en lo siguiente: ” El resultado de toda esta historia postmoderna, con su verborrea sobre “deconstrucción,” “descentramiento,” “textualidad” y “esencialismo” ha sido el de hacer que la escritura académica de la historia sea casi tan esotérica y cerrada como la que caracteriza a los eruditos literarios. Esto es francamente malo, puesto que la historia es un esfuerzo que necesita un amplio número de lectores para justificarse a sí misma”. En consecuencia, los historiadores académicos han estado preocupados por asuntos de raza, sexo y multiculturalismo, dejando un vacío que ha sido ocupado con éxito por historiadores populares sin respaldo ni empleo académicos, tales como David McCullough, Walter Isaacson, Ron Chernow, Thomas Fleming y Stacy Schiff. Por supuesto, Wood no les menosprecia: “Barbara Tuchman me merece todos los respetos, y lo mismo e incluso más siento por su sucesor, por el historiador popular más importante del país, David McCullough”. Así pues, acoge con satisfacción su trabajo, no sólo por sus méritos, sino como antídoto a la estrecha y a menudo pesada historia ideológica que sale de las universidades, a menudo escrita con ese “lenguage especial que los críticos literarios utilizan ahora para marcar distancias con la estructura de poder y con el grueso común de los lectores ordinarios”, con su meta por aquí y su meta por allá.
Este período “tumultoso” comenzó, señala Wood, con la ola de agitación política que barrió los departamentos de humanidades en los años 60 y así sigue. Wood deplora esa deriva y declara haberse formado en otra escuela, bajo la influencia en Harvard de Bernard Bailyn, “el más inspirado de los historiadores”, a quién dedica el libro. Pero también estuvo en la brecha (en la Brown University, sobre todo) como profesor durante este período de cambio, siendo testigo de primera mano de todo ello.
Gordon Wood
Una de las modas que discute con acritud es el presentismo, permitir que las sensibilidades modernas se usen para colorear y controlar nuestra opinión del pasado. Reconoce que “los problemas y las presiones del presente deben ser un estímulo para nuestras incursiones en el pasado”, pues ” es natural que queramos descubrir las fuentes, los orígenes, de nuestras actuales circunstancias”. Pero lo actual no debe ser el criterio único. “Nuestras percepciones y explicaciones sobre el pasado no se deben forjar con las urgencias y los problemas de nuestro propio tiempo. Los mejores y más serios historiadores siempre lo han sabido, incluso cuando su impulso original para escribir historia procediera de un problema presente, acuciante. Ser capaz de ver a los actores del pasado de manera comprensiva, verlos en el contexto de su propio tiempo, describir su ceguera y locura con simpatía, reconocer el grado en el que fueron alcanzados por circunstancias cambiantes sobre las que tenían poco control, darnos cuenta hasta qué punto obtuvieron resultados que nunca se propusieron — saber todo eso sobre el pasado y poder relatarlo sin distorsión anacrónica con nuestro presente es lo que significada tener un sentido histórico”.
Así, Wood elogia el temperamento de James Burns MacGregor y lamenta el presentismo de su The Vineyard of Liberty, lo mismo que admira a Jill Lepore y rechaza los dictados del presente que habría en su The Name of War, etc. Los historiadores, dice, “buscan estudiar los acontecimientos del pasado no para hacer generalizaciones transhistoricas sobre la conducta humana, sino para entender esos acontecimientos tal como realmente ocurrieron, en todos sus contextos y circunstancias”.
La clave: “A diferencia de la sociología o de la ciencia política, la historia es una disciplina conservadora — conservadora, por supuesto, no en el sentido político contemporáneo sino en el sentido de inculcar escepticismo sobre la capacidad de la gente de manipular y de controlar con éxito sus propios destinos. Demostrando que los mejores planes acaban generalmente mal, el estudio de la historia tiende a refrenar el entusiasmo juvenil y a contener el espíritu de conquista del futuro que mucha gente tiene”.
En fin, la cosa es discutible, pero como ha señalado el académico Douglas Brinkley (Rice University) en Los Angeles Times, es bueno saber que hay alguien como Wood ahí fuera, ejerciendo de nuestro particular perro guardián, evaluando los cambios a largo plazo en nuestra profesión y esperando que el número total de lectores de nuestro gremio continúe creciendo.

N.B.: Resulta que hace poco Livres Hebdo señalaba algo, en parte, similar. Al parecer, los editores galos demandan a los historiadores que ajusten su escritura para llegar a un público más amplio, sobre todo porque los libros de historia (de ese tipo) se venden muy bien, bastante por encima de la media general, aunque la producción no sea muy alta.

socialismo y café

Apenas dos menciones.
Me entero gracias a Cliopatria que Regis Debray ha publicado un pretencioso texto acerca de una nueva periodización en la historia de las ideas occidental ("Socialism: A Life-Cycle", New Left Review, 46, 2007). Básicamente sus estadios serían Logósfera, Grafósfera, Videósfera. El ciclo de vida socialista estaría de algún modo signado por el segundo estadio: sus comienzos y su crisis pertenecerían a los lindes de la clasificación. El mundo de lo escrito en rigor de verdad abarca desde 1448 (Gutenberg) hasta 1968. Para Debray este último año indica el ascenso de la TV, el año 1 de la videósfera. (Podría haberlo puesto en 1969 con la transmisión de la llegada del hombre a la luna pero Debray tiene debilidad por el mayo francés.)
Según Debray, el socialismo se debate entre relámpagos de su noche interminable, para usar una frase discepoliana, precisamente porque su dominio no pertenece al orden del espectáculo.
Además de su exagerado esquematismo, la novedad parece no querer abordar ninguno de los fenómenos "modernos" (el colonialismo es con todo el fundamental) que desdibujan ese modelo estadual. Sin duda esa zona de grises es refractaria a la idea de una sola revolución como a la idea de una sola dominación. En lugar de profundizar esas fronteras gnoseológicas, Debray hace este cuadrito:

Debray

Por otro lado, en Eurozine, Jakob Norberg publicó recientemente un texto ("No Coffee", Fronesis 24, 2007) que contrasta la idea habermasiana del café como territorio propicio para la construcción de una esfera pública burguesa, y la idea schmittiana que concibe al café como parte del decorado del burgués doméstico y recalcitrante. El texto de Norberg es muy bueno y la idea de discutir esas figuras también; en especial porque tal vez no se opongan de modo tajante.
Tanto el café como la palabra escrita forman parte de los imaginarios intelectuales y académicos, y puede que no sepamos con certeza lo que eso implica (no el café ni el grafo, sino su reificación). Como dice Ea, cuando comentamos sobre el texto de Norberg: "algunos toman café, yo lo pinto". Aquí están los mundos posibles del café que pintó Ea.

Eleonora Filippi

casi un año

tapera

Se sospecha que los blogs forman parte de algo llamado blogósfera y que allí, en la blogósfera, se bloguea. Unos bloggers bloguean más y otros menos. Algunos admiten gustosos ser rankeados y otros consolidan estrategias anti-ránkings para posicionarse mejor en los ránkings que se consolidan a despecho o en provecho de ellos.
La sola proliferación de sentencias como esa nos ha hecho pensar que el acto de bloguear es, básicamente, un ejercicio narcicista. Se considera que esas voluntades amantes de su propia voluntad conforman un submundo virtual leve y egocéntrico, tipo egósfera. Unos yoan más que otros. Algunos admiten de muy buen grado hacerlo y para ello tienen siempre a mano el término cagar para explicarlo. Otros compulsan con ese principio adocenando la matriz individualista, smithiando con la idea de lo colectivo como sumatoria de voluntades yoísticas.
La diseminación de consideraciones como la de la frase anterior nos ha llevado a pensar que lo colectivo radica en otra parte, o mejor, que la blogósfera está por fuera de la logósfera. De ese modo ha surgido la sospecha de que existe algo así, disperso, fugaz, hedonista, resultado de malquistar un hacer, de reificar un ejercicio.
Desde hace un año, acá, en Tapera, intentamos escribir sobre algunas cosas que están vedadas en otros formatos existentes, como el paper. Se trata de un ejercicio académico, aunque informal. Y aunque aceptamos el presupuesto que escande los géneros (pero hemos de operar en cada una de esas mitades para alguna vez discutir la lógica de la partición), pensamos que escribir en Tapera no ha sido para quienes lo ensayamos un procedimiento menor, en el sentido en que allí no puede aprovecharse sino una escasa cantidad de nuestras disposiciones de saber. Ha sido precisamente otro lugar en donde con distintos propósitos, restricciones y afinidades pudimos pensar lo que nos interesa rumiar. Y ese ejercicio que, hasta ese momento, se lograba por medio de sociabilidades congresísticas, cafecísticas, aulísticas, etc. se ha visto profundamente beneficiado con lecturas de otros blogs -sin duda no son sólo los que figuran en nuestro blogroll, pero lo actualizaremos-. Esas lecturas también han afectado nuestros modos de pensar este ámbito. Le llamemos como le llamemos el ámbito virtual es poco menos que inexistente para muchos de nuestros colegas argentinos (y con temor a no equivocarnos digamos latinoamericanos). Al escribir y discutir en Tapera no nos alienta ninguna vocación propagandística o pedagógica, pero festejamos que cientistas sociales e historiadores pueden intervenir por medio de este género. No nos desvela desmadejar los imaginarios sobre la blogósfera, pero nos interesa discutir eso como otros tantos imaginarios y celebramos que muchos compañeros del vasto mundo de las humanidades y las sociales (términos un tanto recalcitrantes) dejen de demonizar lo que desconocen, y se propongan conocerlo antes de pretender corregirlo o dirigirlo. Bloguear es un ejercicio humilde (en el sentido de que no aspira a reemplazar otros ejercicios) y curioso, y ha sido para muchos de nosotros un modo de conjurar las amaneradas formas del elitismo con el que nos movemos, el endomingado gesto de la superioridad intelectual. Sin embargo, aplaudimos a aquellos que no ven en esta práctica una política de divulgar o una modalidad de hablar con el subalterno. Aceptar ese tipo de propuestas nos obligaría a subvencionar estilos censitarios, en los que algo no puede ser dicho si no es dicho de algún modo. Y eso, claro, no es ningún ejercicio emancipador. Tampoco hacemos de Tapera un rizoma, pues tal vez eso pueda hacerse con una esponja de metal pero nada parecido a eso saldrá de un compacto de interrelaciones políticas.
En estos meses siguientes además de modificaciones en el diseño del blog, haremos cambios más importantes. Uno de esos cambios consiste en el ingreso de otros colaboradores. Serán por lo menos dos (Pablo, que viene de Polifemo, y Juan que viene de Uturunco).
Hemos pensado hacer extensiva la propuesta de escribir en Tapera a otros cientistas sociales y vecinos blogósferos. Estamos de acuerdo en que nuevos colaboradores o posteos cruzados convendrán a todos. Con el ingreso de nuevos autores sobrevendrán, es de temer, nuevas categorías (y decaerán otras).
Después de casi un año, gracias a todos: comentaristas, autores, lectores, linkeados, linkeantes.

blogs

Estamos repensando algunas cosas en Tapera. Una fundamental trata sobre el ingreso de más autores. Ya hemos confirmado algunos y haremos invitaciones pertinentes. En ese trance recuerdo el fin de Doke Libertario y el post que le dedicó Puck en Zonatomada. Leía muy poco de lo que se publicaba en ese blog, fundamentalmente a partir de las recomendaciones del mismo Puck. Sucede con esas cosas que están al límite de nuestra línea de rutina, de nuestra frontera de monitoreo: a veces no estamos dispuestos a emplazarnos. No se trata de una radical incomprensión, ni de disposiciones o habilidades lectoras, sino de disponibilidad. La rápida brazada que despeja el campo de visión es, también, una forma ataráxica de mapear tribus, dictaminar modos de hacer, grillar lo posible. Eso me pasaba con Doke libertario y me pasaba también con Phdinhistory, el blog del doctorando anónimo del que se hicieron eco incluso en el blog de la AHA. Ambos, indios de distinta tribu, borraron de un plumazo sus documentos (aunque claro, Google cifra en su profética memoria las lunas que serán y las que han sido: si buscamos «"2007/07/03/" phdinhistory.wordpress.com» el buscador nos entrega un post; justo un post en el que se concibe un proyecto -¿habrá partido a ejecutarlo?-). Pensaba en todos esos asuntos, en el ciclo de vida de algunos blogs y en la posibilidad de que alguno más desista de escribir (uno muy bueno), mientras discutimos el borrador de un texto de intención para enviar a algunos colegas (cientistas sociales e historiadores) para sumarse a una empresa colectiva. No creo que empresas de esa naturaleza se diferencien demasiado de aquellas empresas individuales que hoy ya no existen -por lo menos no son mejores- pero si el control de los lindos lugares donde decidimos emplazarnos queda en manos de una sola persona, siempre dependeremos de Google para leer a los buenos.

postdata: Phdinhistory ya está de nuevo en línea.

reseñas

Dos noticias sobre reseñas…aunque el término refiera a temas bien distintos.
La lista de Jeremy Boggs (Clioweb) sobre blogs de historia, publicada en lo que espero continúe como columna de la Journal of Association for History and Computing (JAHC). La selección (12) resulta de lo más variada y da buena cuenta del perfil académico con el que algunos blogs de historia están pensando la tribu.
La otra noticia es la reseña a dúo, en colaboración, dialogada, contrapunteada que armó la gente de Trench Fever y Airminded sobre el libro de Jörg Friedrich, The Fire: The Bombing of Germany, 1940-1945. Al parecer, algunas editoriales americanas han comezado a enviar libros a ciertos blogs para que los lean y reseñen. La propuesta de argumentar sobre un texto en forma de diálogo no es nueva, pero me parece que aplicada a las reseñas abre el juego. Esa arcilla se hace poco dúctil cuando hay que reseñar mucho de lo que se lee y en poco tiempo. O cuando, bajo una modalidad naturalizada y un tanto ramplona, se hacen circular escritos que pretenden ser a la vez primeras armas en una carrera profesional. La reseña es un género bastardeado porque ha sido cedida a quienes tenemos escasas páginas de currículum. Quizá por eso me gustan, las críticas claro, o los híbridos, las apuestas. La aridez de lo existente (por no decir eso del "desierto de lo real") ha hecho que algunas revistas se planteen periódicamente su utilidad al verlas tiradas allá en el culo del número. Pero eso obedece a una ficción: y es la que supone que los investigadores y docentes argentinos leemos reseñas porque no alcanzamos a leer todo lo que entra como novedad a las bibliotecas de los centros de investigación o públicas o universitarias. Alguien un día nos va a invitar a una barbacoa…
Las reseñas que más me gustan exponen también un modo de leer, la cuña sagital con la que un libro queda destripado, la media voz del caldero de la reflexión, el runrún poblado y glosolálico de las batallas víricas de los textos en el pensamiento colectivo, expresado en esas escrituras.
Hablando de apuestas, El buen salvaje posteó la foto de una tapa de Damien Jurado. Una tapera. Veremos el disco.