lectores

Piratería libresca (sector apocalíptico)

post cruzado desde Clionauta

El Times londinense publicó un artículo el 31 de marzo con el alarmante título de “La piratería de libros en internet hará que los autores dejen de escribir”. A mi me parece que en algunos casos sería un alivio, por supuesto, pero hay quien se toma la cosa en serio.
Al parecer, esa piratería tendrá efectos catastróficos a menos que se busquen métodos para compensar a los autores por la merma de ventas. Claro que este triste pronóstico procede en realidad de la Sociedad de Autores, que representa a más de 8.500 escritores profesionales en el Reino Unido y que cree que los estragos causados a la industria musical está empezando a llegar al comercio del libro. Internet estaría inundado de copias digitales gratuitas y no autorizadas de capítulos de libros y en algunos casos de volúmenes completos. Las víctimas más prominentes de la piratería del libro incluirían bombres como los de Jamie Oliver y J.K. Rowling, pero los escritores más vulnerables serían los poetas poco conocidos, los autores de narraciones breves y los escritores de libros de cocina.
Según recoge el Times, resultaría que algunos de los nombres más importantes de Internet se están convirtiendo en editores digitales, y no necesariamente con la ayuda de la industria del libro. Google se enmaraña en conflictos legales con autores y editores a propósito de sus planes de ofrecer copias electrónicas libres del mayor número posible de libros. Amazon ha descubierto que la función de “busca dentro/search inside”, que permite que los lectores ojeen unas cuantas páginas seleccionadas de los libros, ha incrementado sus ventas.

Tracy Chevalier

En ese sentido, el periódico recoge las declaraciones de la escritora norteamericana Tracy Chevalier (La Joven de la Perla), para quien el método tradicional por el que los autores obtienen sus ingresos (adelantos y derechos de autor) está desapareciendo: “It is a dam that’s cracking”, dice. "We are trying to plug the holes with legislation and litigation but we need to think radically. We have to evolve and create a very different pay system, possibly by making the content available free to all and finding a way to get paid separately. It’s hitting hardest the writers who write books that you dip in and out of: poetry, cookbooks, travel guides, short stories – books where you don’t have to read the whole thing. Although people still buy [books by] Nigella and Jamie Oliver and Delia it is because of their celebrity. Cookbook authors are really struggling. I do it myself – if I want a recipe I go online and get it for free. For a while it will be great for readers because they will pay less and less but in the long run it’s going to ruin the information. People will stop writing. There’s a lot of ‘wait and see what the technology brings’ but the trouble is if you wait and see too long then it’s gone. That’s what happened to the music industry.”
Como ya he indicado, esta posición me parece apocalíptica, pero no excluyamos su caracter instrumental. Canon por aquí, canon por allá. Quizá se nos está preparando el terreno para que, a no mucho tardar, tengamos que abonar un impuesto a cuenta del lucro cesante de los escritores hipotéticamente pirateados.

pirates

El redactor del Times, muy acertadamente, aprovecha la ocasión para recordar el caso de Daniel Defoe, uno de cuyos poemas satíricos ("El verdadero inglés") se convirtió en 1701 en un bestseller, tras haber conseguido distribuir (o vender) 80.000 copias no autorizadas. No se hizo rico, dice el periódico, pero se hizo famoso. Es más, en el prefacio de una edición posterior, fechada en 1703 con motivo de la edición de A True Collection of the Writings of the Author of the True-Born Englishman corrected by himself, Defoe se refirió con gratitud a los “piratas” que habían vendido su obra, lo cual pasa por ser la primera referencia conocida al pitareo de la propiedad intelectual. Así termina su An Explanatory Preface de 1703:

quotep

As to answers, banters, true English Billingsgate, I expect them till nobody will buy, and then the shop will be shut. Had I wrote it for the gain of the press, I should have been concerned at its being printed again and again by pirates, as they call them, and paragraph-men; but would they but do it justice and print it true according to the copy, they are welcome to sell it for a penny if they please. The pence indeed is the end of their works. I’ll engage, if nobody will buy, nobody will write. And not a patriot-poet of them all now will, in defence of his native country—which I have abused, they say—print an answer to it, and give it about for God’s sake.

La historia digitalizada: El País de Jauja

post cruzado desde Grand Tour
Brueghel

Por estas tierras se tiene por costumbre que los grandes almacenes, en su afán de perseguir al incauto consumidor, organicen de vez en cuando "la semana de…". La pretensión no es tanto promocionar los productos de un determinado país o cultura, sino aligerar los bolsillos de los parroquianos. Pues bien, voy a hacer lo mismo. Declaro abierta la semana de Anthony Grafton, y conste que no deseo masacrar a ningún lector, sino sólo honrar a este excelente historiador. He tenido esta imaginativa ocurrencia tras leer dos artículos que ha publicado en New Yorker, una publicación que, dicho sea de paso, nunca decepciona. Grafton ha escrito un texto bastante largo sobre el futuro de la lectura, en la senda de los que no hace mucho redactaba su colega de Princeton, ahora ya emérito, Robert Darnton. Este primer ensayo ha aparecido en papel, en las páginas de la citada revista, y viene acompañado por otro más corto que lo complementa para los usuarios de internet. En realidad, viene a mostrar la esquizofrenia de la historia digital. Se escribe sobre ella en un medio clásico (textual) con referencias a un mundo nuevo (hipertextual) que no caben en el primero. Por eso, tales notas o citas se omiten en la primera versión y acaban convirtiéndose en una segunda a través de la cual se puede seguir toda la argumentación (¿me he explicado bien?, es que tengo el día tonto). Sea como fuere, es de este reverso del que voy a hablar, dejando el primero para una futura e hipotética entrada (o post).

New Yorker

Aventuras en el país de las maravillas

Anthony Grafton, The New Yorker, 5 de noviembre de 2007

Son muchos los caminos que conducen al mundo real –y utópico—de las colecciones digitales que están cobrando forma a través de la Web. Lo lógico es empezar con el más ancho: Google está lanzando el Partners Program y el Library Project; Microsoft ha empezado su Live Search Books Publisher Program; y la Bibliothèque Nationale de France desarrolla una guía colorista con su proyecto Gallica. Pero también vale la pena detenerse a revisar viejas iniciativas, como la del Project Gutenberg, que ofrece una amplia información sobre collateral projects, e-book readers, y otras cosas. O el Internet Archive, donde uno puede hallar un ecléctico bazar electrónico que permite escuchar a Phil Lesh o a Matisyahu, disfrutar con los clásicos Betty Boop Cartoons o leer el manuscrito original de lo que luego se convertiría en Alicia en el país de las maravillas. Además, patrocina la Open Library, una iniciativa elegante e idealista "to get catalog information for every book" de todo el mundo, cuya finalidad es ser compilada en una wiki con la ayuda de los lectores.

Grafton

Si el que está leyendo esto lo hace en el ordenador de una gran biblioteca, entonces podrá explorar recursos digitales del tipo de JSTOR, una base de datos que proporciona miles de artículos de revistas académicas en un formato electrónico fiable, así como el Early English Books Online; Eighteenth-Century Collections Online, que retoma el proyecto inacabado de E.E.B.O., o también lo que proporciona Alexander Street Press. Hay muchas otras librerías accesibles en la web, desde los depósitos virtuales patrocinados por las Great National Collections en todo el mundo (la Library of Congress acaba de firmar su asociación a la World Digital Library) hasta otras peculiares colecciones destinadas a aquellos a quienes les gustan los Thomas Nast’s political cartoons o las English music-hall songs. Para los interesados, la revista D-Lib evalúa todas esas colecciones, además de mantener un archivo con sus comentarios críticos.
Los documentos históricos también están creciendo en la Web, a medida que los archivos nacionales de todo el mundo van digitalizando partes sustanciales de sus fondos. Los historiadores interesados, por ejemplo, en los documentos que de forma obsesiva produjo la monarquía española, podrán consultar miles de ellos en el Archivo General de Indias y en otras colecciones recogidas en el Portal de Archivos Españoles o, en algunos casos, en los ordenadores dispuestos al efecto en los propios archivos. Hoy en día, cualquier historiador se puede crear su propio archivo, gracias a las cámaras digitales, y son muchas las bibliotecas y los archivos que animan a los lectores a que empleen ese método. En los British National Archives de Kew, uno puedo ver largas colas de historiadores haciendo click y procurándose copias digitales que luego estudiarán tranquilamente en su casa. Dado que los documentos se reproducen al por mayor, resulta difícil hoy en día asegurar que el investigador no haga el trabajo en balde porque ya exista una reproducción disponible en algún lugar.
Una de las mejores maneras de que nos echen una mano en el proceloso mundo de las fuentes digitales es a través del Center for History and New Media de la la George Mason University, creado en 1994 y en funcionamiento desde hace años bajo el impulso del desaparecido Roy Rosenzweig. Este lugar nos muestra cómo hacer y usar la historia digital, pero también nos conduce a través de algunos excelentes sitios sobre la Revolución francesa, el 11 de Septiembre o Jamestown, así como la recreación digital del P. T. Barnum’s American Museum, albergado por la American Social History Project/Center for Media and Learning, en la City University of New York. Pronto ha quedado claro que el mundo digital es una especie de País de Jauja para los académicos —un lugar donde podemos echarnos plácidamente y alimentarnos a voluntad durante todo el día sin tener que movernos, un lugar donde el mayor peligro es reventar.
Ciertamente, cabe preguntase qué significa todo esto para bibliotecas y lectores: el prototipo de Mapamundi del Online Computer Library Center revela con todo detalle que son pocos los libros que se guardan en las bibliotecas, incluso en países como India o Argentina; en la tierra de Borges sólo hay un libro por cada seis habitantes depositado en los centros académicos o en las bibliotecas públicas. Esta situación subraya la necesidad de los recursos electrónicos. La simplicidad de. Google y su rápida interfaz contribuirán en buena medida a hacer que los libros sean rápidamente accesibles, incluso en países pobres con ordenadores desfasados y conexiones poco fiables.
Aún así, quedan algunas dudas. Hace algunos meses, estuve con un grupo de historiadores que trabajan con el apoyo del Centre for History and Economics, en Harvard y en el King’s Collage de Cambridge, y que están investigando el impacto de la historia digital en las bibliotecas y archivos de todo el mundo. Los resultados del grupo están empezando a estar disponibles online. Por ahora, no obstante, la mejor manera de comprender cómo los académicos y bibliotecarios están faenando para obtener algunas pepitas de oro de la ganga de pirita es visitar algunos de los blogs que han creado esos expertos. Como ejemplo, sirva la entrada que escribió el historiador Robert Townsend con el título de "Google Books: What’s Not to Like?," así como la discusión que suscitó.

Congress Library

Para terminar: si alguien quiere echar un vistazo a alguna de las herramientas que los bibliotecarios crearon en el distante pasado predigital — las Eusebius’s "canon tables," por ejemplo, o el aviso que te habría indicado qué libros estaban encadenados a una mesa en particular en la Biblioteca Vaticana— se puede visitar la exposición "Rome Reborn: The Vatican Library and Renaissance Culture". Este conjunto de libros y manuscritos fueron exhibidos en 1993 en la Library of Congress y hace tiempo que volvieron al Vaticano, cuya biblioteca está cerrada por reformas. Pero, de momento, uno puede ver imágenes de cada una de las piezas expuestas —y se puede acceder a otras exposiciones anteriores de libros y de documentos— en la Web.

marginalia 2.0

Necesitamos un plugin para notas al margen.
El largo, pertinente y paciente debate sobre la importancia de los comentarios en los blogs (y su escaso número) puede enfocarse a partir de las relaciones entre el tándem post/comentarios y ciertos procedimientos socialmente menos novedosos pero instalados desde hace mucho en los terrenos de la cultura letrada. Esas relaciones podrían resumirse así: para hacer un comentario (no sólo escribir) hay que pergeñar una idea sobre el post en general, o bien, si el comentario ha de ser específico, hay que instalar esa particularidad con precisiones de la lengua, aclaraciones, ejercicios didácticos, etc., en fin, debemos tener, para hacerlo, una leve o robusta idea general del post en cuestión y un dominio de técnicas de intervención escrita.
Pero la escasez de disposiciones no es suficiente para justificar la ausencia de comments (generales más bien, no aquellos comentarios anidados que se suelen desarrollar a partir de aspectos particulares de un debate dado). Otro aspecto, más digital pero también, creo, más importante, es el aspecto diacrónico de los potenciales debates: como si se tratara de un juego de tablero (de la mayoría de ellos) los participantes presentan sus argumentos por turnos y la lectura se encadena de ese modo. Así, la cascada, ahora en acto, se sucede, además, bajo el paraguas de un post (de un blog). Eso que para algunas personas no tiene demasiada importancia, para otras lo tiene sobremanera. Es posible hallar blogs que "recuperan", alivian la diseminación de su propia voz, construyendo un pequeño ambiente subsidiario del blog propio, en el que acumulan lo expresado en otros blogs, bajo orden cronológico (uno que siempre visito es Naxos, hermano menor de Inmanencia).
Un tercer aspecto se relaciona con la disposición temporal a la que hice referencia: la cascada, en virtud de la diversidad de sus elementos, debe reordenarse intermitentemente (es el autor del post quien, las más de las veces, mete baza): la lectura necesita de esos golpes de timón en la medida en que el efecto que se busca (pluralidad de voces) es el que refracta nuevos participantes dado que cada nuevo interlocutor debe invertir mucho para comprender e intervenir sin repeticiones o improcedencias.
Quizás una reparación a esos problemas estructurales del comment podría ser el uso de marginalias. Procedimiento abandonado por el post pero practicado por muchas formas de producción colectiva de documentos. No conozco al detalle las posibilidades ténicas de hacer un plugin de esa naturaleza, pero en principio no sería complicado. Se podría habilitar o deshabilitar para cada post, marcaríamos el lugar de la marginalia, y luego la veríamos al pasar el mouse sobre el lugar de la referencia, tal como estila ese plugin de moda que muestra un snapshot del sitio al que referimos en links.
Una marginalia 2.0 para leer los textos y las lecturas de los textos, los pasos de los lectores, las detenciones, las intermitencias de la interpretación. Le tendré que preguntar a Andrés Nieto

la lectura otra vez

El diario La Nación en un editorial de hoy, "Leer, un hábito poco estimulado", dice que no se lee mucho en la actualidad. Arriesga alguna causas: "por una parte, los padres no leen y no incentivan la lectura de sus hijos; por la otra, los maestros no despliegan herramientas pedagógicas atractivas para acercar a los estudiantes al mundo fascinante de los libros". (Supongo que en términos lógicos, para que las dos cosas tengan sentido deberían ser intercambiables, por lo que, entiendo, dice que nadie lee.)
Y sigue: "En muchos hogares no hay libros y los chicos no tienen modelos de lectores. Esta omisión a veces prosigue en las aulas. Hay escuelas con bibliotecas pobrísimas y sin textos para conquistar el interés de los jóvenes; hay docentes sin pasión por los libros. Así, en las aulas puede sellarse el prejuicio de que leer es equivalente a una imposición aburrida e inútil". Esto debe entenderse como "faltan libros" y en consecuencia, allí donde sobran, sobran ganas de leer, se concibe a la lectura divertidísima y necesaria. No es un diagnóstico de este siglo ni del anterior.
Y sigue: "Con libros en las bibliotecas y con capacitación y pautas claras para los maestros, se podrá ir revirtiendo una realidad mediocre, que se expresa en el hecho de que la lectura para nuestros jóvenes se transforma en un obstáculo para comprender textos complejos y avanzar en los estudios". El modelo aquí no es Finlandia (país que el editorialista usa como ejemplo a seguir) sino ese otro que anota al final: la lectura sirve para avanzar en los estudios y entender textos complejos. ¿Hemos de entender que en las universidades no se enseñan en la actualidad textos complejos? o que allí arriban sólo quienes han tenido buenos maestros en el pasado, grandes bibliotecas en sus casas, padres lecturísimos, barrio leido? Hay que blanquear: o el editorial pide más presupuesto para escuelas públicas (muchas de las escuelas privadas siguen atadas al presupuesto del estado en buena medida, mientras se despegan con grandes gestos de su órbita curricular: toman pequeños exámenes para la escuela primaria, maduran un espartanismo capcioso, en el que por medio de una selección clasista se arman de una supuesta calidad educativa, recuérdese este post) o considera la exclusión naturalmente (proponiendo consumir "lo bueno"). No es algo intrascendente: el error del estado no es el que postula el editorialista -dejar librado a las maestras el fomento de la lectura-: ninguna maestra tiene una galera mágica para cada cosa. Si el estado o su gremio no le puede garantizar una formación acorde a su profesión, lee cosas, se las rebusca. Lee, por ejemplo, editoriales de La Nación.

tímidas revoluciones

Roger Chartier. Las revoluciones de la cultura escrita. Diálogo e intervenciones, Editorial Gedisa, Barcelona, 2000. 183 páginas.
Chartier

La compilación de Roger Chartier agrupa tres entrevistas (la más larga con Jean Lebrun, publicada en Francia en 1997) y tres conferencias, presentadas en las dos secciones mencionadas en el subtítulo del libro. A través del diálogo y de las intervenciones podemos ingresar al conjunto de problemáticas en las que Chartier ha dejado su impronta: los libros, el autor, la lectura, los lectores, las bibliotecas. La post-edición de los reportajes y las conferencias colaboran para ordenar el recorrido por un ancho espectro de aseveraciones y reflexiones del autor, diseminadas en sus obras más reconocidas en el mundo académico. En ese sentido, Las revoluciones… cubre las expectativas de una audiencia no estrictamente historiográfica, acaso poco predispuesta a zambullirse, por ejemplo, en Sociedad y escritura en la Edad Moderna.
La particularidad del libro está dada por las opiniones de Chartier en torno a la revolución informática. Cada una de las secciones del libro retoma esta cuestión. Como R. Darnton, Chartier ha podido imbricar sus estudios históricos sobre la historia cultural europea con aproximaciones a los cambios que en la actualidad tienen lugar en los circuitos de comunicación. Su interés en la llamada materialidad del texto y en las implicancias que las diferentes formas tienen sobre el contenido, potenciado por el intento permanente de atender a las prácticas concretas de la lectura, encuentra en el soporte digital (texto electrónico) y en las redes digitales, núcleos fuertes de debate y análisis.
"En el momento mismo en que estamos dialogando", le dice Chartier a Lebrun, "se está operando una revolución". A diferencia de Virilio, quien recientemente publicó un reportaje en el que se trata dicha revolución como un apocalipsis, Chartier se muestra más optimista frente a los cambios: difusión inmediata de lo escrito, concentración de varias tareas en un mismo sujeto (escribir, editar y publicar), multiplicación de la oferta ("uno podrá leer sin salir de su casa porque los textos vendrán a los lectores"). Retomando sus conocimientos acerca de las comunidades de lectores a lo largo de la historia y considerando las nuevas formas materiales del texto (el scroll en la pantalla), el autor imagina un doble vínculo para el nuevo lector que la era informática produce: por un lado, unido al de la antigüedad porque ante sus ojos se despliega un rollo, y por el otro, al del libro impreso, porque le está permitido utilizar la paginación, los índices, las divisiones del texto.
Este lector -que está obligado, según Chartier, "a tomar cierta distancia con hábitos ya adquiridos"-, adviene en una coyuntura que denota una crisis de la lectura y un incremento cualitativo en los estándares con los que se juzga en los países desarrollados el grado de alfabetización. En ese sentido, la revolución que Chartier y otros verifican en torno a los soportes de lo escrito parece avanzar con menor velocidad que los efectos que reclama y teme. Entre el temor por la desaparición del libro y el clamor por una Alejandría digital, Chartier promueve redefiniciones jurídicas, filosóficas, administrativas. El andamiaje con el que Occidente invistió la cultura escrita debe ser templado para tratar con el texto electrónico. Pero ¿no somos testigos, a diario, de las convulsiones que la poderosa maquinaria multimediática produce en todas esas esferas?
Sin embargo, además de este peligro, en la conferencia dictada en el XXVI Congreso de la Unión Internacional de Editores reunido en Buenos Aires, el autor señala otro de igual envergadura: el mundo digital rompe con la materialidad de los soportes, con la percepción inmediata que relaciona un objeto y sus usos; "se crea así un continuum que ya no diferencia los distintos géneros o repertorios textuales, que se han hecho semejantes en su apariencia y equivalentes en su autoridad". Y, mutatis mutandis, el temor por la desaparición del libro deviene temor por la desaparición del copyright.
Luego del fresco que ofrece a Lebrun -en el que las revoluciones de lo escrito se dan al unísono y en el que el nuevo lector aún está a tiempo de conjurar los peligros del capital-, Chartier ensaya su pequeño apocalipsis: "el lector-navegante de lo numérico corre el serio peligro de perderse en los archipiélagos textuales sin faro ni puerto". Muy próximo a un discurso sobre la lectura, este enunciado revela el horizonte impuesto por la actualidad de las polémicas, por los tópicos efímeros con los que las partes interesadas en predecir las tendencias del mundo digital, reclaman estadísticas, dictámenes, pronósticos. Mientras hablamos, podríamos decir, se suceden los cercamientos, las reglamentaciones, los acuerdos del Nasdaq; a la vez que el coro repite una ya vieja promesa sobre la diseminación y la arbitrariedad de la urdimbre binaria. Una promesa de un mundo heroico y demótico en la que los objetos nos salen al paso y están disponibles para el uso.
No sabemos si, entre las islas textuales de Chartier, los lectores se revelan, se desorientan o se dejan llevar por las corrientes. Los intercambios indiscriminados de textos electrónicos, el contrabando de claves e información "expropiada" y la ausencia de "autoridad" en las producciones no reguladas, se parecen más a proclamas libertarias en la red, que a las características del mercado. Algunas encuestas (www.nua.ie, por ejemplo) indican que ya es perceptible un cambio en las modalidades de lectura de quienes visitan los sitios de diarios (la mitad de los internautas): buscan con ansiedad; repasan los párrafos a vuelo de pájaro; cuando se detienen, leen el 70% de una noticia contra el 30% que leen los lectores de las ediciones de papel; y, al revés que estos últimos, reparan en el texto antes que en las imágenes. Pero no podemos aventurar ese comportamiento como definitivo: mientras leemos, una revolución está sucediendo y un diario inaugura una sección con mayores ventajas e ingreso exclusivo.
Puesto a citar, Chartier acepta la escasa cantidad de trabajos en torno a las nuevas audiencias. Un trabajo sobre uso del e-mail, otro sobre el abandono de la impresión entre lectores intensivos… Desde principios de los noventa hasta ahora, poco se ha realizado en ese sentido desde las ciencias sociales: Escobar, Appadurai, Ribeiro, P. Levi, Fabre, son muchos de los nombres de una lista exigua. Ciertamente, la doble perspectiva con la que Chartier propugna abordar el mundo del libro presenta, ante estos problemas, una notable asimetría, en la que el impacto de los cambios en la materialidad del texto parece ofrecer una vía menos escabrosa para el análisis, que la de estudiar los comportamientos de los consumidores -objeto que han hecho suyo las nuevas tecnometrías.
Presentido hace más de una década, el mar donde corremos el riesgo de extraviarnos ha permanecido inexplorado por quienes podrían redimensionarlo, a la luz de los avances en el conocimiento histórico. Las razones de esta inasistencia no obedecen quizás a proposiciones esotéricas (el presente como objeto, el anacronismo, la transpolación), ni a un compás de espera, a un plazo para observar de qué manera los sedimentos se estratifican. De Certeau, Revel y Julia escribieron que los estudios sobre cultura popular parecen requerir que su objeto yazca muerto, consumido e inofensivo. Bien podríamos aplicar el dictamen a la investigación en torno a lo virtual y a su impacto en las comunidades culturales. Lo mejor de Las revoluciones… es la apertura de Chartier a sobrellevar ese anatema, a tratar el presente, a dialogar sobre la vitalidad, a exponer sus palabras en un ritmo olvidado por la disciplina histórica. Tal como él escribe en el prólogo: a consumar un libro como "un diálogo entablado después de una conferencia".

encuesta nabokov

Leo en un post del blog Bestiario la encuesta que, de acuerdo a Pedro de Miguel, Brian Boyd citó en su libro Vladimir Nabokov, los años americanos. Aparentemente, Nabokov castigaba con eso a sus nunca bien ponderados estudiantes.
No estaría mal responderla. El asunto es así: hay que elegir 4 de estas 10 zonsignas para semblantear al buen lector:

1. El lector debe tener cierto sentido artístico.
2. El lector debe ser socio de un club del libro.
3. El lector debe tener un diccionario.
4. El lector debe identificarse con el o la protagonista.
5. El lector debe concentrarse en el punto de vista socioeconómico.
6. El lector debe tener memoria.
7. El lector debe preferir una historia con acción y diálogo a una que no los tenga.
8. El lector debe haber visto antes la película basada en el libro.
9. El lector debe ser un autor en ciernes.
10. El lector debe tener imaginación.

El problema es que, por más que lo pienso, continúo creyendo que no hay que elegir ninguna. Sospecho que la palabra lector se podría trocar por escritor y aún seguiríamos como al principio. O por político, o por científico, o -mejor que mejor- por "lechón de navidad". Si aplicamos a este último sujeto la opción número 6 puede que Nabokov salga indemne pero hecho.