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historiografía

El hecho maldito. Conversaciones para otra historia del peronismo

Presentación del libro de Omar Acha y Nicolás Quiroga

El hecho maldito. Conversaciones para otra historia del peronismo

Con la participación de Daniel James y los autores

Jueves 18 de octubre – 19:30 hs
en el marco del Tercer Congreso de Estudios sobre el Peronismo
Aula Magna de la Facultad de Humanidades
Otero 262 PB
San Salvador de Jujuy

los que susurran

Orlando Figes. Los que susurran. La represión en la Rusia de Stalin, Edhasa, 2009, 959 páginas.
Figes, Los que susurran

Los que susurran… es un libro sobre hombres y mujeres que sufrieron, de una manera u otra, persecuciones en la Unión Soviética. Decir que se trata de crímenes del estalinismo sería quedarse cortos, porque tras la muerte de Stalin, el mundo secreto del susurro, el miedo, el desarraigo, el trauma, persisitieron. Si bien en el libro algunas biografías se destacan (como la de Konstantin Simonov, por ejemplo), el protagonismo se lo lleva el numeroso cuerpo de pequeñas biografías o biografemas, concebido a partir de archivos y entrevistas orales. El libro trata sobre la rusia de Stalin y se concentra en el largo período que va desde fines de los años veinte (con centro en el proceso conocido como deskulakización) hasta el llamado deshielo (con centro en el discurso de Kruschev en el XX congreso del PCUS sobre los crímenes de Stalin). Las grandes purgas de los años treinta y el impacto de la guerra en el ecosistema soviético son otros dos grandes hitos en el relato.
En este blog ya se han dicho algunas cosas sobre Orlando Figes. Anaclet Pons escribió un post sobre este mismo texto en el que por encima de la novedad de Los que susurran… se hacía referencia al debate acerca de la historiografía liberal y la escritura de la historia soviética en tiempos post-stalinistas o postmodernos o postparanoicos, como se prefiera. Los comentarios al post (escritos por Nicolás Pereyra y por Nes) ensayaron sendos intentos por cuestionar la escritura de Figes precisamente por su "liberalismo".
Después de leer el libro puedo opinar sobre el asunto del liberalismo de Figes (antes leí otros libros suyos, los que me gustaron y a los que ahora percibo desde otro perspectiva). Los que susurran… tiene el mismo ritmo que Anaclet Pons recuperó en su cita del comienzo del libro en el post referido. El historiador forja bisagras entre distintos relatos de familias purgadas, individuos arrojados a los campos, desposeídos, desterritorializados. Esos relatos se anidan en torno al trauma, no sólo en torno a los acontecimientos jurídicos o policiales que estuvieron en el centro de cada uno de esas pequeñas historias; es así como también leemos sobre el impacto de esos hechos, sobre la cotidianidad de los que quedaron, sobre la desestructuración de las familias a las que le han sido arrebatados uno, dos, tres miembros. Figes es un gran historiador y se mueve entre esos materiales -muchos de los cuales se pueden consultar en orlandofiges.com- con notable pericia.
Se trata, sin embargo, de una narración que hereda quizás demasiado de Archipiélado Gulag, un libro que con esa poética activó distintas reflexiones políticas cuando fue difundido. Exagerando, podría decirse que Los que susurran… es una versión del archipiélago, una mirada sobre los estragos del estalinismo en el corazón del domus, y a la vez una mirada que pretende liberarse del tono solzhenitzin, de la toma de partido. Pero al denunciar las incursiones del poder en el entramado civil a través de esa "reconstrucción" testimonial, Figes parece considerar al tejido civil naturalmente liberado de la política.
Por esas dos cosas es que, más o menos por la mitad de libro, me empecé a preguntar si esa estrategia narrativa que explota el testimonio para inducir una conclusión acerca del estalinismo in toto, finalmente no devenía un límite para los objetivos del texto. El libro no tiene el propósito de desarrollar esa red de trazas menores ni de salirse del archivo de casos para discutir "la rusia de Stalin". Así se sostiene hasta el final. Y eso se debe a que la razón que anima el armado del puzzle historiográfico, la lógica que escribe las bisagras, es anterior, es apriori. Y ese punto, que liga a Figes con El archipiélago… pero también a Figes con el "liberalismo" del que se le acusa, es algo que empieza a arruinar a esas voces inolvidables, que deteriora ese tejido hecho de penas e injusticias, porque al imponerles una causa externa (Stalin, los totalitarismos, etc.) menoscaba la lucha de esos hombres y mujeres por vivir el mapa kafkiano del poder pero también el del departamento comunal, el del pasillo, el del barrio poblado de "enemigos del pueblo", denunciantes, delatores, chicas del komsomol con padres kulaks, huérfanos, soplones, soplones soplados, relapsos, ascetas y vencidos. Al poner, Figes, esos testimonios como prueba de algo que se da por existente o de algo que se constituye casi exclusivamente a partir de la persecución de gentes, reduce cuantiosamente su archivo. Figes entiende claramente los problemas de la historia oral para dar cuenta de procesos históricos (aunque prefiere esos métodos al analisis de obras literarias) pero si tales inconvenientes caben en los complejos procedimientos de la memoria y el olvido, también nos llegan del cuestionario con el que se interpretan los dichos o gestos ajenos. El libro de Figes se hace cada vez menos complejo a medida que avanzamos en él debido precisamente a que la repetición de una estrategia casi judicial tiene como base una explicación alóctona (aunque con ella no pretenda exculpar).
Los que susurran… multiplica nuestras preguntas, abre zonas oscuras, litigios regionales entre el trauma y la felicidad. Nos muestra, Figes, pequeñas ventanas ominosas de una vida cotidiana que se parece un poco a las del lager pero más a la que conocemos. Nos las muestra un poco, digo, pero también las apaga, las somete a una explicación que no quiere saber nada de cada una de ellas. Es sobre ese desconcierto entre lo conocido y lo conocido ominoso sobre el que podemos operar mejor con libros como el de Richard Stites, Revolutionary Dreams… (incluso en su acendrado antiestalinismo) o el de Susan Buck Morss, Mundo Soñado y catástrofe… Una zona que tiene relación con el poder con mayúsculas pero no sólo porque lo padece, sino porque lo anima y es animada por él. El libro de Figes termina con un fragmento de una entrevista en donde alguien se enorgullece de poder decir su descendencia kulak. Se trata de una liberación, de una catarsis, pero en cierto modo se trata también de poner a esa figura como resistente, a la víctima como contradictor. Al devolverle una entidad política que a lo largo del libro el propio Figes le había negado (kulak era mayormente una figura de acusación, un modo conspirativo de extirpar a quienes tenían algunas posesiones o hablaban en voz alta sobre la realidad), Figes nos revela su enemigo y los límites del argumento que opone la libertad del individuo a los regímenes socialistas. Al menos los límites de esa oposición para abordar la pequeña dimensión, la cocina nimia de las micropolíticas.

El historiador y su autobiografía

Post cruzado desde Clionauta

Rocío G. Davis, profesora de Lingüística hispánica y Lenguas modernas de la Universidad de Navarra introduce el último número de la revista Rethinking History. Aunque no excepcional, tampoco es común que un universitario español tenga el honor de encabezar proyectos internacionales como éste.

Destaca la profesora Davis el creciente número de académicos de todos los campos que han publicado autobiografías en los últimos años, lo cual ha generado interesantes debates sobre el papel de la escritura de vida en el desarrollo de los discursos disciplinarios. Por ejemplo, textos como Mirror to America (2005), de John Hope Franklin, The Politics of Memory (1996), de Raul Hilberg, Interesting Times (Años interesantes, 2003), de Eric Hobsbawm, Among the White Moon Faces (1997), de Shirley Geok-lin Lim o Crossing Ocean Parkway (1997), de Marianna de Marco Torgovnick, entre otros, sirven de inspiración para examinar críticamente la manera en que lo autobiográfico y lo académico se complementan entre sí, a la vez que nos permite preguntarnos si se puede leer la escritura autobiográfica desde una perspectiva profesional o, alternativamente, hasta qué punto lo académico crece a partir de experiencias personales. En la década de 1960, E. H. Carr sugirió que, al evaluar un trabajo de historia, hay que “estudiar al historiador antes de ponerse a estudiar los hechos “, para revelar el punto de vista o posición a partir de la cual desarrolla su trabajo.

Evidentemente, las autobiografías son un recurso privilegiado para emprender este tipo de examen. En ese sentido, el proyecto de egohistoria de Pierre Nora de la década de los ochenta impulsó nuestra conciencia acerca de la manera en la que funciona la escritura de vida en un momento de renovada conciencia histórica. La propuesta de Nora transformaba la relación existencial del historiador con su objeto, como «un instrumento analítico capaz de documentar y demostrar algunos de los procedimientos básicos de la escritura de la historia. Era posible y necesario tematizar la relación entre la historia que uno hace y la historia que nos hace ” (Passerini y Geppert, “Historians in flux: The concept, task and challenge of ego-histoire”, Historein, 2001, 3: 7–18). Esta aproximación al acto autobiográfico enlaza nuestras nociones sobre los procesos de auto-inscripción con nuestra comprensión sobre las formas bajo las cuales son producidos el conocimiento histórico y cultural y el discurso.

En ese sentido, en su History, Historians, and Autobiography (2005), Jeremy D. Popkin ofrece un análisis sistemático de un amplio corpus de autobiografías de historiadores examinando las conexiones teóricas entre la historia y la escritura de vida. Lee las autobiografías de los historiadores para examinar sus experiencias y sus posiciones profesionales, una propuesta que puede ser ampliada. Rocío G. Davis sostiene que estos mismos textos autobiográficos nos permiten adentrarnos en la historiográfica y en las tendencias intelectuales del siglo XX. De hecho, los trabajos más recientes (véase Historical representation, de Frank. F. Ankersmit; On the future of history: The postmodernist challenge and its aftermath, de Ernst Breisach; Refiguring history: New thoughts on an old discipline, de Keith Jenkins; o el más reciente Narrative and history, de Allan Munslow) sitúan en primer plano la dimensión narrativa de lo histórico y, por extensión, el escrito autobiográfico. Comprendemos con ellos que la función de los académicos incluye no sólo ser profesionales comprometidos con la realidad objetiva, sino autores que de alguna manera se proyectan en sus textos. De modo que éstos pueden verse como una negociación entre la personalidad y la posición intelectual de cada uno.

Por tanto, es necesario ampliar las perspectivas desde las que que vemos los proyectos autobiográficos de los académicos – leerlos, por ejemplo, como fuente de la historia intelectual o como representación de una determinada posición ideológica o racial. La cuestión esencial ya no es la «objetividad», sino cómo el proceso autobiográfico hace que el propio autor sea una fuente de información válida. Como señala Jaume Aurell (”Autobiographical texts as historiographical sources: Rereading Fernand Braudel and Annie Kriegel”, Biography 29, núm. 3: 433–50), “los vínculos prácticos y metodológicos entre la historia y la autobiografía son importantes: comparten formulaciones estructurales que nos invitan a leerlas conjuntamente, descifrando hasta qué punto pueden ser semejantes sus formas de reformular los acontecimientos”. El nuevo panorama epistemológico desdibuja la distinción entre el autor «científico» y el «literario», reconociendo un vínculo esencial entre los dos, basado en el proceso narrativo que estructura sus proyectos. En este contexto, la validez del académico radica tanto en su posición de autor como en las pruebas documentales presentadas.

En fin, este número especial de Rethinking History plantea una serie de cuestiones relacionadas con estos procesos tan polémicos. Además de la citada introducción, incluye distintos artículos, todos ellos muy sugerentes bajo el título de Academic Autobiography and/in the Discourses of History:

Gary Y. Okihiro: “Self and history”
Robert A. Rosenstone: “What’s a nice historian like you doing in a place like this?”
Jeremy D. Popkin: “The origins of modern academic autobiography: Felix Meiner’s Die Wissenschaft der Gegenwart in Selbstdarstellungen, 1921-1929?
Matthew Hollow: “Introducing the historian to history: Autobiographical performances in historical texts”
Jaume Aurell: “Performative academic careers: Gabrielle Spiegel and Natalie Davis”
Siobhan O’Flynn: “Challenging the Cartesian Self: Autobiography as an intertextual/interrelational discourse in the works of Aritha van Herk and Kristjana Gunnars”
Ioana Luca: “Post-Communist life writing and the discourses of history: Vesna Goldsworthy’s Chernobyl Strawberries”
Nicola King: “Uses of the past: Hindsight and the representation of childhood in some recent British academic autobiography”
Rocío G. Davis: “Academic autobiography as women’s history: Jill Ker Conway’s True North and Leila Ahmed’s A Border Passage”

Colofón: Lamento verdaderamente que no pudieran acudir ustedes al animado debate que hace meses tuvo lugar entre Frank. F. Ankersmit y Carlo Ginzburg a propósito de algunos de estos asuntos. En todo caso, pueden recuperar un fragmento que se incluye en su obra Il filo e le tracce (Feltrinelli, 2006, págs. 264-265), donde viene a rechazar la atribución de historiador posmoderno que el holandés le concede: “Para aclarar su punto de vista, Ankersmit se sirve de una metáfora vegetal (que en realidad remite a Namier y quizá a Tolstoi). En el pasado, los historiadores se ocupaban del tronco del árbol o de las ramas; sus sucesores posmodernos se ocupan sólo de las hojas, es decir, de fragmentos minúsculos del pasado que investigan de forma aislada, independientemente del contexto más o menos amplio (las ramas del tronco) del que formaban parte. Ankersmit, que se adhiere a las posiciones escépticas formuladas por Hayden White a principios de los setenta, ve con gran complacencia este cambio de dirección hacia el fragmento. Esto supone, a su juicio, una actitud anti-esencialista o anti-fundacionalista que ilumina (a Ankersmit no le preocupan mucho las contradicciones formales) la naturaleza `fundamentalmente posmoderna de la historiografía’: una actividad de tipo artístico que produce narraciones inconmensurables entre sí”. Carlo Ginzburg entiende que eso significa reducir la historiografía a su valor textual, privándola de su parte congnoscitiva. Y, para colmo, entre los ejemplos aportados por Ankersmit está el Montaillou, El Domingo de Bouvines, El retorno de Martin Guerre y, por supuesto, El queso y los gusanos. Por eso lamento que se perdieran aquel combate en directo entre el holandés y el italiano.

Posdata: Interesante artículo aparecido en la última entrega de la European History Quarterly: “Early Francoism and Economic Paralysis in Catalonia, 1939–1951? de Joseph Harrison (núm. 39, 2009, págs. 197-216)

la cgt y el 17 de octubre

el 17 de octubre de 1945 es un hecho histórico de evidente relevancia para la comprensión de la argentina contemporánea. Hasta el momento no hay acuerdo, y es dudoso que lo haya en el futuro, acerca de las características de la movilización popular acaecida ese día; para algunos, predomina la “espontaneidad” popular; otros colocan el énfasis en la “organización” de la movilización por un liderazgo en ciernes. Parte de ese desacuerdo está vinculado con la conocida asincronía entre la declaración del paro general por la cgt para el 18 de octubre, y la fecha de la famosa jornada. En torno a esa declaración ha existido, y aún existe, una versión legendaria, que fuera recogida por luna (el 45), y gambini (historia del peronismo), entre otros. En esencia, la versión afirma lo siguiente. Reunida la cgt el 16 de octubre de 1945 para analizar si se declaraba o no una huelga general, los dirigentes sindicales estaban divididos en dos partes prácticamente iguales, con una leve mayoría de los partidarios del “no”. En ese trance, un dirigente del gremio de los estatales, antiguo militante de forja, fue de algún modo persuadido por arturo jauretche para que participe de la reunión y “vuelque” el resultado de la reunión a favor de la declaración de la huelga. Así, la sesión finalizaba con un exiguo resultado de 21 votos favorables y 19 contrarios a la huelga, declarada por 24 horas para el 18 de octubre. Otras versiones similares suponían un resultado de 19 a 18 por la huelga. Don luna, por su parte, agregaba un elemento más –con cierta malignidad- afirmando que borlenghi, por entonces máximo dirigente del gremio de empleados de comercio y luego ministro del interior en las dos primeras presidencias de perón, hubo de pronunciarse en contra de la huelga.
Esta versión ha sido rebatida desde el momento que se publicaran las actas del comité central confederal correspondientes a esa reunión del 16 de octubre. Esas actas, que según luna habían desaparecido de los archivos de la cgt, fue encontrada o recobrada por la investigadora louise doyon, quien cedió el documento a la redacción de la revista pasado y presente, donde fuera publicado por primera vez en el número 2/3 de julio-diciembre de 1973. Posteriormente, las actas fueron publicadas nuevamente en la compilación de juan carlos torre (la formación del sindicalismo peronista), de 1988. El documento permite observar las disímiles posiciones y argumentos de los líderes de la “vieja guardia sindical”, donde se combinan de formas variadas las pretensiones de autonomía sindical, las aprensiones ante las posibles pérdidas de conquistas sociales y el reconocimiento de las actitudes pró-perón de las bases trabajadoras. Un análisis consistente, y a mi juicio convincente, de lo tratado en esa reunión se encuentra en el artículo de torre (la cgt y el 17 de octubre de 1945, en la compilación recién citada). Pero yendo al punto específico que me interesaba tratar aquí: las actas han mostrado definitivamente que el resultado de la votación fue de 16 a favor de la huelga y 11 en contra. De estos 11 en contra, 8 eran de la unión ferroviaria; esto es interesante remarcar, ya que los ferroviarios votaron en el ccc de acuerdo a lo decidido por la organización, y no de acuerdo al “leal saber y entender” de cada dirigente: en rigor, al menos dos de esos delegados ferroviarios argumentaron a favor de la huelga –aunque luego votaron en contra, por disciplina hacia su organización. La argumentación y el voto del mentado dirigente forjista –libertario ferrari, quien pertenecía al sindicato de estatales- fue a favor de la huelga; pero su intervención, que fuera políticamente precisa y punzante, sólo contribuyó a reforzar el sentir favorable a la huelga de una mayoría de delegados en la reunión: no hizo falta “maniobra” alguna. Finalmente, cabe indicar que borlenghi no participó de tal sesión; y no lo hizo por el simple motivo que los empleados de comercio no formaban parte entonces del comité central confederal de la cgt.
Nada de lo dicho hasta aquí presupone o sugiere que la interpretación relativa a la influencia de la cgt, o de sus dirigentes, en el desencadenamiento del 17 de octubre pueda hallarse cancelada. Sobre este punto se sigue, y se seguirá, debatiendo. Pero lo cortés no quita lo valiente; y toda explicación o interpretación del hecho no puede basarse en la recapitulación de una versión mítica, sino en el análisis de los documentos.

Los historiadores británicos: la depresión y la euforia

post cruzado desde Clionauta

David Cannadine se pregunta cómo los británicos han escrito la historia en un volumen veraniego, aparecido a finales de agosto: Making History Now and Then: Discoveries, Controversies and Explorations (Palgrave Macmillan). En realidad, se trata de una recopilación de los artículos y conferencias que elaboró a lo largo de una década como director del Institute of Historical Research. Parece que, en su tónica habitual, el libro se lee con agrado, gracias a sus buenas dosis de ingenio y cierta mordacidad. En el apéndice nos dice, por ejemplo, que la tarea de reseñar libros suele ser a menudo un ejercicio de envidia y resentimiento académicos, en el que un estudioso corto de miras y gruñón reprende a otro con mayores méritos (esperemos que no sea el caso). De ahí que nos proponga cuatro reglas para los críticos: “Léete el libro, sitúalo, descríbelo y júzgalo”. Por otro lado, y para quien sufre el comentario, recomienda que si la reseña es simplemente crítica u hostil o antagónica, pero no un agravio, es mucho más prudente y decente sufrirla en silencio. Y ello porque, como señala Cannadine, hay pocas cosas que hagan tan feliz a un reseñista como saber que su crítica ha tenido efecto.

Cannadine

De todos modos, dice otras muchas cosas de interés. Como, por ejemplo, que la profesión histórica británica, más numerosa y productiva que nunca, tiene la moral por los suelos (”a depressed professoriate”). En parte, ello se debería a que su influencia sobre la vida pública y cultural de Gran Bretaña es mucho menor de lo que lo ha sido en el último cuarto de siglo. Sin embargo, esta opinión dista mucho de ser compartida por sus colegas. Así al menos lo señaló la historiadora Juliet Gardiner el The Times a finales de julio.

Según Gardiner, si se preguntara a los europeos del Continente, la respuesta sería que la reputación de sus colegas británicos está más alta que nunca. Fijémonos en el éxito de Ian Kershaw, a quien incluso los alemanes tinen por el más reputado biógrafo de Hitler. Y ahora preguntémonos, añade el propio Kershaw, si el público británico daría la misma calurosa bienvenida a un historiador alemán que emprendiera la biografía de Churchill. De hecho, remacha Gardiner, ningún historiador europeo ha tenido impacto significativo en el mercado editorial de aquellas islas (al menos desde Montaillou y El Queso y los gusanos). En cambio, como dice el especialista en el nazismo Richard Evans, ningún estudioso alemán puede ignorar el trabajo de Ian Kershaw, ningún ruso el de Robert Service o Geoffrey Hoskins, ningún español el de Paul Preston, ningún italiano el de Denis Mack Smith o Lucy Riall, y ningún franccés el de Theodore Zeldin, por citar algunos casos representativos. Todos ellos, y otros como Lisa Jardine, Linda Colley, Simon Schama o Orlando Figes son referentes universales (”a los historiadores británicos se los reconoce como los mejores del mundo”, dice este último).

¿Por qué? Para Evans la razón está clara. En el Continente, la historia forma parte de las ciencias sociales, de modo que se escribe con gran academicismo, con un estilo teórico que puede llegar a ser impenetrable; en el Reino Unido, la disciplina es vista casi como una rama de la literatura, además de contar con una larga tradición de historia empírica y narrativa que hace de ella un relato vivo, en parte por el cultivo de la biografía.

En cambio, para Paul Preston la clave hay que buscarla en el “factor de la distancia”, al menos en el caso español. De hecho, en el setenta aniversario de la guerra civil, cuando la editorial Crítica tuvo que buscar a un autor para publicar un volumen sobre la contienda escogió a Beevor, que realizó una nueva versión de su libro de 1982 y cosechó un gran éxito de ventas. Arabella Pike, editora de Preston en HarperCollins, anuncia además que el siguiente (y tiempo ha anunciado) libro de Preston versará sobre el “holocausto español” – las víctimas del genocidio de Franco – utilizando para ello distintos testimonios. Es un tema que todavía sería difícil para un español, pero Preston ya ha conseguido editor para los USA (Norton), Italia y, por supuesto, España (Mondadori).

La pregunta sería, pues, por qué no sucede lo contrario. La respuesta, en parte, es que los ingleses son algo parroquianos, poco interesados en lo que los otros puedan decir de ellos. De hecho, como apunta Gardiner, ni siquiera se traduce mucha literatura. Pero, claro está, se lo pueden permitir. Hace una década, añade, pocos historiadores tenían agentes literarios, pero ahora todas las agencias tienen en cartera un pequeño pero lucrativo grupo de historiadores, cuyos libros saben que pueden vender en todo el mundo.

¿Durante cuánto tiempo se mantendrá esta situación? Linda Colley, una historiadora británica que ejerce en Princeton y cuyos últimos libros (Captives y The Ordeal of Elizabeth Marsh) han tenido un gran impacto, es pesimista. “Dado el declive de la enseñanza de idiomas en la escuela”, cabe preguntarse “cuántos estudiantes de tercer ciclo tendrán capacidad lingüística para sumergirse en los archivos extranjeros” ¿Cómo modificará eso la hegemonía de Gran Bretaña en la escritura de la historia del mundo? …

Índice del libro de Cannadine:

Preface
Inaugural: Making History Now!
Perspectives: One Hundred Years of Doing History in Britain
Monarchy: Crowns and Contexts, Thrones and Dominations
Parliament: Past History, Present History and Future History
Economy: The Growth and Fluctuations of the Industrial Revolution
Heritage: The Historic Environment in Historical Perspective
Tradition: Inventing and Re-Inventing the ‘Last Night of the Proms’
Nation: British Politics, British History and British-ness
Dominion: Britain’s Imperial Past in Canada’s Imperial Past
Empire: Some Anglo-American Ironies and Challenges
Recessional: Two Historians, the Sixties and Beyond
Valedictory: Making History, Then?
Appendix: On Reviewing and Being Reviewed

17 de octubre

La invención del peronismo y el nuevo consenso historiográfico. Conversación en torno de El día que se inventó el peronismo, de Mariano Plotkin.

Plotkin
Mariano Plotkin propone en un breve volumen publicado en la colección de alta divulgación, Nudos de la Historia Argentina, un conjunto de conceptos sobre la génesis del peronismo. Sus argumentos poseen una considerable aceptación por parte de la comunidad historiográfica.
El día que se inventó el peronismo aborda una pregunta: ¿cómo entender el 17 de octubre? Y a partir de ella narra los acontecimientos e interpretaciones más importantes en torno a esa fecha. El relato gana en intensidad a medida que arribamos a las estaciones que llevaron hacia la manifestación popular de octubre de 1945. Plotkin sigue la “construcción” peronista del 17, esto es, revisa cómo “un episodio múltiple y complejo se convierte en un hecho único”. El autor retoma en buena medida una de las tesis desarrolladas en su libro Mañana es San Perón (2007a): la consolidación de una tradición monolítica en torno a esa fecha de alto valor simbólico en aras de “poner a Perón en el centro de los acontecimientos”. Explica cómo, a través de diversas estrategias, el Estado peronista “domesticó” las distintas versiones que circularon sobre el 17 en los primeros años de la primera presidencia de Perón, convirtiendo sus celebraciones periódicas en rituales de refuerzo.

NQ. Hay que notar que esa pregunta, ¿cómo entender el 17 de octubre?, que Mariano Plotkin consideró fundacional de lo que él denominó la “visión patológica” en los estudios sobre el primer peronismo (esto es, preguntarse sobre los orígenes del peronismo supondría su condición extra-ordinaria), vuelve otra vez a escena y ahora traída por el propio Plotkin. Incluso podríamos suponer, exagerando un poco, que esa pregunta es como una especie de corazón delator de los estudios sobre el primer peronismo. Esa constante puede leerse también en la recepción de los trabajos previos de Plotkin –textos que retoma El día que se inventó el peronismo–. Se me ocurre algo para leer esos quince años entre Mañana es San Perón y este libro.
César Aira en Las tres fechas precisa un “método” para acercarse a la obra de Denton Welch, un modo de historizar los textos de ese escritor del siglo XIX; un método que es, para Aira, uno propio de los lectores. Este consiste en pensar en tres fechas: la de la escritura, la de la publicación y la de los sucesos que cuenta el texto a pensar. El propio Aira se encarga de corregir esa fórmula frente a otros textos, otros autores, otros géneros. Por ejemplo, ante Flatland de Abbott, un texto precámbrico de divulgación. En ese caso, dice Aira, hay también un juego de fechas en tanto el objetivo del género es “cerrar o disminuir la brecha entre el presente de los desarrollos últimos de la ciencia y el atraso en que se presupone al público lego”. El ejercicio airano podría servirnos también a nosotros para ensayar un modo de lectura del libro de Plotkin. Y he aquí una particularidad de ese modo de leerlo: hay entre la fecha de escritura de este texto y la de su publicación una cantidad de años. ¿Son los “desarrollos últimos” historiográficos los que se cuentan entonces en El día que se inventó el peronismo? Es evidente que no: más de una década de historiografía sobre peronismo ha modificado el estado del área. En esto al menos coinciden todos quienes ponen en consideración los aportes a medida en que estos surgen. Sin embargo, Mañana es San Perón, en algún sentido, ha sido poco discutido (Plotkin se sorprende en el “Prólogo a la segunda edición” de que aún hoy surjan algunas –pocas– voces que lo evoquen para discutirlo). Ese texto forma parte del sentido común historiográfico. Es una referencia insistente en los trabajos académicos, en especial en artículos y ponencias (y tal vez sea esa una razón para que determinados trabajos sobre el primer peronismo hayan sido reeditados en los últimos años sólo con pequeñas modificaciones). Ese lugar que ocupa Mañana es San Perón en los aparatos críticos habilita, creo, una doble lectura de El día que se inventó el peronismo. Por un lado, la que remarca el acierto profesional de escribir una narración que prescinde de balbuceos y ambages, que no tropieza con los potenciales, las comillas y los circunstanciales de duda que se siembran en las exploraciones, en las avanzadas. Y por el otro, la que señala la inquietante estagnación que propone la publicación de El día que se inventó el peronismo al recuperar de la masa de textos dedicada a cuestiones relacionadas con el libro (siempre en torno al primer peronismo) no más de tres o cuatro trabajos publicados con posterioridad a Mañana es San Perón. Hay un fuerte criterio de selección bibliográfica que no se explica sólo por la primera lectura que propongo. Lo que excluye la lista de materiales sugeridos en las últimas páginas de El día que se inventó el peronismo no se explica a partir del estatus condicional, de la “inestabilidad” de los aportes en torno a las representaciones alrededor del 17 de octubre escritos en el último quindenio, sino porque esa lista no es discutida por el lector académico. Y si el sentido común historiográfico trabaja con una serie de preguntas que se estabilizan en lo producido en el área hacia mediados de los noventa, ¿no hay algo de extraño en que algunas de las líneas de investigación propuestas en el mismo Mañana es San Perón no hayan sido desarrolladas intensivamente? Pienso en los estudios sobre la prensa peronista, sobre la recepción de los bienes que la maquinaria de propaganda del régimen se encargó de producir, aspectos sobre los cuales Mañana es San Perón reclamaba en voz alta un control, una profundización, un conocimiento, en fin, de los materiales con los que tempranamente trabajó.

OA. Bueno, pero el prólogo a la reedición de ese volumen en 2007 confirma la creencia del autor sobre la validez de su interpretación del primer peronismo. La postura es defendible en base a dos rasgos de la investigación prevalecientes en el campo historiográfico: la superficialidad de la historia sociocultural del primer peronismo y la compatibilidad con un modelo ejemplar impuesto posteriormente.
El primer rasgo refiere la dificultad para avanzar con mayor profundidad sobre la vía ciega de Mañana es San Perón, que como se ha dicho reiteradamente y reconoce el autor, es la recepción de los discursos y dispositivos propagandísticos peronistas, pero principalmente –esto se ha dicho menos– sobre la autoactividad de las “masas peronistas” aún después de 1946 y todavía después de 1949. Una historia que sea a la vez “desde arriba” y “desde abajo” sigue siendo un capítulo no escrito del primer peronismo, y es inseguro que esa narración deje incólume la imagen de los mecanismos del “consenso”. Mientras no se ofrezca ese saber, insuficiente en el excelente trabajo de Daniel James, Plotkin podrá decir sin equivocarse que su método es defendible como uno entre otros. Habrá que ver si sobrevive, en cambio, a una historia realmente compleja del peronismo.
El segundo rasgo historiográfico es la coexistencia pacífica con la estructura narrativa propuesta por Juan Carlos Torre y Elisa Pastoriza (2002) en un artículo de alta divulgación que se ha convertido, con justos méritos, en el hilo conductor de las más respetadas de las lecturas recientes del peronismo (dejemos de lado el análisis à la Bourdieu que esto habilita). En la actualización de la bibliografía de Mañana es San Perón, Plotkin demuestra una precisa comprensión del hecho. Allí se observa un recorte quirúrgico de toda lectura incompatible con su perspectiva, como notaste, pero donde ese bisturí sutil deja indemne a la estela bibliográfica abierta por el artículo de Torre y Pastoriza.
¿Cuál es la estructura conceptual que enhebra la interpretación académica del primer peronismo, que propongo denominar el nuevo consenso? Ella establece una continuidad con los años treinta, sobre todo, en la intervención estatal en lo social y lo económico. La migración interna es un tema importante, aunque despojado de la teoría de la modernización germaniana. El gran problema que encuentra el momento de gestación del peronismo sería la inclusión social y política de los contingentes populares (viejos y nuevos). Así las cosas, la tarea del Estado peronista realiza con eficacia el reconocimiento de la clase obrera, permite una ampliación del consumo y posibilita su organización como actor social. Sin embargo, las contrariedades entre ese programa y la construcción populista del poder introducen obstáculos internos. Por ejemplo, dificultando la concreción de obras públicas debido a la ingerencia de la Fundación Eva Perón. Pero la inclusión peronista también suscita reacciones adversas de las clases y sectores que reciben mal el lugar que se asigna al “pueblo”. Este es el momento problemático, que emerge en la lectura de Torre y Pastoriza, y que con algunos matices se reitera en la bibliografía que suscita. Es lo que sucede con los muy buenos estudios de Aboy (2005), Ballent (2005) y Cosse (2006).

NQ. Sin embargo, ese registro que aparece con fuerza en el texto de Torre y Pastoriza, esa línea poco explorada, no se prolonga en El día que se inventó el peronismo.

OA. En efecto, desde el punto de vista del nuevo consenso el peronismo constituye una etapa de integración social y política de las clases populares, que encuentra trabado su desarrollo por problemas internos y por resistencias (sobre todo externas) ante la reforma peronista. Se afirma que la cultura popular peronista era menos rupturista de lo que las interpretaciones peronistas suponen. El proceso de reconocimiento estatal vertido en discurso, derechos y redistribución, no lograrían un cauce propio sino que serían matrizados por la cultura del ascenso propio de las clases medias. El problema es que las clases medias reaccionan ante la “invasión”. Es en este punto que la interpretación de Plotkin, quizás menos sofisticada, puede coexistir con la nueva producción, aunque no en la explicación del proceso global. Lo común a ambas perspectivas es la ausencia de una investigación sobre esa cultura popular sobre la que se postulan enunciados históricos. Creo que la excepción es Aboy. Una discusión posible es si la pesquisa por hacer permitiría leer de otro modo el proceso de integración y las fuertes conmociones que acompañaron a la primera década peronista.

NQ. Leer una conmoción. Grandes y muy buenas líneas de investigación estaban sugeridas para ese objetivo en Mañana es San Perón, pero los usos de ese libro en los aparatos críticos de los últimos quince años han sido más bien férreos: se lo pondera a raíz de sus argumentos sobre los intentos de construir una religión laica, más que por sus anclajes antropológicos, su mirada sobre aspectos por entonces no considerados, etc. Y eso tal vez porque hay un zócalo común entre Mañana es San Perón y los modos actuales de responder a la pregunta sobre cómo entender el 17. En ese sentido, la postulación del 17 de octubre como hecho histórico y como mito es, tal vez, una de las más graves aseveraciones que puede formularse para el análisis del primer peronismo en particular y del peronismo en general. Apenas conocemos algunas implicancias de esa disyuntiva basal que nos presenta la sentencia. Las podemos leer. Aceptar ese dictum exige una toma de posición. (Esto puede seguirse en algunos dichos de Horacio González, por ejemplo. Fijate en los debates en los que interviene donde hay interrogación sobre la tradición peronista y su lugar en los acontecimientos de actualidad, o en algunos textos donde piensa la estética de Daniel Santoro y la de Favio: González toma partido por el mito.) Plotkin postula una razón para el trabajo del historiador, que propone básicamente devolver al mito su naturaleza histórica. Esa razón restitutiva para la disciplina se lleva muy bien con otro argumento acerca de la honestidad del hacer historiográfico. Dice Plotkin que el historiador honesto (está leyendo a Félix Luna, El 45) somete sus furias (y eso recuerda al Ulises de Dialéctica del Iluminismo que actualmente José Pablo Feinmann divulga por el canal Encuentro). Esa razón, sin embargo, en su ataque a la naturaleza ahistórica del mito, a la fortificada reproducción del mismo, se carga de sentidos políticos de la hora. El sistema de las tres fechas de César Aira nos asiste una vez más para poner en un contexto de lecturas a El día que se inventó el peronismo: Plotkin, Luna, González, Feinmann, Santoro, como avatares de una razón más sutil y vivaz. No creo que El día que se inventó el peronismo se embeba de sentidos hormados en las arenas de lo político por causas exógenas; el libro de Plotkin no padece la época en que es publicado sino que participa en ella. Y esa toma de posición es, consecuentemente, honesta. En El día que se inventó el peronismo el 17 de octubre es un mito, la libertad no (la Marcha de la Constitución y la Libertad, dice Plotkin, “sin forzar demasiado los términos” pudo reclamar el carácter de “pueblo”, pero esa invocación a nuestro sentido común no es importante frente al dato cierto de que en efecto así fue postulada por sus concurrentes; si aparece allí es precisamente porque esas rápidas matemáticas nos permiten “sobrevolar” las pasiones de los contemporáneos). La distancia entre el hecho histórico y el mito es, precisamente, el territorio arrancado a la libertad. Por eso buena parte del libro está dedicada a analizar cómo el hecho histórico, complejo, deviene mito. El análisis, sin embargo, nos cuenta menos de los lenguajes políticos de la época que de la astucia del líder por construir un consenso para el régimen. Por momentos el trabajo sobre las fuentes se convierte en una denuncia, en un ejercicio de guerrilla semiológica. El carácter “construido” del carisma, que Plotkin subraya, de a ratos parece pergeñado más que resultado de las tremendas fuerzas que se ponen en juego en sus apariciones: hay una voluntad entre las masas que produjeron un 17 y, distantes, los sentidos de otros 17s promovidos desde el estado. Hacia 1948, dice Plotkin, el 17 de octubre era una cosa de Perón, “pertenecía definitivamente a Perón” (aún con espontáneas excepciones, la liturgia giraba alrededor de su preponderante rol en los sucesos). Y en este punto la noción de complejidad se hace difícil.

OA. Es cierto que la complejidad de que habla Plotkin es una multiplicidad causal, por ejemplo, para explicar la parte de la CGT en la gestación de la movilización, la parte de autoactividad popular, la parte de Cipriano Reyes, la parte de la abstención de la policía, la parte de la duda del General Ávalos en reprimir. En otras palabras, es una complejidad –de complexus, “tejido junto”– que no pone en vilo las facultades cognitivas, ni amenaza con un desacople entre el entendimiento y el objeto. Acordate que Freud también hablaba de desentramar la “complejidad” del sueño, aunque tenía la prudencia de aceptar que había un “ombligo” indescifrable. En lacanés, se diría que lo crucial no reside justamente en algo que está presente en la superficie del hecho histórico, llamémoslo la contundencia del evento. Pero es sobre esa opacidad justamente sobre lo que versa la multiplicidad de lo real (por ejemplo, una movilización multitudinaria que, a pesar de que se pueda debatir su “número”, sostiene incluso si la plaza estaba al tercio de su capacidad, la sensación de que “todo lo sólido se desvanece en el aire”). Frente a eso, Plotkin cumple un deber profesional. Sigue “las reglas del oficio”. Y también lo hacen a su modo, diferente, González y Santoro, que se mueven en otro plano de enunciación, y que fácilmente reprocharían a la historiografía perder de vista lo más importante, a saber, la densidad de la vida colectiva que el peronismo potenció, y de la cual es tanto autor como producto. Yo psicoanalizaría el título de Plotkin para construir la tensión entre “el día en que se inventó el peronismo” y “el día que el peronismo se inventó”, como razón estatal, para edificar un consenso. Justamente, la historia del peronismo muestra que esa tensión carece de simplicidad. Otra vez oteando el horizonte bibliográfico prevaleciente, mi duda es cuánto de una cultura irreductible al Estado, pero sin duda en vínculo estrecho con él, se recupera en los análisis “culturales” de esa visión, más compleja, que plantean Torre y Pastoriza.

NQ. Hay un uso común del término “complejidad” que, si tuviéramos que recurrir a nuestro escaso arsenal para definirlo, diríamos que es un uso… complejo. Cómo saber si asistimos a procesos complejos si no podemos ajustar ambas partes de ese pleonasmo. Sólo para contrastar, recordemos la idea que M. Baxandall escribió al comienzo de su libro sobre el Quattrocento: reconocía los distintos elementos de lo que él llamó estilo cognoscitivo de la pintura del período (“un depósito de patterns, categorías y métodos de inferencia”) pero esa serie no lograba descular el modo en que esos elementos se ordenaban, se ponían en funcionamiento en la práctica (“el proceso es indescriptiblemente complejo y todavía oscuro en su detalle fisiológico”). Esa noción de complejidad se presenta con un desplazamiento en el libro de Plotkin. La complejidad es la forma que adopta el 17 de octubre ante los ojos del historiador. Y aquí el término no está pensado desde la multicausalidad, sino desde la polisemia. El 17 de octubre posee muchos sentidos y poseyó aún más hasta 1948. Hay, claro, otra connotación más: la concurrencia de elementos en el hecho. Y, además, el doble espesor de esas complejidades se superponen y el palimpsesto es esa forma que obliga a leer distintos códigos, a atravesarlos para devolverle la naturaleza histórica al mito, para reconstruir a través de la mediación discursiva (por medio de y atravesándola) un proceso histórico. Plotkin nos advierte que tratará al mito como lo tratan los antropólogos… sin embargo las intensidades nativas que pugnan sobre esa representación son poco tratadas: hacia el final de El día que se inventó el peronismo dice que “la gente se reunía en la Plaza de Mayo no tanto para conmemorar un acontecimiento relevante para la clase obrera como para rendir públicamente un homenaje a Perón…” La distancia que traza el autor entre Perón y la clase obrera, entre las formas litúrgicas del Estado y las significaciones primigenias sobre el 17 de octubre, desatan el nudo gordiano de los conflictos en torno a las diversas representaciones que surgieron luego de la experiencia del 17 y el juego tenso de la construcción de sus sentidos. Y en esa versión el proceso ha dejado de ser, como decía Baxandall, oscuro. En El día que se inventó el peronismo no sólo se despejan los procedimientos del líder por hacerse con el control de la situación (aunque aquí la palabra no es despejar sino simplificar, como se hace con las fracciones, reducir lo complejo a lo indivisible) sino que, consecuentemente, se revelan los rituales de refuerzo a los que, año tras año, asistían los obreros y obreras en salutación a Perón: al 17 del 45 fueron con traje a la plaza, dice Plotkin; a los 17s de propiedad de Perón fueron con ropa de trabajo. Plotkin parece sugerirnos que quien estaba más cerca de continuar haciendo de los 17s rituales de inversión era el laborismo disidente, con Reyes a la cabeza. Pero es el propio Cipriano el que pronuncia un “ellos” más abarcativo (p. 169), un “ellos” que agrupa a la oligarquía y a Perón. ¡Ese “ellos” se parece mucho al de Carl Schmitt! Y esa posición hace que el traje y las alpargatas naden en una sopa de significantes. La complejidad no está en el traje mismo, y una vez más, como sucede con Mañana es San Perón, los postulados sobre lo que usa o sueña la clase obrera reclama una pragmática, más que un elaboración semiológica a partir de presupuestos acerca de la vestimenta de las culturas populares en la Argentina de mediados del XX.

OA. Creo que podemos acordar que el problema planteado por Plotkin no exige “completar” su manera de pensar el peronismo, como si hiciera falta la mitad de la historia, aprendida en Chartier o Ginzburg: la de cómo se reinterpretaron los mensajes y rituales estatales posteriores a 1946. Es que no está para nada claro que el Estado peronista avanzara unívocamente hacia esa reducción a la unidad, sin duda presente en el deseo peroniano de organizar la sociedad. Y allí es donde quiero volver sobre la imagen de Torre, que es muy próxima a la de Luis Alberto Romero (2006). Este historiador, al reseñar algunos libros del nuevo consenso indicó, con una claridad que no encontré en otro lugar, que el éxito del peronismo residía en que sabía cabalgar en la tensión, por él mismo estimulada, entre su momento plebeyo y su vocación integradora. Pienso que ésta es la mejor síntesis del nuevo consenso, frente al que la perspectiva de la construcción de un consenso pasivo aparece como una imagen demasiado compacta. Y no estoy seguro que desde las perspectivas que emergieron en nuestras consideraciones actúe una imagen igualmente dialéctica.

Bibliografía

Rosa Aboy, Viviendas para el pueblo. Espacio urbano y sociabilidad en el barrio Los Perales (1946-1955) . Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2005.

César Aira, Las tres fechas. Rosario, Beatriz Viterbo Editora, 2001.

Anahí Ballent, Las huellas de la política. Vivienda, ciudad, peronismo en Buenos Aires. Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes-Prometeo Libros, 2005.

Michael Baxandall, Pintura y vida cotidiana en el Renacimiento. Arte y experiencia en el Quattrocento. Barcelona, Gustavo Gili, 1978.

Isabella Cosse, Estigmas de nacimiento. Peronismo y orden familiar, 1946-1955. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2006.

Juan Carlos Torre y Elisa Pastoriza, “La democratización del bienestar”, en J. C. Torre, dir., Los años peronistas (1943-1955), Nueva Historia Argentina, vol. 8, Buenos Aires, Sudamericana, 2002.

Mariano Ben Plotkin, Mañana es San Perón. Propaganda, rituales políticos y educación en el régimen peronista (1946-1955) . Caseros, Eduntref, 2007a.

————————, El día que se inventó el peronismo. La construcción del 17 de octubre. Buenos Aires, Sudamericana, 2007b.

Luis Alberto Romero, “Dinámica de la inclusión”, en La Nación, 14 de abril de 2006.

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