Hace tiempo me dediqué a reflexionar acerca de la teoría que Mempo Giardinelli elaboró sobre la lectura. Era buena. Sin embargo, leyendo Con Valor (un filtro muy recomendable) accedo al Elogio de la lectura que escribió José Antonio Marina para festejar El día de la lectura en Andalucía. La teoría de Marina es decididamente mejor.
Dice Marina que leer no es un lujo ni una satisfacción privada sino, antes que nada, una necesidad social. Depende de la lectura la posibilidad de aprovechar las nuevas tecnologías:

Un burro conectado a internet sigue siendo un burro y, por ello, lo que necesitamos es que delante de las pantallas de los ordenadores haya gente ilustrada, culta, capaz de internarse animosamente por los espléndidos caminos del lenguaje, da lo mismo que sea a través de las líneas electrónicas o de las líneas de un libro.
El argumento secundariza "las pantallas de los ordenadores" (con este rizo Marina remite a las imágenes) con respecto a la lectura -cifra de las "buenas" prácticas digitales-. La lectura es algo que se practica antes que el mirar un monitor (este último ejercicio no puede ser ligado a la Cultura, porque un lector conectado a internet es algo más que eso, se transforma, a diferencia del burro, y su clave evolutiva no está mediada por las nuevas tecnologías). Pero si sólo eso señalara la sentencia de Marina, no estaríamos remitiendo a ella aquí, en este blog en el que no se permite el ingreso de animales.
Está claro que, además, el pensador se carga la teoría de Émile Borel sobre el mono ese que puesto a pulsar teclas de una máquina de escribir, a la larga escribiría cualquier libro de una biblioteca dada. El burro, que es un mamífero de dudosos conocimientos, aún con internet, no puede vaciar de sentido o resignificar el estigma que pesa sobre él, no porque no advierta su naturaleza sino porque no sabe leer. Por extensión: el mono no puede escribir un libro de, digamos, Emilio Durkheim no debido a las debilidades matemáticas del teorema sino porque no sabe leer.
Marina advierte que su texto no es una alocución para convencidos. Y sostiene:

Y no hay mejor medio que la lectura para adquirir esos mecanismos lingüísticos que son imprescindibles para una vida verdaderamente humana.
Aquí la Junta de Andalucía debería preguntarse si en esta sentencia no habita una pesada broma porque se parece y mucho a un fragmento de una especie de discurso patricio en un nuevo Aventino. Convocar a los no convencidos a la lectura del nuevo evangelio y ofrecerles una Nueva América que les depara nada menos que abandonar el incesto y ganar el bipedismo, o resulta contradictorio porque supone que, para entender lo que se promete, se posee aquello que se ofrece; o bien resulta un gesto a la san francisco pero de mayor impacto, en la medida en que el peso de un burro supera ampliamente el peso de unos pájaros. Digamos, con todo, que a Marina la conversación no le parece una actividad lingüística y, por ende, le parece una actividad no verdaderamente humana -lo que equivale a decir inhumana-. Dice Marina que:
Cuando el lenguaje falla, la violencia aparece.
Yo creía, vanamente, que podría sostenerse lo contrario. Marina me desasna: la democracia depende de la lectura. Los dictadores la censuran. Los dictadores prefieren la televisión porque si permanecemos pegados a ella, dice Marina, estamos en la antesala de la sumisión. La reflexión es de un género más bien breve, y por eso tal vez no abunde en el problema de un burro frente a un televisor. ¿Sigue siendo un burro el que ha visto una temporada de Lost o un talk show?
Los andaluces se enfrentan así a un dilema epimenideo: ¿deben movilizarse con esta arenga?



