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El primer peronismo: nombres para los conflictos culturales de la nación

El primer peronismo: nombres para los conflictos culturales de la nación.

Nicolás Quiroga

Publicado en Revista Acción. “Los nombres del conflicto”, sección Bicentenario, número 1055, 1era quincena, agosto de 2010.

Los principales acontecimientos durante el primer peronismo son bien conocidos y aquí sólo los recordaremos rápidamente: el 17 de octubre de 1945, distintas manifestaciones de trabajadores y trabajadoras se adelantaron a la huelga declarada por la CGT para el día 18, y reclamaron la libertad de Perón –quien había sido encarcelado por los sectores del gobierno de facto que se oponían a su creciente poderío político–. La movilización que ocupó la Plaza de Mayo fue, de todas, la más grande y reconocida. Más tarde Perón se postuló como candidato a la presidencia de la Nación y fue apoyado por el Partido Laborista, la Unión Cívica Radical Junta Renovadora y algunas fracciones del conservadurismo. El 24 de febrero de 1946 Perón triunfó sobre la Unión Democrática, una coalición de casi todos los partidos establecidos, desde la izquierda a la derecha. En 1951 Perón fue reelegido; sin embargo no terminó su segundo mandato y fue derrocado en septiembre de 1955. Dos meses antes la misma plaza que ocuparon los defensores de Perón en 1945 fue bombardeada por militares antiperonistas ocasionando decenas de muertos.
Fue una década de importantes cambios institucionales como la reforma constitucional de 1949 y el acceso de las mujeres al voto en 1947. Igual importancia tuvo el protagonismo del movimiento obrero sindicalizado como actor político. Un suceso notable –inesperado en 1946– fue la rápida consolidación de Eva Perón como líder popular. Su "política social", institucionalizada en la Fundación Eva Perón, la construcción del Partido Peronista Femenino y su discurso plebeyo añadieron una dimensión nueva a la lógica sobre todo estatal imaginada por Perón. La tendencia “unanimista” de las elites peronistas –control de los medios de comunicación, persecución de dirigentes opositores, vigilancia sobre los propios partidarios, entre otras políticas coercitivas– fue haciéndose más evidente desde mediados de la década peronista.
A menudo se suele sopesar las “virtudes” y “defectos” del primer peronismo, como si la comprensión de procesos históricos dependiera de balanzas morales. Sin embargo, el costado popular y la tendencia totalista –no totalitaria– del primer peronismo deben considerarse a la luz de los conflictos culturales a los que el peronismo puse nombre y modeló políticamente.
Se ha dicho, de diferentes maneras y con distinto énfasis, que el primer peronismo fue una “revolución social”. Pero si no sabemos qué quiere decir “revolución”, aún menos comprendemos qué significa el término “social” utilizado en el sintagma. Parece que “social” espera significar la inexistencia de una revolución “económica”, o de una “verdadera” revolución; una sin adjetivos. Pero fueron algunos hechos y algunos procesos ligados a estas dimensiones las que nos permiten conocer, a tientas, la situación del pueblo durante el primer peronismo. Al menos podemos reconocer, en su adhesión temprana a la gestión de Juan Domingo Perón en la Secretaría de Trabajo y Previsión, la existencia de muchas demandas insatisfechas para mediados de 1940 entre los sectores populares.
Argentina no era, por ese entonces, el país moderno que la elite letrada, principalmente porteña, concebía. El Censo Nacional de 1947, al poner el umbral de un “centro urbano” en las dos mil almas, había desplazado la “ruralidad” hacia zonas muy bajas de la demografía. Mientras tanto, muy pocas ciudades superaban los cien mil habitantes. La gran mayoría de las localidades del país tenían menos de cinco mil habitantes cada una.
Durante los años treinta y cuarenta, las migraciones internas volcaron sobre las ciudades vastas cantidades de inquietudes, necesidades e ilusiones que le debían al “campo”, a la pequeña aldea, muchas de sus versiones más logradas. Las relaciones entre esos pueblos y la ciudad imaginada por los sectores populares se cruzaron de muchos modos y produjeron sentidos que hasta ese momento las luchas sindicales y las arenas políticas no habían considerado. No se trató de una subcultura imponiéndose sobre otra: a mediados del siglo XX el país comenzó a vertebrarse, sólo que eso sucedió de modo conflictivo.
La ruptura entre un momento y otro, entre los años treinta y cuarenta, sin embargo, no fue tan marcada en cada una de las esferas de actividad que consideremos: pueden rastrearse desde mediados de los años treinta fuertes presiones para ampliar la actividad y la participación políticas, demandas por el cumplimiento y la ampliación de derechos de los trabajadores, nuevos dominios estatales, crecimiento del sector industrial, tasas crecientes de sindicalización (a partir de 1943 con más fuerza). Pero a medida que nos alejamos de Buenos Aires, esas trazas van haciéndose cada vez menos nítidas. En las provincias del Norte, en la región mesopotámica, en los territorios nacionales, la situación de los sectores subalternos era mucho más gravosa que en Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires, provincias estas en las que las pugnas políticas, la diversidad de intereses, la mayor complejidad demográfica y económica, y un más alto grado de desarrollo de las organizaciones sindicales, dibujaban grises en la condición de los sectores populares.
Un escritor y más tarde funcionario peronista, Luis Horacio Velázquez, podía pensar la época a partir de una oda al trabajador frigorífico como fue Pobres habrá siempre, pero también es posible leer una reflexión epocal en el libro de Julio Migno, Yerbagüena (el mielero) –acaso más local pero mucho menos insular que el de Velázquez–, o en las decenas de poemas gauchescos dedicados y enviados a Perón y a Evita. Se trata de marcas literarias de la desigualdad. Manuel Puig supo poner el deseo y el rechazo, la represión y las fantasías que giraban alrededor de antagonismos presentes en las distintas geografías culturales de la nación (“criollos” / “gringos”; “negros de alma”/ “gente bien”; “pelo duro” / “cogotudo”, etc.), en un diálogo en el que la que la frontera es un tapial y en el que la deferencia y el estigma de época se transforman en un código sexual. Lo hizo en Boquitas pintadas, en la escena que conversan y piensan Pancho y Mabel:

—Y usted también querrá escuchar, no diga que no… negro barato, le brillan el cuello y las orejas, se lava para blanquearse
—Para qué voy a decir que no… ¿Le saco los más maduros, nomás, o medio verdes también? mi uniforme de gabardina y botas que brillan […] —Yo sé que algunas chicas tienen debilidad por los uniformes. Cuando yo estaba pupila en Buenos Aires mis compañeras se enamoraban siem¬pre de los cadetes, un cadete, no un negro suboficial cualquiera
—¿Y usted no? sí, si, sí, sí
sí, yo también. No, yo me portaba bien, yo era una santa. Y no se preocupe porque yo tengo novio, y en serio, buen muchacho, un pigmeo comparado con un negro grandote

Esas marcas no son muy fuertes en las historias escritas sobre el primer peronismo pero nos permiten comprender mejor la tensión que enfrentó a peronistas y antiperonistas. Porque esa tensión se materializó sin tantos antecedentes, y tomó formas binarias de intelección política. Como suele suceder en procesos históricos rupturistas, un nombre se hizo cargo de muchos otros. Con el peronismo fue “trabajador” –y un poco menos “trabajadora”– el operador lógico de los contemporáneos.
Los sectores populares se ligaron a esa palabra de un modo que no podría comprender una mirada economicista u otra milagrera o condescendiente. Lo hicieron, por un lado, porque las políticas que el gobierno de Perón llevó adelante entre 1946 y 1955 repercutieron en la posición de los sectores populares durante el período: la ampliación de los derechos políticos (voto femenino, por ejemplo), la legislación sobre las relaciones de trabajo (derechos del trabajador –desde el Estatuto del Peón hasta el articulado de la Constitución de 1949; tribunales del trabajo, etc.), los controles de precios (alimentos, alquileres y arrendamientos), la asistencia social, los derechos previsionales, los aumentos de salarios, entre otras mejoras, modificaron el diagrama de las fuerzas sociales.
Los sectores populares abrazaron las implicancias del peronismo como el movimiento de los “trabajadores”, además, porque los intentos por quebrar ciertas “reglas” no escritas tramadas con la letra de la deferencia y la propiedad privada puso, a los que no eran “trabajadores”, del “otro lado” de la contradicción fundamental. Así, luchadores incansables por la libertad, líderes sindicales revolucionarios, intelectuales progresistas, y algunos políticos afectos al sentir popular se mezclaron con poderosos intereses corporativos y sectores pocos predispuestos a cualquier ampliación de beneficios, en el antiperonismo. De ese modo, “las fuerzas de la reacción” o la “rancia oligarquía” fueron sintagmas con una fuerte materialidad para nombrar todo lo que se oponía a las demandas de los que apoyaban a Perón y a Eva Perón, incluso cuando el gobierno de Perón no hizo sino poner freno a esos reclamos o directamente perseguir a trabajadores que presionaron durante el decenio por mayores beneficios.
“Oligarquía” y más tarde “gorila” fueron términos que taquigrafiaron una sensibilidad construida al ritmo del ninguneo de la “gente bien” y las estéticas de marcación social con la que los “grasas”, la “negrada”, los descamisados, habían sido signados por años. Cuando ese ritmo segregador se impone sobre otros tonos, incluso en la actualidad, es frecuente que palabras clave que se acuñaron para articular la relación entre los sectores populares y el peronismo se incorporen a la debacle, aparezcan de modo “natural”, como si ya no pudiéramos denominar de un modo distinto lo que oprime y excluye.
El ingreso de las masas a la vida moderna se dio en el marco de un rediseño de las relaciones entre las clases, y de las clases y el estado; una ampliación de beneficiarios de bienes materiales y simbólicos que alcanzó a gran parte de los sectores populares; una multiplicación de la actividad política –especialmente a través de las unidades básicas–; y una fuerte identificación entre Perón, Evita y la mayoría de la ciudadanía. Esto último signó las relaciones entre el peronismo naciente y las formas de representación democráticas: la tentación política del movimiento y su necesidad de legitimación por los votos, por un lado, y por el otro, el empuje plebiscitario, la marcada tendencia del peronismo a homologar su identidad de pueblo con la nación y con la sociedad. Estos procesos estuvieron atravesados por las relaciones conflictivas entre la cultura hegemónica y las culturas populares que se gestaron al calor de las contradicciones sumarísimas y cada vez más rubricadas por la violencia de los grupos que finalmente derrocaron a Perón en 1955 (asonadas, bombas, bombardeos y luego del golpe, fusilamientos, silenciamientos y persecuciones).
El anhelo peronista de abarcar la totalidad significativa del pueblo integró dificultosamente deseos diversos e incluso antagónicos, percepciones de la vida diferentes (algunas de ellas, como la del propio Perón, jerárquicas y disciplinantes). Pero la correspondencia del término “peronista” y el estigma “cabecita negra” fue ganando terreno conforme la denominada para unos “Revolución Libertadora” y, para otros, “Revolución Fusiladora”, avanzó sobre las posiciones que los sectores populares habían obtenido en el decenio previo. La fragua de los sueños de los pobres y el peronismo no significó la metamorfosis de un término en el otro, sino que desde mediados de siglo XX, los sectores populares afinaron sus instrumentos con el diapasón peronista y todos los proyectos políticos que aspiraron a incorporarlos debieron conocer un poco de esa música.
Fue considerable la diversidad de demandas que confluyeron en las consignas gestadas durante el primer peronismo. Desde las distintas regiones de nuestro país –muchas aún ni siquiera eran “provincias”– los peronistas pusieron en la escena política diferentes necesidades urgentes; muchas de ellas reclamos históricos de los sectores populares. Doscientos años después de la Gesta de Mayo, los sectores populares continúan soportando formas biologicistas y culturalistas de subordinación, marcaciones sociales de exclusión, imaginarios de miedos y furias. Esos conflictos culturales adquirieron nombres, colores y ligaduras durante el primer peronismo. Adquirieron sentidos que ya no abandonaron –aún si los sectores populares y el peronismo cambiaron varias veces su composición y sus proyectos de ese tiempo a esta parte–.

Presentación del libro “El hecho maldito”

Invitamos a la presentación del libro de Omar Acha y Nicolás Quiroga

EL HECHO MALDITO. CONVERSACIONES PARA OTRA HISTORIA DEL PERONISMO

Rosario, Prohistoria Ediciones, 2012.

Integran el panel de presentación:

MARIANA GARZON ROGE, GERARDO ABOY CARLES y los autores.

* * *

Lugar: Biblioteca Nacional, Sala CORTAZAR – Ciudad de Buenos Aires

Fecha: Miércoles 21 de noviembre de 2012, 19 horas.

Al finalizar tendrá lugar un brindis de honor entre lxs presentes.

Legislar la historia

Post cruzado desde Clionauta.

Le Nouvel Observateur acaba de publicar un diálogo que incide sobre algunos aspectos ya mencionados aquí. Tres son los intervinientes. Pregunta Jacques Julliard, historiador de formación, impulsor de Liberté pour l’histoire, que trabaja desde hace años para Le Nouvel Observateur, aunque también dirige la revista Mil neuf cent. Revue d’histoire intellectuelle. Responde Pierre Nora, que dirige la revista le Débat, aunque su fama se debe sobre todo a los tres tomos dedicados a los Lieux de mémoire. Y contesta también Claude Lanzmann, conocido por su película Shoah, a la que siguió Sobibor, 14 de octubre de 1943, 16 horas. Así mismo, está al frente de les Temps modernes.

Jacques Julliard.En los últimos años, los historiadores se quejan de una intervención creciente de los poderes públicos en un dominio que, en su opinión, corresponde exclusivamente a la ciencia y la investigación. Varios episodios nos vienen en mente: la ley Gayssot contra la negación del Holocausto (1990); ley sobre el reconocimiento del genocidio armenio (2001); la ley Taubira sobre la esclavitud y la trata de esclavos (2001); la enmienda Vanneste sobre los beneficios de la colonización ( 2005). Es evidente la doble pretensión del Estado de calificar lo que ha sucedido y decirle a los maestros qué enseñar.
Tenemos con nosotros a Claude Lanzmann y Pierre Nora, ambos estudiosos de la memoria y del creciente papel que ocupa en nuestra conciencia y en la propia historia, uno con
Shoah, el otro con los Lieux de mémoire. Ustedes se han mostrado contrarios a la legislación sobre la memoria. Pierre Nora, presidente de la asociación Liberté pour l’Histoire, no está de acuerdo con estas leyes denominadas “mémorielles” y acaba de firmar con Françoise Chandemagor el libro Liberté pour l’histoire publicado por CNRS Editions. Claude Lanzmann, primero en un editorial de Temps modernes y luego en Libération, ha criticado firmemente esta posición. Pierre Nora, ¿nos puede recordar el punto de vista de los historiadores?

Pierre Nora. – En primer lugar, estamos contra el principio de una legislación que describa los acontecimientos del pasado, no ya contemporáneo, como la Ley Gayssot, sino una cada vez más distantes, como la esclavitud, lo cual conduce gradualmente a una penalización retrospectiva de la la historia. Se han presentado veinte propuestas en los últimos dos años sobre temas que van desde la guerra de la Vendée a la masacre de Saint-Barthelemy, pasando por Ucrania. Esta deriva legislativa, exclusivamente francesa, ha sido muy debatida por la comisión para la reforma de la Constitución, que acabó admitiendo in extremis que se podría abandonar la legislación de este tipo y volver al tipo de resoluciones que existían en la Constitución de la Cuarta República.

Claude Lanzmann. – En el primer manifiesto de Liberté pour l’Histoire, se pedía la derogación de todas las leyes llamadas “mémorielles”, incluyendo en particular la Ley Gayssot, que es la única que realmente me importa. Usted parece haber cambiado, haber aguado la petición, lo cual acojo con satisfacción. Hice mi propia autocrítica en Temps modernes y en Libération por la escalada que condujo a la proliferación de leyes sobre la memoria.

P. Nora. – En realidad, pedíamos la abolición de los artículos que en estas leyes suponían una limitación para los historiadores. Por ejemplo, en el caso de la Ley Gayssot, sólo estamos poniendo en tela de juicio su artículo noveno, que crea un nuevo delito: el de “contestation” del genocidio. Dado que no remite a una ley que lo defina, esta definición se deja a la arbitrariedad del juez. La Ley Gayssot, que es probablemente la mejor de estas leyes y que entendemos bien a qué responde, no se dirige contra los historiadores, sino contra los falsificadores de la historia, los “negacionistas”. Pero tenía un efecto perverso porque actúa como matriz para todas las demás.

C. Lanzmann. – En parte estoy de acuerdo con Pierre Nora y en parte no. Para empezar, los “falsificadores de la historia” se reclaman siempre parte de la historia, se presentan como portadores de la verdad, no como ideólogos locos. He leído en el texto de su manifiesto de 2005 que usted solicita “la derogación de estas leyes indignas de un régimen democrático”.

P. Nora. – Sí, de “esas disposiciones”, no de la propia ley! Se trata de modificar el artículo noveno.

C. Lanzmann. – Pero es el artículo fundamental de la ley! Pierre Arpaillange, ex Ministro de Justicia, lo dijo cuando se presentó: completa la Ley de 1972, porque nos dimos cuenta de que esta ley, que castiga la incitación al odio Racial, a la difamación, etc., no había previsto que la gente viniera y dijera: “eso no existió”. Entonces, ¿por qué he apoyado la Ley Gayssot? En primer lugar, no me imagino entrar en una librería y ver un estante con libros relacionados con el Holocausto y al lado otro con volúmenes que aseguran que “no existió”. Si este fuera el caso, decir que “no existió” pasaría a convertirse en una opinión. Entre quienes sostienen que el Holocausto existió y quienes sostienen lo contrario sería una simple cuestión de opinión; todas las opiniones, los gustos y los colores son aceptables en una democracia. Pero yo me formé con las Reflexiones sobre la cuestión judía de Sartre, quien dijo que el antisemitismo no es una opinión sino un delito. Pierre Nora lo sabe tan bien como yo. Eso fue en 1946. Me ayudó a vivir en Francia y a mantener alta la cabeza. Según la lógica “democrática” de Pierre Nora, habría sido normal que no me indignara cuando a Rivarol, el semanario antisemita, se le permitió reaparecer cinco años más tarde. Entonces manifesté mi repulsa en Temps modernes. Cuando uno va al monumento al mártir judío desconocido y ve las paredes marcadas por la presencia masiva de los nombres de 76.000 Judios deportados y gaseados en Francia, a uno sólo le queda apoyar la Ley Gayssot.

P. Nora. – Pero no es eso! Se trata de decir que si el artículo se hubiera referido específicamente a los negacionistas del Holocausto y no hubiera creado un delito de contestación de una verdad histórica, habría limitado el alcance del delito a la negación del genocidio en sus intenciones antihistoricas y puramente políticas. Esto habría evitado que más tarde Francia presentara una decisión-marco en Bruselas que va más allá del crimen de “contestation” y pasa al de “banalisation grossière” y al de “complicité de banalisation” , aplicables a todo hecho histórico calificado como crímen de guerra, genocidio o crímen contra la humanidad por cualquier autoridad política, administrativa o judicial. Esto lleva a una especie de glaciación de la historia. La amenaza es tal que historiadores como Henry Rousso y Annette Wieviorka, que no se han sumado a la Liberté pour l’Histoire por lo de la Ley Gayssot, ahora se hayan unido a nosotros.

C. Lanzmann. – No entiendo la diferencia que Pierre Nora establece entre el delito de negación del Holocausto y la contestación de una verdad histórica. Es lo mismo. Repito que los negacionistas apelan siempre a la historia, alegan determinados hechos y, sin la Ley Gayssot, podrían seguir siendo honorables profesores universitarios, directores de tesis … Usted parece decir que a los negacionistas se les percibe de inmediato como una especie aparte, simples chiflados, y que la diferencia entre ellos y los historiadores “serios” se impone por sí misma. Si ese fuera el caso, ningún negacionista hubiera ido más allá de sus cuatro paredes, ni estaría en en una Universidad, ni habría alcanzado un puesto de responsabilidad.

J. Julliard. – Usted escribió en el artículo ya mencionado algo que ciertamente no entenderá quien no sea judío: “La ley Gayssot es una garantía de protección para todas las víctimas”. Los armenios no sienten las cosas del mismo modo y consideran que es chocante esa excepcionalidad de los judíos.

C. Lanzmann. – Bueno, estaban equivocados! Estoy totalmente en contra de la idea de la competencia de las víctimas, que me disgusta. Deseo por el contrario que haya una universalidad de víctimas y de verdugos, porque no tiene sentido comparar los crímenes. Los japoneses que cometieron la masacre de Nanjing en 1937 son como los verdugos nazis, como todos los verdugos del mundo, y las víctimas son igual que las víctimas judías.

J. Julliard.-¿Imagina que esta ley se refiera a otros casos particulares diferentes el Holocausto?

C. Lanzmann. – La voluntad de los armenios de que se reconozcan las masacres de 1915 como genocidio comenzó mucho antes de la Ley Gayssot. Estoy de acuerdo cuando Pierre Nora defiende a historiadores como Bernard Lewis y Gilles Veinstein y denuncio el “terrorismo intelectual” de que son objeto. Pero no estoy de acuerdo cuando dice en una entrevista: “Como han muerto todas víctimas y todos los verdugos, se culpa a los historiadores.” No, esto no es cierto.

P. Nora. – No se trata de los historiadores a título personal, sino de ver lo que un enfoque histórico del pasado puede tener de provechoso para toda una comunidad. Como tal, la libertad que defienden los historiadores es la de de todos. En sí, estoy dispuesto a concederle a Claude Lanzmann la universalidad de las víctimas y la de los verdugos, pero eso me aporta poco como historiador. Lo que me interesa es que la historia no sea reescrita ni por las víctimas ni por los verdugos y que no haya una incriminación retroactiva. Eso es lo que está sucediendo con la historia. El concepto de crímenes contra la humanidad se estableció en 1945 y en Francia en 1964. Es una locura querer ir más allá del plano moral y aplicarlo de otro modo al conjunto de la historia. Me rebelo contra este espíritu de los tiempos que conduce a una criminalización general del pasado. Es insalubre para la comunidad, inadmisible intelectualmente y peligroso jurídicamente.

C. Lanzmann. – No me opongo a este análisis, y es por eso que sólo me refiero a la Ley Gayssot.

J. Julliard.Pero esta ley, por justificada que esté, ¿no supone a la postre entrar en esa avalancha de reclamaciones de todas las demás víctimas?

P. Nora. – Los mismos que la han redactado han generado un efecto inesperado. Hemos llegado al punto en que, en última instancia, un historiador ya no puede trabajar sobre la historia de la colonización, ni de Armenia ni, si pasaran las veinte leyes que acabo mencionar, de la historia de Francia en su conjunto, ni siquiera del mundo. De hecho, ¿por qué detenerse ahí y no condenar a los americanos por el genocidio indio?

C. Lanzmann. – Soy consciente de lo grotesco de estas derivas. En algún lugar, Pierre me ha culpado de confundir memoria e historia y de negarme a comprender la segunda, poniéndose él del lado de la comprensión. Creo que no me ha leído o lo ha hecho mal. En un texto publicado en la Nouvelle Revue de psychanalyse, decía, a propósito del porqué, que bastaba con rebajar la cuestión a un nivel muy simple: “¿Por qué Judios han sido asesinados?”, pues la pregunta pone de manifiesto de entrada su obscenidad. La negativa a responder a ese porqué no entra en conflicto con la inteligibilidad. Siempre he dicho que el Holocausto fue un acontecimiento histórico rotundo, pero que el rechazo del porqué había sido operativo para mí, pues me permitía mantener el asombro, desnudo, radical, dirigir al horror una mirada frontal.

P. Nora. – Admiro evidentemente los resultados de ese enfoque, la película Shoah, pero no tiene nada que ver con la historia.

C. Lanzmann. – Cierto! Nunca he pretendido trabajar como un historiador. Sin embargo, he aprendido muchas cosas de los historiadores. Puesto que usted menciona a Henry Rousso, citaré a Pierre Vidal-Naquet, quien dijo, después de ver Shoah en un coloquio en la Sorbona organizado por François Furet, que “la historia es demasiado seria para dejarla en manos de los historiadores”.

J. Julliard.Volviendo a la cuestión de la verdad de Estado, ¿creen ustedes aceptable que el Estado profese oficialmente una verdad? La democracia se basa en el hecho de que el Estado no tiene religión, y tampoco metafísica. En 1825, todos los liberales protestaron contra una ley sobre el sacrilegio. ¿Qué decía esta ley? Que era sacrílego y condenable la profanación de las hostias, suponiendo que la presencia divina en las hostias era una verdad de Estado. Es evidente que era incompatible con el pluralismo democrático. Si el Estado protege la idea de que el Holocausto es un hecho innegable, en consecuencia, y frente a otras formas de contestación y negacionismo, ¿no tiene el deber de fijar otros acontecimientos como hechos y convertirse en el brazo armado de una historia oficial?

C. Lanzmann. – El Estado protege de todos modos: se enseña en las escuelas. Se ha combatido bastante la manera escandalosa en que los libros de texto hablaban del Holocausto!

P. Nora. – Debemos reconocer el derecho y el deber de los políticos a dirigir la memoria colectiva, a ser custodios del ritual del ser colectivo y, por tanto, a establecer fiestas, conmemoraciones, homenajes, a organizar la enseñanza, pero de ninguna manera por via legislativa o autoritaria. Para la enseñanza, se ha de pasar por la vía administrativa clásica, como las comisiones pedagógicas, no a través de la ley. No conozco ninguna democracia en la que la ley establezca una verdad oficial del Estado.

J. Julliard.-¿Tiene la impresión de que en el uso que ha hecho Nicolas Sarkozy de la historia –pienso en Guy Moquet, pero también en Jean Jaurès y Léon Blum – hay algo nuevo o peligroso?

C. Lanzmann. – La historia es un gran vivero y, como Pierre Vidal-Naquet, no veo ninguna razón para dejarla sólo en manos de los historiadores.

P. Nora. – Esto no es nuevo del todo, y no es muy importante. Ha habido períodos mucho más dramáticos a la hora de rehacer la historia, la de la Revolución y la Iglesia, el caso Dreyfus, la Resistencia, Vichy … Hacer historia como Henri Guaino hace discursos, mezclando referencias con una lírica soberanono-gaullista, es sin duda simpático, pero sin gran alcance. Liberté pour l’Histoire reaccionó ante el asunto de Guy Moquet, porque hubo un malentendido sobre el papel histórico de Moquet en la Resistencia. En cuanto a la propuesta de Nicolas Sarkozy de que cada alumno adoptara una joven víctima del Holocausto, es inapropiada. Claude Lanzmann dijo todo lo que tenía que decir.

C. Lanzmann. – Creo que este mundo ya no sabe adónde va. Como no halla puntos de referencia en el futuro, los busca en el pasado, un pasado que pretende conocer y al que uno va para tranquilizarse. Es por ello que, a pesar de todo el respeto que tengo por los historiadores y por la historia, creo que va demasiado lejos diciendo siempre aquello de que “la historia juzgará”, “los historiadores decidirán”, etc . Simone Veil lo dice muy a menudo. Le diría a Pierre Nora que eso les hace llevar una carga un poco pesada. Se sacraliza su disciplina, y no pueden dejar de sentir una cierta embriaguez. Anteriormente, fue la filosofía la que desempeñó ese papel. Ahora la historia ha tomado el relevo al completo, incluida la filosofía.

P. Nora. – El historiador ha perdido su papel como intérprete del pasado y profeta del futuro, un papel al tiempo de notario y predicador. Compite con muchos otros interesados en la historia: el testigo, la víctima, el periodista, el magistrado, el legislador. En este sentido, se le priva del magisterio de la interpretación que tuvo en tiempos de Lavisse. Como contrapartida, se le reclama en todas las partes, y estoy de acuerdo con Claude Lanzmann en eso. El historiador no está en una posición fácil. Además de las presiones de la memoria, que también son en cierto modo apelaciones a la historia, es solicitado por magistrados, por jueces …, incluso por los novelistas, ya que la historia es uno de los grandes recursos de la novela contemporánea. Pero lo que se les pide que adopten es el papel de un experto, con lo que ese papel tiene de inferioridad y, sin embargo, de indispensable. Ya no es el juez del pasado, como quería Michelet . Queremos que desempeñe el papel de juez del presente.

J. Julliard .- En otras palabras, y para concluir, si su profesión es la de buscar la verdad, debe de guardarse, como si del diablo se tratara, de pretender poseerla.

© Le Nouvel Observateur

Historia de historias

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John Burrow
Mencionábamos hace poco el volumen de Gordon S. Wood, señalando sus prevenciones hacia las nuevas escrituras de la historia. Indicábamos algunos de sus ejemplos, entre los cuales sobresalía Jill Lepore, una prolífica historiadora de la Harvard University (que este año nos mostrará sus pinitos como novelista). Pues bien, curiosidades del destino, Lepore se refiere a la obra de Wood en New Yorker, en un interesante y amplio artículo titulado “Just the Facts, Ma’am. Fake memoirs, factual fictions, and the history of history”. Lepore señala que, en efecto, en 1991 “the eminent American historian Gordon Wood, writing in The New York Review of Books, warned that if things were to keep on this way historians would soon «put themselves out of business.» Reviewing Simon Schama’s «Dead Certainties (Unwarranted Speculations)» -a history book in which Schama indulged in flights of fancy, fully disclosed as such-Wood wrote, «His violation of the conventions of history writing actually puts the integrity of the discipline of history at risk». That review, along with twenty more (including one of a book of mine), appears in Wood’s new book”.
Pero Jill Lepore aprovecha para repasar otra novedad quizá más significativa, aunque en una onda parecida: A History of Histories: Epics, Chronicles, Romances and Inquiries from Herodotus and Thucydides to the Twentieth Century (Knopf ), volumen del que asegura es un “fascinating compendium”. Su autor es John Burrow, que no es ningún desconocido: profesor de historia intelectual en Sussex y de historia del pensamiento europeo en Oxford, recibe ahora sus réditos como docente en el Williams College de Massachusetts. Es autor de libros como Evolution and Society: a study in Victorian Social Theory (1966), el premiado A Liberal Descent: four Victorian Historians (1981), Gibbon (1984) o La crisis de la razón: el pensamiento europeo, 1848-1914 (Barcelona, Crítica, 2001), además de participar en volúmenes colectivos, como La política, ciencia noble: un estudio de la historia intelectual en el siglo XIX (México, Fondo de Cultura Económica, 1987).
Lo cierto es que esta History of Histories ha recibido una excelente acogida en el mercado americano, no sólo por parte de Lepore. Véase, por ejemplo, la reseña de Adam Kirsch, crítico literario del New York Sun.
Ahora bien, ya sucedió lo mismo cuando se editó la versión británica a finales de 2007 en el sello Allen Lane, uno de los de la casa Penguin. Así lo atestiguan los comentarios del helenista Paul Cartledge en The Independent, de Felipe Fernández-Armesto en el Times o de Keith Thomas en The Guardian. Les dejo con este último, el más elogioso:

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An awareness that historical writing is as much a cultural activity as a developing science underpins John Burrow’s large and absorbing new book. Burrow is a leading authority on the intellectual history of the 18th and 19th centuries. Now in his retirement, he has ventured far beyond his usual territory in order to provide a survey of historical writing over the past two and a half thousand years. He makes things a little easier for himself by confining himself to historians in Europe and North America, and giving most attention to those who wrote in English or are available in translation. Even so, he has undertaken a herculean task which would have daunted most scholars. Inevitably there are some trivial slips on which the specialists will pounce. But he has turned his formidable assignment into a triumphant success. The result is a highly enjoyable book, based on a vast amount of reading, written with attractive simplicity, brimming with acute observations, and often very witty. Anyone who wants to know what historical writing has contributed to our culture should start here.

Los daños de la deriva posmoderna

post cruzado desde Clionauta

Gordon Wood
Gordon S. Wood, un docente universitario muy conocido por sus recensiones periodísticas, acaba de publicar un volumen sobre estos asuntos: The Purpose of the Past. Reflections on the Uses of History (Penguin Press). Una de las reseñas que ha merecido apareció hace unos días en el Washington Post.
Se trata de una colección de 21 ensayos que inciden en lo siguiente: ” El resultado de toda esta historia postmoderna, con su verborrea sobre “deconstrucción,” “descentramiento,” “textualidad” y “esencialismo” ha sido el de hacer que la escritura académica de la historia sea casi tan esotérica y cerrada como la que caracteriza a los eruditos literarios. Esto es francamente malo, puesto que la historia es un esfuerzo que necesita un amplio número de lectores para justificarse a sí misma”. En consecuencia, los historiadores académicos han estado preocupados por asuntos de raza, sexo y multiculturalismo, dejando un vacío que ha sido ocupado con éxito por historiadores populares sin respaldo ni empleo académicos, tales como David McCullough, Walter Isaacson, Ron Chernow, Thomas Fleming y Stacy Schiff. Por supuesto, Wood no les menosprecia: “Barbara Tuchman me merece todos los respetos, y lo mismo e incluso más siento por su sucesor, por el historiador popular más importante del país, David McCullough”. Así pues, acoge con satisfacción su trabajo, no sólo por sus méritos, sino como antídoto a la estrecha y a menudo pesada historia ideológica que sale de las universidades, a menudo escrita con ese “lenguage especial que los críticos literarios utilizan ahora para marcar distancias con la estructura de poder y con el grueso común de los lectores ordinarios”, con su meta por aquí y su meta por allá.
Este período “tumultoso” comenzó, señala Wood, con la ola de agitación política que barrió los departamentos de humanidades en los años 60 y así sigue. Wood deplora esa deriva y declara haberse formado en otra escuela, bajo la influencia en Harvard de Bernard Bailyn, “el más inspirado de los historiadores”, a quién dedica el libro. Pero también estuvo en la brecha (en la Brown University, sobre todo) como profesor durante este período de cambio, siendo testigo de primera mano de todo ello.
Gordon Wood
Una de las modas que discute con acritud es el presentismo, permitir que las sensibilidades modernas se usen para colorear y controlar nuestra opinión del pasado. Reconoce que “los problemas y las presiones del presente deben ser un estímulo para nuestras incursiones en el pasado”, pues ” es natural que queramos descubrir las fuentes, los orígenes, de nuestras actuales circunstancias”. Pero lo actual no debe ser el criterio único. “Nuestras percepciones y explicaciones sobre el pasado no se deben forjar con las urgencias y los problemas de nuestro propio tiempo. Los mejores y más serios historiadores siempre lo han sabido, incluso cuando su impulso original para escribir historia procediera de un problema presente, acuciante. Ser capaz de ver a los actores del pasado de manera comprensiva, verlos en el contexto de su propio tiempo, describir su ceguera y locura con simpatía, reconocer el grado en el que fueron alcanzados por circunstancias cambiantes sobre las que tenían poco control, darnos cuenta hasta qué punto obtuvieron resultados que nunca se propusieron — saber todo eso sobre el pasado y poder relatarlo sin distorsión anacrónica con nuestro presente es lo que significada tener un sentido histórico”.
Así, Wood elogia el temperamento de James Burns MacGregor y lamenta el presentismo de su The Vineyard of Liberty, lo mismo que admira a Jill Lepore y rechaza los dictados del presente que habría en su The Name of War, etc. Los historiadores, dice, “buscan estudiar los acontecimientos del pasado no para hacer generalizaciones transhistoricas sobre la conducta humana, sino para entender esos acontecimientos tal como realmente ocurrieron, en todos sus contextos y circunstancias”.
La clave: “A diferencia de la sociología o de la ciencia política, la historia es una disciplina conservadora — conservadora, por supuesto, no en el sentido político contemporáneo sino en el sentido de inculcar escepticismo sobre la capacidad de la gente de manipular y de controlar con éxito sus propios destinos. Demostrando que los mejores planes acaban generalmente mal, el estudio de la historia tiende a refrenar el entusiasmo juvenil y a contener el espíritu de conquista del futuro que mucha gente tiene”.
En fin, la cosa es discutible, pero como ha señalado el académico Douglas Brinkley (Rice University) en Los Angeles Times, es bueno saber que hay alguien como Wood ahí fuera, ejerciendo de nuestro particular perro guardián, evaluando los cambios a largo plazo en nuestra profesión y esperando que el número total de lectores de nuestro gremio continúe creciendo.

N.B.: Resulta que hace poco Livres Hebdo señalaba algo, en parte, similar. Al parecer, los editores galos demandan a los historiadores que ajusten su escritura para llegar a un público más amplio, sobre todo porque los libros de historia (de ese tipo) se venden muy bien, bastante por encima de la media general, aunque la producción no sea muy alta.

Digital Humanities en el 2007 [parte 3]

Continuamos con la [desafortunada] traducción de los posts de Lisa Spiro de Digital Scholarship in the Humanities. Este es el 3/3.
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En mis posts previos fui resumiendo los desarrollos de las digital humanities [DDHH] durante el 2007. Abordé los esfuerzos tendientes a construir la ciberinfraestructura para las humanidades a través de nuevos programas de financiamiento y nuevas instituciones. Reflexioné, además, sobre temas como el de la autoridad y la confiabilidad. En este último post voy a dar una ojeada a formas emergentes de investigación digital entre las humanidades, y voy a referirmea también a las redes sociales. Estoy segura de que se escapan muchos asuntos, así que, por favor, agreguen lo suyo en los comentarios.

E-Science como modelo para las humanidades. Agencias de financiamiento, sociedades académicas, bibliotecas de investigación y cosas parecidas promueven la e-Science. Término que el UK Research Council definió como "ciencia a gran escala que de modo creciente se practica a través de colaboraciones globales, facilitadas por internet. Una característica frecuente en este tipo de emprendimientos de cooperación científica es que requieren acceso a grandes colecciones de datos, recursos informáticos a gran escala y una alta performance en la visualización de datos". La NSF está invirtiendo millones en construir la ciberinfraestructura para la ciencia. Si bien la NEH está haciendo admirables y enérgicos esfuerzos para apoyar a las DDHH, su prusupuesto es mucho más pequeño que el de la NSF. En aras de generar más apoyo para las DDHH, pienso que necesitamos continuar presentando la iniciativa a patrocinadores potenciales, directivos y colegas universitarios, explicando qué tipo de problemas ligados a la investigación pueden ser atacados si tenemos mejores herramientas y recursos. Ciertamente artículos como el "ACLS Report on Cyberinfrastructure for the Humanities & Social Sciences" dan una buena perspectiva de las DDHH y describen qué es lo que se necesita, como lo hace el texto de Cathy Davidson, "Data Mining, Collaboration, and Institutional Infrastructure for Transforming Research and Teaching in the Human Sciences and Beyond". Davidson recomienda que los investigadores de las humanidades avancen hacia lo que ella denomina Humanidades 2.0, que, como la Web 2.0, es colaborativa y orientada al usuario. La investigación ya está siendo transformada con el acceso a cantidades mayúsculas de datos, pero Davidson propone que los investigadores de las humanidades sigan la senda de los científicos y se embarquen en proyectos más amplios y más colaborativos. Llama a colaborar trascendiendo tanto las disciplinas como las fronteras, insistiendo que los investigadores humanísticos proveen una perspectiva vital para proyectos cientíticos y que podemos hacer a un lado nuestros propios marcos culturales. Claro que, como Davidson reconoce, los investigadores humanísticos habitualmente no son remunerados por proyectos colaborativos o por investigar sin que sus resultados se publiquen como libro o artículo, por lo que la cultura académica deberá cambiar.

Formas emergentes de investigación digital. En el 2007 algunos proyectos de las DDHH demostraron cómo el avance en materia informática puede permitir a los investigadores humanísticos atacar problemas complejos. Por ejemplo:
Modelos computarizados 3D: El lanzamiento de Rome Reborn de IATH, un preciso modelo digital de Roma en la Antigüedad Tardía, ha ilustrado el potencial de la modelización computacional como una forma de hacer investigación histórica y arqueológica. En tanto los usuarios "caminan" o "vuelan" a través de la Roma Antigua, pueden alcanzar un mejor entendimiento de cómo la ciudad funcionaba, así como también percibir cómo el inmenso tamaño de los monumentos pudieron afectar la percepción de los ciudadanos acerca de la grandeza de Roma. El pueblo de Rome Reborn es muy atractivo pero a mí me interesa no sólo el aspecto del plan de hacer un detallado modelo de la ciudad sino también las herramientas provistas para el análisis y la comunicación académicos. Cuando exploro espacios virtuales, me pregunto cuán precisos son y qué evidencia fue utilizada para justificar la representación de una columna o un mosaico de una manera particular. Asumo, por supuesto, que un centro de investigación como el IATH se esforzará por ser lo más preciso posible, pero algunas decisiones deben tomarse, pese a todo, en base a conjeturas, así que la posibilidad de ver la documentación que respaldó las decisiones puede servir a los investigadores. En Rome Reborn, los investigadores pueden añadir nuevas "capas" de información utilizando un "wiki moderado". Rome Reborn puede estar disponible a través de Second Life, lo que hace más accesible pero también lo dispone para otros usos…
Después de su exagerada promoción durante el 2006, Second Life está bajo escrutinio. En "Second Thoughts about Second Life", Michael J. Bugeja subrayó los riesgos que deben afrontar las universidades en sus intervenciones en Second Life, especialmente debido al hostigamiento (y cosas peores) que regularmente circula en ese mundo. Otros han sido escépticos acerca del potencial educativo de un ambiente que parece hacer foco en el entretenimiento adulto. Yo todavía veo potencial en SL para la enseñanza y la investigación. Ayudé a moderar la versión de Second Life de De Lange Conference on Emerging Libraries de la universidad de Rice, y me quedé impresionada por las vívidas discusiones que tuvieron lugar durante las sesiones; ser "virtualmente" presentados parece alentar el diálogo. Como informó el Chronicle of Higher Education en Professor Avatar (requiere subscripción), SL ha sido utilizado exitosamente en clases de antropología, para que los estudiantes investigaran los comportamientos en mundos virtuales; en comunicación, para que los estudiantes crearan y comentaran acerca de espacios virtuales; y en literatura, para que los estudiantes exploraran mundos literarios como el infierno del Dante. A pesar de que Second Life presenta muchos problemas tanto tecnológicos como culturales, pienso que los mundos virtuales 3D tendrán un rol de creciente importancia en educación, en la medida en que ellos permiten que las personas exploren fenómenos que de otro modo serían imposibles de visualizar (sociedades pasadas, moléculas, etc.) y proveen ambientes interactivos y inmersivos.

Minería de datos y visualización. MONK, "un ambiente digital diseñado para ayudar a los investigadores humanísticos a descubrir y analizar patrones en los textos que estudian", ganó un millón por el premio ortogado por la fundación Mellon. MONK ya está produciendo muy buenos trabajos, como el de Tanya Clement et. al.: "'Something that is interesting is interesting them': Using Text Mining and Visualizations to Aid Interpreting Repetition in Gertrude Stein’s The Making of Americans", el que no sólo muestra cómo las herramientas de minería de datos pueden ayudar a la exploración del uso de la repetición en Stein, sino también explicar el proceso de diseño y desarrollo de herramientas que presenten las necesidades de los investigadores en literatura y hagan posible nuevos hallazgos.
La base de datos como género acádemico. El número de octubre de PMLA presentó un fascinante debate acerca de la base de datos como género a partir del ensayo del co-editor del Archivo Walt Whitman, Ed Folsom, y las respuestas de Jonathan Fredman, N. Katherine Hayles, Jerome McGann, Meredith L. McGill y Peter Stallybrass. Citando a Lev Manovich, Folsom sostiene que la base de datos es "el género del siglo XX", "un género que se opone a la narrativa más porque acopia detalles, y menos porque impone una estructura. Folsom dice que el Archivo Walt Whitman es actualmente (y virtualmente) una base de datos que concentra materiales dispersos y permite reordenamientos y accesos aleatorios. Como encontré en un proyecto de investigación que hice con mi colega Jane Segal, el Archivo Whitman es en sí mismo un trabajo de investigación que hizo invaluables contribuciones al estudio de Whitman, abriendo nuevos interrogantes al permitir el acceso a algunos, hasta entonces, inaccesibles trabajos. De acuerdo con Folsom:

quotep

En tanto las bases de datos contienen información muy detallada, podemos comenzar a preguntarnos si la narrativa misma está bajo amenaza. Siempre supimos que cualquier relato o teoría puede ser cuestionada si podemos acceder a materiales ignorados, pero cuando los archivos eran físicos y estando esparcidos por todo el mundo resultaban a menudo inaccesibles, era más simple aceptar un relato hasta que alguien se tomara el trabajo de investigar en los archivos y alterara la narración con información antes no considerada. (1576)

Los humanos definen el data model y juntan los datos (o configuran los instrumentos que lo hacen). ¿Qué dejan afuera las bases de datos, y cómo puede eso afectar a la investigación? ¿Cómo puede construirse una argumentación basada sólo en datos, sin una estructura narrativa? En su réplica a sus comentaristas, Folsom revisó su metáfora sobre la narrativa y las bases de datos y en su lugar adoptó la metáfora de N. KAtherine Hayles que indica que ambos términos existen en una relación simbiótica, con las bases de datos abasteciendco los detalles que la narrativa organiza en un conjunto coherente de enunciados. Aún así encuentro que la noción de base de datos, con su supuesta amplitud y maleabilidad permite a los usuarios desafiar las grandes narrativas de la intriga. Pero ¿no depende la respuesta que obtenemos cuando hacemos una consulta a una base de datos, de la organización de la consulta y de la interpretación que hacemos de los datos?

Social networking in higher-ed. Si las "Humanidades 2.0″ implican colaboración, datos y herramientas, ¿qué tecnologías se requieren para sostener el trabajo colaborativo? El más visible ejemplo de red social es probablemente Facebook, que nació en el 2007 entre grupos de graduados, desencadenando especulaciones acerca de los potenciales usos del social networking en la academia. Al abrir sus API a desarrolladores externos, Facebook amplió sus características y su audiencia, pero eso hizo enojar a muchos de sus usuarios a raíz del programa Beacon, que violaba la privacidad haciendo accesible información a través del feed de Facebook. La mayoría de las aplicaciones de Facebook parecen ser de entretenimiento (rankeando a tus amigos o convirtiéndolos en zombies), pero creo que algunas aplicaciones como BooksIRead pueden utilizarse en contextos académicos. A través de BooksIRead, podemos llevar un control de nuestras lecturas, ver lo que leen nuestros amigos, y hallar recomendaciones y reseñas de otros libros que pueden gustarnos, y todo eso participando en una comunidad intelectual.
El "OCLC’s Sharing, Privacy & Trust in Our Networked World" muestra que la población de usuarios de las redes sociales es grande y está creciendo. Me pregunto si las tecnologías de las redes sociales pueden lograr que los investigadores se junten y se comuniquen y ataquen problemas comunes. La revista Nature puede ser un modelo de sitio con su propia red social de cientistas, Nature Network, que incluye perfiles del personal, blogs, clasificados laborales, mesas de debate, tagging y grupos. Pero no parece que haya habido adopción generalizada de ese modelo todavía, y además, para ser exitoso, un sitio enfocado en la generación de contenido por parte de los usuarios necesita, hmm, usuarios. De acuerdo con el informe OCLC, las razones más fuertes por las que la gente ingresa a una red social es porque sus amigos están ahí y para divertirse. ¿Qué puede seducirlos a unirse a sitios de redes sociales profesionales? Puedo asumir que conectarse con los colegas puede ser una razón de primer orden, en aras de hacer conocer nuestro propio perfil en la investigación y obtener beneficios tangibles, como nuevos saberes o al menos conocer artículos que realmente debemos leer. In "Social Factors in the Adoption of New Academic Communication Technologies", Paul Dimaggio sostiene el astuto argumento de que los efectos de las redes conducen a la adopción de nuevas tecnologías: "Sólo cuando una masa crítica de colegas adopta una nueva tecnología hace que el resto se integre". Tal vez el foco no deba estar tanto en las redes sociales sino en el trabajo colaborativo y en el intercambio de información; NINES y HASTAC proveen modelos de ese tipo de sitios colaborativos en las DDHH.

¿DDHH "verdes"? En el 2007, la amenaza del calentamiento global pareció entrar finalmente en la conciencia pública, con el lanzamiento de un informe del panel del clima de la ONU (IPCC) y el otorgamiento del Premio Nobel a Al Gore y a la mencionada institución. Tengo miedo de un futuro horrendo para mis hijos y estoy tratando de reducir mis copias carbónicas, así como de setear todas las computadoras del laboratorio en "power saving", o [...] apagando celosamente las luces. Me pregunto qué rol, si existe uno, deben tener las humanidades para combatir el calentamiento global. En principio, pareciera que los objetivos de las DDHH tienen poco que hacer para reducir la emanación de gases -en todo caso, encender todos nuestros servidores contribuye al problema. Pero tal vez las DDHH puede contribuir al desarrollo de la ciberinfraestrutura, la que permitirá la colaboración y la innovación en la batalla contra el calentamiento global, y en otros desafíos. Y tal vez las herramientas y recursos desarrollados por la comunidad de las DDHH puedan asisitir a investigaciones de historiadores, teólogos, filósofos, críticas literarios y otros acerca de las dimensiones humanísticas del ambiente.

Quería ver si mi sentido de las ideas más importantes en las DDHH durante el 2007 se daba de bruces con la percepción de otras personas, así que, como buena geek que soy, conté los números de bookmarks en delicious para cada página web y blogs que citamos, utilizando el Bloglines Citations BookMarklet. Debo señalar que estas estadísticas no necesariamente miden significación, sólo frecuencia de las citas. Este enfoque es URL dependiente -si las personas citan o hacen favoritas otras páginas de un mismo sitio web, esto probablemente no se incluya en la cuenta. Los números son de finales de diciembre de 2007 y principios de enero de 2008, por lo que indudablemente han cambiado.

Site # of delicious bookmarks # bloglines links
Digital Humanities Quarterly 22 6
"Our Cultural Commonwealth" 20 6
Digital Humanities Centers Summit 7 3
NEH/ IMLS Advancing Knowledge Grants 9 7
ACLS Digital Innovation fellowships 21 1
MacArthur/HASTAC Digital Media and Learning Competition 119 38
Digital Americanists 7 0
TEI@20: 20 Years of Supporting the Digital Humanities 4 16
Keen vs. Weinberger 307 205
Andrew Keen v. Emily Bell 72 49
WikiScanner 2449 1,460
Amazon Kindle 51 275
Grafton, Future Reading 60 254
Caleb Crain, "Twilight of the Books" 86 439
Newsweek: The Future of Reading
354 822
NEA: To Read or Not to Read
56 106
Kirschenbaum, How Reading Is Being Reimagined 22 3
Jensen, The New Metrics of Scholarly Authority 111 50
University Publishing In A Digital Age 80 97
Symposium: The Future of Scholarly Communication 8 1
Google Books: Is It Good for History? 16 2
Inheritance and Loss: A Brief Survey of Google Books 27 75
The Google Exchange: Leary & Duguid 28 20
Google Books: Champagne or Sour Grapes? 7 7
Davidson, Data Mining, Collaboration, and Institutional Infrastructure for Transforming Research and Teaching in the Human Sciences and Beyond 3 3
Rome Reborn 1246 302
Second Thoughts about Second Life 50 28
Professor Avatar 10 6
MONK 5 20
Folsom, Database as Genre 0 0
OCLC, Sharing, Privacy & Trust in Our Networked World 267 215
Nature Network 139 2740

Estas estadísticas sugieren que la comunidad de las DDHH de gente que bloguea y utiliza el bookmarking es relativamente pequeña, en tanto que los artículos con relevancia específica para las DDHH no son citados o referidos comúnmente. En verdad, algunos de los trabajos que encontré más estimulantes recibieron algunas citas, lo que refleja la naturaleza especializada del campo antes que el valor del trabajo citado. Como sea, algunos tópicos de interés para las DDHH parece que captaron más atención: realidad virtual, el futuro de la lectura, la confiabilidad de Wikipedia y otros sitios de la Web 2.0, y el social networking. Los ensayos que sólo son accesibles por subscripción (como los artículos en PMLA) tuvieron pocas referencias y tal vez eso muestre que las publicaciones "open access" tienen un gran impacto.

¿Qué me perdí o no entendí?