lectura

Darnton sobre Google

De nuevo.
Ya mencionamos un texto de Robert Darnton contra sobre Google, publicado hace un tiempo en el The New York Review of Books. Allí Darnton sonaba como un lamento bibliotecario frente a la arremetida Google en el campo de la digitalización. (Largo paréntesis: En la revista Pasajes de otoño 2008, Anaclet Pons y Justo Serna coordinaron un dossier titulado Internet, libros y cultura digital. En ese dossier hay varios artículos muy recomendables para ser leídos y discutidos: el de Pons (sobre digital history); el de Serna (sobre la experiencia de los blogs); una puesta al día sobre proyectos de digitalización escrita por Julia Puig, quien forma parte del proyecto Cervantes Virtual; una nota de Manuel Talens sobre traducción e internet; un notable texto de Paul Mathias (artículo que un día de estos alguien subirá a scribd.com o a rapidshare); una entrevista muy amena y lúcida a Javier Echeverría acerca del "tercer entorno", y finalmente, la traducción del artículo de Robert Darnton.)
Ahora Darnton escribe de nuevo en NYRB acerca del copyright. Un artículo mucho menos nostálgico que el anterior, que revela el evidente deterioro del aura de ese privilegio en la era de la reproducción digital. Darnton no llega a promocionar su caída; en lugar de eso, se pregunta cómo hacer para democratizar el acceso al conocimiento (como hace Google) pero sin multiplicar las chances monopolísticas de la empresa ya multifacética. (Me entero por el libro en progreso de Siva Vaidhyanathan, la googlización de todo.)

pd: si alguno se interesa por la revista Pasajes no se gaste en enviarle un mail a la empresa que la distribuye porque no contestan ni uno (gracias Mariano por enviármela). Ese sólo aspecto de la (in)difusión del conocimiento puede servir como justificación para los desaprensivos escaneadores, los anarquistas del conocimiento, los maledetti pirati.

los bárbaros

Alessandro Baricco. Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación. España, Anagrama, 2008.

Los bárbaros

Hay varios tipos de barbarie. Todos se parecen. Si no fuera así, algunos quedarían fuera de la clasificación.
Incluso puede decirse algo más: el intento por tipificar modos de ser bárbaro no borra o desdibuja una frontera sino que la corre hacia afuera, y hace de las barbaries de extramuros formas ininteligibles. Por ejemplo, en el libro Ciudad de Dios de Paulo Lins (e incluso en la película homónima, la que me gustó más), el narrador nos dibuja una villa miseria (una favela) cada vez menos borrosa, cada vez más predecible. En ese pago hay una banda de niños incodificados, primitivos, anormados, anómalos, etc. Seres difíciles de seguir, inmorales. Bueno, ahí está otra vez, el centro negro de la barbarie.
Pero esos tipos ideales también adquieren sentidos no a través de lo que separan sino de lo que amontonan: sus audiencias. Hay un público para cada definición de bárbaro y el más curioso y extravagante de todos ellos es aquel al que lo bárbaro le gusta. Sin embargo, aún ese público es heterogéneo. Podríamos dividirlo en dos grandes grupos: a algunos sólo le gusta la barbarie política. Simpatizan con aquella modulación que altera las relaciones de poder, que se queda con él o al menos lo reclama (consciente o inconscientemente, hay ahí otra división celular). Y, hay que aclarar, no es cuestión de gustos. Ese grupo que prefiere la barbarie política no presentará demasiadas objeciones si se marchara contra la clase civilizada, se le arrancara el gobierno de las manos, se tomaran drásticas medidas contra los enemigos y y se convirtiera toda la comarca en una pira. Pero si en medio de ese carnaval de "fuego en los castillos" ardieran cien años de tradiciones pictóricas y se mearan quinientos años de cerámica, voces desde el grupo empezarán a preguntar si todo eso es necesario…
En Los bárbaros… Alessandro Baricco manifiesta una profunda curiosidad por la mutación social contemporánea. El novelista italiano pertenece a la sección de los que gustan de una barbarie "no política" (ya sé, no sirve de nada ese nombre). Podría poner varios ejemplos de los límites de ese tipo de simpatía por el demonio, pero tal vez todo pueda resumirse en la increíble ausencia en las excelentes reflexiones de Baricco de la violencia como procedimiento bárbaro. Pero veamos (hay dos posts de Alejandro Piscitelli que son inexcusables para acompañar la lectura de Baricco -de hecho me enteré de la existencia del libro por el primero de ellos-: uno y dos).
Baricco parte del vago sentimiento generalizado en la comunidad intelectual y sus alrededores acerca del saqueo, del empobrecimiento cultural, de la metralla de los reality shows, los fast food, las larguísimas ediciones de la autoyuda ("una especie de declive de la cultura burguesa occidental"). Sus ensayos están pensados para escapar del sentido común culturalista y para comprender al monstruo (uno con branquias detrás de las orejas, que será acuático aunque ahora sea anfibio). Baricco escribió un libro por entregas (en principio Los Bárbaros… fue columnas en La Repubblica, publicadas durante el 2006); y ese libro trata acerca de lo que él considera un cambio radical en la concepción de la experiencia y el sentido. Y para considerar los síntomas de esa metamorfosis (superficie en lugar de profundidad, velocidad por reflexión, multitasking en lugar de especialización, etc.) Baricco se detiene en tres objetos culturales magníficos: el vino, el fútbol y los libros. Compara este momento con el contexto del ascenso de la burguesía, y considera que esta mutación es una carga antiromántica y, en cierto modo, contra la ilustración. Sin embargo, como su audiencia es civilizada los acentos no están puestos en los más revulsivo de la batería bárbara sino en las preguntas que liberan en su ataque a la noción de espíritu, noción que rodea asfixiantemente también a muchos civilizados. Y a cada paso, Walter Benjamin. Un Benjamin "disminuido" podríamos decir si nos diera por hacernos los civilizados, en la medida en que esas comparaciones se hacen a marchas forzadas (toda la culpa, dice Baricco, la tienen estas branquias que han empezado a salirme), pero un benjamin al fin. Cada tanto, el escritor consigue hacernos creer que estamos leyendo un tratado, porque sus intuiciones son fenomenales: por ejemplo cuando reflexiona sobre las admoniciones contra Google y se pregunta "¿Qué clase de criterio de calidad es este que está dispuesto a trocar un poco de verdad a cambio de una cuota de comunicación?" Y es que el costo de la verdad es altísimo, dice Baricco. El esfuerzo que implicaba entender La Novena ya no rinde sus frutos (además, como bien dice Lévi-Strauss, ya muy pocos leen música), ya no da placer. Sólo parece haber necesidades. Dice Baricco:

quotep

…con la complicidad de una determinada innovación tecnológica, un grupo humano esencialmente alineado con el modelo cultural del Imperio accede a un gesto que le estaba vedado, lo lleva de forma instintiva a una espectacularidad más inmediata y a un universo lingüístico moderno, y consigue así darle un éxito comercial asombroso…

Los límites de este libro son lo mejor que tiene porque dan lugar a preguntas y discusiones: en la cita, la noción de Imperio es casi tan discutible como el término ese de "forma instintiva". Es que Baricco enmudece frente a las hordas que pueblan Europa y frente a las variaciones violentas con las que se expresan algunos clanes bárbaros. Y habla la lengua sapiente de la razón para que los civilizados lo acompañen. Tomando como metáfora a la Muralla China les habla a los burgueses del espíritu para que comiencen a comprender, para escapar de la figura ominosa del monstruo. Por momentos mutante, por momentos pensante, Baricco no sabe cómo rematar sus analogías y metáforas porque no quiere hablar del expediente político de la mutación. Prefiere decir que todos estamos mutando. ¿Es eso?, ¿eso es lo que pasa?

el origen de las especies

Janet Browne. La Historia De El Origen De Las Especies de Charles Darwin, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2007, pp. 187.
Janet Browne

I

Para alguien que pasa mucho tiempo leyendo artículos, leer un libro en el tiempo que tardamos en terminar un paper es una actividad que pronto se descubre emocionante. El paper no paga. La íntima sensación de estar liquidando en dos horas un céntimo de las novedades editoriales puede incentivar nuevos embates al resto. La velocidad, sin embargo, puede hacer que la voz interior del lector se transforme en un berreo sincopado. Eso no es bueno,claro, pero el si texto que estamos asaltando con ese ritmo frenético se deja atrapar con esos trucos, o mejor, si se presta especialmente a ese tipo de trampas tácticas, entonces la glosolalia aumenta la sensación de poder acabar con lo nuevo.
Mientras leía el libro de Browne pensé en la nada descabellada posibilidad de desarrollar software del tipo lectores de texto a la medida de esa voz personal con la que cada uno de nosotros lee en silencio. Los que ya existen no son muy satisfactorios: cosas lentas y ferrosas, capaces de desactivar el goce vicario. Pero confío en que, en unos años, podamos escuchar el texto de Browne rápida y elocuentemente, mientras llenamos planillas o jugamos un bingo.

II

La divulgación escrita por especialistas, por científicos, es uno los mitos mejor pagados en la industria editorial; acaso consecuentemente es también un sueño que anima algunas nostálgicas fantasías de las sociales y las humanidades. No se trata sólo de un corolario del programa gnoselógico basado en el “derrame” de conocimiento de “arriba hacia abajo” sino en algo más modesto pero necesario: un modo vital de ser reconocido. Pero así como estamos a casi 150 años de la publicación de Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la existencia, también estamos lejos de los mineros lectores de Haeckel o los anarquistas fascinados por la argamasa de José Ingenieros. Además de la certera constancia de que el objeto libro se invoca cada vez menos (aún si los cánticos que lo promueven son cada vez más estridentes y autorizados), sabemos que la acaso ingenua aceptación de las colecciones de divulgación que proliferaron durante mucho tiempo (tipos grandes, abundantes párrafos y apartados, ilustraciones, etc.) hoy ya no se compran. Millones de lectores y lectoras finalmente se avivaron. En ese sentido, el libro de Janet Browne ofrece al lector urgido por los tiempos pero comprometido con el saber una buena batería paratextual: “agradecimientos”, “notas sobre las ediciones de El origen de las especies”, “Introducción”, “Bibliografía y lecturas complementarias”, y un índice onomástico que queda, irónicamente, a un paso del rigor de la ciencia. Este libro de “la estudiosa más importante de Darwin” [cita: lamentablemente no puedo confirmar ese juicio: sesenta solapas dicen otra cosa] viene acompañado de una tapa cautivante: unas hojas y unas caracolas en un tono, con un círculo verde sobreimpreso, de esos que en bajorrelieve y con distinta textura fueron pensados para ser acariciados.

III

Browne, en –justamente– los “agradecimientos”, agradece a los amigos del Wellcome Trust Centre for the History of the Medicine del University College de Londres por el asesoramiento que le prestaron para escribir el libro, pero también agradece a Kit y Evie: dos pequeños universitarios (“alumnos” les dice Browne, para forjar un crítptico homenaje a Charles Darwin utilizando terminología del S. XIX). Es notable la calidad de este libro para formar parte de un programa de una materia universitaria. Es muy conocida la resistencia de los adolescentes a leer materiales añejos y largos (el propio Darwin al parecer reconoció que algunos capítulos de su original libro eran pasmosamente lentos), y en especial la que aqueja a los estudiantes de biología que les evita todo contacto con el ilustre pero ya reconsiderado texto darwiniano. El libro de Browne viene a aliviar esa ausencia en el período formativo del grado universitario.
Si quitamos la introducción, las notas, la bibliografía complementaria y otros accesorios, las fotocopias del libro no superarán las 45 hojas doble faz. Kit y Evie se mostraron muy interesados por la vida y obra de Darwin en una sobremesa bien templada: tanto la autora como quien esto escribe suponen que ese interés se verá multiplicado por un trabajo práctico sobre el libro que partió al medio el siglo XIX, que tendrá como lectura obligatoria este libro de la Browne.

blogs otra vez

Unos días después del texto de Horacio González, largamente tratado en algunos blogs, el suplemento Ñ de Clarín publicó un texto de Christian Ferrer intitulado: "Blogs o el espectáculo del yo".
Los textos de Ferrer que leí son iluminadores. Lo mismo puede decirse de los de González. Pero si por ese motivo se hace necesario poner algunas balizas en el camino de la interpretación de sus escritos, aún más anotado deberá estar el circuito una vez que se ponen en serie. Y es probable que esa serie crezca. Vale decir: tendremos que viajar más lentamente; evitar ultimaciones y admoniciones. Aún queda mucho por discutir.
¿Y eso qué significa? Quiere decir que muchos de los participantes de ese debate aún no han consolidado un intercambio de conocimientos pertinentes: González y Ferrer rápidamente evidencian poca información acerca del debate que quieren dar. Y quienes pretendemos intervenir tenemos mucho que aprender de ellos acerca de los modos de pensar problemáticas más amplias que el estrecho pasillo blogspot. (Una digresión acá: el pudibundo lamento sobre la maledicencia de los personajes anónimos, sobre la perfidia de los embozados, sobre los trolls, etc., sobre el matonismo, es una versión diezmada y cobarde del reclamo de autoridad y jerarquía. Frente a la queja que esconde un argumento acerca de quién-puede-decir-algo-sobre-alguna cosa no hay nada que decir más que informarle al llorón o llorona de marras que preferiríamos no considerarla.) Acerca entonces del conocimiento: comparemos una reseña del NYRB sobre blogs con estos dos elementos de la serie que recién comienza. Mientras Sarah Boxer revela un manejo de las herramientas que discute, González y Ferrer deciden evitar su mención (me gusta más, sin embargo, la zona de debate y la pericia de los locales). Y aquí está el giro que provoca ciertas respuestas airadas y por momentos exultantes: poner a los blogs en el conjunto de tecnologías de la modernidad para luego hablar de la modernidad parece un sacrificio que vela toda posibilidad de discutir posibles diferencias. Pero sucede que para discutirlas hay que conocerlas.
Entre tantas cosas accesorias que podríamos discutir del texto de Ferrer -en su texto se pasa rápidamente de las intenciones a los efectos o al revés- , una se distingue entre todas: no haber comprendido que el asunto de los blogs no es un tema que pueda tratarse en singular (para un tratamiento alrededor de un tópico acorde con el texto de Ferrer, en torno a un blog fuerte [Kottke.org], puede consultarse el artículo Michael Keren, "Blogging and the Politics of Melancholy"). La lectura de blogs no halla en el post su unidad (por eso no se puede comparar, como lo hace Ferrer, el número de ensayos al año de los escritores del papel con el sistema de los diarios o las estrategias de los blogs; aunque tres ensayos por año también es una producción envidiable). La unidad de medida de la lectura de blogs ni siquiera es un blog. Su unidad es una red, más o menos densa, más o menos estable, alrededor de uno o dos hubs, con muchos alveolos y retículas débiles o fuertes. Su circuito está trazado por links, comments, posts, asides, archivos, páginas estáticas, twitter, facebook, cosas como delicious, googleos -desde la barra o desde el sitio-, libros de papel, mp3, radio, TV, etc. etc. Muchas personas con más expertise en ese tipo de lecturas se han dedicado a discutir las posibilidades de esos ejercicios antes que a creer que esa modalidad supere a la lectura de libros. (Gracias a David Mckenzie sabemos decir que el libro tampoco es una unidad ni sólo resultado del autor del texto.) Pero además de no competir con libros, la lectura de blogs se teje con distintas agujas y la urdimbre no es libertaria (y no lo es no porque se parezca a los discursos de sobremesa: cualquier género puede parecerse a un discurso de sobremesa, en algún momento de su historia). Pero sí se trata de un tejido con más modos de disponer la información. Y eso hay que celebrarlo discutiéndolos, leyendo claro también sus tremendas asimetrías y brechas.
Finalmente, el blog no es un juguete nuevo, aunque lo sea para Ferrer o para Clarín. Me enteró mientras estoy escribiendo esto (tengo que saltar de un lado a otro buscando referencias con google y cada tanto le doy un click al tab del firefox en donde aparecen los feeds de los blogs que leo) que InterLink HeadLine News 2.0 cumple 13 años. Qué bueno.

la lectura otra vez

Hace tiempo me dediqué a reflexionar acerca de la teoría que Mempo Giardinelli elaboró sobre la lectura. Era buena. Sin embargo, leyendo Con Valor (un filtro muy recomendable) accedo al Elogio de la lectura que escribió José Antonio Marina para festejar El día de la lectura en Andalucía. La teoría de Marina es decididamente mejor.
Dice Marina que leer no es un lujo ni una satisfacción privada sino, antes que nada, una necesidad social. Depende de la lectura la posibilidad de aprovechar las nuevas tecnologías:

quotep

Un burro conectado a internet sigue siendo un burro y, por ello, lo que necesitamos es que delante de las pantallas de los ordenadores haya gente ilustrada, culta, capaz de internarse animosamente por los espléndidos caminos del lenguaje, da lo mismo que sea a través de las líneas electrónicas o de las líneas de un libro.

El argumento secundariza "las pantallas de los ordenadores" (con este rizo Marina remite a las imágenes) con respecto a la lectura -cifra de las "buenas" prácticas digitales-. La lectura es algo que se practica antes que el mirar un monitor (este último ejercicio no puede ser ligado a la Cultura, porque un lector conectado a internet es algo más que eso, se transforma, a diferencia del burro, y su clave evolutiva no está mediada por las nuevas tecnologías). Pero si sólo eso señalara la sentencia de Marina, no estaríamos remitiendo a ella aquí, en este blog en el que no se permite el ingreso de animales.
Está claro que, además, el pensador se carga la teoría de Émile Borel sobre el mono ese que puesto a pulsar teclas de una máquina de escribir, a la larga escribiría cualquier libro de una biblioteca dada. El burro, que es un mamífero de dudosos conocimientos, aún con internet, no puede vaciar de sentido o resignificar el estigma que pesa sobre él, no porque no advierta su naturaleza sino porque no sabe leer. Por extensión: el mono no puede escribir un libro de, digamos, Emilio Durkheim no debido a las debilidades matemáticas del teorema sino porque no sabe leer.
Marina advierte que su texto no es una alocución para convencidos. Y sostiene:

quotep

Y no hay mejor medio que la lectura para adquirir esos mecanismos lingüísticos que son imprescindibles para una vida verdaderamente humana.

Aquí la Junta de Andalucía debería preguntarse si en esta sentencia no habita una pesada broma porque se parece y mucho a un fragmento de una especie de discurso patricio en un nuevo Aventino. Convocar a los no convencidos a la lectura del nuevo evangelio y ofrecerles una Nueva América que les depara nada menos que abandonar el incesto y ganar el bipedismo, o resulta contradictorio porque supone que, para entender lo que se promete, se posee aquello que se ofrece; o bien resulta un gesto a la san francisco pero de mayor impacto, en la medida en que el peso de un burro supera ampliamente el peso de unos pájaros. Digamos, con todo, que a Marina la conversación no le parece una actividad lingüística y, por ende, le parece una actividad no verdaderamente humana -lo que equivale a decir inhumana-. Dice Marina que:

Cuando el lenguaje falla, la violencia aparece.

Yo creía, vanamente, que podría sostenerse lo contrario. Marina me desasna: la democracia depende de la lectura. Los dictadores la censuran. Los dictadores prefieren la televisión porque si permanecemos pegados a ella, dice Marina, estamos en la antesala de la sumisión. La reflexión es de un género más bien breve, y por eso tal vez no abunde en el problema de un burro frente a un televisor. ¿Sigue siendo un burro el que ha visto una temporada de Lost o un talk show?
Los andaluces se enfrentan así a un dilema epimenideo: ¿deben movilizarse con esta arenga?