investigación

Prensa y peronismo

Maria Liliana Da Orden y Julio César Melon Pirro (comps.). Prensa y peronismo. Discursos, prácticas, empresas. 1943-1958, Prohistoria, Rosario, 2007, 257 páginas.
Prensa y Peronismo

La relación entre la prensa y el primer peronismo no ha sido lineal y más bien se trató de un vínculo complejo . A la tradicional imagen que mostró al peronismo como un verdugo implacable a la hora de lidiar con las expresiones periodísticas adversas se antepone otra explicación, que no invalida del todo la primera pero la complejiza. Queremos decir que se desprende de varios de los artículos que componen Prensa y peronismo.. . una imagen bastante más matizada de aquella que reduce al peronismo a un autoritarismo que cercenó por completo una de las garantías poliárquicas. La compilación tampoco se queda encerrada en los límites temporales que van de 1946 a 1955. Algunos trabajos abordan la etapa preperonista y otros se adentran en los primeros años de la denominada Revolución Libertadora.
El objetivo no es solamente quedarse con la faz discursiva de los diarios, periódicos o semanarios. Tampoco concentrarse en las experiencias periodísticas que, como el diario socialista La vanguardia, fueron las más claramente perjudicadas por algunas iniciativas gubernamentales. Como adelantan los compiladores “A todas luces y en principio, el análisis de una publicación periodística exige mucha más información de la que contienen sus páginas…”(p.11) Es por ello que en el libro son tratados en paralelo con la prensa, los trabajadores gráficos, los diarios como empresas comerciales y sus propietarios a la luz de una experiencia política con visos rupturistas.
El primer artículo del libro esta dedicado a mensurar las transformaciones de la prensa argentina en los prolegómenos del peronismo. Fundamentalmente cómo impactaron las medidas provenientes de la Secretaría de Trabajo y Previsión en la relación entre periodistas, cada vez más convencidos en considerarse “simples” trabajadores, y los dueños de los medios periodísticos tradicionales como La Prensa, Crítica y La Nación. En efecto, a partir del Estatuto del Periodista, una de las primeras medidas de la flamante Secretaría, Perón “buscaba usar las divisiones de clase dentro de las redacciones no sólo para fracturar internamente a cada diario opositor, sino también para ganar la simpatía activa de los productores directos de buena parte de la información” (p.39). La interesante reflexión de James Cane apunta , como decíamos al principio, a dar más vuelo a las versiones que explicaron la mala relación de Perón y algunos diarios a partir de una defensa que estos últimos hicieron de la pluralidad y las “sanas” costumbres liberales.
Avanzando en la obra aparece una sección dedicada a la prensa de la provincia de Buenos Aires. Este apartado contiene estudios de casos disímiles entre sí, pero signados por una emergencia política y social, más traumática para unos que para otros. Junto con el análisis del diario socialista de Mar del Plata El Trabajo, aparecen las estrategias de adaptación que frente al peronismo clásico adoptó el diario La Capital, también de Mar del Plata, que es enrolado por su autor dentro de la prensa comercial. Dentro del segmento también, es descrita la actuación de la prensa liberal y católica de Tandil desde una mirada que prioriza los realineamientos políticos en aquella pequeña localidad provinciana.
La última parte del volumen esta dedicada a evaluar algunas de las expresiones permitidas y clandestinas durante el posperonismo. A las consideraciones sobre experiencias nacionalistas como Azul y Blanco, se suman los enfrentamientos entre las facciones antiperonistas que pueden rastrearse en las revistas Qué sucedió en 7 días y Mayoría.
El escenario ficticio que generó la proscripción del peronismo posibilitó, incluso, el surgimiento de una prensa política de nuevo cuño como los semanarios Palabras Argentinas y Rebeldía que aparecieron esporádicamente entre 1956 y 1958; también Línea Dura y Norte cuya aparición se remonta desde 1956 hasta 1960. Muchas de estas expresiones, intentaron – a veces desde la clandestinidad- constituirse en la voz de un movimiento quizá más heterogéneo que el grupo que intentó silenciarlo.
Prensa y peronismo. .. se ocupa de un costado de la fértil historiografía del peronismo que merecía ser tratado en profundidad ya que, recurrentemente, se ha tendido a ver el problema de manera lineal, acrítica y ahistórica. Es indudable que en esta materia queda aún mucho por hacer, y es por ello la obra puede convertirse en una valioso referente.

Darnton y la digitalización

Robert Darton publicó un texto en la edición de junio de este año de la revista The New York Review of Books. "The Library in the New Age" se ocupa inequívocamente del lugar de las bibliotecas y de los especialistas ligados a esa institución en la actualidad. El texto sigue el rastro de otro que escribió Anthony Grafton hace un tiempo en The New Yorker. Ambos dan cuenta de cierto malestar: la pérdida de un tipo de autoridad en el trabajo académico que representa la caída de una institución como la biblioteca (no el éxodo de lectores -retirada que ya podía vertificarse antes del surgimiento de las nuevas tecnologías de la información-, sino el desplazamiento de su lugar en las coordenadas de la investigación). Y aunque Darnton no es un enemigo de las nuevas tecnologías, en el texto el espectro asolador se llama Google. El historiador discutirá en 8 puntos algunos problemas vinculados a la digitalización masiva de documentos. No nos detendremos en cada uno de ellos pero conviene revisar una idea del artículo.

Su argumento comienza con una certeza: la inestabilidad del Texto. Pero esa inestabilidad remite a un control, a un lugar de autoridad que la conjure, en lugar de ser intrínseca a un registro que poseyó históricamente -pero para algunos ya lo tiene por naturaleza- un diferencial de poder (y eso hace, pienso, que no tenga mucho sentido decir cosas como, por ejemplo, que todas las épocas son eras de la información). El lugar del bibliotecario es lo que pone en juego esa sentencia de apariencia posmo (según Darnton Google nunca contrató uno, pero si lo hiciera, pienso, la discusión seguiría en pie: si Coca-Cola contrata antropólogos, ¿significa eso que sus estrategias comerciales son más elogiables?) Hacia el final, Darnton dirá que la tinta sobre papel es el mejor lugar para los textos. Y allí la idea de texto adquiere un sentido único que el propio Darnton se encargó de corroer en otros escritos.
El debate se enrarece con este tipo de fórmulas: nadie parece apostar por una utopía de último párrafo en la que Google conviva con bibliotecarios del tipo Jorge (El nombre de la Rosa). Y eso no se debe a que consideremos que Google es fabuloso o a que las bibliotecas huelan a viejo: obedece a que no hay lugar para la utopía una vez que se nos ha planteado la disyuntiva entre dos tecnologías. Y eso no sucede sólo porque el espectro Google posea un afán de poder inescrutable e inextinguible, sino porque se enfrenta a una usina de asimetrías fenomenal y hegemónica: la ilustrada idea de que hay algo que subyace en los textos que puede ser extraído; la idea de que hay un texto en clase. Hay algo de necesario en las instituciones que fundamentan la investigación, y hay algo de "necesario" en la naturalización de sus sentidos menos igualitarios, pero cuando esos sentidos se postulan como fundamentos que tienen su origen en la naturaleza de los materiales con los que se trabaja, el debate se vuelve sobre sí, nos obliga a repensar el sentido mismo de proponer ese tipo de discusiones, de tensiones.
¿Existen diferencias absolutas y radicales entre un documento digital y otro en soporte papel? La pregunta ya las presupone. Y le inventa un aura al soporte papel que se lleva mal incluso con el propio desarrollo de las tecnologías ligadas al proyecto ilustrado, en la medida en que la reproducción mecánica debe aliviar la idea de que una copia de la Biblia, por ejemplo, comprada en Liverpool difiere de otra adquirida en Accra. Para distinguir un soporte de otro, Darnton sugiere que al leer un documento en soporte digital no podemos conocer su tamaño. Es un argumento un tanto rebuscado: entiendo que eso es importante para quienes quieran conocer ese tipo de cuestiones, pero si nos interesara conocer la composición quimíca de la tinta de color rojo aplicada sobre determinados ex-libris, no podríamos decir que el mejor lugar para esos libros es un laboratorio de análisis. Existen, sin embargo durísimos problemas en torno a la digitalización, a los aspectos comerciales ligados a esta última, etc, que Darton revisa. Podría haber continuado su comparación y tratar los problemas de larga duración que aquejan al mundo de las bibliotecas. Pero no: la consigna es cuidar las bibliotecas. Y no se puede estar en desacuerdo con ese principio.

pobres pero honrados

Hace unos días, Lisa Spiro en su blog Digital Scholarship in the Humanities escribió un post (How many texts have been digitized?) en el que comenzó a mapear los usos que ella misma aplicó a los recursos digitales orientados a la investigación académica para hacer su dissertation. Este úlitmo texto puede leerse y comentarse, además, por aquí, bajo Commentpress.
La pregunta con la que comienza Spiro es básicamente esta: ¿en qué medida puede apoyarse una investigación con materiales online? Su respuesta es que puede hacerlo muy bien. Ella pudo acceder a más de la mitad de los documentos primarios y secundarios con los que trabajó entre 1996 y 2002. Si el idioma es una ventaja, el período de algún modo la compensa: entre el 2002 y la actualidad, esos recursos se han multiplicado nuevamente. Acabo de escribir "más de la mitad", pero las cifras son más específicas y controvertidas. En especial porque algunas decisiones con respecto a qué significa "acceder" pueden ser discutidas: un "snippet view" en Google Books, por ejemplo, ¿significa que hemos accedido al material? Tal vez no. Si ya es legítimo sospechar de los criterios de selección docente para tramar un paquete de fotocopias, ¿cómo no hemos de cuestionar las vistas parciales que nos cede Google? Por eso "más de la mitad" es una buena forma de decir que el resultado es estupendo.
Por mi parte, pese a lo que dice Arlette Farge en su libro La atracción del archivo, considero cualquier museo, biblioteca, cine, laboratorio, etc, pequeños cadalsos donde la vida se agosta y los márgenes del gran río burocrático crecen peor que el Paraná. Algunas cosas que pueden ayudar a la investigación (fumar, comer -pizza, pochoclos, lo que sea-, escuchar música, etc.) están, en esos submundos disciplinarios, absolutamente prohibidas. Hace falta citar algo más para completar ese credo hedonista con respecto al archivo específicamente: a diferencia de lo que comentaba Eugenio Cambaceres (era el siglo XIX), viajar cientos de kilómetros en tren -en nuestro caso para consultar un archivo- no es ninguna experiencia cautivante (son expediciones que harían posible nuevas partes a la saga de Nigel Barley -El antropólogo inocente- o la de Bruce Chatwin -El virrey de Ouidah-: una entrada menesterosa a un mundo de carroll-kafkiano del que probablemente salgamos vacíos). Entiendo que existen territorios en donde la recolección de materiales ha sido mistificada (he leído y escuchado algunas sobre el trabajo de campo arqueológico), pero no no ha sido así en el caso del archivo en condiciones latinoamericanas. Sigamos con los ejemplos: la integración de la cámara digital a los procedimientos de recolección de datos documentales ha permitido a) mantener una copia del material (algunos reservorios se parecen a Hogwarts, la escuela a la que asiste Harry Potter: allí aparecen y desaparecen documentos de tremebundo volumen), b) que buena parte del trabajo sobre las fuentes pueda hacerse en la oficina (esto se aplica para otros hemisferios) o en la casa (esto a veces también) o en algunas instalaciones comunes de la unidad académica de la que participa el investigador o la investigadora (ni hablar). Sin embargo, en algunos lugares el uso de esa herramienta no está permitido. Los argumentos son válidos, creo, si exageramos como vengo haciéndolo este último párrafo: la actividad fotográfica se vuelve tan extractiva que casi alcanza el plano del pillaje. Por otra parte todo argumento de naturaleza coercitiva se ajusta a la idea de control experto (del bibliotecario, del director, del especialista en general), y eso lo hace menos extemporáneo. En definitiva: todo apunta a que festejemos, creo, la proliferación de reservorios digitales. Spiro cita a varios. Tomemos 4 de ellos para aproximarnos al problema del acceso a esos archivos en condiciones latinoamericanas: Jstor, Project Muse, Netlibrary y Questia. El costo de subscripción anual al primero y al segundo de ellos es del orden de los miles de dólares (Argentina tiene algún descuento y de acuerdo al sitio, por intermedio de la Secretaria de Ciencia, Tecnología e Innovacion Productiva pueden consultar sus archivos de revistas académicas muchas universidades nacionales -en la que trabajo esa información debe haber sufrido algún retraso). Netlibrary es un tanto más barata, pero en esa biblioteca se paga por libro incluido en un paquete dedicado, así que su precio está en relación a la cantidad de material disponible. Questia acepta subscripciones individuales y cuesta unos 15 dólares por mes la subscricpión a toda la colección. Questia tiene libros y artículos. Netlibrary sólo libros. Ambas empresas poseen software propietario para leer sus materiales. Lo interesante no es acceder a uno sino a los cuatro (o a más: Sage, Ebsco, Ebrary…hay cientos y la mayoría no son gratuitas). Sólo con acceso a todos los reservorios es posible verificar las conclusiones a las que llega Lisa Spiro.
Mientras tanto se multiplican los grandes circuitos de mails para intercambios de passwords, las bolsas de indigentes reclamando claves, pizarras, foros, hangares donde el malandraje reclama acceso al conocimiento. Hasta ahora la doxa que da título a este post se impone: el encargo social es más rápido que la web 2.0.

La historia de los sentidos

post cruzado desde Grand Tour

¿Cómo afectan los cinco sentidos a nuestras experiencias y cómo han informado el curso de la historia? MarK M. Smith, historiador de University of South Carolina at Columbia, explora esas preguntas en su nuevo libro: Sensing the Past: Seeing, Hearing, Smelling, Tasting, and Touching in History (University of California Press/Berg Publishers, 2008). Nada menos que una descripción de la historia de los sentidos desde la antigüedad hasta presente, el último trabajo de Smith pretende profundizar en nuestra comprensión de la historia social y cultural fijando la atención en el sentir.
Sensing the past
Veamos una entrevista aparecida en el Chronicle of Higher Education.
Ante todo, ¿qué es la historia sensorial?
La historia sensorial aborda no sólo la historia de los sentidos sino también su construcción social y cultural, así como su papel al dar textura al pasado. Se ocupa de la manera en la que la gente piensa sobre los sentidos, el proceso cognoscitivo de sus percepciones sensitivas, pero tomando seriamente el contexto social y cultural de esas experiencias. La historia sensorial se esfuerza por enmarcar todo eso de la forma más amplia posible. Enfatiza el papel de los sentidos – incluyendo la vista y la visión – al formar las experiencias de la gente en el pasado y demuestra cómo las personas entendían sus mundos y por qué.
Enseñas en Carolina del Sur y buena parte de tu trabajo se ha centrado en la historia sureña de preguerra. ¿Es la historia sensorial particularmente relevante para esos tiempo y lugar? ¿Tu interés se acrecentó yendo más allá de esa época?
Mi interés particular, la esclavitud meridional de preguerra, va más allá de la historia de la raza, de la clase y de la economía política. De hecho, mi primer libro versaba sobre la historia de la conciencia del tiempo en el sur de preguerra (Mastered by the Clock: Time, Slavery, and Freedom in the American South, University of North Carolina Press, 1997). Mientras investigaba para el libro, pude apreciar no sólo la importancia que tenían los diversos tipos de relojes en la formación de la conciencia del tiempo en aquella zona, sino también el papel fundamental que jugó el sonido del tiempo en las plantaciones del sur.
Desde entonces, me hice mucho más sensible no sólo a la evidencia que indicaba cómo la gente vio el mundo, sino a la importancia de lo oído, lo olido, lo probado y lo tocado en la elaboración de toda clase de relaciones sociales en el sur. En cierto modo, dudo que me hubiera interesado por o estudiado la historia sensorial sino hubiera sido historiador de la esclavitud y del viejo sur en la Universidad de Carolina del Sur.
¿Cuál ha sido tu experiencia al estudiar la historia sensorial? ¿Encontraste referentes?
La historia sensorial – incluso aunque no siempre se la llamara así– tiene realmente una amplia y distinguida genealogía, una que me fue especialmente provechosa cuando comencé a indagar sobre este objeto. El trabajo de los primeros historiadores de la escuela de los Annales era muy práctico, y entre los recientes citaría a Alain Corbin, cuya investigación resulta imprescindible. Puede ser que también se observe la influencia de ciertos antropólogos con preocupaciones históricas, tanto en el desarrollo de este campo cuanto en mi trabajo. Por ejemplo, David Howes, de la Universidad de Concordia [en Montreal], era y continúa siendo un inmenso apoyo, así que los historiadores harían bien en leer su trabajo.
Algunos sentidos – pienso en el olor y el gusto y quizás en el tacto – parece que pueden presentar dificultades a la hora de estudiarlos. ¿Piensas que tales obstáculos son la probable razón de que hayan sido pasados por alto en buena medida en la investigación histórica, o piensas que es más debido a un fuerte prejuicio visual?
Pienso que esas dificultades son en gran parte un error, y la evidencia está en la creciente literatura. Como demuestro en Sensing the Past, tenemos, por ejemplo, un trabajo excelente sobre la historia del olor y del olfato desde la antigüedad hasta presente, y hay una creciente literatura histórica sobre el gusto y el tacto. La evidencia histórica de todos los sentidos está ahí – seguramente no siempre, pero está ahí en cualquier caso.
Has acentuado la importancia de " historizar los sentidos” – para frenar la tendencia a filtrar las experiencias sensoriales históricas con sensibilidades modernas. ¿Puedes explicarlo?
La historia sensorial, al menos a mi modo de ver, debe tener mucho cuidado de no asumir que los sentidos son una suerte de atributo "natural", pues de lo que se trata es de localizar su significado y su función en contextos históricos específicos. En general, pienso que la mayoría de los historiadores interesados en los sentidos están de acuerdo con esta aproximación, especialmente porque asumir que "nosotros" (quienquiera que sea ese "nosotros") podemos experimentar y entender los sentidos del mismo modo como, por ejemplo, un esclavo del siglo XVIII sentía su mundo hace enormemente importante el contexto.
¿El campo de estudio está creciendo?
"Creciendo" no es la palabra adecuada, por suave. Se está multiplicando, tanto que es difícil estar al tanto de lo que se hace. Los historiadores -como los especialistas en las disciplinas afines (especialmente la antropología)- están produciendo trabajos a un ritmo asombroso. El campo está más desarrollado en Europa y en Canadá, pero los historiadores de los Estados Unidos han producido algunos trabajos importantes en los últimos años. Los congresos sobre el asunto están proliferando, el objeto está recibiendo atención continua en las principales revistas – The Journal of American History, por ejemplo, presenta una muy buena sección sobre los sentidos en la historia americana que saldrá este septiembre – y hay también una revista interdisciplinaria, The Senses and Society, publicada por Berg en el Reino Unido. Especialmente atractivas son las Series in Sensory History, con distintos libros y monografías sobre la materia que la Universidad de Illinois publicará pronto.
Sensing the past
Algunos críticos se han preguntado si la historia sensorial es históricamente contingente, y si esa aproximación funciona mejor para el siglo XIX. ¿Qué desafíos predices que representa la era digital para el estudio sensorial?
Una vez más pienso que se equivoca quien sostiene que la historia sensorial es adecuada para un siglo en particular. Sólo en los últimos años los historiadores han producido trabajos fascinantes sobre el papel del olor en el cristianismo antiguo, los sentidos en la Inglaterra medieval o el olfato en el siglo XX en América, por señalar sólo algunos.
La era digital puede realzar algunos aspectos de la historia sensorial. Puedo pensar, por ejemplo, en los clips de audio en línea que capturan algo del pasado y, si están correctamente y rigurosamente contextualizados, pueden ayudar a entender algo sobre cómo la gente los entendía. Resulta bastante irónico que la evidencia impresa -concebida en tiempos como muy ocular- sea una muy buena fuente para capturar qué pensaba la gente sobre los sentidos, el significado que les daban y las maneras en las que cuestionaban esos significados.
PD: Un ejemplo del trabajo de Mark Smith: "The Touch of an Uncommon Man"

La Unión Soviética: los susurros de la gente corriente

post cruzado desde Grand Tour

Decía no hace muchos días mi admirado Manuel Rodríguez Rivero, ahora en El País: “el derrumbe de la ideología que informaba la práctica política en los países del "socialismo real" -es decir, en las burocracias (post)estalinistas realmente existentes-, y el sálvese quien pueda entonado con brío y mala conciencia por buena parte de los intelectuales de izquierda en la última década del siglo XX, ha dejado el vasto campo de estudio del Comunismo en manos casi exclusivas de historiadores liberales o sólidamente instalados en la derecha política, como Richard Pipes u Orlando Figes, particularmente eficaces en su empeño de pulverizar el mito del "buen" Lenin frente al "malvado" Stalin”. De este segundo autor citaba con acierto su “The Whisperers, private life in Stalin Russia, (…), cuyo trabajo en archivos familiares de la época estalinista le ha permitido reconstruir (a veces con cierta "creatividad") la historia -y el sufrimiento- de los que, sin hacer la Historia, se limitaron a padecerla, y de qué modo”.
Orlando Figes
Por supuesto, Figes es considerado un autor liberal o más bien uno de los máximos representantes de la historiografía antibolchevique, y esta última etiqueta que le cuelgan hace que sea bien visto por la derechona de toda la vida. Pero es un error caer en tal trampa, porque no responde totalmente a la realidad. Por su parte, la “creatividad” debe entenderse como voluntad narrativa bien llevada. Si alguien no tiene claro este concepto, remito como en otras ocasiones a Natalie Zemon Davis y, por citar un libro reciente, a su entrevista con Denis Crouzet (Pasión por la historia. Universitat de València, 2006)..
Para quien tenga dudas sobre la trampa antechicha, diré que podemos consultar todavía las palabras de Figes que reprodujo El País hace ahora unos seis años cuando la polémica generada por el libro del novelista británico Martin Amis sobre Stalin (Koba el temible: la risa y los veinte millones). En realidad, resumía las duras palabras que Figes le dedicó en The Telegraph unas semanas antes con el título de “A shocking lack of decorum”:

quotep

"Un buen historiador necesita muchas cualidades (…), pero por encima de todo necesita humildad. No escribimos historia para llamar la atención sobre nosotros mismos”, “Amis nos entrega quizá las 100 mejores páginas que se han escrito sobre Stalin”, pero “de hecho, como pieza de escritura histórica, no es original y es de segunda categoría”. “Me recuerda a muchos de los ensayos de estudiantes pregraduados que he leído: charlatanería basada en los trabajos de otros, agudo e ingenioso (sobre todo con las palabras), precipitado en sus conclusiones y repleto de hechos confusos. Al no contar con ninguna fuente rusa -o al menos eso parece-, inevitablemente hay vacíos y distorsiones”. “Hay errores básicos en casi todas las páginas. Sin embargo, no es la sección histórica la que realmente huele mal, sino la egocéntrica manera en que vincula los hechos de la Rusia de Stalin con su propia experiencia en las secciones personales”, “Me refiero al pasaje en que compara la muerte de su hermana, por trágica que fuera, con el sufrimiento de millones en la Unión Soviética cuyos seres queridos fueron torturados y luego asesinados por unos sádicos en la celda de una prisión o, peor todavía, enviados como esclavos a un GULAG”. “El auténtico protagonista de su libro no es ni Stalin ni sus víctimas, sino Amis, el pretendido historiador: Amis cavilando sobre el sufrimiento del mundo desde la seguridad de su hogar”.

Vaya con el historiador antibolchevique!
El baile de Natacha
De Figes podemos decir que ha escrito libros magníficos, entre los que recomiendo vivamente el espléndido El baile de Natacha (Edhasa, 2006) o Interpretar la revolución rusa: El lenguaje y los símbolos de 1917, este último escrito con Boris Kolonitskii (Biblioteca Nueva-Universitat de València, 2001). Y el pasado octubre apareció The Whisperers, private life in Stalin Russia, que es un proyecto mayor si cabe. Dice Figes que, entre 2003 y 2006, tres equipos de investigadores de la Memorial Society de San Petersburgo, Moscú y Perm recuperaron varios centenares de archivos familiares (cartas, diarios, documentos personales, memorias, fotografías y enseres) que habían sido escondidos por los sobrevivientes del terror estalinista. Además, el grupo entrevistó extensamente a los familiares vivos, a las personas que podían explicar el contexto de estos documentos privados y relacionarlos con los antecedentes familiares. El proyecto estuvo encabezado por Figes, con el apoyo del Arts and Humanities Research Council y el Leverhulme Trust. En suma, una colección única de documentos y de testimonios sobre la vida privada soviética bajo el gobierno de Stalin, reflejando el mundo interior de las familias y de la gente común. A partir de todo ese material se configura su nuevo libro y la página web que lo acompaña. Digamos, eso sí, que la Memorial Society es una institución de signo liberal, nada más, en el contexto que ese término tiene en Occidente y sobre todo en la actual Rusia.
Sobre el libro poco hay que decir, pues ha tenido muy buena acogida y lleva meses en las librerías. La reseña para el New York Times, por ejemplo, la hizo Joshua Rubenstein, responsable de Amnistía Internacional, y señaló que, además de otras virtudes, el volumen resiste ese intento de Putin de reimponer la amnesia moral al pueblo ruso, una resistencia hecha desde la gente común y desde la historia cultural. Así empezaba Rubenstein su análisis:

quotep

For many years, Orlando Figes observes, the memoirs of intellectual dissidents, like Eugenia Ginzburg and Nadezhda Mandelstam, and the work of Aleksandr Solzhenitsyn, “were widely greeted as the ‘authentic voice’ of ‘the silenced,’” telling us “what it had ‘been like’ to live through the Stalin Terror as an ordinary citizen.” Their books did indeed reflect the experience of people like themselves, who were “strongly committed to ideals of freedom and individualism.” But they did not represent what happened to millions of other people who were not opponents of the regime and did not engage in any kind of substantial dissent, but were still dispatched to labor camps, to exile in remote settlements or to summary execution. As Figes, a leading historian of the Soviet period, concludes in “The Whisperers,” his extraordinary book about the impact of the gulag on “the inner world of ordinary citizens,” a great many victims “silently accepted and internalized the system’s basic values” and “conformed to its public rules.” Behind highly documented episodes of persecution, famine and war lie quieter, desperate stories of individuals and families who did what they could to survive, to find one another and to come to terms with the burden of being physically and psychologically broken. But it was not only repression that tore families apart. The regime’s reliance on “mutual surveillance” complicated their moral burden, instilling feelings of shame and guilt that endured long after years of imprisonment and exile.

Y así empieza la introducción de su libro el propio Figes:

quotep

Antonina Golovina tenía ocho años cuando la exiliaron con su madre y sus dos hermanos menores a la lejana región de Altai, en Siberia. Habían arrestado y condenado a su padre a tres años en un campo de trabajo por “kulak” o campesino “rico” durante la colectivización de su aldea, en el norte de Rusia, y la familia había perdido su propiedad, a manos de la granja colectiva para la que trabajaban. A la madre de Antonina apenas le dieron una hora para empaquetar algo de ropa para ese largo viaje. La casa en la que los Golovin había vivido durante generaciones fue destruida, y el resto de la familia se dispersó: la hermana y los hermanos mayores de Antonia, sus abuelos, tíos, tías y primos huyeron en todas direcciones para evitar ser detenidos, pero la policía acabó capturándolos, y se les envió a Siberia, o a faenas en los campos de trabajo del gulag, de modo que muchos de ellos no se reencontrarían jamás.
Antonina pasó tres años en un “establecimiento especial”, un campo de registro con cinco barracones de madera en la orilla de un río en donde se apilaban un millar de “kulaks” y sus familias. Después de que dos de los edificios fueran destruidos por unas fuertes nevadas en el primer invierno, algunos de los exiliados tuvieron que vivir en agujeros excavados en la tierra congelada. No llegaban alimentos, porque el establecimiento estuvo incomunicado por la nieve, de modo que la gente tuvo que sobrevivir con los que habían traído consigo de sus hogares. Murieron de hambre, de frío y de tifus, pero no podían enterrar todos los cuerpos, así fueron apilados hasta la primavera y entonces los lanzaron al río.
Antonina y su familia volvieron del exilio en diciembre de 1934 y, tras reunirse con su padre, se mudaron a una casa de una sólo habitación en Pestovo, una ciudad repleta de antiguos “kulaks” y sus familias. Pero el trauma que había sufrido dejó una profunda cicatriz en su conciencia, pero la herida más profunda era el estigma de su origen “kulak”. En una sociedad donde la clase social lo era todo, Antonina fue calificada como un “enemigo de clase”, se le impidió continuar estudiando o acceder a algunos trabajos y quedó expuesta a la persecución y a la detención en las oleadas de terror que barrieron el país durante el reinado de Stalin. Se crió con un sentimiento de inferioridad social qué ella misma describe como “una especie de miedo”, dado que “como éramos kulaks el régimen podía hacernos cualquier cosa, no teníamos ningún derecho, tuvimos que sufrir en silencio”. Tenía demasiado miedo como para defenderse de los niños que la tiranizaban en la escuela. En cierta ocasión, Antonina fue castigada por uno de sus profesores, que señaló ante toda el aula que “los suyos” eran “enemigos del pueblo, ¡despreciables kulaks. Desde luego, merecéis que os deportaran, sólo espero que aquí os exterminen!” Antonina sintió una injusticia y una cólera profundas y eso hizo que deseara lanzar un grito de protesta. Pero un miedo mucho más profundo la silenció.

Figes, Susurros...
En fin, para no alargar mucho esta entrada y aclarar el asunto, me permitiré reproducir la entrevista que Juana Libedinsky le realizó para La Nación de Argentina el 21/10/2007:

-Después de toda una vida profesional dedicada a estudiar Rusia, ¿hubo algo que lo sorprendiera al investigar la vida privada durante el comunismo?
-Los cinco años en los que trabajé en este proyecto fueron de una sorpresa constante. Desde que se abrieron los archivos, en los últimos diez o quince años, ya se había podido investigar mucho sobre la estructura del partido y la política. Sin embargo, nadie había logrado entender cómo el sistema de valores oficial había logrado entrar en la vida privada de la gente y cómo la población lo había interiorizado. Nuestro desafío fue hacer el primer estudio sistemático al respecto, y muchos de los hallazgos fueron totalmente inesperados. Primero de todo, fue sorprendente el nivel de miedo y ansiedad que todavía queda en la población al hablar sobre su vida personal y la de su familia. Una de las razones por las que no hice este trabajo a principios de los 90 fue que sentía que la gente no estaba lista para abrirse. Esta vez, en cambio, encontré que si bien había muchos que efectivamente no sólo querían, sino que necesitaban hablar de estos temas, les resultaba prácticamente imposible por el pánico a decir algo equivocado y que eso tuviera consecuencias. Y esto no sólo en el campo sino incluso entre la elite intelectual moscovita. Lo otro que me sorprendió fue una constante paradoja: la gente que más había sufrido por el régimen, era generalmente la que más profundamente creía en él.

-¿Cómo es eso?
-Por ejemplo, entrevisté al hijo de unos campesinos que habían sido enviados al Gulag en Siberia. Toda su vida había sido discriminado. Aun así, siempre trató de ser admitido en el partido y una de sus mayores alegrías fue cuando lo logró, en 1960. Tratamos de llegar a su estructura de creencias y nos dimos cuenta de que él realmente creía en Stalin y en los enemigos del pueblo, a pesar de haber sido declarado uno de ellos junto con su familia. El mismo no podía explicar esa aparente contradicción. Finalmente dijo que si uno creía en Stalin y creía en que había un objetivo ulterior para el bien de todos, era más soportable sufrir la represión. Es decir, el caso propio, la tragedia individual, se transformaba en algo necesario para el gran logro final. Es una mentalidad muy difícil de entender desde una perspectiva occidental, pero sirve para iluminar por qué muchas personas sienten todavía nostalgia por el período estalinista, incluso quienes personalmente sufrieron la represión.

-¿Diría que es un trabajo que sirve para entender la Rusia actual?
-Sí, creo que podemos extraer lecciones cruciales. La historia, por supuesto, siempre es tanto sobre el pasado como sobre el presente, porque es tanto sobre la memoria como sobre la construcción de la identidad actual, sobre la manera en la que una población se interpreta a sí misma. Con esta investigación pudimos aprender mucho sobre la naturaleza de la dictadura de Stalin y lo que le hizo a la vida de la gente, pero más importante aún es que sirve para entender lo que yo llamo la conformidad silenciosa que existe en Rusia hoy. ¿Cómo entender, si no, que el 80 por ciento de la población apoye a Putin? Lo que el pánico y la ansiedad de la gente pone al descubierto al hablar aún hoy es que se trata de una sociedad que ya no reflexiona sobre sí misma sino que se mueve por actos reflejos que la llevan a acallar las críticas personales y moverse con la mayoría.

-¿Cuál diría que es la gran lección que se puede extraer de su trabajo?
-Al terminar el proyecto me di cuenta de que la herencia de Stalin afectó a tres generaciones. Por eso la gran lección es que la represión que se ejerce contra una persona no sólo la afecta a ella y a su familia inmediata sino a muchas personas y a sus descendientes. En la última parte del trabajo nos enfocamos en los hijos y nietos de personas que habían sufrido la represión estalinista y encontramos un patrón común. En general sus padres y abuelos, para protegerlos, no les habían contado lo que habían vivido, pero los chicos instintivamente lo percibían y se autocensuraban, se ponían un límite interno a lo que se atrevían a hacer y decir. Por eso muchos hijos y nietos de las víctimas, aunque sus simpatías estuvieran del lado de los disidentes en los 60, no hacían nada al respecto. Esto para mí explica por qué el sistema soviético duró lo que duró. Ideológicamente, en las décadas del 60 y 70 el sistema estaba muerto, pero si bien nadie creía en él tampoco había una verdadera oposición. ¿Por qué no la había? Por lo que algunos de nuestros entrevistados llamaron un temor genético, que recibieron en la sangre de sus antepasados.

-¿La Rusia estalinista fue un ejemplo único o comparable con otros sistemas represivos?
-Muchas veces se hacen comparaciones morales con el régimen nazi pero eso creo que es un error. La Alemania nazi duró 12 años; el sistema estalinista soviético, 75, y de muchas maneras sigue vivo hoy. Cuando una dictadura permanece durante tanto tiempo prácticamente cambia la condición humana. Creo que la única comparación acertada es, obviamente, con China, pero quizá sirva para entender también a las culturas que han tenido regímenes autoritarios por un período muy prolongado y se puedan extraer lecciones sobre cómo condiciona a la gente ese tipo de atmósfera política. Al respecto, lo otro que me sorprendió fue cómo, en el medio de las historias terriblemente tristes, salían historias de gente de extraordinario valor. El terror sacó lo peor, pero en algunos casos, sacó lo mejor de la población, y esas historias sirven para recordarnos de lo que son capaces los seres humanos en condiciones imposibles, de los extremos a los que están dispuestos a ir para salvar a otros. Fue muy conmovedor.

-¿Pero cómo se explica que algunos obedecieran ciegamente y otros pusieran su vida en peligro por los demás?
-Me gusta creer que los seres humanos son capaces de hacer el bien tanto como son capaces de hacer el mal. Lo más interesante es cómo muchas veces una misma persona es capaz de ambas cosas. Encontré muchas historias que lo demuestran. Por ejemplo, la de un fiscal de Leningrado que, al enterarse de que los padres de una chica de 14 años habían sido arrestados y habían tenido que dejar a su hija a cargo de dos medio hermanos pequeños, fue y personalmente se ocupó de abrirle la casa (que había quedado sellada) para que sacara dinero y objetos para poder sobrevivir. Si alguien se enteraba de lo que había hecho, él hubiese sido enviado directo al Gulag. Es la historia de valentía de un hombre que a la vez era parte del sistema de represión. Los seres humanos somos animales complejos: si nos sueltan en un sistema político como el soviético podemos agachar la cabeza y cometer atrocidades, pero a veces nuestra humanidad igual puede resplandecer.

-Al cumplirse noventa años de la Revolución Rusa, ¿cómo cree que debería ser recordada?
-Es una pregunta difícil. Hoy todos vemos a la Revolución Rusa como lo que fue: un experimento utópico que salió mal y arruinó la vida de millones de personas. Lo que no podemos saber es, en el contexto del Armagedón que fue la Primera Guerra Mundial, si no fue acaso un experimento utópico que necesariamente debía intentarse. Lo que me parece peligroso es hacer juicios morales si no entendemos los tiempos que se vivían, como decir -desde nuestra distancia- que se trató sólo de un acto de maldad planeado por Lenin y sus seguidores. Simplemente, creo que fue uno de los momentos trágicos de la historia de la humanidad y que así es como debe recordarse.
Posdata: Concluida esta entrada y mientras reposa en espera de ser publicada, ha aparecido un artículo en El País titulado "Viaje al imperio de los susurros".

Digital Humanities en el 2007 [parte 3]

Continuamos con la [desafortunada] traducción de los posts de Lisa Spiro de Digital Scholarship in the Humanities. Este es el 3/3.
***

En mis posts previos fui resumiendo los desarrollos de las digital humanities [DDHH] durante el 2007. Abordé los esfuerzos tendientes a construir la ciberinfraestructura para las humanidades a través de nuevos programas de financiamiento y nuevas instituciones. Reflexioné, además, sobre temas como el de la autoridad y la confiabilidad. En este último post voy a dar una ojeada a formas emergentes de investigación digital entre las humanidades, y voy a referirmea también a las redes sociales. Estoy segura de que se escapan muchos asuntos, así que, por favor, agreguen lo suyo en los comentarios.

E-Science como modelo para las humanidades. Agencias de financiamiento, sociedades académicas, bibliotecas de investigación y cosas parecidas promueven la e-Science. Término que el UK Research Council definió como "ciencia a gran escala que de modo creciente se practica a través de colaboraciones globales, facilitadas por internet. Una característica frecuente en este tipo de emprendimientos de cooperación científica es que requieren acceso a grandes colecciones de datos, recursos informáticos a gran escala y una alta performance en la visualización de datos". La NSF está invirtiendo millones en construir la ciberinfraestructura para la ciencia. Si bien la NEH está haciendo admirables y enérgicos esfuerzos para apoyar a las DDHH, su prusupuesto es mucho más pequeño que el de la NSF. En aras de generar más apoyo para las DDHH, pienso que necesitamos continuar presentando la iniciativa a patrocinadores potenciales, directivos y colegas universitarios, explicando qué tipo de problemas ligados a la investigación pueden ser atacados si tenemos mejores herramientas y recursos. Ciertamente artículos como el "ACLS Report on Cyberinfrastructure for the Humanities & Social Sciences" dan una buena perspectiva de las DDHH y describen qué es lo que se necesita, como lo hace el texto de Cathy Davidson, "Data Mining, Collaboration, and Institutional Infrastructure for Transforming Research and Teaching in the Human Sciences and Beyond". Davidson recomienda que los investigadores de las humanidades avancen hacia lo que ella denomina Humanidades 2.0, que, como la Web 2.0, es colaborativa y orientada al usuario. La investigación ya está siendo transformada con el acceso a cantidades mayúsculas de datos, pero Davidson propone que los investigadores de las humanidades sigan la senda de los científicos y se embarquen en proyectos más amplios y más colaborativos. Llama a colaborar trascendiendo tanto las disciplinas como las fronteras, insistiendo que los investigadores humanísticos proveen una perspectiva vital para proyectos cientíticos y que podemos hacer a un lado nuestros propios marcos culturales. Claro que, como Davidson reconoce, los investigadores humanísticos habitualmente no son remunerados por proyectos colaborativos o por investigar sin que sus resultados se publiquen como libro o artículo, por lo que la cultura académica deberá cambiar.

Formas emergentes de investigación digital. En el 2007 algunos proyectos de las DDHH demostraron cómo el avance en materia informática puede permitir a los investigadores humanísticos atacar problemas complejos. Por ejemplo:
Modelos computarizados 3D: El lanzamiento de Rome Reborn de IATH, un preciso modelo digital de Roma en la Antigüedad Tardía, ha ilustrado el potencial de la modelización computacional como una forma de hacer investigación histórica y arqueológica. En tanto los usuarios "caminan" o "vuelan" a través de la Roma Antigua, pueden alcanzar un mejor entendimiento de cómo la ciudad funcionaba, así como también percibir cómo el inmenso tamaño de los monumentos pudieron afectar la percepción de los ciudadanos acerca de la grandeza de Roma. El pueblo de Rome Reborn es muy atractivo pero a mí me interesa no sólo el aspecto del plan de hacer un detallado modelo de la ciudad sino también las herramientas provistas para el análisis y la comunicación académicos. Cuando exploro espacios virtuales, me pregunto cuán precisos son y qué evidencia fue utilizada para justificar la representación de una columna o un mosaico de una manera particular. Asumo, por supuesto, que un centro de investigación como el IATH se esforzará por ser lo más preciso posible, pero algunas decisiones deben tomarse, pese a todo, en base a conjeturas, así que la posibilidad de ver la documentación que respaldó las decisiones puede servir a los investigadores. En Rome Reborn, los investigadores pueden añadir nuevas "capas" de información utilizando un "wiki moderado". Rome Reborn puede estar disponible a través de Second Life, lo que hace más accesible pero también lo dispone para otros usos…
Después de su exagerada promoción durante el 2006, Second Life está bajo escrutinio. En "Second Thoughts about Second Life", Michael J. Bugeja subrayó los riesgos que deben afrontar las universidades en sus intervenciones en Second Life, especialmente debido al hostigamiento (y cosas peores) que regularmente circula en ese mundo. Otros han sido escépticos acerca del potencial educativo de un ambiente que parece hacer foco en el entretenimiento adulto. Yo todavía veo potencial en SL para la enseñanza y la investigación. Ayudé a moderar la versión de Second Life de De Lange Conference on Emerging Libraries de la universidad de Rice, y me quedé impresionada por las vívidas discusiones que tuvieron lugar durante las sesiones; ser "virtualmente" presentados parece alentar el diálogo. Como informó el Chronicle of Higher Education en Professor Avatar (requiere subscripción), SL ha sido utilizado exitosamente en clases de antropología, para que los estudiantes investigaran los comportamientos en mundos virtuales; en comunicación, para que los estudiantes crearan y comentaran acerca de espacios virtuales; y en literatura, para que los estudiantes exploraran mundos literarios como el infierno del Dante. A pesar de que Second Life presenta muchos problemas tanto tecnológicos como culturales, pienso que los mundos virtuales 3D tendrán un rol de creciente importancia en educación, en la medida en que ellos permiten que las personas exploren fenómenos que de otro modo serían imposibles de visualizar (sociedades pasadas, moléculas, etc.) y proveen ambientes interactivos y inmersivos.

Minería de datos y visualización. MONK, "un ambiente digital diseñado para ayudar a los investigadores humanísticos a descubrir y analizar patrones en los textos que estudian", ganó un millón por el premio ortogado por la fundación Mellon. MONK ya está produciendo muy buenos trabajos, como el de Tanya Clement et. al.: "'Something that is interesting is interesting them': Using Text Mining and Visualizations to Aid Interpreting Repetition in Gertrude Stein’s The Making of Americans", el que no sólo muestra cómo las herramientas de minería de datos pueden ayudar a la exploración del uso de la repetición en Stein, sino también explicar el proceso de diseño y desarrollo de herramientas que presenten las necesidades de los investigadores en literatura y hagan posible nuevos hallazgos.
La base de datos como género acádemico. El número de octubre de PMLA presentó un fascinante debate acerca de la base de datos como género a partir del ensayo del co-editor del Archivo Walt Whitman, Ed Folsom, y las respuestas de Jonathan Fredman, N. Katherine Hayles, Jerome McGann, Meredith L. McGill y Peter Stallybrass. Citando a Lev Manovich, Folsom sostiene que la base de datos es "el género del siglo XX", "un género que se opone a la narrativa más porque acopia detalles, y menos porque impone una estructura. Folsom dice que el Archivo Walt Whitman es actualmente (y virtualmente) una base de datos que concentra materiales dispersos y permite reordenamientos y accesos aleatorios. Como encontré en un proyecto de investigación que hice con mi colega Jane Segal, el Archivo Whitman es en sí mismo un trabajo de investigación que hizo invaluables contribuciones al estudio de Whitman, abriendo nuevos interrogantes al permitir el acceso a algunos, hasta entonces, inaccesibles trabajos. De acuerdo con Folsom:

quotep

En tanto las bases de datos contienen información muy detallada, podemos comenzar a preguntarnos si la narrativa misma está bajo amenaza. Siempre supimos que cualquier relato o teoría puede ser cuestionada si podemos acceder a materiales ignorados, pero cuando los archivos eran físicos y estando esparcidos por todo el mundo resultaban a menudo inaccesibles, era más simple aceptar un relato hasta que alguien se tomara el trabajo de investigar en los archivos y alterara la narración con información antes no considerada. (1576)

Los humanos definen el data model y juntan los datos (o configuran los instrumentos que lo hacen). ¿Qué dejan afuera las bases de datos, y cómo puede eso afectar a la investigación? ¿Cómo puede construirse una argumentación basada sólo en datos, sin una estructura narrativa? En su réplica a sus comentaristas, Folsom revisó su metáfora sobre la narrativa y las bases de datos y en su lugar adoptó la metáfora de N. KAtherine Hayles que indica que ambos términos existen en una relación simbiótica, con las bases de datos abasteciendco los detalles que la narrativa organiza en un conjunto coherente de enunciados. Aún así encuentro que la noción de base de datos, con su supuesta amplitud y maleabilidad permite a los usuarios desafiar las grandes narrativas de la intriga. Pero ¿no depende la respuesta que obtenemos cuando hacemos una consulta a una base de datos, de la organización de la consulta y de la interpretación que hacemos de los datos?

Social networking in higher-ed. Si las "Humanidades 2.0″ implican colaboración, datos y herramientas, ¿qué tecnologías se requieren para sostener el trabajo colaborativo? El más visible ejemplo de red social es probablemente Facebook, que nació en el 2007 entre grupos de graduados, desencadenando especulaciones acerca de los potenciales usos del social networking en la academia. Al abrir sus API a desarrolladores externos, Facebook amplió sus características y su audiencia, pero eso hizo enojar a muchos de sus usuarios a raíz del programa Beacon, que violaba la privacidad haciendo accesible información a través del feed de Facebook. La mayoría de las aplicaciones de Facebook parecen ser de entretenimiento (rankeando a tus amigos o convirtiéndolos en zombies), pero creo que algunas aplicaciones como BooksIRead pueden utilizarse en contextos académicos. A través de BooksIRead, podemos llevar un control de nuestras lecturas, ver lo que leen nuestros amigos, y hallar recomendaciones y reseñas de otros libros que pueden gustarnos, y todo eso participando en una comunidad intelectual.
El "OCLC’s Sharing, Privacy & Trust in Our Networked World" muestra que la población de usuarios de las redes sociales es grande y está creciendo. Me pregunto si las tecnologías de las redes sociales pueden lograr que los investigadores se junten y se comuniquen y ataquen problemas comunes. La revista Nature puede ser un modelo de sitio con su propia red social de cientistas, Nature Network, que incluye perfiles del personal, blogs, clasificados laborales, mesas de debate, tagging y grupos. Pero no parece que haya habido adopción generalizada de ese modelo todavía, y además, para ser exitoso, un sitio enfocado en la generación de contenido por parte de los usuarios necesita, hmm, usuarios. De acuerdo con el informe OCLC, las razones más fuertes por las que la gente ingresa a una red social es porque sus amigos están ahí y para divertirse. ¿Qué puede seducirlos a unirse a sitios de redes sociales profesionales? Puedo asumir que conectarse con los colegas puede ser una razón de primer orden, en aras de hacer conocer nuestro propio perfil en la investigación y obtener beneficios tangibles, como nuevos saberes o al menos conocer artículos que realmente debemos leer. In "Social Factors in the Adoption of New Academic Communication Technologies", Paul Dimaggio sostiene el astuto argumento de que los efectos de las redes conducen a la adopción de nuevas tecnologías: "Sólo cuando una masa crítica de colegas adopta una nueva tecnología hace que el resto se integre". Tal vez el foco no deba estar tanto en las redes sociales sino en el trabajo colaborativo y en el intercambio de información; NINES y HASTAC proveen modelos de ese tipo de sitios colaborativos en las DDHH.

¿DDHH "verdes"? En el 2007, la amenaza del calentamiento global pareció entrar finalmente en la conciencia pública, con el lanzamiento de un informe del panel del clima de la ONU (IPCC) y el otorgamiento del Premio Nobel a Al Gore y a la mencionada institución. Tengo miedo de un futuro horrendo para mis hijos y estoy tratando de reducir mis copias carbónicas, así como de setear todas las computadoras del laboratorio en "power saving", o [...] apagando celosamente las luces. Me pregunto qué rol, si existe uno, deben tener las humanidades para combatir el calentamiento global. En principio, pareciera que los objetivos de las DDHH tienen poco que hacer para reducir la emanación de gases -en todo caso, encender todos nuestros servidores contribuye al problema. Pero tal vez las DDHH puede contribuir al desarrollo de la ciberinfraestrutura, la que permitirá la colaboración y la innovación en la batalla contra el calentamiento global, y en otros desafíos. Y tal vez las herramientas y recursos desarrollados por la comunidad de las DDHH puedan asisitir a investigaciones de historiadores, teólogos, filósofos, críticas literarios y otros acerca de las dimensiones humanísticas del ambiente.

Quería ver si mi sentido de las ideas más importantes en las DDHH durante el 2007 se daba de bruces con la percepción de otras personas, así que, como buena geek que soy, conté los números de bookmarks en delicious para cada página web y blogs que citamos, utilizando el Bloglines Citations BookMarklet. Debo señalar que estas estadísticas no necesariamente miden significación, sólo frecuencia de las citas. Este enfoque es URL dependiente -si las personas citan o hacen favoritas otras páginas de un mismo sitio web, esto probablemente no se incluya en la cuenta. Los números son de finales de diciembre de 2007 y principios de enero de 2008, por lo que indudablemente han cambiado.

Site # of delicious bookmarks # bloglines links
Digital Humanities Quarterly 22 6
"Our Cultural Commonwealth" 20 6
Digital Humanities Centers Summit 7 3
NEH/ IMLS Advancing Knowledge Grants 9 7
ACLS Digital Innovation fellowships 21 1
MacArthur/HASTAC Digital Media and Learning Competition 119 38
Digital Americanists 7 0
TEI@20: 20 Years of Supporting the Digital Humanities 4 16
Keen vs. Weinberger 307 205
Andrew Keen v. Emily Bell 72 49
WikiScanner 2449 1,460
Amazon Kindle 51 275
Grafton, Future Reading 60 254
Caleb Crain, "Twilight of the Books" 86 439
Newsweek: The Future of Reading
354 822
NEA: To Read or Not to Read
56 106
Kirschenbaum, How Reading Is Being Reimagined 22 3
Jensen, The New Metrics of Scholarly Authority 111 50
University Publishing In A Digital Age 80 97
Symposium: The Future of Scholarly Communication 8 1
Google Books: Is It Good for History? 16 2
Inheritance and Loss: A Brief Survey of Google Books 27 75
The Google Exchange: Leary & Duguid 28 20
Google Books: Champagne or Sour Grapes? 7 7
Davidson, Data Mining, Collaboration, and Institutional Infrastructure for Transforming Research and Teaching in the Human Sciences and Beyond 3 3
Rome Reborn 1246 302
Second Thoughts about Second Life 50 28
Professor Avatar 10 6
MONK 5 20
Folsom, Database as Genre 0 0
OCLC, Sharing, Privacy & Trust in Our Networked World 267 215
Nature Network 139 2740

Estas estadísticas sugieren que la comunidad de las DDHH de gente que bloguea y utiliza el bookmarking es relativamente pequeña, en tanto que los artículos con relevancia específica para las DDHH no son citados o referidos comúnmente. En verdad, algunos de los trabajos que encontré más estimulantes recibieron algunas citas, lo que refleja la naturaleza especializada del campo antes que el valor del trabajo citado. Como sea, algunos tópicos de interés para las DDHH parece que captaron más atención: realidad virtual, el futuro de la lectura, la confiabilidad de Wikipedia y otros sitios de la Web 2.0, y el social networking. Los ensayos que sólo son accesibles por subscripción (como los artículos en PMLA) tuvieron pocas referencias y tal vez eso muestre que las publicaciones "open access" tienen un gran impacto.

¿Qué me perdí o no entendí?