literatura

Villa Celina

Juan Diego Incardona. Villa Celina, ilustraciones de Daniel Santoro, Editorial La otra orilla, Buenos Aires, 2008.
Villa Celina

I

Villa Celina son veinte relatos numerados de Juan Diego Incardona y algunas ilustraciones de Daniel Santoro. Los cuentos y las ilustraciones pueden ser pensados –de hecho ya se ha hecho– como un viaje al conurbano bonaerense. Su narrador es hijo de una maestra y un tornero, y ya no vive allí. Estos últimos datos tientan a ensayar otra aproximación.

II

De una hojeada el libro de Incardona se parece a Seres sobrenaturales de la Cultura Popular Argentina de Adolfo Colombres, con sus relatos y dibujos que tematizan bestias y duendes de un territorio difuso pero actual en la imaginación ilustrada. Es esta imaginación una muy turística. De pibe vi a mi vieja correr hacia el fondo de casa para tirar unos huevos recién comprados al grito de "basilisco, basilisco". Recién después de conocer el libro de Colombres se me apagó la desilusión que me agarré al contraponer la definición de "basilisco" leída en el Sopena y el relato que mi vieja ensayó para sus hijos aquella vez. En su lugar sobrevino una emoción que sólo más tarde trataría de aplacar toda vez que emergía. Es la emoción populista-ilustrada: la de leer en un libro (la naturaleza del ilustrado) lo que en el pueblo acaece a diario (el saber del nativo). Se podría decir que tengo mucho para decir sobre esa sensibilidad: mi pueblo natal es tan pequeño que cabe en cualquiera de esos palomares de ciudad. Mi abuela, tucumana de principios de siglo, insistía en que el duende de la siesta (está dibujado en el libro de Colombres) sólo se arredra frente a la mierda. Mi tío decía haber visto varias veces a un Familiar, el perro de los ingenios (también está en Colombres), en la mismísima Laferrere, donde casi todos mis parientes maternos murieron o morirán. Pero se podría decir también que la apuesta por la entronización de esas experiencias –que la imaginación populista-ilustrada concibe como una comunión, como un reencuentro– reifica ambos registros de intelección y frente a la inabordable tarea simbiótica sólo puede cedernos el bestiario, la ímproba pedagogía del diccionario y el dibujo, la desabrida celebración del monstruo sin el miedo, del duende sin la mierda.

III

La cosa pueblerina está en el corazón del texto de Incardona. Si Villa Celina tratara al barrio bajo el signo del barrio citadino, de ese barrio con códigos reo-ilustrados, del barrio de la merienda y del baldío, estaría un paso más cerca del libro de Alejandro Dolina sobre Flores (otro libro de seres sobrenaturales, con dibujos y todo) y un paso más lejos de Adán Buenosayres. El problema con tratar la cosa magmática del pueblo es algo que todos los cientistas sociales populista-ilustrados reconocen: si se subraya el abolengo del interior (como lo hacía B. Verbitsky en Villa miseria también es América) el asunto se vuelve folklórico; si se insiste en el aguante, la falopa, los redonditos y los celulares, toda la cuestión huele a consumo. En fin, nada que García Canclini no haya dicho ya. Los textos de Incardona no se salvan de caer en uno y otro polo, pero como esos vuelcos se celebran, habrá que ver en sus relatos todo un intento vitalista por sobrevivir a la contradicción. A cada paso podemos leer la inestabilidad a la que el narrador se somete para escapar de las imposturas del folklore colucciano y de la ironía airana: él es el hijo de la maestra y se le nota. El hijo de la maestra es el lugar del homenaje y la deferencia pero también de la distancia: dice "aplaudir" en lugar de "golpear las manos"; dice "medios de transporte"; dice "en el transcurso de mi vida"; habla de obreros como pinturas de Berni, de peleas como escenas dantescas; propone personajes que no saben pronunciar la palabra "impedir"; delinea de a tramos una pedagogía del pobring ( "como siempre, para que te den, tenés que dar algo a cambio"; "el odio en un barrio, como en un pueblo, puede ser infinito") con un programa de no se agota en el clientelismo y el intercambio shamánico sino que refiere cuestiones ligadas al lugar del narrador y explicita hipótesis que ligan la circulación de historias y las esquinas como lugares de ocio. Pero esa voz inestable al adherir a las tradiciones festejantes y nostálgicas del mundo paisano, del pago chico, se galvaniza de ternura y se distancia de la ironía post y del recato derechoso del landriscinismo. Puede que haya un mapa de lectura para recibir a Villa Celina, una forma de interpretar estos relatos. Se concibe como una modulación politizada pero de ningún modo politizante. Una onda que empezó por desechar las metáforas edificantes de la geología marxista, continuó sacándose de encima a Deleuze y se detuvo en la contemplación desafiante de la iconografía peronista. ¡Basilisco, basilisco! Lo político está ahí, la literatura lo sacude. Así, a la clave de sentido que puede hacer de Villa Celina un elemento seriado, le basta con leer "unidad básica" o "cumbia" para saber que anida allí el guiño de los sumergidos. Hace falta muy poco para saber si hemos comprendido -parece sugerir la cifra-, y esa sapiencia puede decirse también cantando (o bailando).

IV

Hay muchas batallas en Villa Celina. Bandas, barrios, equipos combaten entre sí maravillosamente. Sin embargo esas gestas no son sino excusas para tratar epifanías, secretos y complicidades que fecundan el barrio. La violencia entonces corre el riesgo de ritualizarse, de decir algo que no dice (o que los subalternos no quieren decir). Villa Celina escapa de esa ilusión de hallar etnografías en letras de chamamé y cuartetos, de descubrir nihilismo en el basural, o existencialismo en el uso del gerundio. Pero al tratar la violencia como si fuese el camello borgiano (ese que supuestamente no figura en el Corán) si bien resulta fácil superar el umbral tilingo de la preocupación y la sorpresa, es harto complicado superar los límites del realismo. Es durísima la tarea de fundar el anti-antirrealismo. Pero si ese trabajo lo encara alguien que siempre se está yendo, como es el caso del narrador del libro de Incardona, puede generar sentidos nuevos que remuevan un poco más las aporías de la imaginación ilustrada. Entiendo que "Metales", uno de los relatos más breves y menos jocosos de Villa Celina, puede servirnos como puerta de entrada al libro: en él se traza la vida social del cobre y la alpaca, el maná de los intercambios y las oraciones, los simbolismos de la masculinidad y la plusvalía. Así de vacía, de seca, de pelada es la mirada del que vuelve al barrio como el narrador de Villa Celina. La sensibilidad populista-ilustrada debería saber que hay algo destructor, sádico y contencioso en las evocaciones del hijo de la maestra y que todo puede volverse ominoso no sólo para tilingos sino también para guarangos. El lector deberá repensar que al considerar a este libro como un boleto para viajar al país matancero no sólo no se encuentre allí con Humpty Dumpty sino que además resulte larga e insultantemente ignorado. Lejos de la fascinación del turista, el hijo de la maestra escribe su nostalgia como una memoria de migrante sobre la que vale la pena recalar.

Publicado en Bazaramericano.com

posdata: buenas reseñas del libro en La lectora Provisoria, en Perfil y en TP.

Peter Gay: el modernismo

post cruzado desde Grand Tour
Peter Gay

Los amantes de la historia cultural están de enhorabuena. Lo están porque acaba de aparecer un nuevo libro de un magnífico oficiante del ramo. Peter Gay ha publicado en noviembre The Lure of Heresy: From Baudelaire to Beckett and Beyond (W.W. Norton, 610 págs, 35$).
Como siempre, Gay recupera la mirada freudiana para penetrar en lo más profundo del modernismo, que presenta a través de sus diferentes manifestaciones: literatura, música y danza, pintura y escultura, arquitectura y cine. Todo ello definido por un doble rasgo: "primero, la atracción de la herejía, que empuja a que las acciones (de los artistas) desafíen la sensibilidad convencional; segundo, un compromiso con los principios de la introspección". Con todo, la parte nuclear del trabajo de Gay se centra en la verbalización de todo eso, en la escritura, en la literatura. En Leopold Bloom, por ejemplo, uno de los héroes del registro abierto por Baudelaire:

"Puede que sea un humilde agente publicitario con esposa y amantes, pero tiene cierta formación — Molly desde luego la aprecia –, así como valor y curiosidad propias. Y estas cualidades le hacen un compañero moral y emocional digno para Stephen Dedalus. …. Pero, para Joyce, Ulises es más que eso: es el ser humano completo en literatura… es hijo, padre, amante, amigo, guerrero, compañero de armas, una persona con sabiduría y un buen hombre en el trato. Joyce, en busca de la subjetividad desinteresada, hace desfilar antes sus lectores una de las invenciones trascendentes de la literatura modernista. Su Bloom, como abota de forma ocasional, es Cualquiera (Everyman)…"

O en el diálogo imaginado, cómo no, entre Freud y Kafka: "El veredicto de Freud sobre el animal humano, era severo", nos dice. "A su juicio, el conflicto se construye en la historia del desarrollo de todo niño, incluso en el mejor. Pero Freud, de principios pesimistas, creía que los psicoanalistas podrían aliviar algunas fijaciones y ensanchar el alcance de la racionalidad. …. Por su parte, Kafka habría tomado este severo realismo sólo como otro caso de autoengaño, algo demasiado humano. Incómodamente cercano a la desesperación del nihilista, entendió la vida misma como una villanía. El conflicto entre el firme desconsuelo de Kafka y la actitud de otros escritores modernistas no podía ser mayor. Recuerdo la última palabra del «Ulises», la más positiva en en lenguaje, que Joyce concedió a Molly Bloom: «Sí». La última palabra de Kafka en todas sus formas fue «No»".
En cambio, Gay es poco compasivo con otros autores, léase Beckett o Eliot, y tampoco lo es con las pasadas veleidades totalitarias ni, en otro sentido, con la tecnología del entretenimiento que nos invade. “No es, como los críticos culturales conservadores han mantenido, que la cultura se haga comercial: siempre ha mostrado ese ángulo, incluso entre los griegos clásicos y los romanos. Pero la sofisticación de los intercambios culturales, la facilidad y la velocidad de las comunicaciones que interesan particularmente a las clases medias, ha animado un tipo de compromisos que no hacen sino favorecer la marginalización de las vanguardias futuras. Vivimos en una edad de comedias musicales”.
Pero no todo es condenable. Gay comienza su capítulo final relatando de nuevo el “entusiamo” que sentió hace algunos años al contemplar el magnífico museo Guggenheim de Frank Gehry en Bilbao. Contrasta, por un lado, la relación estrecha del arquitecto de Los Ángeles con sus clientes y otros artistas con, por otro, la condescendencia y el desprecio que los grandes modernistas sentían hacia aquéllos para quienes trabajaron. En Bilbao, Gay encontró no sólo integridad estética sino un modernismo “agradable”.
En todo caso, concluye, aunque el héroe haya muerto, no hay que derramar muchas lágrimas. El modernismo, esa revolución artística que empezó con el poeta Charles Baudelaire y concluyó hace unas décadas con Warhol, disfrutó de una larga y placentera vida. RIP.

Críticas:

Bookforum: “Gay has an expansive definition of modernism, and as his book progresses, it becomes more and more a study of the fate of high culture in the twentieth century. In his effort to survey every field of activity, Gay perhaps spreads himself thin, but his overview provides a good starting point for a finer scrutiny of modernism’s emblematic works. So download Moses und Aron for your iPod, pick up that copy of Ulysses you’ve been meaning to read, and get to work”.

The Independent: “Gay’s prose is erudite and lucid, his range of example wide. Even its subsidiary thesis, that not only Modernism’s currency but art’s in general was devalued by the advent of Pop and Conceptualism in the 1960s is leavened by a final chapter in which Gay evinces a qualified hope for the future of this recumbent movement. Whether it lies with Frank Gehry and Gabriel García Márquez is open to debate; but so is a good deal else in this absorbing, occasionally maddening book”.

The Guardian: “I am happy to allow him this self-indulgent detour. After all, many hundreds of pages before, he remarks in his account of Baudelaire that Modernism began ‘not with a whimper but a thrill’. Isms are dispensable. If a work of art excites us, the thrill makes it modern“.

Los Angeles Times: “Peter Gay is perhaps our leading historian of culture and ideas, and in “Modernism: The Lure of Heresy: From Baudelaire to Beckett and Beyond,” he sets himself an interesting — personally felt — task. It is not, as he writes in his introduction, to give a comprehensive history of the movement. Rather, Gay undertakes a reconstruction of modernism’s origins in the lives and work of various seminal artists — Charles Baudelaire, Oscar Wilde, Claude Monet, Paul Cézanne, their supporters and friends. Then he moves through a series of essay-like chapters devoted to modernism’s workings in each of the arts — painting, sculpture, literature, music, dance, architecture and so on“.

New York Times: “A graceful writer, he leads the reader on a pleasant ramble through a well-traveled landscape, pointing right and left to the prominent features along the way and, like a superbly informed guide, offers his thoughts and comments. From seminal figures like Baudelaire and Flaubert, he moves right along to the Impressionists and then, taking the various art forms in turn, advances chronologically through the great debacle wrought by fascism and World War II before wrapping up with such postwar phenomena as Abstract Expressionism and Pop Art”.

Como leve contrapunto, The Spectator: “There are some contentious omissions — Man Ray, Borges, Boulez, Bacon and Gertrude Stein are altogether invisible, while Webern, Rilke and Brecht are barely mentioned. The dubious concept of post-modernism is not addressed, and significant art forms such as opera and photography get less than their due. In other respects this is a sound floorplan, and one could recommend the book wholeheartedly to a bright A-level student or undergraduate in search of a broader picture“.

N.B: Ha ocurrido lo de otras veces. Una entrada compuesta hace algunas semanas, y demorada en exceso, ha perdido parte de su utilidad. Lo digo porque el volumen ha aparecido también en castellano. Marta Pino lo ha traducido para Paidós, que ofrece 592 páginas por 40 euros. Una cifra nada despreciable, aunque Amazon vende la versión original por 20 dólares, que vienen a ser unos 14 €.

cuentos académicos

Arnold Van Gennep. Los semisabios, Buenos Aires, Eudeba, 2007, 134 páginas.
Gennep

Por un precio jamás visto en la Argentina de hoy, el libro de Van Gennep trae diez relatos ácidos, pergeñados para cuestionar algunos modos de pensar lo científico.
Hace un tiempo leí en algunos de los capítulos de El perseguido, novela de Daniel Guebel, una historia parecida a una de las diez que Van Gennep narra en Los semisabios. Ambas tienen al laboratorio replicador como su dominio. En el texto de Guebel, Hunico intenta clonar a un revolucionario para que, entre otras cosas, sean los clones a quienes descubra la Inteligencia Estatal.

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Ferreti: […]¿Resultarían convincentes al decir, en la mesa de torturas, “Ferretti soy yo”? ¿Serían capaces de dar su “vida” por mí? ¿Me amarían lo suficiente? Llegado el momento, ¿aceptarían que nacieron para ser sacrificados?
Hunico: Qué se yo. Hago lo que puedo. Habrá que ver.

En el texto de Gennep, el héroe -Charles-Auguste Petipoids- ha comenzado la fase industrial de su primer desarrollo partenogenético (un niño negro, por error). Para ello cuenta con un subsidio estatal, bajo el compromiso patriótico de gestar “sólo bebés franceses racialmente puros y de color agradable”.
Si sólo fueran eso, El perseguido y Los semisabios, y si sólo pertenecieran a uno y sólo a un régimen de interpretación, podríamos apostar por la candidez del relato guebeliano: el texto de Gennep vio la luz en 1911.
Lo mismo puede decirse de otra comparación. Ésta no es ya la correspondentista que apuesta a ponderar modos tempranos de tratar ciertos temas, sino otra, también correspondentista, que tiene como dominio el hacer intelectual. En efecto, tanto como Los semisabios cuanto Tristes tópicos de las ciencias sociales, de Emilio de Ípola, comparten el razonamiento que concibe al humor como modo regio de interrogarse sobre el hacer científico. Comparten, si se quiere, esa idea que Rodney Needham, autor del prólogo a la versión en inglés de Los semisabios, homologa a la “libertad para divagar” (esa condición guarecida en esa otra mitad a la que los semi-sabios sólo parecen columbrar a fuerza de sufrir las consecuencias de su salvaje rigidez metodológica). Y entonces, una vez más, si comparásemos una y otra publicación a partir de las respectivas fechas de publicación, entonces podríamos decir que la sólida cifra que las separa hace que los textos de De Ípola pierdan un poco de efecto, de poder para extrañar o shockear.
(Es probable que las condiciones de publicación afecten aún más a Tristes tópicos si está en lo cierto Rodney Needham cuando -en unas cuantas páginas del nuevo prólogo escrito especialmente para esta edición de Los Semisabios- se dedica a argumentar a favor de la condición excéntrica o paria de Gennep en el mundo académico francés de principios de siglo XX –Aunque esa idea puede discutirse si entendemos que por ese mismo período las versiones más abtrusas del posivitismo en antropología o en folklore ya estaban siendo cuestionadas.)
Con todo, es notable que algunos sarcasmos, ciertos párrafos efectistas, aún conserven el impulso iconoclasta por el cual surgieron: nos cuenta algo de la larga vida de algunas prácticas académicas…
Pero, como sabemos, no es posible pensar de ese modo los textos citados aquí. Pero no se trata de problemas de género: asistimos más bien a las dificultades por encajar un texto, antes que a las dificultades a las que el texto y sus lecturas someten al género. En ese sentido, podríamos insistir en una hipótesis que otros han dicho mejor: que la calidad de un libro es inversamente proporcional a la cantidad de advertencias del prólogo. De ser así, Tristes tópicos… y Los semisabios están integrados por textos no tan bien escritos, leídos desde hoy. Lo sabe Needham que se adelanta a denunciar algunas obvias dificultades; lo sabe Eliseo Verón (prologuista del libro de Ípola) quien en lugar de llamarle ficciones a los textos prefiere usar el término fricciones. Guebel, claro, no soporta esta hipótesis, pero tal vez el exceso en otros mundos (los mundos de la novela) se han pensado de otro modo.
Todo esto puede decirse mejor: el libro de Gennep tiene una comunidad interpretativa muy circunscripta y es la misma que la del libro de Emilio de Ípola. El hecho de que en esa comunidad casi no circulen Airas o Guebels, que apenas se alcancen cimas Lodge y que se considere posmodernos a los Schama (cuando escriben cosas muy buenas como Certidumbres muertas) es también una razón por la cual esta edición de los cuentos del antropólogo reconocido por su trabajo sobre los ritos de pasaje merece vivir y ser leída.

Literatura de izquierda

Este post forma parte de distintos comentarios sobre el libro de Damián Tabarovsky, Literatura de izquierda

Literatura de izquierda me parece más interesante por lo que enuncia en su título que por lo que efectivamente logra establecer sobre su programa: por dónde y con qué humos podemos inventar hoy una obra intelectual que merezca llamarse “de izquierda”. Podemos coincidir con Nicolás Quiroga respecto de las limitaciones del ataque de Guillermo Martínez en “Un ejercicio de esgrima”. No digo limitaciones por la falsedad de muchas de sus acusaciones. Damián Tabarovsky no es inmune a ellas, y yo me resistiría a tomar partido, al menos dentro del espacio de debate que los dos textos construyen. Pienso que Nicolás acierta cuando recupera el aliento inquieto de Tabarovsky. Pero no veo que eso pueda ser sostenido sin un examen de lo propuesto en Literatura de izquierda. De ese folleto me interesa, más que la propuesta deconstruccionista de la relación de los sujetos escritores con el lenguaje (una posición poco original, hay que admitir), el intento de ligar ese proyecto con la crisis del 2001. ¿Es exitoso en el lance? Qué importa. Lo fundamental es que se trata, en mi opinión, de un vínculo para edificar, que instituye el ánimo de un espacio literario nuevo. Y es justamente lo que falta a la respuesta de Martínez: una apuesta por la refiguración del quehacer intelectual. Martínez también es “de izquierda”, en cuanto reivindica una crítica, por ejemplo, de las jerarquías académico-revisteriles que habitan entre los fuelles del pulmón argumentativo de Tabarovsky. Parece claro que hay dos tareas a realizar para constituir una obra intelectual y política de izquierda: repensar hoy qué es lo intelectual y qué es la izquierda. Y en ese plano de la cuestión que hallamos más problemas que soluciones. Es cierto que se podría decir que el ensayo de Tabarovsky cumple el servicio de enunciar el problema en estos tiempos que a pesar de todo se quieren desideologizados. Sin embargo, él ofrece sus respuestas, abstractas, transcendentales en el sentido kantiano (sus afirmaciones refieren a condiciones de posibilidad del ejercicio “de izquierda” de la literatura pos 2001), cuando es preciso poner carne humana en el asador del debate político-cultural. Lo interesante es que eso no sólo vale para la literatura. Podríamos decir sin dificultades que hoy es difícil mentar una sociología o una historia de izquierda. ¿Cuál sería el sujeto de esos proyectos habitados, en sus terrenos y más allá de ellos, donde campee el “deseo loco de cambio”? Yo diría que es una nueva generación intelectual de izquierda. No sólo el escritor solitario que se las arregla con las convenciones y las tradiciones, ni con el mercado y la academia. Y ese es el terreno del pensamiento de Literatura de izquierda. El fracaso de Martínez consiste en que persevera en el más acá del planteo tabarovskiano. Pero tampoco él está a la altura de sí mismo. Qué si Tabarovsky no avanza en lo provocativo de su título. Un título vale un libro, que será escrito por una comunidad intelectual, contradictoria y politizada, en formas que apenas entrevemos.

Literatura de izquierda

Dos notas (a partir del texto de Omar Acha sobre Literatura de Izquierda de Damián Tabarovsky)

I
Si se pudiera hacer una larga de lista de representaciones de lo indomable, de lo revulsivo –para usar un término que Tabarovsky utiliza-, muchas de esas figuras girarían alrededor de la idea del afuera. Literatura de izquierda nos provee de una ristra de ellas: comunidad inoperante; literatura diferente a democracia, a normatividad, a cultura, a jerarquías, al mundo. En el centro de las argumentaciones del libro, aprendida en las mazmorras universitarias y la albañilería de los papers, está la contestación del cuento de la buena pipa. Algo verdaderamente no falsable. Si se le interroga por el paradigma, no viene por un nuevo paradigma; si se le pregunta por la distancia entre teoría y práctica dirá que viene a desacoplar esa díada. Si le imputa al argumento su posible deterioro o mercantilización (lo hizo el propio Martínez, quien no parece haber reparado que ya Tabarovsky estaba advertido sobre ese argumento), dirá que como lugar o como línea, la literatura de izquierda ya, en el mismo momento de la encarnación pétrea o utilitarista, ya está en otro lado. Yo no dije dejá de contar el cuento de la buena pipa, sino si querés que te cuente el cuento de la buena pipa. Eso es un poco adolescente, como quiere Quintín. Pero también, advierto rápidamente, Tabarovsky podría reclamar en ese mismo plano un estado de disponibilidad que la literatura de mercado y la de la academia no podrían.

II
Alguna vez un increíble profesor y reconocido intelectual me explicó su recelo con Carlo Ginzburg. (Anótese algo aprendido en situación de estudiante: un excelente profesor asiste muy poco a clases. Y si alguien asiste mucho y resulta bueno, entonces es un paria.) Me dijo que veía mal eso de dejarse fotografiar para las solapas. Se podía, como él mismo lo había hecho, salir en gran angular con lo más perfilado del underground ochentoso pero no se pdía brillar en las mamposterías de un libro. Eso era el mercado. Esto último no lo dijo él, lo pensé yo. Tanto Tabarovsky como Martínez creen que el mercado es eso que está ahí, al costado. Eso que el editor manda a hacer. Eso es lo que lleva a Martínez a acusar a Tabarovsky de hacerse publicar por editoriales grandes, de surfear el merchandising de su novela Las hernias. De eso se trata una impostura: de algo verdadero y algo falso. El mercado para Martínez sigue siendo eso falso. La literatura transcurre entre unos miles de lectores anónimos y el escritor, pero sólo cuando el escritor no escribe Harry Potter. La literatura transcurre entre la academia y el escritor pero sólo cuando aquella no se parece a eso que Fogwill denominó sociedad de socorros mutuos (pero cuándo se dejará de citar a Fogwill solo por sus brulotes). Adentro y afuera, again. Sólo que el blanco de Martínez no es Literatura de izquierda, sino ese escritor que articuló los tres lugares para el propio Martínez (mercado, academia, medios) o los tres de Tabarovsky (mercado, academia, literatura de izquierda): César Aira.
En el caso de Tabarovsky la confusión sobre el mercado no es tan reconocible. Pero hay que indicar que el uso del tic posestructural (casilla vacía, casilla flotante) para analizar el lugar de la literatura de izquierda no puede aventurar nada, no sirve para hacer preceptiva. Si la literatura de izquierda siempre está trazada por el ánimo de “expandir la anomalía en el seno de las relaciones sociales”, se apele como se quiera a las voluntades de los hombres, eso es inmodificable. Así que no vale la pena andar pregonando la producción de anomalías si eso es lo que sucede, porque se corre el riesgo de postular cosas raras como aquello que sostenía Alejandro Dolina: “conformismo o muerte”. Esa gema que el mercado no puede asir es, por principio estructural, la literatura de izquierda. Lo que hagan los hombres que se sumen a esa buena nueva nos tiene sin cuidado, o mejor: la tiene sin cuidado.
Esas exclusiones (el sanctasanctórum del escritor para Martínez: el momento anterior al mercado, como si ese escritor con su resma no leyera nada o no se sintiera afectado por una foto de un intelectual italiano colgada de su fabuloso El queso y los gusanos; el foso de Tabarovsky, ese lugar del contradictor que en el momento en que la máquina de captura advierte sobre su existencia y se resignifica en tanto sistema, en ese mismo momento el contradictor cambia su composición y vuelta a empezar), esas exclusiones digo, atentan contra el polemos, que ambos textos tienen en muy buena consideración. El texto de Martínez lo hace argumentando de un modo más bien trivial acerca de la estrategias mercantiles de Tabarovsky; el de Tabarovsky estableciendo jerarquías y juicios de valor a partir de un principio que los niega, que los repone, mejor dicho, en su antagonismo constitutivo. Pienso que eso es lo bueno de Literatura de izquierda, que puede servirnos como baliza para advertir que, si es que estamos decididos a cuestionar algunas configuraciones intelectuales, hay que blanquear sin más que se lo hace para quedarse con un lugar, robarse algo, arrancarle un pedazo a los que más dicen o más tienen. Y esa certeza obliga a un relativismo que ataca de lleno a los argumentos finalistas, mecanicistas, etc. Porque se sabe que en todos ellos duerme un orden al que no fuimos invitados.

La “nueva generación intelectual”: una apostilla sobre el ambiente literario

[Este texto es un fragmento de Somos. Ecografía de una nueva generación intelectual, libro de Omar Acha del que ya habíamos adelantado, y discutido, su epílogo. A este post de Omar Acha le sigue otro de Nicolás Quiroga, y luego el retruque de Omar.]

La frágil reconstitución del orden liberal-capitalista de la Argentina posdictatorial, ya inocultablemente formateado por la intervención de los grandes medios de comunicación, proyecta la conformación de la nueva generación en un territorio que es otro que el de crisis. Quizás sea el de la imposibilidad de resolverla plenamente. No lo sé. Pero estoy convencido que reiterar el momento de la caída libre y la contemporánea experimentación democrática de 2001-2002 es insuficiente.
La crisis como fenómeno alimentó en parte uno de los escasos desacuerdos intelectuales de nuestros días. Sorprende poco que haya sido protagonizado por “jóvenes”. L*s viej*s nos han demostrado que nada tienen que decir de intelectualmente vivo. Quiero decir, que sea articulable con alguna especie de acción.
Fue otro el talante que rodeó al ensayo de Damián Tabarovsky en Literatura de izquierda (2004). Resumido en dos oraciones, su texto plantea que la crisis de 2001 reinstituyó la posibilidad de un “deseo loco de cambio” en la literatura argentina, es decir, una literatura de izquierda transida de ansias de ruptura y novedad incompatibles con la estética comunicable del mercado y los cánones castradores de la academia. La crisis cobijó un deseo de “comunidad inoperante”, invisible, negativa, que bucee contra y a través de la opresión del lenguaje, sin aspirar a un sentido reconocible, y que “corre por izquierda” a quienes serían los próceres de hoy (Héctor Libertella, Fogwill, César Aira).
Guillermo Martínez salió al cruce del argumento de Tabarovsky en “Un ejercicio de esgrima” (2005). Su indignación está animada por la sintonía del canon de Damián con las preferencias de la academia, la que por lo demás se articula con el mercado (“el mercado” es una expresión abstracta: hay editoriales, suplementos literarios, vidrieras de librerías). Fuera del canon, esto es, arrumbados en la tramoya antiliteraria mercantilizada, estarían, pretendió dictaminar Tabarovsky: Martínez, Gonzálo Garcés, Pablo de Santis, entre otros. Estos narradores se refugiarían en las formas del consumo masivo de la literatura. Construirían relatos con un mensaje, estructurados en la tríada pregunta-argumento-desenlace. Martínez defendió la producción de narraciones que provocasen el placer de la lectura en un público relativamente masivo con capacidad de disponer de un gusto propio. Frente a esa prueba, el ensayo de Tabarovsky pretendería un falso espacio para la auténtica literatura, sin embargo pronto desmentido por la participación de los rebeldes en los mecanismos mercantiles y académicos. Un puente con lo académico, continúa Guillermo, que se materializa en dones y contradones ligados a amistades, intercambios, y fidelidades políticas o sentimentales. Esta denuncia, que suscitó algún escándalo, es lo más endeble de su texto, más que por la falta de verdad en la delación de solidaridades que, es preciso admitir, deberían mantenerse al margen de las evaluaciones estéticas, por lo incólume que deja de las obras escritas. En mi opinión, la deficiencia de la estocada polémica no alcanza a neutralizar algunos agudos reparos a la prosa curiosamente ahistórica y asociológica de Tabarovsky (Quintín se tomó de esa superficialidad para echar una apolillada parrafada de Guerra Fría).
Leído desde las elaboraciones individuales, está claro que la polémica Tabarovsky-Martínez es bien pobre. Siento que su interpretación generacional es más rica. Me parece que su lectura revela problemas interesantes para pensar la producción de una nueva generación intelectual en el campo literario y, a fortiori, en nuestra época cultural.
En primer lugar por la eficacia de la crisis. Esto aparece con todas las letras en el escrito de Tabarovsky. Lo que se podría reprochar es que se atenga tan estrechamente a la época de la crisis y la extienda sin problematización al momento en que las estrías del bienio 2001-2002 ya se deshacían en la recuperación lavagno-kirchneriana. Incluso hay una correlación un poco ruda entre la “literatura de izquierda” y el derrumbe de sectores de la clase media en la pobreza que constata la sociología. ¿La elaboración de un espacio literario tras la crisis puede independizarse de la crisis empírica? Esta es una cuestión radical que a Martínez no le interesa, pero es el eje del ensayo de Tabarovsky, o debería serlo si Damián no se extraviara un poco en la lógica derridiana. El fuego a discreción de Martínez le impidió golpear en la desnudez de Tabarovsky.
En segundo lugar por la alusión al mercado, la academia y al canon literario. Tabarovsky concentra en Aira el límite todavía incognoscible de la literatura argentina actual. Dice que hay que correrlo por izquierda a la vez que se somete a su imperio. Es inconsistente y arbitrario. Porque Aira es muy desigual. En ocasiones, en un mismo libro, es avasallante y decepcionante. A tal punto que en no pocas de sus obras se suscita la pregunta impertinente: ¿Aira es o se hace? Martínez se muestra escéptico respecto al valor literario de títulos que aparecen maquínicamente y en ciertos casos -lo admite incluso un admirador como Link- son de calidad inferior a su estándar. Y eso es justamente lo que molesta a Martínez: que si Aira tiene un estilo, lo que fascina ya no es su ruptura con el realismo (o su reinvención interior al mundo novelístico) sino un asentimiento demasiado macizo. En otras palabras, que es moda de consumo a la vez que de crítica, horadando las jerarquías que se lanzan contra autores marginados por la academia. Una adoración de la crítica que se retacea a otros autores. La sutileza impiadosa que se abate sobre los autores ganadores de premios literarios no se aplica a autores canonizados, como Aira o Juan José Saer. Esto no solamente tendría efectos nocivos para las pretensiones académicas de regular el buen gusto literario (es decir, delimitar y vigilar el canon), sino para la idea misma de que la crítica universitaria es la soberana de la "buena literatura". El juicio del público lector -que de acuerdo a Guillermo opera después de la creación- constituiría un dictamen menos arbitrario que la cadena de favores y enemistades que articulan a la academia con los suplementos literarios. Está claro que la eficacia a posteriori del mercado es insostenible. Siempre se escribe bajo presiones.
En todo caso, insisto, la polémica trae a cuento estos elementos esenciales para pensar el futuro de la nueva generación, literaria y más ampliamente cultural. En historia sucede algo similar. El prestigio historiográfico varía con el acceso a amistades en casas de edición, suplementos culturales, revistas especializadas, programas televisivos, cátedras, conicets y ubas. También el mercado crea autorías historiadoras, como en Felipe Pigna, que son sistemáticamente atacadas por los guardianes de la "buena historia", que ¡oh casualidad! es la que esos guardianes hacen o mandan hacer.
En tercer lugar, la discusión es interpretable de modo fructífero por la figura intelectual que se dirime en el modo de posicionarse ante la necesidad de una nueva literatura después del 2001. El diferendo es más interesante que los textos elaborados por ambos contendientes. Esto no habla mal de la factura intelectual de sus escritos, sino muestra la producción en polifonía que da acceso al obrar generacional. Creo que un poco con su anuencia, el texto de Tabarovsky fue degradado presentándolo como la expresión de un autor “francotirador”, creo que con su anuencia. Las solidaridades tejidas por Tabarovsky (con el sobresaliente escritor que es Sergio Chejfec, por ejemplo) o las opuestas por Martínez en los nombres mencionados cuatro párrafos más arriba aparecieron como elencos de facciones más o menos reconocibles en los medios literarios. A nadie se le escapó que era aconsejable eludir las dicotomías propuestas, por mal estipuladas. Justamente por eso se destaca en el intercambio la carencia de una problemática generacional.
Pensar que en el campo literario es indispensable la apuesta por un reformateo generacional hubiera lubricado fricciones innecesarias y, quizás, estimulado otras más radicales. Porque una generación no debe ser inexorablemente homogénea. Puede articularse alrededor de una serie de temas comunes, sin por eso aspirar a posiciones unánimes. Otra cosa sería indeseable para la literatura. Por ejemplo, sería preciso que la nueva generación literaria discuta con seriedad lo que en el entrevero de Tabarovsky y Martínez aparece esbozado para el territorio de la narrativa: las relaciones recíprocas del mercado y la academia antes que una escisión imposible (¡vivimos en una sociedad capitalista!), las formas del pacto de lo literario, la política de la literatura, los efectos literarios del 2001.
Las preguntas relevantes son numerosas. Enuncio algunas: ¿qué posibilidades de venta mantienen las pequeñas editoriales? ¿Qué capacidad de ruptura e innovación habilita la influencia de la crítica literaria sobre el campo de la escritura? ¿Su función es sólo jerarquizante o puede ser también creadora? ¿Es pertinente la oposición entre crítica y producción literarias? ¿O casos como los de Ricardo Piglia demuestran que sus fronteras pueden ser ambiguas e incluso sus campos inseminarse recíprocamente? En fin, se trata de cuestiones que la nueva generación, en su diversidad, merece plantearse. Como lector que disfruta de la lectura y como intelectual politizado me encuentro dividido al pensar que una literatura deseable deba ser “de izquierda”. Una ligazón demasiado rígida entre innovación y sensibilidad de izquierda, en literatura, me parece controvertible. Quizás aquí muestre una hilacha “relativista”, pero creo que es necesaria. Al menos mientras se establezca una literatura de izquierda reconocible. La interrogación es de todos modos importante y recorre la posibilidad misma de nuestra generación, moldeada en este caso en la literatura pero, con sus entendibles desplazamientos, es traducible a los distintos campos del obrar intelectual.