intelectuales

La utopía de Prometeo

Ricardo Pasolini. La utopía de Prometeo. Juan Antonio Salceda del antifascismo al comunismo, Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, 2006, 203 páginas.
la utopia de prometeo

El estudio de Ricardo Pasolini se suma a la cadena de fértiles y renovadoras historias que han abordado el estudio de las izquierdas nacionales desde diferentes perspectivas en los últimos años. Ya sea desde la historia intelectual, social y política, los nuevos enfoques sobre los comunistas y los socialistas, como también los referidos al conglomerado antifascista nacional del período de entreguerras se han multiplicado, replanteando hipótesis pasadas o anexando nuevos interrogantes. Sin embargo sigue existiendo una carencia en el campo del estudio de las izquierdas nacionales que La utopía de Prometeo… comienza a saldar. En efecto los nuevos análisis no han podido romper completamente aun con una dimensión espacial que, con pocos matices, priorizó la actuación de las izquierdas en la Capital Federal y sus zonas de influencia inmediata. Pasolini en cambio hizo foco en la localidad bonaerense de Tandil, corriéndose así del tradicional eje metropolitano desde donde las izquierdas llevaron adelante buena parte de su actuación política.
En esencia se trata de la biografía de Juan Antonio Salceda, entendido por el autor como un “modelo de intelectual comprometido” en la encrucijada de un clima epocal donde liberalismo, antifascismo y comunismo marcan a fuego las inquietudes culturales y políticas del protagonista. Pero la obra no se agota sólo en el derrotero cultural de Salceda, ni en el análisis de sus escritos entre 1935 y 1976. El repaso de sus capítulos nos pone al tanto de toda una red de instituciones y de personas que interactúan junto él en el particular medio tandilense; también, el autor reconstruye, apoyado en los intercambios epistolares, los vínculos extra locales que posibilitaron a Salceda ocupar un rango mayor en el plano intelectual nacional a partir del reconocimiento que cosechó, básicamente, entre los comunistas vernáculos.
Ricardo Pasolini establece a lo largo del volumen “una relación entre proyecto de vida, relaciones personales e identidad política con el propósito de presentar una argumentación plausible del devenir social de Juan Antonio Salceda” (p.28). De fondo subyace como interrogante el peso del momento antifascista que se abrió a mediados de la década del ´30 en la constitución de una identidad política comunista. Es por ello que desde la introducción, el trabajo se detiene en sutiles detalles y explicaciones en torno a las características que tuvo el bloque antifascista nacional e internacional. Específicamente, el autor repasa las inquietudes de los antifascistas comunistas nucleados en la Asociación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores (A.I.A.P.E).
El papel que jugaron los órganos periodísticos y las asociaciones cobran fundamental relevancia en el estudio, ya que fueron las piezas claves que posibilitaron la circulación de los bienes culturales en Tandil. Pasolini detalla minuciosamente cada uno de los espacios institucionales que ligaron a Salceda con un importante universo de vínculos personales que le permitieron adquirir visibilidad en aquella sociedad provinciana pero inquieta. Así, el autor muestra como Salceda obtuvo un rango diferencial en tanto intelectual local, cuyo desarrollo es posibilitado por las buenas relaciones que estableció con los redactores de los diarios Nueva Era y El Eco de Tandil fundamentalmente. Ambos diarios, de manifiesta vocación liberal, posibilitaron una tribuna sólida para la difusión de las tendencias antifascistas a partir de dar espacio en sus columnas a nuevas plumas locales; otras, reconocidas del ámbito nacional. Sin embargo, durante la primera mitad del siglo XX el crecimiento y la inserción social de los intelectuales en Tandil se canalizó, básicamente, por intermedio de la Biblioteca Rivadavia, cuya experiencia es analizada en la obra a partir de un riguroso seguimiento de sus actividades que permite observar la centralidad de la institución en el mundo cultural local.
Al importante espacio que ocupó la Biblioteca Rivadavia en el ámbito tandilense se sumaron las actividades del Ateneo de Cultura Popular de Tandil, creado por el propio Salceda a mediados de la década del ´30. Esta institución sentó un tejido relacional a través del cual se articularán gran parte de las preocupaciones, de las prácticas y de las nociones que guiarán el mundo cultural de Tandil hasta 1960. Si bien la experiencia fue efímera (febrero de 1935- marzo de 1936) la asociación se convirtió, rápidamente, en la filial de la A.I.A.P.E en Tandil. El propósito de la asociación “era dinamizar la vida cultural provinciana a través de una amplia actividad intelectual que articulará personalidades locales con visitantes ilustres del mundo cultural de Buenos Aires.” (p.74). Desde entonces Salceda comenzó a cerrar su vínculo con las ideas comunistas identificándose nítidamente con el espectro de idealizaciones que daban a la Unión Soviética el rango de paraíso deseado. En esos años también, Salceda alcanzó definitivamente el status de intelectual del Partido Comunista.
Pero la definitiva integración Juan Antonio Salceda al mundo intelectual argentino como escritor, se concretizó a partir del fluido intercambio cultural que se desarrolló en el Ateneo Rivadavia (1942-1960). La construcción de su libro, Prometeo. El Humanismo del mito, maduró entre fuertes impugnaciones al peronismo, leído en clave codoviliana, y algunas prohibiciones provenientes del gobierno que imposibilitaron el normal funcionamiento del Ateneo Rivadavia durante varios períodos. El Prometeo… de Salceda es reinterpretado por Pasolini a partir de un minucioso desmenuzamiento. A su vez, el autor articula el discurso “prometeico” del escritor comunista con el particular medio en el que fue pensado y escrito. La obra, a la vez que redondeó el sesgo analítico de Salceda y lo desnudó frente a un público mayor aunque especializado, ensanchó su base relacional y lo catapultó a publicar -entre otros espacios- en la prestigiosa revista Cuadernos de Cultura dirigida por Héctor Agosti. A su vez, la difusión del Prometeo… posibilitó que su autor obtuviese el reconocimiento de intelectuales consagrados como Alfredo Palacios y Ezequiel Martínez Estrada, quienes no dudaron en ligar Salceda con la mejor tradición intelectual filocomunista inaugurada por Anibal Ponce.
Al mismo tiempo que el decenio peronista languideció bajo el ímpetu de sus detractores, se incorporó al debate intelectual de Tandil un arribado que contribuyó, desde una óptica particular, a enriquecer la oferta cultural del pueblo. El escritor polaco Witold Gombrowicz llegó a Tandil en 1957 buscando “el aire puro que reclamaban sus pulmones fatigados por el asma que lo persigue desde su niñez” (p.109). Pasolini recrea las polémicas entre Gombrowicz y Salceda, ya que ambos configuraron polos opuestos en la visión del devenir de la sociedad. Las ideas de Witold Gombrowicz representaron una suerte de anticlímax: el polaco consideraba absurdo pensar en un mundo feliz para la humanidad. “No parece extraño, entonces, que Gombrowicz prefiriera las reuniones de la Confitería Rex de Tandil, a las sesiones del Ateneo Rivadavia, donde se vería obligado a escuchar las bondades de la solidaridad universal que profesaba Juan Antonio Salceda.” (p.115). El escritor polaco se rodeó rápidamente de un grupo de aprendices jóvenes que dieron mayor prioridad a la faz estética del quehacer intelectual que al espíritu comprometido y pedagógico de orden salcediano; además, Gombrowicz potenció novedades en las prácticas culturales locales que no alcanzaron a cristalizarse en un proyecto alternativo a la hegemonía del grupo nucleado en el Ateneo Rivadavia, pero que lo ligaron a una cohorte de discípulos fieles que nunca dejaron de reivindicarlo.
Sin embargo, la proscripción del peronismo, y con él la de los trabajadores definió una escena ficticia, ilegítima y constitutivamente inestable que con el tiempo atentó contra algunos de los que también festejaron la deposición del “tirano prófugo”. Las noticias que llegaban de Cuba también contribuyeron a enrarecer la atmósfera política nacional. La clausura de la Biblioteca Rivadavia ocurrida en septiembre de 1960 a raíz del decreto que prohibía las actividades comunistas “representará no sólo la culminación definitiva de esa institución que permitió la modernización cultural de un espacio provinciano, sino también, la imposibilidad de Juan Antoni Salceda de mantenerse en tanto dirigente de un ámbito cultural local”(p.135). No obstante Pasolini visualiza los elementos que contribuyeron a la orfandad que sufrió el Ateneo Rivadavia frente a los atropellos de autoridades cada vez más reacias a tolerar actividades filocomunistas. Si bien el autor puede detectar cierta movilización en defensa de la obra de la tradicional asociación, sus prácticas culturales ya no son hegemónicas entre los jóvenes, cada vez más proclives a renegar del carácter militante de las prácticas culturales. En síntesis, el año 1960 mostró la fragmentación del discurso liberal-democrático en Tandil “no sólo porque se interrumpe definitivamente el mecanismo Ateneo-Diarios-Bibliotecas (…) sino porque se fractura la identificación político-cultural que la sustentaba” (p.155).
El impacto de la identidad comunista en la vida privada de Juan Antonio Salceda es otro de los puntos fuertes del estudio de Pasolini. El autor se apoya en libros de poemas, documentos personales, entrevistas y memorias familiares para problematizar el rol del ideario comunista de Salceda en sus prácticas cotidianas y en sus relaciones familiares. Empero Pasolini percibe una continuidad natural de aquel discurso optimista del Salceda de Prometeo… en el resto de sus obras y en la relación con los suyos. Tal vez, sus nociones ilustradas y su inquebrantable fe en la “utopía prometeica” hayan llevado a Salceda a persistir en un dogmatismo ideológico cada vez más arrinconado por las críticas, las costumbres y las presiones estatales.
En suma, el trabajo de Pasolini realiza una serie aportes al estudio de las izquierdas desde varios costados que se articulan armoniosamente en su libro. Por un lado el rescate biográfico de Juan Antonio Salceda cuya actuación intelectual es indivisible del particular medio en el cual forjó su ideario y su status de escritor. A la biografía de Salceda se suma, entonces, la descripción y el análisis de todo un complejo entramado de relaciones personales e instituciones que, en diálogo permanente, configuraron el mundo cultural de Tandil, al menos, hasta 1960. Por otro lado, la obra de Pasolini mensura el impacto del momento antifascista en general, y antifascista comunista en particular incorporando a La utopía de Prometeo… con éxito a un campo de estudios en franco crecimiento.

La nueva generación intelectual

Omar Acha. La nueva generación intelectual. Incitaciones y ensayosEditorial Herramienta, Buenos Aires, 2008.
Nueva Generacion

¿Se ha convertido el paisaje intelectual argentino en una zona inocua, costumbrista, plagada de imposturas? ¿Deberían las nuevas camadas de intelectuales redefinirse como tales, con independencia de los datos de la cultura política donde están insertos? ¿Es realmente una pretensión de los intelectuales intervenir críticamente en la arena política? Estas preguntas surgen de la lectura de la primera parte del último libro de Omar Acha “La nueva generación intelectual. Insinuaciones y ensayos.” Su autor intenta estimular la emergencia de una nueva generación intelectual presentando el escenario que la hace posible y augurando que en ella anida un brío “socialista”, pero de corte plebeyo y cooperativo.
En este comentario haré foco en esa primera parte, fundamentalmente en algunas de las máximas que ofician de epílogo al volumen y que resumen dónde estriba hoy la cuestión intelectual para el autor. En la segunda parte del libro titulada “Tres ensayos sobre el cambio intelectual”, Acha presenta tres artículos más ligados a la profesión del historiador que del ensayista y que, de alguna manera, se ensamblan al tramo inicial por intermedio de canales de preguntas novedosas y un formato que no por histórico, deja de recoger los problemas actuales a partir de intervenciones incisivas (Se trata de los artículos titulados “Grande historia e historia normal (en torno al fracaso de Groussac); “Revistas de las afueras del peronismo: Contorno e Imago Mundo entre la renovación historiográfica y el proyecto generacional”; “Las narrativas contemporáneas de la historia nacional y sus vicisitudes.”).

Nota a la primera tesis
La obra, como recalca su autor, es un libro para intelectuales ya que recorre muchas de sus posibles inquietudes contemporáneas y por ende, se presenta como una útil plataforma desde donde comenzar a discutir cuál debería ser la agenda de la nueva generación y quienes son o serían estos intelectuales renovadores. Sin embargo, el ejercicio de discusión comenzó hace ya un tiempo para quienes tenemos contacto con su trabajo: en efecto Acha inició “las hostilidades” anticipando su libro con la publicación del controvertido epílogo del volumen que costa de LINK“Diez tesis sobre el obrar intelectual contemporáneo.” Aquellos primeros escarceos supusieron poner a prueba las máximas achianas, que de la primera a la décima, no dejan de abrir interrogantes. La primera por caso, contiene un fuerte anclaje histórico-político y marca a fuego todas las posteriores:

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la crisis Argentina de 2001-2002 quebrantó la ideóloga de la democracia liberal-capitalista como único y mejor continente de la coexistencia social. Conmovió el sueño progresista de 1983. Las respuestas populares a la debacle agitaron el espacio de una expansión democrática diferente. Sus efectos fueron heterogéneos y precarios. Uno de ellos concierne al quehacer intelectual. El despliegue de la crisis inauguró la posibilidad de una ruptura generacional en el ámbito de la cultura. (p. 195)

Inmediatamente a la afirmación subyace la duda: ¿Fue la crisis reciente un parteaguas claramente identificable o más bien se trató de arrestos, gestos y guiños cuyos resultados aun nos cuesta percibir? En lo personal la afirmación me resulta un tanto apresurada ya que los resultados de la crisis están plagados de contradicciones. Aunque se puede considerar que hubo un reacomodamiento de viejos actores e ideas -junto a la aparición de algunos nuevos protagonistas sociales- cuyas consecuencias me cuesta mensurar en sus alcances.
Pero en la respuesta más certera reside, quizá, el nudo gordiano de las expectativas del autor. Sobre todo porque para él, la crisis supuso una parálisis en las voces y plumas que debían explicarla, y es por ello que terminan de languidecer las tres generaciones intelectuales que aun viven de los virajes de 1955, 1970 y 1983. En palabras del autor: ellas “entraron en un crepúsculo definitivo” (p.25). Vivimos entonces una etapa de orfandad intelectual. Ya no hay padres a quienes rendirle tributo, en realidad están, pero nada o poco representan.
Omar Acha pretende alejarse también de aquellas imágenes que únicamente retratan a los intelectuales de manera convencional; es decir, aquella percepción que deja afuera a quienes no escriben libros o llenan columnas de revistas y diarios, o discuten -café y cigarrillo mediante- hasta altas horas de la noche, o bien forman parte de la cátedra universitaria. Sostiene que “probablemente el armado de una murga demande mayor esfuerzo intelectual que la escritura de un libro académico” (p.17). El argumento requiere el reconocimiento de innumerables quehaceres intelectuales actuando mancomunadamente para construir la nueva generación de espaldas a las precedentes. Considero en este punto que Acha nos advierte contra las distorsiones provocadas por un enfoque (hasta ahora dominante) que esta demasiado centrado en los individuos excepcionales. Aquellos a los que hay que seguir o seguir; nuestros tutores obligados. Aunque todavía me cueste creer que el autor, finalmente, no nos este hablando solamente a nosotros, a los que escribimos libros o pretendemos escribirlos, a quienes estamos insertos en el circuito universitarios y participamos de las cátedras, de los congresos y simposios. ¿Será quizá que la “materia prima universitaria” es menos proclive a la emergencia del cambió? ¿Estaremos nosotros tan íntimamente ligados a nuestros padres intelectuales convalecientes, que nos solidarizamos con ellos e incluso necesitamos prolongar sus vidas? Tal vez seamos, a decir de Eric Hobsbawm, “Gente poco corriente”, pero a diferencia de los “zapateros políticos” del siglo XIX retratados por el historiador inglés, nuestra característica saliente no parece ser la rebelión por inconformismo, sino, que a veces, parece todo lo contrario.

Nota a la segunda tesis
La segunda tesis del epílogo rompe lanzas definitivamente con las generaciones intelectuales precedentes y marca el vacío actual en la crítica y en la creación. Como Marx, Acha busca la poesía en el futuro. Se abriría así la posibilidad de una época donde primen las “herejías eclécticas” en un tiempo en que las ortodoxias están caducas. Es en esta tesis donde taxativamente señala que “no existe la necesidad de un parricidio de la generación precedente” como ha ocurrido en otras oportunidades, ya que ésta defeccionó de “su responsabilidad de producir una política de la cultura” (p.196). También reclama un urgente examen sin concesiones de la generación de 1970 cuyo exponente emblemático sería hoy Horacio González que, al frente al numéricamente amplio espacio Carta Abierta, parece dar menos sustento intelectual que crédito abierto al kirchnerismo. Si bien no esta en el afán del autor discutir la “primavera” kirchnerista, tiende a mirar el fenómeno neopopulista con cierta indulgencia, y en parte -creo- la experiencia lo contraría. Es decir, en el espacio intelectual de apoyo al oficialismo se percibe el recupero de un cierto grado de compromiso de los intelectuales con la política, independientemente de que Omar Acha considere a ese espacio como parte del pasado; casi una suerte de seguidismo crítico inconducente ya que fuera de lo retórico, se le hace muy difícil al autor diferenciar entre kirchneristas y antikirchneristas.
En este panorama de la cultura política poco halagüeño, el autor tampoco encuentra en el marxismo partidario, del tinte que fuese, demasiados estímulos. Más bien algunas rémoras de nostálgicos referentes negados al cambio y a la autocrítica. Agregaría también que en muchos casos, la situación de los exégetas de Marx, Lenin y Trotsky exige que reconozcan definitivamente la derrota que supuso la última dictadura militar y sus consecuencias, la caída de los socialismos realmente existentes, e inclusive se animen a impulsar una necesaria relectura del peronismo concebido ya no como una contrarrevolución implacable, sino como el gran fenómeno popular y político de los últimos sesenta años en Argentina. En indudable, pese a ello, que para Omar Acha “el marxismo sigue siendo el gran horizonte de nuestra época”, y los setenta, hoy reivindicados por algunos sectores, están jugando más en su sentido nostálgico que ideológico, si por ideológico entendemos algo que realmente informa una práctica política, y por mitología, algo que sublima.

Nota a la quinta tesis
El diagnóstico sobre la existencia de un desierto intelectual entonces, abre la puerta para el desafío de devenir en generación. La quinta tesis del epílogo de la obra se adentra en este terreno dificultoso:

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la generación intelectual contemporánea no se define por el año o la década de nacimiento. Su comunidad imaginada se establece en el horizonte de una nueva problemática cultural y política. Es recorrida por la interrogación existencial de la activación de una cultura comprometida. La nueva generación corre el peligro de la disolución si no logra coagular un proyecto colectivo. Las adscripciones a las tribus intelectuales de las viejas generaciones constituyen un obstáculo para la edificación de una praxis intelectual original. Lo concluido parasita lo naciente (p. 196)

Aquí el derrotero se hace más nebuloso e intrigante. Sobre todo porque nos cuesta imaginarnos no formando parte de alguna tribu o no queriendo participar de alguna de las tantas que están a nuestro alcance. Al parecer existe una necesidad de creer en un proyecto ya instituido y he aquí una gran dificultad: ¿No estaremos demasiado parasitados como para intentar llevar adelante tamaña emancipación sin necesidad de “matar” a los caciques de esas tribus caducas? Creo que al menos deberíamos pensarlo. No obstante de iniciar el dificultoso camino de construirnos, debemos cuidar de no caer en la tentación de pretender erigirnos como una nueva elite, como vanguardia, que finalmente reconstituya la figura del intelectual tradicional (aquel de los libros, la barba y la pipa) pero ahora con una nueva agenda de problemas y con una “base” ampliada de seguidores. Este inconveniente elitista puede terminar extirpando el sesgo plebeyo (reivindicado por Acha) de la necesaria creación. Tendremos que ponernos a examinar cuánto hay de crítico y reflexivo, cuánto de resistencia y rebelión subyace en los directores de cine, en las murgas, en el teatro callejero y en el sin fin de expresiones que podrían intelectualizarse.

Balance
La obra de Omar Acha es sumamente estimulante a raíz de que apunta a que reflexionemos sobre el opaco quietismo de la reflexión intelectual en nuestro país, que favorecería -según su hipótesis- a la emergencia de una nuevo colectivo aun difuso, soslayado, o quizá, todavía inexistente. El trabajo llama a despojarnos de la impronta de aquellas generaciones que ya nada tienen para ofrecer, a partir del intensivo buceo sobre un abanico de interrogantes y afirmaciones que el autor intenta desandar en tono ensayístico, aunque sin despojarse de la aleación académica en la que esta forjado. Y es ese tono libresco el que le da definitivamente potencia a la reflexión en un ida y vuelta constante en las actuaciones y límites de las generaciones intelectuales pasadas, en sus vicios y en sus virtudes. Sin lugar a dudas este tipo de ejercicios “desprejuiciados” estimulan a que empecemos pensar sobre el rol de los intelectuales en nuestras sociedades latinoamericanas, a que pensemos el papel que nosotros pretendemos jugar si es que nos reivindicamos como intelectuales críticos.

100 % Lucha: la gran estafa de la intelectualidad argentina

En un estadio repleto de niños que oscilan entre los 4 y los 12 años, se abre una compuerta. Entre un humo blanco y azul emerge la figura de Rotwailer, el Hombre Perro de 112 kilogramos, ataviado con un bozal, pero con tachas mortíferas alrededor del cuello. Rotwailer, “el luchado más rabioso que hay”, sube al ring haciendo aspaviento de sus músculos, prometiendo sufrimientos sin igual.

Rotwailer

Pero luego aparece otro grandote, La Masa, de 130 kilos, asustando con igual celo a los infantes, y prometiendo dolores inauditos a su contrincante. Cuando ambos luchadores se traban en combate, los manotazos que no llegan a destino producen vuelos acrobáticos. Golpes no dados son recibidos con muecas horribles. La Masa aplica su famoso “mandoble descendente”, y el Rotwailer replica con su topetazo atroz.

La masa

Pero la batalla que rompería los huesos de cualquier mortal tiene aun otro condimento. Locutores que sabe del oficio relatan, como si hiciera falta, la violencia, las trampas, la furia desatada entre las cuerdas. Los golpes que destruyen hígados y quijadas, en la voz de los comentaristas, tienen la fuerza para aniquilar ejércitos enteros. Un tiranosaurio huiría despavorido ante los dientes apretados de Rotwailer. Más o menos así es el programa 100% Lucha, uno entre otros de los espectáculos infantiles de lucha libre.
Pues bien, así es también la máscara de debate en la intelectualidad de izquierda en la Argentina. Ahora parece que el conflicto agrario despertó los sentidos dormidos de los intelectuales radicales locales, que se conservaban en el formol de sus revistas, retozando en las querellas del pasado, para ver si tal o cual publicación estaba más a tono con los tiempos, o a destiempo con los tonos, pero sin proponer ninguna crítica radical de la sociedad, ni de la configuración actual del quehacer intelectual que pudiera conectar con los dilemas del cambio social.
Asistimos a un intento de lifting semimediático de la “intervención” de los intelectuales de izquierda en el tema del “campo” y el “gobierno”. La Carta Abierta de 1500 ó 1600 parece haber elevado el humor cazador de las publicaciones que lucran (dinero o prestigio) con alguna novedad intelectual, pues parece que hemos asistido a importantes debates, que permitieron aflorar los caudales profundos del amor crítico al saber. En efecto, también se supone que desde otras veredas, antikirchneristas, también se pronunciaron perspectivas que se quisieron críticas. Pero basta recorrer los textos proclamados, las notas periodísticas publicadas, los diálogos entablados, para notar, sin dificultad, que las actitudes intelectuales fueron y son incapaces de evitar posicionarse en la dicotomía en que coinciden tanto el gobierno kirchnerista como “el campo”. La ausencia de una posición crítica que abra el juego político-intelectual, sin asumir las dicotomías de los contendientes, pero tampoco sin lavarse las manos en una batalla cuyo destino no es indiferente para el bienestar del pueblo, delata la superficialidad de la situación intelectual contemporánea.
No creo que sea importante notar esta desolación sólo para revelar la franciscana pobreza de los análisis intelectuales, ni señalar la senilidad ilevantable que atraviesa las presuntas polémicas. Lo lamentable es que la juventud intelectual no logre instalar sus voces en un diferendo a la altura de las dramáticas épocas que venimos de vivir (me refiero a la historia reciente y no únicamente al post marzo de 2008) y, sobre todo, de las que vendrán.
Impidamos que las revistas –esas relatoras de nuestros Rotwailer y La Masa culturales– inventen vigores intelectuales que no existen, esa gran estafa en curso que se desarrolla antes nuestros ojos. Pero hagamos más que sonreír ante tanta agua en los tendones de nuestra intelectualidad, para preguntarse si ese panorama mercantil articulado alrededor de las momias merece un protagonismo que, quizás, tampoco estemos en condiciones de superar.
Mientras la intelectualidad de la Argentina prepara sus vituallas, suena como una letanía el himno de La Masa: “La Masa / Mirá lo que te pasa / Te agarra / Te acogota y despedaza”. Pero no crean que todo terminó. Todavía vendrán Megabite Fighter y Rulo Verde. La intelectualidad argentina no se da por vencida, ni aun muerta.

el campo y la plaza

Tres notas bien distintas y disconexas sobre el conflicto de las retenciones, escritas ni bien la presidenta finalizó su discurso de parque norte.

I
Desde distintos blogs han surgido numerosas y en algunos casos -en muchos, si lo comparo con la prensa escrita- muy inteligentes preguntas y argumentos sobre el conflicto que comenzó en el país a partir de la protesta de los ruralistas contra el gobierno nacional. (En mi opinión algunos posts de Ramble Tamble conforman un material indispensable para discusiones actuales y futuras [uno, dos, tres, cuatro].) Y aunque los temas que surgen intermitentemente en los posts y en los comentarios son legión me gustaría retener dos grandes líneas en ese debate, y algunos alvéolos que no por mínimos dejan de ser importantes. Por un lado las implicancias del conflicto mismo: las causas, los números, las chances, la polarización subsiguiente. Las tradiciones de esa polarización. Los imaginarios históricos implicados. Las relaciones de fuerza. Largo etcétera. (Y ahí agrego una ramificación que considero importante: no he podido saber qué es un “chacarero”, pese a recorrer páginas y páginas de cálculo y mini-etnografías. Presumo que conozco al tipo porque me crié en Santa Fe, pero ya hace mucho que dejé de confiar ciegamente en la experiencia y aún más en las experiencias ancladas a un pasado desesperado por ser reificado. Digo esto a raíz de lo que escribo más abajo sobre los dichos de Beatriz Sarlo en La Nación.)
Por otro lado: las preguntas sobre el modo de lograr que un enfrentamiento de esta naturaleza contribuya a concebir un proyecto más ambicioso en cuanto a beneficios ciertos y liquidadores de las desigualdades sociales, y acaso no tan pendientes de la urdimbre del cántico y la consigna (la "modestia" de los reclamos del primer peronismo fue su mejor carta: se revelaba de ese modo reductivo violentas asimetrías sociales, y casi como al pasar provocaron un aventino. Se quería "poco" pero nadie quería darlo). Diría que para escapar del juicio al primer discurso de la presidenta hay que preguntarse, como lo han hecho muchos en distintos blogs qué se construye a partir de cualquier resultado de este conflicto (me refiero al resultado imaginario del conflicto, al binario, al que cada "bando" concibe como tal): hasta donde he leído, si los ruralistas triunfan, su victoria reordena a duras penas una oposición flácida y macilenta. Además, con una victoria, sus ganancias aumentarán considerablemente. (Una vez más no sé qué le pasará al "chacarero": tampoco sé si el gobierno lo sabe. Reutemann dice saberlo en una nota del diario de Jorge Lanata, pero no le creo. Lo que sí sospecho es que los grupos que se definen como tales aún con mejoras relativas, con incentivos selectivos, seguirán apoyando borrosas formas ideológicas recalcitrantes. Y supongo que aún así esas políticas de incentivos deben ponerse en práctica.) Si es el gobierno quien vence en la compulsa, creo que habrá que preguntar insistentemente cuándo y de qué modo la redistribución que reclamó Cristina con su paráfrasis de Yupanqui se hará tangible, de qué modo habrá nuevos actores en juego que defiendan un proyecto con menos moratorias, con menos pedagogías de lo que es o debe ser la política, y más reparto. (Sobre el pedagogismo de Cristina en su ahora sí oportuno último discurso, sobre su insistente shhh docente habrá que escribir largo y tendido, o mejor: habrá que hacerlo sobre quienes hacen silencio para que la televisión transmita sin ruido ni banderas de fondo. Me doy cuenta de que he sido testigo de un acto peronista sin tomas aéreas, sin largos paneos; advierto que he visto a la presidenta hablar y algunas pocas banderas sacudirse sin viento: todo se parecía levemente a dogville.)

II

Por ese doble carrill me moví sobre algunos textos que leí en blogs.Por alguna razón (no puedo culpar a nadie) he tenido algunas dificultades para hacer una lectura más abarcativa, he alcanzado tardíamente muchos buenos textos, y sospecho que se me pasaron muchísimos: hay que indicar rápidamente que algunas tecnologías cercanas a los blogs deben activarse para acelerar la posibilidad de que muchos de los lectores de blogs en algún sentido "políticos" y masivos (Ramble Tamble y La Barbarie especialmente) podamos acceder a sus alrededores: excelentes comentaristas sin blogs, y muy buenos bloggers sin abultadas audiencias reducen notablemente sus chances de amplliar el campo de debate a raíz de la insuficiencia de los lectores de feeds para permitirnos un rápido acceso a la mayoría de los blogs vinculados temáticamente a los más grandes, y la poca densidad de los blogrolls de una posible comunidad ampliada, la que muchas veces ha sido mentada. La disposición de los comentarios (cronológica y en rollo) hace que luego de algunas decenas, remontar las trazas de múltiples debates se convierta en una tarea titánica. La decisión de no hacerlo nos quita la posibilidad de acceder a argumentos que sólo excepcionalmente se recuperan completamente (ni siquiera la lectura atenta de los autores del post o los autores del blog puede hacerlo). El límite cierto de los agregadores de blogs en subsanar esas dificultades se conjuga con la extendida práctica de los blogs personales (saludable práctica) y con ello se hacen cada vez más complicados idear emprendimientos que sin atentar contra los blogs pequeños, haga posible una comunidad imaginada más densa y aún más mordiente.
Para muchos de nosotros el debate es un hacer, y por eso reforzar los modos de compartir información y opinión siempre es un objetivo prioritario.

III

De todos los puntos suburbanos veíanse llegar grupos de proletarios; de los más pobres de entre los proletarios. Y pasaban debajo de nuestros balcones. Era la turba tan temida. Era –pensábamos– la gente descontenta… (¿Y cómo no estarlo? Después de habérsele despojado de la esperanza de una vida mejor, debía ella continuar en esta vida sometida a los más rudos trabajos y los peor remunerados). Con el antiguo temor, nuestro impulso fue el de cerrar los balcones. Pero al asomarnos a la calle quedábamos en suspenso… Pues he ahí que estas turbas se presentaban a nuestros ojos como trocadas por una milagrosa transformación. Su aspecto era bonachón y tranquilo. No había caras hostiles ni puños levantados, como los vimos hace poco. Y más aún nos sorprendieron sus gritos y estribillos: no se pedía la cabeza de nadie.

Delfina Bunge de Gálvez, “Una emoción nueva en Buenos Aires” en El Pueblo, 25/10/1945.


La Plaza estaba llena de gente que, por los motivos más diversos, se había sentido provocada por el discurso de Cristina Fernández de Kirchner. No había grupos organizados, sino caceroleros autoconvocados en una linda noche de verano; tampoco había mucha oligarquía, salvo que para ir a la Plaza hubieran tomado en préstamo la ropa de algún subalterno de sus prósperas empresas.
Hablé con gente de San Telmo y Barracas que, por lo general, no vende soja a futuro en los mercados internacionales. O hijos de chacareros que estudian en las universidades porteñas y no viven como aristócratas.

Beatriz Sarlo, “Fue una provocación”, La Nación, 27/03/2008.


Para Beatriz Sarlo el debate también es un hacer. Ella es una de los muchos intelectuales que de un modo u otro han dado forma al espacio en el que se discute en la actualidad. No quiero decir que sea la única forma (ahí está Quintín con su carta a los fachoprogresistas). De todos modos, aún si existen otras, Sarlo contribuyó a diseñar una notable, por no decir hegemónica. Nación Apache republicó una nota suya (escrita para La Nación), que prologa Omar Genovese (es divertido leer cuando Genovese en lugar de decir “un viejo se acercó a D’elia para putearlo” dice “Un señor de edad avanzada, mucho mayor que todos los que lo rodeaban se acercó amablemente para decirle: ¡Dejá de robar!”). El título de la nota pretende ser ambiguo: "Fue una provocación": no sabemos hasta ahí si se refiere a la entrada de D'elia a la plaza de mayo o al primer discurso de la presidenta. Más tarde descubrimos que si bien ambos hechos lo fueron, el primero es menos importante que el segundo. El peronismo tiene una tradición ligada a esa plaza y D'elia estuvo, según Sarlo -allí muy sutil-, atado a ese oráculo. La presidenta, sin embargo, dice Sarlo, no debió haber reactivado esas antinomias que persisten en estado de latencia en un "dispositivo político" capaz de reverberar al ritmo de la performatividad de Cristina. Sarlo arma su relato como una pequeña etnografía: cuenta lo que quienes estuvieron en la plaza no sabían de los símbolos de la plaza; habla de la lengua de la política de masas. Nos dice que ella sí la juna: un yo testifical al que podría ponérsele reparos, claro. Yo no los pongo, pero insisto en que el lugar que ocupaba Sarlo en esa plaza desmiente mucho de su pretendida sapiencia. Estaba allí, sí, pero caceroleaba. No quiero decir con eso que por su posición ella perdía capacidad analítica, sino que no hay capacidad analítica capaz de imponerse sobre formas específicas del hacer político. Leyendo el relato de Sarlo (un espejo invertido del texto que escribió Delfine Bunge sobre aquella otra plaza) queda claro que en esta plaza no hubo dos grupos que luchaban sino tres. Beatriz Sarlo lo dice expresamente cuando le explica a uno de los hombres de D’elia el sentido de lo que ellos hacen en la “tradición progresista”: una provocación. Es esa la tradición que también se arroga un dominio de esa plaza; esa tradición que los otros actores desconocen. A esa ignorancia el progresismo no la vive como destino sino como fundamento de origen: está con ella, cacerolea con ella, porque espera conquistarla. A la otra tradición, igual de ignorante pero malarriada, a la que ve bajar de los camiones, el progresismo gusta escribirla, detallarla con insistencia, pero no puede convencerla. Delfina Bunge y Beatriz Sarlo: no me sorprende que D'elia se ajuste tan bien a lo que la imaginación antiperonista concibe como "el peronista": pero ese "dispositivo político" del que habla Sarlo no se activó porque Cristina haya hecho pruebas con la palabra "propiedad". Es un dispositivo orgánico, viviente: un animal que pace por el campo y por la plaza, y duerme de parado. Lo mejor es seguir discutiéndolo.

sobre el pensamiento poscolonial

post cruzado desde Grand Tour
Esprit

La revista francesa Esprit ha tenido la gentileza de permitir que podamos acceder de forma libre y gratuita a uno de los artículos de su revista. No es la primera vez y hay que felicitarse por esta práctica, tan recomendable como escasa en otros lugares. La gracia se ha hecho obra a través de su propio portal y del de Eurozine, un proyecto de larga y brillante trayectoria dedicado a informarnos sobre lo que publican ciertas revistas europeas, todas ellas de excelente factura. En esta ocasión, el texto proviene del número de diciembre de 2006, en el cual se contenía un dossier dedicado a: "Pour comprendre la pensée postcoloniale". Se incluía allí un artículo de presentación (que también se puede leer completo libremente) seguido de otro espléndido del antropólogo belga Filip De Boeck (Instituut voor Antropologie in Afrika ) sobre la ciudad de Kinshasa como urbe poscolonial, un lugar al margen de cualquier categoría occidental, con un funcionamiento aparentemente irracional, que sólo parece sugerir destrucción y locura ("¿qué sentido –según una cita de Mike Davis que tenemos a mano– tiene una ciudad con una población estimada en seis millones de habitantes en la que casi no circula ningún automóvil ni ningún transporte público por la sencilla razón de que a menudo resulta imposible encontrar una gota de combustible durante semanas, incluso meses? ¿Para qué seguir manteniendo la convención social que lleva a denominar "dinero" a un billete de banco cuando cotidianamente resulta que sólo se trata de un pedazo de papel sin valor? ¿De qué sirve distinguir lo formal y lo informal o la economía paralela cuando lo informal se convirtió en norma y lo formal prácticamente dejó de existir?"). En fin, unas líneas que no hacen justicia al libro de De Boeck del que proceden en última instancia: Kinshasa. Tales of the invisible city (Ludion, Gante, 2004; y en francés en La Renaissance du Livre, Bruselas, 2005) que se acompaña, además, con unas magníficass imágenes de la fotógrafa belga Marie-Françoise Plissart.
Aquel número de Esprit también transcribía una entrevista con el reconocido filósofo y teólogo camerunés Fabien Eboussi Boulaga (La Crise du Muntu, 1977) sobre las maneras de pensar África por parte de los intelectuales de las antiguas colonias, sobre qué balance cabe hacer, pero no de forma complaciente, sobre las ambiciones y los reversos de los discursos de la independencia; un texto de Jean-François Bayart (Le gouvernement du monde. Une critique politique de la globalisation, Fayard, 2004) y Romain Bertrand (Mémoires d’empire. La controverse autour du "fait colonial", Editions du Croquant, 2006), investigadores del CNRS (Ceri-Sciences PO), en el que los autores escarbaban en el otro lado, en las herencias y las responsabilidades de los colonizadores, analizando la memoria de la colonización, la forma en que se transmitió el poder y las repercusiones de la cultura colonial en las metrópolis; otra entrevista, en este caso con Philippe Roussin, otro investigador del CNRS (Misère de la littérature, terreur de l’histoire. Céline et la littérature contemporaine, Gallimard, 2005), sobre la literatura, con el descentramiento (occidental) a la hora de definir las jerarquías culturales sobre las que tradicionalmente se ha hecho literatura, con el nacimiento de nuevas corrientes estéticas y la emergencia de críticas trasnacionales; y finalmente, el texto que ahora paso a mencionar.

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Se trata de otra entrevista, en este caso con el historiador camerunés Achille Mbembe, que lleva el título de "Qu'est-ce que la pensée postcoloniale?". Mbembe es profesor de historia y política e investigador en el Wits Institute for Social and Economic Research (WISER) de la Universidad Witswatervand de Johannesburgo y ha impartido docencia en diversas universidades americanas, además de dirigir el Consejo para el Desarrollo de la Investigación en Ciencias Sociales en África (CODESRIA), con sede en Dakar. Es, por otra parte, un autor más conocido entre nosotros, tanto por sus artículos en las versiones castellanas de Le Monde Diplomatique como por sus contribuciones en los libros coordinados por Gilles Kepel, Las políticas de Dios ("La proliferación de lo divino en el Africa subsahariana"), Jérôme Bindé, ¿Adónde van los valores?: coloquios de siglo XXI ("Del racismo como práctica de la imaginación"), Fernando López Castellano, Desarrollo: Crónica de un desafío permanente ("Poder, violencia y acumulación") y Okwui Enwezor, Lo desacogedor. Escenas fantasmas en la sociedad global ("Necropolítica").
Un autor que, además, escribe continua y afiladamente sobre el asunto del pensamiento poscolonial, uno de cuyos más recientes textos apareció en el último número (el 165) de la revista Cultures Sud, que se dedica a "Retours sur la question coloniale". Aunque, ciertamente, su texto más conocido, sobre todo tras la versión inglesa, continúa siendo De la postcolonie. Essai sur l’imagination politique dans l’Afrique contemporaine (Paris, Karthala, 2000), volumen del que se publicó una buena reseña en la revista mexicana Estudios de Asia y África en 2005. En fin, uno de los referentes de las teorías poscoloniales.Pues bien, dicho lo anterior, remito a la lectura en inglés o francés de ese texto, que así se ofrece para los (envidiados) políglotas. Mi buena acción para empezar el año debería ser la de verter este breve texto al castellano, pero he de renunciar a la empresa. Paciencia, hermanos, porque el texto merece la pena, empeño mi palabra en ello.
POSDATA
"El drama de África es que el hombre africano no ha entrado lo suficiente en la historia. (…). El problema de África es que vive demasiado el presente con nostalgia del paraíso perdido de su infancia.(…) En este imaginario donde siempre todo vuelve a empezar, no hay sitio ni para la aventura humana, ni para las ideas de progreso" (Nicolas Sarkozy, "Discurso", Dakar, julio de 2007)
sarkozy
"En la actualidad, el prisma cultural e intelectual con el que las nuevas élites dirigentes francesas observan a África, la juzgan o le dispensan lecciones no sólo es anticuada. Es que no permite unas relaciones de amistad que serían una señal de libertad en coexistencia con relaciones basadas en la justicia y el respeto. De momento, y tratándose de África, lo que ocurre es que Francia carece del crédito moral que le permitiría hablar con certeza y autoridad" (Achille Mbembe, "L’Afrique de Nicolas Sarkozy", agosto de 2007)

marx, el eurocéntrico

en 1858 carlos marx publicó un artículo sobre simón bolívar, en una enciclopedia norteamericana. El texto es singular, no sólo por ser el único –si no me equivoco- en que marx trata directamente sobre algún aspecto de la independencia hispanoamericana, sino también porque el análisis que realiza de la labor del libertador es tan… como decir, tan alejado del método por él utilizado en su trabajo, que parece comprobar aquella afirmación suya según la cual “él no era marxista”. El escrito está colmado de un preconcepto crítico hacia bolívar, el cual, siguiendo el análisis de marx, parece haber sido un completo inepto. Los grandes éxitos de la campaña bolivariana se debieron, según el autor, a los oficiales europeos que formaban parte de los ejércitos libertadores, o acaso meramente a la diosa fortuna. Y saltaba de cólera, marx, ante cualquier atisbo de comparación entre el incapaz bolívar y el gran napoleón.
¿a que se debería este tipo de aproximación a la realidad social hispanoamericana vía bolívar? josé aricó ensayó una respuesta. No se trata, decía aricó, de liviandad ni desinformación; marx era un investigador meticuloso, y cada vez que abordaba un tema, así fuere para escritos periodísticos, se empapaba de la literatura asequible; el tratamiento de bolívar no fue, en esto, una excepción. Se trata, según aricó, de que marx realizó, al escribir sobre bolívar, una directa correlación entre el libertador y el bonaparte –el del 18 brumario, claro- que tenía ante sus ojos. El fastidio que sentía ante la figura del francés se trasladó al análisis del hispanoamericano: la crítica que realiza parte de un preconcepto político –no social, ni racial- en tanto veía en la actividad de bolívar un sucedáneo del bonapartismo francés, o tal vez un anticipo.
aricó descartaba, expresamente, que la crítica visión de marx de bolívar se debiera simplemente a eurocentrismo, a un prejuicio incorporado, no meditado, según el cual los seres humanos de otros lugares que europa serían, de algún modo, inferiores. No es que en el texto no haya “aires” eurocéntricos, decía aricó. Pero éstos serían de algún modo excrecencias de un análisis sesgado desde el principio por el aborrecimiento político. Insistir en esa línea, decía aricó, no sólo no avanzaría nada en el análisis del bolívar de marx, sino que, para peor, ocluiría una veta “democrática, nacional-popular” del pensamiento marxiano que nos sería, a los latinoamericanos por ejemplo, de necesaria reactualización (aricó escribía esto a comienzos de los ochenta).
pero este tópico, el eurocentrismo marxiano, es justamente el retomado por el análisis realizado por el escritor mexicano arturo chavolla. El autor no niega, sino que más bien reafirma, la explicación que sobre el bolívar de marx diera aricó; efectivamente, dice, parece que el punto principal es la comparación no dicha entre el libertador y bonaparte. Pero esto, que puede explicar las ácidas reflexiones que bolívar suscita en marx –tan ácidas que el editor norteamericano de la enciclopedia donde iría a publicarse el escrito estuvo a punto de devolvérselo- no puede explicar la irritante ausencia de todo análisis social del proceso independentista, ni el desdén con que trata a las tropas criollas. Lo que parece haber aquí es, una vez más, eurocentrismo. Pero no sólo eso, sino además una tradición de pensamiento europeo ferozmente denigratoria de la condición americana: de la fauna y la flora, a la tierra y el clima, al hombre. Tradición que antonello gerbi explorara con vigor en su “la disputa del nuevo mundo”, y que chavolla retoma, para recalcar además que esa tradición –iniciada acaso en el siglo xvii, profundizada en el xviii- no estaba agotada ni mucho menos en el xix: ¡que decir, si no, de los “pueblos sin historia” hegelianos! Y que seguiría, por lo menos hasta comienzos del siglo xx: no sin un dejo de malignidad, el autor mexicano no deja de recordarnos las espantosas proposiciones que varios de los más connotados socialistas europeos hubieron de sostener sobre el problema colonial. Socialistas, aclaremos, que eran marxistas, o eso decían ser. Con todo, éstos raramente, o nunca, se referían a américa latina. En realidad, el subcontinente, como adelantara hace tiempo leopoldo mármora, era un casillero en blanco para el pensamiento marxista europeo de la “bella época”, al punto que siquiera la revolución mexicana –iniciada en 1910- indujo algún tipo de reflexión, o al menos, comentario. Es que estos pueblos latinoamericanos, al igual que esos otros africanos o asiáticos, eran, o seguían siendo, “sin historia”.
el tema del eurocentrismo en el pensamiento marxiano sigue abierto. De todos modos, a diferencia de aricó, me parece que el tema tiene mayor interés historiográfico que político. En este sentido, me genera más preocupación observar ciertas vertientes eurocéntricas entre los miembros de comunidades periféricas, dependientes o semicoloniales, como se prefiera. Porque tengo la certeza que en américa latina, el colonialismo cultural, tan combatido en los sesenta, sigue vivito y coleando.