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Las fuentes (y cómo usarlas) en la era digital

Post cruzado desde Clionauta

The Chronicle of Higher Education se plantea el asunto de las fuentes y la citación. Los estudiantes que empiezan su investigación, nos dice, ya no citan como solían. Más aún, tienen dificultades para evaluar la credibilidad de la información que encuentran, ya sea impresa o en línea. Al menos eso es lo que plantean dos docentes del Mesa Community College, a la luz de lo que han experimentado en sus cursos. Así que Rochelle Rodrigo L. y Susan K. Miller-Cochran han presentado su The Wadsworth Guide to Research, publicada este año por Cengage Learning. Además, en noviembre presentaron algunas de sus estrategias en el simposio Rock the Academy del New Media Consortium, que se desarrolló en Second Life (nada menos, y nosotros con estos pelos!).

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A propósito de todo ello, The Chronicle entrevista a la profesora Miller-Cochran

P. ¿Qué le hizo pensar que los estudiantes necesitan ayuda?

Si usted mira la mayoría de los libros de texto para los cursos de escritura, verá que tienden a enseñar a los estudiantes a clasificar las fuentes de dos maneras: las impresas, que pueden hallarse en una biblioteca o archivo, y las que existen en internet, en línea. El hecho es que realmente no importa mucho si una fuente está en línea o impresa. Queremos que los estudiantes vayan más allá de esa división, que piensen sobre quién es el autor de la fuente, sobre cómo se ha compuesto antes de publicarse, cosas así, más allá de dónde estaba localizada cuando la encontraron.

P. ¿Qué propone a partir de esa primera evaluación?

Pedimos a los estudiantes que piensen en el sentido del proceso de publicación. ¿Fue compuesto antes de su publicación, fue revisado por otros o es autopublicado? Luego también les pedimos que piensen en cómo puede cambiar la fuente con el tiempo, según la forma en la que se publicó. ¿Es una fuente estática que una vez publicada ya no cambia en absoluto? ¿Se trata de una fuente sindicada, algo así como una revista o un periódico? ¿O es una fuente dinámica, algo que podría estar cambiando constantemente con el tiempo?

P. ¿En qué medida los estudiantes cambian de hábitos cuando consideran estas cuestiones?

La diferencia más inmediata es que la primera opción de mis estudiantes ya no es ir a la Wikipedia o a Google. Cuando empiezan el curso, ese suele ser su modus operandi habitual. Ahora, en cambio, es mucho más probable que vayan a la base de datos de una biblioteca, por ejemplo. Y cuando la utilizan, puede que elijan la opción de búsqueda sólo para artículos académicos, porque ahora entienden la diferencia entre algo que es revisado por sus pares y algo que se acaba de editar una revista popular.
También tienen una mayor comprensión del contexto de la investigación que están haciendo. Así que en lugar de hacer un trabajo escrito sólo para mí, la profesora, están pensando en la posible audiencia que podría tener su objeto de estudio. Piensan en cómo podrían persuadir a alguien acerca de un asunto en particular -lo cual regula las decisiones que toman acerca del tipo de fuentes que pueden utilizar.

P. ¿Es difícil sacar a los estudiantes de Google y la Wikipedia?

Realmente difícil. Me refiero a que Google y la Wikipedia son realmente convenientes. No son el demonio.

Muchos profesores abordan el asunto de la Wikipedia de forma simple, diciéndoles a los estudiantes: “No se puede utilizar. No es fiable”. Nosotros no queremos hacer eso. Queríamos entender realmente cómo se escribe la Wikipedia , cómo se construye, cómo funciona el proceso de revisión y edición, a fin de que puedan determinar de qué modo les puede ser útil en su investigación.

P. ¿Qué conclusiones extrajeron del simposio en Second Life?

Me di cuenta con el debate de que si un mayor número de profesores, sobre todo de inglés, se asociaran con las bibliotecas a la hora de enseñar cómo investigar, nos iría mejor. No siempre trabajamos con las personas de nuestras propias instituciones que realmente nos ayudarían a tener una comprensión más profunda de la información y de los recursos que los estudiantes están encontrando.

La etnografía como comentario

Johannes Fabian. Ethnography as Commentary. Writing from the Virtual Archive, Duke University Press, 2008.
ethnography as commentary

A principios de los setenta, Johannes Fabian conversó con Kahenga, en Zaire. Fabian es hoy un reconocido antropólogo. Kahenga en aquel entonces era un médico herbalista. Fabian conversó con él, grabó la charla. Ahora aquello es un texto que comienza con Kahenga protegiendo la casa del antropólogo y se extiende por distintos temas ligados al oficio del nativo. Mucho tiempo después, más de treinta años, Fabian vuelve a escuchar su entrevista, la lee desgrabada. La memoria, la traducción, el archivo virtual lo desestabilizan, le provocan algunas preguntas. Ethnography as Commentary… es un comentario al texto que cuelga de internet. Una etnografía texto-centrada. El comentario en tanto género implica la presencia incondicional de un texto. Pero ese ejercicio acerca de la forma al que se nos invita se sostiene sobre un intenso y largamente discutido trabajo de campo. No se trata de poner el comment a nivel del trabajo erudito, pero sí de "explorar una alternativa a la monografía con su rúbrica enciclopédica" a través de comentarios a los textos de una etnografía. Sin embargo, esos textos etnográficos no son literatura, no son historiografía: no habitan un canon ni un archivo. Aunque,claro, sus relaciones con otras disciplinas sean extensas y variadas. Son escritos en la tensión de un evento pasado y un texto presente, exacerbada por la disponibilidad del texto, por su accesibilidad. Los escritos que resultan de esa interacción, los comentarios, son memoranda, apuntes de un reflexividad tardía. Problematizados por una etnografía de transgresión (el médico protege la casa del antropólogo, este es el cliente de aquel), por cuestiones ligadas a la traslación y traducción (varias lenguas, varios usos, muchos textos de Fabian entre la enteevista y este libro acerca de esos grandes temas), su escritura también es confrontativa: no agota el texto que comentan, sino que lo confrontan.
Etnography as commentary… es un libro breve y singular. Una pieza humilde pero de previsible densidad. Un comentario de J. Fabian. Un homenaje a la razón hermenéutica pero también a la entrevista con el médico brujo. El índice nos lleva por el esquema de esas anotaciones y nos invita a leerlas rápidamente: un evento, un texto, el trabajo de Kahenga, el mundo de Kahenga, el pensamiento de Kahenga. Encerrados por una introducción y unas palabras finales con las que Fabian articula el problema de los géneros académicos en los tiempos globalizados y poscoloniales con los archivos virtuales, esos escritos parecen esperar otros comentarios, parecen estar hechos para el debate: transitorios y humildes, sapientes de que su forma es mediación. Piedras, sí, pero sin forma todavía.

coda: Otras reseñas al texto acá, aquí, y allá, en el excelente blog Reading the Archives.

La cultura de la pregunta: la Googlización

Post cruzado desde Clionauta 1 y Clionauta 2.

En el variadísimo último número (el 81, de 2008) de Lettre International apareció un artículo de Geert Lovink que ahora acaba de traducirse al inglés en Eurozine. Para los curiosos, quede constancia de que el origen del texto de Lovink está en una entrada que puso en su blog el pasado año.

A tribute to Joseph Weizenbaum

Un espectro obsesiona al mundo intelectual de las elites: la sobrecarga de información. Ciudadanos de a pie tienen secuestrados los recursos estratégicos y obstruyen lo que una vez fueron medios de comunicación cuidadosamente vigilados. Antes de Internet, los mandarines mantenían la idea de que podrían separar la “cháchara” del “conocimiento”. Con el auge de los motores de búsqueda de Internet ya no es posible distinguir entre iluminaciones patricias y chismes plebeyos. La distinción entre lo alto y lo bajo, y sus alternancias en ocasiones como el carnaval, pertenecen a una época pasada y ya no deberían preocuparnos. Hoy en día, está causando alarma un fenómeno totalmente nuevo: motores de búsqueda que confeccionan un listado de sitios según su popularidad, no su verdad. Ahora vivimos buscando. Con el aumento espectacular del acceso a la información, nos hemos enganchado a las herramientas que la recuperan. Buscamos números de teléfono, direcciones, horarios de apertura, el nombre de una persona, los detalles de un vuelo, las mejores ofertas y, de mala manera, declaramos que la proporción de material gris (”datos basura”) es cada vez mayor. Pronto nos pondremos a a buscar y sólo nos sentiremos perdidos. Las antiguas jerarquías de la comunicación no sólo han estallado, la propia comunicación ha asumido el estado de un derrame cerebral. No sólo ha aumentado el ruido popular a niveles insoportables, sino que ya no podemos atender otra petición de nuestros colegas, incluso un amable saludo de los amigos o de la familia ha adquirido la condición de una tarea cuya expectativa es que respondamos. La clase educada deplora el hecho de que la cháchara haya entrado en el hasta ahora protegido recinto de la ciencia y la filosofía, cuando más bien le debería preocupar quién va a controlar la cada vez más centralizada red informática.
Hay algo que los actuales administradores de noble sencillez y tranquila grandeza no puede expresar, algo que deberíamos indicarles: hay un creciente descontento con Google y con la manera en que Internet organiza la recuperación de la información. La corporación científica ha perdido el control sobre uno de sus principales proyectos de investigación: el diseño y la propiedad de las redes de ordenadores, utilizados ahora por miles de millones de personas. ¿Cómo es que tantas personas han acabado por depender de un único motor de búsqueda? ¿Por qué vamos a repetir la historia de Microsoft una vez más? Parece aburrido quejarse de este tipo de monopolio cuando cualquier usuario de Internet tiene a su disposición una multitud de herramientas para distribuir el poder. Una posible forma de superar esta situación sería redefinir positivamente el concepto de Gerede (habladuría, charlatanería) de Heidegger. En lugar de una cultura de la queja que sueña con una tranquila vida desconectada (offline) y medidas radicales para filtrar el ruido, es el momento de enfrentarse abiertamente a las formas triviales de Dasein (”ser-aquí”, “ser-en-el-mundo”) que encontramos en los blogs, los mensajes de texto y los juegos de ordenador. Los intelectuales ya no deberían ver a los usuarios de Internet como aficionados de segunda fila, aislados de una relación primaria y primordial con el mundo. Hay una cuestión más importante sobre la mesa y requiere adentrarse en la política de la vida informática. Es el momento de hacer frente a la aparición de un nuevo tipo de corporación que rápidamente está trascendiendo Internet: Google.
La World Wide Web, que debería haber hecho realidad la infinita biblioteca que Borges describe en su relato La Biblioteca de Babel (1941), es vista por muchos de sus críticos como una simple variación de El Gran Hermano (1948) de Orwell. El gobernante, en este caso, ha convertido un monstruo diabólico en una ristra de jovencitos guay cuya responsabilidad corporativa se resume en la consigna: “No seas malvado”. Guiados por una mucho más antigua y experimentada generación de gurús de las tecnologías de la información (Eric Schmidt), pioneros de Internet (Vint Cerf) y economistas (Hal Varian), Google se ha expandido de modo tan rápido, y en una variedad de campos tan amplia , que prácticamente no hay analista, académico o periodista financiero que haya sido capaz de seguir el alcance y la velocidad con la que Google se ha desarrollado en los últimos años. Nuevas aplicaciones y servicios se acumulan como regalos navideños no deseados. Google acaba de añadir el servicio de correo electrónico gratuito Gmail, la plataforma para compartir vídeos YouTube, la de redes sociales Orkut, Google Maps y GoogleEarth, su principal servicio de pago, el AdWords con los anuncios Pay-Per-Click, aplicaciones de oficina, tales como Calendar, Talks y Docs. Google no sólo compite con Microsoft y Yahoo, sino también con empresas de entretenimiento, bibliotecas públicas (a través de su masivo programa de digitalización de libros) e incluso con empresas de telecomunicaciones. Lo creamos o no, el Teléfono de Google estará disponible muy pronto [ya lo está]. Recientemente escuché a una chica poco metida en los círculos tecnológicos decir que había escuchado que Google era mucho mejor y más fácil de usar que Internet. Sonaba bien, pero es que ella tenía razón. No sólo es que Google se ha convertido en el mejor Internet, está asumiendo tareas del software de nuestro propio ordenador para que podamos acceder a esos datos desde cualquier terminal o dispositivo portátil. Apple MacBook Air es el último ejemplo de la migración de datos a búnkers de almacenamiento controlado privadamente. La seguridad y la privacidad de la información se están convirtiendo rápidamente en la nueva economía y en la tecnología de control. Y la mayoría de los usuarios, y por supuesto las compañías, están abandonando alegremente el poder a la autoregulación de sus recursos informativos.

El arte de hacer la pregunta correcta

Mi interés por los conceptos que hay tras los motores de búsqueda se me planteó de nuevo al leer un libro de entrevistas [Joseph Weizenbaum entrevistado por Gunna Wendt, Wo sind sie, die Inseln der Vernunft im Cyberstrom, Auswege aus der programmierten Gesellschaft. Herder Verlag, Freiburg, 2006.] con el profesor del MIT y crítico informático Joseph Weizenbaum, conocido por su ELIZA, un programa de tratamiento automático creado en 1966, y por su libro de 1976 Computer Power and Human Reason. Weizenbaum murió el 5 de marzo de 2008 a la edad de 84 años. Hace unos años, Weizenbaum se trasladó de Boston a Berlín, la ciudad donde se crió antes de que, en 1935, sus padres salieran huyendo de los nazis. Especialmente interesantes son las historias de Weizenbaum sobre su juventud en Berlín, el exilio a los EE.UU. y la forma en que se vio inmerso en el mundo de la computación durante la década de 1950. El libro se lee como un resumen de su crítica a la ciencia informática, según la cual los ordenadores imponen a sus usuarios un punto de vista mecanicista. Lo que me interesa especialmente es la forma en que el “hereje” Weizenbaum da forma a sus argumentos como un informado y respetado insider: lo cual representa una posición similar a la “net criticism” que Pit Schultz y yo hemos hemos venido desarrollando desde que comenzamos el proyecto “nettime” en 1995.
El título y el subtítulo del libro parecen intrigantes: “¿Dónde están las islas de la razón en el océano cibernético? Salidas de la sociedad programada”. El sistema de creencias de Weizenbaumse puede resumir en algo así como: “No todos los aspectos de la realidad son predecibles”. La crítica de Weizenbaum a Internet es genérica. Evita ser específico, y eso es algo que hemos de tener en cuenta. Sus observaciones sobre Internet no son nada nuevo para quienes están familiarizados con la obra Weizenbaum: Internet es un gran montón de basura, un medio de comunicación de masas cuyo contenido es disparatado en un 95 por ciento de los casos, como el medio televisivo, que es la dirección en la que la Web se está desarrollando de forma inevitable. La llamada revolución de la información se ha convertido en una avalancha de desinformación. La razón es la ausencia de un editor o de un principio editorial. El libro no aborda por qué no se estableció este principio fundamental de los medios de comunicación en la primera generación de programadores, de los que Weizenbaum fue un miembro prominente. La respuesta probablemente esté en el uso inicial del ordenador como una calculadora. El determinismo tecnológico que impera en la berlinesa Sophienstraße y en otras partes insiste en que el cálculo matemático sigue siendo la esencia misma de la informática. El (mal)uso de las computadoras para fines mediáticos no fue previsto por los matemáticos, y no deberíamos culpar a quienes diseñaron el primer ordenador por las torpes interfaces y la gestión de la información que tenemos hoy en día. Fue en tiempos una máquina de guerra, pero ahora nos queda un largo y serpenteante camino hasta conseguir que la calculadora digital se readapte y sea un dispositivo humano universal que sirva a nuestros infinitamente ricos y diversos propósitos de información y comunicación.
En varias ocasiones he formulado una crítica de la “ecología de los medios” cuya intención es filtrar la información “útil” para el consumo individual. El volumen de Hubert Dreyfus On the Internet (2001) es uno de los principales culpables. No creo que corresponda a ningún profesor, editor o codificador decidir por nosotros lo que es y lo que no es una tontería. Debe ser un esfuerzo compartido, incorporado en una cultura que facilite y respete las diferencias de opinión. Deberíamos elogiar la riqueza y hacer de las nuevas técnicas de búsqueda parte de nuestra cultura general. Un camino a recorrer sería el de revolucionar las herramientas de búsqueda y aumentar el nivel general de alfabetización mediática. Nuestra cultura nos ha enseñado a navegar a través de los miles de títulos que hallamos al entrar en una librería o en una biblioteca. En lugar de quejarnos a los bibliotecarios o decirles a los libreros que tienen demasiados volúmenes, les pedimos asistencia o nos las arreglamos por nuestra cuenta. A Weizenbaum le gustaría que desconfiáramos de lo que vemos en nuestras pantallas, ya sea en la televisión o en Internet. Weizenbaum no menciona qué va a aconsejarnos, en qué hemos de confiar, qué es verdadero y qué no lo es, ni cómo discriminar la información que obtenemos. En resumen, la función del mediador es abandonar, favoreciendo el cultivo de la sospecha general.
Olvidémonos de la info-ansiedad de Weizenbaum. Lo qué hace que la lectura de una entrevista sea tan interesante es su insistencia en el arte de hacer las preguntas correctas. Weizenbaum nos advierte contra un uso acrítico de la palabra “información”. “Las señales que aparecen en el interior del ordenador no son información. No son más que señales. Sólo hay una manera de convertir las señales en información, y es a través de la interpretación”. Para ello dependemos del trabajo del cerebro humano. El problema de Internet, según Weizenbaum, es que nos invita a que la veamos como si fuera el oráculo de Delfos. Internet nos facilitará respuesta a todas nuestras preguntas y problemas. Pero Internet no es una máquina expendedora en la que uno echa una moneda y, de inmediato, obtiene lo que queremos. La clave está aquí es la adquisición de una formación adecuada pata formular la consulta correcta. Todo gira en torno a eso, a plantear la pregunta adecuada. Para ello se necesita educación y experiencia. No se consiguen niveles más altos de educación por el simple hecho de que algo sea más fácil de publicar. Weizenbaum: “El hecho de que cualquiera pueda poner cualquier cosa en línea no significa mucho. Lanzar algo aleatoriamente sólo permite pescar algo al azar”. La comunicación por sí mismo no nos conducirá a un conocimiento útil y sostenible.
Weizenbaum relaciona la indiscutible confianza en la (herramienta de) búsqueda al auge discursivo del término “problema”. Los ordenadores se han presentado como “solucionadores de problemas generales” y su objetivo sería proporcionar una solución para todo. Se invita a la gente a que delegue sus vidas en el ordenador. “Tenemos un problema”, sostiene Weizenbaum, “y el problema exige una respuesta”. Pero las tensiones personales y sociales no se pueden resolver señalando que son un problema. En lugar de Google y la Wikipedia, lo que necesitamos es “la capacidad de analizar y pensar críticamente”. Weizenbaum lo ilustra mostrando la diferencia que hay entre oír y escuchar. Una comprensión crítica requiere en primer lugar sentarse y escuchar. Es decir, tenemos que leer, no sólo descifrar, y aprender a interpretar y a comprender.
Como se podría esperar, la llamada Web 3.0 se anuncia como la respuesta tecnócrata a la crítica de Weizenbaum. En lugar de los algoritmos de Google basados en palabras clave y en la obtención de resultados según su ranking, pronto vamos a poder hacer preguntas a la siguiente generación de motores de búsqueda que siguen los patrones del “lenguaje natural”, como Powerset [que fue adquirida el pasado julio por Microsoft, algo que Lovink no pudo saber cuando escribió este texto]. Sin embargo, podemos suponer que los lingüistas computacionales serán cautos a la hora de actuar como una “fuerza policial de contenidos” que decide qué es y qué no es basura en Internet. Y lo mismo se puede decir para las iniciativas de la Web Semántica y tecnologías similares de inteligencia artificial. Estamos atrapados en la era de la web de recuperación de información. Dado que el paradigma de Google es el análisis de enlaces y el Page Rank, la próxima generación de motores de búsqueda será visual y empezará indexando la imagen del mundo, pero esta vez no se basará en las etiquetas que los usuarios hayan añadido, sino en la “calidad” de las imágenes en sí mismas. Bienvenidos a la jerarquización de lo real. Los próximos manuales de usuario de los ordenadores introducirán a los chiflados de la programación en la cultura estética. El club de entusiastas convertidos en codificadores serán los nuevos agentes de mal gusto.
Desde el surgimiento de los motores de búsqueda en el decenio de 1990 hemos estado viviendo en la “sociedad de la pregunta”, que, como indica Weizenbaum, no está muy lejos de la “sociedad del espectáculo”. Escribiendo a finales del decenio de 1960, el análisis situacionista de Guy Debord se basaba en el auge de las industrias del cine, la televisión y la publicidad. La principal diferencia es que hoy se nos pide explícitamente que interactuemos. Ya no somos interpelados como una masa anónima de consumidores pasivos, sino que somos “agentes distribuidores” que estamos presentes en una multitud de canales. La crítica de Debord a la mercantilización ya no es revolucionaria. El placer del consumismo está tan generalizado que ha llegado al punto de convertirse en un derecho humano universal. Todos amamos el fetiche de la mercancía, las marcas, y nos puede el glamour por esa suerte de celebridad mundial que exclama en nuestro nombre. No hay ningún movimiento social ni práctica cultural, ni siquiera radical, que pueda escapar a la lógica del consumo. No se ha ideado ninguna estrategia para vivir en la edad del post-espectáculo. En cambio, las preocupaciones se han centrado sobre la vida privada, o sobre lo que queda de ella. La capacidad que tiene el capitalismo para absorber a sus adversarios es tal que, a menos que todas las conversaciones telefónicas privadas y el tráfico de Internet pasen a ser públicamente disponibles, es casi imposible argumentar por qué necesitamos todavía la crítica -en este caso sobre Internet. Incluso en ese caso, la crítica se parecería a una “democracia de accionistas” en acción. En efecto, la delicada cuestión de la intimidad se convertiría en el catalizador de una mayor conciencia acerca de los intereses corporativos, pero sus participantes serían cuidadosamente separados: la entrada a la masa accionarial se limita a las clases medias y superiores. Esto sólo subraya la necesidad de un dominio público animado y variado sobre el que ni la vigilancia estatal ni los intereses mercantiles tienen una opinión sustantiva.

Paremos de buscar, empezamos a cuestionar

En 2005, el presidente de los Biblioteca Nacional de Francia, Jean-Noël Jeanneney, publicó un texto en el que advertía de la voluntad de Google de “organizar la información del mundo” (Google desafía a Europa. El mito del conocimiento universal. PUV, 2007). Este volumen sigue siendo uno de los pocos documentos que ha desafiado abiertamente la indiscutible hegemonía de Google. El objetivo de Jeanneney es sólo un proyecto concreto, Book Search, mediante el cual están siendo escaneados millones de libros de las bibliotecas universitarias americanas. Su argumento es muy francés, muy europeo. Dado que Google no selecciona los libros según un patrón de edición ni sigue una pauta sistemática, el archivo resultante no representa adecuadamente a los gigantes de la literatura nacional, como Hugo, Cervantes o Goethe. El proyecto de Google está claramente sesgado en favor del inglés, de modo que no es el socio adecuado para construir un archivo público del patrimonio cultural del mundo. “La elección de los libros a digitalizar quedará impregnada por la atmósfera anglosajona”, escribe Jeanneney.
Si bien es un argumento legítimo en sí mismo, la cuestión es que el interés primordial de Google no es crear y administrar un archivo en línea. Google sufre un tipo de obesidad, la causada por los datos, y es indiferente a las demandas en pro de una preservación cuidadosa. Sería ingenuo pedir que tuviera conciencia cultural. Se trata de una empresa cínica cuyo objetivo principal es vigilar la conducta de los usuarios con el fin de vender los datos del tráfico y los erfiles a terceros que estén interesados. Google no quiere hacerse con Emile Zola; su intención es engatusar al amante de Proust y que vaya a su archivo. Mientras para los franceses las obras de Balzac son la epifanía de su lengua y su cultura, para Google son un montón de datos abstractos, recursos en bruto cuya única finalidad es obtener beneficios. Queda como una cuestión abierta la de si el proyecto europeo de respuesta a Google, el motor de búsqueda multimedia Quaero, estará alguna vez en funcionamiento, y eso por no hablar de si encarnará los valores defendidos por Jeanneney. Cuando aparezca Quaero, el mercado de los motores de búsqueda estará ya una generación por delante del propio Quaero en capacidades creativas y mediáticas, y algunos sostienen que Jacques Chirac estaba más interesado en mantener el orgullo francés que en el avance mundial de Internet [como se señala en la Wikipedia].
No es ninguna sorpresa que los críticos más feroces de Google sean norteamericanos. Hasta la fecha, Europa ha invertido muy pocos recursos en comprender conceptualmente y cartografiar la nueva cultura de los media. En el mejor de los casos, se puede decir que la UE es el primer adaptador de estándares y productos técnicos procedentes de otros lugares. Pero lo que cuenta en la nueva investigación sobre los media es la supremacía conceptual. La investigación tecnológica por sí sola no hace el trabajo, no importa cuánto dinero invierta la UE en el futuro en la investigación sobre Internet. Mientras se reproduzca la brecha entre la cultura de los nuevos medios, por un lado, y los principales gobiernos y las instituciones culturales y privadas, por otro, no habrá una floreciente cultura tecnológica. En resumen, debemos dejar de ver la ópera y las otras beaux artes como compensación por la insoportable levedad del ciberespacio. Además de la imaginación, la voluntad colectiva y una buena dosis de creatividad, los europeos podrían movilizar su particular costumbre de quejarse transformándola en una forma productiva de negatividad. La pasión colectiva por la reflexión y la crítica podrían ser utilizadas para superar el síndrome de outsider que muchos creen tener asignado en su papel de simples usuarios y consumidores.
Jaron Lanier escribió en el obituario de Weizenbaum : “No dejaríamos que un estudiante se conviertiera en un investigador profesional de la medicina sin que antes hubiera experimentado con la doble bind (doble coacción), los grupos de control, los placebos y la reproducción de resultados. ¿Por qué damos con la informática ese paso único que nos permite ser indulgentes con nosotros mismos? Todo estudiante de ciencias de la computación debe estar entrenado en el escepticismo de Weizenbaumian y debería tratar de introducir esa preciosa disciplina entre los usuarios de nuestros inventos”. Tenemos que preguntarnos: ¿por qué los críticos norteamericanos de internet son mejores y más radicales? Ya no podemos utilizar el argumento de que están mejor informados. Mis dos ejemplos, que trabajan en la senda de Weizenbaum, son Nicholas Carr y Siva Vaidhyanathan.
Carr proviene de la industria (Harvard Business Review) y es el perfecto crítico desde dentro. Su reciente libro, The Big Switch. Rewiring the World, From Edison to Google (W.W.Norton, 2008), describe la estrategia de Google para centralizar, y así controlar, la infraestructura de Internet a través de su centro de datos. Los ordenadores son cada vez más pequeños, más baratos y más rápidos. Esta economía de escala permite externalizar el almacenamiento y las aplicaciones con poco o ningún costo. Las empresas están pasando de los departamentos físicos de tecnologías de la información a los servicios de red. Hay un giro irónico aquí. Los gurús de moda en el mundo de las tecnologías de la información solían hacer chistes en el pasado sobre el responsable de IBM Thomas Watson y sobre su predicción de que el mundo sólo necesitaba cinco ordenadores -sin embargo, ésta es exactamente la tendencia. En lugar de mayor descentralización, el uso de Internet se concentra en unos pocos centros de datos, con un consumo de energía enorme. Carr ignora la codicia de las puntocom convertidas a la Web 2.0 y en su lugar se centra en los aspectos amorales de la tecnología. El proyecto de Siva Vaidhyanathan, The Googlization of Everything, tiene por objeto sintetizar la investigación crítica sobre Google en un libro que aparecerá en 2009. En el interín, la materia prima está expuesta en uno de sus blogs.
Por el momento, seguiremos estando obsesionados con la disminución de la calidad de las respuestas que obtenemos a nuestras preguntas – y no con el problema subyacente, es decir, la mala calidad de nuestra educación y la decreciente capacidad de pensar de una manera crítica. Tengo curiosidad por ver si las futuras generaciones personificarán -o quizá debería decir diseñarán- esas “islas de la razón” de las que hablaba Weizenbaum. Lo que necesitamos es reapropiarnos del tiempo. En este momento ya no basta con pasear como un flaneur. Toda la información, cualquier objeto o experiencia está instantáneamente al alcance de la mano. Nuestro defecto tecno-cultural es la intolerancia temporal. Nuestras máquinas registran el software con una superfluidad y una impaciencia cada vez mayores, exigiéndonos que instalemos la siguiente actualización. Y todos estamos demasiado dispuestos, movilizados por el temor a que empeore el rendimiento. Los expertos en usabilidad miden las fracciones de segundo en las que decidimos si la información que aparece en la pantalla es lo que estamos buscando. Si estamos insatisfechos, le damos al ratón y nos vamos. Descrubrir algo por azar requiere mucho tiempo. Podemos alabar la aleatoriedad, pero difícilmente practicamos esta virtud con nosotros mismos. Si ya no podemos tropezar con las islas de la razón a través de nuestras consultas, podemos construirlas nosotros mismos.
Junto con Lev Manovich y otros colegas, yo sostengo que tenemos que inventar nuevas maneras de interactuar con la información, nuevas formas para representarla y nuevas formas para hacerla significativa. ¿Cómo están respondiendo a estos retos los artistas, los diseñadores y los arquitectos? Paremos de buscar. Comencemos a cuestionar. En lugar de tratar de defendernos a nosotros mismos contra el “exceso de información”, podemos abordar esta situación de forma creativa, como la oportunidad de inventar nuevas formas que sean apropiadas para un mundo tan rico en información.

(Thanks to Ned Rossiter for his editorial assistance and ideas)

Críticas. Entrevista; Otra.

los bárbaros

Alessandro Baricco. Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación. España, Anagrama, 2008.

Los bárbaros

Hay varios tipos de barbarie. Todos se parecen. Si no fuera así, algunos quedarían fuera de la clasificación.
Incluso puede decirse algo más: el intento por tipificar modos de ser bárbaro no borra o desdibuja una frontera sino que la corre hacia afuera, y hace de las barbaries de extramuros formas ininteligibles. Por ejemplo, en el libro Ciudad de Dios de Paulo Lins (e incluso en la película homónima, la que me gustó más), el narrador nos dibuja una villa miseria (una favela) cada vez menos borrosa, cada vez más predecible. En ese pago hay una banda de niños incodificados, primitivos, anormados, anómalos, etc. Seres difíciles de seguir, inmorales. Bueno, ahí está otra vez, el centro negro de la barbarie.
Pero esos tipos ideales también adquieren sentidos no a través de lo que separan sino de lo que amontonan: sus audiencias. Hay un público para cada definición de bárbaro y el más curioso y extravagante de todos ellos es aquel al que lo bárbaro le gusta. Sin embargo, aún ese público es heterogéneo. Podríamos dividirlo en dos grandes grupos: a algunos sólo le gusta la barbarie política. Simpatizan con aquella modulación que altera las relaciones de poder, que se queda con él o al menos lo reclama (consciente o inconscientemente, hay ahí otra división celular). Y, hay que aclarar, no es cuestión de gustos. Ese grupo que prefiere la barbarie política no presentará demasiadas objeciones si se marchara contra la clase civilizada, se le arrancara el gobierno de las manos, se tomaran drásticas medidas contra los enemigos y y se convirtiera toda la comarca en una pira. Pero si en medio de ese carnaval de "fuego en los castillos" ardieran cien años de tradiciones pictóricas y se mearan quinientos años de cerámica, voces desde el grupo empezarán a preguntar si todo eso es necesario…
En Los bárbaros… Alessandro Baricco manifiesta una profunda curiosidad por la mutación social contemporánea. El novelista italiano pertenece a la sección de los que gustan de una barbarie "no política" (ya sé, no sirve de nada ese nombre). Podría poner varios ejemplos de los límites de ese tipo de simpatía por el demonio, pero tal vez todo pueda resumirse en la increíble ausencia en las excelentes reflexiones de Baricco de la violencia como procedimiento bárbaro. Pero veamos (hay dos posts de Alejandro Piscitelli que son inexcusables para acompañar la lectura de Baricco -de hecho me enteré de la existencia del libro por el primero de ellos-: uno y dos).
Baricco parte del vago sentimiento generalizado en la comunidad intelectual y sus alrededores acerca del saqueo, del empobrecimiento cultural, de la metralla de los reality shows, los fast food, las larguísimas ediciones de la autoyuda ("una especie de declive de la cultura burguesa occidental"). Sus ensayos están pensados para escapar del sentido común culturalista y para comprender al monstruo (uno con branquias detrás de las orejas, que será acuático aunque ahora sea anfibio). Baricco escribió un libro por entregas (en principio Los Bárbaros… fue columnas en La Repubblica, publicadas durante el 2006); y ese libro trata acerca de lo que él considera un cambio radical en la concepción de la experiencia y el sentido. Y para considerar los síntomas de esa metamorfosis (superficie en lugar de profundidad, velocidad por reflexión, multitasking en lugar de especialización, etc.) Baricco se detiene en tres objetos culturales magníficos: el vino, el fútbol y los libros. Compara este momento con el contexto del ascenso de la burguesía, y considera que esta mutación es una carga antiromántica y, en cierto modo, contra la ilustración. Sin embargo, como su audiencia es civilizada los acentos no están puestos en los más revulsivo de la batería bárbara sino en las preguntas que liberan en su ataque a la noción de espíritu, noción que rodea asfixiantemente también a muchos civilizados. Y a cada paso, Walter Benjamin. Un Benjamin "disminuido" podríamos decir si nos diera por hacernos los civilizados, en la medida en que esas comparaciones se hacen a marchas forzadas (toda la culpa, dice Baricco, la tienen estas branquias que han empezado a salirme), pero un benjamin al fin. Cada tanto, el escritor consigue hacernos creer que estamos leyendo un tratado, porque sus intuiciones son fenomenales: por ejemplo cuando reflexiona sobre las admoniciones contra Google y se pregunta "¿Qué clase de criterio de calidad es este que está dispuesto a trocar un poco de verdad a cambio de una cuota de comunicación?" Y es que el costo de la verdad es altísimo, dice Baricco. El esfuerzo que implicaba entender La Novena ya no rinde sus frutos (además, como bien dice Lévi-Strauss, ya muy pocos leen música), ya no da placer. Sólo parece haber necesidades. Dice Baricco:

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…con la complicidad de una determinada innovación tecnológica, un grupo humano esencialmente alineado con el modelo cultural del Imperio accede a un gesto que le estaba vedado, lo lleva de forma instintiva a una espectacularidad más inmediata y a un universo lingüístico moderno, y consigue así darle un éxito comercial asombroso…

Los límites de este libro son lo mejor que tiene porque dan lugar a preguntas y discusiones: en la cita, la noción de Imperio es casi tan discutible como el término ese de "forma instintiva". Es que Baricco enmudece frente a las hordas que pueblan Europa y frente a las variaciones violentas con las que se expresan algunos clanes bárbaros. Y habla la lengua sapiente de la razón para que los civilizados lo acompañen. Tomando como metáfora a la Muralla China les habla a los burgueses del espíritu para que comiencen a comprender, para escapar de la figura ominosa del monstruo. Por momentos mutante, por momentos pensante, Baricco no sabe cómo rematar sus analogías y metáforas porque no quiere hablar del expediente político de la mutación. Prefiere decir que todos estamos mutando. ¿Es eso?, ¿eso es lo que pasa?

Cassin y Google

Bárbara Cassin. Googléame. La segunda misión de los Estados Unidos, CFE-Biblioteca Nacional, Buenos Aires, 2008, 159 páginas.
Googléame

En algún lugar de su libro, la filósofa Bárbara Cassin usa una frase que nos viene bien: "un contra-torpedero es ante todo un torpedero". Si esa sentencia la aplicamos sobre Googléame… nos obliga a desmontar un dispositivo sobre el que muchos sólo han reparado en su manifiesta intención (este, otro, esteotro): cuestionar la empresa Google, a partir de algunos comentarios críticos sobre dos de sus principios más reconocidos: organizar la información y no ser malvado. Google y sus partidarios (?) pueden argumentar que tratamos con una empresa cultural y democrática; Cassin dice que Google que no es ni democrática ni cultural. El desenfreno consumista, la intratable metralla de clics y la ilusión del PageRank son temas que Cassin aborda para echar por tierra las aspiraciones que alguna vez los ex-jóvenes dueños de Google le contaron a Playboy (la autora sobreusa no intencionalmente esa entrevista). Su propuesta no es muy distinta a la que a menudo oímos por ahí: una vuelta a lo mejor del patrón letrado, a un mundo de evaluadores tangibles, con criterios cualitativos de ponderación, a una arcadia de expertos en la que la política consista en "ayudar de manera diferencial a escoger lo mejor". La frase del torpedero exige entonces que, aún si coincidimos con algunos de los argumentos de Cassin en este texto, nos detengamos a pensar la oferta que la autora nos hace para que dejemos de clickear por un segundo.
Después de leer el libro no es fácil decir si se trata de un manual de cuestiones ligadas a Google (tiene "recuadros" en donde se explican algunas cosas –no todas– que el lector imaginado tal vez desconozca) o de un catálogo de denuncias contra la empresa búsqueda-centrada. La duda obedece a que el pequeño libro está a mitad de camino de ambos destinos. Aquellos que hayan leído un par de libros sobre Google advertirán además que mucho ya ha sido dicho. El libro de John Batelle, Buscar, trata de manera más sistemática y con perficiencia muchos de los temas indicados por Cassin. Googléame… se pone mejor hacia el final, en donde la autora toca algunas cuestiones ligadas a proyectos europeas que compiten con Google y donde Cassin se explaya, un poco, sobre la comparación entre Google y la sofística. Sin embargo, las definiciones más "iluministas" de la autora aparecen en los últimos capítulos, en especial en el que trata sobre la "democracia cultural". Y es esa pócima, la infusión de la "obra", del lugar del "autor", de la "verdad", de la "calidad", de la "autoridad", etc., la que ya no se puede vender tan fácilmente, la que ya no podemos ingerir por ninguna vía de manera fluida. Las nuevas tecnologías, y entre ellas Internet y entre ellas la web, han hecho la ingesta un tanto más complicada. Cassin lo sabe.
Lo sabe tanto como conoce el hacer académico. Pero a la hora de hablar sobre las problemáticas implicadas en Googléame… (luego de decir que la primera misión es la Bush y la segunda misión a la que hace referencia el subtítulo del libro es la de Google) prefiere cuestionar al PageRank o a la Wikipedia sin haber citado ni una décima parte de la vastísima bibliografía existente sobre esos temas. Uno espera de un intelectual que si va a referir a la gallina araucana, conozca algo de su fisonomía. Máxime si se dedica a denostarla (Cassin critica a Wikipedia, pero una de sus fuentes principales es la propia Wikipedia).
Por otro lado, en el texto se escucha el rumor de un debate que no termina de emerger: una carga de profundidad que la autora arroja como al pasar sobre la cosa de Europa vs. Norteamérica. No sólo allí donde discute efectivamente cómo deberían estar pensados los proyectos de la CEE en competencia con proyectos americanos (redes, GPS, etc.), sino cuando Google aparece muy cerca de Bush y todo ello muy cerca del american way. También puede ligarse a eso la apelación a bibliografía en francés: nada revela más la encerrona francesa que la visión del francés en el aparato crítico de un libro que toca un tema multiplicado por la expansión de la anglofilia.
No tengo la menor duda que el sueño Google debe ser sometido a todo tipo de iconoclastias, pero no nos haremos aquí amigos de Platón por eso. Los mejores intelectuales –Cassin está entre ellos– deben ponerse a practicar, a leer, en fin a inteligir la cosa de la que hablan.
Hace tiempo escribí una reseña sobre el libro de John Batelle. Pensaba que el libro era demasiado festejante de la maravilla Google. Pero es bueno, muy bueno.

Digital Humanities en el 2007 [parte 3]

Continuamos con la [desafortunada] traducción de los posts de Lisa Spiro de Digital Scholarship in the Humanities. Este es el 3/3.
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En mis posts previos fui resumiendo los desarrollos de las digital humanities [DDHH] durante el 2007. Abordé los esfuerzos tendientes a construir la ciberinfraestructura para las humanidades a través de nuevos programas de financiamiento y nuevas instituciones. Reflexioné, además, sobre temas como el de la autoridad y la confiabilidad. En este último post voy a dar una ojeada a formas emergentes de investigación digital entre las humanidades, y voy a referirmea también a las redes sociales. Estoy segura de que se escapan muchos asuntos, así que, por favor, agreguen lo suyo en los comentarios.

E-Science como modelo para las humanidades. Agencias de financiamiento, sociedades académicas, bibliotecas de investigación y cosas parecidas promueven la e-Science. Término que el UK Research Council definió como "ciencia a gran escala que de modo creciente se practica a través de colaboraciones globales, facilitadas por internet. Una característica frecuente en este tipo de emprendimientos de cooperación científica es que requieren acceso a grandes colecciones de datos, recursos informáticos a gran escala y una alta performance en la visualización de datos". La NSF está invirtiendo millones en construir la ciberinfraestructura para la ciencia. Si bien la NEH está haciendo admirables y enérgicos esfuerzos para apoyar a las DDHH, su prusupuesto es mucho más pequeño que el de la NSF. En aras de generar más apoyo para las DDHH, pienso que necesitamos continuar presentando la iniciativa a patrocinadores potenciales, directivos y colegas universitarios, explicando qué tipo de problemas ligados a la investigación pueden ser atacados si tenemos mejores herramientas y recursos. Ciertamente artículos como el "ACLS Report on Cyberinfrastructure for the Humanities & Social Sciences" dan una buena perspectiva de las DDHH y describen qué es lo que se necesita, como lo hace el texto de Cathy Davidson, "Data Mining, Collaboration, and Institutional Infrastructure for Transforming Research and Teaching in the Human Sciences and Beyond". Davidson recomienda que los investigadores de las humanidades avancen hacia lo que ella denomina Humanidades 2.0, que, como la Web 2.0, es colaborativa y orientada al usuario. La investigación ya está siendo transformada con el acceso a cantidades mayúsculas de datos, pero Davidson propone que los investigadores de las humanidades sigan la senda de los científicos y se embarquen en proyectos más amplios y más colaborativos. Llama a colaborar trascendiendo tanto las disciplinas como las fronteras, insistiendo que los investigadores humanísticos proveen una perspectiva vital para proyectos cientíticos y que podemos hacer a un lado nuestros propios marcos culturales. Claro que, como Davidson reconoce, los investigadores humanísticos habitualmente no son remunerados por proyectos colaborativos o por investigar sin que sus resultados se publiquen como libro o artículo, por lo que la cultura académica deberá cambiar.

Formas emergentes de investigación digital. En el 2007 algunos proyectos de las DDHH demostraron cómo el avance en materia informática puede permitir a los investigadores humanísticos atacar problemas complejos. Por ejemplo:
Modelos computarizados 3D: El lanzamiento de Rome Reborn de IATH, un preciso modelo digital de Roma en la Antigüedad Tardía, ha ilustrado el potencial de la modelización computacional como una forma de hacer investigación histórica y arqueológica. En tanto los usuarios "caminan" o "vuelan" a través de la Roma Antigua, pueden alcanzar un mejor entendimiento de cómo la ciudad funcionaba, así como también percibir cómo el inmenso tamaño de los monumentos pudieron afectar la percepción de los ciudadanos acerca de la grandeza de Roma. El pueblo de Rome Reborn es muy atractivo pero a mí me interesa no sólo el aspecto del plan de hacer un detallado modelo de la ciudad sino también las herramientas provistas para el análisis y la comunicación académicos. Cuando exploro espacios virtuales, me pregunto cuán precisos son y qué evidencia fue utilizada para justificar la representación de una columna o un mosaico de una manera particular. Asumo, por supuesto, que un centro de investigación como el IATH se esforzará por ser lo más preciso posible, pero algunas decisiones deben tomarse, pese a todo, en base a conjeturas, así que la posibilidad de ver la documentación que respaldó las decisiones puede servir a los investigadores. En Rome Reborn, los investigadores pueden añadir nuevas "capas" de información utilizando un "wiki moderado". Rome Reborn puede estar disponible a través de Second Life, lo que hace más accesible pero también lo dispone para otros usos…
Después de su exagerada promoción durante el 2006, Second Life está bajo escrutinio. En "Second Thoughts about Second Life", Michael J. Bugeja subrayó los riesgos que deben afrontar las universidades en sus intervenciones en Second Life, especialmente debido al hostigamiento (y cosas peores) que regularmente circula en ese mundo. Otros han sido escépticos acerca del potencial educativo de un ambiente que parece hacer foco en el entretenimiento adulto. Yo todavía veo potencial en SL para la enseñanza y la investigación. Ayudé a moderar la versión de Second Life de De Lange Conference on Emerging Libraries de la universidad de Rice, y me quedé impresionada por las vívidas discusiones que tuvieron lugar durante las sesiones; ser "virtualmente" presentados parece alentar el diálogo. Como informó el Chronicle of Higher Education en Professor Avatar (requiere subscripción), SL ha sido utilizado exitosamente en clases de antropología, para que los estudiantes investigaran los comportamientos en mundos virtuales; en comunicación, para que los estudiantes crearan y comentaran acerca de espacios virtuales; y en literatura, para que los estudiantes exploraran mundos literarios como el infierno del Dante. A pesar de que Second Life presenta muchos problemas tanto tecnológicos como culturales, pienso que los mundos virtuales 3D tendrán un rol de creciente importancia en educación, en la medida en que ellos permiten que las personas exploren fenómenos que de otro modo serían imposibles de visualizar (sociedades pasadas, moléculas, etc.) y proveen ambientes interactivos y inmersivos.

Minería de datos y visualización. MONK, "un ambiente digital diseñado para ayudar a los investigadores humanísticos a descubrir y analizar patrones en los textos que estudian", ganó un millón por el premio ortogado por la fundación Mellon. MONK ya está produciendo muy buenos trabajos, como el de Tanya Clement et. al.: "'Something that is interesting is interesting them': Using Text Mining and Visualizations to Aid Interpreting Repetition in Gertrude Stein’s The Making of Americans", el que no sólo muestra cómo las herramientas de minería de datos pueden ayudar a la exploración del uso de la repetición en Stein, sino también explicar el proceso de diseño y desarrollo de herramientas que presenten las necesidades de los investigadores en literatura y hagan posible nuevos hallazgos.
La base de datos como género acádemico. El número de octubre de PMLA presentó un fascinante debate acerca de la base de datos como género a partir del ensayo del co-editor del Archivo Walt Whitman, Ed Folsom, y las respuestas de Jonathan Fredman, N. Katherine Hayles, Jerome McGann, Meredith L. McGill y Peter Stallybrass. Citando a Lev Manovich, Folsom sostiene que la base de datos es "el género del siglo XX", "un género que se opone a la narrativa más porque acopia detalles, y menos porque impone una estructura. Folsom dice que el Archivo Walt Whitman es actualmente (y virtualmente) una base de datos que concentra materiales dispersos y permite reordenamientos y accesos aleatorios. Como encontré en un proyecto de investigación que hice con mi colega Jane Segal, el Archivo Whitman es en sí mismo un trabajo de investigación que hizo invaluables contribuciones al estudio de Whitman, abriendo nuevos interrogantes al permitir el acceso a algunos, hasta entonces, inaccesibles trabajos. De acuerdo con Folsom:

quotep

En tanto las bases de datos contienen información muy detallada, podemos comenzar a preguntarnos si la narrativa misma está bajo amenaza. Siempre supimos que cualquier relato o teoría puede ser cuestionada si podemos acceder a materiales ignorados, pero cuando los archivos eran físicos y estando esparcidos por todo el mundo resultaban a menudo inaccesibles, era más simple aceptar un relato hasta que alguien se tomara el trabajo de investigar en los archivos y alterara la narración con información antes no considerada. (1576)

Los humanos definen el data model y juntan los datos (o configuran los instrumentos que lo hacen). ¿Qué dejan afuera las bases de datos, y cómo puede eso afectar a la investigación? ¿Cómo puede construirse una argumentación basada sólo en datos, sin una estructura narrativa? En su réplica a sus comentaristas, Folsom revisó su metáfora sobre la narrativa y las bases de datos y en su lugar adoptó la metáfora de N. KAtherine Hayles que indica que ambos términos existen en una relación simbiótica, con las bases de datos abasteciendco los detalles que la narrativa organiza en un conjunto coherente de enunciados. Aún así encuentro que la noción de base de datos, con su supuesta amplitud y maleabilidad permite a los usuarios desafiar las grandes narrativas de la intriga. Pero ¿no depende la respuesta que obtenemos cuando hacemos una consulta a una base de datos, de la organización de la consulta y de la interpretación que hacemos de los datos?

Social networking in higher-ed. Si las "Humanidades 2.0″ implican colaboración, datos y herramientas, ¿qué tecnologías se requieren para sostener el trabajo colaborativo? El más visible ejemplo de red social es probablemente Facebook, que nació en el 2007 entre grupos de graduados, desencadenando especulaciones acerca de los potenciales usos del social networking en la academia. Al abrir sus API a desarrolladores externos, Facebook amplió sus características y su audiencia, pero eso hizo enojar a muchos de sus usuarios a raíz del programa Beacon, que violaba la privacidad haciendo accesible información a través del feed de Facebook. La mayoría de las aplicaciones de Facebook parecen ser de entretenimiento (rankeando a tus amigos o convirtiéndolos en zombies), pero creo que algunas aplicaciones como BooksIRead pueden utilizarse en contextos académicos. A través de BooksIRead, podemos llevar un control de nuestras lecturas, ver lo que leen nuestros amigos, y hallar recomendaciones y reseñas de otros libros que pueden gustarnos, y todo eso participando en una comunidad intelectual.
El "OCLC’s Sharing, Privacy & Trust in Our Networked World" muestra que la población de usuarios de las redes sociales es grande y está creciendo. Me pregunto si las tecnologías de las redes sociales pueden lograr que los investigadores se junten y se comuniquen y ataquen problemas comunes. La revista Nature puede ser un modelo de sitio con su propia red social de cientistas, Nature Network, que incluye perfiles del personal, blogs, clasificados laborales, mesas de debate, tagging y grupos. Pero no parece que haya habido adopción generalizada de ese modelo todavía, y además, para ser exitoso, un sitio enfocado en la generación de contenido por parte de los usuarios necesita, hmm, usuarios. De acuerdo con el informe OCLC, las razones más fuertes por las que la gente ingresa a una red social es porque sus amigos están ahí y para divertirse. ¿Qué puede seducirlos a unirse a sitios de redes sociales profesionales? Puedo asumir que conectarse con los colegas puede ser una razón de primer orden, en aras de hacer conocer nuestro propio perfil en la investigación y obtener beneficios tangibles, como nuevos saberes o al menos conocer artículos que realmente debemos leer. In "Social Factors in the Adoption of New Academic Communication Technologies", Paul Dimaggio sostiene el astuto argumento de que los efectos de las redes conducen a la adopción de nuevas tecnologías: "Sólo cuando una masa crítica de colegas adopta una nueva tecnología hace que el resto se integre". Tal vez el foco no deba estar tanto en las redes sociales sino en el trabajo colaborativo y en el intercambio de información; NINES y HASTAC proveen modelos de ese tipo de sitios colaborativos en las DDHH.

¿DDHH "verdes"? En el 2007, la amenaza del calentamiento global pareció entrar finalmente en la conciencia pública, con el lanzamiento de un informe del panel del clima de la ONU (IPCC) y el otorgamiento del Premio Nobel a Al Gore y a la mencionada institución. Tengo miedo de un futuro horrendo para mis hijos y estoy tratando de reducir mis copias carbónicas, así como de setear todas las computadoras del laboratorio en "power saving", o [...] apagando celosamente las luces. Me pregunto qué rol, si existe uno, deben tener las humanidades para combatir el calentamiento global. En principio, pareciera que los objetivos de las DDHH tienen poco que hacer para reducir la emanación de gases -en todo caso, encender todos nuestros servidores contribuye al problema. Pero tal vez las DDHH puede contribuir al desarrollo de la ciberinfraestrutura, la que permitirá la colaboración y la innovación en la batalla contra el calentamiento global, y en otros desafíos. Y tal vez las herramientas y recursos desarrollados por la comunidad de las DDHH puedan asisitir a investigaciones de historiadores, teólogos, filósofos, críticas literarios y otros acerca de las dimensiones humanísticas del ambiente.

Quería ver si mi sentido de las ideas más importantes en las DDHH durante el 2007 se daba de bruces con la percepción de otras personas, así que, como buena geek que soy, conté los números de bookmarks en delicious para cada página web y blogs que citamos, utilizando el Bloglines Citations BookMarklet. Debo señalar que estas estadísticas no necesariamente miden significación, sólo frecuencia de las citas. Este enfoque es URL dependiente -si las personas citan o hacen favoritas otras páginas de un mismo sitio web, esto probablemente no se incluya en la cuenta. Los números son de finales de diciembre de 2007 y principios de enero de 2008, por lo que indudablemente han cambiado.

Site # of delicious bookmarks # bloglines links
Digital Humanities Quarterly 22 6
"Our Cultural Commonwealth" 20 6
Digital Humanities Centers Summit 7 3
NEH/ IMLS Advancing Knowledge Grants 9 7
ACLS Digital Innovation fellowships 21 1
MacArthur/HASTAC Digital Media and Learning Competition 119 38
Digital Americanists 7 0
TEI@20: 20 Years of Supporting the Digital Humanities 4 16
Keen vs. Weinberger 307 205
Andrew Keen v. Emily Bell 72 49
WikiScanner 2449 1,460
Amazon Kindle 51 275
Grafton, Future Reading 60 254
Caleb Crain, "Twilight of the Books" 86 439
Newsweek: The Future of Reading
354 822
NEA: To Read or Not to Read
56 106
Kirschenbaum, How Reading Is Being Reimagined 22 3
Jensen, The New Metrics of Scholarly Authority 111 50
University Publishing In A Digital Age 80 97
Symposium: The Future of Scholarly Communication 8 1
Google Books: Is It Good for History? 16 2
Inheritance and Loss: A Brief Survey of Google Books 27 75
The Google Exchange: Leary & Duguid 28 20
Google Books: Champagne or Sour Grapes? 7 7
Davidson, Data Mining, Collaboration, and Institutional Infrastructure for Transforming Research and Teaching in the Human Sciences and Beyond 3 3
Rome Reborn 1246 302
Second Thoughts about Second Life 50 28
Professor Avatar 10 6
MONK 5 20
Folsom, Database as Genre 0 0
OCLC, Sharing, Privacy & Trust in Our Networked World 267 215
Nature Network 139 2740

Estas estadísticas sugieren que la comunidad de las DDHH de gente que bloguea y utiliza el bookmarking es relativamente pequeña, en tanto que los artículos con relevancia específica para las DDHH no son citados o referidos comúnmente. En verdad, algunos de los trabajos que encontré más estimulantes recibieron algunas citas, lo que refleja la naturaleza especializada del campo antes que el valor del trabajo citado. Como sea, algunos tópicos de interés para las DDHH parece que captaron más atención: realidad virtual, el futuro de la lectura, la confiabilidad de Wikipedia y otros sitios de la Web 2.0, y el social networking. Los ensayos que sólo son accesibles por subscripción (como los artículos en PMLA) tuvieron pocas referencias y tal vez eso muestre que las publicaciones "open access" tienen un gran impacto.

¿Qué me perdí o no entendí?