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Presentación del libro “El hecho maldito”

Invitamos a la presentación del libro de Omar Acha y Nicolás Quiroga

EL HECHO MALDITO. CONVERSACIONES PARA OTRA HISTORIA DEL PERONISMO

Rosario, Prohistoria Ediciones, 2012.

Integran el panel de presentación:

MARIANA GARZON ROGE, GERARDO ABOY CARLES y los autores.

* * *

Lugar: Biblioteca Nacional, Sala CORTAZAR – Ciudad de Buenos Aires

Fecha: Miércoles 21 de noviembre de 2012, 19 horas.

Al finalizar tendrá lugar un brindis de honor entre lxs presentes.

Darnton sobre Google

De nuevo.
Ya mencionamos un texto de Robert Darnton contra sobre Google, publicado hace un tiempo en el The New York Review of Books. Allí Darnton sonaba como un lamento bibliotecario frente a la arremetida Google en el campo de la digitalización. (Largo paréntesis: En la revista Pasajes de otoño 2008, Anaclet Pons y Justo Serna coordinaron un dossier titulado Internet, libros y cultura digital. En ese dossier hay varios artículos muy recomendables para ser leídos y discutidos: el de Pons (sobre digital history); el de Serna (sobre la experiencia de los blogs); una puesta al día sobre proyectos de digitalización escrita por Julia Puig, quien forma parte del proyecto Cervantes Virtual; una nota de Manuel Talens sobre traducción e internet; un notable texto de Paul Mathias (artículo que un día de estos alguien subirá a scribd.com o a rapidshare); una entrevista muy amena y lúcida a Javier Echeverría acerca del "tercer entorno", y finalmente, la traducción del artículo de Robert Darnton.)
Ahora Darnton escribe de nuevo en NYRB acerca del copyright. Un artículo mucho menos nostálgico que el anterior, que revela el evidente deterioro del aura de ese privilegio en la era de la reproducción digital. Darnton no llega a promocionar su caída; en lugar de eso, se pregunta cómo hacer para democratizar el acceso al conocimiento (como hace Google) pero sin multiplicar las chances monopolísticas de la empresa ya multifacética. (Me entero por el libro en progreso de Siva Vaidhyanathan, la googlización de todo.)

pd: si alguno se interesa por la revista Pasajes no se gaste en enviarle un mail a la empresa que la distribuye porque no contestan ni uno (gracias Mariano por enviármela). Ese sólo aspecto de la (in)difusión del conocimiento puede servir como justificación para los desaprensivos escaneadores, los anarquistas del conocimiento, los maledetti pirati.

Los historiadores británicos: la depresión y la euforia

post cruzado desde Clionauta

David Cannadine se pregunta cómo los británicos han escrito la historia en un volumen veraniego, aparecido a finales de agosto: Making History Now and Then: Discoveries, Controversies and Explorations (Palgrave Macmillan). En realidad, se trata de una recopilación de los artículos y conferencias que elaboró a lo largo de una década como director del Institute of Historical Research. Parece que, en su tónica habitual, el libro se lee con agrado, gracias a sus buenas dosis de ingenio y cierta mordacidad. En el apéndice nos dice, por ejemplo, que la tarea de reseñar libros suele ser a menudo un ejercicio de envidia y resentimiento académicos, en el que un estudioso corto de miras y gruñón reprende a otro con mayores méritos (esperemos que no sea el caso). De ahí que nos proponga cuatro reglas para los críticos: “Léete el libro, sitúalo, descríbelo y júzgalo”. Por otro lado, y para quien sufre el comentario, recomienda que si la reseña es simplemente crítica u hostil o antagónica, pero no un agravio, es mucho más prudente y decente sufrirla en silencio. Y ello porque, como señala Cannadine, hay pocas cosas que hagan tan feliz a un reseñista como saber que su crítica ha tenido efecto.

Cannadine

De todos modos, dice otras muchas cosas de interés. Como, por ejemplo, que la profesión histórica británica, más numerosa y productiva que nunca, tiene la moral por los suelos (”a depressed professoriate”). En parte, ello se debería a que su influencia sobre la vida pública y cultural de Gran Bretaña es mucho menor de lo que lo ha sido en el último cuarto de siglo. Sin embargo, esta opinión dista mucho de ser compartida por sus colegas. Así al menos lo señaló la historiadora Juliet Gardiner el The Times a finales de julio.

Según Gardiner, si se preguntara a los europeos del Continente, la respuesta sería que la reputación de sus colegas británicos está más alta que nunca. Fijémonos en el éxito de Ian Kershaw, a quien incluso los alemanes tinen por el más reputado biógrafo de Hitler. Y ahora preguntémonos, añade el propio Kershaw, si el público británico daría la misma calurosa bienvenida a un historiador alemán que emprendiera la biografía de Churchill. De hecho, remacha Gardiner, ningún historiador europeo ha tenido impacto significativo en el mercado editorial de aquellas islas (al menos desde Montaillou y El Queso y los gusanos). En cambio, como dice el especialista en el nazismo Richard Evans, ningún estudioso alemán puede ignorar el trabajo de Ian Kershaw, ningún ruso el de Robert Service o Geoffrey Hoskins, ningún español el de Paul Preston, ningún italiano el de Denis Mack Smith o Lucy Riall, y ningún franccés el de Theodore Zeldin, por citar algunos casos representativos. Todos ellos, y otros como Lisa Jardine, Linda Colley, Simon Schama o Orlando Figes son referentes universales (”a los historiadores británicos se los reconoce como los mejores del mundo”, dice este último).

¿Por qué? Para Evans la razón está clara. En el Continente, la historia forma parte de las ciencias sociales, de modo que se escribe con gran academicismo, con un estilo teórico que puede llegar a ser impenetrable; en el Reino Unido, la disciplina es vista casi como una rama de la literatura, además de contar con una larga tradición de historia empírica y narrativa que hace de ella un relato vivo, en parte por el cultivo de la biografía.

En cambio, para Paul Preston la clave hay que buscarla en el “factor de la distancia”, al menos en el caso español. De hecho, en el setenta aniversario de la guerra civil, cuando la editorial Crítica tuvo que buscar a un autor para publicar un volumen sobre la contienda escogió a Beevor, que realizó una nueva versión de su libro de 1982 y cosechó un gran éxito de ventas. Arabella Pike, editora de Preston en HarperCollins, anuncia además que el siguiente (y tiempo ha anunciado) libro de Preston versará sobre el “holocausto español” – las víctimas del genocidio de Franco – utilizando para ello distintos testimonios. Es un tema que todavía sería difícil para un español, pero Preston ya ha conseguido editor para los USA (Norton), Italia y, por supuesto, España (Mondadori).

La pregunta sería, pues, por qué no sucede lo contrario. La respuesta, en parte, es que los ingleses son algo parroquianos, poco interesados en lo que los otros puedan decir de ellos. De hecho, como apunta Gardiner, ni siquiera se traduce mucha literatura. Pero, claro está, se lo pueden permitir. Hace una década, añade, pocos historiadores tenían agentes literarios, pero ahora todas las agencias tienen en cartera un pequeño pero lucrativo grupo de historiadores, cuyos libros saben que pueden vender en todo el mundo.

¿Durante cuánto tiempo se mantendrá esta situación? Linda Colley, una historiadora británica que ejerce en Princeton y cuyos últimos libros (Captives y The Ordeal of Elizabeth Marsh) han tenido un gran impacto, es pesimista. “Dado el declive de la enseñanza de idiomas en la escuela”, cabe preguntarse “cuántos estudiantes de tercer ciclo tendrán capacidad lingüística para sumergirse en los archivos extranjeros” ¿Cómo modificará eso la hegemonía de Gran Bretaña en la escritura de la historia del mundo? …

Índice del libro de Cannadine:

Preface
Inaugural: Making History Now!
Perspectives: One Hundred Years of Doing History in Britain
Monarchy: Crowns and Contexts, Thrones and Dominations
Parliament: Past History, Present History and Future History
Economy: The Growth and Fluctuations of the Industrial Revolution
Heritage: The Historic Environment in Historical Perspective
Tradition: Inventing and Re-Inventing the ‘Last Night of the Proms’
Nation: British Politics, British History and British-ness
Dominion: Britain’s Imperial Past in Canada’s Imperial Past
Empire: Some Anglo-American Ironies and Challenges
Recessional: Two Historians, the Sixties and Beyond
Valedictory: Making History, Then?
Appendix: On Reviewing and Being Reviewed

Anthony Grafton: “Codex in Crisis”, el mundo del libro tiembla

post cruzado desde Clionauta

A finales de 2007, el historiador de Princeton Anthony Grafton publicó un artículo en The New Yorker sobre la digitalización y sus descontentos. En este blog dimos cumplida cuenta de todo ello, traduciendo parte de esa reflexión a los pocos días. Quienes deseen conocer aquella contribución al completo están, por otra parte, de suerte, pues la revista Pasajes publicará ese mismo ensayo después del verano en un número dedicado a internet, número que editaremos mi compañero Justo Serna y un servidor de ustedes.
Grafton, Codex
Lo que no apareció en la anterior entrada sobre el asunto, ni podremos calibrar en esa revista, es el éxito que Grafton consechó con ese breve texto, como tampoco las discusiones suscitadas con posterioridad. Quede, pues, constancia de ello. Sólo así se entenderá que este historiador haya decidido ampliar aquellas digresiones hasta convertirlas en un libro, cuyo título es el mentado Codex in Crisis (Nueva York, The Crumpled Press, 2008). Además, es una rareza. Grafton apenas ha aumentado su escrito, pasando de cuatro mil a dieciséis mil palabras que caben en unas escasas 53 páginas, pero el volumen se ha beneficiado de una edición exquisita, cosida a mano, y con una tirada única y definitiva de 250 ejemplares. La casa editorial, de nombre elocuente, jura y perjura que ahí se acaba todo y que la obra no gozará de posteriores reimpresiones o reediciones.
Dice Grafton en ese volumen hablando de las grandes bibliotecas y la digitalización:

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Durante la última década, más o menos… las ciudades del libro han sido de todo excepto tranquilas. El ordenador e internet han transformado la lectura de forma más profunda que cualquier otra cosa desde la aparición de la imprenta. En las grandes bibliotecas, de Stanford a Oxford, se pasan las páginas, los escáners resuenan, las bases de datos crecen -y el mundo de los libros, el de la información protegida por los derechos de autor y el de los depósitos de ejemplares, tiembla.

Quienes deseen más tienen tres opciones. Una (dejemos al chiquilicuatre al magen), adquirir el nuevo libro por unos escasos treinta dólares. Dos, reservar un ejemplar del número sobre intenet que publicará Pasajes a la vuelta del verano. Y tres, seguir la columna quincenal que el propio Grafton escribe para el periódico de su Universidad, el Daily Princetonian.

Darnton y la digitalización

Robert Darton publicó un texto en la edición de junio de este año de la revista The New York Review of Books. "The Library in the New Age" se ocupa inequívocamente del lugar de las bibliotecas y de los especialistas ligados a esa institución en la actualidad. El texto sigue el rastro de otro que escribió Anthony Grafton hace un tiempo en The New Yorker. Ambos dan cuenta de cierto malestar: la pérdida de un tipo de autoridad en el trabajo académico que representa la caída de una institución como la biblioteca (no el éxodo de lectores -retirada que ya podía vertificarse antes del surgimiento de las nuevas tecnologías de la información-, sino el desplazamiento de su lugar en las coordenadas de la investigación). Y aunque Darnton no es un enemigo de las nuevas tecnologías, en el texto el espectro asolador se llama Google. El historiador discutirá en 8 puntos algunos problemas vinculados a la digitalización masiva de documentos. No nos detendremos en cada uno de ellos pero conviene revisar una idea del artículo.

Su argumento comienza con una certeza: la inestabilidad del Texto. Pero esa inestabilidad remite a un control, a un lugar de autoridad que la conjure, en lugar de ser intrínseca a un registro que poseyó históricamente -pero para algunos ya lo tiene por naturaleza- un diferencial de poder (y eso hace, pienso, que no tenga mucho sentido decir cosas como, por ejemplo, que todas las épocas son eras de la información). El lugar del bibliotecario es lo que pone en juego esa sentencia de apariencia posmo (según Darnton Google nunca contrató uno, pero si lo hiciera, pienso, la discusión seguiría en pie: si Coca-Cola contrata antropólogos, ¿significa eso que sus estrategias comerciales son más elogiables?) Hacia el final, Darnton dirá que la tinta sobre papel es el mejor lugar para los textos. Y allí la idea de texto adquiere un sentido único que el propio Darnton se encargó de corroer en otros escritos.
El debate se enrarece con este tipo de fórmulas: nadie parece apostar por una utopía de último párrafo en la que Google conviva con bibliotecarios del tipo Jorge (El nombre de la Rosa). Y eso no se debe a que consideremos que Google es fabuloso o a que las bibliotecas huelan a viejo: obedece a que no hay lugar para la utopía una vez que se nos ha planteado la disyuntiva entre dos tecnologías. Y eso no sucede sólo porque el espectro Google posea un afán de poder inescrutable e inextinguible, sino porque se enfrenta a una usina de asimetrías fenomenal y hegemónica: la ilustrada idea de que hay algo que subyace en los textos que puede ser extraído; la idea de que hay un texto en clase. Hay algo de necesario en las instituciones que fundamentan la investigación, y hay algo de "necesario" en la naturalización de sus sentidos menos igualitarios, pero cuando esos sentidos se postulan como fundamentos que tienen su origen en la naturaleza de los materiales con los que se trabaja, el debate se vuelve sobre sí, nos obliga a repensar el sentido mismo de proponer ese tipo de discusiones, de tensiones.
¿Existen diferencias absolutas y radicales entre un documento digital y otro en soporte papel? La pregunta ya las presupone. Y le inventa un aura al soporte papel que se lleva mal incluso con el propio desarrollo de las tecnologías ligadas al proyecto ilustrado, en la medida en que la reproducción mecánica debe aliviar la idea de que una copia de la Biblia, por ejemplo, comprada en Liverpool difiere de otra adquirida en Accra. Para distinguir un soporte de otro, Darnton sugiere que al leer un documento en soporte digital no podemos conocer su tamaño. Es un argumento un tanto rebuscado: entiendo que eso es importante para quienes quieran conocer ese tipo de cuestiones, pero si nos interesara conocer la composición quimíca de la tinta de color rojo aplicada sobre determinados ex-libris, no podríamos decir que el mejor lugar para esos libros es un laboratorio de análisis. Existen, sin embargo durísimos problemas en torno a la digitalización, a los aspectos comerciales ligados a esta última, etc, que Darton revisa. Podría haber continuado su comparación y tratar los problemas de larga duración que aquejan al mundo de las bibliotecas. Pero no: la consigna es cuidar las bibliotecas. Y no se puede estar en desacuerdo con ese principio.

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