Google

Darnton sobre Google

De nuevo.
Ya mencionamos un texto de Robert Darnton contra sobre Google, publicado hace un tiempo en el The New York Review of Books. Allí Darnton sonaba como un lamento bibliotecario frente a la arremetida Google en el campo de la digitalización. (Largo paréntesis: En la revista Pasajes de otoño 2008, Anaclet Pons y Justo Serna coordinaron un dossier titulado Internet, libros y cultura digital. En ese dossier hay varios artículos muy recomendables para ser leídos y discutidos: el de Pons (sobre digital history); el de Serna (sobre la experiencia de los blogs); una puesta al día sobre proyectos de digitalización escrita por Julia Puig, quien forma parte del proyecto Cervantes Virtual; una nota de Manuel Talens sobre traducción e internet; un notable texto de Paul Mathias (artículo que un día de estos alguien subirá a scribd.com o a rapidshare); una entrevista muy amena y lúcida a Javier Echeverría acerca del "tercer entorno", y finalmente, la traducción del artículo de Robert Darnton.)
Ahora Darnton escribe de nuevo en NYRB acerca del copyright. Un artículo mucho menos nostálgico que el anterior, que revela el evidente deterioro del aura de ese privilegio en la era de la reproducción digital. Darnton no llega a promocionar su caída; en lugar de eso, se pregunta cómo hacer para democratizar el acceso al conocimiento (como hace Google) pero sin multiplicar las chances monopolísticas de la empresa ya multifacética. (Me entero por el libro en progreso de Siva Vaidhyanathan, la googlización de todo.)

pd: si alguno se interesa por la revista Pasajes no se gaste en enviarle un mail a la empresa que la distribuye porque no contestan ni uno (gracias Mariano por enviármela). Ese sólo aspecto de la (in)difusión del conocimiento puede servir como justificación para los desaprensivos escaneadores, los anarquistas del conocimiento, los maledetti pirati.

La cultura de la pregunta: la Googlización

Post cruzado desde Clionauta 1 y Clionauta 2.

En el variadísimo último número (el 81, de 2008) de Lettre International apareció un artículo de Geert Lovink que ahora acaba de traducirse al inglés en Eurozine. Para los curiosos, quede constancia de que el origen del texto de Lovink está en una entrada que puso en su blog el pasado año.

A tribute to Joseph Weizenbaum

Un espectro obsesiona al mundo intelectual de las elites: la sobrecarga de información. Ciudadanos de a pie tienen secuestrados los recursos estratégicos y obstruyen lo que una vez fueron medios de comunicación cuidadosamente vigilados. Antes de Internet, los mandarines mantenían la idea de que podrían separar la “cháchara” del “conocimiento”. Con el auge de los motores de búsqueda de Internet ya no es posible distinguir entre iluminaciones patricias y chismes plebeyos. La distinción entre lo alto y lo bajo, y sus alternancias en ocasiones como el carnaval, pertenecen a una época pasada y ya no deberían preocuparnos. Hoy en día, está causando alarma un fenómeno totalmente nuevo: motores de búsqueda que confeccionan un listado de sitios según su popularidad, no su verdad. Ahora vivimos buscando. Con el aumento espectacular del acceso a la información, nos hemos enganchado a las herramientas que la recuperan. Buscamos números de teléfono, direcciones, horarios de apertura, el nombre de una persona, los detalles de un vuelo, las mejores ofertas y, de mala manera, declaramos que la proporción de material gris (”datos basura”) es cada vez mayor. Pronto nos pondremos a a buscar y sólo nos sentiremos perdidos. Las antiguas jerarquías de la comunicación no sólo han estallado, la propia comunicación ha asumido el estado de un derrame cerebral. No sólo ha aumentado el ruido popular a niveles insoportables, sino que ya no podemos atender otra petición de nuestros colegas, incluso un amable saludo de los amigos o de la familia ha adquirido la condición de una tarea cuya expectativa es que respondamos. La clase educada deplora el hecho de que la cháchara haya entrado en el hasta ahora protegido recinto de la ciencia y la filosofía, cuando más bien le debería preocupar quién va a controlar la cada vez más centralizada red informática.
Hay algo que los actuales administradores de noble sencillez y tranquila grandeza no puede expresar, algo que deberíamos indicarles: hay un creciente descontento con Google y con la manera en que Internet organiza la recuperación de la información. La corporación científica ha perdido el control sobre uno de sus principales proyectos de investigación: el diseño y la propiedad de las redes de ordenadores, utilizados ahora por miles de millones de personas. ¿Cómo es que tantas personas han acabado por depender de un único motor de búsqueda? ¿Por qué vamos a repetir la historia de Microsoft una vez más? Parece aburrido quejarse de este tipo de monopolio cuando cualquier usuario de Internet tiene a su disposición una multitud de herramientas para distribuir el poder. Una posible forma de superar esta situación sería redefinir positivamente el concepto de Gerede (habladuría, charlatanería) de Heidegger. En lugar de una cultura de la queja que sueña con una tranquila vida desconectada (offline) y medidas radicales para filtrar el ruido, es el momento de enfrentarse abiertamente a las formas triviales de Dasein (”ser-aquí”, “ser-en-el-mundo”) que encontramos en los blogs, los mensajes de texto y los juegos de ordenador. Los intelectuales ya no deberían ver a los usuarios de Internet como aficionados de segunda fila, aislados de una relación primaria y primordial con el mundo. Hay una cuestión más importante sobre la mesa y requiere adentrarse en la política de la vida informática. Es el momento de hacer frente a la aparición de un nuevo tipo de corporación que rápidamente está trascendiendo Internet: Google.
La World Wide Web, que debería haber hecho realidad la infinita biblioteca que Borges describe en su relato La Biblioteca de Babel (1941), es vista por muchos de sus críticos como una simple variación de El Gran Hermano (1948) de Orwell. El gobernante, en este caso, ha convertido un monstruo diabólico en una ristra de jovencitos guay cuya responsabilidad corporativa se resume en la consigna: “No seas malvado”. Guiados por una mucho más antigua y experimentada generación de gurús de las tecnologías de la información (Eric Schmidt), pioneros de Internet (Vint Cerf) y economistas (Hal Varian), Google se ha expandido de modo tan rápido, y en una variedad de campos tan amplia , que prácticamente no hay analista, académico o periodista financiero que haya sido capaz de seguir el alcance y la velocidad con la que Google se ha desarrollado en los últimos años. Nuevas aplicaciones y servicios se acumulan como regalos navideños no deseados. Google acaba de añadir el servicio de correo electrónico gratuito Gmail, la plataforma para compartir vídeos YouTube, la de redes sociales Orkut, Google Maps y GoogleEarth, su principal servicio de pago, el AdWords con los anuncios Pay-Per-Click, aplicaciones de oficina, tales como Calendar, Talks y Docs. Google no sólo compite con Microsoft y Yahoo, sino también con empresas de entretenimiento, bibliotecas públicas (a través de su masivo programa de digitalización de libros) e incluso con empresas de telecomunicaciones. Lo creamos o no, el Teléfono de Google estará disponible muy pronto [ya lo está]. Recientemente escuché a una chica poco metida en los círculos tecnológicos decir que había escuchado que Google era mucho mejor y más fácil de usar que Internet. Sonaba bien, pero es que ella tenía razón. No sólo es que Google se ha convertido en el mejor Internet, está asumiendo tareas del software de nuestro propio ordenador para que podamos acceder a esos datos desde cualquier terminal o dispositivo portátil. Apple MacBook Air es el último ejemplo de la migración de datos a búnkers de almacenamiento controlado privadamente. La seguridad y la privacidad de la información se están convirtiendo rápidamente en la nueva economía y en la tecnología de control. Y la mayoría de los usuarios, y por supuesto las compañías, están abandonando alegremente el poder a la autoregulación de sus recursos informativos.

El arte de hacer la pregunta correcta

Mi interés por los conceptos que hay tras los motores de búsqueda se me planteó de nuevo al leer un libro de entrevistas [Joseph Weizenbaum entrevistado por Gunna Wendt, Wo sind sie, die Inseln der Vernunft im Cyberstrom, Auswege aus der programmierten Gesellschaft. Herder Verlag, Freiburg, 2006.] con el profesor del MIT y crítico informático Joseph Weizenbaum, conocido por su ELIZA, un programa de tratamiento automático creado en 1966, y por su libro de 1976 Computer Power and Human Reason. Weizenbaum murió el 5 de marzo de 2008 a la edad de 84 años. Hace unos años, Weizenbaum se trasladó de Boston a Berlín, la ciudad donde se crió antes de que, en 1935, sus padres salieran huyendo de los nazis. Especialmente interesantes son las historias de Weizenbaum sobre su juventud en Berlín, el exilio a los EE.UU. y la forma en que se vio inmerso en el mundo de la computación durante la década de 1950. El libro se lee como un resumen de su crítica a la ciencia informática, según la cual los ordenadores imponen a sus usuarios un punto de vista mecanicista. Lo que me interesa especialmente es la forma en que el “hereje” Weizenbaum da forma a sus argumentos como un informado y respetado insider: lo cual representa una posición similar a la “net criticism” que Pit Schultz y yo hemos hemos venido desarrollando desde que comenzamos el proyecto “nettime” en 1995.
El título y el subtítulo del libro parecen intrigantes: “¿Dónde están las islas de la razón en el océano cibernético? Salidas de la sociedad programada”. El sistema de creencias de Weizenbaumse puede resumir en algo así como: “No todos los aspectos de la realidad son predecibles”. La crítica de Weizenbaum a Internet es genérica. Evita ser específico, y eso es algo que hemos de tener en cuenta. Sus observaciones sobre Internet no son nada nuevo para quienes están familiarizados con la obra Weizenbaum: Internet es un gran montón de basura, un medio de comunicación de masas cuyo contenido es disparatado en un 95 por ciento de los casos, como el medio televisivo, que es la dirección en la que la Web se está desarrollando de forma inevitable. La llamada revolución de la información se ha convertido en una avalancha de desinformación. La razón es la ausencia de un editor o de un principio editorial. El libro no aborda por qué no se estableció este principio fundamental de los medios de comunicación en la primera generación de programadores, de los que Weizenbaum fue un miembro prominente. La respuesta probablemente esté en el uso inicial del ordenador como una calculadora. El determinismo tecnológico que impera en la berlinesa Sophienstraße y en otras partes insiste en que el cálculo matemático sigue siendo la esencia misma de la informática. El (mal)uso de las computadoras para fines mediáticos no fue previsto por los matemáticos, y no deberíamos culpar a quienes diseñaron el primer ordenador por las torpes interfaces y la gestión de la información que tenemos hoy en día. Fue en tiempos una máquina de guerra, pero ahora nos queda un largo y serpenteante camino hasta conseguir que la calculadora digital se readapte y sea un dispositivo humano universal que sirva a nuestros infinitamente ricos y diversos propósitos de información y comunicación.
En varias ocasiones he formulado una crítica de la “ecología de los medios” cuya intención es filtrar la información “útil” para el consumo individual. El volumen de Hubert Dreyfus On the Internet (2001) es uno de los principales culpables. No creo que corresponda a ningún profesor, editor o codificador decidir por nosotros lo que es y lo que no es una tontería. Debe ser un esfuerzo compartido, incorporado en una cultura que facilite y respete las diferencias de opinión. Deberíamos elogiar la riqueza y hacer de las nuevas técnicas de búsqueda parte de nuestra cultura general. Un camino a recorrer sería el de revolucionar las herramientas de búsqueda y aumentar el nivel general de alfabetización mediática. Nuestra cultura nos ha enseñado a navegar a través de los miles de títulos que hallamos al entrar en una librería o en una biblioteca. En lugar de quejarnos a los bibliotecarios o decirles a los libreros que tienen demasiados volúmenes, les pedimos asistencia o nos las arreglamos por nuestra cuenta. A Weizenbaum le gustaría que desconfiáramos de lo que vemos en nuestras pantallas, ya sea en la televisión o en Internet. Weizenbaum no menciona qué va a aconsejarnos, en qué hemos de confiar, qué es verdadero y qué no lo es, ni cómo discriminar la información que obtenemos. En resumen, la función del mediador es abandonar, favoreciendo el cultivo de la sospecha general.
Olvidémonos de la info-ansiedad de Weizenbaum. Lo qué hace que la lectura de una entrevista sea tan interesante es su insistencia en el arte de hacer las preguntas correctas. Weizenbaum nos advierte contra un uso acrítico de la palabra “información”. “Las señales que aparecen en el interior del ordenador no son información. No son más que señales. Sólo hay una manera de convertir las señales en información, y es a través de la interpretación”. Para ello dependemos del trabajo del cerebro humano. El problema de Internet, según Weizenbaum, es que nos invita a que la veamos como si fuera el oráculo de Delfos. Internet nos facilitará respuesta a todas nuestras preguntas y problemas. Pero Internet no es una máquina expendedora en la que uno echa una moneda y, de inmediato, obtiene lo que queremos. La clave está aquí es la adquisición de una formación adecuada pata formular la consulta correcta. Todo gira en torno a eso, a plantear la pregunta adecuada. Para ello se necesita educación y experiencia. No se consiguen niveles más altos de educación por el simple hecho de que algo sea más fácil de publicar. Weizenbaum: “El hecho de que cualquiera pueda poner cualquier cosa en línea no significa mucho. Lanzar algo aleatoriamente sólo permite pescar algo al azar”. La comunicación por sí mismo no nos conducirá a un conocimiento útil y sostenible.
Weizenbaum relaciona la indiscutible confianza en la (herramienta de) búsqueda al auge discursivo del término “problema”. Los ordenadores se han presentado como “solucionadores de problemas generales” y su objetivo sería proporcionar una solución para todo. Se invita a la gente a que delegue sus vidas en el ordenador. “Tenemos un problema”, sostiene Weizenbaum, “y el problema exige una respuesta”. Pero las tensiones personales y sociales no se pueden resolver señalando que son un problema. En lugar de Google y la Wikipedia, lo que necesitamos es “la capacidad de analizar y pensar críticamente”. Weizenbaum lo ilustra mostrando la diferencia que hay entre oír y escuchar. Una comprensión crítica requiere en primer lugar sentarse y escuchar. Es decir, tenemos que leer, no sólo descifrar, y aprender a interpretar y a comprender.
Como se podría esperar, la llamada Web 3.0 se anuncia como la respuesta tecnócrata a la crítica de Weizenbaum. En lugar de los algoritmos de Google basados en palabras clave y en la obtención de resultados según su ranking, pronto vamos a poder hacer preguntas a la siguiente generación de motores de búsqueda que siguen los patrones del “lenguaje natural”, como Powerset [que fue adquirida el pasado julio por Microsoft, algo que Lovink no pudo saber cuando escribió este texto]. Sin embargo, podemos suponer que los lingüistas computacionales serán cautos a la hora de actuar como una “fuerza policial de contenidos” que decide qué es y qué no es basura en Internet. Y lo mismo se puede decir para las iniciativas de la Web Semántica y tecnologías similares de inteligencia artificial. Estamos atrapados en la era de la web de recuperación de información. Dado que el paradigma de Google es el análisis de enlaces y el Page Rank, la próxima generación de motores de búsqueda será visual y empezará indexando la imagen del mundo, pero esta vez no se basará en las etiquetas que los usuarios hayan añadido, sino en la “calidad” de las imágenes en sí mismas. Bienvenidos a la jerarquización de lo real. Los próximos manuales de usuario de los ordenadores introducirán a los chiflados de la programación en la cultura estética. El club de entusiastas convertidos en codificadores serán los nuevos agentes de mal gusto.
Desde el surgimiento de los motores de búsqueda en el decenio de 1990 hemos estado viviendo en la “sociedad de la pregunta”, que, como indica Weizenbaum, no está muy lejos de la “sociedad del espectáculo”. Escribiendo a finales del decenio de 1960, el análisis situacionista de Guy Debord se basaba en el auge de las industrias del cine, la televisión y la publicidad. La principal diferencia es que hoy se nos pide explícitamente que interactuemos. Ya no somos interpelados como una masa anónima de consumidores pasivos, sino que somos “agentes distribuidores” que estamos presentes en una multitud de canales. La crítica de Debord a la mercantilización ya no es revolucionaria. El placer del consumismo está tan generalizado que ha llegado al punto de convertirse en un derecho humano universal. Todos amamos el fetiche de la mercancía, las marcas, y nos puede el glamour por esa suerte de celebridad mundial que exclama en nuestro nombre. No hay ningún movimiento social ni práctica cultural, ni siquiera radical, que pueda escapar a la lógica del consumo. No se ha ideado ninguna estrategia para vivir en la edad del post-espectáculo. En cambio, las preocupaciones se han centrado sobre la vida privada, o sobre lo que queda de ella. La capacidad que tiene el capitalismo para absorber a sus adversarios es tal que, a menos que todas las conversaciones telefónicas privadas y el tráfico de Internet pasen a ser públicamente disponibles, es casi imposible argumentar por qué necesitamos todavía la crítica -en este caso sobre Internet. Incluso en ese caso, la crítica se parecería a una “democracia de accionistas” en acción. En efecto, la delicada cuestión de la intimidad se convertiría en el catalizador de una mayor conciencia acerca de los intereses corporativos, pero sus participantes serían cuidadosamente separados: la entrada a la masa accionarial se limita a las clases medias y superiores. Esto sólo subraya la necesidad de un dominio público animado y variado sobre el que ni la vigilancia estatal ni los intereses mercantiles tienen una opinión sustantiva.

Paremos de buscar, empezamos a cuestionar

En 2005, el presidente de los Biblioteca Nacional de Francia, Jean-Noël Jeanneney, publicó un texto en el que advertía de la voluntad de Google de “organizar la información del mundo” (Google desafía a Europa. El mito del conocimiento universal. PUV, 2007). Este volumen sigue siendo uno de los pocos documentos que ha desafiado abiertamente la indiscutible hegemonía de Google. El objetivo de Jeanneney es sólo un proyecto concreto, Book Search, mediante el cual están siendo escaneados millones de libros de las bibliotecas universitarias americanas. Su argumento es muy francés, muy europeo. Dado que Google no selecciona los libros según un patrón de edición ni sigue una pauta sistemática, el archivo resultante no representa adecuadamente a los gigantes de la literatura nacional, como Hugo, Cervantes o Goethe. El proyecto de Google está claramente sesgado en favor del inglés, de modo que no es el socio adecuado para construir un archivo público del patrimonio cultural del mundo. “La elección de los libros a digitalizar quedará impregnada por la atmósfera anglosajona”, escribe Jeanneney.
Si bien es un argumento legítimo en sí mismo, la cuestión es que el interés primordial de Google no es crear y administrar un archivo en línea. Google sufre un tipo de obesidad, la causada por los datos, y es indiferente a las demandas en pro de una preservación cuidadosa. Sería ingenuo pedir que tuviera conciencia cultural. Se trata de una empresa cínica cuyo objetivo principal es vigilar la conducta de los usuarios con el fin de vender los datos del tráfico y los erfiles a terceros que estén interesados. Google no quiere hacerse con Emile Zola; su intención es engatusar al amante de Proust y que vaya a su archivo. Mientras para los franceses las obras de Balzac son la epifanía de su lengua y su cultura, para Google son un montón de datos abstractos, recursos en bruto cuya única finalidad es obtener beneficios. Queda como una cuestión abierta la de si el proyecto europeo de respuesta a Google, el motor de búsqueda multimedia Quaero, estará alguna vez en funcionamiento, y eso por no hablar de si encarnará los valores defendidos por Jeanneney. Cuando aparezca Quaero, el mercado de los motores de búsqueda estará ya una generación por delante del propio Quaero en capacidades creativas y mediáticas, y algunos sostienen que Jacques Chirac estaba más interesado en mantener el orgullo francés que en el avance mundial de Internet [como se señala en la Wikipedia].
No es ninguna sorpresa que los críticos más feroces de Google sean norteamericanos. Hasta la fecha, Europa ha invertido muy pocos recursos en comprender conceptualmente y cartografiar la nueva cultura de los media. En el mejor de los casos, se puede decir que la UE es el primer adaptador de estándares y productos técnicos procedentes de otros lugares. Pero lo que cuenta en la nueva investigación sobre los media es la supremacía conceptual. La investigación tecnológica por sí sola no hace el trabajo, no importa cuánto dinero invierta la UE en el futuro en la investigación sobre Internet. Mientras se reproduzca la brecha entre la cultura de los nuevos medios, por un lado, y los principales gobiernos y las instituciones culturales y privadas, por otro, no habrá una floreciente cultura tecnológica. En resumen, debemos dejar de ver la ópera y las otras beaux artes como compensación por la insoportable levedad del ciberespacio. Además de la imaginación, la voluntad colectiva y una buena dosis de creatividad, los europeos podrían movilizar su particular costumbre de quejarse transformándola en una forma productiva de negatividad. La pasión colectiva por la reflexión y la crítica podrían ser utilizadas para superar el síndrome de outsider que muchos creen tener asignado en su papel de simples usuarios y consumidores.
Jaron Lanier escribió en el obituario de Weizenbaum : “No dejaríamos que un estudiante se conviertiera en un investigador profesional de la medicina sin que antes hubiera experimentado con la doble bind (doble coacción), los grupos de control, los placebos y la reproducción de resultados. ¿Por qué damos con la informática ese paso único que nos permite ser indulgentes con nosotros mismos? Todo estudiante de ciencias de la computación debe estar entrenado en el escepticismo de Weizenbaumian y debería tratar de introducir esa preciosa disciplina entre los usuarios de nuestros inventos”. Tenemos que preguntarnos: ¿por qué los críticos norteamericanos de internet son mejores y más radicales? Ya no podemos utilizar el argumento de que están mejor informados. Mis dos ejemplos, que trabajan en la senda de Weizenbaum, son Nicholas Carr y Siva Vaidhyanathan.
Carr proviene de la industria (Harvard Business Review) y es el perfecto crítico desde dentro. Su reciente libro, The Big Switch. Rewiring the World, From Edison to Google (W.W.Norton, 2008), describe la estrategia de Google para centralizar, y así controlar, la infraestructura de Internet a través de su centro de datos. Los ordenadores son cada vez más pequeños, más baratos y más rápidos. Esta economía de escala permite externalizar el almacenamiento y las aplicaciones con poco o ningún costo. Las empresas están pasando de los departamentos físicos de tecnologías de la información a los servicios de red. Hay un giro irónico aquí. Los gurús de moda en el mundo de las tecnologías de la información solían hacer chistes en el pasado sobre el responsable de IBM Thomas Watson y sobre su predicción de que el mundo sólo necesitaba cinco ordenadores -sin embargo, ésta es exactamente la tendencia. En lugar de mayor descentralización, el uso de Internet se concentra en unos pocos centros de datos, con un consumo de energía enorme. Carr ignora la codicia de las puntocom convertidas a la Web 2.0 y en su lugar se centra en los aspectos amorales de la tecnología. El proyecto de Siva Vaidhyanathan, The Googlization of Everything, tiene por objeto sintetizar la investigación crítica sobre Google en un libro que aparecerá en 2009. En el interín, la materia prima está expuesta en uno de sus blogs.
Por el momento, seguiremos estando obsesionados con la disminución de la calidad de las respuestas que obtenemos a nuestras preguntas – y no con el problema subyacente, es decir, la mala calidad de nuestra educación y la decreciente capacidad de pensar de una manera crítica. Tengo curiosidad por ver si las futuras generaciones personificarán -o quizá debería decir diseñarán- esas “islas de la razón” de las que hablaba Weizenbaum. Lo que necesitamos es reapropiarnos del tiempo. En este momento ya no basta con pasear como un flaneur. Toda la información, cualquier objeto o experiencia está instantáneamente al alcance de la mano. Nuestro defecto tecno-cultural es la intolerancia temporal. Nuestras máquinas registran el software con una superfluidad y una impaciencia cada vez mayores, exigiéndonos que instalemos la siguiente actualización. Y todos estamos demasiado dispuestos, movilizados por el temor a que empeore el rendimiento. Los expertos en usabilidad miden las fracciones de segundo en las que decidimos si la información que aparece en la pantalla es lo que estamos buscando. Si estamos insatisfechos, le damos al ratón y nos vamos. Descrubrir algo por azar requiere mucho tiempo. Podemos alabar la aleatoriedad, pero difícilmente practicamos esta virtud con nosotros mismos. Si ya no podemos tropezar con las islas de la razón a través de nuestras consultas, podemos construirlas nosotros mismos.
Junto con Lev Manovich y otros colegas, yo sostengo que tenemos que inventar nuevas maneras de interactuar con la información, nuevas formas para representarla y nuevas formas para hacerla significativa. ¿Cómo están respondiendo a estos retos los artistas, los diseñadores y los arquitectos? Paremos de buscar. Comencemos a cuestionar. En lugar de tratar de defendernos a nosotros mismos contra el “exceso de información”, podemos abordar esta situación de forma creativa, como la oportunidad de inventar nuevas formas que sean apropiadas para un mundo tan rico en información.

(Thanks to Ned Rossiter for his editorial assistance and ideas)

Críticas. Entrevista; Otra.

Lovink sobre Google

En Eurozine, Geert Lovink escribe sobre Google. El texto insiste en una de las constantes de uno de los máximos exponentes del net criticism: que el mejor hacer crítico implica una mirada "desde adentro", exploratoria de nuevas perspectivas en materia de las tecnologías de la red, pero a la vez consustanciada de las viejas armas de la crítica pre-mouse. Con ese enfoque, Lovink nos habla de Google. Su propuesta, en este texto, es más declarativa que programática ("dejar de buscar, comenzar a cuestionar") pero los debates que revisita son fundamentales. También cita a The Googlization of everything, un blog al que siempre estamos espiando.

Darnton y la digitalización

Robert Darton publicó un texto en la edición de junio de este año de la revista The New York Review of Books. "The Library in the New Age" se ocupa inequívocamente del lugar de las bibliotecas y de los especialistas ligados a esa institución en la actualidad. El texto sigue el rastro de otro que escribió Anthony Grafton hace un tiempo en The New Yorker. Ambos dan cuenta de cierto malestar: la pérdida de un tipo de autoridad en el trabajo académico que representa la caída de una institución como la biblioteca (no el éxodo de lectores -retirada que ya podía vertificarse antes del surgimiento de las nuevas tecnologías de la información-, sino el desplazamiento de su lugar en las coordenadas de la investigación). Y aunque Darnton no es un enemigo de las nuevas tecnologías, en el texto el espectro asolador se llama Google. El historiador discutirá en 8 puntos algunos problemas vinculados a la digitalización masiva de documentos. No nos detendremos en cada uno de ellos pero conviene revisar una idea del artículo.

Su argumento comienza con una certeza: la inestabilidad del Texto. Pero esa inestabilidad remite a un control, a un lugar de autoridad que la conjure, en lugar de ser intrínseca a un registro que poseyó históricamente -pero para algunos ya lo tiene por naturaleza- un diferencial de poder (y eso hace, pienso, que no tenga mucho sentido decir cosas como, por ejemplo, que todas las épocas son eras de la información). El lugar del bibliotecario es lo que pone en juego esa sentencia de apariencia posmo (según Darnton Google nunca contrató uno, pero si lo hiciera, pienso, la discusión seguiría en pie: si Coca-Cola contrata antropólogos, ¿significa eso que sus estrategias comerciales son más elogiables?) Hacia el final, Darnton dirá que la tinta sobre papel es el mejor lugar para los textos. Y allí la idea de texto adquiere un sentido único que el propio Darnton se encargó de corroer en otros escritos.
El debate se enrarece con este tipo de fórmulas: nadie parece apostar por una utopía de último párrafo en la que Google conviva con bibliotecarios del tipo Jorge (El nombre de la Rosa). Y eso no se debe a que consideremos que Google es fabuloso o a que las bibliotecas huelan a viejo: obedece a que no hay lugar para la utopía una vez que se nos ha planteado la disyuntiva entre dos tecnologías. Y eso no sucede sólo porque el espectro Google posea un afán de poder inescrutable e inextinguible, sino porque se enfrenta a una usina de asimetrías fenomenal y hegemónica: la ilustrada idea de que hay algo que subyace en los textos que puede ser extraído; la idea de que hay un texto en clase. Hay algo de necesario en las instituciones que fundamentan la investigación, y hay algo de "necesario" en la naturalización de sus sentidos menos igualitarios, pero cuando esos sentidos se postulan como fundamentos que tienen su origen en la naturaleza de los materiales con los que se trabaja, el debate se vuelve sobre sí, nos obliga a repensar el sentido mismo de proponer ese tipo de discusiones, de tensiones.
¿Existen diferencias absolutas y radicales entre un documento digital y otro en soporte papel? La pregunta ya las presupone. Y le inventa un aura al soporte papel que se lleva mal incluso con el propio desarrollo de las tecnologías ligadas al proyecto ilustrado, en la medida en que la reproducción mecánica debe aliviar la idea de que una copia de la Biblia, por ejemplo, comprada en Liverpool difiere de otra adquirida en Accra. Para distinguir un soporte de otro, Darnton sugiere que al leer un documento en soporte digital no podemos conocer su tamaño. Es un argumento un tanto rebuscado: entiendo que eso es importante para quienes quieran conocer ese tipo de cuestiones, pero si nos interesara conocer la composición quimíca de la tinta de color rojo aplicada sobre determinados ex-libris, no podríamos decir que el mejor lugar para esos libros es un laboratorio de análisis. Existen, sin embargo durísimos problemas en torno a la digitalización, a los aspectos comerciales ligados a esta última, etc, que Darton revisa. Podría haber continuado su comparación y tratar los problemas de larga duración que aquejan al mundo de las bibliotecas. Pero no: la consigna es cuidar las bibliotecas. Y no se puede estar en desacuerdo con ese principio.

Cassin y Google

Bárbara Cassin. Googléame. La segunda misión de los Estados Unidos, CFE-Biblioteca Nacional, Buenos Aires, 2008, 159 páginas.
Googléame

En algún lugar de su libro, la filósofa Bárbara Cassin usa una frase que nos viene bien: "un contra-torpedero es ante todo un torpedero". Si esa sentencia la aplicamos sobre Googléame… nos obliga a desmontar un dispositivo sobre el que muchos sólo han reparado en su manifiesta intención (este, otro, esteotro): cuestionar la empresa Google, a partir de algunos comentarios críticos sobre dos de sus principios más reconocidos: organizar la información y no ser malvado. Google y sus partidarios (?) pueden argumentar que tratamos con una empresa cultural y democrática; Cassin dice que Google que no es ni democrática ni cultural. El desenfreno consumista, la intratable metralla de clics y la ilusión del PageRank son temas que Cassin aborda para echar por tierra las aspiraciones que alguna vez los ex-jóvenes dueños de Google le contaron a Playboy (la autora sobreusa no intencionalmente esa entrevista). Su propuesta no es muy distinta a la que a menudo oímos por ahí: una vuelta a lo mejor del patrón letrado, a un mundo de evaluadores tangibles, con criterios cualitativos de ponderación, a una arcadia de expertos en la que la política consista en "ayudar de manera diferencial a escoger lo mejor". La frase del torpedero exige entonces que, aún si coincidimos con algunos de los argumentos de Cassin en este texto, nos detengamos a pensar la oferta que la autora nos hace para que dejemos de clickear por un segundo.
Después de leer el libro no es fácil decir si se trata de un manual de cuestiones ligadas a Google (tiene "recuadros" en donde se explican algunas cosas –no todas– que el lector imaginado tal vez desconozca) o de un catálogo de denuncias contra la empresa búsqueda-centrada. La duda obedece a que el pequeño libro está a mitad de camino de ambos destinos. Aquellos que hayan leído un par de libros sobre Google advertirán además que mucho ya ha sido dicho. El libro de John Batelle, Buscar, trata de manera más sistemática y con perficiencia muchos de los temas indicados por Cassin. Googléame… se pone mejor hacia el final, en donde la autora toca algunas cuestiones ligadas a proyectos europeas que compiten con Google y donde Cassin se explaya, un poco, sobre la comparación entre Google y la sofística. Sin embargo, las definiciones más "iluministas" de la autora aparecen en los últimos capítulos, en especial en el que trata sobre la "democracia cultural". Y es esa pócima, la infusión de la "obra", del lugar del "autor", de la "verdad", de la "calidad", de la "autoridad", etc., la que ya no se puede vender tan fácilmente, la que ya no podemos ingerir por ninguna vía de manera fluida. Las nuevas tecnologías, y entre ellas Internet y entre ellas la web, han hecho la ingesta un tanto más complicada. Cassin lo sabe.
Lo sabe tanto como conoce el hacer académico. Pero a la hora de hablar sobre las problemáticas implicadas en Googléame… (luego de decir que la primera misión es la Bush y la segunda misión a la que hace referencia el subtítulo del libro es la de Google) prefiere cuestionar al PageRank o a la Wikipedia sin haber citado ni una décima parte de la vastísima bibliografía existente sobre esos temas. Uno espera de un intelectual que si va a referir a la gallina araucana, conozca algo de su fisonomía. Máxime si se dedica a denostarla (Cassin critica a Wikipedia, pero una de sus fuentes principales es la propia Wikipedia).
Por otro lado, en el texto se escucha el rumor de un debate que no termina de emerger: una carga de profundidad que la autora arroja como al pasar sobre la cosa de Europa vs. Norteamérica. No sólo allí donde discute efectivamente cómo deberían estar pensados los proyectos de la CEE en competencia con proyectos americanos (redes, GPS, etc.), sino cuando Google aparece muy cerca de Bush y todo ello muy cerca del american way. También puede ligarse a eso la apelación a bibliografía en francés: nada revela más la encerrona francesa que la visión del francés en el aparato crítico de un libro que toca un tema multiplicado por la expansión de la anglofilia.
No tengo la menor duda que el sueño Google debe ser sometido a todo tipo de iconoclastias, pero no nos haremos aquí amigos de Platón por eso. Los mejores intelectuales –Cassin está entre ellos– deben ponerse a practicar, a leer, en fin a inteligir la cosa de la que hablan.
Hace tiempo escribí una reseña sobre el libro de John Batelle. Pensaba que el libro era demasiado festejante de la maravilla Google. Pero es bueno, muy bueno.

buscar

John Battelle. Buscar. Cómo Google y sus rivales han revolucionado los mercados y transformado nuestra cultura, Barcelona, Ediciones Urano, 2006, 413 páginas.
John Battelle

Una historia de Google.
Desde que Larry Page y Sergey Brin, los fundadores de Google, buscaban piezas entre los equipos de Stanford, hasta el 2005, aproximadamente.
Hay, en cada una de las páginas de este libro, una ligera fascinación con la empresa Google. Y eso puede leerse aún si John Battelle nos revela que a medida que el crecimiento de Google hizo del pasado estudiantil de Page y Brin un borroso recuerdo adolescente, la empresa contrarió cada uno de sus principios libertarios ("no ser malvado", "organizar la información mundial y hacerla universalmente útil y accesible", y otras tantas pataletas taoístas). Esa fascinación puede fácilmente entenderse y compartirse cuando en el primer capítulo Battelle trama ese término que define al fenómeno Google como pocos: la base de datos de las intenciones; puede aceptarse y promoverse cuando en el último capítulo el autor piensa sobre "la búsqueda perfecta". Pero decididamente no podemos acompañar al autor de Searchblog cuando desliza algunos aspectos de los modos con los que "Google y sus rivales" abordaron el tema China, esto es mercadearon, censuraron. Y no se puede compartir porque precisamente si tiene algo de interesante y agónico un relato sobre competividad americana y sueños digitales y cifras larguísimas de empresas que como conejos se reproducen y ahora están, ahora no están, y personas que como conejos mueren aplastados en las vías del american train o practican una suerte de calistenia conejil en el trabajo, es el hecho de que las fantasías digitales y el consumo están inextricablemente ligados.
Y así, quien aspire a conocer en este libro -que tiene como título principal una palabra sagrada, un término áureo, una cifra real-, los crípticos procedimientos polimorfos de algoritmos de búsqueda (PageRank) y sus plataformas hartas de información e indizaciones, así se encontrara, esa cándida persona, con un aprendizaje vertiginoso acerca de los estrechos vínculos entre cotizar en bolsa, el management, el robot de Google y Tesla, el pobre inventor. Lo que parece competir con el famoso acertijo de Lewis Carroll sobre el parecido entre un cuervo y un escritorio, resulta finalmente un argumento capaz de emplazar las discusiones teleológicas de los integrados en un marco apocalíptico para salir de allí un poco más integrados…Por eso el tratamiento a la google de la censura china, defenestrando sus cánones libérrimos y montándose en el carro de los servicios es la marca que denuncia la fascinación de este libro por la cosa y no por el concepto. La delicia por Google y no por la búsqueda.
No es fácil declararse partidario de la free culture y justificar las estrategias de mercado de la marca Google. De esa juntura, alguien saldrá traicionado.
Battelle, en el capítulo final de Buscar…, reconsidera las siderales posibilidades de las utopías que tienen como centro el acto mismo de interrogar al archivo. Contrasta para ello el experimento IBM, Webfountain, un idiolecto culto de interrogación, y los ejercicios googleanos. Para el primero: ejemplos de búsquedas complejas, condicionales que van hasta el límite de la ambivalencia. Para el segundo, no se lo que quiero pero lo quiero ya. Pero Battelle deja entrever que ambos arquetipos se conciben con el mismo horizonte. Tal vez no sea así. Tal vez lo más interesante de pensar la búsqueda no sea rastrear las tentativas por alcanzar el algoritmo que convierta toda intención en acto. Si así fuera la red íntegra cabría en ese botón deseoso registrado en la página de entrada de Google: "I'm feeling lucky", "Voy a tener suerte". Los clics se multiplican de modo menos funcional. Millones de personas no están, aún hoy, luego de diez años, buscando una botella de vino o un jabón de glicerina. (Aunque es innegable que aquellos que indagaban en diez o doce buscadores hace un lustro, hoy sólo usan Google.)
Sigo creyendo que en tren romántico el Geeks de Jon Katz es mejor herramienta para pensar la comunicación actual y el comportamiento de los usuarios que este texto de Battelle. Pero en términos estrictos es una historia de una de las empresas más innovadoras del medio y por ello debe leerse (aunque tiene razón Lara Rey: la traducción parece, por momentos, hecha por el mismísimo Google Translate) . Los debates sobre la búsqueda y sobre la idea persistente y cada vez más extraña de una biblioteca de intenciones pueden darse al compás de Buscar… No por que las comunidades interpretativas sólo piensen búsquedas bajo la cifra de una respuesta; sino a raíz de la posibilidad de interrogar al archivo a los fines de conjeturar, a los fines de la deriva y la náusea. Es esa una utopía que tiene una técnica indecible pero tal vez computarizable: un google que guarde nuestro rastro perdido de clics -un proyecto con el que Battelle se emociona-, los clics del desecho, los golpes de mouse que expresan nuestra curiosidad entrópica, esas preguntas que deben esperar a que nos hagamos de tiempo para atacarlas. Un google que lea nuestras inquisitorias no satisfechas, las cruce, nos entregue links que nos sorprendan, que nos obligue a movernos hacia uno y otro lado del espectro multipolar de la red. Que nos tiente a leer.
Ya compraremos algo.