Estados Unidos

El futuro americano. La apologética y Simon Schama

Post cruzado desde Clionauta.

Hay muchos tipos de historiadores, de modo que sería posible clasificarlos de modos muy diversos. Entre el lector común, sin embargo, todo se reduce a dividirlos según sean o no conocidos y leídos. Y en ese punto ya hemos insistido aquí en que nuestros colegas del Reino Unido tienen la fama y cortan la lana. Unos más que otros, claro está. Por ejemplo, el escocés Niall Ferguson, una celebridad donde las haya, profesor en Harvard, con una magnífica página web, con libros, artículos y programas de televisión que hacen las delicias de millones de espectadores y lectores. O el londinense Simon Schama, Caballero de la Orden del Imperio Británico, profesor en Columbia, asiduo en ciertos documentales de la BBC, crítico de arte en The New Yorker y autor de libros muy reconocidos, desde el polémico Certezas Absolutas (Anagrama, 1993), hasta los más académicos Los ojos de Rembrandt (Plaza, 2002), Auge y caída del Imperio Británico (Crítica, 2004), El desnudo de Rembandt (Península, 2006) o el excelente El poder del arte (Crítica, 2007).
Pues bien, Schama acaba de presentar The American Future: A History, un volumen que Simon Jenkins reseñó para el TLS del pasado 28 de septiembre, unos días antes de que hiciera su aparición oficial en las librerías. En realidad, el volumen, como el que escribió sobre el Imperio británico o sobre el poder del arte, tiene como origen un documental en cuatro episodios para la BBC-2, empresa que le ha permitido seguir parte de la campaña americana. Un documental que ya está dando rendimientos, como esa conferencia que impartió el 16 de octubre en Berlín, en la American Academy, con el título de The American Future: A History — The Campaign in the Light of the Past.
Dice Jenkins que el libro es un brillante antídoto para el antiamericanismo. Escrito quizá con la esperanza de que la elección de Barack Obama, a quien apoya, pueda transformar la imagen de los Estados Unidos en el mundo, es una amplia mirada sobre el horizonte de su historia americana, una historia que es abiertamente elogiada. La América de Schama está construida sobre cuatro sustantivos abstractos – beligerancia, fervor, etnicidad y abundancia. La beligerancia de su Guerra Civil, de los enfrentamientos entre Hamilton y Jefferson, el militarismo que va desde las luchas contra franceses, británicos, indios y mexicanos en los primeros tiempos hasta la nueva frontera de Kennedy y Bush.Es decir, América ama las banderas, los uniformes y las bases del ejército, con una reverencia casi religiosa por las virtudes militares.
Luego viene el fervor, el que mostró el colono Roger Williams, fundador de Providence, un fervor intolerante que condujo al proceso de Salem, el de los abolicionistas y el de los esclavistas, pero tambien el que muestran los predicadores evangelistas o el que impone Obama en sus más famosos mítines. En fin, el fervor que comparten todos aquellos que se sientes integrantes de una nación elegida. Por eso, por ejemplo, Benjamin Franklin puede ser el ideal de ilustrado, pero es también el “padre fundador de la paranoia americana”, la que veía en la inmigración incontrolada las semilla de la auto-destrucción de América. Y por eso Andrew Jackson pudo defender antes que nadie el exterminio étnico de los indios, con la expulsión del pueblo Cherokee.
Para cada uno de estos defectos, señala Jenkins, Schama tiene un antídoto, como si la historia de América fuero una paradoja. El racismo es la inevitable consecuencia de ser un crisol de culturas y, a pesar de lo que se dijera, “la inmigración triunfó y fue uno de los grandes elementos de la historia americana”. Sigue siendo el sueño de los oprimidos de todo el mundo. Como dice Schama, la totalidad de la población de Myanmar se presentaría mañana en el puerto de Nueva York si su gobierno lo permitiera. Lo mismo puede decirse, hasta hace poco, de China, por no hablar de América Latina.
Schama puede ser irritante. Su descripción incluye saltos en el tiempo y muestra cierta aversión a la cronología, lo cual deja bastante que desear. Por otra parte, su vanidad, jactándose de sus reuniones con primeros ministros y presidentes, invade incómodamente el relato. Pero su prosa es muy entretenida. Su héroe, América, es reivindicado para la historia como un lugar de eterno optimismo. Para Schama, como para Tom Paine, sigue siendo “el asilo para los perseguidos, amantes de los derechos civiles y la libertad religiosa”, donde quien está “asolado por la miseria del mundo ya no será una criatura indefensa frente a los poderosos”.
Y no tengo ninguna duda, concluye Jenkins, de que cuando hayan pasado los monstruosos errores de la guerra contra el terror, mis amigos pakistaníes volverán a enviar a sus hijos a las universidades norteamericanas, leerán libros americanos, verán películas americanas y esperarán que el poder americano les rescate de la última locura que ellos mismos hayan cometido.
Ya puestos, añado yo mismo, sólo nos queda añadir aquello de: God Bless America.

Diarios de viajes

Bernard-Henri Lévy. American Vertigo. Un viaje por Estados Unidos tras los pasos de Tocqueville. España, Ariel, 2007.
y
José Emilio Burucúa. Cartas norteamericanas. Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2008.

American Vertigo
Cartas norteamericanas

El Atlantic Monthly le paga un viaje a BHL. La propuesta tenía algo de honroso: ir por la huella de Tocqueville, tocar algunos puntos en el mapa que él tocó. Algo comercial: American Vértigo, el libro que BHL escribe a partir de sus textos publicados en el diario, tiene de fondo tantos reportajes como un programa de entrevistas. Algo de europeo: BHL está convencido de que Europa es la cuna de muchas cosas, y que el ejercicio permanente de contrastación –mitigado, exacerbado o negado: como sea que aparezca– le devuelve siempre una certeza. Así se propone BHL: un tanto intelectual, un poco reportero, algo turista. El libro tiene un epílogo, que más que trabajar conclusiones, fija ideas previas, trae debates que a una idea de Europa le siguen pareciendo importes. Algunas nociones sobre norteamérica son precisadas allí mismo: acaso distantes de Tocqueville, seguro lejos del maoísmo que según BHL hizo que él no significara intensamente al autor de La democracia en América, muy íntimas de una idea de democracia reactiva a la desmesura (es esa la obesidad que perturba a BHL, no la de los cuerpos gordos). Entonces sí, esa democracia está en crisis. Pero el modelo no ha caído. Algunas alarmas bien francesas enciende BHL en torno a las debilidades y fortalezas del comunitarismo, alrededor de la dictadura de las minorías, sobre los desboblamientos del eje de coordenadas izquierda-derecha y los del eje social: demandas étnicas, éticas. Igualdad y puritanismo: grandes nombres que BHL siempre está testeando (en las rutas, en los edificios, en los reportajes). Su visita a algunas cárceles (Rikers Island al comienzo del viaje, Guantánamo hacia el final) no parece haber sido explotada lo suficiente. Parece haber más pistas del futuro de norteamérica en la observación de las dirigencias que en reflexión sobre las instituciones disciplinantes o en el crecimiento de la pobreza. Parece haber más datos sobre el futuro de la democracia en américa en las estrategias de las asociaciones civiles ligadas a cubanos y mexicanos que en muros y bloqueos.

Mapa del viaje de BHL

Cuando la naturaleza que el autor observa desmadrarse desde la ruta amenaza con ahogar todo relato posible, BHL la somete con unas metrallas barrocas que todo turista siempre lleva consigo. Esas mazas no sirven para derribar un mall como el de Minneapolis, lo mejor allí es comprar. Pero hay que decir que las ideas fuertes de BHL apagan muy bien aquellos hachazos barrocos. Este museo es falso, este dirigente, esta ciudad. Tal cosa es europea; esta es mi lista de ciudades donde viviría; esta es mi epifanía. (Por cierto, la epifanía de BHL es la visión desde la ruta del Space Needle en Seattle.)
Tantas puntas para discutir y tanta impericia para reseñarlo. Un síntoma de que hubiera sido mejor leer American Vértigo como columna en el Atlantic Monthly.
BHL cita a varias otras personas que escribieron sobre su viaje a América. Su modelo es Kerouac. En el camino. Pero no hay nada de eso en este libro. Acaso el viaje de Alvar Nuñez Cabeza de Vaca se parezca más en todo a American Vértigo. Sólo que BHL parece haberla pasado mejor.

***

También parece haber disfrutado del viaje José E. Burucúa. Su libro es en todo sentido más artesanal. El autor recopila mails enviados desde Estados Unidos a un conocido historiador argentino: sus impresiones de viaje. También Burucúa es un poco turista y algo intelectual, pero, a diferencia de BHL, el argentino es espectador. La distancia entre la américa vista en cinerama y la que sus textos describen es el territorio de sus sensaciones (y estas son de gozo: si estaba allí en los ciencuenta, el racismo lo hubiera descorazonado; ahora primero está el desencanto, después la celebración).
Europa para BHL era una buena cosa, una cosa con tradición. Todo una idea. Argentina es para Burucúa una zona hecha con residuos y balbuceos de un futuro trunco. La argentina de Perón, el país de nombre Perolandia. Podemos mirar a Sarmiento para dar cuenta de sus comparaciones, pero se parecen mucho más a esa distancia que el turismo de clase excelsa gusta poner entre ellos y ese país de origen que no los comprende ni cautiva. Pero como el libro de Burucúa es un diario de viaje a través de museos y galerías, esa incompresión siempre nos es probada: hay una especie de autoridad etnográfica en la base de este proyecto.
Mapa del viaje de Burucúa
Motivos académicos se llevan buena parte del viaje de Burucúa. Todo es un poco así: una larga e inteligente conversación sobre cosas de arte. Mucho menos Sarmiento, mucho menos política; por momentos el espejo de Cartas norteamericanas es el cuento de A. Sillitoe, “La soledad del corredor de fondo”. No hay demasiados interlocutores para Burucúa y por eso no hay interrogación pero si admiración y furia. Tampoco hay un Atlantic Monthly.

la sonrisa de Sabrina

"The Most Curious Thing" es el último texto en Zoom, el blog de Errol Morris. Un post excelente sobre los crímenes de Abu Ghraib, a partir de las fotos en las que soldados americanos aparecen junto a cadáveres o sujetos torturados. El centro del ensayo lo ocupa la foto de Sabrina Harman junto al cadáver de Manadel al-Jamadi: ¿de qué se ríe Sabrina?

linea

Terror y martirio en el mundo islámico

post cruzado desde Grand Tour

Kepel
Terreur et martyre. Relever le défi de civilisation. Así se titula el libro que el pasado tres de marzo ha publicado el conocido estudioso Gilles Kepel (Flammarion, 224 páginas). Retomando sus celebrados estudios anteriores, Kepel se centra ahora en buena medida en los hechos y acontecimientos que envuelven el 11 de septiembre de 2001. Pasa revista a la evolución del radicalismo musulmán, por supuesto, descifrando los discursos de Ben Laden, los comunicados de Zawahiri o los mensajes de Zarqawi. La catástrofe, el antes y el después le conducen a una tesis: hay dos lineas maestras que se disputan el control del Islam a la era digital, el terror y al martirio, ”una dialéctica mortífera”. Así que no hay frente, como se ha dicho, porque en esta guerra el frente está por doquier.
El libro coincide, además, con un artículo aparecido unos días antes en Le Figaro con motivo de la visita de Ahmadinejad a la capital iraquí y que al poco ha traducido El País. El texto se titula “L’Europe doit maintenant relever le défi d’Ahmadinejad” y no dice nada nuevo, puesto que sigue a grandes rasgos las conclusiones de un reciente informe redactado para los servicios de inteligencia americanos (National Intelligence Estimate). De hecho, algo parecido se puede leer, sobre las mismas bases, en el último número del New York Review of Books. La diferencia con los autores de este último artículo es que Kepel no cree que los amigos americanos estén dispuestos a asumir sus responsabilidades o que, en todo caso, es más escéptico sobre esa eventualidad. Así que, arrimando el ascua a la sardina europea, concluye del siguiente modo:
Kepel

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Sin embargo, el presidente iraní, que llegó ayer a Bagdad, no tiene una situación mejor dentro de sus propias fronteras que su colega George W. Bush. La política de enfrentamiento -al menos verbal- con EE UU, Israel y Occidente se ha traducido en el empobrecimiento del país debido a las sanciones económicas y financieras, a pesar del alza extraordinaria de los precios de los hidrocarburos, que no reporta ningún beneficio a los ciudadanos iraníes, a diferencia de sus vecinos árabes del Consejo de Cooperación del Golfo. La generación Pasdaran -Ejército y milicias de los Guardianes de la Revolución- a la que representa está en conflicto con un clero asustado por su carácter aventurero y con las clases medias iraníes, que viven en sintonía con Occidente gracias a las parabólicas y no entienden por qué se les impide el acceso a la prosperidad cuando los precios del crudo sobrepasan los 100 dólares por barril. Ante esta alianza que amenaza con hacerle perder las elecciones legislativas del 14 de marzo, Ahmadineyad cuenta con que esta visita le permita adquirir una categoría de jefe de Estado con reconocimiento internacional. Pero cualquier negociación y cualquier esbozo de diálogo con Occidente serán de provecho, ante todo, para los reformistas, y ése es el dilema del presidente iraní. Lo paradójico es que su fuerza procede del bloqueo que ejerce en varias situaciones: sobre las elecciones presidenciales libanesas a través de Hezbolá, sobre el reconocimiento de Israel, etcétera. Empezar a negociar puede suponer para él, ante sus adversarios interiores, el beso de la muerte.
La política del Gobierno de Bush, la guerra contra el terror que iba a reorganizar Oriente Próximo bajo la batuta de Estados Unidos, ha fracasado en el marasmo iraquí; la apoteosis islamista prometida por Bin Laden, Zawahiri y compañía, gracias a la yihad y el martirio, no ha conseguido movilizar a las masas árabes, y el Estado islámico de Irak en embrión que Al Qaeda ha instaurado en las provincias suníes va camino de ser un aborto, sin ningún elemento de realidad más que en Internet. El enemigo común de Bush y Bin Laden, el Irán chií y revolucionario, está hoy en condiciones de negociar. La presidencia estadounidense, deslegitimada por su fracaso y desfavorecida por la incertidumbre electoral, no puede recoger el guante; por consiguiente, es Europa la que debe mostrar el camino, en colaboración con los Estados árabes del Consejo de Cooperación del Golfo, un órgano creado en 1981 contra Irán pero que acogió a Ahmadineyad en su última cumbre, celebrada en Qatar. Este desafío -que es un desafío de civilización- será una de las principales tareas de la presidencia francesa de la UE: es preciso que calculemos lo que está en juego y manifestemos la voluntad política necesaria.

el submarino yanqui

en esta semana, el pentágono norteamericano acusó, y pidió la pena de muerte, para seis presuntos terroristas, que habrían estado vinculados a los atentados del 11 de setiembre de 2001. Por detrás de esta sobria “noticia” se esconden unos cuantos hechos que, para decirlo simplemente, ponen los pelos de punta. La semana pasada el director de la cia había reconocido ante el congreso de aquel país que sus agentes habían utilizado la técnica denominada “submarino” en los interrogatorios realizados a personas arrestadas en función de ese acontecimiento. En particular, es interesante destacar que el tal director de la agencia de investigaciones yanqui dio varios nombres de individuos a los cuales se les aplicó la técnica. Tres de ellos son parte del grupo de seis que el pentágono ahora acusa. Estos presos están detenidos en la cárcel de guantánamo. Por lo que se puede deducir, la cia no tiene impedimentos para interrogar personas que se encuentren bajo la jurisdicción, digámoslo así, de otros organismos del estado, en este caso las fuerzas armadas. Uno de los presuntos implicados, un ciudadano paquistaní, “confesó” que él había planeado el ataque del 11 de setiembre; no sólo eso, sino que también reconoció haber sido el responsable del ataque de 1993 contra las torres gemelas y del bombardeo de una discoteca en bali en 2002; por si alguna duda quedaba de su criminalidad, confesó haber asesinado a un periodista norteamericano en paquistán en 2002. No es arriesgado suponer que si a esta persona se le ponía por delante el atentado a la amia, por decir alguno, también habría “reconocido” su participación.
ante el congreso, el director de la cia se mostró dubitativo en torno a la legalidad actual del procedimiento, aunque dio a entender que cuando se lo usó era legal. ¡Que curiosa legalidad la del “gran país del norte”! Pero, atención. Porque aunque este director de torturadores dijo que el submarino no se usaba hacía cinco años, y que habría que ver si era posible usarlo en el futuro, la administración bush, muy suelta de cuerpo, declaró abiertamente que la técnica de tortura indicada es “perfectamente legal” y no descartó en absoluto el que pueda ser utilizada en cualquier momento, si así se salvan “vidas norteamericanas”.
todo esto es indignante, y no merece más que el rechazo absoluto. Pero queda algo más, que también indigna, y es el tratamiento que la prensa “seria” le dio a este asunto. Tratamiento es una palabra excesiva; ningún tratamiento, comentario, crítica, denuncia. La tribuna de doctrina, para poner un ejemplo, le dedicó un humilde cuadradito perdido, donde, para peor, se indicaba en que consistía el submarino: “la práctica consiste en derramar agua sobre el rostro cubierto de un individuo acostado boca arriba para simular el ahogamiento”. Ah, que humanitario método! En fin, ¿qué podría esperarse de medios que fueron cómplices de la dictadura militar? Al cabo, los diarios norteamericanos, como el new york times, se mostraron un poco menos caritativos con el salvajismo de su estado, y cuestionaron gran parte del asunto.
pero volviendo al tema inicial, ¿bajo estos presupuestos criminales será que los yanquis han emprendido su cruzada para “democratizar” al mundo? Me parece que es preferible que se queden allá, y nos dejen al resto tranquilos. Ese “modelo” de democracia no es atrayente. Y, para concluir, ¡devuelvan guantánamo, imperialistas!

Doctorarse en historia (USA)

post cruzado desde Grand Tour

Hablamos hace unos días de la reunión anual que convoca a los historiadores americanos, los asociados a la American Historical Association. Mencioné entonces las salas en las que se reunían, las múltiples sesiones de trabajo e incluso los lujosos hoteles que tenían a su disposición. Pero hay otras cosas. Hay, por ejemplo, entrevistas de trabajo y, además, la organización aprovecha tales fechas para hacer balance de cómo le van las cosas a la profesión. Pero eso no sólo se trata allí, se publica en su revista Perspectives. En el número de enero de 2008, por ejemplo, hay un interesante artículo titulado “Number of History PhDs Rising Again, but Job Openings Keep Pace" que firma Robert Townsend (AHA’s assistant director for research and publications). Vamos a ello (y perdón por los errores)

El número de nuevos doctores en historia aumentó el 5.3 % en el curso académico 2005-2006, pasando de 924 a 973 nuevos graduados. Este aumento ha sido general en todos los campos, pero el crecimiento casi dobla al que se observa en las otras disciplinas del ramo de las humanidades. Afortunadamente, el número de puestos de trabajo que recoge la revista Perspectives es parejo a este aumento, pues los empleos ofrecidos crecen un 6.6 % (de 966 a 1.030) en el mismo período.
La información preliminar para el curso académico más reciente ofrece buenas noticias adicionales, como que el número de nuevos licenciados que anualmente publica el Directory of History Departments for 2006–07 cae modestamente, mientras que sube de nuevo el número de ofertas de trabajo (no obstante, apenas un 0.2 por ciento) (cuadro 1). Por supuesto, los cambios en el número de PhDs según ese directorio se reflejan en los resultados del correspondiente estudio federal sobre doctorados obtenidos. La caída del 3.5 por ciento en el número de PhDs según el directorio sugiere que las cifras de 2007 dejarán aproximadamente en 940 el número de nuevos doctores. Si esa estimación es exacta, ésta es la primera vez en los últimos 25 años en que durante tres años consecutivos el número de ofertas de trabajo excede el número de nuevos PhDs.

Cuadro 1

Datos demográficos de la cohorte de 2006 (doctorado)

El estudio anual del doctorado es preparado por el National Opinion Research Center (NORC) para cinco agencias federales y proporciona una medida exacta de los asuntos en los que se han doctorado (Doctorate Recipients from United States Universities: Summary Report 2006). A cada estudiante que se doctora se le pide que complete el estudio antes de graduarse (generalmente muy estímulados por su centro), así que proporciona la radiografía más comprensiva y detallada sobre quién está recibiendo el grado.
El estudio proporciona una excelente medida para saber cuánto tiempo les cuesta terminar un doctorado en historia en rtelación con otros campos, ofreciendo una clara evidencia de la larga trayectoria hasta el PhD. La nueva cohorte de los doctorados en historia lo acabó en promedio unos 12 años tras la licenciatura, y un promedio de 9.7 años después de empezar el doctorado. La edad mediana de la nueva cohorte era de 35.5 años -un aumento de más de un año en relación con la última década.
Sin embargo, el tiempo que cuesta coincide con el de las otras disciplinas humanísticas. En promedio, los estudiantes de doctorado en humanidades pasan 9.7 años matriculados. En comparación, en las disciplinas de ciencias sociales el promedio era apenas de 7.9 años. La edad media era de 35.0 años para los doctores en humanidades, pero de 32.9 para los doctorados en ciencias sociales.

Cuadro 2

La encuesta del NORC también permite obtener datos demográficos a largo plazo sobre los nuevos doctores. La proporción de mujeres en la nueva cohorte desciende por tercera vez en los últimos 10 años, del 41.6 al 40.9 por ciento (cuadro 2). La historia es marcadamente diferente de las otras humanidades y de las ciencias sociales en cuanto a la proporción de mujeres que se doctoran, pues las mujeres ganan respectivamente un promedio del 50.6 y 57.4 por ciento de los doctorados en esos campos.
Sin embargo, después de disminuir levemente el año pasado, la representación de las minorías dentro de la nueva cohorte ascendió del 13.3 al 14.1 por ciento. En números absolutos, 139 de los 807 ciudadanos de los E.E.U.U. que obtuvieron el doctorado en historia se clasificaron como miembros de una minoría racial o étnica. Entre los ciudadanos de los E.E.U.U. en las humanidades, el 13.6 por ciento pertenecían a esas minorías, por el 17.5 por ciento en ciencias sociales.
También hay un marcado aumento en el número de extranjeros que obtienen el título en historia respecto de los últimos dos años -que alcanzan el 13.5 por ciento. En 2006 la representación de estudiantes extranjeros casi alcanzó la paridad con la proporción de estudiantes de las minorías por primera vez en más de una década.

Cambios entre los campos

Los 45.596 grados de doctor concedidos por 417 universidades en 2006 representan el número más elevado de nuevos doctores conocido en los Estados Unidos. En términos relativos, la historia supone un 2.1 por ciento por segundo año consecutivo, por encima del punto bajo del 1.8 por ciento en 1992-93. Y la historia creció levemente entre las otras disciplinas de las humanidades, donde ahora supone el 17.4 por ciento de los doctorados, superando el punto bajo del 15.1 por ciento de 1989.

Cuadro 3

Aunque el número de nuevos doctores en historia ha estado por debajo del pico alcanzado en 2000, el aumento de 2005-06 coloca a la disciplina por encima de la mayor parte de las otras humanidades y ciencias sociales (el cuadro 3). Solamente la economía y la psicología consiguieron más doctores en 2006.
Ese claro aumento entre 2005 y 2006 parece absolutamente pronunciado, pero, visto a largo plazo, el número anual de nuevos doctores en historia ha sido relativamente estable durante los últimos seis años. Descendió de forma acusada a partir de comienzos de los años 70 y en los años 80, y después casi se dobló entre 1989 y 2000. Sin embargo, durante los últimos cuatro años, el número ha sido comparativamente constante, con alrededor de 950 doctores en historia por año.
Las otras humanidads y las ciencias sociales también parecen tener evoluciones similares durante los últimos años. Entre 2005 y 2006, el número de nuevos doctores en lengua y literatura inglesa y americana bajó el 0.6 por ciento, mientras que aumentaron el 0.6 por ciento los de lenguas extranjeras . Las otras humanidades (incluidos American studies, filosofía y religión) screcieron un 2.9 por ciento. El número de nuevos doctores en economía bajó el 0.2 por ciento, mientras que la ciencia política y la sociología aumentaron el 0.6 y el 8.0 por ciento respectivamente.
Dentro de la disciplina de la historia, la historia americana continúa siendo el campo de estudio más grande con un importante margen , abarcando el 40.2 por ciento de los doctores. Esto está debajo del punto álgido que el campo alcanzó cuatro años antes, cuando la historia americana suponía el 44.1 por ciento de los nuevos doctorados en historia, pero aún mantiene su distancia con los otros campos. El segundo en importancia, el de la historia europea, supone el 22.5 por ciento.
Los especialistas en otras regiones del mundo aumentaron su representación entre 2005 y 2006. El número de doctorados en historia asiática pasó del 6.9 al 8.2 por ciento, los dedicados a la historia latinoamericana del 4.9 a 5.0 por ciento y los especialistas en historia africana del 1.9 a 2.8 por ciento.
La imagen se complica un tanto con las otras categorías o campos que los nuevos doctores pueden seleccionar, incluyendo la historia de la ciencia y de la tecnología (el 5.8 por ciento), la “historia general" (el 6.1 por ciento), y la “otra historia" (el 9.8 por ciento). Éstos porcentajes podrían representar a los especialistas que decrecen en alguna de las otras categorías, caídas en áreas geográficas que no se representan (por ejemplo, Oriente Medio) o de un cierto tipo de historia transnacional.

Cuadro 4

La ambigüedad sobre las especializaciones que los nuevos doctores señalan en sus respuestas al estudio suponen una cierta ambigüedad en cualquier comparación entre los puestos de trabajo y el camino seguido por los nuevos doctores. Pero se puede realizar la comparación, que puede ser instructiva. La alineación entre las ofertas de trabajo listadas en Perspectives el año pasado y los nuevos doctores del año siguiente muestra algunos problemas entre oferta y demanda en el mercado de trabajo académico (cuadro 4).
Las relaciones de trabajos para las plazas de historia americana, por ejemplo, eran un tercio menos que el número de nuevos doctorados obtenidos el año antes. Y las ofertas en historia europea estuvieron un 13 por ciento por debajo del número de nuevos doctores. En comparación, el número de plazas en historia asiática y africana era más alto que el número de nuevos graduados, mientras que los listados de historia latinoamericana mantenían la paridad.
Tales comparaciones necesitan ser leídas con considerable cuidado, por supuesto. La correspondencia aparente entre entre temas específicos y especializaciones geográficas puede variar mucho dentro de esas amplias categorías. Así, los especialistas en cualquiera de los campos con un severo desequilibrio podrían encontrar oportunidades en plazas en otras áreas temáticas y abiertas, pero también podrían emplearse fuera de la academia.
Y como sabecualquier candidato de trabajo serio , los listados en Perspectives no abarcan todo el universo de las ofertas de trabajo que existen. También aparecen en otras publicaciones nacionales y locales, y ahora también se distribuyen a través de medios en línea. Sin embargo, los listados de empleos de Perspectives han proporcionado un buen barómetro de la relación que existe entre los puestos trabajos y los candidatos durante los últimos 33 años.

Cuadro 5

Una cierta confirmación de esto se puede encontrar en la proporción de nuevos doctores que indican haber obtenido un empleo definido el el momento de graduarse. En la cohorte 2006, el 54.4 por ciento de los doctorados indicó tener empleo “definido". Esto supone una leve caída en relación con el año anterior, pero sigue siendo mucho más alto que de lo que lo había sido durante los malos años 90 (cuadro 5). El 28.0 por ciento de los nuevos doctores que indicaban que seguían “buscando empleo " a la hora de graduarse marca una mejora positiva. El restante 17.7 por ciento se compone de quienes siguen algún tipo de estudio posdoctoral, están negociando un contrato o carecen de plan definido para un empleo futuro.
Las perspectivas de empleo entre hombres y mujeres aparecen ser semejantes (cuadro 5). En los últimos tres años, prácticamente la misma proporción de cada grupo indicó que que tenía empleo definido al doctorarse. Esto contrasta marcadadamente con lo ocurrido en los años 80 cuando los historiadores disfrutaban de una modesta ventaja modesta para encontrar empleo, o con lo sucedido en los años 90, cuando las historiadoras parecían tener una leve ventaja.
Más información en: AHA Data on the Historical Profession. De todo lo que allí se recoge, me permitiré mencionar los salarios (las becas y otros emolumentos van aparte):

Tabla 1