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Cultura de Clase. Radio y cine en la creación de una Argentina dividida (1920-1946)

Karush, cultura de clase
Después de leer el libro Cultura de Clase. Radio y cine en la creación de una Argentina dividida (1920-1946), pensé algunas preguntas y se las envié a su autor, Matthew Karush. Creo que el libro es recomendable para muchas áreas de investigación pero es indispensable para quienes estén interesados en el populismo, ya se escriba ese término con mayúsculas y en singular o de otras formas. Cultura de clase… tuvo una primera edición norteamericana (Duke University Press, 2012), y Karush ya había escrito avances sobre el tema del libro en la Hispanic American Historical Review. Sus respuestas confirman la originalidad del volumen y los alcances fascinantes que promete la exploración de sus hipótesis.
Karush, cultura de clase
Algo pasó durante los años treinta para que, a mediados de la década del cuarenta, surgiera el peronismo como intérprete de las demandas y deseos de l*s trabajador*s argentin*s. De esta idea acerca de las continuidades entre un período y otro –bastante extendida en la historiografía argentina– surgieron versiones del peronismo como un populismo menos rupturista que lo que imaginaron sus partidarios. La idea de un “modernismo conservador" fue muchas veces invocada para referirse al movimiento nacional y popular que hizo su entrada histórica con la “invasión" de una multitud de trabajador*s en el centro de Buenos Aires. Matthew Karush escribió Cultura de Clase… con la idea de analizar continuidades entre la cultura de masas forjada en los años treinta y el peronismo, pero con una idea distinta, la de pensar “modernismos alternativos" como reorganizadores de una modernidad cosmopolita con tradiciones locales. Ese enfoque le permitió a Karush explorar distintos ejes de la formación de una cultura de masas estructurada por fuertes emprendedores en distintos medios de comunicación –frente a un poderoso mercado transnacional pero con centro en Estados Unidos–, y audiencias con disposiciones para experimentar a través del melodrama las tensiones de clase, raza y género. Tensiones que el autor revisó e interpretó en distintos productos de la radio, el cine y la música del período. Dice Karush que, en lugar de un mito nacional –entonces arruinado por un clasismo barrial antes que fabril–, la cultura de masas sustanció el melodrama como espacio de significación de los resentimientos, anhelos e ideas de las clases subalternas. A mediados de los años cuarenta, ese espacio –ambiguo y magmático– se cargaría de sentidos políticos-estatales con la irrupción del peronismo, pero también el populismo tendría en esa alianza su reformulación, por las indeterminaciones inscriptas en el melodrama. Como bien lo expresa Ezequiel Adamovsky en el prólogo de la edición argentina –historiador con el que Karush dialogó intensamente en la parte final de libro–, Cultura de clase… es novedoso para distintas áreas de investigación en Argentina.
Estas son las respuestas que amablemente Matthew Karush me devolvió hace unos días:
NQ: ¿Cómo te vinculaste con Argentina?
MK: Me molesta mucho no tener una historia muy buena para explicar eso. La verdad es que al principio empecé a trabajar en Argentina por motivos intelectuales. Había hecho un proyecto de historia oral entre un grupo de trabajadores urbanos en Nicaragua. Cuando empecé mis estudios doctorales en la Universidad de Chicago, continuó mi interés en los movimientos obreros latinoamericanos. Elegí Argentina simplemente porque es un país en el cual la clase trabajadora ha desempeñado un papel histórico sobresaliente. Ahora, después de tantos años de trabajo y muchas visitas, tengo un montón de amigos argentinos y siento un lazo afectivo muy fuerte con el país.
NQ: Hay problemáticas persistentes en tus investigaciones. Desde tu tesis sobre los trabajadores rosarinos (“Workers or citizens: The construction of political identities in democratic Argentina, Rosario 1912-1930″, Univ. Of Chicago, 1997) hasta Cultura de Clase…, ya sea en clave política o en clave cultural, me parece claro tu interés por las enmarañadas relaciones entre los conceptos de esfera pública y clase. En tu tesis eso estaba articulado por discusiones sobre democracia y sistema político; en Cultura de Clase… el concepto “vernacular modernism" de Miriam Hansen hace posible discusiones generales a partir de asuntos locales. Tengo dos preguntas: ¿Se trata de una evolución o no percibís ambos los enfoques tan relacionados?, ¿cómo fue el viaje hacia la historia cultural (con tu paso por la compilación que hiciste con Oscar Chamosa, The New Cultural History of Peronism)?
Karush, cultura de clase
MK: Sí, cuando lo pienso ahora, es obvio que hay muchas conexiones entre mis varios proyectos. Cuando empecé la investigación para la tesis, tenía en mente una historia bastante “tradicional" de la clase obrera. O sea, me interesaban las movilizaciones de los sindicatos y la cuestión de cómo se formó la conciencia de clase. Pero en Chicago, estudié con el historiador William Sewell, que escribió Work and Revolution in France, un libro bastante importante dentro del llamado “linguistic turn". Así que cuando pensé el problema de clase, lo hice desde un punto de vista muy culturalista. Cuando llegué a Rosario, choqué un poco con la orientación materialista de la mayoría de los historiadores que conocí. Aprendí muchísimo de nuestras conversaciones y debates, pero al final no me convirtieron a mí, ni yo a ellos. Quería entender los orígenes de la identidad muy particular que asumió la clase trabajadora con el peronismo, y me di cuenta de que muchos elementos de esa identidad ya existían en los discursos políticos rosarinos durante las décadas anteriores al peronismo. En la tesis, y en el libro que escribí después, traté de demostrar que en Rosario la Ley Sáenz Peña abrió una competencia para los votos de los trabajadores y que esa competencia produjo nuevos discursos políticos, incluso uno, asociado con Ricardo Caballero, que interpelaba a votantes como trabajadores criollos. Era obvio que no pude entender las nuevas identidades de clase sin entender la cultura de los trabajadores, y por eso, leí folletos criollistas de la época. En ese sentido, a pesar del enfoque político, traté de escribir una historia cultural de la clase trabajadora.

Obviamente, la competencia electoral no fue el único proceso que generaba nuevas identidades. En Cultura de clase…, quiero mostrar cómo el cine y la radio contribuyeron con elementos importantes para esas identidades. Así que cambio el enfoque desde la política hacia la cultura de masas, pero en ambos casos, estoy analizando discursos que se dirigen hacia sectores trabajadores y también cómo esos sectores responden. En los dos libros quiero hacer un aporte al estudio de los orígenes del peronismo.

Con Oscar [Chamosa], nos dimos cuenta de que había todo un grupo de historiadores jóvenes (¡aunque yo ya no soy joven!) que estudiaba el peronismo desde una persepctiva culturalista, y teníamos la idea de juntar sus trabajos en una compilación para dar cuenta de esa corriente. Ahora, hay quienes nos critican diciendo que no hay nada nuevo en lo que hemos llamado “La nueva historia cultural del peronismo". Seguramente hay antecedentes importantes, como enfatizamos en la introducción del libro, pero para mí, la mayoría de trabajos sobre la historia cultural del peronismo se han limitado a estudiar la política cultural del peronismo, mientras estos nuevos estudios examinan la interacción entre política desde arriba y, digamos, la cultura popular. Al principio, pensé que esta nueva corriente se limitaba a historiadores que estudiaron en los Estados Unidos, lo cual atribuí a la influencia de Daniel James y de la historia cultural en general. Pero al final, cambié de opinión. Incluimos traducciones de trabajos de Anahí Ballent y de Mirta Lobato y sus coautores porque son excelentes, pero también para reconocer que la distancia metodológica no era tan grande. Si lo hiciéramos de nuevo, me gustaría invitar más historiadores jóvenes formados en Argentina.

NQ: Encuentro normal trabajar con una periodización que encapsula al primer peronismo (1945-1955) e interroga a los años treinta y sesenta como momentos distintos de la historia argentina. Leído desde esa mirada tradicional, tu libro parece ambiguo: se trata, claro, desde el título, de una investigación sobre la cultura de masas en Argentina antes del peronismo pero a lo largo de los capítulos los procesos que imbricaron la imaginación política y el melodrama populista ganan terreno y redibujan el esquema general. El peronismo es, supongo, repito, sugestionado por la periodización tradicional, el movimiento político que reubica unas historias de emprendedores culturales y audiencias de radio y cine en espacios en donde “cultura" ya no es un “campo" particular de la vida social sino un modo de significar las tramas de poder. Sin embargo, si acepto el enfoque no convencional de Cultura de Clase…, y me interrogo sobre las ambivalencias del melodrama como narrativa(s) de significación de mundo a lo largo del siglo XX, puedo hacer menos dependiente a la imaginación política de la Argentina moderna de la astucia del General Perón…¿Cómo trabaja un historiador con periodizaciones de respiración larga como las que tienen que ver con ese género literario?
MK: Es una pregunta muy interesante. Estuve hablando no hace mucho con Diego Armus, y me comentó que estaba cansado de la cronología política, o sea que le interesaban más los procesos históricos que no tenían sus puntos de inflexión en los golpes de estado o los mandatos presidenciales. Por eso estudia la tuberculosis y el hábito de fumar. Creo que lo entiendo a Diego, y que tiene razón. Pero, como ya conté, yo entré a la historia cultural para esclarecer la historia política. O sea, que analizar los cambios en la cultura de masas –tanto los folletos criollistas de 1900 como el cine y la radio de 1930– era para mí una manera de explicar el peronismo. Ahora bien, estoy consciente de que las cosas cambian: la Argentina de 1900 no es la de 1935 que no es la de 1945. Por eso trato de evitar un análisis del melodrama como género global de muy larga duración. Al contrario, me interesan las formas muy específicas que adopta el melodrama en la Argentina de 1930, y los cambios que sufre el género durante las décadas que siguen. Por otra parte, vos tenés razón cuando decís que en Cultura de clase…, Perón “reubica" la historia. Lo que pasa es que para mí el peronismo politiza discursos que vienen del melodrama cinemático y radial. Por eso, aunque estoy trabajando con el melodrama, o con géneros como el tango, que obedecen a cronologías muy distintas, la periodización de mi argumento viene de la historia política. No sé si es eso lo que vos considerás un “enfoque no convencional".

Creo que los especialistas en historia política y social tienen miedo a la cultura de masas como fuente. Se sienten cómodos investigando las condiciones de recepción, contando las radios, viendo dónde estaban los cines y cuánto costaba la entrada, etc. Lo que no quieren hacer, por lo general, es analizar el contenido de las películas, las canciones, los programas radiales. Por un lado, comprenden que hay especialistas en otras disciplinas que saben mejor que ellos cómo leer esos textos. Pero por otro lado, se preocupan por la imposibilidad de reconstruir los significados que expresaron esos textos en otro momento histórico. Obviamente, esa precaución es razonable pero creo que hay que enfrentar ese desafío. Es muy raro pensar que la cultura que consumían los argentinos en los años treinta no afectó su modo de pensar, su conciencia de clase, su identidad. Y aunque es difícil interpretar ese tipo de fuente, para mí no es más difícil que interpretar las fuentes más típicas de la historia social y política. La prensa, los discursos políticos, los manifiestos sindicales, los archivos históricos en general, todos requieren un trabajo de interpretación para encontrar significados históricos. No hay fuentes transparentes.

NQ: Tu análisis de la cultura de masas de los años treinta en Argentina tiene ejes que en investigaciones previas no habían sido articulados. Me refiero a la idea que relaciona una cultura popular algo rígida, con fortalezas que tenían más eficacia en los años veinte), mercados trasnacionales dinámicos (en la música y en el cine sobre todo), bravos emprendedores culturales, y un clasismo que le imprimía un tipo de lectura específica al melodrama. ¿Es esta una idea que permite analizar otros procesos nacionales en América Latina?
MK: Me alegro que mi análisis te parezca nuevo. Para entender la cultura de masas de esos años, analizo el mercado cultural transnacional. Creo que Hollywood y el jazz tuvieron un impacto muy importante sobre las audiencias y los productores argentinos. En términos generales, mi idea es que la competencia con los productos culturales norteamericanos produjo un proceso doble: los productores argentinos intentaron ofrecer productos tan modernos como el cine y la música norteamericanos, pero también enfatizaron la argentinidad de sus productos rescatando y refigurando varias tradiciones nacionales. El resultado fue una cultura ambigua pero con una tendencia fuerte hacia el clasismo. Ya que es un análisis casi estructural, creo que sí, se puede pensar para otras naciones. La posición de, digamos, México o Brasil dentro de los circuitos transnacionales en determinadas décadas no es igual a la de Argentina, y obviamente esos países tienen distintas tradiciones. Por eso la cultura de masas creada por los procesos transnacionales no sería equivalente en otros países. Pero creo que se pueden comparar esos casos desde este punto de vista. Un ejemplo que se me ocurre es el caso de la samba en Brasil. En su libro reciente, Micol Seigel muestra el intercambio importante entre músicos de jazz de los Estados Unidos y músicos brasileños en los años veinte. Y, como ha mostrado Florencia Garramuño, la evolución del samba y el tango como lo que ella llama “modernidades primitivas" es comparable.
NQ: En el libro analizás películas, canciones y grabaciones radiales. Me parece muy sugestiva la idea de un clasismo en la escucha de Catita, el persona de Niní Marshall, que nos lleva desde “reírse de" a “reírse con", y que obliga a considerar el antielitismo y en el mismo acto los deseos consumistas de las audiencias.
YouTube Preview Image Niní Marshall, Catita
MK: Sí, ahí está “Concierto andante con moto", un buen ejemplo del personaje de Catita en los programas de radio (creo que Catita cambia mucho en las películas, porque los directores la meten en tramas melodramáticos). El humor en estos libretos surge por un lado de la ignorancia y la falta de buen gusto de parte de Catita. En este sentido, el libreto les invita a los oyentes a reírse de ella y a sentirse superiores. Pero otra fuente de humor es la inversión en las relaciones de poder. En este caso, el locutor Juan Carlos Thorry, la critica a Catita por no hablar bien y por no saber apreciar la música culta. Pero al final, como siempre en los libretos de Catita, Thorry termina como el blanco de la broma: la corrige a Catita por decir “cabieron" en vez de “cupieron", y ella lo llama “grosero" por decir “escupieron". Para los historiadores, el problema de este tipo de fuente, como dije más arriba, es que es difícil saber cómo lo entendieron los oyentes de la época. Para enfrentar ese problema, yo leí las cartas al director enviadas a las revistas. Encontré algunas que muestran una actitud superior a Catita – o sea, que a esos oyentes les gustó Catita porque la vieron como un ejemplar de un tipo porteño verdadero (la guaranga) y disfrutaron burlándose de ese tipo social. Pero encontré otras cartas que muestran otra actitud. En esas cartas, los oyentes se identifican con Catita, se ríen con ella. Creo que la vieron como una versión exagerada de ellos mismas. Si en la vida les molestó la actitud de gente educada que se creían superiores, las bromas de Catita les pudo parecer una revancha.
NQ: Tu reinterpretación de la relación entre Perón y las masas es también una conversación sobre los lenguajes políticos, en la que no importa tanto la astucia o las motivaciones del líder sino las afinidades interpretativas, en este caso, fórmulas “vernaculares" y melodramáticas que permiten leer la realidad. Es verdad que las investigaciones sobre el melodrama como matriz de intelección señalan las relaciones de ese género y los deseos de justicia social, pero en Cultura de Clase… ese tema es más que un insight o un comentario inteligente escrito en el margen. Cuando leía en tu libro sobre las relaciones entre el melodrama popular y la “polarización" que protagonizó el peronismo, entre el binarismo melodramático de ricos y pobres y los ideologemas que Perón puso en circulación, entendí que tal vez lo que tradicionalmente había sido concebido como la influencia en el peronismo de la Doctrina Social de la Iglesia Católica, podía ser atacado desde otro lugar. Pienso que los análisis de las relaciones entre la iglesia y los católicos, entonces, también pueden beneficiarse de tu interpretación. Las relaciones entre pietismo y clasismo siguen, en definitiva, el andarivel herético….
MK: Creo que menciono la Iglesia una o dos veces en el libro entero. Obviamente, merece mucho más atención en el estudio del peronismo. Por suerte, como decís, otros historiadores han estudiado la influencia de la Doctrina Social Católica sobre el peronismo. Creo que ese binarismo entre ricos y pobres puede tener más de una fuente. La imagen social que surgía del catolicismo no era exactamente igual a lo que presentaba el melodrama, pero se pueden notar semejanzas. O para decirlo de otra manera, varias imágenes sociales parecidas estaban en el aire en esa época, y se puede verlo tanto en el cine y el tango como en la Iglesia. Perón puede haber tomado elementos para su discurso político de las dos fuentes (y otras más). Ahora, si mi interpretación puede ayudar a analizar el catolicismo, o la relación entre el pietismo y el clasismo, me alegro. Pero lo dejo a otros historiadores que saben mucho mejor que yo la historia de la Iglesia en Argentina.
NQ: Sobre ese mismo tema y teniendo en cuenta lo que indicás en el breve epílogo de Cultura de Clase… : recuerdo el capítulo de Daniel James sobre el poema para Clarita (en Doña María…), en donde James dibuja una bifurcación en la relación peronismo y melodrama: un melodrama abierto, patético y proletario, que encarna el poema de Doña María, y un melodrama de clausura verificado en el discurso estatal-peronista. ¿Cómo continúa el desarrollo de ese tipo particular de lectura proletaria luego del primer peronismo, cuando la cultura de masas se reorienta hacia la clase media? (Pienso en las ideas sobre esfera pública y proletarios que Miriam Hansen retomó de Oscar Negt y Alexander Kluge.)
MK: Siguiendo a Ezequiel Adamovsky y otros, sugiero en el epílogo que la cultura de masas de los años 50 y 60 se reorienta, como decís, hacia la clase media. Pero tu pregunta es muy importante: ¿cómo responde la clase proletaria a esta nueva cultura? En cierto sentido, creo que la cultura de masas del primer peronismo es la cultura de masas de los años 30. Como señalo en el libro, hay cambios, pero las pautas principales ya están establecidas. Pero ese ciclo parece terminar en el 55. ¿Cómo es la cultura proletaria en la nueva etapa? Y sí, para esta tarea, creo que lo de Hansen y de Negt y Kluge podría ser muy útil. Habría que ver cómo crean los trabajadores una esfera pública alternativa con materiales que encuentran en la televisión y el cine dirigidos hacia consumidores de la clase media. ¿Qué significados pueden haber hecho de El Club del Clan, La Familia Falcón, etc? Como no hice la investigación, no tengo las respuestas. Me imagino que existía (como en épocas anteriores) un fuerte deseo de acceder a la movilidad social, pero que también existían lecturas alternativas e incluso oposicionales, nutridas de las tradiciones peronistas y sindicales. Por otra parte, tengo la impresión de que varios temas viejos vuelven a la cultura de masas, aunque en nuevas formas. Por ejemplo, con una telenovela como Rolando Rivas, Taxista de los años 70, estamos frente una vez más a una historia de amor entre un pobre y una rica.
NQ: ¿Qué estás investigando en la actualidad?
MK: Ahora estoy investigando la historia transnacional de la música popular argentina. Sigo con la cultura de masas y con la cuestión del mercado transnacional. Pero estoy ampliando el enfoque cronológico para abarcar todo el siglo veinte (y dejando de lado la cuestión de los orígenes del peronismo). En el libro, cada capítulo tomará la historia de uno o dos músicos. Ya tengo escrito un capítulo sobre el guitarista de jazz Oscar Alemán y otro sobre Lalo Schifrin y Gato Barbieri, y estoy trabajando ahora sobre Astor Piazzolla. Durante el año que viene voy a empezar con Sandro, Mercedes Sosa, algunos músicos de rock nacional y de cumbia villera. La idea es examinar los viajes, literales y metafóricos, que hacen esos músicos y sus fans para llegar a entender mejor la “modernidad periférica" de Argentina, en los términos de Sarlo, y cómo iba cambiando esa posición durante el siglo. La idea es que sus encuentros con géneros e ideas extranjeras les abrieron ciertas oportunidades mientras les cerraron otras. Por ejemplo, en Europa y en Estados Unidos, le ponen la etiqueta "Latin" a Gato Barbieri. Es una nueva identidad para él, y su respuesta creativa produce un nuevo estilo de "Latin jazz". En el libro voy a examinar una variedad de casos, en los que los músicos enfrentan estilos, ideas o estructuras económicas transnacionales.

Presentación del libro “El hecho maldito”

Invitamos a la presentación del libro de Omar Acha y Nicolás Quiroga

EL HECHO MALDITO. CONVERSACIONES PARA OTRA HISTORIA DEL PERONISMO

Rosario, Prohistoria Ediciones, 2012.

Integran el panel de presentación:

MARIANA GARZON ROGE, GERARDO ABOY CARLES y los autores.

* * *

Lugar: Biblioteca Nacional, Sala CORTAZAR – Ciudad de Buenos Aires

Fecha: Miércoles 21 de noviembre de 2012, 19 horas.

Al finalizar tendrá lugar un brindis de honor entre lxs presentes.

Darnton sobre Google

De nuevo.
Ya mencionamos un texto de Robert Darnton contra sobre Google, publicado hace un tiempo en el The New York Review of Books. Allí Darnton sonaba como un lamento bibliotecario frente a la arremetida Google en el campo de la digitalización. (Largo paréntesis: En la revista Pasajes de otoño 2008, Anaclet Pons y Justo Serna coordinaron un dossier titulado Internet, libros y cultura digital. En ese dossier hay varios artículos muy recomendables para ser leídos y discutidos: el de Pons (sobre digital history); el de Serna (sobre la experiencia de los blogs); una puesta al día sobre proyectos de digitalización escrita por Julia Puig, quien forma parte del proyecto Cervantes Virtual; una nota de Manuel Talens sobre traducción e internet; un notable texto de Paul Mathias (artículo que un día de estos alguien subirá a scribd.com o a rapidshare); una entrevista muy amena y lúcida a Javier Echeverría acerca del "tercer entorno", y finalmente, la traducción del artículo de Robert Darnton.)
Ahora Darnton escribe de nuevo en NYRB acerca del copyright. Un artículo mucho menos nostálgico que el anterior, que revela el evidente deterioro del aura de ese privilegio en la era de la reproducción digital. Darnton no llega a promocionar su caída; en lugar de eso, se pregunta cómo hacer para democratizar el acceso al conocimiento (como hace Google) pero sin multiplicar las chances monopolísticas de la empresa ya multifacética. (Me entero por el libro en progreso de Siva Vaidhyanathan, la googlización de todo.)

pd: si alguno se interesa por la revista Pasajes no se gaste en enviarle un mail a la empresa que la distribuye porque no contestan ni uno (gracias Mariano por enviármela). Ese sólo aspecto de la (in)difusión del conocimiento puede servir como justificación para los desaprensivos escaneadores, los anarquistas del conocimiento, los maledetti pirati.

Los historiadores británicos: la depresión y la euforia

post cruzado desde Clionauta

David Cannadine se pregunta cómo los británicos han escrito la historia en un volumen veraniego, aparecido a finales de agosto: Making History Now and Then: Discoveries, Controversies and Explorations (Palgrave Macmillan). En realidad, se trata de una recopilación de los artículos y conferencias que elaboró a lo largo de una década como director del Institute of Historical Research. Parece que, en su tónica habitual, el libro se lee con agrado, gracias a sus buenas dosis de ingenio y cierta mordacidad. En el apéndice nos dice, por ejemplo, que la tarea de reseñar libros suele ser a menudo un ejercicio de envidia y resentimiento académicos, en el que un estudioso corto de miras y gruñón reprende a otro con mayores méritos (esperemos que no sea el caso). De ahí que nos proponga cuatro reglas para los críticos: “Léete el libro, sitúalo, descríbelo y júzgalo”. Por otro lado, y para quien sufre el comentario, recomienda que si la reseña es simplemente crítica u hostil o antagónica, pero no un agravio, es mucho más prudente y decente sufrirla en silencio. Y ello porque, como señala Cannadine, hay pocas cosas que hagan tan feliz a un reseñista como saber que su crítica ha tenido efecto.

Cannadine

De todos modos, dice otras muchas cosas de interés. Como, por ejemplo, que la profesión histórica británica, más numerosa y productiva que nunca, tiene la moral por los suelos (”a depressed professoriate”). En parte, ello se debería a que su influencia sobre la vida pública y cultural de Gran Bretaña es mucho menor de lo que lo ha sido en el último cuarto de siglo. Sin embargo, esta opinión dista mucho de ser compartida por sus colegas. Así al menos lo señaló la historiadora Juliet Gardiner el The Times a finales de julio.

Según Gardiner, si se preguntara a los europeos del Continente, la respuesta sería que la reputación de sus colegas británicos está más alta que nunca. Fijémonos en el éxito de Ian Kershaw, a quien incluso los alemanes tinen por el más reputado biógrafo de Hitler. Y ahora preguntémonos, añade el propio Kershaw, si el público británico daría la misma calurosa bienvenida a un historiador alemán que emprendiera la biografía de Churchill. De hecho, remacha Gardiner, ningún historiador europeo ha tenido impacto significativo en el mercado editorial de aquellas islas (al menos desde Montaillou y El Queso y los gusanos). En cambio, como dice el especialista en el nazismo Richard Evans, ningún estudioso alemán puede ignorar el trabajo de Ian Kershaw, ningún ruso el de Robert Service o Geoffrey Hoskins, ningún español el de Paul Preston, ningún italiano el de Denis Mack Smith o Lucy Riall, y ningún franccés el de Theodore Zeldin, por citar algunos casos representativos. Todos ellos, y otros como Lisa Jardine, Linda Colley, Simon Schama o Orlando Figes son referentes universales (”a los historiadores británicos se los reconoce como los mejores del mundo”, dice este último).

¿Por qué? Para Evans la razón está clara. En el Continente, la historia forma parte de las ciencias sociales, de modo que se escribe con gran academicismo, con un estilo teórico que puede llegar a ser impenetrable; en el Reino Unido, la disciplina es vista casi como una rama de la literatura, además de contar con una larga tradición de historia empírica y narrativa que hace de ella un relato vivo, en parte por el cultivo de la biografía.

En cambio, para Paul Preston la clave hay que buscarla en el “factor de la distancia”, al menos en el caso español. De hecho, en el setenta aniversario de la guerra civil, cuando la editorial Crítica tuvo que buscar a un autor para publicar un volumen sobre la contienda escogió a Beevor, que realizó una nueva versión de su libro de 1982 y cosechó un gran éxito de ventas. Arabella Pike, editora de Preston en HarperCollins, anuncia además que el siguiente (y tiempo ha anunciado) libro de Preston versará sobre el “holocausto español” – las víctimas del genocidio de Franco – utilizando para ello distintos testimonios. Es un tema que todavía sería difícil para un español, pero Preston ya ha conseguido editor para los USA (Norton), Italia y, por supuesto, España (Mondadori).

La pregunta sería, pues, por qué no sucede lo contrario. La respuesta, en parte, es que los ingleses son algo parroquianos, poco interesados en lo que los otros puedan decir de ellos. De hecho, como apunta Gardiner, ni siquiera se traduce mucha literatura. Pero, claro está, se lo pueden permitir. Hace una década, añade, pocos historiadores tenían agentes literarios, pero ahora todas las agencias tienen en cartera un pequeño pero lucrativo grupo de historiadores, cuyos libros saben que pueden vender en todo el mundo.

¿Durante cuánto tiempo se mantendrá esta situación? Linda Colley, una historiadora británica que ejerce en Princeton y cuyos últimos libros (Captives y The Ordeal of Elizabeth Marsh) han tenido un gran impacto, es pesimista. “Dado el declive de la enseñanza de idiomas en la escuela”, cabe preguntarse “cuántos estudiantes de tercer ciclo tendrán capacidad lingüística para sumergirse en los archivos extranjeros” ¿Cómo modificará eso la hegemonía de Gran Bretaña en la escritura de la historia del mundo? …

Índice del libro de Cannadine:

Preface
Inaugural: Making History Now!
Perspectives: One Hundred Years of Doing History in Britain
Monarchy: Crowns and Contexts, Thrones and Dominations
Parliament: Past History, Present History and Future History
Economy: The Growth and Fluctuations of the Industrial Revolution
Heritage: The Historic Environment in Historical Perspective
Tradition: Inventing and Re-Inventing the ‘Last Night of the Proms’
Nation: British Politics, British History and British-ness
Dominion: Britain’s Imperial Past in Canada’s Imperial Past
Empire: Some Anglo-American Ironies and Challenges
Recessional: Two Historians, the Sixties and Beyond
Valedictory: Making History, Then?
Appendix: On Reviewing and Being Reviewed

Anthony Grafton: “Codex in Crisis”, el mundo del libro tiembla

post cruzado desde Clionauta

A finales de 2007, el historiador de Princeton Anthony Grafton publicó un artículo en The New Yorker sobre la digitalización y sus descontentos. En este blog dimos cumplida cuenta de todo ello, traduciendo parte de esa reflexión a los pocos días. Quienes deseen conocer aquella contribución al completo están, por otra parte, de suerte, pues la revista Pasajes publicará ese mismo ensayo después del verano en un número dedicado a internet, número que editaremos mi compañero Justo Serna y un servidor de ustedes.
Grafton, Codex
Lo que no apareció en la anterior entrada sobre el asunto, ni podremos calibrar en esa revista, es el éxito que Grafton consechó con ese breve texto, como tampoco las discusiones suscitadas con posterioridad. Quede, pues, constancia de ello. Sólo así se entenderá que este historiador haya decidido ampliar aquellas digresiones hasta convertirlas en un libro, cuyo título es el mentado Codex in Crisis (Nueva York, The Crumpled Press, 2008). Además, es una rareza. Grafton apenas ha aumentado su escrito, pasando de cuatro mil a dieciséis mil palabras que caben en unas escasas 53 páginas, pero el volumen se ha beneficiado de una edición exquisita, cosida a mano, y con una tirada única y definitiva de 250 ejemplares. La casa editorial, de nombre elocuente, jura y perjura que ahí se acaba todo y que la obra no gozará de posteriores reimpresiones o reediciones.
Dice Grafton en ese volumen hablando de las grandes bibliotecas y la digitalización:

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Durante la última década, más o menos… las ciudades del libro han sido de todo excepto tranquilas. El ordenador e internet han transformado la lectura de forma más profunda que cualquier otra cosa desde la aparición de la imprenta. En las grandes bibliotecas, de Stanford a Oxford, se pasan las páginas, los escáners resuenan, las bases de datos crecen -y el mundo de los libros, el de la información protegida por los derechos de autor y el de los depósitos de ejemplares, tiembla.

Quienes deseen más tienen tres opciones. Una (dejemos al chiquilicuatre al magen), adquirir el nuevo libro por unos escasos treinta dólares. Dos, reservar un ejemplar del número sobre intenet que publicará Pasajes a la vuelta del verano. Y tres, seguir la columna quincenal que el propio Grafton escribe para el periódico de su Universidad, el Daily Princetonian.